El reflejo de la bestia - Xiomara Barrera - E-Book

El reflejo de la bestia E-Book

Xiomara Barrera

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Un acercamiento humano a una historia horrible Desde que su hermano desapareció cuando él apenas tenía seis años, ya no hubo más magia en la vida de Jesús. Él solo sabe que la guerrilla lo reclutó. Sin entender qué significa esa palabra, se propone dedicar su vida a luchar contra el reclutamiento infantil. Años más tarde, su madre, en su lecho de muerte, le revela que Antonio fue víctima de Luis Alfredo Garavito. «La Bestia», como se conoce en Colombia a Garavito, paga una larga condena en una penitenciaría de alta seguridad, pero se rumora que pronto recuperará su libertad. Jesús no está dispuesto a permitirlo. Mientras planea su venganza, nos va descubriendo ese doloroso pasaje de la historia del país. Su historia es la de cientos de familias que aún esperan justicia.

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2023

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    EL REFLEJO DE LA BESTIA

© Xiomara Barrera, 2023

© Rafael Poveda, 2023

© Testigo Directo Editorial, 2023

Investigadores: Kevin Pinzón Díaz – Periodista

Xiomara Barrera Burgos - Escritora

Productor general: Jorge E. Nitola C.

Equipo de producción Rafael Poveda Televisión: Ana Sofía Acuña, Michell Rodríguez, Juan Guillermo Mercado, Hernando José Sanjuan, Edward García, Juan Carlos Lozano, Alejandro Ardila, Lucas Sempere y Juan Camilo RamirezEditor de mesa: Miguel Ángel Rosado

Corrección de estilo: Gustavo Patiño

Diseño y diagramación: Rey Naranjo

Impreso en Colombia por Multi-impresos SASISBN 978-628-95597-4-3

Hecho el depósito de ley.

Este es un trabajo de ficción. Los nombres, personajes, negocios, lugares, eventos e incidentes son ficticios. Cualquier parecido con personas reales, vivas o muertas, o eventos reales es coincidencia.

Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial en cualquier medio, sin permiso escrito de los titulares del copyright.

Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions

 

 

 

DEDICATORIA

A las familias que fueron víctimas de la crueldad de Luis Alfredo Garavito, las cuales, además de soportar el dolor de su pérdida, sufrieron el abandono del Estado, la sociedad y la justicia, al no recibir ningún tipo de acompañamiento psicológico, ni económico. Un especial agradecimiento a quienes tuvieron el valor y la disposición de revivir los hechos para que su testimonio pudiera ser reflejado en esta novela.

CONTENIDO

PRESENTACIÓN

FRENTE A FRENTE CON GARAVITO

PREÁMBULO

CAPÍTULO 1

CAPÍTULO 2

CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 5

CAPÍTULO 6

CAPÍTULO 7

CAPÍTULO 8

CAPÍTULO 9

CAPÍTULO 10

CAPÍTULO 11

CAPÍTULO 12

CAPÍTULO 13

CAPÍTULO 14

CAPÍTULO 15

CAPÍTULO 16

CAPÍTULO 17

CAPÍTULO 18

CAPÍTULO 19

CAPÍTULO 20

CAPÍTULO 21

CAPÍTULO 22

PRESENTACIÓN

EN ENERO DE 2020, EN MEDIO DE LA FERIA AUDIOVISUAL DE NAPTE, estaba sentado con Gustavo Nieto Roa en el hall del hotel Fontainebleau de Miami Beach cuando recibí una llamada de mi reportero Kevin Pinzón: «Lo tenemos Rafa, ¡tenemos la entrevista con Garavito!» Me quedé sin palabras. Después de muchos meses de trabajo, habíamos conseguido que el mayor violador y asesino serial de niños en el mundo nos concediera una entrevista exclusiva. Habíamos sido escogidos por encima de cientos de medios de comunicación de todo el mundo, quienes durante más de diez años esperaban una respuesta positiva. Luis Alfredo Garavito era —y es —un tema muy delicado de tratar periodísticamente. Al terminar la llamada, le comenté a Gustavo, realizador de grandes éxitos cinematográficos en Colombia. Él, sin dudarlo, me sugirió que tener una historia de ese tenor ameritaba hacer un libro.

Quienes me conocen y han visto mi trayectoria saben que lo mío es el periodismo de reportería, de pie en la calle, de actualidad e instantáneo. No había pensado en los libros ni en sus géneros como posibles formas de presentar mis historias, pero siempre me quedó sonando la recomendación de Nieto Roa.

Durante el desarrollo de las entrevistas con el asesino en serie que derivaron en más de 100 horas de grabaciones con él y sobre todo con sus víctimas, nos dimos cuenta de que para mostrar la complejidad de un psicópata de este calibre era necesario utilizar todos los recursos posibles, entre ellos la ficción. El resultado de este ejercicio desarrollado junto a la escritora Xiomara Barrera es esta novela que usted, estimado lector, tiene en sus manos.

RAFAEL POVEDA

FRENTE A FRENTE CON GARAVITO

CUANDO RECIBÍ LA INVITACIÓN A ESCRIBIR UNA NOVELA sobre Luis Alfredo Garavito Cubillos, mi primera reacción fue de negación. «¿Por qué alguien escribiría sobre esa persona?». Como muchos colombianos, mi mente se negaba incluso a repetir su nombre. Sus nefastas acciones afectaron tan profundamente a la sociedad, que sistemáticamente rechazaba la propuesta. Me obligué a pensar en lo que me inhibía a hacerlo, y en las implicaciones de llevarlo a cabo. Encontré que no tenía la suficiente información para hacer un juicio, más allá del horror, máxime cuando sus víctimas fueron niños inocentes. También entendí que, aunque el país ha avanzado en la construcción de leyes para proteger la niñez y la adolescencia, continúan vigentes la negligencia, la violencia contra los niños y los delitos sexuales. Pero callarlo no mejora las cosas.

Luis Alfredo Garavito. La bestia. Su solo nombre nos produce miedo, y el miedo nos lleva al odio. Pero el odio no cambia la realidad. Y en todo caso, es tarea de todos cuidar de los niños. Una forma de hacerlo es mantener viva la historia.

Y acepté escribir la novela con Rafael Poveda.

Después de una cuidadosa preparación, partimos con un equipo de profesionales de RPTV a investigar a fondo los hechos, tristemente célebres, del mayor asesino de niños del mundo. RPTV obtuvo el permiso para ingresar a La Tramacúa, la penitenciaría de alta seguridad en Valledupar, donde purga su condena. Durante catorce días Garavito desgranó su historia. Su interés era transmitir un estado actual de «espiritualidad y arrepentimiento». Pero el narcisismo propio de su condición —y la sagacidad del equipo investigador— lo llevó a contar aspectos inéditos, más allá de su confesión inicial. Y hasta parecía disfrutar de sus recuerdos.

Fue difícil lograr que Garavito aceptara una entrevista conmigo ¡porque a él no le gustan las mujeres! Además del natural recelo de estar frente a frente con un asesino en serie, tuve que lidiar con su rechazo de género. Tampoco creyó que yo era escritora. Estaba convencido de que era una psiquiatra camuflada. De hecho, todo el tiempo se dirigió a mí como «doctora».

Cuando nos presentaron me preguntó de dónde era. Sentí un estremecimiento. Le respondí: de Viotá, un municipio de Cundinamarca; y él tuvo la «delicadeza» de recordarme que allá «también» había cometido dos asesinatos. Yo lo sabía, por supuesto, pero él buscaba desestabilizarme.

Recuerdo su mirada. Es fija, un tanto burlona e intimidante. Con la salvedad de que, si se le mira de igual manera, pierde la seguridad y se muestra vulnerable.

Conocimos escenarios de sus ataques. Fue una experiencia intensa. Luego de escuchar sus infames relatos, era inevitable imaginar los hechos. El dolor y la maldad prevalecen a pesar del tiempo.

Finalmente visitamos a algunas familias. En medio de su precariedad, hablaron de la escasa atención que recibieron del Estado. Tienen muchos aspectos en común: la pobreza, la fe en la voluntad de Dios, su resiliencia, su coraje ante la injusticia y el temor de que Garavito sea liberado pronto «por una injusta rebaja de pena». Encontramos dos grupos: los que expresan que ya lo perdonaron… y los que esperan no tener que verlo frente a frente.

Los psicópatas son seres que se camuflan entre nosotros y se muestran encantadores mientras eligen a sus presas. Sufren un trastorno de personalidad, de origen diverso o no especificado, que puede llevarlos a convertirse, entre otros, en violadores y asesinos en serie. Estos últimos solo encuentran placer cuando causan dolor, tortura o muerte. Son manipuladores, narcisistas y no sienten remordimiento. Así es Garavito.

El reflejo de la Bestia es un homenaje a las madres que sufrieron la tragedia de perder a sus hijos «en las garras de la bestia».

XIOMARA BARRERA

PREÁMBULO

LAS PRIMERAS PESQUISAS ME LLEVARON A PEREIRA. Al parecer, el descubrimiento de unos restos en un lote abandonado fue el detonante que echó a rodar la investigación oficial y dejó al descubierto al mayor asesino en serie, agresor sexual y pederasta colombiano, quien confesó ante la Fiscalía General de la Nación haber asesinado a cerca de doscientos niños.

Según la narración del parroquiano con el que hablé y que, según decía, había sido testigo de los hechos, al mediodía del 7 de noviembre de 1998, un grupo de niños que entrenaban en la cancha de fútbol del barrio Nacederos, frente al Batallón San Mateo, fueron quienes hicieron el descubrimiento.

—Detrás de la cancha —me contó el informante— hay un lote abandonado, propiedad del Batallón, al que se ingresaba libremente y era utilizado por indigentes y otros habitantes para consumir licor y sustancias alucinógenas o para eventuales encuentros de parejas.

Al marcar un gol, un chico pateó tan fuerte que el balón fue a dar al lote. Allí rodó por la ladera hasta llegar a terreno más plano.

—El goleador se internó en el lote buscando entre los matorrales, mientras sus amigos seguían celebrando —continuó el parroquiano—. Vio la bola cerca de un árbol, se acercó y la tomó en sus manos, sin mirarla. Iba a devolverse, cuando sintió algo extraño bajo su mano. Miró la bola y gritó, y la arrojó lejos. A gritos llamó a sus amigos, que corrieron en tropel.

»Allí donde finalizaba la pendiente, docenas de huesos humanos, unos totalmente visibles y otros a medio enterrar, relucían bajo el inclemente sol. Eran pequeños y parecía que llevaban mucho tiempo allí. Entremezclados, había zapatos, prendas, botellas, cuerdas, velas y cajas de vaselina.

»El tamaño de los huesos sugería que se trataba de esqueletos de niños o de mujeres. A algunos cuerpos les faltaba la cabeza, con evidencia de haber sido cortada con algún tipo de arma. Otros estaban atados en árboles. En algunos había cuerdas de nailon alrededor del cuello. La mayoría tenía lazos amarrados en brazos y piernas, y en algunos, amarrada a los lazos de los pies, había una media. Parecía como si los cuerpos hubieran sido abandonados desnudos, sin ser enterrados. Los gritos de los niños nos alertaron y corrimos al sitio con otros vecinos. Luego llamamos a la Fiscalía».

Efectivamente, ahí estaba el lote. Un cercado le daba cierta privacidad, pero aún se podía ingresar libremente. El sol del atardecer apenas se filtraba entre las ramas de los árboles, y así creaba un ambiente oscuro, húmedo y lúgubre. El terreno inclinado finalizaba abruptamente. Allí empezaba la planicie donde se habían encontrado las osamentas. Al fondo se veía una línea de árboles frondosos que indicaban el paso del río. Era fácil imaginar la escena: el juego de fútbol, el balón rodando por la ladera, el niño observando incrédulo las osamentas y el terror que sin duda causó ese descubrimiento en los humildes moradores del barrio Nacederos.

Según pude constatar más tarde en múltiples fuentes, en el curso de dos meses las autoridades encontraron más de cuarenta cuerpos de niños diseminados por diferentes escenarios de Pereira. Un año después, se habían localizado los restos de más de cien niños, todos varones, a lo largo y ancho del país.

CAPÍTULO 1

TAC-TAC, TAC-TAC, TAC-TAC.

Sentía que el corazón se me iba a salir del pecho. Me pregunté si el de mis compañeros latía tan fuerte como el mío. Lo que sí sabía era que el mío lo hacía por razones diferentes a las de mis amigos, porque si bien el solo nombre del entrevistado nos causaba repulsión y miedo por igual, ninguno de ellos tenía razones personales para odiarlo ni planes de eliminarlo. Ellos solo estaban haciendo su trabajo. Pero lo cierto era que ninguno de ellos tuvo que recorrer, como yo, miles de kilómetros, compartiendo su rabia y sus lágrimas con docenas de familias cuyo dolor quedó enterrado en la impotencia. Ellos no debían sospechar que era mi afán de justicia y no mi reputación como periodista lo que me había traído a esta prisión.

Respiré profundo. En medio del intenso calor de Valledupar, pequeñas gotas de sudor rodaban por mi cuello y se alojaban en mi camisa. Claro que no era únicamente por el calor por lo que tenía la ropa empapada.

Tac-tac, tac-tac, tac-tac.

Era 2021. Casi dos años después de haber obtenido la autorización para esta visita, recorríamos por tercera vez los largos callejones que permiten ingresar al centro penitenciario de alta seguridad de Valledupar: La Tramacúa. Como las veces anteriores, pequeños grupos de internos nos miraban con curiosidad y mucha malignidad. Los aparatos que llevábamos debían indicarles que éramos periodistas y que seguramente íbamos a entrevistar a algún interno. Sus ojos expectantes y sus cuchicheos acompañaron nuestro paso con franca incomodidad.

«¿Por qué no me entrevistan a mí?», leía en sus ojos. En todo caso, yo estaba seguro de que cualquiera de ellos tenía suficientes méritos para ser entrevistado. Sus miradas amenazantes perforaban nuestras espaldas. En La Tramacúa se siente la maldad agazapada en cada rincón. El aire, enrarecido por la humedad, el encierro y la malevolencia que anida en sus muros, entra con asfixiante dificultad a través de los pulmones.

Tac-tac, tac-tac, tac-tac.

El camino me parecía interminable. El eco de nuestros pasos resonaba en el silencio de esas frías paredes que guardan intrincados pecados.

Después de un nuevo sello en los brazos y de pasar otro torniquete, llegamos a una especie de jardín donde trabajaban varios internos bajo la supervisión de dos guardias que conversaban con cara de aburrimiento. Algunos internos manejaban instrumentos de labranza —machetes y palas—, lo que no contribuyó precisamente a tranquilizarnos. Intentábamos, sin mucho éxito, mostrarnos seguros ante su mirada inquisitiva.

«Dios, ¿será que nunca terminará este trayecto?», me preguntaba, y con disimulo me alejaba de los bordes del camino.

Por fin llegamos al lugar, fuera del influjo de esas miradas agobiantes. Como en las visitas anteriores, esta nueva entrevista se realizaba en un amplio salón lleno de eco y de luz, pero con la suficiente privacidad para grabar los escalofriantes sucesos que, sin duda, escucharíamos durante los siguientes tres días.

Un momento después, todo era actividad. Las luces y los equipos de grabación debían ser distribuidos de manera estratégica para aprovechar al máximo el espacio, neutralizar el eco y evitar distracciones. La intensa luz que entraba por las ventanas era atenuada con grandes bolsas de plástico negro para facilitar el trabajo de las cámaras, pero también creaban un ambiente lúgubre que poco contribuía a mejorar nuestro ánimo.

Podía apreciar el miedo y la incertidumbre en la cara de los técnicos, en el meticuloso silencio con el que realizaban el montaje y las conexiones eléctricas y en la extremada concentración con la que ensayaban los equipos. Los entendía perfectamente. Ernesto y yo también exagerábamos el acicalamiento para esconder el nerviosismo, ya que estábamos a dos horas de entrevistar a un peligroso criminal, en una atrevida apuesta que nos llevaría a la fama o la picota pública. Porque la productora de Ernesto, superando a los muchos medios que lo habían intentado por años sin éxito, ese día, finalmente, estaría frente a frente con el mayor asesino serial de niños de la historia de Colombia y del mundo: Luis Alfredo Garavito Cubillos. No era poco lo que nos jugábamos.

En dos horas, todo debía estar a punto: luces, cámaras y micrófonos. Lo único ausente parecía ser nuestra tranquilidad, en todo caso camuflada detrás de una calculada, y obligatoria, actitud profesional.

Mientras esperábamos el encuentro, intenté concentrarme en las preguntas que le haría al asesino. Ese intenso cuestionario preparado con minuciosa atención por el equipo de especialistas, con toda clase de recomendaciones para lograr la mejor entrevista. Cada detalle había sido cuidadosamente calculado. ¿Qué podía fallar? Todo. Al fin y al cabo, solo estaríamos frente a frente con un psicópata, un asesino con la peor reputación, que tal vez quisiera aniquilarnos si no le gustaba el color de nuestros zapatos.

Trataba de tranquilizarme, pero sentía de nuevo la camisa pegada a mi espalda. Y las gotas, que no dejaban de rodar.

Tac-tac, tac-tac.

Sin poder evitarlo, mi mente me llevó a otro tiempo, a otro espacio donde todo empezó: yo había intentado, sin éxito, contactar directamente a Garavito. Me había presentado como un estudiante de periodismo interesado en escribir mi tesis de grado en torno a su vida. Pero no se dignó responderme.

Por recomendación de Melissa, ingresé a la productora de Ernesto Ferreira, su tío, pero nunca le dije a él —ni tampoco a Melissa— que mi objetivo era llegar, por su intermedio, a entrevistar a Garavito, el psicópata que purgaba sus delitos en la cárcel de Valledupar.

«No puedo decirles que necesito llegar a él y mucho menos que planeo exterminar al asesino serial de niños más prolífico que ha dado la Tierra. Ni mucho menos mis razones», me repetía a mí mismo cada vez que la ansiedad amenazaba con traicionarme.

Ernesto Ferreira, el dueño de la compañía, era un conocido productor de televisión en Colombia. Su empresa se especializaba en mostrar personajes que trasgredían de diversas maneras los estándares de comportamiento de la sociedad. Sus programas, ampliamente conocidos dentro y fuera del país, le habían hecho merecedor de varios premios Emmy. Tenía un aspecto bonachón que estratégicamente escondía la mente astuta, calculadora y encantadora de un Borgia. Era persistente, y poco a poco se había convertido en la piedra en el zapato de otras productoras con más experiencia y recursos.

Me adapté rápidamente a la empresa por la temática que se manejaba allí. Eran historias dramáticas y escandalosas. Con frecuencia desencadenaban situaciones riesgosas que de ninguna manera lograban amedrentarme. Durante mi adolescencia había dedicado muchas horas a investigar a fondo las acciones de la guerrilla y sus poco ortodoxos métodos. Durante ese periodo también me había acercado peligrosamente al submundo de las pandillas. No es que hubiera mucha diferencia entre su barbarie y la de los oscuros personajes que investigaba la productora.

Conocer historias duras formaba parte de mi interés personal y profesional. Al confrontar a los transgresores, aprendía de su naturaleza, sus estrategias, sus motivaciones. Quería conocer dónde nacían sus historias, cómo manipulaban los hechos, cómo se gestaba —o urdían— su arrepentimiento y cómo inducían al perdón. Quería entender el porqué de la maldad. Mientras, me preparaba para enfrentar a Garavito.

Calladamente me dediqué a demostrar mis dotes de periodista. Busqué y obtuve entrevistas complejas que desarrollé con un estilo muy personal. Después de unos cuantos casos exitosos en los que proliferaban la extorsión, la lucha por el control de drogas y la prostitución de menores, me planté un día delante de Ernesto y le dije que quería hacerle una entrevista a Luis Alfredo Garavito.

Con su traje impecable, su cabello bien peinado y esa radiante sonrisa que con demasiada frecuencia escondía una sutil burla, Ernesto me miró como si fuera un fastidioso mosquito. Me aseguró que lo estaba haciendo muy bien en mi trabajo, pero no entendía qué se me había perdido con ese fulano.

—Ese psicópata no ha concedido entrevistas hace años, ni siquiera a la BBC —me dijo un tanto resentido—. Y, en todo caso, ¿por qué supones que lo entrevistaríamos?

Irradiando confianza y sabiduría, le recité a Ernesto que el país debía refrescar esa historia, que era poco lo que se había mejorado con los niños desde que lo habían capturado, y que si Garavito era liberado pronto, como se rumoraba, cabía el riesgo de que enfrentara al país a otro baño de sangre inocente.

—Sí, se han creado nuevas leyes —le decía yo, seguro de convencerlo con mi erudición—, pero los niños siguen trabajando en las calles y muchos siguen siendo lastimados, incluso por su propia familia. Y ni hablar del sistema carcelario que, lejos de resocializar, profundiza la delincuencia.

Su mirada burlona se tornó casi insultante mientras se mofaba de mis «profundos» argumentos. Me recordó que la productora era un negocio y me pidió sin rodeos que no le hiciera perder el tiempo. De cierta forma, sentí que me estaba retando. Entendí que tendría que ofrecerle algo más atractivo si quería convencerlo.

—Te tengo una propuesta —le dije un día entrando a su oficina con dos tazas de café.

Me dijo que no le sentaba mal un descanso.

—Tienes diez minutos —agregó, mirando su reloj, mientras me recibía la taza y degustaba su café.

—¿Qué tal si creamos un programa —le dije rápidamente— cuyo escenario sean las cárceles? Yo te consigo los reos más hijueputas, y logro que nos permitan entrevistarlos entre rejas. Haremos entrevistas sin anestesia a los reclusos más oscuros y controversiales para que cuenten cosas inéditas, expresen sus opiniones o se justifiquen, si quieren.

Ernesto me escuchaba en silencio. Le expliqué mi plan, asegurándole que había mucha gente que le gustaban esas historias.

—En eso tienes razón —me dijo pensativo—. Es precisamente el público objetivo de nuestra empresa. Un segmento de mercado adicto a las noticias morbosas. Existe una malsana fascinación por el mal, no necesariamente por hacerlo, sino por conocerlo, por oír hablar de él, por zambullirse en él. Hasta algunos radicales moralistas lo disfrutan, ¡a escondidas, claro! Ese es nuestro público.

Entusiasmado por su interés, le amplié mis motivos y finalicé asegurándole que lograría que entrevistáramos a cualquier recluso que movilizara opinión. Ernesto no estuvo de acuerdo.

—A cualquiera no —me contradijo—. Los seleccionaremos según su, digamos, relevancia delincuencial. Y expondremos sus opiniones al público para que las desmenucen.

Levantándose de su asiento realizó varias anotaciones en su tablero, mientras encerraba en un círculo las palabras «Entre rejas». Como hablando para sí mismo, expresó que sería un espacio para que contaran, libres de la presencia y la presión de un fiscal, un abogado o un juez, «su versión» sobre hechos ya juzgados. Se anunciaría con anticipación el nombre del participante para que el público enviara preguntas o mensajes, y estos serían canalizados al personaje para que él mismo eligiera qué, cómo o a quién le respondería. Consideró mínimo cinco programas, cada uno con un «invitado» diferente. Escribió y subrayó palabras como «controversia», «sintonía» y «pauta». Tachó algunas de las ya escritas. Finalmente escribió entre interrogantes las palabras «costos», «presupuesto», «ingresos netos» y otros conceptos tanto técnicos como financieros. A continuación, revisó con cuidado sus anotaciones, haciendo ajustes. Finalmente soltó el marcador y se retiró los lentes; volviéndose, me miró, como sorprendido de que aún estuviera allí. Tomó de nuevo su taza, pensativo.

—¿Te suena? —le pregunté disimulando mi alegría.

—¡Pues sí me suena, señor Lopera! Pero no veo cómo eso ayuda a su asunto con Garavito, que es lo que realmente busca. ¿O me equivoco? —me dijo demostrándome su perspicacia. Y añadió, haciendo gala de una modestia que no sentía—: Él se da el lujo de despreciar a los pesos pesados. ¿Por qué hablaría con nosotros? Seguramente ni sabe que existimos.

—Ahí está el detalle —le dije sonriendo con malicia—. Cuando Garavito se entere del proyecto, como es un narcisista, esperará obviamente ser el primer entrevistado.

—¡Ah!, ¡pero no lo llamaremos! —adivinó Ernesto.

Le confirmé que, efectivamente, esperaríamos hasta que él, en su narcisismo, se tragara su orgullo y nos pidiera el favor de entrevistarlo.

Ernesto aprobó la propuesta, entusiasmado. Me dijo que iba a evaluar los costos y calcular los beneficios para la empresa antes de tomar la decisión, pero en sus ojos leí que le gustaba y que quería probarla.

—¡Brindemos por Entre rejas! —exclamó, levantando su taza de café, mientras señalaba las dos palabras encerradas en un círculo en su tablero.

—¿Entre rejas? —dije levantando automáticamente mi taza, entre pasmado y feliz—. ¡Claro! ¡Por Entre rejas!

Las mariposas en mi estómago amenazaban con sacarme volando por la ventana.

Unos meses después, hubo una fiesta en la oficina. Yo había bebido tanto que al llegar a mi cama había quedado poco menos que privado. Tenía la intención de dormir toda la mañana, pero apenas aclaraba el día cuando algo inusual me despertó. Un insoportable ruido taladraba mi cabeza. En medio de la resaca, confundido y medio dormido, no acertaba a identificar qué sonaba. Finalmente descubrí que era el teléfono. Fastidiado, miré el reloj. ¡Quién llama a las seis de la mañana! Tomé el aparato decidido a mandar al diablo al inoportuno.

—¿¡Quién es!? —grité.

—Alguien quiere hablar con usted —dijo una voz desconocida—. En treinta minutos recibirá una llamada de La Tramacúa.

Me senté de golpe. El sordo clic resonó en mi cabeza embotada. De inmediato quedé lúcido. Dos minutos después estaba en la ducha terminando de despejarme para esperar la llamada. Un café cargado completó el trabajo.

Pero fueron sesenta minutos los que tuve que esperar antes de que volviera a sonar el teléfono. Cuando escuché su voz tuve que hacer acopio de mi autocontrol para no gritarle todo mi odio. Para no dejar que se notaran mi ansiedad y mi desprecio. Tenía que comportarme como un profesional.

A las nueve en punto entré como una tromba a la oficina de Ernesto. Me miró, molesto por mi abrupta intromisión. Pareció a punto de recriminarme, pero algo debió notar en mi aspecto porque se tragó su pregunta. Con un gesto me animó a hablar. El curso de los acontecimientos me sobrepasaba. Había supuesto que los meses de planeación y trabajo me habían preparado lo suficiente, pero me costaba mantener la calma. Al menos delante de Ernesto no tenía que disimular mis emociones.

—Llegó la hora cero —le dije, y le conté mi conversación con Garavito.

La felicitación de Ernesto no se hizo esperar. Nuestros planes, tan cuidadosamente trazados, habían llegado a su clímax.

—Y exige ser el primero —terminé.

—¿Conque esas tenemos? Que ni lo sueñe.

Decidimos que la entrevista a Garavito sería la cuarta del programa.

Pero antes de que llegara su turno, la pandemia amenazó la integridad de la Tierra y todos sus habitantes, y la entrevista tuvo que posponerse durante más de un año.

***

La Tramacúa, 2019

Cada vez que pensaba en la entrevista, Garavito rumiaba su rabia. Por enésima vez, recordó los momentos vividos casi dos años atrás. Ese día había venido la enfermera a aplicarle la inyección que recibía periódicamente para aliviar los dolores de su enfermedad y, agotado por los efectos que le causaba, se quedó acostado frente a su viejo televisor en blanco y negro. Daban el noticiero. Cuando empezaba a quedarse dormido, una noticia lo sorprendió haciendo que su sueño se espantara:

«La conocida productora de televisión de Ernesto Ferreira estrena su nuevo proyecto Entre rejas, que se iniciará con una serie de entrevistas a cinco tristemente célebres personajes recluidos en las más reconocidas cárceles del país».

Garavito escuchó con atención. La presentadora estaba nombrando al equipo periodístico a cargo. Además de Ernesto Ferreira, escuchó otro nombre que él conocía. Estaba seguro. Si mal no recordaba, se trataba de un estudiante que lo había contactado tiempo atrás. En su carta le pedía que le permitiera manejar su historia como proyecto de grado en comunicación social y periodismo en una reconocida universidad. Garavito ni siquiera se había molestado en considerar el pedido. En realidad, le había parecido divertido e ingenuo. Él, que se daba el lujo de rechazar a importantes medios de talla mundial, ¿por qué iba a considerar esa petición? Él no estaba para estudiantes.

Con la convicción de ser el recluso más reconocido —y temido— de todo el país, y ya que en el programa participaba ese periodista, Garavito no tenía la más leve duda de que sería el primer invitado.

Complacido, empezaba a imaginar cómo respondería a la comunicación que sin duda recibiría en los siguientes días. Tuvo que interrumpir sus pensamientos cuando la presentadora informó que iba a nombrar a los cinco potenciales candidatos a entrevista. Pero la lista finalizó y él no estaba incluido.

Por algunos minutos la sorpresa lo paralizó. La ofensa había sido devastadora. Por supuesto, Garavito no estaba dispuesto a pasar a ser un desconocido. Él era el mejor. Y ni la productora, ni mucho menos un periodista despechado, iban a echar su nombre a la basura. Él tenía que seguir vigente.

En la soledad de su celda, gritó furioso que a él nadie lo despreciaba, que a él nadie podía olvidarlo y que los obligaría a invitarlo. Y cayó de cabeza en la trampa que había sido tendida en su honor.

Por costumbre, guardaba todas las comunicaciones que recibía, cada vez menos de las que deseaba, reconoció con fastidio. Debajo de su cama tenía una caja repleta de papeles amarrados por grupos. Revolviendo entre los más recientes, había buscado la carta del estudiante y, ocultándose bajo la burda sábana de dotación de la cárcel, ingresó sus datos al celular que escondía celosamente a la vista de los guardias.

Horas más tarde había llegado casi a olvidar la ofensa que le habían hecho. Su búsqueda en Internet fue muy productiva. Entonces llamó a su primo Hugo, su confidente, y quien lo mantenía informado de lo que pasaba más allá de su celda.

—Llama a este número mañana. Dile a ese hijueputa que quiero hablar con él.

CAPÍTULO 2

YO NO PODÍA CON LA ANSIEDAD. Caminaba de lado a lado de ese amplio salón, deseando dejar de pensar. El calor aumentaba. El día anterior había escuchado que Valledupar era más caliente cada año, y parecía que este 2021 le hacía honor a ese comentario. Intenté hablar con los demás, pero Ernesto leía el cuestionario que habíamos preparado y los técnicos discutían aspectos del montaje mientras ultimaban detalles.

Aún faltaba más de una hora para iniciar la entrevista. Me acomodé en una silla y cerré los ojos, tratando de poner mi mente en orden.