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En esta pieza, donde se narran los últimos días de los escritores Eugenio Montejo y José "Pepe" Barroeta -sin amarillismo ni drama-, Alberto Hernández dibuja una época cuando el arte y la poesía devinieron protagonistas de la cultura del país. Así, la vívida ficcionalización de dos trascendentales poetas venezolanos de la segunda mitad del siglo XX gatilla un examen lírico sobre las proyecciones simbólicas, íntimas y colectivas que el texto poético acarrea en las rutinas de una sociedad. Para ello se vale de la flexible amplitud de la novela e incorpora pasajes reflexivos cercanos al ensayo, varios recuentos cronísticos, ciertas escenas que resplandecen con la tesitura de los perfiles biográficos y alguna entrevista. De igual manera, las herramientas narrativas le permiten recrear personajes modelados con base en hombres y mujeres que caminaron por el mundo. Escrita con plástica sabiduría, por acá desfila la gente de Sardio, El Techo de la Ballena, En Haa, La Pandilla de Lautréamont, Trópico Uno, Apocalipsis, y muchas otras figuras (incluso de hoy), pero siempre en torno de la obra y las vidas de Montejo y Barroeta, constelaciones de este bien tramado e inolvidable universo.
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Seitenzahl: 175
Veröffentlichungsjahr: 2021
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ALBERTO HERNÁNDEZ
(Calabozo, estado Guárico, 1952)
Poeta, narrador, ensayista. Egresado del Instituto Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar (Caracas). Fundador de la revista Umbra, miembro del consejo editorial de la revista Poesía (Universidad de Carabobo), es redactor de la fuente de cultura del diario El Periodiquito (Maracay), donde también ejerció como director, secretario de redacción y redactor de la fuente política. Colaborador de varios periódicos, revistas y páginas electrónicas nacionales y extranjeras. Ha publicdo los libros de poesía: La mofa del musgo (1980), Amazonia (1981), Última instancia (1985 —mención honorífica Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua), Párpado de Insolación (1989 —Mención honorífica II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo 1987), Ojos de afuera (1989 —1er Premio II Concurso Literario IPASME), Nortes (1991 —mención de honor Primer Concurso Literario «Madre Perla» 1992, Porlamar); Intentos y el exilio (1996 —Premio II Bienal Nueva Esparta), Bestias de superficie (1998 —Premio de Poesía Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992), En boca ajena. Antología Poética 1980-2001 (México, 2001); Tierra de la que soy (Nueva York, 2002), Nortes/North (Nueva York, 2002), El poema de la ciudad (2003), El cielo cotidiano. Poesía en tránsito (2008); Puertas de Galina (2010), Stravaganza (Milano, 2012); 70 poemas burgueses (2014), Ropaje (Cancún, 2012); Los ejercicios de la ofensa (Nueva York, 2010). Narrativa: Fragmentos de la misma memoria (1994), Cortoletraje (1999), Virginidades y otros desafíos (Nueva York, 2000); Relatos fascistas (Madrid, 2012); La única hora (novela, 2016). Ensayos: Notas a la liebre (1999), Poética del desatino (2010). Crónicas: Valles de Aragua, la comarca visible (1999); Cambio de sombras (2001). En 2000 recibió el premio «Juan Beroes» por toda su obra literaria, otorgado por el Círculo de Escritores de Venezuela. En 2012 fue reconocido con la orden «Alejo Zuloaga» de la Universidad de Carabobo. Parte de su obra ha sido traducida al árabe, al inglés, al italiano y al portugués.
Luego de revisar los 230 originales que concursaron en la décimo séptima edición del Concurso Transgenérico, el jurado nombrado especialmente para la ocasión, y considerando las bases del certamen, ha decidido galardonar el manuscrito El nervio poético, presentado bajo el pseudónimo Rafael Delgado.
El jurado tomó tal decisión en virtud de que El nervio poético es un homenaje, tal vez el mejor de los últimos tiempos, a la vida y obra de los poetas venezolanos. Mediante el empleo de los recursos de la narrativa, de la crónica y del ensayo, el autor crea un universo discursivo en el que muchos de nuestros grandes poetas de las últimas décadas se convierten en personajes: dialogan entre ellos en calles, bares y cafés e inclusive hablan con sus heterónimos y fantasmas. En este original se incorporan citas de poemas o fragmentos de poemas de manera orgánica, inteligente y acertada, en relación con la materia contada y al poeta/personaje que se convierte en el foco de atención. Se trata de un texto que seduce y conmueve y cuyo fin es ilustrar lo que constituye la esencia de la poesía, vinculada a las preocupaciones existenciales de sus autores: el poema es muerte pero también salva, está en las cavernas del cerebro, en la sangre, la carne, en una enfermedad, proviene del silencio o de un estado de exaltación; es el temblor de quien lo creó. El nervio poético tiene el mérito de ser accesible a un lector que se anime a comenzar a leer poesía venezolana, así como definitivamente también cautivará a un lector avezado en la materia, a través de descripciones y narraciones asombrosas y alucinantes que generan una conmoción física, mental y espiritual.
Una vez abierta la plica, el autor de El nervio poético resultó ser Alberto Hernández.
Asimismo, el jurado seleccionó a tres finalistas, no dejando de destacar el momento particular que vive la literatura venezolana en cuanto a cantidad y calidad de obras. Como primer finalista se escogió el original La maqueta de los días invisibles presentado bajo el pseudónimo Camilo Olivares, una obra que demuestra que el diario no es un género menor en la literatura. La escritura fragmentaria de un escritor en Sevilla, una relación de amor con una mujer y con una mascota, muestra retratos fugaces de una Venezuela que se deja atrás, con la mirada hacia adelante en medio de reflexiones de hondura filosófica, se teje un entramado que, contado de manera regresiva, brinda al final un sentido total de un diario enriquecido, de la vida misma, realista y a la vez soñadora. Como segundo finalista quedó el original Del último regreso, presentado bajo el pseudónimo Macabea Alejandro Armando, un ambicioso, complejo y original proyecto literario donde cobra peso el ensayo a través de múltiples prólogos y que se propone demostrar el carácter híbrido de la literatura entre los géneros de ensayo, prosa poética, crónica y el diario de vida, que sigue a los prólogos, y que a su vez se complementa a la materia autobiográfica con numerosas citas de escritores. Como tercer finalista se optó por Historia ilustrada del automóvil, manual de fotografía para invidentes y otras ficciones, que hila con fina ironía y humor relatos cuyo final parecieran hermanarse por el efecto rebote de la historia narrada y bajo la premisa, muy presente en los títulos, de que un relato siempre cuenta dos historias, al tiempo que el narrador juega hábilmente con la transmutación del punto de vista narrativo lo cual terminan retratando un mundo.
Una vez abierta las plicas los autores resultaron ser:
Primer Finalista: Carlos Castro Rincón
Segundo Finalista: Graciela Yánez Vicentini
Tercer Finalista: Rafael Victorino Muñoz
El jurado:
Karín Valecillos
María Isabel Peña
Pedro Plaza Salvati
Soy esta vida y la que queda, la que vendrá después en otros días, en otras vueltas de la tierra.
Eugenio Montejo
Yo vuelvo a la tierra de antes recojo cielos de maíz atardecer de muertos.
José «Pepe» Barroeta
Sistema, poeta, sistema. Empieza por contar las piedras, luego contarás las estrellas.
León Felipe
Los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando
FUE UN ENCUENTRO SILENCIOSO. Eugenio venía con los lentes en la mano derecha y un libro cerrado en la izquierda. Un poco más distante de la imagen que mostraba a esa hora de la tarde (serían las seis, casi de noche en esos días), Pepe se deslizaba como si llevara patines. Entonces ocurrió el encuentro.
¿Quién puede presumir que ambos escritores pasarían a formar parte de una ensoñación? ¿O quizás de un sobresalto contra la realidad? Paso a negar que sea producto de un parto para una novela, un poema, un cuento largo o un ensayo. Es todas esas cosas y ninguna. Son dos hombres maduros que se ven y se saludan. Dos poemas de carne y hueso. Dos poetas fundidos en palabras y en silencios.
Saben, de paso, que estarán muertos en las horas que siguen, en las próximas horas que vendrán cargadas de voces y largos ecos verbales. No obstante, el encuentro fue de miradas, de sonrisas y de un apretón de manos que no llevaba tanta carga emocional porque los personajes solían verse en las ciudades que habitaban y se hablaban por teléfono con la frecuencia necesaria.
(Me gustaría borrar todo lo anterior. He estado a punto de hacerlo. No lo he hecho, no porque esas líneas tengan algún valor. No lo he hecho ni lo haré porque espero la aparición de alguien que diga que los personajes, quienes más adelante hablarán, son portadores de alguna enfermedad que los obligue a dialogar con tiesura. El aporte crítico de quienes aborrecen novedades y algunas demencias literarias es realmente aterrador. Y tienen razón, sólo que ésta, la razón, es una reserva muy peligrosa, desatadamente congruente con las ficciones que ellos inventan. Pero esa tensión neural la dejamos para otro momento).
Indago en el contenido de un paisaje que no termina de acabarse. Mientras tanto, el mundo gira con su ya desgastado eje: los dos poetas caminan hacia el horizonte de una ciudad despejada de lumbres. Son dos fantasmas que conviven, que se anudan para tratar de construir un mensaje, la puesta en marcha de una conjura, la perpetración de un atentado contra el silencio que suele rodearlos, amputarles las sílabas, empujarlos hacia un naufragio.
¿Será necesario el tránsito por un poema? ¿Será necesaria una declaración? Las palabras se congelan en la boca de los hombres que se dirigen distraídamente hacia el bar. La ciudad es el único destino. Su marca de vida está en una barra, en el sitio donde queda adherida la piel de los codos. La bebida, un whisky, una cerveza helada, un miche, un coñac, un cocuy… ¡agua para los caballos!, como grita el borracho más próximo cuando termina el trago y exige otro. La sonrisa de los poetas que intentan construir una conjura se congela en las rugosidades del hombre: está hecho un desastre. No merece una palabra de aliento. La muerte se asoma en los ojos opacos de un fantasma, más que un fantasma, un duende, un bufón que se desvanece cuando ambos personajes regresan a sus preocupaciones, a sus adentros.
Levantisco es el paisaje: Montejo y Barroeta se cuelan entre la gente desde los sillones del bar, entre la multitud que vocifera en una esquina. Achispados por los tragos se sumergen en una diatriba poética que deja consecuencias desmañadas en este papel.
Queda un instante para pensar, para destinar el dolor a la memoria casi extraviada. Entonces uno de ellos, sin detallar el paisaje y el nombre de quien lo escucha, deja oír:
—Cuando regrese no tendré padre ni madre. No iré más al bosque ruinoso y mi amada ha de esperar vestida de luto. Sus ojos no tendrán el brillo de siempre y recostada de mis hombros contará la historia de cada muerte. Habré perdido su majestuosidad y lloraré debajo de los robles que cortó mi padre.
—Entonces no existirá —continúa Barroeta— la verdad, el fuego que hizo mi amor dejará de complacer mis delirios.
En ese momento calla. Mira el rostro de Montejo y le coloca una mano sobre el hombro derecho.
Miran el paso lento de la marcha a través de la ventana de cristal del bar donde escancian dos birras heladas. Oyen la estridencia de las consignas.
—El eje del planeta está oxidado, Pepe, afirmó Montejo.
Y los dos se miran en medio de un silencio espeso. Un rato más tarde, cuando sólo ha quedado el recuerdo de los pasos de la congregación, Barroeta dijo:
—Esta historia tiene comienzo, pero no alberga fin alguno. Alguien invade nuestras vidas sin permiso. Alguien nos quiere inventar con los despojos de otros.
EL VÓMITO LE CUBRIÓ parte de la camisa. El ardor de la garganta le bajó hasta el estómago y sintió unos escalofríos que lo obligaron a sentarse en uno de los bancos de la iglesia. Sangre coagulada, trozos de sangre vibrante, una gelatina morada que se amontonó a sus pies. El mareo lo convenció de que lo que le había aconsejado una voz interior no era un juego.
—Mira, debes ir a un médico. No es bueno lo que tienes.
Pasó un buen rato en el banco. El cuerpo desmadejado. La cara lívida, fríos los pies, la lengua helada. Los ojos hundidos en una cueva oscura.
—¿Te pasa algo, Orlando?
—Sí, padre, creo que me estoy muriendo.
—Es verdad, no pasa un instante en que no estés muriendo. Cada segundo nos acerca a la tumba. Estás enfermo y debes ir al médico, pero por si acaso, ¿cómo están tus relaciones con Dios?
—Mal, padre, muy mal.
—La caña, hijo, la mala y la buena caña. Te has dedicado a destruirte. Nadie entiende cómo un hombre como tú, inteligente, poeta, escritor, se haya dedicado a convertirse en un guiñapo. Debe ser por eso o yo me equivoco. La poesía, esa peligrosa entrometida.
—Ah, tampoco así, padre. Todavía me queda algo de moral. ¿Usted ha leído a Dylan Thomas?
—Bueno, a ver qué haces con ella, porque por ese camino te van a enterrar con la que llevas a cuesta. Y lo peor, seré yo quien te ayude a llegar al cielo, empujadito, pues. Sí, en cuanto a Thomas, me tocó estar cerca de él cuando cayó en coma etílico. El poeta de la barra permanente. Y en pijamas. Debes saber, querido amigo, que siempre estoy donde la muerte me llama.
Una nueva arcada le manchó los zapatos al padre Pernía, un antiguo personaje de sotana zurcida que aún ambula entre los difuntos de un pueblo extraviado. Un vómito rojo, escarlata, sanguíneo, un trozo de coágulo vivo. Un animal colorado: entonces se le fue el mundo y no supo más de él.
Cuando despertó la sala estaba casi a oscuras. Una pequeña lámpara señalaba la entrada de la habitación. Por el color de las paredes, por la cama, por el olor a medicamentos, por los tubos que tenía metidos en la nariz, por la forma de sentirse se dio cuenta del lugar donde estaba.
—¡Qué extraño! ¿Qué hacía yo en esa iglesia? ¿Quién es el padre Pernía? ¿De qué lugar vengo? Nada me dice que haya estado en mis Crónicas de caña y muerte. Sólo sé que puedo morir empujado por cualquier soplo de la noche, en cualquier orilla de calle o de río.
Entonces cerró los ojos y enfrentó la angustia al sentir nuevamente que el vómito lo asfixiaba. Deletreó el ahogo, lo alejó aguantando la acidez de su interior. Recordó el soneto y se lo dijo para oírse él mismo:
No me agarra la tarde aquí mañana no me ofrezco la noche en sacrificio no tiene caridad tener el vicio de no tener lo que me da la gana
Gana me da la vida sin oficio y en oficio de amor viene temprana esta nocturna muerte que me afana por la vida que vivo en desperdicio La tarde de mi vida descalabra los andamios de amores ya concluidos y aún no cerrados para mi palabra
Soy el pelo de Dios blanco en la cana de los dioses que mueren en sus nidos ¡No me agarra la tarde aquí mañana!
Esa tarde, en medio del sopor, el rostro de Orlando —colmado por la seriedad de su descalabro— miraba desde su más particular más allá a quienes lo despedían.
—Siempre Orlando, nuestro furioso Orlando, dijo Pepe.
—Sí, el que Tendía su mano como una alfombra tibia, a través de una geisha, recitó Eugenio con un índice en el mentón.
El hombre, pálido y dominado por el silencio, vio en el horizonte que se alejaba a los dos que lo miraban de pie al lado de la cama. Cerró los ojos y respiró profundo, hasta el mareo.
UNOS ÁNGELES VUELAN sobre la cabeza de Vicente Gerbasi.
—¿Qué quieren ustedes conmigo, buenos amigos?
—Que nos ayudes a bajar de estas nubes.
—¿Y cómo lo hago si yo mismo no puedo bajar de la mía?
Entonces los ángeles se fueron todos a la cabeza de Rafael Cadenas, quien los miraba desde su más apacible destierro. Sin embargo, desde su calma, desde el momento menos esperado respondió con
Tú no estás cuando la mirada se posa en una piedra, un rostro, un pájaro,
en esa suspensión sin espera
en ese estar intenso,
en ese claro al margen de la comedia
Apareces después con tu triste cortejo.
—Rafael levanta la mano derecha y nos saluda. Lleva un manojo de papeles bajo uno de sus brazos. Despeinado, con cara de aburrido, pero con un brillo intenso en los ojos, camina por el boulevard.
Yo lo recuerdo en la silueta del poeta portugués, lo asimilo en su andar por Caracas: «La estatua de Pessoa nos pesa mucho./ Descansemos un poco aquí a la vuelta/ mientras vienen más gentes en ayuda./ Tenemos tiempo de tomar un trago». Pero Rafael sólo me saluda y sigue por Sabana Grande. Cargado de papeles, de libros en un bolso, le toma el pulso al clima de la ciudad.
El Callejón de la Puñalada despierta con sus acostumbrados sobresaltos paganos.
Alejados de la perplejidad celestial de Gerbasi y del celaje de Cadenas, quienes revientan el mundo en la vereda etílica destapan sus demonios y viajan hacia el infierno donde construyen el poema, el nervio de las alucinaciones.
Varios elevan las copas, los vasos y las botellas. Sostienen que la revolución está a la vuelta de la esquina y por eso celebran su llegada en la espuma de una cerveza, en el amarillo de un whisky, en el blanco puro de un vodka, en la calmosa terquedad del miche, en el denso silencio del anís. Bajo un árbol de la estrecha calle duerme un fantasma que nadie conoce.
Un contrapunteo de cristales rotos y poemas se balancea sobre la cabeza de quienes liban e inventan las ilusiones. Un acento cadencioso, limitado por las fases de la luna, se asoma a la puerta del bar y lanza con denodada revelación
Tengo un dios de ojos grandes en los cielos del agua del humus de los abismos…
Ángel Eduardo Acevedo cierra los párpados insolados por el astro llanero. Mira hacia todas las mesas con el desparpajo propio de quien viene deslumbrado y dice
—No, ese no… mejor…
Fui enviado a la ciudad porque en ella no existen rebaños de ganado (sólo de gente).
Para que fuese sabio o doctor o no vistiera más de dril o no calzara sino zapatos.
Para que cambiara tristeza en riqueza.
Pero recuerdo un muchacho loco un hombre tan loco que sólo es posible llamarlo muchacho.
Hombre pensando en frutas consintiendo pájaros un loco.
Silbaba solo en los caminos y hacía clarinetes de carrizos. A veces se perdí con el alba mientras los hombres labraban la tierra y aparecía al anochecer con huevos de perdices.
Un loco.
Y yo no he querido sino ser como él.
Borrachos, herejes, exégetas y desquiciados lo aplauden y brindan bajo la luna repetida en los cristales de los miopes.
—Eso es todo, dice el poeta, y entra al bar donde otros también repiten sus poemas pegados de la barra o sostenidos por el condescendiente hombro de un desconocido alucinado por la demencia de quienes saben que el mundo hace ruido al girar.
De pronto revienta una palabra malsonante, una bofetada y un puñetazo. Alguien le ajusta cuentas a su breve paso por la calle. Alguien entre las breñas construye una novela y pasa con el destino incierto de su iluminación solitaria, maldiciente. Otro que lo ve con una mirada oblicua, asiática del trópico, desliza sobre las mesas el desvío de la provocación, de la broma redonda y elíptica que acaba de ocurrir.
Con un cigarrillo a medio trasegar. Con un vaso de cerveza en una de sus manos, con una actitud mariachi y descarada, Víctor Valera Mora canta una ranchera y luego calla para decir exultante
Maravilloso país en movimiento donde todo avanza o retrocede, donde el ayer es un impulso o una despedida.
Quien no te conozca dirá que eres una imposible querella.
Tantas veces escarnecido y siempre de pie con esa alegría.
Libre serás.
Si los condenados no arriban a tus playas hacia ellos irás como otros días.
Comienzo y creo en ti maravilloso país en movimiento.
Con los ojos cerrados, puestos en la sombra de su sangre, en el sopor de su silencio, un hombre pequeño, moreno, de momento nervioso por el ruido, levanta una mano y casi grita en medio de tantas miradas y tartamudeos de la barra y las mesas
Suele morir en el curso del día. Al alba, cruje. El sol en sus vitrales no es tan río, botella de
[barcos en velamen,
brindis de agua. Atesora y consume bosques a la deriva. Decepciona a sus ídolos. Huye en el ala de un
[viajero sin sombra,
al margen del camino, pero en curso. La capa de un viajero. Al mediodía invade, una daga en los dientes,
[territorios de oro.
Se adentra y salta, estalla, trae frutos y hojas, se
[atavía desnudo.
Se llama mago altivo, cierto fuego, escudo de
[intensa voladura.
Se llama pozo, ráfaga. Termina en luz, en júbilo secreto.
Eleazar León acelera el ruido de la sala y se sienta en un taburete destinado a quienes consideran que es suficiente, que el silencio también habla.
