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Este libro está compuesto por dos novelas cortas. La primera de ellas, «El último año de la edad dorada», habla de esa edad de cambios —los once, doce años— que presagia cambios más grandes aún. Una edad en la que no se es completamente niño ni completamente adulto, y la persona comienza a plantearse diversas cuestiones. Ambientada hace más de treinta años —en una época en la que eran más comunes los juegos al aire libre y existía cierta sensación de que jugar podía ser toda una aventura—, esta nouvelle toca de cerca el tema del primer amor mediante la historia de Matías y Romina, con sus logros y derrotas, con sus luces y sombras. Muestra también el efecto producido en el protagonista por los libros y la lectura. Matías, hábil dibujante, comienza a sentirse cada día más inclinado hacia la lectura, descubriendo un mundo nuevo. Así, siente que todo empieza a cambiar: las circunstancias, los demás y él mismo, con las dificultades que todo ello conlleva. El libro se completa con otra novela corta, «Viaje de vacaciones». Esta narra, con un ritmo intenso y variedad de detalles, las peripecias de un fotógrafo y su esposa durante unas vacaciones en las sierras.
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Seitenzahl: 54
Veröffentlichungsjahr: 2022
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Monteros, Eliseo Samuel
El último año de la edad dorada / Eliseo Samuel Monteros. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2022.
68 p. ; 21 x 14 cm.
ISBN 978-987-817-005-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas Biográficas. 3. Novelas de Aventuras. I. Título.
CDD A863
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2022. Monteros, Eliseo Samuel
© 2022. Tinta Libre Ediciones
Prólogo
Este libro está formado por dos novelas cortas. La primera de ellas, «El último año de la edad dorada», habla de un tiempo y una edad de la vida especialmente gratos para mí. Esa edad de cambios —los once, doce años— que presagia cambios más grandes aún. Una edad en la que no se es completamente niño ni completamente adulto, y el individuo comienza a plantearse diversas cuestiones.
Este relato está ambientado hace más de treinta años, en 1989, y por tanto en una época muy distinta a la actual. Una etapa anterior al uso masivo de internet, en la que, probablemente, tenían una mayor preponderancia los juegos al aire libre y existía esa sensación de que jugar podía ser toda una aventura.
Es una historia, también, que toca de cerca el tema del primer amor, así como el efecto producido en el protagonista por los libros y la lectura. Matías, hábil dibujante, comienza a sentirse cada vez más inclinado hacia la lectura, descubriendo un mundo nuevo y asombroso. Pero no es una historia de cambios personales únicamente: él siente que también los demás cambian. Varía asimismo su situación presente y vislumbra grandes variaciones en el porvenir, con las dificultades que todo ello conlleva.
El libro contiene además otra novela corta, «Viaje de vacaciones». En ella, un fotógrafo y su esposa, después de un año agitado, inician las vacaciones que tanto han estado esperando; sin embargo, poco a poco irán descubriendo que esos días no serán lo que habían imaginado. Publicada hace algunos años en formato digital, he querido ahora, luego de revisarla, incluirla en este nuevo libro. Ojalá los lectores y lectoras puedan disfrutar de ambas narraciones.
Eliseo Monteros
Córdoba, octubre de 2021
El último año de la edad dorada
1
El barrio era un lugar más o menos tranquilo. Cerca de la casa pasaba el ómnibus que iba hasta el centro y los autos circulaban con cierta regularidad. Las calles estaban pavimentadas, pero había varios sitios baldíos. En uno de ellos, el que estaba al lado de casa, permanecía con obstinación un ombú, especie largamente declarada en vías de extinción y que, sin embargo, se resiste a desaparecer. Tenía a mi disposición un patio amplio, casi inmenso, en el que había jugado durante toda la niñez, a veces solo, a veces con amigos. Podía tocar la tierra, el césped, los ladrillos apilados en un rincón. Aunque todo eso fuera de mis padres, en cierta forma me pertenecía.
También mi vida había sido, hasta ese momento, más o menos tranquila. Pero ahora, con once años y ya cerca de comenzar el último año en la escuela, sentía que todo empezaba a cambiar. Las circunstancias, los demás y, también, yo mismo. Sin embargo, a todo esto no lo veía con tanta claridad, y tampoco con demasiado dramatismo. Vivía con la escasa planificación de un niño de mi edad, aunque percibiendo, de forma vaga, una serie de cambios en el horizonte.
Y mientras pensaba en el nuevo tiempo de clases que se acercaba, recordaba al mismo tiempo mis vacaciones. Por lo común, durante las vacaciones viajaba a la provincia de Buenos Aires con mis padres y mi hermana Mariela, o solo con mi madre y mi hermana. Ahí vivían mis abuelos paternos, de edad avanzada, así como parientes por parte de mi madre.
Pero durante aquellas vacaciones de 1989 no habíamos hecho tal viaje. En cambio, una vivencia importante para mí había sido la ascensión a la montaña, en Cosquín, con mi hermano Ramiro —diez años mayor que yo— y otros chicos. Mientras subíamos, había empezado a llover y, cuando llegamos a la cima, la lluvia era ya copiosa. Nos refugiamos bajo unos árboles y desde ahí vimos, a algunos metros, un gran trozo de plástico. Cerca del plástico había también algunos pedazos de vidrio —restos de botellas—, y Ramiro tuvo la idea de servirse de uno de esos pedazos a modo de tijera, para recortar el plástico y formar así una especie de pilotos para cubrirnos de la lluvia. Al descender, mi hermano y yo decidimos ir por un sendero alternativo, más estrecho y empinado. Más de una vez resbalamos al pisar las rocas mojadas, y en algún momento caímos al suelo.
Fue una gran aventura, pero ahora se acercaba el inicio de las clases. Volverían la rutina, las tardes ocupadas con las tareas de la escuela, el esfuerzo que implicaba levantarse temprano. También, al mismo tiempo, el encuentro con los amigos, el encuentro con Romina.
Durante los dos últimos años, sin ser muy consciente de ello, me había hecho amigo sobre todo de Lucas, compañero de escuela desde quinto grado, y me había distanciado un poco de mis primeros amigos, Darío y Emilio. A su vez, estos se habían hecho muy amigos entre sí, y cuando, de tanto en tanto, me había acercado a ellos, ya no había encontrado el mismo trato. Lo paradójico era que yo mismo los había presentado, y también había sido mía la idea de que fuéramos un grupo de amigos.
En cuanto a Romina, siempre tenía la sensación de lograr algo a medias. Romina Schmidt era una niña delgada y simpática, de ojos verdes y piel muy clara, y a mí me había agradado desde el comienzo, desde que estábamos en los primeros años de la escuela. Por mi parte, con mi carácter alegre, aunque dado ya a la introspección, creo que también resultaba un niño simpático. Me agradaba decir chistes, cosas que se me ocurrían de forma espontánea y como pensadas para mí mismo. Pero ella siempre los festejaba, a veces riendo a carcajadas, y se los repetía a una de sus amigas, que se hallaba casi siempre a su lado.
2
