El marqués de la Ensenada - José Luis Gómez Urdáñez - E-Book

El marqués de la Ensenada E-Book

José Luis Gómez Urdáñez

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El marqués de la Ensenada, pieza clave del Despotismo Ilustrado del siglo XVIII, fue mucho más que un ministro. Realizó un proyecto político integral junto a un grupo de valedores situados en puestos clave de la corte y del gobierno impulsando el desarrollo del Estado español al tiempo que desplegaba una formidable red de espionaje en media Europa. Fue el motor de numerosas reformas bajo el desempeño de los ministerios de Hacienda, Guerra, Marina e Indias. En ese momento cumbre de su carrera, el padre Isla le llamó el "secretario de todo". Su trabajo en la Marina le convirtió en enemigo de Inglaterra; la reforma hacendística, en sospechoso para la nobleza. El catastro y la protección que dispensó a los científicos puede considerarse lo más ilustrado de su obra. Fue amigo de los jesuitas y víctima, como ellos, del absolutismo regio. Su cara más cruel la mostró con la persecución al pueblo gitano. Mujeriego, alegre, sensato y conservador, sus restos descansan en el panteón de Marinos ilustres, aunque en realidad nunca fue marino. José Luis Gómez Urdáñez, catedrático de Historia Moderna por la Universidad de La Rioja y académico de la Real Academia de la Historia, destaca tanto las luces como las sombras de un político que supo como nadie articular las relaciones entre el gobierno y la corte de la época.

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Seitenzahl: 488

Veröffentlichungsjahr: 2017

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Retrato del marqués de la Ensenada.Copia inspirada en la obra de Jacopo Amigoni. Museo de la Rioja.

El marqués de la ensenada

El secretario de todo

José Luis Gómez Urdáñez

Prólogo de Carlos Martínez Shaw

ISBN: 978-84-16876-06-8

© Del texto, José Luis Gómez Urdáñez, 2017

© Del prólogo, Carlos Martínez Shaw, 2017

De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2017

Todos los derechos reservados.

Publicado por Punto de Vista Editores

[email protected]

www.puntodevistaeditores.com

@puntodevistaed

Diseño de cubierta: Joaquín Gallego

Fotografía de cubierta: retrato del marqués de la Ensenada.

Copia inspirada en la obra de Jacopo Amigoni. Museo de la Rioja.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.

Sobre el autor

José Luis Gómez Urdáñez (Murillo de Río Leza, La Rioja, 1953) es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja e investigador titular del Instituto universitario Feijoo de estudios del siglo XVIII (Universidad de Oviedo). Experto en la figura de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, ha publicado, entre otros, los libros El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001). Es autor de numerosos trabajos sobre Olavide, Jorge Juan, Aranda, Superunda y Feijoo y otros personajes de la historia del Siglo de las Luces. Sus publicaciones y actividades pueden seguirse a través de la web: www.gomezurdanez.com A finales de 2016 ha sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

Índice

Prólogo, por Carlos Martínez Shaw

Introducción

1. El estadista ante la historia

2. De los arsenales a los palacios reales

3. Ganarse al Rey… y a la Reina

4. Las hechuras zenonicias y el partido ensenadista

5. La guerra sorda y el rearme naval ensenadista

6. El fundamento de todo es el dinero

7. Mano dura y «cuerda tirante»: la cara más cruel del déspota

8. Todo o nada. De la cima del poder al destierro

9. Poder sin poder, o la placidez de la espera

10. Desterrado y «afectando jocosidades». La declinación del ensenadismo

Bibliografía

A mi mujer Ana y a mis hijos Luis y Miguel.De profundis cordis.

Prólogo

José Luis Gómez Urdáñez venía cercando al marqués de la Ensenada desde hace años, ya sea con su propia flota (sus libros sobre El proyecto reformista de Ensenada de 1996 y sobre Fernando vide 2001 y sus cada vez más numerosos artículos sobre los personajes de su entorno), ya sea con escuadras salidas de sus arsenales de la Universidad de la Rioja, como las capitaneadas por Cristina González Caizán (La red política del marqués de la Ensenada, de 2004) o por Diego Téllez Alarcia (Don Ricardo Wall. Aut Caesar aut nullus, de 2008), ya sea finalmente con algunos otros barcos navegando con registros sueltos por los mares de las revistas especializadas. Así que ya había llegado la hora de capturar a la presa principal de la operación, es decir de acometer la biografía del propio Don Zenón de Somodevilla.

Y el catedrático y académico riojano lo ha hecho a su muy personal estilo, en una obra al mismo tiempo erudita y desenfadada, profunda en la atención a las graves cuestiones de la vida política del momento y ligera con aire minué a la hora de referir las mil y una vicisitudes de las relaciones personales mantenidas por el ministro con su entorno de secretarios, funcionarios, cortesanos amigos e incluso enemigos, o de pintar al pastel la vida cotidiana de su biografiado cuando se entregaba a sus celebradas cenas madrileñas o a sus musicales paseos en Aranjuez, antes de procurarse dorados exilios en Granada, El Puerto de Santa María o Medina del Campo cuando sus enconados rivales le ganaron la partida y perdió el favor real.

Así, encontramos primero lo que se esperaba: una valoración de su obra de gobierno en aquellos terrenos que fueron objeto privilegiado de su atención desde los múltiples ministerios desempeñados como «secretario de todo»: marina y hacienda en primer lugar. Ahora bien, el repaso que se hace a su actuación estelar en estos ramos no resulta una síntesis ecléctica al uso, sino una solvente disección sostenida por el dominio de las fuentes originales, entre las que destacan las obtenidas de las correspondencias oficiales y privadas del ministro o intercambiadas entre los personajes que le rodearon tanto amigos como enemigos. Y así se dedica un capítulo entero a su labor en el ámbito de la Armada, quizás el más conocido desde la obra de Cesáreo Fernández Duro (con su famoso vítor de «Paso al Genio»): promulgación de las ordenanzas de Marina y de Bosques, imposición de la Matrícula de Mar, espionaje industrial confiado a los dos grandes marinos y científicos Jorge Juan y Antonio de Ulloa, atención a la formación de oficiales en la Academia de Guardiamarinas, impulso a la construcción naval (mediante el recurso al «sistema inglés», luego adaptado a las necesidades españolas), todo un completo programa que llegaría a concitar la alarma de las autoridades inglesas y el llamamiento a derribar por todos los medios al entregado ministro.

Porque, en efecto, Ensenada se volcó a fondo en sus proyectos, empleando una asombrosa energía en llevar a cabo sus propósitos contra el viento de los rivales y la marea de la desidia administrativa. Así lo hemos visto en el caso de la Armada, pero lo podemos corroborar en el establecimiento del Real Giro, el banco oficial para los pagos exteriores, y sobre todo, de una forma ejemplar, en su lucha por la implantación del catastro, que si bien no alcanzó su objetivo, sí que pudo legarnos una radiografía completa de la economía y de la distribución de la riqueza en las provincias castellanas a la altura de mediados de siglo, gracias a una titánica empresa que todavía hoy causa perplejidad y admiración por su enorme envergadura y por el sobrehumano esfuerzo que supuso la realización de la magna encuesta, tal como se puede contrastar a partir de la ingente documentación conservada en los archivos, aunque al final se topara, como en otros casos, con la enemiga de los que se sentían perjudicados por el sistema fiscal al que debía servir de base, la Única Contribución. En cualquier caso, la descripción del proceso que se realiza en el libro mantiene al lector en suspenso por la insólita capacidad del autor de hacernos algo así como copartícipes de la empresa doscientos cincuenta años después.

El proyecto político de Ensenada superó la cárcel de papel en que pudo haber quedado prisionero gracias a la implementación de un complejo entramado de apoyos y de connivencias, fundamentado casi siempre en la conformidad de sus colaboradores con el mismo, es decir en la coincidencia ideológica, y a veces, inevitablemente, también en la lógica egoísta de la autopromoción personal. Esta red, pacientemente tejida por el ministro, es lo que el autor ha definido acertadamente como el «partido ensenadista», integrado por personajes que ocupaban cargos oficiales, altos o no tan altos, o por otros amigos que podían hacer valer la influencia de su pluma o de sus relaciones. La descripción de la compleja articulación de este círculo que se disponía en torno a Ensenada pero cuyos componentes mantenían conexiones asimétricas con el núcleo central encarnado por el maestro del juego, es uno de los mayores logros del libro, pues dar una visión segura implica conocer íntimamente a cada una de las piezas y el papel que respectivamente desempeñaron en cada momento, en cada coyuntura.

Y esta es una de las cosas que más impresionan durante la lectura del libro. El autor se mueve por los salones, por las tertulias, por los mentideros, por los despachos, por las covachuelas, por los pasillos de los palacios, como si fuera un Ensenada redivivo (con su peluca y su casaca, como lo retratara Jacopo Amigoni), dándonos cumplida cuenta de cada uno de las personas que nos va presentando, de sus funciones, del trato que debemos tener con él, de sus virtudes o sus debilidades, a veces hasta de sus intimidades. Da la impresión de que el autor se ha encontrado a sus personajes viendo una comedia en el teatro del Príncipe o de la Cruz o ha departido con él mientras navegaba por las aguas del Tajo con la voz de Farinelli como fondo musical o ha compartido alguna vez una jícara de chocolate caliente de las que después pintaría con su mágica poesía Luis Meléndez. La sensación de vida, de realidad, de cotidianeidad que ofrecen las hechuras (o los rivales) del marqués es algo sin parangón en la historiografía española.

Semejante puesta en escena nos lleva a otro de los aciertos de la obra. El autor ha asimilado como pocos la absoluta necesidad de articular las relaciones entre el gobierno y la corte a la hora de analizar las contingencias del ejercicio del poder, a la hora simplemente de hablar de política. En el Antiguo Régimen el rey no era una figura decorativa, sino la persona que debía avalar todas las decisiones del gobierno, por lo que tenía que ser cortejado (nunca mejor dicha la palabra), aconsejado, manipulado o engañado por sus colaboradores y subalternos. De ahí que la proximidad al rey (y a la reina, como bien se subraya en la obra) fuera una fuente de poder. De ahí que esa proximidad se buscara bien en la intimidad del cuarto del rey (donde pululaban mayordomos y sumilleres), bien en el despacho directo cara a cara de los asuntos de gobierno por parte de cada secretario de Estado. Esta dualidad entre el gobierno y la corte se pone especialmente de relieve con motivo de la caída de Ensenada, una conspiración palaciega en toda regla, urdida por ministros (Ricardo Wall) y embajadores (Benjamin Keene), pero también por cortesanos como el odioso duque de Huéscar (luego de Alba), nombrado mayordomo mayor de Fernando vi, prominente miembro de la facción anglófila y enemigo encarnizado del marqués, que valiéndose de su fácil acceso al rey pudo convencerle de la veracidad de las falsas pruebas (que nunca se encontraron) sobre la supuesta guerra declarada por Ensenada en el Caribe.

Ensenada sale (con justicia) muy bien parado de la investigación expuesta a lo largo de las páginas del libro. Sin embargo, nada más erróneo que pensar en una hagiografía. El autor destaca en más de una ocasión la falta de escrúpulos de ese ejemplo de «déspota ilustrado» que fue Ensenada a la hora de llevar a cabo sus proyectos. El mundo en que se desenvolvía exigía una fuerte dosis de vigilancia y de energía para capear el temporal de conspiraciones, asechanzas y resistencias ante las medidas adoptadas por el «secretario de todo». Ahora bien, hubo ocasiones en que el déspota, amante del bien público y de las reformas moderadas, dio pruebas de una utilización imperturbable de la «mano dura» (por ejemplo, en ocasión de la represión de la revuelta venezolana ordenada desde su despacho y ejecutada en el terreno por Julián de Arriaga), de una abierta satisfacción por la venganza (como ocurrió con la persecución inquisitorial contra Pablo de Olavide llevada a cabo con la complacencia de sus enemigos y la connivencia de Carlos iii) y hasta de una inexcusable crueldad, como en el caso, bien documentado, de la persecución que desatara contra la comunidad gitana, a la que trató de exterminar por todos los medios, conduciendo a sus miembros al encierro o al trabajo forzado en los lugares más inhóspitos (como las minas de Almadén), dando muestras de una obstinación tal que no llegó a ser compartida ni siquiera por algunos de los obligados cumplidores de sus órdenes y que permite hablar con toda propiedad de un auténtico intento de genocidio.

José Luis Gómez Urdáñez nos ha entregado así una obra que reúne en alto grado dos cualidades que rara vez suelen ir de la mano. Por un lado, el rigor científico, basado en una familiaridad asombrosa con las fuentes, en un pleno conocimiento del contexto y en una interpretación a la vez equilibrada y atrevida de los datos a su disposición. Por otro lado, una espontaneidad y una inmediatez en el tratamiento de los hechos que imprimen una vivacidad inusitada al relato, que alcanza un alto grado de amenidad, gracias a un profuso anecdotario siempre significativo. Si a ello le añadimos una indiscutible galanura literaria, una utilización más que oportuna de los testimonios directos y un desacomplejada desenvoltura en el vocabulario (a menudo con su punta de humor), nos hallamos ante una obra à tout lire, empleando si se nos permite el francés utilizado como lengua franca en la época.

Es una obra, además, que nos hace meditar, melancólicamente, sobre el presente, cuando vemos los extenuantes esfuerzos del marqués por introducir la racionalidad en la obra de gobierno y por superar los arraigados prejuicios de sus coetáneos. En este horizonte, sentimos incluso una punzada de pesimismo cuando, mirándonos en el espejo del siglo xviii, constatamos la dificultad que, desde el Antiguo Régimen y hasta nuestros propios días, tiene este país para suprimir la lacra de los privilegios, del nepotismo (llamado «capital relacional» con uno de los eufemismos mistificadores hoy al uso), del favoritismo, de la promoción de los más ineptos a los más altos cargos, de la corrupción institucional o de la sensibilidad de papel de lija de los poderosos ante las necesidades del conjunto de la sociedad. Bienvenida sea por tanto esta excelente biografía del marqués de la Ensenada, obra de madurez de uno de nuestros mejores historiadores actuales.

Carlos Martínez ShawCatedrático de Historia Moderna de la UNEDAcadémico de la Real Academia de la Historia

Introducción

El naciente Estado español se abrió paso en un escenario hostil a lo largo del siglo de las reformas, siempre defendiéndose de los Grandes, gracias a la protección que, sin saberlo, la Monarquía dispensó a ministros como Zenón de Somodevilla y Bengoechea, hijo de un hidalgo pobre. Plebeyo como la mayoría de los servidores de los Borbones, el que fue ennoblecido por Carlos iii en Nápoles con el título de marqués de la Ensenada es el más acrisolado ejemplo del nuevo personal político al servicio de los Borbones, tanto como Patiño, su protector, o como Floridablanca, aunque Ensenada nunca pisó una universidad, ni fue hombre de libros, ni por tanto pudiera aplicar a su política los fundamentos jurídicos que sí favorecieron el desarrollo en plenitud del sistema, con Floridablanca o Campomanes.

Ensenada fue pieza clave en la conformación de lo que hemos venido en llamar Despotismo Ilustrado: «los ministros que proponen y el rey que decide», como acertó a definir el sistema político el ministro Wall. Y fue el que inició el desafío contra los Grandes hasta apartarlos del poder, como quiso siempre Isabel de Farnesio, que previno a sus hijos contra ellos y contra los consejos, donde eran más fuertes. Precisamente, los dos más descollantes del siglo, el duque de Alba y el conde de Aranda, fueron los causantes de las dos «caídas» del marqués, primero el 20 de julio de 1754, cuando fue desterrado a Granada; luego, el 18 de abril de 1766, cuando definitivamente abandonó Madrid para instalarse en Medina del Campo, donde murió quince años después. Aunque algunos nobles aparentaran ir con el espíritu del siglo y ser ilustrados, en cuanto se tocaban sus privilegios clamaban contra los advenedizos. Siempre consideraron así a ministros como Ensenada, al que llamaron para recordarle sus humildes orígenes el En sí nada; también Adán (Nada al revés). Como todo hijo de pobre, él mismo se humillaba repitiendo que no era nada.

Ensenada creció en la Marina, como él mismo dijo a menudo —«mi mundo es la Marina»—, pero una vez alcanzada la protección de Isabel de Farnesio tuvo todo a su favor para desarrollar un proyecto político integral. A pesar de que al lado estaba el otro ministro poderoso, José de Carvajal y Lancáster —noble y universitario—, Ensenada fue el verdadero motor de las reformas «en cuanto la paz nos deje libres de hacer prodigios si supiéramos» —se refería a la paz de Aquisgrán de 1748—, desempeñando los ministerios de Hacienda, Guerra, Marina e Indias. En ese momento cumbre en su carrera, el padre Isla le llamó el «secretario de todo». Carvajal debió aceptar que él no había sido el primer ministro que necesitaba la Monarquía; tampoco lo fue Wall.

Si Ensenada fue más que un ministro es porque supo rodearse de una red clientelar muy extensa y variada. Los ensenadistas le llamaban «jefe», el mote cariñoso era el Amigo, también le llamaban Tinto y se referían a él por escrito como B, quizás por la inicial de su apellido Bengoechea, o porque su firma contenía un rasgo que parecía la letra b. En el retrato más conocido, el de Amigoni, aparece con buena figura y cara pálida, pero le llamaban Tinto porque su tez era muy oscura y, además, era bajito.

Los elogios a su persona fueron muy abundantes. Citaremos algunos: simpático y jovial, oía más que leía —tenía más de 4000 libros, pero su casa era conocida por los muchos invitados que cenaban allí, en las célebres cenas de don Zenón—, tenía ese carácter abierto y franco para la amistad que todavía caracteriza a los riojanos, a los hombres de las tierras con vino. Él mismo intentó hacer una bodega con cargo a la Real Hacienda en Lantadilla para surtir de vino a la corte (en palacio se bebía champagne y vinos franceses) y hasta se preocupó de mejorar la exportación de vinos a Inglaterra durante la neutralidad.

Era tesonero y astuto, pero no desconfiado. Llegó a ser inmensamente rico y sobresalió siempre por el lujo de su atuendo y de su casa, pero no fue un atesorador, ni permitió la adulación. Fue siempre magnánimo con quienes le sirvieron, quizás porque supo que una buena bolsa era un seguro de fidelidad. Pero nunca cayó en el nepotismo: «no saca la cara por sus parientes, ni hasta ahora ha hecho por ello cosa alguna», le dijo el padre Rávago al cardenal Portocarrero. Fue adicto al «brazo jesuítico», mas un pasquín decía: «Parecía buen católico, pero no se le conoció confesor».

Pero no todo fueron elogios. Desde luego no hay que esperarlos del duque de Alba, «cuyo mal corazón igualaba a su gran talento», según dijo el conde de Fernán Núñez, o del conde de Aranda, que al final acabó aborrecido por su soberbia; tampoco de aquellos nobles cortesanos a los que les recortó sus sueldos y sus privilegios en la corte, ni del embajador Keene, que le insultó hasta la saciedad retratándolo como «enemigo de Inglaterra» y que sentenció que no le volvería a ver hasta el valle de Josafat.

Se hizo grandes enemigos que le odiaron toda la vida, pero Ensenada gozó de los dones de la amistad. Uno de sus mejores amigos fue Jorge Juan, el marino matemático, hosco con todos, pero íntimo del marqués. También fue amigo de Grimaldi, del que, aun estando desterrado en Medina del Campo, pudo despedirse cuando este salía de España en 1777. Y también conservó de por vida la amistad con Manuel Ventura Figueroa, su querido gallego que llegó a ser gobernador del Consejo de Castilla, sucediendo a un humillado —una vez más— conde de Aranda. Su gran hechura fue el bilbaíno Ordeñana y su hombre de más confianza el jesuita padre López, así como su criado Rosellón. Tenía amigos y confidentes en toda España y en el extranjero. Los intendentes eran hechuras suyas, como los agentes del Real Giro, o parte del personal de las embajadas, quienes tenían con él una correspondencia paralela a la oficial que mantenían con Carvajal. Conocía tanto la corte de Versalles —por la mismísima duquesa de Pompadour, una inteligente mujer amante de Luis xv— que sabía el grado de venalidad de los ministros, como le demostró al duque de Huéscar, describiéndole a cada uno. Sobornó, pero no fue sobornado. Manejó la bolsa con esplendidez, pagó ya a un periodista de la Gaceta de Berna para que la prensa hablara bien de sus logros políticos, e incluso sobornó al nepote del Papa para lograr el concordato. En las instrucciones a Ulloa, Juan y otros viajeros por Europa, Ensenada dejaba claro lo que tenían que decir sobre los puntos estratégicos —América, dinero, proyectos, etc.— según estuvieran en una u otra corte, así como lo que tenían que observar. En esto nadie le dio tantas satisfacciones como el espía Jorge Juan cuando estuvo en Londres. Como Felipe ii, sin moverse de la corte, conoció el mundo (lo que le interesó de él).

Entre las mujeres gozó de estimación y fue bastante mujeriego, siempre estuvo muy cercano al personal femenino de la corte, a la marquesa de la Torrecilla y a la de Salas, la de Torrecuso, etc. Cuando fue nombrado ministro en 1743, se pensó que las cortesanas habían influido en Isabel de Farnesio y así lo comunicó a su corte el embajador francés, que ya antes había dicho: «aspirará a puestos elevados disputándoselos a los Grandes». En cuanto a sus amoríos, un marido estuvo a punto de pillarle con su mujer en Granada, mientras un año después lo encontramos en El Puerto de Santa María manteniendo un cortejo. Pasaba ya de los cincuenta años.

Pero además de Ensenada está el ensenadismo, que es lo que verdaderamente agiganta la dimensión política del marqués. Es todo un proyecto político con los valedores y ejecutores en los puestos estratégicos, incluida una formidable red de espionaje en media Europa, de la que Jorge Juan, con sus andanzas en Londres, es el más brillante ejemplo. El proyecto se desplegaba desde los ministerios a los intendentes, los generales, los factores del Real Giro —el banco de pagos en el exterior creado por Ensenada— y a toda la red de personal técnico al servicio de la Corona. Primero, Hacienda, de la que dijo no entender una palabra, pero que era la clave de todo proyecto. «El fundamento de todo es el dinero», afirmó. De esa máxima deriva el catastro, una idea que no pertenece tanto a una presunta filantropía como al convencimiento de que eran los ricos los que debían pagar, pues los pobres no tenían. Así, la Monarquía no podía ser rica y los proyectos quedaban empantanados. El catastro fue un poderoso instrumento antiseñorial, causa de que los Grandes intentaran paralizarlo en cuanto se dieron cuenta del peligro, lo que obviamente consiguieron haciendo caer al marqués. Los ricos nunca han pagado impuestos en España.

Luego, la construcción naval: sin una poderosa Marina no se podía mantener un imperio al otro lado del mar, menos teniendo ya en el horizonte la enemiga abierta de Inglaterra, lanzada a la conquista de mercados ultramarinos y fuentes de aprovisionamiento de materias primas. Pero también había que reformar la relación con América, acabar con el monopolio de Cádiz, aunque esto quedará para más adelante. La reforma del Ejército, para hacerlo menos costoso, completaba su visión de la estrategia. Francia tenía el mejor ejército de tierra de Europa y Ensenada nunca pensó en romper el pacto de familia. Esto le ganó fama de adicto a Francia y enemigo de Inglaterra, pero su «afrancesamiento» solo era —como casi todo en su vida— un cálculo frío de sus posibilidades. El dinero, la bolsa siempre dispuesta, para pagar a los mejores —desde científicos a constructores navales ingleses—, pero también para sobornar al nepote del papa —como tuvo que hacer para lograr el concordato más regalista en siglos—, fue marca de la casa, junto con una alta dosis de crueldad, como la que empleó con su «amigo» Macanaz, con los cabezas del motín de Caracas, o con los gitanos, a los que intentó exterminar: la página más negra de su biografía. Nunca consideró que debía cambiar de opinión, pues pensaba que los enemigos lo tomarían por «inconstancia de ánimo». Fue por eso el gran déspota.

Tenía muchos amigos intelectuales que reflexionaban sobre el gobierno y habían escrito abundante literatura política —Carvajal leyó a Montesquieu y estaba suscrito a la Enciclopedia; incluso escribió un par de textos políticos—; pero Ensenada no tenía grandes concepciones ideales sobre la finalidad global de su actuación política. Pragmático y calculador como todos los déspotas, no podía concebir un proceso de cambio articulado en torno a principios y etapas. Cuando dijo «busco dinero y fuerzas de mar y tierra y no teologías», definió a la perfección su concepción del gobierno.

No tuvo preocupaciones sociales y políticas que pudieran alterar las estructuras de un Estado todavía enano, ni un ideario preconcebido, como lo prueba el desorden de sus ideas en las Representaciones que dirigió al rey. Como sus antecesores, Patiño y Campillo, comprendió que la solidez de las viejas estructuras políticas solo permitía reformar, nunca atacar frontalmente los problemas y menos aún tocar el marco de los privilegios donde, en definitiva, residían los verdaderos poderes y el motor para reproducir el sistema. Si una parte de la nobleza comprendió la necesidad de adaptarse a la nueva realidad que iba imponiendo el crecimiento económico y el desarrollo científico es porque hubo un consenso tácito de hasta dónde y qué se podía cambiar. Así, el Estado, en su esencia absolutista, se revelaba como el gran instrumento para impulsar las reformas, pero a la vez era el que impedía los cambios. Y por eso, en cuanto los déspotas plebeyos provocaban la sospecha de los Grandes a causa de alguno de sus proyectos, el rey dejaba de ser su valedor. Recordemos que no solo Ensenada —dos veces desterrado—, también Macanaz y hasta el mismísimo Floridablanca probaron el castigo de la prisión. La lista de «caídos» es, obviamente, mucho mayor.

Siempre dominado por el sentimiento de superación —«En sí no soy nada, pero amo mi reputación como si fuera algo»—, por la ambición —«la monstruosa fortuna que he hecho»— y por la pasión por los saberes útiles —pues siempre se codeó con hombres de ciencia—, Ensenada fundamentó sus proyectos hábilmente, sin importarle la procedencia de sus apoyos: científicos, militares, clérigos o funcionarios. Pero nunca reparó en que era ilustrado… lo mismo que Carlosiii, y jamás se hubiera atrevido a pregonar su oculto pecado, el despotismo, que eran las «maquiaveladas» que decía Carvajal que le desesperaban. Su enjoyada exhibición en público fue un acto más de servicio y la necesaria máscara del hijo de un hidalgo pobre: «por la librea del criado se ha de conocer la grandeza del amo», dicen que le dijo a Fernando vi.

Todo esto es lo que vamos a desgranar en las páginas que siguen. Nos apoyaremos en algunos trabajos míos anteriores, entre ellos El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando vi(Madrid 2001), del que hay edición en Punto de Vista Editores. También incorporo otros trabajos míos, digitalizados en www.gomezurdanez.com. En ellos se pueden buscar las referencias documentales de los archivos en que he trabajado, en especial AHN y Simancas. Destaco sobre todo los dedicados al conde de Superunda —también riojano, íntimo del marqués—, Olavide y Feijoo. El agudo fraile de Oviedo tuvo un interesante affaire con Ensenada —a través de su hechura Ordeñana—, una prueba de fuego de con quién se la estaba jugando el benedictino, siempre metido en política. Y en fin, de eso, de política es de lo que va este libro, que no pretende ser una biografía, sino una herramienta más para comprender a uno de los hombres decisivos en el proceso de robustecimiento del Estado español.

1

El estadista ante la historia

Si Ensenada ha pasado a la historia por delante de la mayoría de los ministros del siglo xviii no es solo porque lograra articular un proyecto político y vertebrar una red clientelar para ponerlo en práctica; es que además, escribió mucho, mantuvo correspondencia con cientos de personajes y logró ganar en vida estimación y respeto. No hay que negar que sabía cazar con miel y que siempre fue generoso empleando la bolsa —del rey— con sus muchos amigos, pero también es cierto que sus ideas alumbraron la política práctica del gobierno de la monarquía hasta su crisis final en 1808, especialmente en la conjunción entre Marina y Hacienda, siempre mirando a la conservación del imperio español.

Conocemos mucho de su proyecto político por lo que él llamó Representaciones, textos en los que exponía a Fernandovi ideas y objetivos, en aparente desorden pues eran «puntos de gobierno» concretos. Por sus Representaciones comprendemos bien su sentido práctico de lapolítica, especialmente la de 1751, estudiada por Didier Ozanam. Cuando la escribió estaba quizás en el mejor año de su proyecto político, por eso es tan directa y habla de temas básicos como la Marina y el catastro con seguridad. El texto revela al ministro al que le salen bien las cosas y se atreve a elevar el listón un poco más ante el rey, dando a entender que tiene un proyecto articulado y que puede ser, como decía el padre Isla, el «secretario de todo».

También conocemos su forma de pensar por las miles de cartas que dejó en su correspondencia, especialmente con embajadores y personal diplomático, tanto oficial como personal, o reservada. Pero en el siglo xviii, muchas cartas se quemaban luego por el destinatario, o se hacían desaparecer. Por eso, hay que seguir investigando, siempre con la esperanza de encontrar documentos que aporten nuevas pistas. Hay también cartas que hablan de él «por oficio», como las que escribió desde Granada para el duque de Huéscar (primogénito de los Alba, que heredará el título principal de la casa tras la muerte de su madre en 1755) su espía Nicolás Pinedo de Arellano, que dio mucha información sobre la vida del marqués en el primer destierro, y algunas especialmente significativas en las que es Ensenada, confiado, el que cuenta algo sobre él, por ejemplo, las cruzadas con el cardenal Silvio Valenti Gonzaga, secretario de Estado del Vaticano, íntimo amigo desde que fue nuncio en Madrid entre 1737 y 1740. Más cuidado tiene con las que mandó al duque de Huéscar, pues a pesar de que se arrimó a él, siempre lo hizo con prevención. ¡Como fiarse del que soñaba con que los Grandes de España lograran el poder que, naturalmente, les correspondía!

Ensenada se sinceró con muy pocos amigos en su vida, pues fue hombre artificioso, simulador y a veces cínico, como todos los que debieron abrirse camino en las «prisiones cortesanas donde al más astuto salen canas», en palabras del padre Isla. Ya hemos dicho que, como hijo de pobre, afectó siempre una exagerada humildad que le hizo ganarse el apodo de Adán y que permitía jugar con su título, el marqués de la En sí nada. Le comentaba estas cosas al cardenal Valenti Gonzaga, a quien le descubrió sus intimidades: «Yo en un accidente seré nada»… Pero con quién más se sinceró fue con su amigo gallego, Manuel Ventura Figueroa, gobernador del Consejo de Castilla en 1773, a quien le confesó: «Dios por su infinita misericordia ha querido que de algunos pares de años a esta parte conozca que este mundo es una pura vanidad opuesta a gozar en gracia el Eterno, y su Divina Majestad me lo demuestra bien claramente en este caso con la memoria que permite conserve de mi humilde nacimiento y de la monstruosa fortuna que he hecho».

Pero no se elige lo que de uno dirá la posteridad. Por más que uno mismo o sus amigos se prodiguen en alabanzas, la Historia puede ser cruel a nada que subsistan las opiniones contrarias. Si bien no es el caso de Ensenada. En general, desde las primeras biografías, se abrió paso un Ensenada hecho a sí mismo, gran estadista, projesuita, gran hacendista —aunque él dijo que no entendía nada de Hacienda— y favorecedor como nadie de la Marina. Su vida en la Marina, desde la nada al ministerio, y sus planes de construcción naval y rearme, las ordenanzas, la matrícula del mar, siempre suscitaron la admiración de los marinos. Por eso, los restos del ministro salieron de Medina del Campo para ir al Panteón de los marinos ilustres de San Fernando, donde se guarda su memoria, aunque es el único que no fue marino de profesión.

Calles, plazas, institutos, estatuas, retratos, han publicitado su fama, incluso un barco de la Armada lleva su nombre. Hoy, sin embargo, le ha vuelto a traicionar la Fortuna y ha reaparecido su cara más cruel: el intento de genocidio que llevó a cabo contra los gitanos en 1749. Un abogado madrileño ha solicitado a la alcaldesa que retire su nombre de la calle que tiene dedicada en la capital de España y varias asociaciones gitanas, conscientes de la importancia que tiene la historia para seguir manteniendo su secular entereza contra la represión, le han señalado incluso como genocida. Nada le descarga de culpa, pero debemos reconocer que su intención de acabar con «tal malvada raza» era compartida por muchos otros que lucen igualmente en calles y retratos, todos hombres ilustres de la historia de España, incluidos los reyes —desde que Fernando e Isabel los condenaran en la primera pragmática represiva de Medina del Campo, en 1499— hasta el propio papa Benedicto xiv, que a petición del presidente del Consejo de Castilla, el obispo Gaspar Vázquez Tablada, excluyó a los gitanos del derecho de asilo en sagrado. El confesor del rey, el jesuita padre Francisco de Rávago, y el propio rey tranquilizaron así su conciencia. En asuntos de memoria de los muchos crímenes que la historia nos recuerda, conviene ser reflexivos y recordar a Julio Caro Baroja cuando decía: «ni Pedro fue tan cruel, ni Rodrigo tan miserable». Para no errar, ya antes incluso de pasar a nuestra historia, los historiadores disponemos de la historiografía, nuestra notaria, a la que acudimos para que nos dé la explicación de cómo se fue construyendo la imagen de Ensenada a lo largo del tiempo.

El primer biógrafo del marqués fue el marino Martín Fernández de Navarrete. Era riojano como Ensenada y quizás recurrió a la fama de su paisano para justificar la creación de la provincia de Logroño, que pudo llamarse ya entonces de La Rioja, como quería el marino autor de una patriótica Carta a los riojanos. Su Noticia biográfica del marqués… es de 1831,un par de años antes de crearse la provincia de Logroño y cuando seguramente España tenía menos barcos que en tiempos de Ensenada. El panegírico del ministro de Marina era esperable, pero también apuntan ya las primeras noticias y anécdotas sobre su capacidad de trabajo, sus dotes para la administración, su genio reformador, etc. Fernández de Navarrete, que escribía en el fragor de la revolución liberal, inició también lo que la corriente nacionalista decimonónica no dejaría de alimentar: el españolismo de Ensenada, una gloria nacional.

Con los primeros datos de Fernández de Navarrete y con una excelente selección documental de los archivos de Alcalá, Simancas, Palacio Real y Academia de la Historia, el archivero Antonio Rodríguez Villa publicó en 1878 un Ensayo biográfico sobre Ensenada que sigue siendo de obligada consulta. Además del interés de los documentos que transcribe, el trabajo de Rodríguez Villa es un intento de visión global del estadista, el primero que repara en un «proyecto ensenadista» y en las cualidades políticas y humanas del Jefe: hombre ubicuo y pantófilo, recto, entregado al servicio de España, desinteresado; es decir, la imagen opuesta a la que William Coxe había divulgado en Memoirs of the Kings of Spain of the House of Bourbon, publicada en Londres en 1815, utilizando los retratos que hicieron del ministro los políticos ingleses y algunos franceses. Para Rodríguez Villa, que también escribió una biografía de Patiño, Ensenada representaba la introducción de una vía española en la línea afrancesada de la política de Felipe v, cuyo desarrollo pleno se producirá con Fernando vi: un rey español y unos ministros españoles.

Coxe había publicado su libro en Londres, en medio de un clima de euforia patriótica. Los españoles y los británicos acababan de derrotar a Napoléon, lo que ponía fin al siglo dominado por los ilustrados afrancesados aborrecidos por la camarilla de Fernando vii. Ensenada, como afrancesado y antibritánico, aparecía en el libro —traducido por Salas y Quiroga en 1846 desde la edición francesa de 1827— como un hombre ambicioso, intrigante y arriesgado, mientras la facción contraria —Carvajal, Huéscar, Wall—, por supuesto anglófila, era la verdadera responsable de los logros del reinado de Fernandovi. «Debe atribuirse este beneficio —dice Coxe— al carácter sosegado del monarca y a la firmeza y rectitud de Carvajal, cuyos buenos principios sobrevivieron por fortuna a su administración». Los vicios de Ensenada —«llegó a ser muy codicioso de dinero»—, su cinismo y malas artes —«a la reina le ocultó sus verdaderas máximas de política»— y sus intrigas con Farinelli y el padre Rávago explicaban, para William Coxe, que la máquina del Estado no tuviera dirección y por tanto, todo dependiera de Francia. Se introducía así un argumento más a favor del «país difícil de gobernar» a causa de los enfrentamientos y ambiciones personales en la cumbre del poder, lo que los militares ingleses que volvían de combatir en la Peninsular War (la más tarde llamada ya en España guerra de la Independencia) decían haberlo observado repetidamente entre sus aliados españoles. Como es sabido, es opinión general en la historiografía inglesa que el caudillismo ibérico, presente sobre todo entre los jefes de las guerrillas, más que ayudar a ganar la guerra contra Napoleón, dificultó la genial visión estratégica de Wellington.

Al otro lado del canal, el gran historiador de Felipe v Alfred Baudrillart reivindicaba el papel de Francia, en su conocido libro publicado en 1900, igual que hará cuarenta años después René Bouvier, con la colaboración de Carlos Soldevilla, al escribir Ensenada et son temps. Para ambos, Francia dominó las relaciones internacionales de la corte de Madrid y Ensenada solo fue un agente más en el juego versallesco de una política de frivolidad y bajas pasiones. Para su biografía de Ensenada, Bouvier se sirvió de la obra de Rodríguez Villa, de la que obtuvo la práctica totalidad de la documentación española —también, en menor medida, utilizó a Coxe—, pero introdujo documentación francesa, generalmente impresiones de los gobernantes y embajadores franceses, con la que desvió el punto de vista «nacionalista» de Rodríguez Villa. Bouvier, al contrario que el archivero español, resaltaba las malas artes de Ensenada, «un courtisan superieurement doué pour la flatterie et pour l’intrigue» (Un cortesano excepcionalmente dotado para la adulación y la intriga), pero, al fin, lo consideraba un «veritable homme d’Etat, l’un de ces hommes d’Etat organisateurs dont l’Espagne a été géneralement privée» (Un verdadero estadista de los que España ha sido generalmente privada). Pendiente del duelo franco-británico del siglo xviii, Bouvier también etiquetaba, como Coxe, a los hombres de Fernando vi: Huéscar, antifrancés, provoca la caída de Ensenada, antibritánico; Wall, «instrument docile de la polítique anglaise» (Dócil instrumento de la política británica) como Carvajal, le habría ayudado.

Los pocos historiadores españoles que se ocuparon de Ensenada siguieron básicamente la línea reivindicadora de Rodríguez Villa; fueron eruditos, juristas y políticos, tanto liberales como conservadores. De nuevo, los primeros los riojanos. Amós Salvador, que llegaría a ser ministro con su tío Práxedes Mateo Sagasta y fue muchos años alcalde de Logroño, destacaba de su compatriota Ensenada, en una breve biografía publicada en 1885, las virtudes más progresistas: su «mano reformista o creadora» intervino incluso en el alivio de «la clase jornalera» que «respiraba sin la opresión de los consumos»; «el pueblo sacudió el terrible yugo de los asentistas», etc. En boca del liberal Salvador, Ensenada fue «el mejor ministro que haya nunca conocido la monarquía española». Pero las exageraciones del político riojano pronto iban a parecer extravagantes, pues no fue el progresismo la corriente más favorable a Ensenada, sobre todo una vez que Menéndez Pelayo lo elevó a figura nacional y católica indiscutible.

Con el Ensayo biográfico de Rodríguez Villa y la Noticia de Fernández de Navarrete, pero con una fuerte influencia de don Marcelino, el también marino Joaquín María de Aranda continuó la labor de exaltación del gran ministro de Marina desde el cuerpo en fecha tan marcada como 1898. No aportaba nada nuevo a la obra del archivero, pero Ensenada se iba convirtiendo en un modelo de estadista para los conservadores, que opondrían su figura agigantada de regenerador contra las tesis extranjeras que atacaban a España y a su historia. A partir de entonces, la figura de Ensenada fue un lugar común en discursos de militares, alardes patrióticos de políticos o alcaldes y gobernadores de provincias con puerto de mar. Y es que, desde entonces, con Ensenada siempre se queda bien.

Agustín de Amezua y Mayo, en una conferencia pronunciada en 1917, se servía de Ensenada para contestarse a la pregunta «¿Incapaces los españoles para gobernar?», reaccionando obviamente contra Coxe. El jurista confesaba que su «ánimo patriótico, atribulado ante el espectáculo de la miseria nacional, abría el pecho a la esperanza, soñando ¿por qué no? con días de ventura en que la Historia de España renovase aquellos tan lejanos de su pasada grandeza». El confeso menendezpelayista —«el gran cantor y creyente de nuestra raza, mi llorado maestro y maestro de todos, el gran Menéndez Pelayo»—, que exaltaba el carácter nacional y cristiano de Ensenada, utilizaba casi exclusivamente la biografía de Rodríguez Villa, pero acudía a Baudrillart para reflejar la francofobia, que legitimaba así: «heroico pueblo a quien no logran afrancesar cien años de constante y tenaz influencia galoclásica y que conserva sus virtudes, sus rasgos nacionales, su horror al extranjero». De la obra de este autor resaltaba todos los juicios adversos contra Ensenada para defenderlo y erigirlo en campeón contra Francia, contra «la corte de Versalles que mudaba nuestros ministros a su antojo». El desprecio que le deparaba el embajador francés, Louis Guerapin de Vaureal, obispo de Rennes, por ejemplo, era una condecoración para Ensenada: «el más frívolo botarate que hay en el mundo, que no tiene otra realidad que su odio a Francia», había dicho del marqués el obispo embajador. Para Amezua, la caída del marqués era una traición a España y los implicados, verdaderos monstruos vendidos al extranjero. Huéscar llegaba a ser «ferviente amigo de Rousseau, con quien había de mantener más tarde una ridícula correspondencia». De nuevo España había sido humillada por los extranjeros.

Pero eruditos y polígrafos seguían viviendo de Rodríguez Villa y de la inspiración de don Marcelino. Con motivo del centenario de la muerte de Ensenada, en 1981, un cura riojano, Felipe Abad León, se sumó a la entusiasta corriente de elogios patrióticos y dio a la luz, en dos tomos, una biografía, en la que prácticamente reproducía el texto de Rodríguez Villa; pero introducía dos novedades: una, la polémica —que él alimentó— entre los dos pueblos que se disputan su nacimiento, de lo que hablaremos para zanjar de una vez la cuestión, y otra, los extractos de la correspondencia que había mantenido un joven militar que vio a Ensenada en su destierro de El Puerto de Santa María, procedente de un archivo familiar de Corella. Por estas cartas sabemos de la afición del marqués a los toros —él mismo toreó a caballo—, a los caballos —tenía un picadero—, así como de sus demostraciones públicas a favor del nuevo rey Carlosiii, que nada más llegar a Madrid le levantó el destierro y le recibió en Aranjuez.

Solo en lo relacionado con la Marina, hubo alguna novedad de gran importancia. A fines del siglo xix Cesáreo Fernández Duro preparaba su monumental obra sobre la Marina, en la que Ensenada tenía un destacado espacio —con un ¡Paso al genio! abría el capítulo correspondiente al marqués— como el gran organizador e impulsor y aportaba algunos datos técnicos, entre los que sobresalía el esfuerzo de un Ensenada mecenas, interesado por la técnica y el adelanto científico del extranjero.

Pero hasta 1936 no se llegaría a conocer en profundidad hasta qué punto Ensenada intentó desarrollar la ciencia y la tecnología en España acudiendo a todos los medios, desde el espionaje industrial al soborno de ingenieros y científicos foráneos y al pago en el extranjero de estudiosos jóvenes, un antecedentes de los planes de ampliación de estudios. Julio F. Guillén Tato publicaba ese año una amplia biografía de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, en la que Ensenada destacaba como el gran protector de estos y otros científicos, muchos de los cuales seguirían desarrollando una gran labor en el reinado de Carlos iii. No eran ya proyectos que pasaban de un reinado a otro, como hacía ver Rodríguez Villa para ensalzar la trascendencia del marqués, sino fundamentos científicos y técnicos de un proyecto político que crecía en un ambiente de protección estatal, tanto con un rey como con otro. Además, Guillén iniciaba los estudios sobre el gran amigo de Ensenada, el marino y matemático Jorge Juan, hoy muy bien conocido por los estudios magníficos de Rosario Die Maculé y Armando Alberola. Los libros publicados antes y durante el año del aniversario del célebre matemático newtoniano, 2015, han dado un vuelco a lo que conocíamos sobre el panorama científico-técnico en la política del Despotismo Ilustrado.

Al margen de la polémica sobre la francofobia basada en razones político-ideológicas, Guillén Tato, que fue un alto cargo de la Marina republicana y luego director del Museo Naval, constataba los fundamentos franceses y en menor medida británicos de las ciencias que Ensenada quería hacer florecer en España, pues el marqués repetía a menudo que en esto «somos ignorantísimos». De esa forma, se separaba la pasión de Ensenada por los resultados materiales que había conseguido Francia, por los que constantemente suspiraba, de su política independiente y de su pragmatismo en el terreno de las ideas y la estrategia política y militar. Una Ilustración «técnica», de ciencias útiles basadas fundamentalmente en la matemática —la «ciencia forastera» la llamaba Feijóo—, en la química —para incorporar los adelantos en la metalurgia—, en la ingeniería —necesaria en la formación militar—, se abría paso así en España antes del pretendido «contagio ideológico» con los filósofos franceses. Se empezaba a reconocer que el proyecto ensenadista tenía un fundamento científico y que el propio Ensenada se había ocupado de hacer venir a España a sabios como Goudin, Bowles, etc. La Fundación Jorge Juan mantiene viva la memoria del marino.

Los trabajos de Horacio Capel —en especial su Geografía y matemáticas en la España del siglo xviii,de 1982— confirmaron que probablemente el esfuerzo por dotar de fundamento científico-técnico a los proyectos es lo más innovador e ilustrado de la obra de Ensenada. Para ello hay que aceptar que, en España, la Ilustración del empirismo, de la física y la utilidad se adoptó como cuestión de Estado antes de la llegada de la filosofía de las luces parisinas, incluso franqueando algunas barreras que la lucha ideológica posterior no se iba a atrever a desmoronar. Por ejemplo, Ensenada contrató a algunos ingenieros ingleses, permitiéndoles mantener en España su religión sin que la temible Inquisición les molestara. La política del «secreto y no hacer ruido» del marqués se demostró más eficaz que las alharacas de los constantemente penetrados por las luces de las últimas décadas del siglo.

Las obras más recientes sobre Ensenada no se comentarán aquí más que someramente ya que se utilizan con profusión como fundamento de las reflexiones que siguen. Pero, hay dos autores muy destacados que conviene resaltar, María Dolores Gómez Molleda y Didier Ozanam. Los magníficos trabajos de ambos historiadores añaden una gran cantidad de documentación a la que manejó Rodríguez Villa, sobre todo la que pudieron ver en el archivo de Alba y en los archivos franceses, británicos y portugueses. Pero el punto de vista es muy diferente. Gómez Molleda concibe sus numerosos artículos sobre Carvajal y Ensenada desde la oposición a la historiografía francesa, pendiente de todo aquello que demuestre el patriotismo de los dos ministros y su política independiente. Esta intención la declara en su artículo sobre el Ensenada íntimo, ya en 1955, en el que, además, demostró que había algunas intimidades de Ensenada que no iba a revelar, entre ellas que era un mujeriego. En su artículo recogió lo que le dijo Pinedo de Arellano al duque de Alba desde Granada: que Ensenada había dado orden de que no entrara ninguna mujer en su casa. Pero la autora ocultó que eso lo había dicho Ensenada poco después de que un marido cornudo se presentara dando voces en la puerta de la casa del marqués sospechando que su mujer estaba con él.

La obra de esta religiosa teresiana, profesora en la Universidad de Salamanca, pretenderá demostrar ante todo que los hombres de Fernando vi impusieron un nuevo estilo a la política española mediante una completa planificación de objetivos, llevando al exceso la existencia de un proyecto político. Para Gómez Molleda, Ensenada y Carvajal se complementan a pesar de su carácter: el marqués seguía siendo ensalzado como «el ministro que casi llegó a cambiar el signo de la historia posterior española»; don José, poseedor de grandes virtudes cristianas, aparecerá también como «sencillo y patriota, tan injustamente tildado de mediocre». Juntos, con el apoyo de hombres nuevos, jóvenes, «sin pesimismo y sin cansancio», darán el gran golpe contra la corte afrancesada del último gobierno de Felipe v dirigido por el partido de los vizcaínos bajo la batuta de Sebastián de la Cuadra, marqués de Villarías, valet de la Farnesio. Mientras, para Gómez Molleda, la caída del marqués seguía siendo una traición urdida en favor de los intereses de Inglaterra por el duque de Alba, pérfidamente manipulado por el astuto embajador Benjamin Keene. La profesora Gómez Molleda no resaltó la implicación de los Grandes de España, con Alba a la cabeza, en la caída del que ya llamaban Gran Mogol, o nuestro padre Adán. Tanto en aquellos tiempos como en estos, una nobleza —una oligarquía— conspirando contra ministros de Su Majestad no era asunto bien visto.

Didier Ozanam, profesor en la Sorbona, trabaja más sobre este aspecto, aunque su mayor contribución es haber puesto de relieve las grandes líneas de la política exterior española. El gran hispanista publicó la correspondencia de Carvajal con Huéscar y, más recientemente, la que el duque mantuvo con Ensenada. Es el gran connaisseur de la época, el maestro del que tanto hemos aprendido.

Los trabajos de estos historiadores y los que Antonio Matilla Tascón, Gonzalo Anes, Miguel Artola —y sus discípulos—, Concepción Camarero y el maestro Pierre Vilar han dedicado al Catastro, así como los de José Patricio Merino Navarro sobre la Marina, son los responsables de la presencia del ministro en las grandes síntesis de historia del xviii español y, de suyo, en las de historia de España. Más que José Patiño, por ejemplo, incluso más que los otros grandes secretarios de Estado como Jerónimo Grimaldi o José Moñino, conde de Floridablanca. El ensenadismo está siempre presente en el siglo, como demuestra la tesis doctoral de Cristina González Caizán sobre la red clientelar de Ensenada, fundamento de su poder. Los ensenadistas de la década de 1750 están en activo, en puestos importantes, muchos años después, ya con Carlos iii. Una obra reciente ha trazado de nuevo un perfil muy definido con el ensenadismo como vector, tanto en España como en América. Nos referimos al libro de Allan J. Kuethe, profesor en la Texas Tech University y gran hispanista, en colaboración con Kenneth J. Andrien, The Spanish Atlantic World in the Eighteenth Century. War and the Bourbon Reforms, 1713-1796, publicado en 2014 en Nueva York. Para Kuethe y Andrien, la huella de Ensenada en la política atlántica permanece en los proyectos del siglo.

Pero ha sido María Baudot la que ha ampliado el punto de vista sobre Ensenada al trazar en su tesis doctoral, dirigida por Carlos Martínez Shaw, un perfil muy distinto al tradicional sobre el bailío Julián de Arriaga, el ministro que sucedió al marqués en Marina, acérrimo ensenadista, aunque lo tuvo que disimular. Considerado antes como un apocado y un hombre mediocre, Arriaga continuó los planes de Ensenada, aunque varió el método de construcción naval y abandonó el sistema inglés de Jorge Juan, pero persiguiendo objetivos que mantuvieron en mucha mejor posición a la Marina de lo que creíamos. La tesis doctoral de Baudot, publicada por el Ministerio de Defensa en 2013, y numerosos artículos con documentación inédita aportada por la autora obligan a leer su obra, de una enorme riqueza.

Lo mismo ocurre con la tesis de Diego Téllez sobre Ricardo Wall, el ministro que mejor definió el despotismo ilustrado —«ministros que proponen y rey que decide»— y el que ejerció el cargo de primer ministro, de facto. Téllez descubre la fortaleza del «partido ensenadista», aun después de desterrados el marqués y sus primeros colaboradores el 20 de julio de 1754, a través del miedo de Wall, preocupado por la actitud del rey, que no acaba de tranquilizarse por haberse desprendido de Ensenada, y porque «jesuitas, colegiales y ensenadistas se han unido».

En adelante, volveremos sobre las contribuciones de otros historiadores, pero elegimos para cerrar este capítulo a Rafael Olaechea, el «reflexivo del xviii» que aportó argumentos de extraordinaria importancia en la polémica del regalismo español del siglo xviii y que, junto con Teófanes Egido, puso de relieve la importancia de los partidos, y entre ellos, la del hegemónico «partido ensenadista», opuesto al «partido español», que derivará a «nacional», o «aragonés», cuando su jefe sea el conde de Aranda, enemigo encarnizado de Ensenada. Sobre el «segundo gobierno de Fernando vi» hay muchas novedades en los últimos años que al insaciable Olaechea le hubieran deleitado, sin duda, dando razón a sus sospechas e intuiciones. Los trabajos de este sabio jesuita sobre el Concordato de 1753 —logrado por Ensenada sin que Carvajal supiera nada de las negociaciones— han incorporado sólidos conocimientos a las relaciones entre el Papa y Su Majestad Católica, pero, sobre todo han contribuido a incrementar la polémica sobre los fundamentos de la Ilustración española, tanto como los trabajos de Antonio Mestre, José Antonio Escudero, Francisco Sanchez-Blanco, María Victoria López Cordón, Francisco Aguilar Piñal, Enrique Giménez, etc. han enriquecido el conocimiento.

Sobre el periodo posterior al destierro ha habido varias novedades, aunque Ensenada ya no ocupará el primer plano —pues ya no tuvo puestos de relevancia—, como sobre la influencia del ensenadismo en la grave fractura que se produjo, antes del motín de 1766, entre los ministros de Carlos iii y los Grandes. Es de interés el excelente libro de Celia María Parcero sobre la pérdida de La Habana en 1762, pues nos descubre las tensiones entre un soberbio conde de Aranda, que pretende imponer su autoridad en el Consejo de Guerra, y un Ensenada más político que nunca, metiendo a Jorge Juan en el consejo y acordando con Arriaga que no habría sentencia si no había unanimidad de votos, lo que todo el mundo comprendió que era una estrategia frente a los deseos del conde de Aranda, presidente del Consejo de Guerra, que incluso llegó a pedir penas de muerte, una de ellas para el conde de Superunda, íntimo del marqués, del que fue albacea testamentario. Arriaga, Grimaldi, Esquilache y Ensenada lograron doblegar el brazo de Aranda, que salió de Madrid camino de Valencia con el nombramiento de capitán general, pero sabiendo que le habían echado.

Recientemente, la tesis doctoral de Paulino García Diego sobre Grimaldi, también dirigida por Carlos Martínez Shaw, publicada en 2014, ha reavivado el debate sobre algunos asuntos en los que resuena a lo lejos la presencia del gran amigo del ministro, Ensenada. Es muy interesante el acopio de documentación sobre el annus horribilis de Carlos iii, 1776, cuando el rey sufrió la conspiración de su propio hijo, el futuro Carlos iv, instigado por Aranda desde París; el escándalo de su hermano don Luis, al que hizo partir de la corte; las noticias sobre su otro hijo, Fernando iv, el rey de Nápoles, que iba por mal camino; y en fin, el dolor de separarse de su querido Grimaldi.

Aquí Ensenada, viviendo en Medina del Campo, está mudo en apariencia, pero hoy sabemos que se enteró —y por supuesto se alegró— de la intervención de sus amigos Jerónimo Grimaldi y Manuel Ventura Figueroa en el cruel castigo de Pablo de Olavide: su último acto, desalmado y vengativo. El abate Grimaldi, cesado del cargo de ministro de Estado por las presiones del conde de Aranda en 1776, se vengó de Olavide, a quien dejó en las cárceles secretas de la Inquisición cuando salió de la corte. Olavide fue la víctima, pues no podía serlo Aranda, el gran enemigo también de Ensenada, a quien desterró en 1766. Por eso, Grimaldi, hecho duque por Carlosiii, y Ensenada, desterrado diez años antes, se vieron en Medina del Campo como los grandes amigos que eran, comieron juntos y se despidieron para siempre. Ambos habían sufrido al conde aragonés, pero se habían vengado de él a través del pobre Olavide.

En suma, los estudios sobre los ministros del siglo xviii han revelado un método de hacer política en el escenario total que era la corte: los ministros con el rey, que era ya la práctica común impuesta por Ensenada y Carvajal desde la llegada al trono de Fernando vi. La España discreta, que se abre paso en los centros de decisión europeos, en el tablero diplomático, y la conciencia de que es necesario abandonar la política sin país practicada por las monarquías patrimoniales son el marco del proyecto político de Ensenada, el servidor del rey, sí, pero uno de los grandes constructores del Estado.

2

De los arsenales a los palacios reales

«Mi mundo es la Marina», repetía don Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el riojano de origen humilde, bautizado en Hervías el 25 de abril de 1702 y vuelto a bautizar en Alesanco poco más de un mes después, el 2 de junio de ese mismo año. La explicación del «descuido» teológico —bautizar dos veces— tiene interés, pues nos permite comprender el valor que tenían entonces los privilegios por pequeños que fueran. Somodevilla fue bautizado por segunda vez porque los derechos de hidalguía del padre solo se le reconocían en Alesanco y eran derechos pilongos, es decir, que únicamente se transmitían en la pila del bautismo. Por eso, la segunda partida dice que lo bautizaron «en ausencia del cura párroco», que seguramente no quiso que le comprometieran en el asunto.