El poder del amor - Carolina Noir - E-Book

El poder del amor E-Book

Carolina Noir

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Beschreibung

Cuando la vida que nos ha tocado vivir está plagada de dificultades, angustia, miedo y dolor, ¿es posible salir adelante a pesar de los peores pronósticos? En una crónica detallada de los episodios de su vida, la autora ha puesto en palabras cada una de sus vivencias y comparte dónde encontró la fuerza para poder atravesar y enfrentar las dificultades, incluso aquellas en las que todos los pronósticos indicaban que no iba a sobrevivir. Con un mensaje cargado de esperanza, nos relata cómo, a pesar del dolor, podemos encontrar en el amor de los nuestros y en la fe la fortaleza que necesitamos para aceptar lo que nos toca y salir adelante.

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Seitenzahl: 539

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Noir, Ana Carolina

El poder del amor / Ana Carolina Noir. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.

430 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-989-6

1. Autobiografías. 2. Biografías. I. Título.

CDD 808.8035

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2024. Noir, Ana Carolina

© 2024. Tinta Libre Ediciones

Prólogo

La vida es un camino que, paso a paso, tenemos que recorrer, en el que todos tenemos algo para dar y mucho por recibir. Para lograrlo, debemos avanzar con firmeza y aplomo, superando obstáculos y concentrándonos en llegar a la meta. Porque vivir es siempre un reto.

En este libro, he intentado contarles mis vivencias y el proceso que debí enfrentar para encontrar, en cada una de ellas, una nueva razón para seguir adelante.

Quiero agradecer a todos esos ángeles que se cruzaron por mi camino durante estos cuarenta y ocho años que llevo de vida, quienes me ayudaron a que este viaje fuera más sencillo. Amigos, médicos, personas conocidas de la vida, compañeros, maestras, sacerdotes y, muy especialmente, toda mi familia; ellos, mi sostén, mi amparo y refugio. La razón y el motivo de mi existir. A todos aquellos quienes, de alguna u otra forma, me acompañaron a llegar, me ayudaron a resistir y a salir adelante.

¡A todos, gracias, siempre!

Introducción

Caminar, tropezar, caer, levantarse, recuperarse para seguir adelante y superar las adversidades es algo muy fácil de decir y realmente difícil de hacer, pero solo de eso se trata. Disfrutar de los momentos buenos y saber aceptar los malos es una lección que tarde o temprano todos logramos aprender.

La historia que les quiero contar está llena de preguntas y apenas unas pocas respuestas que, con el tiempo, he ido encontrando. En ella van a conocer la crónica de la relación de una pareja de adolescentes que se enamora en los años noventa. Ambos comienzan a transitar la vida juntos, sin saber que el destino les tiene preparado un camino borrascoso, colmado de pruebas y desafíos que irán enfrentando juntos y en los que el amor siempre será la clave de todo.

El proceso de terminar el colegio y comenzar la universidad lejos de casa, la muerte de los padres y tener que enfrentar la vida por sí mismo, la caída de las Torres Gemelas que obligó a cambiar el rumbo, los problemas sociales y la crisis argentina de diciembre de 2001 y, enseguida, la llegada de los hijos. Pero, cuando todo parecía haber encontrado su camino, los esperaba una tormenta marcada por la enfermedad, el dolor, la angustia y una crisis en la pareja. Y al final vendría la gran batalla, a la que nadie creía que yo podría sobrevivir.

Mi vida se ha debatido entre estos momentos de felicidad y muchos otros llenos de tristeza y miedo. Cada prueba que me tocó enfrentar ha construido la persona que soy. Por eso me atrevo a relatar mi experiencia y, tal vez, ayudar a quien esté transitando un momento difícil y no encuentre la salida. Porque todas las vidas son complicadas, todos atravesamos situaciones duras y dolorosas. Pero no debemos olvidar que la vida no es el destino; la vida es el camino.

El libro está dividido en doce partes, y en cada una de ellas he relatado las diferentes etapas que fueron marcando mi travesía. Cada parte tiene varios capítulos que llevan el nombre y, además, contienen incorporada la letra de una canción de Coldplay, la banda de rock británica formada en Londres en 1997 por cuatro compañeros de la universidad que no dudaron en perseguir sus sueños. Chris Martin, su vocalista, es alguien a quien admiro profundamente por su forma de ser, de vivir, de sentir y transmitir con toda certeza que el poder del amor es infinito. Muchos creemos que su música y las letras de sus canciones pueden sanar el alma, y yo me siento atravesada por ellas. Porque la música actúa como una llave mágica y, ante ella, hasta el corazón más cerrado se abre. He dejado el código QR de cada una de las canciones para que lean mientras las escuchan y así hagan vibrar sus corazones.

Ojalá que en cada uno de nuestros días intentemos hacer el bien, que vivamos siempre en la búsqueda de ser mejores personas y que el amor nos guíe para que lleguemos al destino que todos soñamos.

Gracias por leerme.

Carolina

El poder del amor

Primera parte

Creciendo

Capítulo 1

Magia

Magic

Caía el sol y empezaba a oscurecer en Concordia, una ciudad de la provincia de Entre Ríos, al noreste de Argentina. Una fría y húmeda tarde de sábado, el 20 de julio de 1991, nos había reunido. Estábamos en la vereda de Garage esperando que salieran los encargados de las relaciones públicas de la disco para entregar invitaciones free.

Éramos siete amigas y compañeras de colegio, cursábamos el tercer año de secundaria en el colegio Capuchinos. Algunas íbamos desde el jardín de infantes; otras nos habíamos ido encontrando con el correr de los años. Mis mejores amigas eran Agustina y Margarita. Más tarde llegó Laura, que venía de otro colegio.

Con Agus nos conocimos en salita de tres años y, desde el día en que nos vimos por primera vez, nos sentamos juntas, ella siempre a la derecha. Así transitamos los quince años de colegio: pasábamos de grado, de año, cambiábamos de aulas y horarios, pero siempre estábamos unidas. Alegre, osada y segura de sí misma, ella era el complemento perfecto para mi timidez y mi inseguridad. No había secretos entre nosotras, solo lealtad y amistad.

En la secundaria, se sumó Marga: confidente, compinche y cómplice de cada nueva aventura. Tímida, casi tanto como yo, y muy introvertida. Y Laura, una persona llena de paz y de sentimientos nobles que me cautivó.

Los días previos a una salida, la ilusión era inmensa. Teníamos pendiente organizar cada detalle. No existían los celulares ni las redes sociales, todo se hablaba en el colegio. Pedir permiso para salir a bailar, saber cuántas iríamos, a qué hora, en la casa de quién nos encontraríamos, quién nos llevaría y con quién íbamos a volver; todo aquello era un proceso que nos demandaba tiempo y ansiedad, que se transformaba en verdadera emoción cuando llegaba el esperado sábado. Esta vez, todas lo habíamos conseguido: teníamos permiso para ir a bailar.

Garage era una disco que quedaba en el centro de la ciudad. Un lugar pequeño, pero donde se generaba un clima increíble. Todas las tardes-noches de los sábados, se reunían muchos adolescentes en la puerta a esperar que repartieran algunos pases para la noche. Nosotras conseguimos las entradas y, luego de compartir un rato, fuimos a prepararnos para la salida.

Cerca de las 22 h, nos reunimos en la casa de Agustina. Su papá nos llevó hasta la casa de Albert, que quedaba a dos cuadras de Garage y, cuando estuvimos todas, partimos caminando juntas.

En la puerta esperaban Tito y Cristian recibiendo las entradas que esa misma tarde nos habían regalado. Eran unas enormes tarjetas de cartulina que se imprimían cada semana con diferentes colores y en las que decía cuál era la temática de esa noche. Podía ser una fiesta especial o una noche organizada por algún colegio para recaudar dinero.

Nosotras entramos temprano, alrededor de las 23 h. La mayoría llegaba pasada la medianoche, así que solo había algunos pocos adentro. La música sonaba baja, los clásicos se escuchaban suaves de fondo: Roxette, Bon Jovi, INXS, U2, Guns & Roses y muchos más. Poco a poco, empezó a entrar la gente y, llegada la hora prevista, comenzaron a moverse las luces, subió el volumen, la voz del DJ nos dio la bienvenida y todo explotó marcando el inicio.

Estaba de moda que las chicas bailaran en una ronda y los chicos miraran desde afuera de la pista. Nosotras bailábamos desconectadas de lo que sucedía. Habían pasado unos cuantos temas cuando sentí que alguien me tocaba el hombro. Giré mi cabeza sin entender qué pasaba y él estaba ahí: era Nicolás.

Unas semanas atrás, Agustina había venido hasta mi casa en el ciclomotor rojo que le habían regalado para su cumpleaños de quince. No estaba sola; venía con Fernanda, una amiga suya del club Regatas. Aquel era el lugar donde se reunían los fines de semana a pasar las tardes con familiares y amigos.

El motivo de la visita era poder pasar por la casa de alguien a quien yo conocía solo de nombre, de quien había oído hablar varias veces y que vivía a tres cuadras. Estuvieron unos minutos y partieron con rumbo seguro a pasar por su vereda, con la esperanza de verlo.

Esa noche, él estaba ahí, parado frente a mí. Solo verlo fue suficiente para reconocerlo. Morocho, alto, con ojos grandes y largas pestañas. De rasgos fuertes y una enorme sonrisa que me encandiló. Lo miré y pensé: «¡Qué lindo es!». Él sonrió y dijo:

—¿Querés bailar?

De repente, sentí una explosión de sensaciones en mi estómago: nervios, emoción y vergüenza que, a la velocidad de la luz, se trasladaron a mi rostro; en ese mismo instante, supe que estaba colorada, mis mejillas ardían de calor. Siempre me pasaba lo mismo, no podía controlarlo. Pero me di cuenta de que, con la poca luz que había, él no lo notaría.

Yo, extremadamente tímida, insegura y absolutamente carente de autoestima, no lo podía creer. Alta, delgada, de pelo castaño y lacio, y ojos verdes. Libriana, indecisa y siempre enamorada del amor. Sin pensarlo más, le dije:

—¡Bueno!

Comenzamos a bailar y, como podíamos, por el volumen alto de la música, intentábamos hablar. La charla no era muy fluida y las preguntas clásicas pretendían romper el hielo:

—¿De qué signo sos? ¿Qué música te gusta? ¿Dónde vivís? ¿A qué colegio vas?

Con el correr de los temas, nos fuimos sintiendo más cómodos y surgieron más charlas, más risas y complicidad. Las demás chicas nos miraban sorprendidas mientras nosotros disfrutábamos de estar juntos.

El tiempo volaba, y yo solo pensaba en cómo podía guardar todos esos momentos en mi mente y en mi corazón. Las canciones fueron sonando una tras otra, marcando el paso de las horas.

De repente, todos empezaron a irse de la pista. Habían comenzado los temas lentos y solo unos pocos se animaban a seguir bailando: algunos que ya eran novios y otros que, quizás sin saberlo, lo estaban intentando. Entonces un escalofrío corrió por mi espalda y pensé: «¿Ahora qué hacemos?».

Él estiró sus brazos y rodeó mi cintura; me encantó que lo hiciera sin consultar, porque solo quería seguir a su lado. Subí los míos y puse mis manos en sus hombros, manteniendo una pequeña distancia.

Estábamos disfrutando abrazados y, en ese instante de magia, sin darme cuenta, sin esperarlo, yo me estaba enamorando. Mientras tanto, pensaba: «Llámalo magia, llámalo realidad, yo lo llamo magia cuando estoy con vos».

Pero, como en todo cuento de hadas, tarde o temprano la carroza se convierte en calabaza; la noche tenía un tiempo de término. Llegada la hora acordada, cerca de las 5 h, las chicas empezaron a hacerme señas: habían venido a buscarnos. Entonces, muy a mi pesar, me acerqué y le dije al oído:

—Nos vinieron a buscar, me tengo que ir.

Él me miró a los ojos y sentí que no quería que me fuera. Me dio un beso en la mejilla y dijo:

—¡Nos vemos!

Nos despedimos y fui con las chicas. Salimos todas juntas y subimos al auto del hermano de Caro, que nos estaba esperando estacionado cerca de la puerta. Mi cabeza volaba, mi corazón latía fuerte y las chicas me preguntaban sin cesar qué había pasado, qué me había dicho. Intentando bajar de una nube de ilusión, simplemente les dije que me había enamorado.

El primer destino fue la casa de la Nana, mi abuela materna, que estaba en el centro. Me quedaba a dormir con ellos las noches en que salíamos porque mi casa estaba en las afueras, cerca del río. No habíamos parado de hablar, gritar y reír en todo el camino. Pero, habiendo llegado, tenía que bajar, así que me despedí de las chicas y fui a dormir.

Mi corazón seguía latiendo y mi imaginación volaba queriendo revivir cada instante. Una y otra vez, me preguntaba si de verdad había pasado todo eso o me lo había imaginado. Y no, es verdad.

Unas horas más tarde, al despertar cerca del mediodía, partimos con mis abuelos a almorzar a mi casa como todos los domingos. Cuando terminamos de comer, fui a tomar una siesta. No estábamos acostumbradas a trasnochar y costaba recuperarse al día siguiente. Solo quería que llegara el lunes para ver a Agustina y preguntarle todo lo que ella pudiera decirme de Nico.

Dormí un largo rato y, cuando desperté, me sentí terrible. En la salida, me había enfriado y tenía una gripe que iba a durar tres días. A la mañana siguiente, mi papá me llamó para desayunar e ir al colegio, pero, a pesar de todo mi esfuerzo, no logré levantarme de la cama.

Con Juan Andrés, mi hermano dos años menor, íbamos al mismo colegio y él era compañero de Laura, la hermana de Agus. Las conocía a ambas, compartíamos veranos juntos, ellas dormían en casa y pasábamos los días jugando, inventando aventuras y divirtiéndonos.

Cuando entendí que ningún esfuerzo lograría que me levantara de la cama, improvisé una nota y se la di a él para que la entregara a mi amiga. Le conté lo mal que me sentía y le pedí que me mandara los apuntes del día para copiar y no atrasarme en las clases. También le pregunté si había visto a Nico en el club el domingo.

Al mediodía llegaron los apuntes y ansiosa revisé si Agus me había escrito algo. La nota decía que el domingo no había salido de su casa, así que no lo había visto. Estuve tres días en cama y recién el jueves me pude reincorporar.

El siguiente sábado de aquel en el que habíamos bailado, me quedé a dormir en la casa de Marga y charlamos casi hasta el amanecer. Estaba feliz por lo que había vivido y segura de que para él también había sido una noche especial.

El lunes, una nueva semana comenzó en el colegio. Cuando llegó Agus, me contó que, en la tarde del domingo, solo una semana después de aquella noche mágica, Nico y aquella amiga con la que ella había ido a mi casa se habían puesto de novios.

Me sentí profundamente triste. No podía entender cómo, después de todo lo que habíamos sentido, él pudiera haberme olvidado. Pensé: «Quiero caer, caer tan lejos. Yo quiero caer, caer tan fuerte para despertar de mi sueño». Llena de angustia, supe que tenía que seguir adelante. Había vivido una noche especial. Lo llamo magia y lo llamo verdad, lo llamo magia. Pero era hora de dejar de soñar.

«Llámalo magia, párteme en dos», me repetía una y otra vez, y me sumergí en mi más profunda soledad. Simplemente, me rompí, me rompí en dos. Aun así, lo llamo magia cuando estoy con vos.

Era la primera vez que me enamoraba de alguien real, no otro de mis amores platónicos. Lo viví como una adolescente, que a todo le pone un tono de tragedia, y no sabía cómo hacer para superarlo. Me habían roto el corazón. Todo se desmoronó de golpe y mis ilusiones empezaron a desvanecerse poco a poco. Y, aunque intentaba convencerme de que pronto lo iba a olvidar, no podía engañarme a mí misma. Y no, es verdad. Yo no quiero a nadie que no seas vos.

Casi sin darme cuenta, algunos recuerdos se fueron evaporando, pero no puedo superarlo, no puedo superar lo nuestro. Aun así, lo llamo magia, qué preciosa joya. Pasaron los días y los meses. Seguí soñando ilusionada con el príncipe azul que me rescataría de la soledad.

Y si fueras a preguntarme, después de todo por lo que hemos pasado, ¿todavía crees en la magia?, sin dudar, te respondería que sí creo, por supuesto que creo.

Letra y traducción: Magic

Compositores: Christopher Anthony John Martin, Guy Rupert Berryman, William Champion, Jonathan Mark Buckland.

Segunda pista del sexto álbum de estudio: Ghost Stories.

Mayo de 2014.

Capítulo 2

Un cielo lleno de estrellas

A Sky Full of Stars

Casi un año más tarde, el 31 de mayo de 1992, volvimos a Garage. Después de aquella noche mágica, habíamos ido algunas veces a bailar, pero no había vuelto a ver a Nicolás.

Ese sábado, nuestro curso era el encargado de vender las entradas; era para recaudar fondos para la fiesta de los estudiantes, que se festeja en septiembre. Durante meses, habíamos trabajado para juntar dinero para la carroza. Cursábamos el anteúltimo año del colegio secundario. Teníamos dieciséis, estábamos llenas de sueños, ilusiones, proyectos y desafíos por delante.

La mañana anterior, el viernes 30 de mayo, faltó un profesor y nos permitieron salir antes del colegio. Esas eran las oportunidades perfectas para salir a pasear juntas. Entonces, nos íbamos caminando a la peatonal, que quedaba a solo tres cuadras.

El uniforme era nuestra insignia, todos nos reconocían con el jumper gris largo, la camisa blanca y el moño azul. Estábamos orgullosas de ser alumnas de Capu, Nuestra Señora de los Ángeles, el colegio franciscano de los Hermanos Capuchinos.

La peatonal, de solo cuatro cuadras de extensión, quedaba en la calle Entre Ríos, y paseando la recorrimos por completo. Después de caminar y mirar cada vidriera, decidimos sentarnos un rato. Otra vez estábamos emocionadas e ilusionadas porque al día siguiente saldríamos a bailar. Nos pusimos de acuerdo en todos los detalles y, cuando llegó el mediodía, emprendimos el regreso al colegio.

Mientras caminábamos animadas por la calle San Martín, escuchamos el sonido de una moto que aceleraba. Agustina, que siempre fue la más escandalosa del grupo, de repente gritó:

—¡Nicolás!

Solo escuchar su nombre fue suficiente para que me volviera a poner colorada. De inmediato y sin querer, todo revivió. Sentí nuevamente aquello que había estado guardado durante todo un año.

Entre gritos y risas, seguimos caminando. Ellas sabían que él me gustaba, así que empezaron a especular con lo que podría pasar. Yo, ilusionada, intentaba calmar las mariposas que se habían despertado en mi estómago.

Volvimos al colegio y mi papá ya había llegado; estaba estacionado en la esquina. Subí al auto en el asiento de adelante y, llegada la hora de salida, Juan subió con nosotros y partimos.

Cuando estuvimos a una cuadra de mi casa, vimos que venía por la mano contraria una moto roja. Al pasar al lado del auto, el conductor saludó inclinando su cabeza y continuó en la dirección opuesta. Sorprendida, me pregunté: «¿Nicolás?». Sí, ¡era él! ¿Pero qué hacía por ahí?, ¿había ido para verme? Otra vez me puse roja y, claramente, en el auto se dieron cuenta de que algo había pasado. Papá sonrió, pero nadie dijo nada.

Después de almorzar, fui a descansar. Esa tarde recordé cada momento que habíamos compartido y rogué volver a verlo.

Llegó el sábado, nos organizamos con las chicas y fuimos juntas a Garage. Esta vez, también estaban nuestros compañeros varones. Juntos entramos muy temprano porque éramos los organizadores de esa noche. Como de costumbre, empezamos a bailar en ronda, y los chicos nos cuidaban intentando que no los notáramos, mirándonos desde afuera de la pista.

Cuando ya había entrado toda la gente y estábamos bailando, volví a sentir una mano en mi hombro. Pensé que habría sido algún empujón entre la multitud que estaba en la pista y seguí sin darle importancia, bailando con mis amigas. Entonces, una voz me dijo al oído:

—¿Querés bailar conmigo?

Giré de repente y él estaba ahí. Me quedé helada, la sorpresa era inmensa y la felicidad mayor aún. Aquel noviazgo de él con Fernanda solo había durado quince días, pero yo no lo había vuelto a ver. En una fracción de segundo, sonreí y dije:

—¡Sí!

La magia volvió a comenzar. Como si todo ese tiempo no hubiera pasado, bailamos y charlamos toda la noche.

A medida que las horas transcurrían, sabíamos que en cualquier momento llegarían los lentos. Un rato después, la pista comenzó a despejarse, como pasaba siempre. Sin preguntar nada, él me abrazó y empezamos a movernos suavemente.

Cada instante que pasaba, nos acercábamos un poco más. Llegamos a juntar nuestras mejillas. Podía sentir su aroma, sentía su corazón latiendo sobre mi pecho y su respiración suave en mi oído. Lentamente, fui perdiendo la vergüenza y subí mis brazos hasta rodear su cuello. Así nos quedamos, en silencio escuchando la música.

Mientras tanto, pensaba que no era posible que todo aquello me estuviera pasando solo a mí y, luego de darle vueltas en mi cabeza, decidí que no podía dejar que ese momento se escapara otra vez. Entonces (aún me sigo preguntando de dónde saqué valor), me acerqué a su oído y le dije:

—¿Va a tener que pasar otro año para que volvamos a bailar?

Él me miró a los ojos, sonrió, negó con la cabeza y me dijo:

—No, seguro que no.

Yo estaba completamente vulnerable, con los sentimientos a flor de piel. Me había lanzado como nunca lo había hecho y ya no me importaba nada. No me importa, sigue y destrózame. No me importa si lo haces. Seguimos bailando. Sentía el calor en mis mejillas, pero ya lo había dicho y no había vuelta atrás. Estaba segura de lo que quería, lo había soñado tantas veces que no podía conformarme con despedirme y no volver a verlo. Porque eres un cielo, eres un cielo lleno de estrellas, una visión tan celestial. Eres una visión celestial.

Minutos después, comencé a sentir que sus labios rozaban mi cuello. Me pregunté: «¿Esto de verdad está pasando?». Sin moverme mucho, mientras las mariposas revoloteaban enloquecidas, disfruté de cada sensación nueva que estaba descubriendo.

Pasaron un par de canciones más y empezó a sonar “Estás maravillosa hoy”, la versión en español del tema original de Eric Clapton: “You look wonderful tonight”. De pronto sentí que su rostro comenzaba a deslizarse suavemente, pero sin despegarnos. En un instante, sus labios se unieron a los míos y el mundo dejó de existir. ¡Me estaba besando! ¡Mi sueño se estaba haciendo realidad! No tengo forma de saber cuánto duró ese primer beso, solo sé que jamás me voy a olvidar lo que me hizo sentir.

Seguimos bailando. Alejó su boca de la mía. Nos miramos, sonreímos y nos abrazamos más fuerte que nunca. Estaba flotando y no me importaba nada más que eso que estaba pasando. Sentía que quería morir en tus brazos, oh. Porque te iluminas cuanto más oscurece. Te voy a dar mi corazón, oh.

Cuando comenzó a bajar el volumen de la música, notamos que el final de la noche estaba llegando. Entonces, él me dijo:

—¿Te acompaño a tu casa?

Sin dudarlo, acepté su propuesta y les avisé a las chicas que me iría con Nicolás. Todas, a los gritos, querían saber detalles de lo que habían visto. Como pude, las calmé y les prometí que el lunes les contaría todo. Busqué mi abrigo en el vestidor y salimos caminando hacia la casa de la Nana, que estaba a unas seis cuadras.

A pesar del frío de la noche, caminamos de la mano bajo un cielo lleno de estrellas. No dijimos una sola palabra, estábamos completamente entregados a ese sentimiento maravilloso.

Al llegar a la puerta del zaguán, me despidió y me preguntó si podría verme al día siguiente.

—¡Sí, claro! —le respondí.

Me abrazó y me dio un beso fuerte. Yo lo miré y dije:

—¿Estás seguro?

Sonrió y respondió:

—¡Sin dudas!

Entré a la casa y él volvió a buscar su moto roja a la cochera.

Me saqué la ropa y me metí en la cama. Había miles de imágenes dando vueltas en mi cabeza y no quería dejar de repetirlas una y otra vez. No me importaba nada más que lo que había vivido. Y, si acaso aquello no fuera a continuar, no me importa, sigue y hazme pedazos. No me importa si lo haces. Porque en él había encontrado todo con lo que había soñado. Porque eres un cielo, porque eres un cielo lleno de estrellas, porque iluminas el camino. Y no quería perderlo.

Finalmente, me quedé dormida. Sin saberlo, esa noche había comenzado el primer día del resto de mi vida.

Cuando desperté, fuimos con mis abuelos a mi casa a almorzar. Mientras comíamos, la charla era intensa, pero yo sabía que en algún momento iba a llegar la clásica pregunta. Apenas un tiempo más tarde, comenzó el interrogatorio:

—¿Cómo te fue anoche? Dijo mamá…

—Bailé con las chicas y después con Nicolás —respondí.

—¿El hijo de Pedro?

—Sí, sí —dije en voz baja.

Aunque nosotros no nos conocíamos, nuestras familias sí lo hacían. Mi abuelo adoraba al papá de Nico, y nuestros padres se tenían un gran afecto mutuo. Entonces vino la siguiente pregunta:

—Y ¿qué pasó?

—Viene dentro de un rato —dije mientras temblaba con vergüenza.

Me levanté de la mesa y hui a lavar los platos. Sabía que había dejado una bomba activada, pero no estaba preparada todavía para que explotara en mis manos.

Cuando terminé con las cosas de la cocina, me preparé e intenté manejar los nervios, que hacían de mí lo que se les antojaba. De repente, escuché la moto; era el momento que estaba esperando, pero ¿qué tenía que hacer ahora?

Él llegó, estacionó en la vereda y entró a casa. Cuando lo vi, lo supe sin dudar: era él el príncipe que esperaba encontrar. Porque eres un cielo lleno de estrellas, te voy a dar mi corazón. Ante la mirada atenta de todos, saludó de lejos y fuimos a mi habitación.

Esa tarde, comenzó nuestra historia. Llena de emociones y descubrimientos, de dudas y temores, pero con la seguridad de que juntos todo iba a ser mucho mejor.

Letra y traducción: A Sky Full of Stars

Compositores: Chris Martin, William Champion, Guy Berryman, Jonathan Buckland, Tim Bergling.

Octava pista del sexto álbum de estudio: Ghost Stories.

Mayo de 2014.

Capítulo 3

Una cabeza llena de sueños

A Head Full of Dreams

El lunes, al llegar al colegio, las chicas se abalanzaron y me llenaron de preguntas. No era yo la primera en tener novio; de hecho, creo que Agus lo era. Pero, sabiéndome tan tímida, les resultaba increíble lo que habían visto. Les conté, con la sonrisa estampada en mi cara, cómo había pasado todo. Cada momento y cada palabra, mientras ellas escuchaban atentas, emocionándose conmigo.

Desde ese lunes en adelante, nos vimos todas las siestas. Nico iba al colegio a la tarde-noche, y yo a la mañana. Él tenía diecisiete años (uno más que yo) y estaba en quinto año de una escuela técnica, donde cursaban seis años en lugar de cinco. Por eso, a pesar de ser mayor, terminaríamos el próximo año juntos la secundaria. Compartimos todo, como si nos hubiéramos conocido de toda la vida. Con él me sentía protegida, comprendida, confiada.

Yo soy estructurada, ordenada, responsable y muy tímida. Esa gran timidez venía desde muy chica. Cuando apenas había cumplido un año y algunos meses, ya caminaba segura, pero cada tanto sentía un dolor en la rodilla. Una tarde de sol, estaba jugando en el jardín y el dolor se volvió más intenso y constante. Al principio, creían que me había golpeado, que estaba haciendo una actuación para llamar la atención porque mamá estaba embarazada de Juan, que en realidad era cuestión de tiempo para que se me pasara.

Pero el dolor no se calmaba. Un rato después, mamá intentó alzarme y en ese momento grité pidiéndole que no me moviera. Revisó entonces mi rodilla: estaba muy hinchada y enrojecida. Como pudo, me levantó, a pesar de su enorme panza de siete meses, y le avisó a papá lo que pasaba. Juntos me llevaron a ver al pediatra. Este, luego de revisarme, les indicó que el siguiente paso era ir a un bioquímico para analizar mi sangre.

Me llevaron al consultorio del doctor Orge, en su propia casa, frente a la plaza Urquiza, en el centro de la ciudad. La sala de espera estaba en el zaguán. El lugar era frío, apenas iluminado y desde la puerta ya podía percibir el olor a alcohol y desinfectante.

El doctor estaba siempre con su chaqueta blanca de mangas cortas y su maletín negro. Era de baja estatura, calvo, de bigotes y usaba pequeños lentes redondos. Me atendió varias veces y descubrió lo que me afectaba. Era una artritis reumatoidea, un trastorno inflamatorio crónico. Proviene de una enfermedad autoinmune que se manifiesta en adultos y, cuando es grave, puede causar discapacidades físicas.

De urgencia, me derivó al hospital de niños de Buenos Aires. Allí, mediante una batería de remedios y corticoides, lograron detener y revertir la enfermedad. Volví a caminar con el tiempo, pero las consecuencias iban a manifestarse después. Las dosis tan altas y prolongadas de corticoides tenían varios efectos adversos e hicieron que mis dientes, aún de leche, se consumieran casi al nivel de la raíz.

Cuando comencé mi etapa escolar, todos se burlaban por mis pequeños dientes marrones. Nadie podía saber que era a causa de la medicación, pensaban que se debía a la falta de higiene. Intentaba explicarlo, a veces entre lágrimas, diciendo que es verdad, que no es lo que parece. Era mi primera experiencia social con pares y me tuve que acostumbrar a sobrellevar la vergüenza durante años, hasta que llegó el tiempo del cambio de dientes.

Sin embargo, nunca pude superar la timidez y la inseguridad. Siempre fui un poco solitaria. Analizo todo, imaginando escenarios y posibilidades en busca constante de equilibrio y seguridad.

La música es mi mejor compañía, capaz de llevarme a cualquier lugar, de cambiar mis sentimientos y mi ánimo. Me inspira, construye momentos inolvidables, aventuras románticas e historias de princesas. Porque yo en la vida me la pasé hablando, con la cabeza llena, la cabeza llena de sueños.

Juan Horacio (Horace), mi hermano menor, había llegado por sorpresa cuando yo tenía catorce años. Cuando nació, me enamoré de ese muñeco y se transformó en mucho más que mi hermanito. Yo lo cuidaba, mimaba y consentía constantemente. Éramos inseparables y por eso, al principio, no le gustó nada la llegada de Nico; era muy celoso de su hermana mayor. Pero con el tiempo él se ganó su afecto, de modo que siempre andaba a nuestro alrededor.

Los fines de semana, salíamos a bailar y a pasear. Me sentía fascinada con todo lo que estaba descubriendo. Oh, creo que he aterrizado en un mundo que no había visto. Era un mundo nuevo para mí, un mundo donde ocurren los milagros. Cuando él estaba cerca, yo lo tenía todo. Puedes ver el cambio que quieras. Y luego sé lo que quieras ser, porque juntos todo era más fácil.

El año transcurrió rápido y en diciembre llegaron las vacaciones. Ahora, las tardes juntos eran más largas y las pasábamos en el jardín de casa, en la pileta, compartiendo juegos de mesa con el resto de la familia.

En enero, Nico fue de vacaciones con su familia a Uruguay, y fueron los días más largos de mi vida. Me sentía triste, extrañaba su compañía, sus palabras, sus abrazos. Solo hablamos por teléfono dos veces. Yo esperaba ansiosa ese momento, como cuando me tienes con las manos abiertas esperando tu abrazo. Como cuando haces que me quede sin palabras solo con una mirada.

Entonces, empecé a insistirles a mamá y papá para que invitaran a Nico a ir de vacaciones con nosotros, y un par de semanas después nos fuimos a las playas de Brasil. Disfrutamos de cada día y cada noche, conocimos lugares nuevos y nos aventuramos los tres con Juan en recorridos por la selva. Esa fue nuestra primera experiencia de convivencia. Estar juntos desde que despertábamos y hasta el momento de ir a dormir era una gloria.

Sabíamos que el regreso iba a ser difícil, pero era parte del juego y había que aceptarlo. Para nosotros, para los sedientos y para los hambrientos de ese sentimiento que nos embriagaba, separarnos era difícil.

Letra y traducción: A Head Full of Dreams

Compositores: Tor Erik Hermansen, Christopher Anthony John Martin, Guy Rupert Berryman, William Champion, Jonathan Mark Buckland, Mikkel Storleer Eriksen.

Primera pista de su séptimo álbum homónimo: A Head Full of Dreams.

Diciembre de 2015.

Capítulo 4

La aventura de tu vida

Adventure of a Lifetime

Al regresar a casa, solo restaban diez días de vacaciones antes de comenzar el último año de colegio. Sentimos una mezcla de ansiedad, emoción y nostalgia porque sabíamos que sería un gran año, queríamos disfrutarlo y vivirlo intensamente.

Los primeros días de marzo de 1993 volvimos a clases, a compartir por última vez las mañanas con todas esas personas que eran parte de nuestra vida desde que teníamos cuatro años. Semanas y meses fueron pasando, con las chicas en clase, las siestas con Nico en casa y las tardes estudiando.

Cuando llegamos a mitad de año, ya era momento de tomar decisiones importantes que tenían que ver con el futuro. ¿Qué y dónde íbamos a estudiar? A mí me encantan los hoteles, las habitaciones, los desayunos y las experiencias que vivíamos cuando nos alojábamos en ellos. Pero en los noventa, todas las opciones para la carrera de Hotelería eran en universidades privadas y pagas que estaban fuera de mi alcance. Entonces, había pensado en estudiar Diseño Gráfico en la Universidad de Buenos Aires, la UBA, en Capital Federal. Mientras tanto, Nico seguía buscando alguna opción que le interesara.

Una tarde íbamos los dos en su moto hacia el centro y me contó que había visto una carrera que le interesaba. Se llamaba Bioingeniería y se cursaba en Oro Verde, cerca de la ciudad de Paraná, en Entre Ríos. Eso significaba que tendríamos que separarnos. Recién ese día fui consciente de que todo podría cambiar en unos cuantos meses y aquello me llenó de angustia.

Entonces dije, triste no podía seguir, no de esta manera. Pero todavía no era la decisión final; la búsqueda continuaba y yo mantenía la esperanza de seguir estando cerca. Debíamos definir nada más y nada menos que aquello que íbamos a hacer el resto de nuestras vidas. Yo sabía lo que quería. Soy un sueño que muere en cada amanecer. Voy a sostener la mitad del cielo y decir: oh, solo soy mi propio sueño.

Nico encontró otra carrera: Biotecnología con orientación en genética molecular. Se cursaba en la Universidad de Quilmes, la UNQ, que queda en la provincia de Buenos Aires.

Una vez que ambos tuvimos una primera idea concreta de lo que querríamos hacer, organizamos un viaje con mis padres para ir a averiguar acerca de fechas de inscripción, contenidos de las carreras y conocer las facultades.

Viajamos un lunes y, como primer destino, fuimos hasta la Ciudad Universitaria de la UBA. Allí busqué información y folletos. Era un lugar gigantesco, lleno de pasillos fríos y gente que caminaba sin siquiera mirarse, aulas enormes y un silencio atroz. Encontré la sala de informes, retiré lo necesario y volví al auto. Mi primera impresión no había sido muy buena, todo se sentía distante y difícil. El cambio que tendría que enfrentar sería enorme.

Después nos dirigimos a la UNQ en Quilmes, provincia de Buenos Aires. Al llegar, encontramos un lugar completamente diferente al que yo había visitado hacía un momento. Era una vieja fábrica en la que estaban construyendo la universidad. Quedaba en Bernal, un barrio muy tranquilo, de casas bajas y frondosos árboles. A tres cuadras estaba la estación de tren. En los galpones de la ex fábrica textil, se estaban montando las aulas con paneles móviles. El ingreso era por una callecita corta que tenía a la derecha una serie de casitas, todas iguales, que se habían transformado en oficinas.

Nico fue en busca de información a una de ellas, que en la puerta decía: “Alumnos”. Lo acompañé y esperé en el pasillo mientras él entraba a la oficina. De pronto, me encontré leyendo una cartelera que tenía colgados varios papeles, y uno de ellos decía: “Administración Hotelera”. Mi sorpresa fue enorme: ahí se dictaba la tecnicatura en Administración Hotelera, la única del país con grado universitario y en una universidad pública gratuita. Mi corazón empezó a latir fuerte, la ansiedad y los nervios se desbordaron. Cuando él salió, le mostré lo que había encontrado y se puso tan contento como yo; podríamos seguir estando cerca.

Salimos con toda la información necesaria y la ilusión de poder estudiar juntos en un lugar parecido a nuestra ciudad y con un alto nivel académico. Todo giraba alrededor de los sueños más increíbles, que uno a uno se iban haciendo realidad. Empezábamos a pensar en vivir la primera gran aventura de nuestras vidas.

Volvimos a Concordia luego de pasar el día en la capital, y seguimos adelante planificando nuestro futuro. Ambas familias nos dieron el visto bueno con las carreras elegidas. Para ellos, también era una tranquilidad saber que no estaríamos solos y podríamos acompañarnos en esta nueva vida lejos de casa. Debíamos volver a mediados de octubre para inscribirnos. Todo lo que deseamos está a un sueño de distancia. Y bajo esa presión, bajo todo ese peso, éramos diamantes que tomaban forma.

En septiembre, la fiesta del estudiante nos reunió para que presentara cada colegio su carroza, que construíamos durante varios meses. Estaban hechas de estructuras de alambre y forradas con flores de colores de papel crepé.

Una semana después, nos fuimos de viaje de estudios a Bariloche. Las empresas que nos llevaban eran diferentes, pero, aun así, Nico y yo coincidimos cuatro de los siete días que duraba el viaje. La vida nos seguía reuniendo siempre.

Al regresar, Pedro, el papá de Nico, nos llevó a inscribirnos a la UNQ. Cuando llegamos a la universidad, hicimos algunas preguntas y nos indicaron que fuéramos al galpón más grande, que ya tenía el nombre de ágora. Había largas colas de chicos en las mismas condiciones que nosotros.

Esperamos nuestro turno. Presentamos los papeles necesarios y quedamos inscriptos. Nos dijeron que en marzo comenzarían las clases. Cada vez era más real y cercano el hecho de tener que cambiar de vida. Ya no seríamos adolescentes que vivían con mamá y papá. Afortunadamente, estaríamos juntos, pero tendríamos que valernos por nosotros mismos.

Los últimos meses del año fueron maravillosos. Transitábamos los últimos días de la mejor época de nuestras vidas y sabíamos que todo lo que hacíamos dejaría un legado a los que iban a venir.

A finales de noviembre, tuvimos el acto de colación en el colegio: la ceremonia en donde la institución nos despide tras la entrega de diplomas y reconocimiento por nuestro desempeño y educación. Fuimos muy felices esa noche, que estuvo cargada de emociones, risas y unas cuantas lágrimas también. Era la última vez que vestiríamos ese uniforme gris que nos había acompañado a lo largo de toda nuestra vida; la última vez que entraríamos al patio que nos había visto jugar y correr en los recreos de primaria y donde habíamos charlado y organizado las salidas en secundaria. Era un gran paso el que estábamos dando. Ya no nos veríamos cada mañana, atrás dejábamos a los amigos y compañeros.

El 21 de diciembre de 1993, fue la recepción de Nico y, al día siguiente, el 22, fue la mía. Egresados y sus familias nos reunimos en un club para festejar el final del ciclo. Los chicos de traje y nosotras de vestido largo, vivíamos una noche de princesas, bailábamos, reíamos, guardábamos cada instante en nuestros corazones. Las dos noches fueron mágicas; en la fiesta de Nico, como invitada, y en la mía, como protagonista. Cerramos, en esos días, una etapa maravillosa e inolvidable. El colegio, nuestra segunda casa, nos había despedido, y era momento de emprender un nuevo desafío.

Las vacaciones pasaron muy rápido, cargadas de ansiedad e incógnitas. Una tarde, a finales de febrero, llegó corriendo Silvio, el hermano de Nico, y traía un mensaje:

—Llamaron de la facultad. En dos semanas empiezan las clases. Van a volver a llamar en un rato.

En mi casa todavía no teníamos teléfono, así que salimos corriendo hasta lo de Nico y esperamos ansiosos el llamado.

Quico, un alumno que era parte del centro de estudiantes, nos avisó que en quince días empezaríamos a cursar. Él nos ofreció alquilar un departamento en el centro de Quilmes, que quedaba a unos treinta minutos de la UNQ, donde compartiríamos el costo con chicos de otras provincias. Nos dejó toda la información con la que contaba y nos comprometimos a confirmarle.

Había llegado el momento, todo estaba en marcha. Nervios, miedos, dudas, incertidumbres y muchas decisiones que tomar. Ahora siento mi corazón latiendo, siento mi corazón debajo de mi piel. Y siento mi corazón latiendo, oh, me haces sentir que estoy vivo otra vez.

En mi casa no tenían problemas con que estudiáramos en el mismo lugar, pero de ninguna manera permitirían que viviéramos juntos sin estar casados. Sí, era otra época, era otra historia. Los noventa estaban cargados de mandatos que se debían respetar sin excepción, y cuestionarlos no era ni siquiera una opción.

La ansiedad se apoderó de nosotros. Íbamos a cambiar de vida, a enfrentar un desafío enorme. Entonces, mientras analizábamos todo, miré a Nico y dije:

—Enciende tu magia —como él me solía decir—. Yo todavía no sé cómo, pero sé que lo vamos a lograr.

Estaba llena de dudas, el cambio sería muy grande. Pero había algo de lo que estaba muy segura: si solo tenemos esta vida, en esta aventura, bueno, entonces yo quiero compartirla con vos.

Letra y traducción: Adventure of a Lifetime

Compositores: Tor Hermansen, Chris Martin, Mikkel Eriksen, Will Champion, Guy Berryman, Johnny Buckland.

Quinta pista del séptimo álbum de estudio: A Head Full of Dreams.

Diciembrede 2015.

Reflexiones de fe

Cuando un niño nace, son sus padres quienes eligen su religión. Afortunadamente, los míos me bautizaron en la Iglesia católica.

Con el paso de los años, las enseñanzas del colegio, la catequesis y la familia fueron construyendo mi fe. Desde que comencé el jardín de infantes, Jesús, San Francisco y Nuestra Señora de los Ángeles se convirtieron en mi guía y referencia. Yo encontré en la familia y en el colegio todo lo necesario para creer, para conocer la vida a través de la palabra de Dios. Con la catequesis, nos brindaron valiosas herramientas: la fe, la esperanza, la caridad y la humildad.

Mi adolescencia estuvo siempre acompañada por Jesús, mi apoyo y amparo. Aquel a quien siempre podía acudir cuando las dudas, las angustias o los problemas me agobiaban.

“Cuando estés preocupado, debes recurrir a la oración y permanecer ante el Señor hasta que él te devuelva la alegría”. (San Francisco de Asís).

En aquellos años, los problemas tenían que ver con las peleas con mi hermano Juan, los retos de mamá y papá, y las veces en que sentí que me habían roto el corazón. Todo aquello, que hoy parece tan sencillo, en aquel momento era una verdadera tragedia. En cada momento de soledad, en cada decisión que debía tomar, pedía a Jesús que me mostrara el camino correcto.

“Jesús le dijo: Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. (Juan 14, 6).

De alguna u otra forma, siempre encontraba muestras de que me escuchaba.

Hasta aquí, éramos jóvenes que crecían juntos y dibujaban un borrador del futuro que querían construir. Pero hoy sabemos que, sin avisar, la vida de un día al otro puede cambiar, y tenemos que hacer lo posible para que nos encuentre de pie.

Segunda parte

Aprendiendo

Capítulo 5

Ojos verdes

Green Eyes

El fin de semana previo al comienzo de clases, viajamos las dos familias en busca de un lugar donde vivir. Llevamos el equipaje y las provisiones para quedarnos.

Al llegar a la facultad, encontramos que, en la esquina de enfrente, había una casa muy linda y grande. Tenía dos pisos, techos de tejas y ladrillos a la vista. En la planta baja, vimos un cartel que decía: “Alquiler a estudiantes”, y fuimos directo a preguntar.

Tocamos timbre y nos recibió Ada. Era una mujer de unos sesenta años, divorciada, que alquilaba las habitaciones. Había transformado su casa en una pensión que brindaba alojamiento en dormitorios compartidos para dos personas. Contaba con todas las comodidades necesarias. El piso superior estaba destinado a las chicas, y el inferior, a los varones.

Antes de comenzar a contarnos su propuesta, dejó en claro que no aceptaba parejas de novios. En ese mismo momento, mamá intervino y, sin titubeos, nos presentó como primos. Evidentemente, las condiciones ofrecidas habían sido muy convenientes para nuestros padres, porque enseguida decidieron que nos quedaríamos ahí.

Después de haber arreglado todos los detalles del precio, la fecha y la forma de pago, nos fuimos a almorzar. Al terminar, volvimos a la casa. Sabíamos que el momento había llegado. Nos ayudaron a bajar las cosas y nos despedimos.

Nico y yo nos paramos en la esquina, los dos autos arrancaron y empezaron a marchar. En ese instante, me invadió una inmensa angustia y empecé a llorar desconsolada, pero intentaba que no se notara, mientras ellos se iban. Juntos, veíamos como todo nuestro mundo, nuestra seguridad, nuestra familia se alejaban y volvían al lugar que, desde ese día, se convertiría en el más hermoso del mundo: nuestra casa en Concordia.

Cuando los perdimos de vista, Nico me abrazó fuerte y me dijo:

—Tranquila, estamos juntos. No te preocupes, ya va a pasar.

En ese momento, solo pensaba: «Cariño, eres la roca sobre la cual estoy parada. —Y en silencio rogaba—: Espero que lo entiendas».

Entramos a la casa. Mis lágrimas brotaban sin que nada pudiera detenerlas. Era un triste domingo de principios de marzo, nublado y fresco. Nos sentamos a la mesa de la cocina y tomamos un té. El vacío que sentíamos era muy difícil de llenar y todavía no éramos conscientes de que, desde ese día, íbamos a vivir juntos. Además, teníamos que prepararnos para no cometer errores y actuar como primos, de modo que nadie notara que el amor era todo lo que nos unía.

La cocina era bastante grande, llena de alacenas de algarrobo, bajo mesadas y colgantes. Todos los pisos y paredes estaban recubiertos de lajas negras y luces dicroicas. Elegimos una de las puertas disponibles para guardar todas las provisiones, ordenamos todo y nos quedamos ahí sentados. Prendimos la tele e intentamos despejarnos.

Más tarde, casi al anochecer, llegó una nueva integrante a la casa. Era Lorena, que venía desde Monte Hermoso e iba a estudiar Biotecnología, igual que Nico. Vimos reflejada en su llegada la misma escena que todavía intentábamos superar. La tristeza ahora era de ella, y tratamos de consolarla sin ningún éxito.

Nosotras íbamos a dormir en el piso de arriba, en donde había tres habitaciones y un amplio espacio alfombrado con dos mesas para estudiar. La más grande, que daba a la esquina, era la de Ada. Otras dos más pequeñas, para las chicas. Cada una tenía una cama cucheta, dos escritorios y un pequeño ropero para compartir. Al frente estaba el baño, recubierto de mármol negro y con grifería dorada, a tono con el lujo de todo lo demás. Instalamos nuestras cosas y bajamos a la cocina.

Casi era la hora de la cena; empezaba el desafío de valernos por nosotros mismos. Comimos un arroz con salchichas y, abatidos por el día cargado de emociones, nos fuimos a dormir.

Al día siguiente, después de desayunar, fuimos los tres a la universidad a conocer un poco más el lugar, buscar horarios y en dónde íbamos a cursar. Las aulas eran todas iguales, tenían solo un número en la puerta para identificarlas. Estaban divididas por paneles de Durlock, los pisos eran de cemento y había sillas con escritorios incorporados para unos veinticinco alumnos en cada una.

Todos debíamos hacer un curso de ingreso de seis meses con las mismas materias. El miércoles comenzarían las clases, que serían todas a la mañana.

Volvimos a casa. En el transcurso del día, llegaron Nora (que venía desde Salto, en la provincia de Buenos Aires, a estudiar Terapia Ocupacional) y Florencia (que venía desde Necochea y había elegido Comunicación). Nora se instaló conmigo y Flor con Lorena.

Abajo, al costado de la cocina, había otras dos habitaciones que daban a la calle de la UNQ. Una era para Fabián (el hijo de Ada, que venía solo los fines de semana) y la otra era para Nico y su compañero, Federico, que era de Viedma e iba a estudiar Robótica.

En la semana, todas las plazas se habían ocupado. Empezamos a convivir con gente de nuestra edad, con personalidades diferentes, pero todos con el mismo objetivo: construir nuestro futuro.

Entre tantos cambios y emociones, yo no dejaba de pensar en nosotros y lo que estábamos viviendo. Vine aquí con una carga, y se siente mucho más ligera ahora que te conocí. Y, cariño, debes saber que nunca podría seguir sin ti. Miraba a Nico con mis ojos verdes y le decía: “Cariño, tú eres el mar sobre el cual floto, y vine aquí a hablar. Creo que deberías saber que tú eres a quien quería encontrar”.

Llegó el miércoles y juntos partimos a clases. Lorena y Nico conocieron a un grupo de chicos que se había instalado en el departamento que había ofrecido por teléfono Quico. Casi todos estudiaban lo mismo que ellos. Marcos, de Salta; Ramiro, de Jujuy; Ariel, de Viedma. Juan Pablo, el flaco (que no vivía con ellos), era de Olavarría y se unió al grupo de los chicos del interior.

Nosotros, entre tanto, manteníamos el papel de primos como podíamos. Los fines de semana, viajábamos a Capital Federal, al departamento de Pompi y Raúl, unos amigos de la familia con quienes habíamos compartido Navidades, vacaciones y festejos familiares. Aprendimos a manejarnos con nuestro propio dinero, hacer las compras, cocinar y convivir con los demás chicos.

En mayo, cumplimos nuestros primeros dos años de novios, y todo era felicidad. Tuve que disimular los celos que sentía cuando Lorena se acercaba demasiado a Nico con preguntas de la facultad. Yo sabía que eso pasaría, porque él siempre había sido muy amable, atento y cuidadoso con los demás. Más de una vez lo habíamos hablado y yo quería que él supiera que el centro de atención brilla sobre ti. ¿Y cómo podría alguien rechazarte?

También él tuvo su parte cuando los compañeros le preguntaban si yo tenía novio. Cuando me lo contaba, solo me causaba risa imaginarlo inventando excusas en el aire. Él se enojaba mientras decía:

—Vos sabés qué es lo que me preguntan, porque es obvio. Y cualquiera que intente rechazarte debe estar loco.

Todo transcurría entre risas y peleas pasajeras que sabíamos cómo manejar.

Para Semana Santa, volvimos a Concordia cuatro días. Nos recibieron con una cena en mi casa, en donde estaban las dos familias juntas. Charlamos, comimos y reímos mucho. El sábado salimos a bailar y nos reencontramos con algunos compañeros de la secundaria. Todos extrañábamos el colegio, todos estábamos enfrentando el reto de crecer.

Regresamos a lo de Ada. Rendimos los primeros exámenes y seguimos hacia la recta final. Yo empecé a trabajar los jueves y los viernes en el zoológico de Buenos Aires. Me levantaba temprano, viajaba, pasaba el día allí y a la tarde volvía a cursar. No era nada fácil manejar el cansancio y el estudio. Pero la ayuda económica era muy necesaria.

Finalmente, cuando aprobamos el curso de ingreso, llegaron las vacaciones de invierno. Todos nos fuimos por unos veinte días de regreso a nuestras ciudades, a nuestras casas. Volvíamos a comer la comida de mamá, a pelear con nuestros hermanos y a dormir en nuestras camas.

Sin embargo, sin que nosotros lo supiéramos, estaban pasando momentos difíciles que tendríamos que enfrentar.

Letra y traducción: Green Eyes

Compositores: Chris Martin, Will Champion, Guy Berryman, Johnny Buckland.

Séptima pista del segundo álbum de estudio: A Rush of Blood to the Head.

Agosto de 2002.

Capítulo 6

Nadie dijo que sería fácil

The Scientist

En la casa de Nico, había algunos problemas que no nos habían querido contar para no preocuparnos. Marta, su mamá, desde hacía un tiempo se sentía muy descompuesta, no iba a trabajar ni podía levantarse de la cama. A pesar del reposo y los remedios, no había cambios ni mejoras. Entonces, la internaron en un sanatorio de Concordia. Cuando tuvieron los resultados de todos los análisis, los médicos indicaron que lo mejor sería trasladarla a Buenos Aires para que recibiera una atención más adecuada porque las cosas empeoraban rápidamente.

El jefe de Pedro le ofreció su avión privado para trasladar a Marta y, a principios de julio de 1994, días después de nuestro regreso a Concordia, la llevaron al Hospital de Clínicas. Nico se quedó a cargo de sus hermanos y Pedro viajó con Marta. Él era el mayor de los tres; en esos días, tenía diecinueve años, Silvio diecisiete y Adela trece.

Pasaron dos semanas. Pedro volvió a casa el viernes 29 de julio porque tenía que arreglar algunas cosas de su trabajo; el lunes volvería a Buenos Aires. Esa noche, Nico lo fue a buscar a la terminal de ómnibus, y cenamos todos en mi casa para recibirlo, escucharlo e intentar contenerlo.

Quedaban solo algunos días de vacaciones. Había mucha angustia, pero, afortunadamente, estábamos en casa para enfrentar todo lo que pasaba.

La noche del domingo 31 de julio de 1994, estábamos viendo tele los cinco (mamá, papá, Juan, el pequeño Horace y yo), cuando de repente escuchamos un auto que tocaba bocina incesantemente. Nos levantamos todos y corrimos a la puerta. Era Nico, que pedía ayuda. Pedro se había recostado un rato, y entonces escucharon un ruido raro, como si le costase respirar. Quisieron despertarlo, pero no respondía. Nos subimos todos al auto y partimos con él.

Su casa tiene dos pisos. Mamá, papá y Juan subieron las escaleras corriendo. Arriba estaba Silvio, yo me quedé con Adela y Horace abajo. Se escuchaba que lo llamaban, pero él no despertaba. Como pudieron, movieron al hombre, de más de 90 kilos y 1,85 metros de altura, entre los cuatro varones y lo bajaron por las escaleras. Lo subieron al auto envuelto en un cubrecama color mostaza. Papá manejaba, mamá iba a su lado y Nico estaba atrás con Pedro dormido. Se fueron volando hacia el sanatorio.

Nosotros nos quedamos esperando con los chicos en su casa. Ya había pasado la medianoche, hacía mucho frío y estábamos a oscuras y en silencio. No sabíamos lo que pasaba, no sabíamos qué hacer, temblábamos mientras las horas pasaban. Silvio empezó a llamar a sus tíos para avisarles que su papá estaba internado.

Parecía haber pasado una eternidad cuando escuchamos que el auto había regresado. Cuando se abrió la puerta, la imagen fue terrible: estaban destrozados y sus ojos reflejaban que habían llorado mucho. Pedro había muerto. Fue un infarto en su cama. Intentaron reanimarlo, pero no hubo nada que hacer.

La noche pesada nos envolvió. Todos, en silencio, intentamos transitarla sin poder salir del estado de shock, sin saber cómo seguir. Me puse de pie, caminé hasta donde estaba Nico y le dije: “Vine a verte, a decirte que lo siento”. Lo abracé fuerte y lloramos juntos. Él veía que su mundo se estaba derrumbando y no sabía cómo iba a enfrentar todo lo que vendría.

Después de un rato y con un café de por medio, papá y Nico volvieron al centro a empezar los trámites necesarios. Los demás nos quedamos en su casa. De a poco, empezaron a llegar familiares para acompañar.

Cuando amaneció, fuimos al funeral y nos quedamos allí hasta la tarde. Pasado el mediodía, partimos al cementerio. Era el lunes 1 de agosto. El frío y la lluvia fueron constantes. Cuando finalizó el entierro, volvimos a casa de Nico con sus hermanos y sus tíos.

Había muchas cosas que resolver. Marta seguía internada en Buenos Aires y nadie se atrevería a contarle lo que estaba pasando. Eran tres chicos que estaban solos y que, llenos de angustia, debían hacerse cargo de una casa vacía y de la ausencia de su mamá. La vida seguía adelante.

Los tíos se sentaron alrededor de la mesa y les indicaron cuál sería el cronograma que deberían seguir. Les destinaron un presupuesto para que vivieran, les dijeron todas las obligaciones que tenían que asumir y se fueron. Parecían personas desalmadas. ¡Esos chicos acababan de perder a su padre y tenían a su madre internada sin saber qué le pasaba! Fue un momento tremendamente cruel.

Nosotros nos quedamos un rato más. Preparamos algo para que comieran con lo que había en la heladera, los despedimos y nos fuimos a casa.

Caía la noche. La lluvia y el frío seguían presentes. Llegamos, bajamos los cinco del auto y nos sentamos en el cuarto de estar. Papá encendió la estufa a leña y nos quedamos frente al fuego. Apenas unos minutos más tarde, mamá y papá se miraron. Sin decir nada, se levantaron y volvieron a salir. Habían ido a buscar a esos tres chicos que estaban solos y sin saber cómo enfrentar ese momento. Los invitaron a dormir en casa. Sin dudarlo, se subieron al auto y vinieron con ellos.

Papá hizo una carne en la parrilla del hogar. Cominos, miramos un poco de televisión y, devastados por la pena y el cansancio, nos fuimos a dormir. Frente a la estufa, ubicaron colchones para los tres varones, y Adela se instaló conmigo en mi habitación.

El domingo siguiente por la noche, regresamos a lo de Ada. Seguíamos sintiéndonos muy tristes, conmovidos y, antes de subir al bus, les dijimos a los demás: “Es una pena para nosotros separarnos”;juntos era un poco más fácil seguir adelante.

Los chicos de Bernal no tenían idea de lo que habíamos vivido. Poco a poco, se fueron enterando, y entre todos hacían lo posible para darle a Nico fuerzas, apoyo y contención.

Sus hermanos se quedaron en casa, viviendo ya definitivamente con mis padres. A nosotros nos tocaba involucrarnos en lo que estaba pasando con Marta, algo que nadie quería aclarar. Recién llegados, el lunes por la mañana fuimos a verla, y lo que encontramos fue terrible.

En Buenos Aires, vivía su hermana menor y una sobrina. Ellas eran quienes se habían hecho cargo de su cuidado después de que Pedro no había regresado. Cuando la vimos, estaba tendida en una cama, casi desvanecida. Su pelo castaño oscuro se había vuelto color gris y había comenzado a caerse, quedándose pegado en su almohada. Habían empezado a darle quimioterapia, pero nadie nos decía por qué, qué habían encontrado, cuál era el diagnóstico. No podíamos acceder a los médicos, y la información se guardaba bajo siete llaves.

Estuvimos con ella esa mañana, y nos asignaron cuidarla la madrugada del viernes a partir de las 22 h. Sabían que nosotros debíamos ir a la facultad, pese a todo ese inmenso caos.

Esa semana de estudios pasó volando. Habíamos empezado ya las materias de la carrera y todo era confusión e incertidumbre. Nico estaba muy angustiado, preocupado y ansioso.

La noche del viernes, fuimos juntos hasta el hospital. Los que estaban ahí se despidieron de nosotros y partieron. La habían cambiado de habitación; esta quedaba al final del pasillo, frente al office de las enfermeras. Era muy grande. Había dos camas más, además de la suya, que estaban vacías. Hacía mucho frío y solo se iluminaba con la luz que entraba por la ventana de vidrio desde el pasillo.

Entramos a saludarla y nos quedamos con ella. Tenía sed, y con una gasa le mojábamos los labios, que estaban completamente secos y lastimados. No podía tomar del vaso porque todo lo devolvía.

Un rato más tarde, Nico salió a buscar más gasas. Yo estaba sentada en una silla a su derecha. Rezamos y luego, en el horrible silencio de esa noche, me tomó la mano y me dijo:

—Quiero decirte que te aparté de los demás para hablar con vos a solas.Necesito que sepas que ahora es tuyo, te lo dejo a vos. Por favor, cuidalo y amalo como yo lo hubiera hecho.

Sentí un golpe fuerte y profundo en mi pecho. Mi corazón se hacía pedazos de tristeza. ¿Acaso se estaba despidiendo? Intenté atravesar ese momento como pude. Hablé de otras cosas, traté de cambiar el tema, y pronto se durmió. Nico era su hijo mayor, a quien cuidaba celosamente, y quería quedarse tranquila con que tendría quien lo acompañara y apoyara, pasara lo que pasara.

Estuvimos en el hospital hasta las siete de la mañana y, cuando llegó nuestro relevo, nos fuimos a desayunar e intentar dormir un rato a lo de Pompi.

No le conté a Nico lo que me había dicho su mamá. Buscaba explicaciones que no podía encontrar, me hacía preguntas que no sabía responder. Probé combinando números y cifras, desarmando las piezas de los rompecabezas.Las preguntas de ciencia, ciencia y progreso, no hablan tan fuerte como mi corazón.

Transcurrieron dos semanas. Seguíamos yendo cuando nos indicaban que nos tocaba acompañarla. Todo este tiempo, Nico estaba completamente cerrado. No expresaba nada de su dolor. Seguía adelante como un soldado en plena guerra. Su mamá era su debilidad.

Yo no sabía cómo ayudarlo, solo lo acompañaba.Todos los días le repetía: “No tienes idea de lo adorable que eres. Tenía que verte para decirte que te necesito”.Intentaba distraerlo y le decía: “Cuéntame tus secretos y pregúntame lo que quieras”.Quería sacarlo de ese hondo hueco en el que estaba sumergido, que volviéramos a comenzar. Necesitaba ver que podía volver a ser ese a quien yo conocía. Pero dime que me amas, vuelve y quédate, oh, y corro al principio. Volvamos a empezar.

Estábamos a principios de septiembre. Hacía un mes y medio que Marta estaba internada, pero las cosas no mejoraban y la esperanza de recuperación se esfumaba. Nos quedamos con ella el fin de semana, y el domingo a la tarde volvimos a Bernal.

Al día siguiente, el lunes 5 de septiembre, fuimos a la facultad y volvimos a la hora de almorzar. Nico fue a dormir una siesta. Más tarde, merendamos y no se sentía bien. Se fue a recostar de nuevo y yo lo acompañé. En un momento, casi llorando dijo:

—Siento como si me apretaran el cuello, como si me ahorcaran y no pudiera respirar. Nadie dijo que sería fácil; nunca nadie dijo que iba a ser tan difícil. Por favor, ayudame a seguir. Oh, llevame de vuelta al principio,volvamos a comenzar, ¡volvamos a empezar!

Me quedé con él hasta que se quedó dormido. No cenamos, me fui a dormir directamente. Estábamos llenos de tristeza y angustia. No teníamos teléfono, no sabíamos nada de Marta y tampoco podíamos hablar con Concordia para contenernos mutuamente.

La siguiente mañana del martes 6 de septiembre, nos despertamos temprano y nos preparamos para ir a la facultad. Una sorpresa nos detuvo: había venido en su auto Raúl, el esposo de Pompi. En su departamento, sí tenía teléfono, y a la madrugada le habían avisado que Marta se había ido. Había sido en la tarde-noche del lunes, justo en el momento en que Nico sentía ese ahogo, como si ella se hubiera estado despidiendo de él.

Cuando escuchó la noticia, se derrumbó por completo. Entre todos intentamos sostenerlo mientras lloraba sin consuelo. Luego de unos minutos, se incorporó, secó sus lágrimas y, sacando fuerzas de no sé dónde, dijo: