El gran Gatsby - Francis Scott Fitzgerald - E-Book

El gran Gatsby E-Book

Francis Scott Fitzgerald

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Beschreibung

«Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había en él algo magnífico…». Jay Gatsby es el hombre que parece tenerlo todo, salvo aquello que realmente importa. En torno a él gira el mundo brillante de los años veinte: fiestas deslumbrantes en su mansión de Long Island, noches de música y excesos, rostros jóvenes que bailan sin hacerse preguntas. Todos acuden a sus celebraciones, pero nadie conoce de verdad a su anfitrión.. Tragedia moderna y crónica de una época rutilante y herida, esta nueva traducción de José Luis Piquero, acompañada de un posfacio de Rodrigo Fresán, amplía el eco de la obra maestra indiscutible de Fitzgerald. Una novela que, como pocas, condensa el esplendor y la fragilidad del sueño americano..

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Seitenzahl: 278

Veröffentlichungsjahr: 2026

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EL GRAN GATSBY

Francis Scott Fitzgerald

EL GRAN GATSBY

Traducción y prólogo de José Luis Piquero

Posfacio de Rodrigo Fresán

 

 

Título original: The Great Gatsby

© de la traducción: José Luis Piquero, 2025

© del posfacio: Rodrigo Fresán, 2025

© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.

Primera edición: enero de 2026

ISBN: 979-13-87833-58-9

Diseño de cubierta: Anna Juvé

Maquetación: Laura Rodríguez Dorado

Producción del ePub: booqlab

Arpa

Manila, 65

08034 Barcelona

arpaeditores.com

Reservados todos los derechos.Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

 

 

«Así que ponte el sombrero dorado, si con eso la conmueves; si sabes saltar alto, salta también para ella, hasta que grite “¡Amor, amor del sombrero dorado y que salta alto, has de ser mío!”».

THOMAS PARKE D’INVILLIERS1

__________________

1 Thomas Parker d’Invilliers es un personaje de la primera novela de Fitzgerald, A este lado del paraíso, inspirado en el poeta John Peale Bishop, amigo del autor. (Todas las notas son del traductor).

ÍNDICE

Cubierta

Título

Créditos

Índice

PRÓLOGO DE JOSÉ LUIS PIQUERO

EL GRAN GATSBY

POSFACIO DE RODRIGO FRESÁN

Guide

Cover

Título

Start

PRÓLOGO

El Desencanto

El nombre de Francis Scott Fitzgerald evoca de inmediato el jazz, los felices años veinte, la Ley Seca y las grandes avenidas de Nueva York, con sus lujosos clubs y sus restaurantes exclusivos. También las calles polvorientas del Medio Oeste, los garajes de pueblo donde chicos negros y blancos juegan a los dados y las mansiones de estilo colonial en cuyos jardines crecen las orquídeas. Es así mismo la representación de los dulces sueños que se convierten en pesadillas: el joven autor de éxito que gasta el dinero a manos llenas y va de una fiesta a otra en compañía de su bella esposa se despertará un día convertido en un cuarentón alcohólico obligado a ganarse la vida manufacturando guiones a tanto el folio, un expresivo emblema de toda una generación que, convincentemente, se llamó perdida. «Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia», dijo.

Cronista de todo un estilo de vida en años repletos de ilusiones, nadie como Fitzgerald ha sabido narrar el fulgor de la juventud y el desencanto de la terca realidad, cuando de la brillante fiesta ya solo quedan flores pisoteadas y favores rechazados. El mundo de Fitzgerald es el de las vivaces flappers, chicas a la moda que bailan el fox-trot y apuran riendo una copa de champán, pero también el del hombre desengañado, cercano a la madurez, que regresa al París de las alegres francachelas para comprobar que ya no queda nadie. Tras las islas bendecidas aguarda un mar oscuro y tenebroso, el envés de los sueños, y de eso trata gran parte de la obra de Fitzgerald, «ángel a sueldo, extraño en el paraíso», como le llamó el poeta Felipe Benítez Reyes.

Y de eso mismo trata también El gran Gatsby, considerada por muchos su mejor novela, el retrato más preciso de la era del jazz, despreocupada y rutilante, a la que el crack del 29 extendería muy pronto su acta de defunción. Esta es la historia de un hombre, Jay Gatsby, comprometido en la búsqueda de un grial, de una quimera, de algo que ya no existe porque pertenece al pasado y es, por esencia, irrecuperable. Es la historia de un sueño que nunca se convierte en realidad.

Pero ¿quién es Jay Gatsby? Su mejor descripción aparece justo al principio de la novela, en boca del narrador, Nick Carraway: «Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había en él algo magnífico, una exacerbada sensibilidad hacia las promesas de la vida, algo parecido a esas intrincadas máquinas que registran los terremotos a diez mil millas de distancia». Gatsby se nos presenta desde el principio como un idealista, alguien que sigue una estela de sueños, una promesa sin concretar. En su primera aparición, le contemplamos extendiendo los brazos en el aire hacia la bahía y la luz verde que brilla al otro lado del Estrecho, la luz del embarcadero de su amor perdido, Daisy Buchanan. Pero su idealismo permanece oculto tras innumerables capas: las bulliciosas fiestas con las que trata de sofocar su melancolía y disfrazar su hipersensibilidad, los rumores sobre el origen de su fortuna, sus propias invenciones para deslumbrar a Nick... Solo paulatinamente iremos sabiendo que todo cuanto Gatsby ha hecho tiene por objeto recuperar su idilio de juventud y, con él, quizás, una parte de sí mismo que considera perdida. Y acaso una absolución, también, pues, en el fondo, Gatsby solo ha sido un buscavidas, un ambicioso paleto del Oeste y, finalmente, un gánster con corbata de seda, alguien que se ha colado de rondón en el paraíso. A la postre, el destino trazará sus planes para evitar esa redención, como ocurre en las grandes tragedias: a pesar de sus trazas de antihéroe, Gatsby es uno de los grandes héroes trágicos de la literatura norteamericana.

Lo cual también es una forma de redención, y así parece entenderlo Nick. Gatsby habrá erigido su fortuna sobre el barro, pero, incluso siendo así, sus motivos son nobles. Jay, como los marineros holandeses maravillados ante la visión del nuevo continente, se ha dedicado a perseguir su sueño, y si ha jugado sucio, su capacidad para la fantasía y su idealismo (del que los demás –Jordan, Daisy, Tom–carecen) lo sitúan en un plano de superioridad moral. Resulta significativa la frase con la que Nick se despide de su amigo: «Son pura gentuza. Tú vales mucho más que todo ese hatajo de podridos puestos en fila». ¿Quiénes son esos «podridos»? Sin duda, los invitados a sus fiestas, las vacuas estrellas de cine y los gorrones borrachines. Pero sobre todo los millonarios indiferentes que «destrozan cosas y personas y luego se refugian en su dinero», como los Buchanan. La propia Daisy se muestra incapaz de estar a la altura del amor de Gatsby y su ilusorio pero espléndido romanticismo. En ese sentido, Gatsby es un hombre traicionado, lo que lo iguala, paradójicamente, a quien se convierte en brazo ejecutor de su destino, Wilson. Por eso, lo que se encuentran Nick y los criados en la piscina y en el jardín es un «holocausto»: toda víctima es inocente.

En torno a la figura de Gatsby se construye el nudo central de la historia, como un planeta alrededor del cual orbitaran los demás personajes, satélites apenas dibujados, menos relevantes por sí mismos que por su relación con el protagonista. Sabemos muy poco de Nick Carraway, reducido a la condición de testigo y confidente. En cuanto a Tom Buchanan, este es solo un animal, útil únicamente para desencadenar el dramático desenlace, del que es el auténtico responsable. Hasta Daisy nos resulta lejana, poco definida, como corresponde a la encarnación de un sueño: se limita a flotar en su vestido de muselina que la brisa que entra por la ventana hace ondular en el aire. Siguiendo a Vargas Llosa, el crítico Ferran Benito se ha referido al carácter «inconcluso» de las diferentes tramas de la novela (los turbios negocios de Gatsby, la relación entre Nick y Jordan Baker, las correrías adúlteras de Tom Buchanan...), que se convierten en meras sugerencias fragmentarias sabiamente entretejidas con la trama principal. Y, sin embargo, esas sugerencias son las que dan al relato su atmósfera, las que aportan el color a esa crónica de una época que es El gran Gatsby. Así, la prolija lista de apellidos de los invitados a las fiestas, los diálogos desopilantes de borrachos y coristas y las biografías, solo esbozadas, de Wolfsheim o Dan Cody. Por lo demás, la escena etílica y caótica en el apartamento de Myrtle o la cómica anécdota del coche que pierde la rueda al salir de la casa de Gatsby constituyen contrapuntos indispensables que refuerzan el sentido de la acción y la prefiguran. ¿Quién pone un abrupto y sangriento final a la fiesta del apartamento sino Tom Buchanan, el mismo que lo pondrá al festivo verano de Gatsby? Y el absurdo accidente de la rueda ¿no anticipa un accidente mucho más absurdo y trágico?

De hecho, todos los personajes parecen tener una contrafigura grotesca, un doble deforme e inquietantemente familiar. El de la delicada Daisy podría ser la amante de su marido, la carnosa y vulgar Myrtle, que no sabe decir «apendicitis». El de Gatsby –un hombre misterioso que aparece de pronto salido no se sabe de dónde–sería Biloxi, el invitado a la boda de los Buchanan a quien nadie conoce y cuyo paso por la universidad es más que dudoso. Del mismo modo, el cartel que anuncia la consulta del doctor Eckleburg, con sus grandes ojos azules tras unas gafas (en los que Wilson ve la mirada justiciera de Dios), tiene su encarnación en Ojos de Búho, testigo del funeral con el que se cierra la novela.

Y por cierto, ¿por qué a ese funeral no asiste Jordan? La «inconclusión» a la que se refieren Vargas Llosa y Benito se revela en algunos cabos sueltos, ciertos vacíos que, en opinión del escritor peruano, son también «atributos» del mundo que Fitzgerald recrea: una época sin acabar, truncada, como una promesa incumplida. El gran Gatsby resulta así, con sus imperfecciones, un espejo de la vida más convincente, una ficción que no oculta sus intenciones: la vida también queda siempre a medio hacer.

Pero tal vez sea todo mucho más sencillo. En el fondo, El gran Gatsby es una vuelta de tuerca a un tema eterno: el chico pobre que se enamora de la chica rica, una especie de cuento de hadas desfigurado en el que el escudero vislumbra a la princesa en su palacio de oro y se propone realizar grandes hazañas para merecerla. Gatsby (no olvidemos que es un hombre con una «concepción platónica» de sí mismo) desea escalar los muros de ese palacio, la casa de Louisville, un «misterio en sazón», «una sugerencia de alegres y radiantes actividades que tendrían lugar a través de sus pasillos y de romances que no se habían vuelto mustios ni se conservaban en lavanda, sino que eran frescos y palpitantes». En su camino se interpondrán brujas y dragones, pero lo que finalmente le hará fracasar en su empresa, a diferencia de lo que sucede en los cuentos de hadas, será el hecho de que nunca dejará de ser, por muchos millones que haya reunido, el chico pobre, el James Gatz de Dakota del Norte. El mundo de los ricos es inexpugnable. Daisy ama la fantasía y el flirteo, pero no está dispuesta a apostarse entera en busca del ideal. Ella no tiene una «concepción platónica» de sí misma: Daisy «suena a dinero», como el mismo Gatsby constata amargamente.

Así pues, no es Gatsby quien «no resulta bien» sino ese mundo cerrado, esa reluciente campana de cristal vedada a los simples mortales y que esconde la putrefacción, el «nauseabundo cieno que flotaba en la estela de sus sueños». Una dura lección que no deja de hacer mella en el clarividente Nick Carraway, el cual abandonará sus ambiciones de triunfar en Nueva York para retornar al hogar familiar, al aburrido pero genuino espacio de la juventud. En contraste, la vida en Nueva York y Long Island, las fiestas y el glamour, los amigos importantes y las mujeres hermosas acaban por revelarse tan ilusorios como el ensueño romántico de Gatsby: las fiestas se terminan, las mujeres muestran su alma insustancial y los hombres matan. Esta distorsión del estilo de vida moderno y sofisticado de la ciudad queda plasmada en la imagen (poderosamente alegórica), que Nick guarda del Este: en una pesadillesca parodia de un funeral, cuatro hombres graves vestidos de etiqueta transportan una camilla en la que yace una mujer borracha en traje de noche y en cuya mano brillan las joyas. La comitiva se introduce en la casa equivocada y, en última instancia, no importa, puesto que nadie sabe el nombre de la mujer. Toda la novela es, en definitiva, una gran danza de la muerte en la que los invitados bailan creyendo ser eternos y felices, caminando en pos del «orgiástico futuro», mientras la muerte mueve la cabeza y advierte que lo que llegará es el inevitable acabamiento.

Testigo de los años espléndidos, intruso él mismo, como Gatsby, en el dorado palacio, Francis Scott Fitzgerald acaso intuyó ese acabamiento y, en alguna pesadilla, vio su propio rostro en el de la mujer borracha que llevan hombres graves. Por eso acertó, como pocos, a describir la dicha efímera que lo parecía todo y no fue nada, el modo en que los sueños se disipan dejando solo el vacío, el desencanto. La vida misma, imperfecta pero emocionante. Como imperfecta y emocionante es El gran Gatsby, una historia que no ha perdido un ápice de la intensidad y frescura que la han convertido en un clásico intemporal. El lector tiene en sus manos, sin duda, una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX.

JOSÉ LUIS PIQUERO

EL GRAN GATSBY

 

 

Una vez más, a Zelda

I

En mis años más jóvenes y vulnerables, mi padre me dio un consejo que no ha dejado de darme vueltas en la cabeza desde entonces.

«Cuando vayas a criticar a alguien», me dijo, «recuerda tan solo que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú».

No dijo más pero siempre nos hemos entendido inusualmente bien de forma tácita y comprendí que daba a entender mucho más de lo que decía. En consecuencia, suelo diferir cualquier juicio, un hábito que me ha facilitado conocer a muchas personas curiosas y que también me ha convertido en víctima de no pocos pelmas consagrados. El pensamiento anormal se apresura a detectar esta cualidad y engancharse a ella cuando la aprecia en una persona normal, y así sucedió que en la universidad fui injustamente acusado de ser un político, porque estaba al tanto de los secretos pesares de tipos inquietantes y misteriosos. La mayor parte de las confidencias no eran solicitadas —con frecuencia, fingía tener sueño o estar preocupado o mostraba una frivolidad hostil cuando me daba cuenta, por ciertas señales, de que en el horizonte se avecinaba una revelación íntima—, pues las revelaciones íntimas de los jóvenes, o al menos los términos en que las expresan, son habitualmente plagios y vienen alteradas por supresiones obvias. Reservarse los juicios es un asunto de infinita esperanza. Aún temo un poco perderme algo si olvido que, tal como mi padre sugirió no sin fatuidad —y yo repito no sin fatuidad—, el sentido del decoro fundamental se reparte de forma desigual al nacer.

Y, tras vanagloriarme de este modo de mi tolerancia, he de admitir que tiene un límite. La conducta puede fundarse sobre roca dura o sobre húmedos pantanos, pero, a partir de cierto punto, no me importa sobre qué está fundada. Cuando volví del Este el pasado otoño, sentí que deseaba que el mundo estuviese uniformado y en un cierto estado de perpetua atención moral; no me apetecían más excursiones bulliciosas con vistas privilegiadas al corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que da su nombre a este libro, quedaba excluido de mi reacción: Gatsby, que representaba todo aquello por lo que siento un olímpico desprecio. Si la personalidad es una serie ininterrumpida de gestos exitosos, entonces había en él algo magnífico, una exacerbada sensibilidad hacia las promesas de la vida, algo parecido a esas intrincadas máquinas que registran los terremotos a diez mil millas de distancia. Esta receptividad no tenía nada que ver con esa blanda facilidad para impresionarse que se dignifica con el nombre de «temperamento creativo»: era un don extraordinario para la esperanza, una disposición romántica como nunca había visto en ninguna otra persona y que no creo probable que vaya a ver de nuevo. No. Gatsby resultó bien al final: es lo que hizo presa en Gatsby, ese nauseabundo cieno que flotaba en la estela de sus sueños, lo que temporalmente liquidó mi interés en los inútiles pesares y las efímeras alegrías de los hombres.

Mi familia había sido prominente en esta ciudad del Medio Oeste, gente acomodada, durante tres generaciones. Los Carraway son algo así como un clan y mantenemos la tradición de que descendemos de los duques de Buccleuch, pero el verdadero fundador de mi linaje fue el hermano de mi abuelo, que vino aquí en el 51, envió a un sustituto a la Guerra Civil e inauguró la ferretería al por mayor que mi padre aún regenta hoy en día.

Yo no conocí a este tío abuelo, pero se supone que me parezco a él, especialmente si nos atenemos al retrato algo tosco que cuelga en la oficina de mi padre. Me gradué en New Haven en 1915, justo un cuarto de siglo después que mi padre, y algo después participé en esa tardía migración teutónica conocida como la Gran Guerra. Disfruté tan intensamente del contraataque que regresé algo alborotado. En vez de ser el cálido centro del mundo, el Medio Oeste se me antojaba ahora el andrajoso extremo del universo; así que decidí irme al Este y aprender el negocio de los valores. Todo el mundo que yo conocía estaba en el negocio de los valores, así que supuse que podría sustentar a un hombre más. Mis tías y tíos, al completo, discutieron el asunto como si estuvieran eligiendo un colegio para mí y finalmente dijeron: «Bueno... vale», con expresiones solemnes y vacilantes. Mi padre aceptó financiarme durante un año y, tras varias demoras, me vine al Este, de forma permanente, creo, en la primavera del 22.

Lo más práctico era buscar alojamiento en la ciudad, pero hacía calor en esa época y yo acababa de dejar una tierra de amplias praderas y amistosos árboles, así que cuando un joven de la oficina sugirió que alquiláramos juntos una casa en un pueblo cercano me pareció una gran idea. La casa la encontró él, un bungaló hecho de cartón, algo desconchado, por ochenta al mes, pero en el último minuto la compañía le envió a Washington y yo me fui al campo solo. Conseguí un perro —al menos lo conseguí por unos días, hasta que se escapó— y un viejo Dodge y una mujer finlandesa que me hacía la cama y me preparaba el desayuno y murmuraba dichos finlandeses mientras se inclinaba sobre la cocina eléctrica.

Durante un par de días me sentí solo, hasta que, una mañana, un tipo que había llegado algo después que yo, me paró en el camino.

—¿Cómo se llega a West Egg Village? —me preguntó con aire indefenso.

Se lo dije. Y mientras me alejaba ya no me sentía solo. Era un guía, un pionero, un colono original. Sin querer, el hombre me había conferido el derecho de empadronamiento.

Y así, con el sol y el gran estallido de las hojas creciendo en los árboles —tal y como las cosas crecen en una película a cámara rápida—, sentí la familiar convicción de que la vida volvía a comenzar con el verano.

Había mucho que leer, en primer lugar, y mucha salud que arrebatar al joven aire tonificante. Compré una docena de libros sobre banca y crédito y asuntos de inversión y los coloqué en mi estantería, con sus tonos rojos y dorados como dinero recién acuñado, prometiéndome desvelar los brillantes secretos que solo Midas y Morgan y Mecenas conocían. Y tenía la firme intención de leer además muchos otros libros. En la universidad era algo literato —un año escribí una serie de obvios y muy solemnes editoriales para el «Yale News»— y ahora iba a recuperar todas esas cosas para mi vida y volver a convertirme en el más especializado de los especialistas, el «hombre bien amueblado». Esto no es solo un epigrama: la vida es mucho más satisfactoria mirada desde una única ventana, después de todo.

Fue pura casualidad que hubiera alquilado una casa en una de las más extrañas comunidades de Norteamérica. Se trataba de esa estrecha y bulliciosa isla que se extiende por el este de Nueva York y en la que hay, entre otras curiosidades naturales, dos inusuales formaciones de tierra. A veinte millas de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en contorno y separados solo por una bahía de cortesía, se adentran en el cuerpo de agua salada más domesticado del Hemisferio Oeste: el gran corral húmedo del Estrecho de Long Island. No son óvalos perfectos —como el huevo de Colón, ambos están aplastados en su extremo de contacto— pero su parecido físico ha de ser una fuente de perpetua confusión para las gaviotas que los sobrevuelan. Para los no alados, el fenómeno más llamativo es su desigualdad en cada detalle, salvo en forma y tamaño.

Yo vivía en West Egg,2 el... bueno, el menos elegante de los dos, aunque esta es la etiqueta más superficial para expresar el estrafalario y no poco siniestro contraste entre ambos. Mi casa estaba en la misma punta del huevo, a solo cincuenta yardas del Estrecho, y se apretaba entre dos enormes casonas que se alquilaban por doce o quince mil la temporada. La de mi derecha era algo colosal, desde cualquier punto de vista: se trataba de una auténtica imitación de algún Hôtel de Ville de Normandía, con una torre a cada lado, flamante bajo una fina barba de áspera hiedra y con una piscina de mármol y más de cuarenta acres de césped y jardines. Era la mansión de Gatsby. O más bien, puesto que yo no conocía al señor Gatsby, era una mansión habitada por un caballero con ese nombre. Mi propia casa era un adefesio, pero era un adefesio pequeño, y la habían pasado por alto, así que yo disponía de vistas al agua, de una vista parcial del césped de mi vecino y de la consoladora proximidad de millonarios: todo por ochenta dólares al mes.

A través de la bahía de cortesía, los blancos palacios del elegante East Egg3 relucían junto al agua; y la historia del verano comienza realmente la noche que yo conducía hacia allí para cenar con los Buchanan. Daisy era una prima segunda antes muy lejana y a Tom lo había conocido en la universidad. Y justo después de la guerra había pasado dos días con ellos en Chicago.

El marido, entre otras hazañas físicas, había sido uno de los extremos más poderosos que jamás jugaran en New Haven: una figura de resonancia nacional en cierto modo, uno de esos hombres que a los veintiún años alcanzan tal excelencia en un campo determinado que todo cuanto viene después sabe a anticlímax. Su familia era enormemente rica —hasta en la universidad, su liberalidad con el dinero era materia de amonestaciones— pero ahora él había dejado Chicago y venido al Este en un estilo que casi te dejaba sin aliento: por ejemplo, se había traído una recua de caballos de polo del Lago Forest. No resultaba fácil asumir que un hombre de mi propia generación fuera lo bastante rico para hacer eso.

El porqué vinieron al Este no lo sé. Habían pasado un año en Francia, sin ninguna razón en particular, y luego habían dado vueltas incansablemente de acá para allá, por donde quiera que la gente jugase al polo y fueran ricos juntos. Esta era una mudanza permanente, dijo Daisy al otro lado del teléfono, pero no la creí: no conocía el corazón de Daisy, pero me parecía que Tom estaría moviéndose siempre, en una perpetua búsqueda algo melancólica de la dramática turbulencia de algún irrecuperable partido de fútbol.

Y fue así que un cálido y ventoso atardecer iba yo conduciendo hacia East Egg para ver a dos viejos amigos a los que en realidad apenas conocía. Su casa era aún más aparatosa de lo que esperaba; una alegre mansión roja y blanca de estilo georgiano colonial que daba a la bahía. La hierba comenzaba en la playa y se extendía hacia la entrada principal durante un cuarto de milla, sorteando relojes de sol y paredes de ladrillo y jardines ardientes; finalmente, alcanzaba la casa y trepaba por un lateral en brillantes enredaderas como llevada aún por la velocidad de su carrera. Rompía el frente una hilera de ventanas francesas, destellando ahora con el oro reflejado y abiertas de par en par a la cálida tarde ventosa; y Tom Buchanan, en ropa de montar y con las piernas abiertas, permanecía de pie en el porche principal.

Había cambiado desde sus años de New Haven. Ahora era un hombre robusto de treinta, de pelo pajizo, con una boca algo dura y modales altaneros. Dos brillantes y arrogantes ojos habían establecido su dominio sobre el rostro y le daban la apariencia de estar siempre inclinado agresivamente hacia delante. Ni siquiera la amanerada pretenciosidad de su traje de montar podía ocultar el enorme poder de aquel cuerpo: parecía llenar aquellas relucientes botas hasta hacer presión sobre los cordones superiores y uno podía ver tensarse una gran masa de músculos cada vez que sus hombros se movían bajo la fina chaqueta. Era un cuerpo capaz de desarrollar una enorme fuerza: un cuerpo cruel.

Su voz al hablar, de tono áspero y ronco, se añadía a la impresión de hosquedad que transmitía. Había en todo ello un toque de desdén paternal, incluso hacia la gente que le gustaba, y había hombres en New Haven que lo odiaban a muerte.

«Mira, no creas que mi opinión en estos asuntos es definitiva», parecía decir, «solo porque soy más fuerte y más hombre que tú». Estábamos en la misma Sociedad de Veteranos y, aunque nunca intimamos, yo siempre tuve la impresión de que me aprobaba y que deseaba, con esa áspera y desafiante melancolía suya, gustarme a mí.

Charlamos durante unos minutos en el soleado porche.

—Tengo aquí un bonito lugar —dijo mirando alrededor sin descanso con sus ojos centelleantes.

Cogiendo mi brazo para que me volviese, extendió abierta su ancha mano, abarcando la vista principal e incluyendo en el movimiento del brazo un jardín italiano a desnivel, medio acre de penetrantes rosas y un barco de motor de nariz puntiaguda que cabeceaba contra la marea atado en la playa.

—Pertenecía a Demaine, el petrolero —volvió a hacerme girar, educada y abruptamente—. Entremos.

Cruzamos un alto vestíbulo que nos condujo a una brillante estancia pintada de rosa, frágilmente ligada a la casa por medio de ventanas francesas en cada extremo. Las ventanas estaban entreabiertas y reflejaban la luz blanca contra la fresca hierba del exterior, que parecía crecer un poco hacia el interior de la casa. Una brisa soplaba en el salón, haciendo que las cortinas se agitasen hacia dentro en un extremo y hacia afuera en el otro, como pálidas banderas, enroscándolas hacia el pastel de bodas glaseado del techo y rizándolas luego sobre el tapete de color vino, proyectando sobre él una sombra, igual que el viento hace en el mar.

El único objeto completamente estático en la sala era un enorme sillón en el que dos mujeres jóvenes se mantenían a flote como sobre una boya de balón. Ambas vestían de blanco y sus vestidos se ondulaban y revoloteaban como si acabaran de posarse tras un corto vuelo alrededor de la casa. Debí permanecer unos momentos escuchando el azote y el roce de las cortinas y el crujido de un cuadro en la pared. Luego hubo un estruendo al cerrar Tom Buchanan las ventanas traseras y el viento atrapado murió en la estancia y las cortinas y los tapetes y las dos jóvenes se posaron suavemente sobre el suelo.

La más joven me resultaba desconocida. Estaba tumbada a la larga en su extremo del diván, completamente inmóvil y con la barbilla algo levantada, como si estuviera balanceando sobre ella algo que era probable que fuera a caerse. Si me vio por el rabillo del ojo no dio ninguna muestra de ello; de hecho, casi me sorprendí a mí mismo disponiéndome a murmurar una disculpa por haberla molestado al entrar.

La otra chica, Daisy, hizo un intento de levantarse —se inclinó ligeramente hacia delante con aplicada expresión—; luego se echó a reír, una absurda y encantadora risita, y yo reí también y me adentré en la estancia.

—Estoy p-paralizada de felicidad.

Rio de nuevo, como si hubiera dicho algo muy ingenioso, y retuvo mi mano durante un momento, mirándome a la cara, prometiéndome que no había nadie en todo el mundo a quien deseara ver más. Era parte de su estilo. Insinuó en un murmullo que el apellido de la chica que se balanceaba era Baker. (He oído decir que el murmullo de Daisy solo tenía el objeto de hacer que la gente se inclinara hacia ella; una crítica irrelevante que no le restaba ningún encanto).

En cualquier caso, los labios de la señorita Baker se agitaron; me hizo una inclinación de cabeza casi imperceptible y luego reclinó otra vez la cabeza: el objeto que balanceaba se había, obviamente, tambaleado un poco y le había dado algo así como un susto. De nuevo afloró a mis labios una especie de disculpa. Casi cualquier exhibición de completa autosuficiencia me inspira un aturdido homenaje.

Volví a mirar a mi prima, que empezó a hacerme preguntas con su tenue voz emocionada. Era el tipo de voz que el oído sigue cuando asciende y desciende, como si cada frase fuera una combinación de notas que nunca volverán a ser tocadas. Su rostro era triste y adorable, con cosas brillantes en él: ojos brillantes y una boca brillante y apasionada. Pero había una excitación en su voz que los hombres que la habían querido encontraban difícil de olvidar: una pulsión cantarina, un susurrado «Escucha», la promesa de que ella había hecho cosas alegres y excitantes justo un momento antes y que habría planes de más cosas alegres y excitantes para la hora siguiente.

Le conté que me había detenido en Chicago durante un día en mi viaje hacia el Este y que una docena de personas me habían pedido que le transmitiera su amor.

—¿Me echan de menos? —exclamó extasiada.

—La ciudad entera está desolada. Todos los coches llevan la rueda izquierda trasera pintada de negro como signo de luto y por las noches se oye un persistente gemido a todo lo largo de la Costa Norte.

—¡Qué maravilloso! Volvamos, Tom. ¡Mañana! —luego añadió, como sin importancia—. Debes ver al bebé.

—Me gustaría.

—Está dormida. Tiene dos años. ¿Nunca la has visto?

—Nunca.

—Bueno, tienes que verla. Ella es...

Tom Buchanan, que había estado paseándose inquieto por todo el cuarto, se detuvo y puso su mano sobre mi hombro.

—¿Qué andas haciendo, Nick?

—Estoy con valores.

—¿En dónde?

Se lo dije.

—Nunca los oí nombrar —comentó con decisión.

Eso me molestó.

—Lo harás —respondí brevemente—. Lo harás si te quedas en el Este.

—Oh, me quedaré en el Este, no te preocupes —dijo mirando a Daisy y luego volviendo a mirarme a mí, como si estuviera alerta ante algo más—. Sería un maldito idiota si me fuera a cualquier otro lugar.

En ese punto, la señorita Baker dijo «¡Absolutamente!», de forma tan súbita que me sobresaltó: era la primera palabra que emitía desde que yo había entrado en la sala. Quedó claro que a ella la sorprendió tanto como a mí, porque bostezó y, con una serie de rápidos y hábiles movimientos, se puso en pie.

—Estoy entumecida —se quejó—. He estado tumbada en ese sofá desde que tengo memoria.

—A mí no me mires —repuso Daisy—. He estado toda la tarde intentando llevarte a Nueva York.

—No, gracias —le dijo la señorita Baker a los cuatro cócteles que trajeron en una bandeja—. Estoy entrenando firme.

Su anfitrión la miró con incredulidad.

—¡En serio! —apuró la bebida como si fuera solo una gota en el fondo del vaso—. Cómo te las arreglas es algo que está fuera de mi alcance.

Miré a la señorita Baker preguntándome qué sería en lo que «se las arreglaba». Disfrutaba mirándola. Era una chica esbelta, con poco pecho y una figura erguida que ella acentuaba echando los hombros hacia atrás como un joven cadete. Sus ojos grises, entrecerrados a causa del sol, me devolvían la mirada con educada curiosidad recíproca desde un pálido rostro descontento y encantador. Ahora se me ocurría que ya la había visto antes —o una foto suya— en alguna parte.

—Usted vive en West Egg —observó despectiva—. Conozco a alguien allí.

—Debe de conocer a Gatsby.

—¿Gatsby? —inquirió Daisy—. ¿Qué Gatsby?

Antes de que pudiera responder que se trataba de mi vecino, se anunció la cena; aferrando mi brazo imperativamente, Tom Buchanan me obligó a salir de la sala como si moviera un peón a otra casilla.

Esbeltas, lánguidas, con las manos ligeramente apoyadas en sus caderas, las dos jóvenes nos precedieron saliendo a una terraza color de rosa que se abría al atardecer y en el que cuatro velas parpadeaban sobre la mesa bajo la suave brisa.

—¿Por qué velas? —objetó Daisy frunciendo el ceño. Las apagó con los dedos—. En dos semanas será el día más largo del año —nos miró radiante a todos—. ¿No esperáis siempre el día más largo del año para luego perdéroslo? Y siempre espero el día más largo del año y luego me lo pierdo.

—Debemos planear algo —bostezó la señorita Baker sentándose a la mesa como si se metiera en la cama.

—Muy bien —dijo Daisy—. ¿Qué planearemos? —se volvió hacia mí, indecisa—. ¿Qué planea la gente?

Antes de que pudiera responder, sus ojos se volvieron con expresión de dolor a su dedo meñique.

—¡Mira! —se quejó—. Me he hecho daño.

Todos miramos: tenía el nudillo blanco y azul.

—Has sido tú, Tom —dijo acusadora—. Sé que no lo hiciste a propósito, pero lo hiciste. Eso me pasa por casarme con un hombre tan bruto, una especie de enorme y pesado mastodonte de...

—Odio esa palabra, mastodonte —protestó Tom enfadado—, incluso como broma.

—Mastodonte —insistió Daisy.