El otro Fangio - Eduardo Gesumaría Sprinter - E-Book

El otro Fangio E-Book

Eduardo Gesumaría Sprinter

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El otro Fangio es una biografía del cinco veces campeón de Fórmula 1 escrita por Eduardo Gesumaría, avezado periodista que fuera su amigo durante tres décadas. El libro aborda algunas de las facetas y anécdotas más impactantes de este hombre consagrado al volante: su vida en Balcarce, sus amores y renuncias, sus accidentes, el particular secuestro que sufrió en Cuba a fines de los ´50 y muchos detalles de las artes que lo convirtieron en uno de los mejores corredores de todos los tiempos (si no el mejor).

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Seitenzahl: 514

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Eduardo Gesumaría Sprinter

El otro Fangio

 

Saga

El otro Fangio

 

Copyright © 2013, 2022 Eduardo Gesumaría Sprinter and SAGA Egmont

 

All rights reserved

 

ISBN: 9788726903188

 

1st ebook edition

Format: EPUB 3.0

 

No part of this publication may be reproduced, stored in a retrievial system, or transmitted, in any form or by any means without the prior written permission of the publisher, nor, be otherwise circulated in any form of binding or cover other than in which it is published and without a similar condition being imposed on the subsequent purchaser.

 

www.sagaegmont.com

Saga Egmont - a part of Egmont, www.egmont.com

A Domingo Marimón, “Toscanito”, con quien, junto a su gran amigo Juan Manuel Fangio, compartimos momentos inolvidables.

PRÓLOGO

Conocí a Juan Manuel Fangio en 1957 en el autódromo de Buenos Aires cuando era un juvenil periodista de 21 años. Apenas bajó de su Maserati en las pruebas de clasificación para el Gran Premio de la República Argentina, me acerqué imprudentemente para solicitarle un reportaje para una radio cordobesa. Colocando una mano sobre mi hombro me invitó a que fuéramos a su garaje para evitar los ruidos de los motores de los autos que estaban clasificando. Mientras lo reporteaba y contestaba pacientemente mis preguntas, el jefe de mecánicos de Maserati, Guerino Bertocchi, le hacía señas desesperadas para que volviera a su auto. Faltaban 10 minutos para terminar las pruebas y Moss le había bajado el tiempo. Entonces Fangio le hizo señas a Bertocchi para que “esperara porque estaba conmigo”. Al finalizar me saludó, volvió a su auto y cumplió sus pruebas clasificatorias sin superar la marca de Moss.

Aquel gesto de Fangio me dejó impactado para siempre. Una figura de su dimensión, atendiéndome en un momento tan inoportuno, me hizo ver que se trataba de una persona muy especial. Y lo comprobaría con el tiempo en innumerables conversaciones, tras una relación nacida a través de su gran amigo Domingo Marimón. Aquel día surgió la idea de hacer un libro sobre su campaña, y Fangio aceptó. Desde entonces y hasta su muerte, las conversaciones y recuerdos fueron permanentes. Lamentablemente, cuando tuvo el libro en sus manos ya estaba muy enfermo y no pudo verlo publicado. Es el libro Las 200 Carreras de Fangio, cuyos derechos fueron cedidos a la Fundación Juan Manuel Fangio de Balcarce, con todos los detalles técnicos y deportivos de su campaña deportiva. Pero sin duda había quedado mucho material interesante sobre la personalidad del quíntuple campeón mundial; tanto o más que su extraordinaria trayectoria en el automovilismo.

Por ello, ”El Otro Fangio“ constituye otra faceta de su vida y revela esa notable personalidad y humildad que mostró en todo momento. Las anécdotas son innumerables: sobre su infancia, estrategias en las carreras con la muerte de acompañante, el secuestro en Cuba y sus últimos años.

Pero no todo fue felicidad en la vida del piloto balcarceño. También vivió momentos de injusticia, interdicto por el gobierno militar en 1955, su vida sentimental y la enfermedad que lo llevó a la muerte el 17 de julio de 1995.

Resulta imposible olvidar su colaboración espontánea con nuestros programas de televisión emitidos por Canal 12 de Córdoba, brindándonos material para la primera edición de 1961 (como el film Tributo a Fangio), al igual que otros, relacionados con el Gran Premio de Turismo y el equipo Mercedes Benz, además de la satisfacción de haber contado con su presencia en la edición número 1000 del programa Autodinámica, en 1978. Muchas veces Fangio accedió a nuestros requerimientos para solucionar situaciones deportivas en beneficio de Córdoba, y también compartir momentos tristes cuando le anuncié la muerte de Domingo Marimón y de su amigo Luis Ramaciotti.

Ese era el otro Fangio, igual con todo el mundo y en todo momento. Hombre sencillo, sagaz, inteligente, nunca dejó de lado sus humildes comienzos en Balcarce y de agradecer lo que sus padres y abuelos le legaron, como el apoyo de sus amigos. Este libro, que refleja aspectos poco conocidos de su vida, está basado en su respuesta cuando se le preguntaba qué le gustaría que se dijera luego de su muerte: “Que se diga la verdad…”.

Eduardo Gesumaría “Sprinter”

Capítulo I LA FAMILIA FANGIO

CASTIGLIONE MESSER MARINO

El fenómeno migratorio en Italia comenzó 40 años antes de la I Guerra Mundial. El motivo era buscar nuevos horizontes para alejarse de la pobreza, especialmente en las pequeñas poblaciones del interior. Uno de esos pueblitos sobre la montaña era Castiglione Messer Marino, provincia de Chieti, en los Abruzos, alejado de las grandes ciudades, pero con otros pueblos cercanos como Torrebruna, Belmonte del Sannio, San Giovanni, Schiavi di Abruzo y Rosello, unidos por serpenteantes caminos y senderos de montaña.

Aquel pueblito con una altitud de 1000 metros, unos 37 kilómetros de superficie, los montes lo cierran por todas partes; valles solitarios se internan por ambos lados hacia las nubes y por ellos caminan ovejas, vacas y hombres a caballo.

En ese pequeño pueblo montañoso de 3500 habitantes, vivía la familia Fangio, dedicada a pequeñas tareas rurales y crianza de animales. Sus habitantes eran de escasos recursos y sobrevivían prácticamente de lo que ellos mismos producían en sus pequeñas quintas, a veces colgadas de las pendientes de los montes.

Giuseppe Fangio era muy joven, trabajador, pero con un espíritu de progreso, y ya había visto partir en busca de nuevos rumbos a varios de sus amigos. Guiado por su espíritu de progreso convenció a su mejor amigo de viajar a “la América”, específicamente a Argentina, ya que tenía algunos datos de familias de pueblos cercanos que habían cruzado el Atlántico radicándose en ese país, del cual comentaban que era enorme, con escasa población y muchas posibilidades de trabajo. Y la decisión estaba tomada.

Corría el año 1887. Giuseppe y su amigo, con unos pocos pesos, se despidieron de sus familias en medio de lágrimas y recomendaciones para quienes iniciaban una verdadera aventura, sin saber si regresarían.

Desde Génova partió la nave que llevó a aquellos amigos a la Argentina, luego de una interminable travesía de casi 30 días.

Al arribar a Buenos Aires se trasladaron a El Arbolito (hoy Coronel Vidal), a pocos kilómetros de Mar del Plata sobre la Ruta 2, para luego dirigirse a Laguna de los Padres, a unos 40 kilómetros, donde los esperarían vecinos del lugar. Allí, Giuseppe y su amigo comenzaron a trabajar en los montes de curro, un arbusto ideal para hacer carbón de leña. La sierra estaba plagada de aquellos gruesos arbustos y Giuseppe trepaba a los montes para bajar sobre sus hombros al llano lo que recogía, día a día.

Así transcurrieron 3 años de esfuerzos, que permitieron a Giuseppe reunir el dinero necesario para comprarse una quinta de 10 hectáreas, a 10 kilómetros de Balcarce, al otro lado de las vías del ferrocarril.

La idea era traer a Argentina a parte de su familia desde Castiglione Messer Marino, a quienes Giuseppe informaba a través de sus cartas. Pero decidió viajar para comentarles personalmente a sus hermanos sobre las posibilidades de estas tierras. Y allí, en Italia, Giuseppe se casó. Tiempo después nació su hijo Loreto y pensó emigrar nuevamente a Argentina para radicarse en Balcarce, esta vez con su familia.

Giuseppe, su esposa, y sus hijos Loreto, Francisca y Francisco tomaron el barco hacia Buenos Aires con muchas ilusiones. Alfonso, el cuarto hijo nacería en Argentina. El viaje fue muy duro e interminable porque ocupaban la tercera clase, la más económica, y Giuseppe aprovechaba para tocar el acordeón, mientras el pequeño Loreto hacía sus travesuras por la cubierta y los camarotes.

LORETO Y SU NUEVA VIDA

Ubicada entre los partidos de Tandil y General Pueyrredón, Balcarce comparte con ellos un excepcional territorio dominado por sierras, lagunas, arroyos y valles que se suman a la natural riqueza de su suelo, óptimo para la producción agrícola-ganadera. El partido de Balcarce fue creado por Decreto el 11 de agosto de 1965, abarcando 412 hectáreas. Su clima es templado con influencia oceánica por su vecindad con el Atlántico.

Allí comenzaría la historia de Juan Manuel Fangio, el as del automovilismo argentino y mundial, que conquistaría cinco campeonatos del mundo.

Llegados a Balcarce, los Fangio con el niño Loreto de 7 años, se establecieron en la quinta que había adquirido Giuseppe y comenzaron a trabajar en las tareas rurales con mucho entusiasmo, aprovechando también las épocas de cosecha en otras zonas para arrimar unos pesos extras al hogar.

Fue así que Loreto, cuando cumplió 10 años, fue enviado en carreta a Tres Arroyos para ocuparse de esa tarea en el campo de los Conde, tardando 18 días en llegar por caminos de tierra en muy mal estado. Allí trabajó duro y la única diversión era concurrir al boliche “La Tigra” a charlar y tomar algo con los amigos que se hacía en el campo.

En aquellos tiempos ese tipo de negocios vendían de todo, por lo cual se los denominaron “almacenes de ramos generales”, y las reuniones en el lugar permitían entablar relaciones entre las personas del pueblo.

Loreto trabajó tres años en Tres Arroyos sin volver a su hogar, por lo que su madre, muy preocupada, lo mandó a buscar con la policía y así regresó nuevamente a la quinta de Balcarce. Él no sabía leer ni escribir ya que había abandonado el colegio porque le daba vergüenza concurrir con ropa y zapatos que no eran suyos… Aunque continuaba trabajando en la quinta, también realizaba arreglos en distintas casas de Balcarce, y muy pronto se convirtió en aprendiz de albañil. Con los años surgió una de sus máximas habilidades: ser frentista de casas.

Loreto estaba por cumplir 21 años y extrañaba su pueblo. Además consideraba que debía volver a Italia para hacer el servicio militar, que estaba en edad de casarse y formar una familia. Con estas ideas decidió realizar el viaje. Así se lo anticipó a sus padres y amigos.

Pero el destino cambiaría abruptamente sus proyectos.

CASAMIENTO

Faltaban muy pocos días para que Loreto Fangio se embarcara a Europa, cuando Alfonso, su hermano, bajó a Balcarce para contratar un trabajo a realizarse en la quinta. En la casa del contratista de apellido D’Eramo, italiano, oriundo de Tornacere (pueblo ubicado a unos 50 kilómetros de Castiglione Messer Marino, también en la provincia de Chietti), lo atendió su hija Herminia, cuya belleza lo dejó impactado. Y pensó rápidamente en Loreto...

Alfonso volvió a la quinta y llamó a su hermano:

—Mirá, Loreto, he visto a una mujer que si la ves no te vas a ir a Europa...

A Loreto le picó el bichito de la curiosidad y le pidió que lo acompañara para conocerla. Ensillaron los caballos y recorrieron los 10 kilómetros hasta la casa de los D’Eramo, inventando una excusa para conocer a Herminia. Cuando ella abrió la puerta el hechizo fue fulminante: su hermano tenía razón. Era una chica muy bonita y graciosa. Ambos quedaron prendados y allí comenzó otra historia en la vida de Loreto. Primero una visita, luego otra, y con el correr de los días el noviazgo se concretó. El viaje a Italia quedó postergado y Loreto ya no volvería a Castiglione Messer Marino.

En aquellos tiempos, a los novios no los dejaban salir solos, y generalmente la madre de Herminia los acompañaba a la plaza o al centro de Balcarce, además de las reuniones que se realizaban en su casa y en la quinta.

En una oportunidad, mientras almorzaban en la casa de su novia junto a los padres de ella, Loreto intentó tocarle el pie a Herminia por debajo de la mesa, pero calculó mal y se lo tocó al padre...

Finalmente, el 24 de octubre de 1901 Loreto y Herminia se casaron en Balcarce y fueron a vivir a la quinta. Él tenía 19 años; ella 17.

Tiempo después Loreto dejó de trabajar en la quinta y se dedicó a realizar tareas de albañilería, convirtiéndose en uno de los frentistas más famosos de Balcarce. Esto le permitió reunir una importante suma de dinero y adquirir un cuarto de manzana en la calle 13, llamada de Las Volantas en virtud de que por allí pasaban los carruajes que llevaban mercaderías a la estación del ferrocarril. En ese lugar Loreto pensaba levantar su nido.

Con sus manos construyó primero una pieza y se fue a vivir allí con su esposa. A medida que fueran naciendo sus hijos, iría ampliando la propiedad. Además, Loreto había vendido a su abuelo y tíos lotes de ese terreno, por lo que muy pronto casi toda la familia viviría en aquel sector.

En esa casa de calle 13 número 321 nacieron Herminia, José y Carmen, hasta que el 24 de junio de 1911 llegaría otro hijo varón...

NACE JUAN MANUEL

Como siempre, el 24 de junio se celebraba en Balcarce la fiesta de San Juan con enormes fogatas. Niños y jóvenes reunían cantidades de arbustos secos y todo lo que fuera inflamable, hasta hacer una alta pira y luego prenderle fuego. Ese día Herminia D’Eramo sintió los dolores del parto inminente y fue atendida en su propio hogar, como ocurría en aquellos años. A las 4:10 de la madrugada del 24 de junio de 1911 nacía el nuevo hijo de Loreto y Herminia. Se lo bautizó Juan Manuel: Juan por la fiesta de San Juan celebrada ese día, y Manuel por el Rey de Italia, Víctor Manuel. Al día siguiente, Loreto fue hasta la Municipalidad para anotar a su nuevo hijo y, cuando el empleado le preguntó cuándo había nacido, le respondió:

—Nació anoche...

Y el empleado municipal lo anotó el día 23, creyendo que se trataba del día anterior. Por eso en los documentos de Juan Manuel Fangio figura como nacido un día antes del 24.

En el Registro Civil de Balcarce consta en el Acta de Nacimiento número 344, Tomo 1, página 167:

“En el Pueblo de Balcarce, Provincia de Buenos Aires, a ocho de julio de 1911, a las dos y cinco pasado meridiano, ante mí, Domingo Ardohain, Jefe del Registro del Estado Civil, compareció Don Loreto Fangio, de veintisiete años, casado, italiano, domiciliado en la planta urbana de este pueblo y declaró: Que el día 23 de junio a las doce meridiano, nació en su casa habitacional una criatura de sexo masculino a quien vi en el expresado domicilio, que había recibido el nombre de Juan Manuel Fangio, siendo hijo legítimo del declarante y de su esposa Doña Herminia D’Eramo, de 24 años, argentina y domiciliada en la misma casa.

Esta es hija de Don Aniceto D’Eramo y de Doña María Todazo, y el exponente hijo de don José Fangio y de Doña Isabel Francischelli.

El acta firman conmigo el declarante y los testigos Don Julio Besoin, de treinta y seis años, casado, francés y Don Bartolomé Félix Gaitán, de veintitrés años, soltero, argentino, ambos de este vecindario”.

El acta contiene varios errores como fijar la fecha de nacimiento de Juan Manuel el 23 del mismo mes, o sea julio, siendo que Fangio nació en junio, además de figurar el día 23 al mediodía y no a la 4:10 del día 24.

En la Iglesia San José, inaugurada el 25 de mayo de 1886, fue bautizado Juan Manuel Fangio en 1911, como consta en el Folio 253, Libro XXXIII, por el sacerdote Francisco Martinelli, y fueron padrinos Domingo Mancinci, italiano de 22 años y Elvira González, argentina de 21 años.

SU INFANCIA

La vida de los Fangio transcurría entre el cuidado de los hijos y el trabajo. Herminia, quien en su juventud confeccionaba chalecos, se hizo modista y cosía vestidos para muchas damas de Balcarce, mientras Loreto seguía realizando los frentes de las casas del pueblo que aún hoy se pueden ver en la ciudad. Todo esto permitía atender sin problemas las necesidades del hogar y la crianza de los hijos.

Luego de Juan Manuel nacerían Celia y Rubén Renato (“Toto”). A medida que venían los hijos, Loreto ampliaba la casa de la calle 13 para dar más comodidad a la familia, y como había vendido otra parcela a los parientes de su padre, la mayoría de la familia vivía en el sector.

Sobre su infancia, Fangio recordaba:

—Cuando éramos chicos y hacía mucho frío, papá armaba un brasero muy práctico. Dentro de un cajón ponía una palangana a la que agregaba cenizas, y sobre las cenizas carbones encendidos. Alrededor de ese cajón, mis hermanos y yo nos calentábamos los pies, mientras papá Loreto nos contaba sus recuerdos, sus aventuras, sus problemas… Mi padre tocaba el bandoneón y cuando corrí en Pescara le traje uno pequeño de 8 bajos. Todo eso quedó para siempre en nuestras mentes… Cuando corrí en Europa pude conocer el pueblo de Castiglione Messer Marino, donde había nacido papá, en los Abruzos. Cuando llegué a la fuente de la plaza que él había descripto, donde la gente iba a buscar agua... donde se lavaba la ropa… donde el burro abrevaba, me pregunté: ¿Cómo salió de su pueblo mi abuelo en 1877?

Un lugar que casi nadie conoce hoy y que me costó encontrar…

Juan Manuel fue creciendo y siempre recordaría que, a los 4 años, sentado en el umbral de su casa, un día vio venir el automóvil de un vecino de apellido Carta y el sonido del motor lo impresionó. Cuando el auto de un solo cilindro se detenía resoplando, allí corrían todos los chicos a empujarlo para ponerlo en marcha nuevamente:

—Nací con el automóvil —diría después Juan Manuel.

Y en efecto, cuando nació hacía un año que se había corrido el primer Gran Premio del ACA entre Buenos Aires y Córdoba, que ganara Juan Cassoulet con un De Dion Bouton. En Europa hacía muy poco que se habían disputado las primeras competencias y aparecían nuevos modelos de automóviles.

En Argentina existían entonces 3396 vehículos entre autos y camiones, y apenas 60 motocicletas.

Al día siguiente de la noche de Reyes, Juan Manuel encontró un auto de carrera en sus zapatos, algo que jamás olvidaría. Toda una premonición.

Comenzó el colegio primario en la Escuela Número 4, ya desaparecida, que estaba ubicada en la calle 13 entre Chacabuco y San Lorenzo, y que dirigía el destacado maestro Melitón Lozano. Ese nombre, como los de Ángela Lozano y María Concaro, Juan nunca los olvidaría. Lozano fue un docente que se hizo querer entre sus alumnos y siempre aconsejaba a Juan Manuel y a sus compañeros José Duffard y Francisco Cavallotti, futuros socios en el taller que montarían al lado de la casa natal de “El Chueco”.

Tal fue el recuerdo y el cariño que despertó Melitón Lozano en ellos que, cuando falleció, colocaron una placa en su memoria en el frente del panteón, ubicado a metros de la entrada principal del cementerio de Balcarce. Allí hoy puede leerse: “Melitón C. Lozano, homenaje de sus ex alumnos Hnos. Fangio, Duffard y F. Cavallotti”.

PRIMER TRABAJO

En 1921, al cumplir el tercer grado, Juan pasó de la Escuela Número 4 a la Escuela Número 1, ubicada frente a la Plaza Libertad, en la esquina de Avenida Uriburu y 18, que contaba con cursos hasta el sexto grado.

En ese colegio se destacó como un buen alumno. Mostró aptitudes para las matemáticas resolviendo rápidamente los problemas que la maestra María R. Silvarinio exponía en el pizarrón, e igualmente cuando llevaba los deberes a su hogar. Siempre obtenía buenas clasificaciones y le agradaba concurrir a la escuela, registrando una excelente asistencia.

Al terminar ese ciclo, los jóvenes de entonces tenían una sola opción para continuar algún estudio o carrera profesional: viajar a la Capital Federal para ingresar a la Escuela de Educación Técnica Nº 1”Otto Krause” o Escuela Industrial, porque en Balcarce y zonas aledañas no existían institutos superiores. De lo contrario, salían a trabajar para ayudar a sus padres o aprendían algún oficio. Su padre le había propuesto a Juan que trabajara con él como albañil, pero esa tarea no lo convencía.

Un día, la señorita Silvarinio, al ver la aplicación al estudio de Juan Manuel y sus buenas calificaciones, lo entusiasmó con la idea de que viajara a Buenos Aires a proseguir sus estudios o a aprender un oficio en la Escuela Industrial:

—Juan, tenés muchas condiciones para estudiar, ¿por qué no les decís a tus padres que te manden a una escuela industrial de Buenos Aires? Allí podés capacitarte y tener un buen trabajo para el futuro...

Juan no dudó un instante:

—No, señorita Silvarinio, yo se lo agradezco, pero quiero quedarme en Balcarce con mis padres y mis amigos. Aquí estoy a gusto y no creo que me vaya a adaptar allá, porque voy a extrañar mucho a mi gente.

Es que Juan disfrutaba de su hogar, del pueblo de Balcarce y de sus amigos, con quienes compartía el fútbol en los potreros. No deseaba en absoluto alejarse de los suyos. Y aunque su padre deseaba que fuera albañil, le buscó otro trabajo. Conocía a Francisco Cerri, propietario de una herrería, quien aceptó que Juan ingresara en su taller mientras finalizaba los estudios primarios. Juan tenía 11 años cuando aprendió los secretos de la fragua, el yunque y el martillo. Allí se arreglaban los numerosos carruajes de la zona, ya que las volantas, los carros y las break eran los medios de transporte más habituales.

Muy pocos automóviles circulaban por entonces en Balcarce y eran propiedad de algunos pudientes. En lo de Cerri se confeccionaban y colocaban herraduras a los caballos. Juan desarrolló muy pronto una de sus grandes virtudes: observar para aprender. Por ello, además de cumplir con sus tareas, decidió elaborar algunas herramientas, entre ellas un machete partiendo de una hoja de elástico, con el objeto de cortar leña, alambres y arbustos.

Juan era un chico muy callado, observador y respetuoso de sus padres. Cuando su madre le servía alguna comida que no le agradaba, no decía nada. Simplemente corría el plato sin protestar. Le encantaba el café con leche, y en general era prudente con las comidas no cometiendo excesos, actitud que sería una constante en su vida.

También era prudente a la hora de divertirse. Cuando deseaba bañarse y aprender a nadar concurría al arroyo Pantanoso, a pocos kilómetros de Balcarce, casi siempre con poca agua y mucho barro, pero menos peligroso. Evitaba ir a las lagunas que formaban las lluvias donde se habían ahogado varios chicos.

Juan estudiaba muy temprano, con “la fresca”, como decía don Loreto. Es que los padres de Fangio siempre inculcaron a sus hijos la cultura del trabajo y el esfuerzo. Por eso Juan Manuel se levantaba a las 4 de la mañana a estudiar, luego iba al colegio y a la tarde, a trabajar en la herrería de Cerri.

APRENDE A MANEJAR

En 1922, Juan, cada vez más entusiasmado con los automóviles que con los carruajes, ingresó como aprendiz al taller mecánico de Capetini, local ubicado en calle 16, entre 11 y 13. Tenía 12 años. Allí comenzó lavando piezas, limpiando el taller y observando atentamente todo lo que se hacía con los automóviles para asimilar conocimientos. Juan estaba feliz en ese taller donde reparaban los primeros automóviles que circulaban por las calles de Balcarce y que casi siempre tenían problemas. La mayoría era de origen europeo.

En el taller había en depósito un Panhard-Levassor del francés Francois Barat, con transmisión a cadena y arranque a manija. El embrague era un cono revestido de cuero ubicado dentro del volante motor. Muchas veces Juan vio ponerlo en marcha y observaba atentamente las maniobras que hacían los mecánicos. Entonces se le ocurrió hacer lo mismo en algún momento oportuno. Juan iba al colegio todos los días, de lunes a sábado, y un domingo decidió poner en marcha el vehículo, con la íntima excusa de que tenía que limpiar el taller.

El enorme automóvil estaba allí, quieto. Juan lo observó algunos minutos en aquel silencioso domingo balcarceño. Dejó la escoba, se paró sobre la manija de arranque y con todo el peso de su cuerpo la impulsó hacia abajo.

El motor del Panhard tosió y luego arrancó. Aquel sonido del motor a explosión le pareció una música celestial. Subió al asiento y colocó la marcha atrás para llevarlo suavemente hasta el portón del fondo, teniendo mucho cuidado al acelerar y embragar porque sabía que el auto podía pegar un salto.

Luego descendía, limpiaba el lugar y nuevamente movía el vehículo hacia adelante al lugar original.

Esta “travesura” la hizo muchos domingos. Mientras, continuaba estudiando y aprendiendo en el taller. La pasión por la mecánica lo absorbía totalmente, y leía asiduamente revistas especializadas en mecánica y deportes.

EL TALLER DE CARLINI Y VIGIANO

Un día Capetini le informó a Juan Manuel que cerraría el taller para instalarse en Buenos Aires, ya que el trabajo escaseaba y en la Capital existían mejores posibilidades. Lo invitó a que lo acompañara, pero al consultar a sus padres, le negaron el permiso. Fangio tomó contacto, entonces, con Rodolfo Carlini, que era corredor de automóviles y representante de la marca Rugby en Balcarce, ubicada a dos cuadras de la Plaza Libertad. Allí comenzó a vivir el ambiente de las competencias automovilísticas. Permanecerá poco más de un año con Carlini y luego ingresará en la agencia Ford de Estévez, a cargo de Guillermo Spain, un excelente mecánico, de quien recibió importantes conocimientos sobre los motores y automóviles. En ese local arreglaban, además, distintas maquinarias agrícolas. Spain deseaba que Juan fuera tornero por su habilidad en este trabajo, pero a él le gustaba más la mecánica. A Spain le gustaba ir al campo a cazar y lo llevaba a Juan para que manejara el camioncito, mientras él disparaba a liebres y vizcachas. Pero estuvo poco tiempo en el taller de Estévez, ya que se le presentó la posibilidad de ingresar al de Miguel Vigiano, el as automovilístico de Balcarce, agente de la marca Studebaker y propietario de un gran local mecánico, ubicado en calle 14 esquina 19.

Juan Manuel entró a trabajar en el taller de Vigiano a los 13 años, con un sueldo de 10 pesos mensuales. Corría el año 1924. Allí aprendió verdaderamente los secretos de la mecánica, viendo trabajar a su patrón en las entrañas de los motores.

Por entonces, ser mecánico y aprender implicaba observar a los expertos que trabajaban en los automóviles, ya que no se daban muchas explicaciones a los jóvenes. Un día Juan intentó armar un magneto solo y, cuando uno de los mecánicos del taller se enteró, recibió un buen puntapié en el trasero por “metido”.

En aquellos antiguos talleres no existían muchos elementos ni maquinarias. El rectificado de una tapa de cilindros se hacía a piedra y los árboles de levas para competir se trabajaban simplemente a lima, para darle el perfil adecuado.

Los días transcurrían y Juan pasó de ayudante a ajustador de motores. Vigiano lo apreciaba viendo su esmero y conducta en el taller.

Un día partieron hacia Buenos Aires a buscar vehículos que luego se venderían o repararían en la zona. Sería su primer viaje a la Capital. Si el tiempo era bueno, lo hacían por la Ruta 2 —que por entonces era de tierra y en días de lluvia algunos sectores eran intransitables— y, antes de Dolores, había que realizar un desvío para llegar a la Ruta 11, por el arroyo de Las Víboras, en Médanos.

Vigiano era un experto en caminos embarrados y Juan observaba cómo su patrón conducía sin tocar el pedal de freno, acelerando suavemente y trabajando con la dirección. Atravesaba los charcos y lagunas en primera y lanzaba el auto con precisión a 70 Km/h, aprovechando el torque del motor. Juan lo imitó y demostró ser tan “barrero” como su patrón.

Al llegar al Río Samborombón vieron que estaba desbordado. Sólo una pasarela de hierro permitía encajar las ruedas del auto para pasar. De lo contrario, había que cruzar directamente por el lecho del río. Un policía los detuvo al borde del río un tanto crecido por el peligro que ello significaba.

Vigiano logró pasar sin inconvenientes, pero cuando el policía vio que Juan Manuel estaba por hacer lo mismo con otro auto, lo detuvo y le dijo a Vigiano:

—El joven no puede pasar... es peligroso...

Vigiano se dirigió al policía y le respondió:

—Si yo pasé, el joven también lo hará sin inconvenientes.

Y así fue. Llegaron a Buenos Aires, cuando todavía se ingresaba por la Avenida Mitre, en Avellaneda, tomando por el empedrado de La Plata a Gerli y por el puente a la Capital. En aquellos viajes Juan Manuel se fue afianzando en el manejo de distintos tipos de automóviles, experimentando mayor seguridad frente al volante. Era muy prudente y sólo realizaba maniobras en las que estaba seguro de no cometer errores.

Cerca de Balcarce existía un vado muy profundo que, cuando llovía, se llenaba de agua y los turistas que iban a Mar del Plata quedaban encajados con sus autos. Muchas veces Fangio los sacaba y cruzaba por un sendero al lado de la alambrada. Y, naturalmente, recibía algunos pesos de propina.

CON CARLOS GARDEL

En Buenos Aires a veces se quedaban unos días para buscar los vehículos y luego regresar a Balcarce. Una noche Juan salió a caminar por las calles del centro y vio mucha gente reunida frente a la salida de un teatro. Curioso, se acercó para ver de qué se trataba.

Escuchó fuertes aplausos. Entre la rueda de curiosos, reconoció al famoso cantante Carlos Gardel, que se retiraba tras una de sus actuaciones.

Gardel, con su sonrisa habitual, comenzó a saludar a las personas y, cuando llegó al sitio donde estaba Juan Manuel, lo miró y le acarició el cabello, como muestra de cariño.

Mientras regresaban en auto de Buenos Aires, Juan le dijo a Vigiano:

—Don Miguel, anoche lo conocí a Carlos Gardel y nunca voy a olvidar el gesto que tuvo conmigo. Que un grande como él me haya saludado y revuelto el pelo con su mano... Me sorprendió.

Juan Manuel quedó impactado de tal forma que comprendió lo que significaba para un niño la actitud de un hombre famoso, gesto que imitaría durante toda su vida, aun en la cúspide de su fama deportiva. Nunca lo olvidaría.

TRAGEDIA

En el taller de Miguel Vigiano trabajaba también Juan Romera, un joven que llegó a ser jefe de taller y que muy pronto simpatizó con Juan Manuel. Incluso lo ayudó en el aprendizaje de algunos aspectos de la mecánica, ya que se había convertido en un experto del armado y ajuste de motores.

Juan Romera tenía 8 hermanos. En horas de la noche y los días feriados, ayudaba a uno de ellos, Ángel, quien estaba al frente de un pequeño taller de cuyos ingresos vivía el resto de la familia.

Cierto día, el patrón invitó a su empleado a una carrera zonal entre Florencio Varela y Mar del Plata, que se correría el 21 y 22 de marzo de 1926. Y Romera, amante del automovilismo, no dudó en aceptar.

Se lanzaron a la ruta por caminos de tierra con profundas huellas y zanjones donde era preciso conducir con cuidado. Cerca de Vivoratá, en una de las curvas, el Studebaker derrapó violentamente y se produjo el vuelco en la cuneta.

Sus ocupantes salieron despedidos. Vigiano resultó ileso, pero Juan Romera fue aplastado por la máquina y falleció instantáneamente.

Un profundo estupor causó esta tragedia. Juan Manuel, a sus 15 años, sufrió así el primer impacto de la muerte en competición de un amigo suyo.

El sepelio congregó a familiares y amigos que lo despidieron en el cementerio de Balcarce. Los días fueron pasando, restañando las heridas, aunque Juan experimentó un profundo vacío por la ausencia definitiva de su amigo y compañero de tareas.

Un día, otro amigo se acercó al taller y le comentó:

—Viste Juan, que Ángel Romera está muy enfermo y ninguno de sus hermanos puede sacar el trabajo del taller que se ha ido acumulando...

Fangio escuchó en silencio y tomó una decisión. Esa misma tarde, al salir de su trabajo, se dirigió al taller de los Romera y les dijo:

—Muchachos, yo los voy a ayudar. Cuando termine en lo de Vigiano, nos juntamos y vamos a tratar de sacar el trabajo atrasado para que ustedes puedan cumplir con los clientes...

Y así lo hizo, durante muchas noches. De esa manera le rindió homenaje a su amigo muerto en la carrera de Florencio Varela-Mar del Plata. Y poco a poco, el trabajo en el taller de Ángel se fue normalizando.

Así era Fangio, solidario con sus amigos en los momentos difíciles, acciones que muchas veces nadie supo porqué realizaba en silencio.

Mientras tanto, Juan seguía jugando al fútbol con sus amigos, destacándose como “insider” derecho. Ingresó primero al Club Ferroviarios y luego a Alem, para recalar finalmente en el Club Atlético Rivadavia con varios de sus amigos, entre ellos Francisco Cavallotti y José Duffard. Allí nació el apodo de “El Chueco”, por su forma de correr con las piernas arqueadas, demostrando una gran velocidad en sus desplazamientos por la cancha.

AYERZA

Visitaba siempre el taller Manuel Ayerza, un joven hacendado de Balcarce que había obtenido el brevet de aviador, lo que en aquellos tiempos representaba una distinción especial por lo arriesgado de esa actividad. Este joven también se dedicaba a competir en carreras automovilísticas zonales con vehículos preparados por Vigiano, trabajando él mismo en los árboles de levas.

En enero de 1927, Miguel Vigiano se anotó para correr el Gran Premio Nacional con Studebaker, acompañado por Manuel Ayerza. En el taller se respiraba aquel ambiente propio de los días previos a los grandes acontecimientos. Colaboraba Juan en la preparación del auto y, como era de suponer, todo aquello lo entusiasmaba, pensando que algún día podría intervenir en alguna carrera.

Vigiano y Ayerza corrieron el Gran Premio entre Morón, Rosario y Córdoba, donde se presentaba lo más granado del automovilismo de entonces. El ganador fue Juan Antonio Gaudino, seguido de París Giannini y Domingo Bucci. En tanto, Vigiano experimentó problemas mecánicos que lo obligaron a desertar.

La carrera fue el tema de conversación durante la semana siguiente en el taller de Vigiano. Juan Manuel, que tenía años, escuchaba atentamente las explicaciones de su patrón en una época donde el automovilismo era toda una aventura llena de riesgos. Por entonces era hincha de París Giannini, que luego se mataría en el Gran Premio de 1929. También admiraba a Domingo Bucci, a quien vería correr en la Costanera de Buenos Aires, en 1932, un año antes de que se matara en el circuito de Arrecifes, y cuando corrió en TC compitiendo con Ricardo Risatti.

DEBUT COMO ACOMPAÑANTE

Manuel Ayerza apreciaba a Juan Manuel Fangio y, como era un estanciero adinerado, no vaciló en regalarle un auto La Salle, 8 cilindros con carrocería de aluminio, para que fuera a visitarlo a su campo. Como se trataba de un vehículo que gastaba mucho combustible, cuando alguien le pedía prestado un auto, le daba ese:

—A los cuatro o cinco días volvían solitos… Lo que consumía de combustible asustaba a cualquiera…

En el taller se respiraba el clima de las competencias. Fangio seguía trabajando con entusiasmo. Una mañana Vigiano, que venía un poco atrasado en los pagos de sueldos (y tal vez con la intención de quedar bien, dado el entusiasmo por el automovilismo de Juan Manuel), le dijo:

—Juan, hay una carrera zonal entre Coronel Vidal y General Guido. Tengo un Chevrolet 28 que voy a alistar para correr. Si querés, te lo doy.

Sorprendido, Juan Manuel aceptó de inmediato. Esa noche le costó conciliar el sueño. Naturalmente, nada le dijo a sus padres ante el temor de que le prohibieran intervenir: era menor de edad, tenía 17 años.

Transcurrieron los días y Vigiano no volvió a hablar del asunto. También veía muy seguido por el taller a Manuel Ayerza, por lo que comenzó a sospechar que algo no andaba bien. Y, en efecto, un día Vigiano cambió de actitud:

—Mirá, Juan, tengo un compromiso con Ayerza. Él va a correr el auto, pero me prometió que va a llevarte de acompañante por si ocurre algún inconveniente mecánico... Así vos podés darle una buena mano.

Juan Manuel comprendió y no protestó. Aceptó, aunque hubiera preferido haber sido el piloto. No obstante, estaba conforme: sería de la partida en una competencia por primera vez.

Ayerza, que naturalmente conocía lo sucedido, le pidió:

—Juan, prepará la caja de herramientas y vamos a Coronel Vidal.

Por entonces, Juan conducía el Ford T de un amigo y con ese auto fueron a Coronel Vidal. Manuel Ayerza era propietario de un campo importante en Balcarce y alternaba las tareas rurales con el automovilismo y la aviación. Solía ir al aeroclub Balcarce una de las primeras instituciones en ser habilitada en los comienzos de la aviación argentina, donde incluso se estableció una escuela de pilotaje en 1920.

Ambos partieron hacia Coronel Vidal, un pueblito pequeño formado por algunas pocas casas diseminadas. El camino estaba embarrado por las últimas lluvias, pero Juan Manuel condujo con habilidad el Ford T. En su casa nada sabían, por supuesto, de esta aventura, aunque sí sus amigos del fútbol.

Una veintena de participantes largaron la carrera de 180 kilómetros, con intervalos de un minuto, para evitar el polvo en suspensión de algunos sectores. Comenzaron a rugir los motores. El corazón de Juan Manuel latía aceleradamente por esta primera incursión en el automovilismo que tanto había soñado. Ayerza y Fangio, a bordo del Chevrolet 28 denominado Campeón, con frenos en las cuatro ruedas, que lucía el número 3 en sus puertas.

Ayerza conducía muy bien y pronto advirtieron que podían estar entre los primeros de la clasificación. Pero, de pronto, notaron problemas con los frenos. Los cuatro eran a cinta y se habían recalentado.

—Paremos. Veré qué puedo hacer —le dijo Juan Manuel a Ayerza.

Bajó del auto y procedió a desconectar los frenos traseros que estaban casi pegados, dejando sólo los delanteros.

Continuaron la marcha. Finalmente arribaron segundos por tiempo, detrás de Suarías, otro amigo de la zona de Balcarce. Juan estaba muy feliz por esta experiencia, la primera en 1929.

Por esa época, el trabajo en el taller de Vigiano comenzó a escasear. Existían más vehículos europeos que americanos y esto motivó que se atrasara en los pagos a sus operarios. Un día apareció con una moto Indian americana y dijo:

—Juan, te debo casi un año… Te doy esta motocicleta como parte de pago.

Juan aceptó. Salieron a probarla hasta Las Nutrias. Juan conducía la motocicleta, Vigiano lo seguía en el auto. Al cabo de unos minutos, Vigiano se la pidió para ver cómo andaba el motor.

Así fue que se montó en la Indian y arrancó, mientras Juan lo seguía en el auto. En una amplia curva, la moto derrapó en la tierra y Vigiano se dio un porrazo impresionante al golpear con una piedra. La motocicleta no servía más, la caja de cambios quedó destrozada...

Con algunos golpes, Vigiano se incorporó y le explicó:

—Estaba acostumbrado a la Harley Davidson, que tiene el acelerador al revés y, al llegar a la curva, en lugar de levantar aceleré y me di la “piña”...

Al poco tiempo, Miguel Vigiano le regaló un enorme automóvil Overland 4 cilindros en reemplazo de la moto. Como el chasis terminaba con los elásticos de punta, Juan decidió cambiarlos por comunes. Además, le sacó la capota, le modificó la suspensión y trabajó en el motor para que tuviera mayor rendimiento. Lo armó como un auto de carrera. Y verdaderamente tenía todo ese aspecto, por lo que lo conducía por las calles y rutas aledañas a Balcarce, satisfecho aunque nunca lo correría.

Con ese automóvil se divertía viajando a pueblos vecinos, yendo a los bailes, paseando con alguna chica o con sus amigos de fútbol.

La crisis de aquellos años comenzaba a hacerse presente en todos los rubros. En lo de Vigiano cada día había menos trabajo. Juan y otros mecánicos tuvieron que dejar sus tareas en ese taller.

ESCAPE

Juan Manuel no aceptaba que sus padres lo mantuvieran. Lo mismo pensaban algunos de sus amigos. Le daba vergüenza depender de sus progenitores y, con esa convicción de hacerse hombre por sí mismo, decidió un día escapar a Mar del Plata en busca de trabajo.

Viajó con dos amigos: Solís y Salgado. Quedaron en que el primero que consiguiera alguna changa o trabajo efectivo debería mantener al resto hasta que consiguieran una colocación. Encontraron una casa abandonada en la zona del puerto marplatense y allí vivieron precariamente, mientras salían a recorrer la ciudad en busca de trabajo.

Juan Manuel fue el primero en conseguir un puesto en un taller mecánico y, de acuerdo a lo convenido, con lo que iba ganando sostenía a sus amigos.

Los días pasaban y los tres, a pesar de la pobreza que los rodeaba en aquella habitación destartalada sin los elementos indispensables, disfrutaban el sabor de la aventura. Pensaban que ya vendrían tiempos mejores.

Una mañana, mientras Juan estaba en el puerto de Mar del Plata viendo los barcos pesqueros que arribaban, observó que un auto se detenía a su lado. Don Loreto y Miguel Vigiano lo habían ido a buscar. El primero, muy apenado, se dirigió a su hijo:

—Juan, ¿por qué te has ido de casa? ¿Hice algo que te haya molestado?

—No, papá. Quise buscar algún trabajo para que no tengas que mantenerme, ya soy grande. Sólo buscaba emprender algo...

—No te preocupes, Juan. Mientras yo viva, la casa de tus padres es la tuya. Ya conseguirás algo más adelante, pero no debes preocupar a tu madre y tampoco a mí. Quiero que regreses conmigo a Balcarce.

Y Juan Manuel regresó a su pueblo, a estrecharse entre los brazos de doña Herminia, cuyas lágrimas y besos ponían fin a la tensión vivida en los días de ausencia. Aunque amaba a todos sus hijos por igual, con Juan tenía una conexión especial.

ENFERMO

Al cumplir 16 años Fangio enfermó. El médico Raúl Melazo pronosticó pleuresía, una enfermedad difícil de curar, porque en aquellos tiempos no existía la penicilina ni antibióticos. Se trataba de la pleuresía seca. Además era un paso previo a la tuberculosis. Sólo el descanso y una buena dieta podrían curarlo. Durante casi un año Juan Manuel estuvo en cama, atendido solícitamente por su madre, quien con Tricalcine y otros medicamentos, sumado a una dieta adecuada, veía cómo día a día su hijo iba mejorando. Pero fue un año muy duro. Tuvo la enorme satisfacción de ser visitado siempre por sus amigos que trataban de entretenerlo y ayudarlo a superar el trance. Su hermano “Toto” recordaba:

—Nuestra madre lloraba constantemente. No lo dejaba un instante...

Creía que Juan no podría curarse, pero felizmente fue mejorando de a poco... Los amigos se portaron muy bien y se turnaban para visitarlo y entretenerlo... Fueron meses muy difíciles, pero Juan, con absoluta convicción, pasó el trago amargo e hizo todo lo que le decían mis padres para sanarse.

Cuando el médico Raúl Melazo consideró que ya no era necesaria su presencia en la casa ante la mejoría de Juan Manuel, don Loreto le preguntó cuánto le debía, a lo que el doctor contestó:

—Faltaba más, estamos a mano.

—¿Cómo a mano? —inquirió Loreto.

—¡Es claro, mi amigo! Yo soy el médico de Juan Manuel. ¿Pero acaso él no es el médico de mi auto?

Finalmente Juan se recuperó. Volvió a su pasión: el fútbol. Pero habían quedado secuelas de la enfermedad. Cuando jugaba y corría la pelota, sentía un fuerte dolor en el pecho.

En otra oportunidad, a Juan se le ocurrió practicar boxeo en un gimnasio de Balcarce, pero muy pronto advirtió que no había nacido para ese deporte. Todo terminó un día en que don Loreto estaba trabajando en una obra, sobre un andamio, al lado del gimnasio. El rival de Juan en la sesión de boxeo le dijo:

—Mirá, Juan, ahí está tu papá.

Y al girar la cabeza, Fangio recibió un tremendo castañazo que lo durmió. Definitivamente, la práctica del boxeo no era para él. Y nunca más concurrió a aquel gimnasio a practicar ese deporte.

EL FÚTBOL

Desde el año 1928, Juan Manuel y varios de sus amigos jugaron al fútbol en clubes de Balcarce. Primero en el Club Alem, luego en Ferroviarios y Mitre hasta pasar al Club Atlético Rivadavia, una de las entidades más importantes de Balcarce.

Corría 1934 y Fangio jugaba en el Club “Leandro N. Alem”, cuyo presidente era un joven pastelero llamado Manuel Moreno que no tenía familia y vivía solo. Siempre agasajaba a los muchachos del equipo después de cada partido con un paquete de masas en la pieza que habitaba, donde se realizaban interminables tertulias. Pero este joven se vio envuelto en una refriega política y fue detenido. Entonces la barra fue a ver a Hortensio Miguens, un caudillo conservador de aquellos tiempos, y consiguieron que lo dejaran en libertad con la condición de que abandonara Balcarce.

Moreno decidió ir a Mar del Plata, y Fangio y sus amigos cargaron todas sus cosas en un camión y lo acompañaron a esa ciudad, donde consiguió trabajo inmediatamente. Pero meses después, en una discusión política, resultó muerto. Sorprendidos y conmocionados, al enterarse de la noticia, sus amigos se trasladaron a Mar del Plata para organizar y pagar el entierro, ya que Moreno no tenía familia. De regreso trajeron su auto, un Chevrolet Campeón modelo 29 y, como nadie lo reclamó, pasó a ser de la barra para salir a pasear e ir a los bailes. Recordaba Fangio:

“Me gustaba el fútbol y todos teníamos una gran pasión. Recuerdo a uno que para venir a jugar un partido caminó cuarenta y cinco kilómetros desde el campo donde trabajaba sacando papas”.

En aquellos tiempos la juventud tenía muy poco para divertirse. Salir a bailar, a jugar o ver fútbol o ir a algún velorio sólo para reunirse. Las travesuras eran frecuentes y, a veces, peligrosas. Si uno quería enterarse de los chimentos del pueblo, nada mejor que hacerlo en la peluquería donde salía todo a relucir, recordaría Juan con el tiempo.

Tampoco faltaron los inicios en nuevas sensaciones juveniles en los ranchos aledaños. Sin contar la vez que Juan tuvo que saltar una tapia para escapar, cuando fue a visitar a una muchacha y los padres regresaron antes de lo esperado…

En una oportunidad Juan fue a Tandil a visitar a una noviecita que estudiaba allí. Lo hizo con un Rugby cuya carrocería la había construido Carlini en aluminio, pero como llovió y los caminos eran de tierra, se tuvo que quedar tres días en Tandil y sin dinero. Aquel romance terminó al ingresar al servicio militar.

EL TANGO

—El tango es la música que más me gusta. El tango en su letra habla de las cosas que pasaron en la vida… —comentaba Fangio, un entusiasta de nuestra música ciudadana. Y, además, lo bailaba muy bien. Su afición al tango nació en su juventud cuando conoció a Felix Giaccio, un bandoneonista consagrado que era cuñado de su amigo Rezusta, Comisionado Municipal.

—Por aquellos años, en Balcarce había un fuerte movimiento tanguero. Los bailes constituían la única diversión y los más frecuentes, eran en casas de familia, preferentemente en los cumpleaños o casamientos. Bailar era todo un arte. Y las muchachas se disputaban a los bailarines más habilidosos.

Había otros bailes que eran exclusivamente de sociedad, donde unos llevaban masitas, otros bebidas; allí confraternizábamos como vecinos y amigos, pero también surgían relaciones, simpatías y noviazgos.

Mi músico preferido fue siempre Félix Giaccio. En fiestas de clubes cobraba algunos pesos pero, tratándose de amigos, jamás cobró, ni dejó a los muchachos sin bailar. Cuando yo tenía 14 años conocí en el cine-teatro Mitre (calle 17, esquina 16) al amigo de Giaccio y gran violinista, autor del tango “Elegante Papirusa” inspirado en la señorita Blanca Rezusta, que después sería la señora de Giaccio. Me refiero al violinista “Tito” Roccatagliata, de quien conservo un profundo recuerdo.

Corría el año 1925. Roccatagliata volvía a Balcarce a descansar, pero al dar una serenata a una señorita del lugar, según se dice, fue obligado a dejar Balcarce por el Comisario que incluso lo acompañó hasta la estación de trenes. El músico fallecería poco después.

LA MUERTE DE AYERZA

Se anunciaba una competencia zonal de 250 kilómetros en el circuito de tierra de La Chata, ubicado frente al aeroclub Balcarce, de 12300 metros, que partía de Ruta Provincial 66 a Necochea. Se disputaría el 12 de octubre de 1931.

José Brujas Font, quien luego sería cuñado de Juan Manuel, era propietario de un hermoso Plymouth modelo 1929 y decidió ser de la partida, invitándolo a que lo acompañara, lo que naturalmente aceptó.

Estarían presentes Manuel Ayerza, acompañado de Horacio Vigiano, hermano de Miguel (Chevrolet), Luis Finochietti (Ford A) otro amigo de Juan Manuel, Alberto Zaldúa con José Cordonier (Ford A), Reynaldo Arévalo, entre otros destacados volantes de la zona.

La noche anterior a la carrera el hermano de Brujas Font salió a pasear con una chica de Balcarce en el Plymouth, pero cayó a una zanja torciendo el diferencial. Resolvió no decir nada a su hermano y guardó el auto en el taller.

Iniciada la carrera, en medio de la polvareda que dejaban la máquinas, Luis Finochietti acompañado de Héctor Barragán tomaron la punta con su Ford A.

José Brujas Font advirtió una rara vibración en el árbol de mando y problemas con un caño de combustible, debiendo detenerse en varias oportunidades para solucionar la pérdida, situación que los retrasó en la clasificación.

En tanto, Manuel Ayerza venía a fondo con su Chevrolet número 2, cuando en el sector llamado de Los Pinos, se encontró con una enorme piedra. No pudo esquivarla y la rueda delantera que era de rayos de madera se desgranó, produciéndose el vuelco, y Ayerza y Horacio Vigiano salieron despedidos.

La máquina dio cuatro tumbos quedando en posición normal sobre el pasto de la banquina. Horacio, ileso, corrió a auxiliar a su amigo quien había sufrido algunos golpes y lastimaduras al ser tocado por la máquina.

—No es nada, Horacio, no me pasó nada —le dijo Ayerza a su acompañante.

Pero era evidente que no estaba bien y otro corredor, Miguel Zuviri, llevó a los accidentados al hospital de Balcarce.

Ayerza fue internado en observación mientras que Horacio Vigiano fue dado de alta.

En tanto, Luis Finochietti (Ford A) cruzaba la meta adjudicándose la carrera.

Dos días después, o sea el 14 de octubre, sus amigos visitaron a Ayerza en el hospital, quien dialogó aparentando encontrarse bien de salud. Pero los médicos no estaban conformes con su estado y decidieron esperar un poco más antes de darle el alta, según destacó el diario El Liberal de Balcarce.

Pero el día 18 su salud se agravó y los médicos comprobaron que tenía golpes internos que produjeron una intensa hemorragia y, al día siguiente, Manuel Ayerza falleció a los 37 años de edad. Sus amigos, entre ellos Juan Manuel Fangio, acompañaron sus restos hasta su última morada en el cementerio de Balcarce. Esa tumba se encuentra hoy semiabandonada, ya que fallecieron todos sus familiares.

EL SERVICIO MILITAR

En febrero de 1932, Juan Manuel Fangio (L.E 2.467.276) debía cumplir con el servicio militar obligatorio, al resultar apto en la revisión médica, lo que significó una gran alegría al comprobar que la pleuresía no había dejado huellas en su físico. Fue destinado al Sexto Regimiento de Artillería de Campo de Mayo. Esta unidad contaba con 6 baterías de 90 soldados cada una que sumaban unos 500 hombres en total. Fangio fue destinado a la segunda batería.

Vecina a la Escuela de Artillería estaba la Escuela de Infantería, al frente la de Caballería y, a unos 300 metros, la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral.

A los pocos días de ingresar, Fangio formó su grupo de amigos entre los que estaban Pedro Noé King (“El Japonés”), cuyo abuelo fue el primer nipón que llegó a la Argentina, el “Vasco” Apesteguía, Sandoval —a quien salvaría de morir ahogado—, el riocuartense Luyán que era boxeador, otro soldado también de apellido Sandoval oriundo de Campana y Garat, de Chivilcoy. Para ellos, Juan era simplemente “El Chueco” Fangio. Noé King, periodista y profesor de inglés radicado en Córdoba, me contó anécdotas de aquellos tiempos, mostrándome fotos y documentación.

El Teniente Coronel Benjamín Menéndez era director de la Escuela de Artillería, secundado por el Comandante de la Cuarta Batería Capitán Quevedo y el Comandante del Grupo Antiaéreo Mayor Ingeniero Julio A. Chechi.

Otros jefes, algunos con sus apodos impuestos por los soldados, eran el Teniente Primero De la Serna, Teniente Primero Lacombe y el Subteniente Sosa (“Pingüino”, por la forma de mover la cabeza de un lado a otro).

Como suboficiales estaban el Sargento Romero (“Papel de Lija”, por lo duro), el Sargento Mondino (“Pozo sin Fondo”, por su permanente ingesta de salames en la cantina) y el Cabo Primero Lorenzo (“Montaña Rusa”, por su manera de caminar). En materia de apodos, no se salvaba nadie.

El Teniente Primero Lacombe muy pronto comenzó a apreciar a Fangio, nombrándolo caballerizo, es decir, a cargo de la atención de su caballo.

En algunos casos, también guiaba el automóvil del Jefe de la Escuela, por sus conocimientos de mecánica y porque sabía conducir correctamente.

Noé King recordaba así el paso de Fangio por Campo de Mayo:

—Su humildad, sencillez, su vocación solidaria y su afición indeclinable a los “fierros” y al fútbol, fueron detonantes casi exclusivos para ganarse la simpatía de sus camaradas.

En verdad Fangio se hizo querer por todos. Con algunos de aquellos compañeros realizaba esporádicas salidas subrepticias nocturnas, a través de un agujero en el alambrado perimetral del cuartel, ya sea para ir a bailar a San Miguel o a bañarse en el río Las Conchas, que tenía sectores muy peligrosos pero al menos permitía mitigar el calor.

Precisamente, en ese río Fangio protagonizó un bello gesto, en una noche que pudo ser fatal para un compañero de andanzas. Sucedió cuando, en una de esas noches calurosas de verano, el grupo de soldados amigos fue a bañarse en el río.

Casi ninguno sabía nadar bien, pero se metían igual al agua, bajo la luz de la luna, para mitigar las altas temperaturas.

Los jóvenes conscriptos ingresaron al agua, tras lo cual Fangio regresó a la costa para descansar unos minutos cuando escuchó los gritos de Sandoval que había quedado encajado en unas ramas acuáticas del fondo del río, y en su desesperación se hundía cada vez más. Fangio, que en realidad no sabía nadar bien, no lo dudó: se arrojó al agua y logró rescatar a su compañero.

El gesto de Fangio fue muy valorado por sus compañeros que cada día apreciaban más su comportamiento con ellos.

En otra oportunidad, escuchó cuando Sandoval le contaba a Noé King que tenía su madre muy enferma en Campana y no tenía dinero para viajar a verla. Juan se acercó a Sandoval y, sacando del bolsillo tres pesos, le dijo:

—Tomá, Sandoval, aquí tenés para que viajes a Campana a ver a tu madre… y sin devolución.

—Pero Juan —replicó Sandoval— es el único dinero que tenés y a vos te hace falta para ir a Balcarce a ver a tu madre.

—No te preocupes, mi madre está bien y la puedo ver otro fin de semana; en cambio, la tuya está enferma y es importante que vayas a acompañarla.

La vida en el cuartel transcurría con la adecuada instrucción militar y ejercicios de tiro en Don Torcuato. Fangio mostraba su carácter reservado, muy reflexivo, buen compañero y siempre dispuesto a cumplir las órdenes de sus jefes.

Pero no faltaban las travesuras de los jóvenes soldados y algunas noches el Sargento Romero, haciendo honor su apodo de “Papel de Lija”, al escuchar ruidos extraños en la cuadra, los sacaba a “pasear” por el patio, cuerpo a tierra. Además de la instrucción militar del cuartel, Fangio jugaba al fútbol, demostrando su habilidad junto al “Polilla” Pardal, con quien se entendía muy bien en la cancha.

Por su buen comportamiento, a veces el Teniente Primero Lacombe le daba algunos días extras de franco para que pudiera ir a Balcarce a ver a su familia y amigos. La mayoría de las veces se quedaba en Buenos Aires, donde iba a la casa de una tía en Chacarita:

—Vestido de conscripto tomaba el tranvía por la parte de adelante y no pagaba boleto, o iba de Campo de Mayo a Chacarita donde vivía mi tía cuando me daban franco, los fines de semana. Volver a Balcarce era muy caro. Nunca pisé la cantina del cuartel. No tenía plata. Estuve trece meses y ocho días en el servicio militar que me enseñó a valorar la familia… a respetar a la gente…

Una mañana, el Sargento Primero Romero le ordenó a “El Vasco” Apezteguía que buscara una escalera para sacar del techo de un galpón los nidos de pichones de gorrión que estaban haciendo agujeros. “El Vasco” cumplió la orden y subió por la escalera, tomando a los pichones para matarlos, apretándolos con sus manos.

En ese momento pasó Fangio, llevando de las riendas al caballo de Lacombe y, al observar a través del portón la cruel escena, se indignó. Entonces, sin dudarlo, ató las riendas del caballo a las patas de la escalera y le dio una palmadita al equino que avanzó, arrastrándola. Apezteguía se dio un porrazo impresionante, quedando tendido en el piso, desde donde increpó a Fangio:

—¿Sos loco vos?, ¿sabés cómo me duele el cuerpo?

A lo que Fangio le contestó:

—Esto es para que te des cuenta que así le duele también a los pichones.

Y continuó su camino, llevando de las riendas al caballo del jefe a la cuadra.

EL GOL DE LA VICTORIA

Se avecinaba la final del torneo militar de fútbol y, para ganar el Trofeo Challenger, el equipo de la Escuela de Artillería en el que jugaba Fangio tenía que acreditarse el campeonato durante tres años seguidos, y ya lo habían ganado dos veces en forma consecutiva.

Sus adversarios, la Escuela de Suboficiales, lo había ganado cuatro veces en forma alternada, y también podían acreditarse la copa si obtenían el campeonato por quinta vez. La expectativa era impresionante.

El match, pese a las recomendaciones de los oficiales, se jugó con nerviosismo y brusquedad. A poco de iniciarse, Fangio resultó lesionado en un encontronazo, pero continuó jugando, soportando el dolor en una de sus piernas.

El primer tiempo terminó cero a cero, y en el segundo, pese a los intentos de ambos bandos por anotar un tanto, las defensas se mostraron muy activas, impidiendo el avance de la delantera contraria.

Faltaban pocos minutos para finalizar el encuentro, cuando una pelota enviada por el “Polilla” Pardal llegó a los pies de “El Chueco” y este, haciendo valer la velocidad de sus piernas, dejó atrás a uno de sus rivales, esquivó a otro defensor, pateó con fuerza hacia el arco y... ¡gol!

Fue el único gol. El de la victoria. Soldados y oficiales de la Escuela de Artillería estallaron de alegría, invadiendo la cancha al terminar el encuentro, llevando en andas a Juan Manuel. La Escuela de Artillería recibió el preciado Trofeo al imponerse por tres años consecutivos. En aquellos días, Juan Manuel Fangio fue la figura más popular de Campo de Mayo.

SU PRIMER TALLER

Culminado el servicio militar, Fangio integraba el grupo de los que salían anticipadamente por su buen desempeño y se despidió de los compañeros que aún se quedarían unos meses más, como era el caso de Noé King, con quien se estrechó en un largo abrazo prometiendo que volverían a verse. Así sucedió en varias oportunidades, recordando aquellos tiempos. Noé King, futuro profesor de inglés y periodista de La Voz del Interior, tuvo la suerte de llegar a los 100 años en 2011, en perfecto estado de salud.

Fangio volvió a Balcarce con 10 kilos de más, acumulados en Campo de Mayo. Corría 1933. Nuevamente en su hogar y a jugar al fútbol con sus amigos, pero siempre pensando en encarar algún trabajo.

Con sus conocimientos de mecánica comenzó reparando algunos autos de amigos en la calle, frente a su casa, y también de algunos vecinos que comprobaban la eficiencia en sus trabajos. Y así juntaba unos pesos… Un día recibió una oferta para ir a jugar al fútbol en una institución de Mar del Plata junto a su amigo José Duffard, quien también se destacaba en ese deporte.

Pensó en aceptar el ofrecimiento ya que en Balcarce tenía muy poco campo de acción, pese a haber integrado la liga del pueblo. Al enterarse la barra de amigos, y con el objetivo de que no se fueran de Balcarce dejando el equipo de fútbol, le dijeron a ambos:

—¿Por qué no ponen un taller aquí en Balcarce? Nosotros los ayudamos…

Juan y José Duffard aceptaron la propuesta de sus amigos. Pero, ¿dónde? Y ahí fue que, al enterarse don Loreto de la inquietud de los amigos de su hijo, les ofreció un terreno colindante con su casa en la calle 13, número 321.

Finalmente se decidieron y pusieron manos a la obra. Frente a la calle diseñaron el taller. Un amigo de fútbol que era albañil levantó las paredes, otro que sabía de carpintería colocó unos maderos en el techo, que aseguraron con largueros de un chasis de camión. Pero faltaban las chapas.

—¿Dónde las conseguimos? —preguntó Duffard.

Y uno respondió:

—En el campo hay una casa abandonada, pero dicen que está embrujada y que hay fantasmas... Allí podemos conseguir las chapas…

Pidieron un camioncito prestado y Juan Manuel, por las dudas, se colocó una vieja escopeta al hombro, por si aparecía algún “fantasma”, intimidarlo. Una manera de darse un poco de valor. Esa noche partieron hacia el campo en busca de la casa. Se acercaron con sigilo y abrieron un portón, con mucho temor. Recorrieron la vieja casa alumbrando con la linterna el techo de chapas para elegir las que estaban en mejores condiciones y luego sacarlas una por una.

De pronto sintieron unos pasos y todos quedaron petrificados. Juan comenzó a acariciar su escopeta. Vieron acercarse a un linyera con un farolito en la mano y volvieron a respirar, mientras Juan bajaba la escopeta que ya tenía preparada. El hombre también andaba en busca de chapas para su rancho y tras “presentarse”, los ayudó a desmantelarlas del techo. Y se haría amigo del grupo, visitándolos muchas veces en el taller. Las chapas acanaladas eran ideales para el techo del futuro local mecánico. Así que las cargaron en la chata y volvieron a Balcarce para completar el trabajo.

A la fosa la cavaron Fangio y Duffard a pura pala, y sólo quedaba adquirir las herramientas. Entonces el grupo se las ingenió para juntar 80 pesos y ya estaban en condiciones para iniciar el nuevo emprendimiento.

El taller se llamaría “Fangio, Duffard y Cía.” desde que llegó a la sociedad Francisco Cavallotti, tenedor de libros que trabajaba en el escritorio de la agencia Rugby Carlini, donde también estuvo Juan algún tiempo.

Al principio, la contabilidad la llevaban en una libreta con tapas de hule que daban los almaceneros para que los clientes anotaran sus retiros, hasta que Cavallotti se hizo cargo de las cuentas. Cuando todo estuvo terminado, quedaron a la espera del primer cliente.

Una mañana, mientras conversaban en la puerta del taller, Duffard miró hacia la calle 13 y vio venir un camión:

— Mirá, Juan, es Tadeo y viene para acá.

Efectivamente, era el joven Tadeo que necesitaba cambiar el embrague a su camión Manchester. Los socios pusieron manos a la obra y remacharon ellos mismos un nuevo forro de embrague. En aquellos tiempos se reparaban todas las piezas posibles como amortiguadores, elásticos, ruedas, frenos, punta de ejes, embrague y el rectificado de los cilindros se hacía a mano.

Aquel primer trabajo lo cobraron cinco pesos por la mano de obra.

Pronto comenzaron a llegar los clientes en forma directa o por recomendaciones. La actividad fue aumentando y muchas noches, en lugar de salir a bailar, debieron quedarse para cumplir con algún cliente apurado.