El niño pan - Agustín Gómez Arcos - E-Book

El niño pan E-Book

Agustín Gómez Arcos

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Beschreibung

Son los días que siguen a la victoria franquista en un pueblo de Andalucía. Para los vencidos, la paz es sinónimo de venganza, humillación y sumisión. Un niño participa de la desgracia de su familia. Roído por el hambre, mira el mundo a su altura, con la fragilidad de todos los niños. Pero el tiempo que le ha tocado vivir lo ha endurecido prematuramente Ya es un adulto el que nos cuenta esta historia negra de los hombres. «―Padre, tengo hambre. Dame pan. ―No hay ―murmuró con la voz quebrada de los hombres que lloran―. No hay pan, hijo mío.»

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Seitenzahl: 418

Veröffentlichungsjahr: 2026

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EL NIÑO PAN

PRIMERA EDICIÓN diciembre 2006

TERCERA EDICIÓN abril 2023

TÍTULO ORIGINAL L’enfant-pain

Publicado por

EDITORIAL CABARET VOLTAIRE S.L.

[email protected]

www.cabaretvoltaire.es

©1983 Éditions du Seuil

©de la traducción y prólogo, 2006 M.ª Carmen Molina Romero

©de esta edición, 2006 Editorial Cabaret Voltaire SL

ISBN-13: 978-84-190479-1-5

Producción del ePub

BOOQLAB

Dirección y Diseño de la Colección

MIGUEL LÁZARO GARCÍA

JOSÉ MIGUEL POMARES VALDIVIA

FOTOGRAFÍAS

Cubierta y solapa: niños de la posguerra, 1939

Interior: Agustín Gómez Arcos en los años 80

Derechos reservados

Bajo las sanciones establecidas por las leyes, quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento mecánico o electrónico, actual o futuro -incluyendo las fotocopias y la difusión a través de Internet- y la distribución de ejemplares de esta edición mediante alquiler o préstamo públicos.

PRÓLOGO

 

La novela que hoy traducimos, El niño pan, es uno de los textos más entrañables de Agustín Gómez Arcos, porque nace de la misma entraña que da la vida: la tierra y la madre. Texto que surge de la tierra que lo vio nacer, de la raíz más profunda de la memoria, de la memoria natal del autor, de ese sustrato primordial del ser humano que se comunica con la sangre, con el pan, con los gestos más simples de la vida. Novela íntima que brota del recuerdo del niño pero que el autor transciende y sublima en símbolo con gran maestría. Sin duda esta novela hubiera podido estar no sólo dedicada a los padres y a los hermanos del autor, sino también a todos los que fueron niños en la guerra, víctimas inocentes de una violenta sin razón. Los hechos y las experiencias que este libro relata permanecen hoy todavía intactos en la memoria de muchos de nuestros padres y su generación.

Gómez Arcos siempre está del lado de los más débiles, de los que sufren, de los niños, de las madres rotas por el dolor, de los derrotados y de los humillados. El autor vuelve una y otra vez a la infancia y a una visión que nos permite todavía extrañarnos sobre lo cotidiano y lo establecido como socialmente correcto. Mirada limpia de la infancia que contempla desamparada el sufrimiento y las lacras del mundo.

Aunque El niño pan se publica en 1983, es sin duda una novela que habría que considerar como anterior o previa a las demás, tanto por el periodo histórico que el argumento abarca en sí (los meses siguientes a la victoria franquista y la retrospectiva del niño a los años de la guerra y al momento en que se desencadena) como por la existencia de un boceto en español, El pan, sin duda embrión de esta novela y la prueba de que se trata de un proyecto largamente madurado por el autor que ya existía en su universo ficcional incluso antes de exiliarse. Rico magma narrativo donde se condensa no sólo lo que será El niño pan, sino también la posterior obra novelesca del autor.

Podemos afirmar que sin El niño pan no puede comprenderse del todo la evolución del universo de Gómez Arcos, pues esta pequeña historia de una familia en tierras almerienses anuncia lo que será el cambio profundo que trae la guerra y la consiguiente derrota para una parte del país. Los personajes gomezarquianos de El cordero carnívoro, de María República o de Un pájaro quemado vivo por ejemplo, se consumen en un universo de tristeza, de hermetismo y de silencio que ya se prefigura en El niño pan. Truculentos o heroicos, se encierran en un caparazón, aquejados de un mal endémico, contagioso que provoca la muerte en vida mientras los oprime. A pesar de que en El niño pan el joven protagonista hará el firme propósito de luchar contra la tristeza y la derrota que parecen haberse instalado en su casa y en sus vidas para siempre, ésta pronto se comunicará al país entero que quedará sumido en un viscoso letargo.

La obra exiliada de este neofrancés que nunca abandonó su nacionalidad española es tierna o visceral, conmueve o causa malestar, desprovista de compostura y de prejuicios literarios o de cualquier otra índole. Desde su afrancesamiento hasta su temática, Gómez Arcos incomoda. Su escritura trasgresora es, a veces, entrañable; otras, extraña y corrosiva; su crítica, mordaz. Desde sus magistrales descripciones de los sentimientos más primordiales (la madre, la infancia, el hambre) hasta las estampas al aguafuerte surgidas del sueño monstruoso de su ficción exiliada, sacuden hasta la última fibra del corazón del lector.

 

M.ª Carmen Molina Romero

EL NIÑO PAN

 

 

 

A mis padres y hermanos,y a mi tierra almeriense,esta pequeña historia deuna época española.

PRIMERA PARTE

1EL PADRE

Eran su padre y él. El niño.

Juntos bajaban por el encajonado camino, estrecho y accidentado, de Doña Jimena, entre el muro de piedra y la acequia de riego. Conducía hasta los balates del fondo de la vega. El sol iluminaba ya los altos del monte: la mañana se despertaba.

En el recodo, el olivo grande de la familia de los Javanos daba sombra amplia al estanque; los gargarismos de miles de ranas cesaron al acercarse. Con temeraria exactitud, la Cruz del Ángel, flanqueada por un puñado de violetas marchitas, perpetuaba el recuerdo de un crimen de sangre: crimen antiguo transmitido de padres a hijos en la historia del pueblo. (Muchas veces, de noche, mientras subía el camino con sus hermanos, esa cruz siniestra le había dado escalofríos: descontrolado miedo de un niño de seis años, pajarillo sorprendido entre la granizada.)

Su padre, cincuenta años, caminaba en silencio, taciturno, hundido, mirando al suelo; el niño permanecía callado, ahora confiado. A pleno día, el miedo no tiene cabida. Las cruces no son más de lo que son: dos trozos de piedra atravesándose.

Delante de ellos, la perra Alerta perseguía un abejorro negro. (Negro: color de muerte. Tía Manuela se apresuraba a encenderles una luz a las ánimas del purgatorio cada vez que un abejorro negro, burlando la barrera de cortinas, entraba en su casa.) Y detrás las dos cabras, Niña y Lucera, preñadas ya, con las ubres enmandiladas, y la burra Madrastra, que consintió en amamantar dos pollinos huérfanos.

Andaba el principio de abril, días después de la victoria de las tropas franquistas. El aire limpio, tranquilo y silencioso. Y de pronto, en esa quietud, un gran cuervo negro comenzó a graznar por encima de sus cabezas su canción de carroña. Chillido bronco. Entonces hay que gritarle amistosamente: «Juanico, ¿qué has comido?». Si contesta: «¡Tajás! ¡Tajás!», todo está en orden, nada quiere de vosotros… Así lo hizo el niño, el cuervo le respondió amablemente. Pero no se iba. Planeaba en el aire, como sostenido por un alambre. Tío Juan Antonio apareció:

—¡Vete ya, esperpento! Maldita la madre…

El miedo asomó de nuevo. Miedo intenso que emerge a la luz del día sin avisar.

—¡Padre, que viene!

Con la cabeza agachada, su padre reconoció la voz cascada del hombre, el enemigo, y palideció. El niño lo vio blanco como la tiza, repentinamente cubierto por una mortaja de cenizas. Rostro curtido por todas las intemperies, las del día y la noche, las de la guerra y la paz, que muda de golpe: dientes apretados, mandíbula amenazadora. La angustia. ¿Tuvo conciencia de dicha metamorfosis en ese preciso instante de una mañana soleada o tan sólo años después, en el silencio del odio? De cualquier modo la percibió. Zarandeó a la burra que, a su vez, le hizo perder el equilibrio.

Tío Juan Antonio se detuvo en seco, la mirada altiva, con fuego; la sonrisa incisiva, sin disimulo.

—¡Mira quién está aquí, el más listo del pueblo, el alcalde republicano, el justo entre los justos! Hace tiempo que tú y yo no nos habíamos visto las caras. ¿Te estabas escondiendo?

Su padre pronunció:

—Buenos días.

El otro dijo con una mueca:

—Buenos lo son para mí, en efecto. Hoy, mañana, pasado mañana serán excelentes días para mí. Para ti, lo dirá la Justicia.

—La Justicia ha terminado. La guerra la ha matado.

El niño cogió una piedra más gorda que su puño. Con el miedo en la punta de los dedos, lanzó una mirada desafiante a la Cruz del Ángel, lugar y seña de un crimen. Le hervía la sangre. Corona de plumas negras, pico y garras amarillos, el gigantesco cuervo planeaba aguardando la matanza.

—¡Todavía con tu arrogancia, como si aún fuera la semana pasada!

El padre continuó andando. El niño, quieto en el sitio, se había agarrado al ronzal de la burra.

—¡Dame eso! —dijo el padre.

Un apretón al bocado de hierro y Madrastra se puso en marcha a regañadientes, como una mártir.

El enemigo gritó con furia:

—¡Detente, hombre! Tenemos que cruzar unas palabras. Y cuanto antes mejor.

—Ninguna tú y yo.

—¡Muchas, cabezón! Ahora ya hay ley. Haré que te quemen en medio de la plaza.

El padre levantó la cabeza y miró fijamente a los ojos del predicador. Aprovechando ese momento de descuido, las cabras la emprendían con el sembrado de alfalfa; sus orejas móviles lanzaban hacia atrás como astutas miradas que no disimulaban del todo sus taimadas intenciones. Tío Juan Antonio retrocedió un paso.

—Ahora yo tengo la vara de alcalde…

El niño recordó una frase de antes de la guerra: «El hijo del alcalde». Era él. Había sido el hijo del alcalde.

—… ya no es tuya.

—Bueno, ¿y qué?

—Que, de ahora en adelante, se obrará con justicia. Y tú has de ser el primero en sentirla.

Las voraces cabras arrancaban la alfalfa.

—¡Hijo, cuida de las cabras!

Presa del pánico, el niño dio un silbido y usó la piedra, que rebotó en Lucera. Suplicó:

—¡Padre, vamos!

—Sí, vete con tu hijo. ¡Pero te juro que las pagarás todas en una!

Tirando de la burra, su padre se alejó sin volverse. La espalda ancha temblaba. El enemigo gritaba:

—¡Hasta tus hijos caerán esta vez! ¡Maldita simiente! ¡No ha de quedar ni uno!

El niño volvió la cabeza. El hombre blandía en alto su puño apretado. El año anterior, con aquel mismo puño —una mano abierta y extendida—, el hombre le había dado un racimo de uvas de la viña del Turco: «Toma y come, chiquillo». Hoy conoció la amenaza del puño. El puño del enemigo.

Su padre se derrumbaba. Un dolor terrible que el niño no comprendía, que no había visto nunca. Como el árbol que destrozan: aquel olmo que daba sombra a la casa de tío Rodrigo, su desgarro lento hacia el suelo después de la tormenta que lo partió por la mitad, el griterío de los gorriones arrojados de sus ramas, el esfuerzo de los mulos que lo arrastraron hasta el borde del camino, así era el dolor de su padre.

El niño cogió otra piedra. Le clavó las uñas con fuerza y la lanzó, asestando a las descontroladas cabras.

—¡Déjalas! ¡No son más que animales!

La voz de su padre apenas se oía… y de repente bramó, levantando los brazos al cielo:

—¡Dios! ¡Dios!

El niño sintió miedo y se puso a llorar. Nunca había visto nada semejante, ni siquiera a su madre la había visto hacer ese gesto. Sola en la casa, sin atreverse a salir a la calle por temor al odio, al desprecio de los vecinos. El niño sentía su llanto como un puñalillo en las entrañas. Y ahora, este otro llanto bronco, turbulento, que se escapaba por el pecho abierto de su padre como el ruido sordo de una avalancha. Esta herida en carne viva, este hombre vencido que lloraba así, era un acto criminal. Aún peor que el crimen de sangre que perpetúa la Cruz del Ángel. Crimen sin nombre. Con sus seis pequeños años quiso odiar, y se esforzó en odiar. Reteniendo la rabia y la impotencia, murmuró:

—Padre…

—¡No, hijo, calla! Tú sólo eres un niño…

Se sentía mareado. Abril perfumaba el aire. De la tierra transcendía el soplo de una fecunda creación. Perseguido por Alerta, un lagarto atravesaba en zigzag el camino, borracho de zumo de moras, con la cabeza violeta.

—¡Cógelo! —gritó.

Sabio como animalillo del terreno, el lagarto, color de tierra, se ocultó en un abrir y cerrar de ojos bajo una lastra del muro. Alerta arañaba el agujero; gruñía con la espumilla en la boca, mirándolos humillada.

Su padre rio, secándose los ojos con el dorso de la mano con su habitual gesto. Saltando sobre el lomo con el trote de la burra, el niño coreó su risa.

—¡Alerta, Alerta! ¡Mocosilla! ¡Cobardona!

El padre abrazaba a la perra rabiosa.

—¡Déjala, hombre! No es un perro de caza.

Y la acariciaba con ternura, besándole la oreja.

Atrás quedaba el miedo, olvidado. La mañana amplia lo borraba todo. El niño no podía ver ahora la cara de su padre, pero su lento andar le daba seguridad.

Lento su padre, en calma como una balsa de aceite, incluso cuando, desde el balcón del ayuntamiento, exhortaba a la gente. «Camaradas, es nuestro deber ganar esta guerra…, pero no quisiera arrastraros a una matanza: la muerte no es un acto de justicia.» Eso era durante la guerra civil. En brazos de su hermana mayor, Lola, sentía ya el orgullo de su raza. «Ese hombre fuerte, mi padre, con los brazos como mis piernas.» Y su hermana le decía:

—¡Escucha, niño, no olvides nunca sus palabras, está hablando nuestra sangre! La sangre de nuestro corazón y la de nuestra justicia.

Desde su pequeña superioridad de héroe, soñaba: «Mi padre. Me duermo, de noche, entre tu abrazo».

Un hombre asentía con la cabeza:

—Razón tiene Manuel. Viene de buena sangre.

El sol. ¡Tanto sol en abril!

Henchida de aire, Madrastra tomó a la izquierda la vereda que conocía de memoria, apartándose de la cuesta de Doña Jimena.

La leyenda de esta mítica señora se perdía en la noche de los tiempos y formaba parte de la memoria del pueblo. Dueña de todo el valle y de su gran cinturón montañoso, doña Jimena, muerto su esposo, partió la herencia entre sus dos hijos; y en vez de plantar mojones, dividió sus tierras con un camino real, para uso de hombres y bestias. Antes de encerrarse de por vida en un convento, dijo: «Que mi sangre se esparza como el agua de lluvia para que, con el tiempo, cada uno de mis descendientes tenga una gota de mi ser». Y sucedió como en una profecía: a un lado y otro del camino, generación tras generación, las heredades se habían multiplicado. Cada una pertenecía a una familia distinta que provenía del mismo tronco: doña Jimena…

Pasaron una loma. Y apareció su haza de bancales escalonados, sembrada de almendros, abruptamente dominados por el tajo e interrumpidos por el barranco. Siete manzanos raquíticos, dos magníficas higueras, un pencal de chumberas y una colmena. Los almendros mostraban un verde de jade. Alrededor de los troncos parduscos, cobijados por las ramas cargadas de frutos, el dulce verde descolorido de la espiga de cebada, del habar y de los présules.

—Dentro de quince días tendremos buenas habas —anunció el padre.

«¡Yo sembré una melga!», pensó el niño.

Se sentía orgulloso de su hazaña.

—¡Mira cómo brota tu olivo! Está lleno de yemas; hay que hacerle un cañizo para que las cabras no las ramoneen.

—Yo se lo haré.

Adivinó la sonrisa de su padre.

—Ojalá puedas, no es tan fácil.

Bravucón, con voz atiplada de seis años, prometió solemnemente:

—Pediré un brazado de cañas al tío Rodrigo, las mejores, del cañaveral de su estanque, me las dará. Antonio me hará la tomiza, que tiene tiempo en el monte. Ya verás.

Algo distraído, su padre murmuró:

—Y tú, ¿qué harás en la vida?

El segundo de los hijos, Manolo, compañero inseparable de primo Pepe y, sin duda por esto, el más culto de la familia, había respondido a esta misma pregunta, años atrás: «Padre, seré teniente». Su padre, que se lavaba las manos en los escalones del patio, asintió con la cabeza, convencido de la sensatez de la decisión. «El ejército es una buena carrera.» Y la madre: «Yo bordaré tus estrellas de seis puntas. Pero, hijo mío…». La madre, siempre con un «pero» en la boca, ahondando en la duda, en la angustia, como si adivinase la precariedad de su destino. Manolo era un chico optimista: sería teniente del ejército republicano. «Tendrás un nuevo pañuelo de seda, te lo prometo. Mujer del alcalde y madre de un teniente. ¡Señora Dolores!» Con su hermosa risa de mujer dichosa, la madre decía «¡oh, hijo!» como para suavizar la emoción sagrada de su pecho. «Y tú, ¿qué harás?» Seré teniente. Seré labrador. Seré pastor. Seré arriero. Cuatro hijos.

—Yo —respondió con tono decidido— haré primero el cañizo, sembraré otro olivo, y luego una parra y una higuera de invierno, en el patio, para que mi madre y mis hermanos tengan uvas e higos en diciembre. Y después…

El padre se volvió, un destello de ironía le iluminaba los ojos.

—¡Valiente empresario estás hecho! Y después… construirás una iglesia, ¿no?

El niño se puso rojo hasta las orejas.

—¡Hago altares porque no tenemos iglesia! ¡Es un juego!

Su padre lo miró, serio.

—Esa iglesia la teníamos antes, pero servía para otra cosa. ¿Es que no te gustaba transformada en cooperativa? Tenemos corrales para el ganado, casas para la gente, nos faltaba una cooperativa; la iglesia es grande, era mejor que una bodega o que un granero. Bueno, pero todo eso es pasado, mucho ha llovido desde entonces…

Le rondó de nuevo la tristeza por la cara. El niño detestaba la sombra que de improviso despertaban algunas palabras. Recordando el grito «¡Dios! ¡Dios!» y los brazos alzados de su padre, sintió otra vez el miedo solidificado en su interior. Gritó:

—¡Padre, las cabras!

Las espantó a pedradas. Y luego:

—Tendremos que remendarle el mandil a Lucera; por esos agujeros puede rajarse las ubres.

El niño temblaba.

—¡Deja de jugar a esas porquerías!

De una patada, su padre le destrozó el altarcico que había hecho bajo el jazminero. Estaba furioso.

—Me lo ha hecho Paco, para que juegue.

Su padre le amenazó con la mano. Nunca le había pegado, se limitaba a hablarle con severidad, con voz más grave que de costumbre.

—A tu hermano voy a estirarle yo las orejas, puedes estar seguro. Para que no te enseñe estas cosas. Si tiene tiempo de sobra, que te haga un camión de alambre o un aro, ¡pero nada de estas cosas que sólo sirven para curas!

El niño temblaba. El padre era tierno y duro. Él confundía a menudo caricias y regañinas. Luego, lo olvidaba.

—¿Puedo ver los conejos?

—Sí, venga vete. Pero no toques las crías. Y no vayas a abrir las jaulas.

Corrió hacia el conejar. Le faltaba la respiración. Las conmociones que la familia había vivido desde que acabó la guerra, la ausencia incomprensible de una hermana y de dos hermanos, la vigilancia a la que se veía sometido su padre, habían hecho de él un niño propenso al lloro.

—Niño, deja de lloriquear. Tu padre viene dentro de cinco minutos. Ha ido al ayuntamiento a prestar una declaración.

—Los hombres que se lo han llevado, llevaban pistolas, madre, ¡los he visto!

También ahora comenzó a sollozar. Sentía dentro la garra del miedo. Acurrucado junto a la conejera, sollozó largo rato hasta quedarse dormido, sin haber visto los conejillos nacidos días atrás, ni haber tentado con un dedo temeroso la pelosilla gris de sus cuerpos.

2LA CALLE

Conoció el silencio, a la mañana siguiente.

Un silencio especial, único, al que se enfrentaba por primera vez. El niño tuvo la impresión que un ala muda se había cernido sobre la casa, sin duda por la noche, y la cubría.

La luz abordaba la ventana. Pensó: «Ya despunta el alba». Pero evitó mirar el iluminado rectángulo en la colcha. Cerró otra vez los ojos y esperó, con paciencia, a que el gallo cantara. Los gallos cantan al alba… pero no oía nada; a todas luces, el alba ya había pasado. Pero no había sentido los pájaros, ni el vuelo de una mosca. Abrió de nuevo los ojos y vio a Alerta, inmóvil sobre sus patas traseras, quieta en el silencio. Con la oreja negra empinada y la blanca gacha, lo miraba fijamente, aguardando una palabra (o mejor una voz), señal de la mañana, que autorizaba el juego. El niño no le hizo ningún gesto. Sentía cómo se instalaba el silencio de la ira. Este nuevo silencio sería profundo y duradero. Había dejado la casa sin sus ruidos cotidianos.

—¡Niño, niño, las siete! ¡Levántate, gandulón!

María le quitaba las mantas y le tiraba pellizcos. En la cocina el jaleo de su madre con los cacharros, y el crepitar del fuego inundando la casa. Sentada toda la mañana con su bastidor, Lola cantaba en voz alta, bordando el interminable ajuar de las que nunca se casarán.

Ahora, la casa sin ruido. Cada pared, cada mueble, tomaba la apariencia de un enemigo vivo, al acecho. Y el espejo del lavabo velado por un paño negro: luto por los ausentes.

—Anda, levántate.

Era Lola. Había entrado sin pasos y surgía de la penumbra. Las manos alargadas le colgaban a ambos lados del cuerpo, algo crispadas, sin quehaceres.

—¿Ya no bordas?

Apenas una sonrisa (triste, decepcionada).

—Calla, sabio.

—¡Pero tú bordabas ayer!

Una repentina luz de cólera en los ojos grandes de Lola.

—¡Cállate de una vez! Y si no te levantas enseguida, te zurraré.

De costumbre, el niño sentía el buen olor del pan tierno y reciente, del hervor de la leche. Los olfateaba con la primera bocanada de aire. Y María decía: «Un tazón de sopas y a la escuela. ¿Para quién es esta paloma de pan, con ojos de pimienta, que estoy haciendo? Para ti, vida mía, que te sabes toda la cartilla. Y el panecillo redondo que está amasando madre es también para ti. Luego le pones, haciéndole un agujero en la miga, un poco de aceite y sal, y ¡qué rico! Venga, ¡ahora dime las vocales sin equivocarte! Por cada fallo, un pellizco. ¿Y la oración?». Conociendo ya el juego, Alerta saltaba y ladraba alrededor mientras el niño recitaba.

Hoy, la casa no exhalaba ninguno de esos aromas cotidianos. Apestaba a silencio.

El niño puso el pie en el suelo. Sin gruñir ni mover la cola, inquieta, Alerta vino a olerle un dedo.

—¿Qué pasa esta mañana?

En la otra habitación, Lola cerraba el cajón de la cómoda. Curvando la espalda, tensándola como un arco para amortiguar el chirrido habitual del mueble.

—¡Vamos, niño! ¡Date prisa! No puedo estar aquí toda la mañana.

—¿Hay escuela hoy?

Lola lo miró, asustada.

—No. No hay escuela. Y calla.

—¿Y María?

Otro sobresalto de su hermana.

—¿No sabes que María…?

Interrumpió bruscamente la frase.

—¡Ya te he dicho que te calles!

El niño se vistió. En silencio. Llenando el umbral, el cuerpo gris de su hermana lo esperaba. Inmóvil. Vio en su cara algo implacable. El rictus del dolor o de la espera. Ya sería siempre así. Su respiración inquieta acentuaba el silencio. El niño pensó que sería para una eternidad irremisible.

La luz más grande, llenando la habitación con su implacable vitalidad matinal.

—¿Y padre?

—Fuera, como todas las mañanas. ¿No sabes que va al monte cada mañana?

¿Qué era el monte? ¿Dónde estaba?

Y su madre insistía:

—¡Espérate! No puedes irte a jugar hasta que no vengan tus hermanos del monte.

Llegaban al atardecer. Y su padre con ellos. La madre calentaba agua y la echaba hirviendo en la zafa, la entibiaba con agua fría y la presentaba a los hijos y al esposo. Había risas. Discutían del trabajo y entregaban el dinero del jornal a la madre. Después de haberlo contado cuidadosamente, lo guardaba en la faltriquera de la enagua.

—¡Niño, tira esta agua!

Regaba el jazminero con agua sucia. Antonio anunció:

—Esta mañana, he encontrado un nido de colorines en la parra de tío Rodrigo. No se lo digas a nadie, ¿eh, curilla? Si te portas bien, en cuanto nazcan los enjaularemos.

Saltó de alegría.

—¿Me llevarás a verlos?

Antonio hizo una payasada.

—¡Eh, mirad el curilla, tiene afán de cazador! De acuerdo, mañana te vienes conmigo, pero no te puedes llevar los chotos.

Antonio, el que sería pastor. La madre intervino:

—No, irá a la escuela que es más importante.

Cogiéndolo para darle el beso de la vieja, que consistía en restregarle la barba dura crecida por las mejillas, Paco, el mayor de los hermanos —«Yo seré labrador»— remachaba:

—Ya lo sabes, curilla, hay que estudiar.

Entonces su padre cortó por lo sano con la mofa:

—¡Callaos todos! Lo acostumbráis a una idea falsa de lo que ha de ser su vida. Es posible que estudie, pero no para ser cura. No quiero esa mancha en mi familia.

La vida parecía igual. Pero, desde el grito de su padre y sus brazos alzados, el niño sabía que todo había cambiado, que nada quedaba de la antigua alegría de vivir, desaparecida a la vez que el eterno ajuar de boda de Lola, doblado en el armario donde había arrinconado el bastidor.

El hambre lo atenazaba. Caminaba detrás de su hermana mayor. Alerta tropezaba con todo de tanto mirar al niño a la espera del gesto que significara «juego».

—Lola, hoy no canta nadie.

Su hermana avanzaba por el sombrío pasillo, difusa como una sombra. Desde el recodo se veía la luz de la cocina y comenzaba el olor acostumbrado que podía llamarse «madre». La presencia de la madre. Antes, la tranquilidad germinaba con los ruidos y los olores de esta casa, de este corazón familiar. Ahora todo estaba difuminado.

La forma de la madre se movía delante de la chimenea, su sombra proyectada se inclinaba, se incorporaba con lentitud en la pared. Alrededor de la madre se materializaba la presencia ausente de los otros, de Paco y de Manolo, los perdidos. Madre temblaba.

—¡Callaos, hijos! ¡No gritéis!

Ni siquiera habían abierto boca.

Veía temblar a la madre… y revivía en su memoria su bravía fuerza de ayer.

—¡No! ¡Tú no irás! Mira tu padre y tus hermanos, cada vez más enfangados en esos odios de la política… Hombres… ¡Qué le voy hacer! Pero tú, ¡mi hija!

Con obstinación, María masticaba el pan mientras la miraba. La madre se alteraba, trastornándosele la calma de su vestido gris y de sus manos de trabajo.

—Iré, madre. Es un comité de mujeres. Yo soy la hija del alcalde. Tengo que ir.

—¡Calla! ¡También Lola lo es!

—Me han elegido a mí. Seré la presidenta.

—¡Presidenta! (El desprecio de la madre era más grande que su menudo cuerpo de campesina.) ¡Cómo te gusta ese nombre!

—¡No, madre! Sólo me gusta ser joven y vivir.

—¡Cásate! ¡Mis hijas deben casarse y no meterse en política! ¡Busca un hombre y dale hijos!

Su madre temblaba… El niño sólo deseó abrazarla, fundiéndose en ella, o mejor, fundirla en él.

—Niño, a comer. Aún hay pan.

Lo vio. Vio el pan en la mesa. Redondo y moreno, fuera de la realidad. Éste tomaba el aspecto de la atónita mirada con la que su madre lo contemplaba. La madre no se atrevía a tocarlo con la mano. La mano de la madre, temblorosa, avanzando hacia el pan, retirándose asustada, como ave que no encuentra el nido.

Conoció el pan, lo reconoció. Lo miró con nuevos ojos, tan dorado, lleno de sol. Entró en el pan. Era como descubrir un monte, o un árbol, a través de viejos siglos de existencia. Su existencia, la de ellos. Por primera vez en su vida, supo el pan. Y, cuando su mano alcanzó la hogaza, ese gesto definió la oración del pan: «El pan nuestro…».

Su madre y su hermana espiaban la ansiosa confianza de ese gesto, el gesto de la mano al extenderse, presintiendo ya lo irremediable.

La madre cogió el pan y cortó una buena rebanada. Lola se interpuso:

—¡Madre, que han de comer ellos!

La madre la miró… y partió la rebanada en tres trozos. Iguales y pequeños.

Dolido, casi con rabia, el niño sintió tanta hambre de pronto que comió con toda rapidez, hasta el ahogo, esa porción diminuta, ese cuscurro, ese cachillo de miseria. Le entró la tos. Lo miraban las dos, angustiadas, impotentes. Y Alerta, que daba vueltas a su alrededor, siguiendo el curso del hambre, gruñó, rencorosa, cuando comprendió que no recibiría ni una migaja de manos del chiquillo.

El niño les preguntaba con la mirada. Se dio cuenta que la gran cocina, en otros días iluminada con los ritos de la vida, estaba hoy en penumbra, cerradas las puertas y ventanas. Asustado, abrió de par en par la puerta, topándose con la enorme luz del patio, aspirando el aire helado. Salió fuera.

—¡Niño, ven aquí! —gritó Lola, brincando de la silla.

La madre, con los brazos abiertos.

—¡No salgas, mi niño!

—¡Es un demonio!

Trepando como un gato, se izó hasta el alero y llegó al tejado. Desde arriba, las vio: sus gestos de horror, su aturdimiento. Tuvo vértigo. Un gorrión que hacía equilibrios en el jazminero, espantado, salió volando hacia la calle.

—¡Baja!

Con la cabeza gacha, correteaba por el tejado, alejándose del vacío del patio. Evitando pisar la launa morada del terrado: si se dejaban huellas demasiado profundas, significaría que, con las lluvias, habría abundantes goteras en los cuartos. Lo sabía. Su instinto de animalillo que aprende las reglas de la vida, lo llevaba a gatear por el borde de los muros que delimitaban las habitaciones de la casa.

Se asomó e intentó ver la calle, protegido por la alta barandilla que adornaba la fachada principal. Improvisado espía, husmeó el aire que no perturbaba ninguna voz, luego sacó la cabeza de detrás del pretil como una marioneta de detrás del biombo. Se quedó patidifuso: a aquella hora, la más activa de la vida del pueblo, la calle desierta se hundía en el vacío. Nadie. Ante sus ojos sólo la tierra del pavimento, húmeda todavía por la lluvia de la noche, ahondada aquí y allí por hoyos que exhibían sin pudor sus intestinos de piedra. A ambos lados, cegada de puertas y ventanas. Ni tiestos de flores ni gavillas a la vista. El canario cantarín de tía Manuela permanecía mudo. Tío Juan Pedro, su esposo, que remendaba zapatos dando la murga con sus coplas antiguas y soltando unas maldiciones de mil demonios cada vez que se pillaba el dedo, no estaba.

El niño miró más lejos, más abajo, la calle muerta. Ni peleas de vecinas ni juegos de niños. Tan sólo una adusta presencia deshabitada.

De pronto asomó un hombre uniformado de gris, guardia de asalto, un fusil en las manos. Dándole el santo y seña a su doble, que apareció también por lo alto de la calle. El niño sintió el mordisco del miedo en las entrañas.

El gemelo gris de arriba gritó:

—¡Adentro, niño! ¡Baja a tu casa!

Se desplomó, se arrastró hacia el patio dejando surcos en la arcilla morada de la launa. La calle prisionera, inesperadamente extraña, se reflejaba en las primeras lágrimas del odio.

3EL PAN

Pero no fue odio —ese nuevo sentimiento de despecho desconocido hasta ahora, ese profundo desconcierto que lo hacía envejecer precozmente—. Nunca podría transformarlo en odio. Ni aun cuando, en la ausencia del pan de mañana, de pasado mañana, de los días futuros, tuvo la tentación, aprisionado en su hambre, de birlar una hogaza. Robar el pan de los otros.

Su ración menguaba. Sólo un bocado. Pan duro.

Una tarde de abril, el padre vino del monte, José y Antonio regresaron después. Los tres enseñaban caras hoscas de desesperación. Con la familia reunida (lo que quedaba de la familia), la madre sacó el pan de la despensa cerrada con llave desde el final de la guerra y lo puso sobre la mesa. El último pan. Lloraba. Lola, fija y muda junto a la chimenea, zurcía calcetines

La mirada del padre se posó en la madre, resbaló luego, ligera, sobre el pan. Una mirada llena de ansiedad, cansada de gritar en silencio la única pregunta que su voz no se atrevía a formular: «Y de María, ¿qué se sabe?».

Para el niño, pequeño y seco, sólo existía el pan. Sobre la madera de la mesa, como el más preciado de los sacramentos, esa hogaza, le parecía única, casi templo, casi angustia.

La madre, conteniendo el llanto, dijo:

—Nada. Ni una sola noticia.

Lola, saltando de repente como un muelle, y con voz estridente, gritó:

—¡La farolera! ¡Teníais que haberla atado a la pata de la cama con una soga!

—¡Calla, tú! —se erizó la madre—. ¡No quiero que se diga nada en contra de ella! Es tu hermana, ¡descastada!

Lola arrojó los calcetines.

—¡Sí, claro! Pero yo me negué a hacer lo que ella y tú estabas conforme.

—Es cierto. Pero ella ya no está aquí, se la han llevado Dios sabe adónde. Y no sabemos qué le espera.

El padre terminó la conversación:

—¡Basta ya! No os preocupéis tanto. Sólo es una mujer. No le harán nada.

El niño seguía mirando el pan. Sin cansarse. Una hambruna desconocida hasta entonces lo martirizaba. El hambre corriente, de a diario, hoy le mordía como un perro. No sabía qué era lo de la ausencia de la hermana.

Su hermano José, que era el más pacífico de la familia, se puso a insultar:

—¡Canallas! Ahora rondan cada calle, mirándonos como amos, con pistolas y fusiles, sonriendo con sarcasmo ante nosotros…, ¡los malditos rojos! Si no fuera por…

—¡Calma, hijo!

Tan sólo la voz grave y serena del padre diciendo «¡calma, hijo!» podía ser aquella noche una realidad, la tabla de salvación milagrosa en medio del naufragio.

El niño suspiró. Sin dejar de mirar la hogaza de pan, levantó la cabeza en dirección a los mayores y dijo:

—Tengo hambre.

La mano de Lola le apretó como una tenaza. La rabia que había vivido en silencio durante aquellos días se le concentraba en la punta de los dedos.

—¡Este niño!

La madre lo sentó en sus rodillas y le secó las lágrimas. De su basto delantal se desprendía también el hedor de la angustia.

—¡Hijos, que haya paz! —terció el padre—. Aquí, no permitiré ni un solo grito. Mi casa no ha cambiado.

Antonio permanecía silencioso en un rincón. Más joven que José, quince años mal cumplidos para octubre: no le gustaba haber nacido el día de la fiesta del pueblo, pues, en cada cumpleaños, la familia aprovechaba para matar dos pájaros de un tiro… Tenía las manos grandes, un poco torpes. En este momento, arreglaba con terca insistencia unos collares de tres cencerros; de vez en cuando, las lengüetas de cuerno estremecían el aire al golpear contra el cobre. Al niño le gustaba ese sonido tan vivo.

Lola, sacando fuerzas de flaqueza, anunció:

—Iré a la ciudad. Quiero saber dónde tienen a mi hermana. Yo también soy una mujer; puedo suplicar. Iré a ver a doña Amparo o a tita Soledad, y ellas, que tienen influencias, me guiarán. No podemos seguir así, ¡tenemos que enterarnos!

—Tienes razón, las cosas no pueden continuar así —respondió el padre—. Pero… no irás tú, sino yo. A un hombre le hacen más caso que a una mujer. Y es posible que pueda enterarme del paradero de Manolo y Paco. Éstas son cosas de hombres.

—¡Cosas de hombres! —exclamó la madre—. No vas a ponérselo en bandeja también, para que te quiten enseguida de en medio. Eres demasiado conocido. Te arriesgas a tropezarte con los hijos de José Antonio, los falangistas. ¿Crees que esa gente te va ayudar, que te va a proteger? No puede ser. Si tú no estás aquí, con nosotros, no sabremos valernos. Haces falta en tu casa, con estos hijos. Iré yo. No se atreverán con una madre de familia.

Nadie se lo discutió… La decisión era irrevocable. El niño contempló a su madre: se parecía a las heroínas santas de las estampas colgadas en las paredes del salón. Pálida, pequeña y destrozada para siempre, con las manos unidas sobre el vientre como reteniendo una enorme náusea, repasando con los dedos y los labios la oración de la felicidad destruida… Sin embargo había dicho «yo» como quien dice «creo»: fervientemente. Y pensó: «Es mi madre, otra madre: la madre de todos y de cada uno de nosotros».

—¿Hijo mío, vas a portarte bien? Espérame sin llorar. No salgas a la calle. Y obedece a tu hermana. Dime que lo harás.

Anhelante, se abrazó al delantal de la madre.

—¿Por qué te vas?

—Tu hermana María me necesita. Volveré muy pronto. Te lo prometo.

—¡Madre, tú no!

El padre, trayéndoselo a las rodillas, dijo:

—Es necesario.

Abandonándose a la tranquila fuerza de su padre, el niño lloriqueaba, babeaba, se limpiaba la nariz con su manita de mocoso, la sensación de soledad en el alma, huérfano de su madre. Todos sus pensamientos iban para los ausentes, la madre le hurtaba su calor, su apoyo… En el fondo, convencido de lo poco que le importaban a todos los otros sus cortos seis años de vida. ¡Tan largos y pesados ahora!

Para no responder a las preguntas de los vecinos ni exponerse a sus comentarios, la madre partió muy de noche, su cuerpo menudo vestido de negro. Dejó el pueblo como quien huye, a esa hora en que el terror de unos y el triunfo de otros —con puertas y ventanas cerradas— se aislaban junto a la lumbre de las chimeneas. El padre, por miedo a malos encuentros, la acompañó un trecho del camino y volvió cuando amanecía. Lola estuvo velando su regreso, atizando, una tras otra, las ascuas del rescoldo.

«No gastéis leña, hijos; mejor se está en las sábanas. ¡Hala, todos a la cama!» La madre se levantaba con un respingo, tomándole de una mano sin darle tiempo a la protesta ni a resistirse. Armada con la vara de la escoba, siempre a su lado. Con chiflas y quejas, el cortejo de hermanos y hermanas desfilaba pasillo adentro, oscuro como boca de lobo, dispersándose por las habitaciones. Si alguno se dormía, otro lo despertaba con un susto gritándole: «¡Arriba, gandulón, que ya amanece!». Y el padre: «¡Bueno, quiero a todo el mundo durmiendo ya!». Un silencio lleno de murmullos. Más tarde, el sueño.

Oyó moverse a Lola. El ligero frufrú de tela almidonada al quitar el embozo y abrir la cama se quedó suspendido en el aire, después los muelles del somier lanzaron su habitual chirrido metálico. Sonidos familiares, que se repetían noche tras noche, de los que nunca había tenido conciencia antes de la partida de sus padres; en el actual silencio, desconocido, esos sonidos revivían la imagen de la familia unida, esa felicidad ahora rota. Tenía los ojos inmóviles y el cuerpo tenso, casi sin respirar, con los sentidos conmocionados esperando un signo: Antonio y José iban tal vez a levantarse y preguntarle a Lola sobre el regreso de la madre o la tardanza del padre. Pero sólo el silencio. Adivinaba a Alerta en la espuerta, con los ojos abiertos, sorda en esta oscuridad tan grande… Fuera, la calle, la noche, silenciosas como nunca, sin cantos, ni voces, ni pasos.

Se acurrucó entre las sábanas. Tenía la esperanza de que todo fuese ya sueño, de que todo quedase sepultado en ese olvido.

La voz de Lola le rozó la nariz:

—Anda, niño, duérmete.

—¿No va a volver?

—¿Quién no va volver?

—Padre.

—Desde luego. Volverá.

—¿Pero cuándo?

—Muy pronto.

Frente al ayuntamiento, había aquel día hombres con gritos de furia pidiendo al alcalde que reclutara voluntarios para el frente.

—¡Yo y mis dos hijos! —gritó uno—, ¡lucharemos contra los enemigos de la República!

Tres meses antes del final de la guerra. Flanqueado por un alguacil y dos concejales, su padre se asomaba al balcón del ayuntamiento y, alargando las manos abiertas, intentaba calmar a la gente del pueblo e imponer silencio exclamando:

—Amigos, sabéis que la guerra no consigue la paz. Nuestros hijos han nacido para labrar la tierra, para guardar los rebaños. Dos de mis hijos están en el frente, otros tienen más que yo. Combaten por la victoria de la República y la conseguirán. Pero será una victoria de sangre.

El niño no entendió ninguna de sus palabras. Desde la ventana de Isabel Saldaña, la hija del carpintero, que daba sobre la plaza, veía a los hombres, oía sus gritos. Lola murmuró:

—Niño, escucha bien lo que dice. Es la voz de tu padre; nuestra sangre. Apréndela con el corazón.

Acompañando la tarde gris de Isabel Saldaña, huérfana desde hacía poco, Lola bordaba su ajuar eterno. Se durmió… Isabel Saldaña, atrayéndolo hacia ella, dijo:

—¡Si vosotros comprendierais para qué venís al mundo! Uno sólo de vosotros es un mundo, el mundo entero, para que luego sea destruido por el odio, o por el hambre. ¡Dios, Dios mío, la guerra es peor que un sacrilegio!

Con un suspiro, Lola hundió la aguja en su bastidor y lo plegó. La noche rondaba ya, la silueta de la iglesia se difuminaba al fondo de la plaza. Lola lo cogió en brazos.

—Se hace tarde.

Isabel Saldaña asintió con la cabeza y los condujo a la puerta falsa, que daba justo al patio de su casa. La madre los esperaba en la cocina:

—¿No venís con tu padre?

—Se ha quedado en el ayuntamiento. Hay reunión…, creo.

La madre vaciló:

—Este niño se duerme de pie; dale de cenar y acuéstalo.

Con sueño, balbuceó:

—¿Cuándo viene?

—¿Quién?

—Padre.

Muy tarde, le despertó un ruido. Escuchó con atención. Giraban con precaución la llave en la cerradura de la puerta principal. Vio la luz del alba penetrando entre los dos postigos de la ventana y oyó moverse a su hermana.

—¿Padre?

—Sí, soy yo. Duérmete, hija.

—¿Te has cruzado con alguien?

—No. Los de asalto vigilan el pueblo, pero no me han visto.

—¡Bendito sea Dios!

Enemigo de oraciones y contrario a las «enfermizas relaciones de los hombres con Dios», el padre hizo como que no oía. Pero el niño notó un destello de agradecimiento en la cara cansada, como si las piadosas palabras de su hija hubieran traducido su íntimo sentimiento.

Inmóvil, aguardaba los lentos pasos del padre hasta su cama; con la viva convicción de merecer un rápido saludo de buenas noches, como de costumbre. No se atrevía a pensar en una caricia, ni siquiera fugaz… Quedó colmado: la mano de hombre del padre rozó su cabello haciendo, durante un instante, nido de ternura para su cabeza. El corazón se le salía del pecho, la sangre galopaba por sus venas… Apretó con fuerza las manos contra los muslos para no abrazarse impulsivamente al gesto de amor de su padre.

Con un hilo de voz, casi inaudible por el silencio guardado esos días, dijo:

—Padre, tengo hambre. Dame pan.

Rota de pronto la magia, notó el cuerpo de hombre de su padre separándose.

—No hay —murmuró con la voz quebrada de los hombres que lloran—. No hay pan, hijo mío.

4ALERTA

Nació de Fina un 10 de septiembre, a media mañana: el reloj del campanario daba las doce cuando su madre empezó a dar lastimeros ladridos. Desde hacía una semana, el pueblo esperaba el feliz acontecimiento pues todos conocían a la perra Fina. Minúscula y bastarda, era de Joaquín, el secretario asistente del ayuntamiento y, en otros tiempos, sacristán de la iglesia de don Adrián; era la joya del pueblo y se iba con quien le silbara; comía un poco en casa de todos según donde estuviera a esa hora.

La mujer de Joaquín, que se llamaba Piedad como la virgen del manto de terciopelo negro que tiene en su trágico regazo a un cristo muerto, pero a quien la gente le decía la Sacristana, vino a casa el 11 de septiembre, por la mañana temprano, a ofrecer la única hembra de la camada. «¡Tenéis que verla! —dijo Piedad—. Ha nacido con una oreja perpetuamente levantada. ¡Menuda cazadora!» Como este apéndice no se plegaba ante nada ni nadie, al poco tiempo le pusieron el nombre de Alerta.

La madre aceptó el regalo: «Necesitamos un perro en la casa», dijo. Añadió que incluso alimentaría a Fina durante el periodo de crianza. Pero Piedad, marrullera y beata como buena sacristana, respondió: «¡De ninguna manera! No toleraré semejante desprendimiento, que os honra, cuando no es en absoluto necesario. Y aunque lo fuera…».

Enganchado como siempre al delantal de la madre, el niño estaba presente en la cocina. Con los ojos como platos, siguió la conversación de las dos mujeres sin perder ni una palabra. Desde aquel día, Piedad la Sacristana, cuya mirada diminuta apenas atravesaba los cristales gordísimos de unas gafas de montura de plata, le pareció una mujer espléndida, la más servicial y juiciosa del pueblo. Y también, la más generosa. No era lo mismo que te dieran un racimo de uvas, incluso maduras, que una perrita de carne y hueso.

Vivió un día de exaltación, preguntándole cada cinco minutos a su madre cuándo podrían traérsela a casa. La madre respondía: «Dentro de unos días», pero esta respuesta no era ninguna fecha precisa. Seguía insistiendo. La madre añadió que, antes de tomar definitivamente la decisión, había que preguntárselo a su padre. Tenían ya a Trotski, el perro rojo de terribles colmillos cuyo morro guardaba un parecido con el de su homónimo. Casi siempre atado con una cuerda larga a su caseta del tajo, cerca de los conejos y de las gallinas, infundía respeto a los ladrones de pollos, llamados con mala intención saltimbanquis o gitanos.

El padre, enamorado de su perro bolchevique y remiso a todo contacto amistoso con el exsacristán y su mujer, dijo: «No».

Un silencio mortal cayó sobre la cocina.

Y el padre:

—Incluso en un régimen republicano, ésos son gentuza de sacristía. Luego querrán cobrarse en favores.

—¡Favores! ¡Como si tú le negaras algo a alguien! —contestó la madre plantada en jarras.

Ese gesto quería decir que estaba dispuesta a todo, a la bronca o a la batalla.

El niño aprovechó este enfrentamiento para colocar su tímida pregunta de benjamín de la casa.

—Padre, ¿puedo quedármela yo?

El padre claudicando:

—Está bien —dijo—, para ti.

«Para mí.» Primera riqueza entre sus manos, que se pusieron a aplaudir con fuerza. «Mía.» Nunca había podido decir eso, ni de un anillo dorado como el de Dominguito, el paliducho sobrino del médico, ni de un canario cantón enjaulado como el de Consuelo, la nieta de tía Manuela. Ante esas propiedades reales, que sus amiguillos hacían valer sin reticencias, siempre respondía:

—¡Y yo soy el hijo del alcalde! Para mí es suficiente.

La sonora carcajada sincronizada de ese par de despreciables era intolerable. Y exclamaban al unísono:

—¡Mira tú, y nosotros los nietos del señor arzobispo!

Esta genealogía eclesiástica, incluso imaginaria, se revelaba más poderosa que la suya, simplemente política. Enmudeciendo, se daba media vuelta e iba a esconderse a su rincón preferido del patio, bajo el jazminero aéreo, y allí adornaba constantemente el altarcillo de barro rojo. «Seré cura. Negro y solo. Y blanco en la misa.»

Ahora Alerta era suya. Su perra. Le puso un collar con un cascabel. Por el día, se la llevaba a todas partes; por la noche, le ponía una espuerta junto a su cama. Meses después, una tarde la sorprendió en flagrante delito: la vio noviar con Boby, el perro blanco y pulcro de Machaco, el tendero falangista.

Lola y Tonio, el mayor de tía Josefa, se veían a hurtadillas en el crepúsculo. Él lo sabía. Los había visto cogiéndose las manos entre las rejas de la ventana al otro extremo de la casa.

Y la madre:

—¡Niño, llama a tu hermana! Es tarde.

—¡No!

—¡Pero niño!

Y colorado como un tomate:

—¡No voy, está noviando con Tonio!

Y Paco, riéndose, lo agarró entre sus brazos y gritó:

—¡Vaya granuja! ¡Valiente educación!

El beso de la vieja estaba al caer. Se asfixiaba intentando zafarse como un gato furioso.

Así que Alerta se dejaba noviar por ese fascista de Boby. Estupefacto, la veía contonearse sin el menor pudor, el rabo ufano rizándose en el aire; primero, esquiva y gruñona; un minuto después, juguetona, lamiéndolo todo, zigzagueando con locas carreras, ladrando, persiguiendo una sombra azul de pájaro o de insecto: en ese preciso instante, era el espíritu mismo del juego, más que el propio niño y sus amiguillos. Solemne y tranquilón, el limpio de Boby trotaba tras ella.

Y una tarde de verano, Alerta ladró de madre y parió. Como un misterio.

Sólo que el padre dijo:

—¡No quiero más perros!

Y la madre:

—Desde luego que no.

Nadie dijo nada, Antonio cogió un saco, metió dentro los temblorosos cachorros, caminó hasta los lavaderos públicos y los ahogó en la pila que recogía las aguas sucias. Alerta se refugió en el corral, tras una puerta vieja y arrumbada, lugar de parto. El niño iba a verla, la acompañaba, le llevaba de comer. La perra gemía tan suave y profundo como el llanto de una mujer angustiada. El niño quería consolarla, pero no sabiendo cómo, lloró con ella. Era como un misterio.

El pan faltó. Los días transcurrían sin pan, en las miradas aparecía la imagen de un éxodo bíblico, los niños con hambre caminaban por las vacías calles, aterrorizados por los fusiles de los de asalto, perdidos en las desiertas calles de la derrota.

El falangista Machaco, opulento tendero, dueño y señor de los boniatos, de las lentejas, del aceite de soja, subió los precios de la noche a la mañana y, escudándose en un decreto que hacía que la moneda republicana quedara sin curso, saqueó con trueque gallineros y majadas, llevándoselo todo a cambio de casi nada. Se enriqueció y puso escaparates nuevos en la tienda. Cristales de seguridad.