5,49 €
No todo el mundo es capaz de encontrarle un sentido a la vida en un momento de profundo dolor. Pero Roseli Tardelli consiguió hallar en la muerte de su hermano, Sérgio, portador del VIH, una causa por la que luchar. No hay más que ver la Agência Aids y todo lo que esta viene trabajando por ampliar los derechos de las personas infectadas por el VIH y difundir información sobre el sida a la sociedad. El camino es tortuoso, los obstáculos son enormes e innumerables; pero Roseli y su equipo de colaboradores consiguen mover una energía tan fuerte que las barreras se rompen casi a diario. Con esta publicación, el Senac São Paulo presenta algo más que una historia de lucha; también aporta debates e información relevante —mediante un glosario y una cronología— para que el lector reflexione sobre la trayectoria de la enfermedad en Brasil y en el mundo, al tiempo que rinde homenaje a las personas que luchan por un tratamiento más humano para los infectados por el VIH.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 233
Veröffentlichungsjahr: 2022
ROSELI TARDELLI
Texto basado en diálogos con Cristina Sant'Anna
elvalordelavida
10 AÑOS DE LA AGÊNCIA AIDS
Traducción de Óscar Curros
EDITORA SENAC SÃO PAULO – SÃO PAULO – 2022
Nota del editor
Agradecimiento: a todos y a todas, ¡muchas gracias!
Prefacio – Dora Kramer
Presentación
Los descubrimientos
Las primeras luchas
“Muy bien... y los demás, ¿qué?”
A pesar de las ‘luchas absurdas’
Agencia consolidada: nuevos retos
Cronología
Apéndice: pasa por casa
Glosario: infecciones de transmisión sexual, sida y afines
Referencias bibliográficas
Portada
El valor de la vida: 10 años de la Agência Aids
Sumario
Nota del editor
Dedicatoria
Agradecimientos
Prefacio
Presentación
Los descubrimientos
Apéndice
Glosario
Referencias bibliográficas
Autora
Créditos
Ficha catalográfica
Colofão
“Causa de la muerte: insuficiencia respiratoria aguda, bronconeumonía, síndrome de inmunodeficiencia adquirida, infección ocular por citomegalovirus”. La muerte de su hermano, Sérgio, infectado por el VIH, dejó una profunda huella en Roseli Tardelli. La inevitabilidad de sentir dolor puede paralizar a muchas personas; pero fue en él donde la periodista encontró la motivación para cambiar la triste realidad en la que tenían que vivir los infectados por el VIH. Una realidad que siguió de cerca, viendo y viviendo las dificultades que Sérgio tuvo que afrontar para recibir el tratamiento pagado por el seguro de salud, las miradas atravesadas de una sociedad poco informada y el difícil acceso a los antirretrovirales.
La Agência Aids (Agencia Sida) se inauguró en 2003, ante la falta de información que existía en la sociedad y en las redacciones del país sobre la realidad a la que se enfrentan los infectados por el virus en Brasil. Era necesario ampliar la información sobre el sida, exigir responsabilidades gubernamentales y sociales e iniciar un nuevo capítulo en la lucha contra la enfermedad. La agencia, siempre bajo la dirección de Roseli, ha contribuido en gran medida a cambiar este panorama y ha trabajado incansablemente para que no solo los brasileños, sino también las personas que viven en países de habla portuguesa, reciban un trato cada vez más digno.
Con esta publicación, el Senac São Paulo muestra su apoyo a la causa por la que lucha la Agência Aids y rinde homenaje a su fundadora y a todos sus colaboradores, que libran incansables y diarias batallas para que se respeten los derechos de las personas infectadas por el VIH.
Dedico este libro, in memoriam, a mi dulce, elegante, cariñoso y querido hermano, Sérgio Tardelli. También a las personas que, con gran dignidad, viven con el VIH y el sida en todo el mundo, y que se enfrentan, en su vida diaria, a la ignorancia y los prejuicios.
Abram Szajman y Cecília Szajman, José Carlos Pinheiro Neto, Vilma Peramezza, Luiza Erundina, Dora Racy, Rosana Chiavassa, David Uip, Danilo Santos de Miranda, Luiz Francisco de A. Salgado, Antonio Carlos Borges, Domingos Barbosa da Rocha, Mário Augeli, Edison Toledo, Lucila Mara Sciotti, Maria Pilar Toha Farré, Leila Reis, Jeanne de Castro, Marina Pecoraro, Abigail Wimer, Ernani Prado, Alcione Alves, Joaquim Goulart, Tadeu Di Pietro, Eneida Soller, Sílen de Castro, Edmira de Castro (in memoriam), Sandra de Angelis, Luciana Freitas, Filomena Salemme, Graça Cabral, João Meirelles, Mayara Tiê (in memoriam), Cristina Angelini, Glória Amorim, Rosangela Cury, Angélica Carlini, Klébi Nóri, Silvana Stiévano, Sandra Pereira, don Murilo, doña Altair Pereira, Fátima Cardeal, Brenda Fukuta, Julio Fukuta, Arnaldo Tateishi, Magdalena José Avena, Maria Cristina Kiska, Rogério Amato, Gonçalo Vecina Neto, Nise Yamaguchi, Deborah Bonini, Dora Soares, Maria da Graça Naclério-Homem, Marta Naclério-Homem y familia, Sandra Freitas, Maria Emília Mendonça, Andréa Bomfim Perdigão, André Soares, Helizabet Salomão Ayroza Ribeiro Paulo Ayroza Ribeiro, Maria Bonomi, Andréa Matarazzo, Cássio Rodrigo, Paulo Mortari, Patrícia Portela de Souza, Telva Barros, Cristina Sant’Anna, Sandra Guerra, Simone Martins, Daniel Marun, Sérgio Kobayashi, Lu Fernandes, Dora Kramer, Marcus Vinícius Sinval, Ana Stela y Hugo Salomonne, Alda Marco Antônio, Roberto Muylaert, Beth Carmona, Mary Helen, Margarete Beatriz Noé, Maurício Barreira, Talita Martins, Lucas Pondaco Bonanno, doña Lila y Mário Covas (in memoriam), José Serra, Geraldo Alckmin, Pedro Chequer, Paulo Roberto Teixeira, Carlos Augusto Laudari, Luiz Gushiken (in memoriam), Elisabeth Gushiken, João Lara Mesquita, Adhemar Altieri, Carlos Alberto Di Franco, familia Corrêa de Godoy, familia Goya, Akie Motoda, mis primos, mis tíos, mis tías y primas, Daniel Marun, Marta Macbritton, Ana Claudia Cesar, Rosana Bergamasco, Günter Sigl, Paula Gazzoni, Viviane Freitas, Joaquim Panvechio, Denis Scotti, Marcelo Guimarães, Regina Silva, Vanderlei França, Maria Clara Gianna, José Jacinto Amaral, José Américo Dias, Fred Guedini, Lena y Toninho Trevisan, Antonio Athayde, João Sanches, Marina Passianoto, Antonio Carlos Salles, Cristina Vasconcelos Roque y Neise Vasconcelos (in memoriam), Felippo Barbosa, Maria Mitsuko, Fredy Emmuel, Beth Philips, Bernadete Ferreira, José Luis y Christina Weiss, Júlia (mi única ahijada), Tiago y Arthur (sobrinos por elección del corazón), Zezé y Joseph Weiss, Fernando Vieira de Mello Filho, Nélio Horta Hélio Goldstein, José Nêumanne Pinto, Cristina Piasentini, Sonia Racy, Fernanda Magnani, Daphne Bozaski, Ivan Ceconello, Fúlvio Pileggi, Bernardino Tranchesi, Felipe Marion Alloza, Flávio Vaz, Marcelo Barduco, Jany Lopes, Tania Maria Strabelli, Ana Lúcia Lei Munhoz, Fernanda Peres Guidolin, Emi Shima, Bete Franco, Sinval de Itacarambi Leão, Telma Albertino, Adriano Horn, Julie Monin, Ricardo Buonanni, Maria Jorge Ferreira, Claudia Oliveira, Elizabete dos Anjos, Zoraide Santana, Cintia Silva, Roselane da Silva, Quitéria da Silva, a toda la gente genial que trabaja en el Sesc São Paulo, en el Senac São Paulo y en el Condomínio Conjunto Nacional, amigos periodistas en muchas redacciones de Brasil, amigos gestores públicos repartidos en diferentes lugares de Brasil y del mundo, Edith y Stig Roland Ibsen, del Grupo Auta de Souza (in memoriam), amigos del grupo Luz Azul, en nombre de Nair Brito José Araújo, Áurea Abbade, quiero enviarles mi agradecimiento a los activistas y amigos que viven con el VIH y el sida, a mis queridos padres, don Antônio y doña Idalina, y a Sophia, Luizinho, Nina, Ryan, Maria Clara y Laura, que hicieron que la vida fuera más ligera, más agradable y más feliz de vivir.
dora kramer
Cuando Roseli me pidió que escribiera este prefacio, en seguida me dije: “No soy la persona adecuada, no entiendo nada del tema, no soy la más acreditada de las criaturas para evaluar y avalar su lucha, que abrió a los portadores del VIH el espacio al inalienable e incuestionable derecho de que los atendiesen sus seguros de salud”. Pero, como pronto descubrí en el primer capítulo y confirmé, más tarde, en el penúltimo, en el sensibilísimo texto de Cristina Sant’Anna, cuando Roseli quiere algo, no hay nada que hacer, es mejor hacerlo pronto, porque no se rinde.
Y es en esta insistencia donde reside su mejor y más llamativa característica. Como hizo con tantas otras personas, Roseli me dio una oportunidad. En primer lugar, de aprender lo que no sabía sobre la fuerza propulsora del dolor. En segundo lugar, de comprender que no basta con querer para poder. Es necesario buscar la manera. No dejarse intimidar, no verse como una víctima, no perder nunca el ánimo, tener la convicción de que la adversidad existe para superarla y de que los resultados obedecen a los actos justos y a las formas correctas de alcanzarlos.
Pensé que iba a leer un relato de profunda amargura, de la intensa y detallada jornada de la consumación de un joven ante lo inexorable, pero lo que he leído y leerás en los próximos cinco capítulos es la saga de una optimista. De una insistente, de una inventora de sus propias circunstancias, de una realizadora de múltiples elecciones. Si hay un obstáculo aquí, Roseli abre un camino allí. Si hay un impedimento allí, Roseli encuentra una brecha más adelante, construye una carretera, abre alas y ni siquiera pide paso, sigue adelante. Nunca por encima de los demás, nunca por el atajo más fácil, y mucho menos por el incorrecto. Su motivación es ayudar al prójimo y su fe en la realización de un ideal. Saca agua de las piedras como nadie esta chica que, desde la postración ante la muerte de su hermano, se apoya en la sacudida que recibe de su madre, doña Idalina, y de la nada pone en marcha una agencia de noticias para informar de lo que hay, lo que debería y lo que podría haber sobre el sida en el mundo, ayudando a combatir la raíz de tantos males graves: la ignorancia.
Allá se han ido diez años de batallas, con reveses que no han hecho tambalear el ánimo y han producido avances. Fui testigo de uno de ellos en 2009, en el lanzamiento de la agencia en Mozambique. Estaba allí de vacaciones, de paso hacia Sudáfrica, y por esas casualidades que no tienen nada de casual, me encontré con la amiga a la que no había visto en muchos años, que estaba expandiendo la siembra del buen combate.
Roseli me aseguró que me gustaría escribir este prefacio, porque me conmovería. En varios momentos de la narración, eso es lo que ocurrió. Pero, con las manos en la masa, todavía en el transcurso del relato, leído una madrugada en un hotel de París, me apeteció mucho escribir por otro motivo: porque me enamoré de la historia de una lucha que no acaba en victoria, sino que hace de ella un punto de partida. ¿El destino?
Una estación llamada solidaridad.
Nosotras, las periodistas, en teoría, somos buenas contadoras de historias. Nos pasamos mucho tiempo haciendo aperturas de reportajes y mostrando situaciones que hayan llamado la atención por interferir en la vida de otras personas. Siempre he tenido en mente que debería contarle esta fuerte y profunda experiencia nuestra a más personas. La sencillez, la verdad, la dignidad con la que nuestra familia afrontó y lidió con el dolor, la tristeza, la resignación que supuso vivir el diagnóstico, el consumirse por la enfermedad, el rechazo del seguro de salud, la batalla jurídica y la exposición pública, la victoria sobre el seguro de salud, luego la muerte… ¿Qué hacer con lo que se ha hecho? Todo esto merecía, claro está, un registro para que más personas pudieran conocer lo ocurrido y supieran que es posible querer y hacer más de la vida. Por eso decidí registrar todo en un libro. Podría ser sencillo, como el tiempo que pasa y el día que amanece y ayuda a cicatrizar una herida. Pero, siempre que me sumergía a concretar el libro, sangraba y dolía, mucho, de nuevo. No podría haberlo hecho sola. Nadie construye nada solo. La acogida, la escucha de Cris Sant’Anna fueron fundamentales. Escuchó lo que le contaba, lloró conmigo. Cosió los capítulos que yo quería contar. ¡Espero que, más allá del tiempo que pasa, del día que nace, todo lo que vas a conocer y vivir en esta historia te ayude también a cicatrizar algo que te duela y te libere para, en el futuro, buscar un camino de construcción y amor, de paz y resignación, de comprensión y solidaridad, ¡para tener la claridad de que el bien, el amor y la justicia siempre valen la pena!
En apariencia, nuestra conversación es un caos verborreico. En esencia, es el propio diálogo de la diversidad. Solas, Roseli y yo somos una multitud. Son voces múltiples y simultáneas. Se interrumpen una a la otra en la urgencia de hablar, completan las propias frases por la simetría de las ideas, discrepan de forma vigorosa hasta reencontrar el terreno común, se ríen a carcajadas sin recato, gritan para enfatizar y, en la rabia indignada, hablan más bajo para que se las entienda bien. Las emociones están siempre ahí, a flor de piel. Pero las lágrimas son raras. Cuando el dolor es tan grande, es mejor actuar que llorar.
Esta conversación nos habita desde hace incontables décadas. Lo sé todo sobre ella; ella lo sabe todo sobre mí. Somos una e indivisible desde siempre. Sin embargo, diferentes en todo. Yo, más introspectiva, más callada, más reflexiva. Más entre bastidores que en el escenario. Roseli es todo lo contrario. Más extrovertida, habladora, expansiva. Más actriz que escenógrafa. Si fuéramos flores, yo sería la violeta; Roseli, el girasol. Para ella, la diversión es bajar los rápidos en kayak. A mí me llega bien con un paseo en barco por la presa. Roseli convive tranquila con la falta de control de las circunstancias. Yo solo me calmo con la fantasía de estar al timón.
Ante tamaña disparidad, de vez en cuando me pregunto qué nos une y nos integra con tanta fuerza. Y otra voz viene allá de dentro y responde: “Es el respeto al derecho del otro a ser lo que es. Diferentes, ¿y qué? Por eso habláis tanto, para llegar un día al mejor acuerdo de convivencia”. Para ser sincera, este libro no es más que un resumen, que se pretende más ordenado, de ese largo y cotidiano diálogo interior.
Desde que surgió el deseo de plasmar nuestras conversaciones en papel, ya no pude conseguir que Roseli se detuviera a escucharme. Quiere escribir, pero no consigue bajarse del escenario. Todo es prioritario. Están la batalla diaria, su padre ya mayor, la agenda de reuniones, los almuerzos, las obras de teatro, los proyectos, las producciones musicales, la rutina en la Agência Aids, los seminarios y encuentros (para hablar de la causa), las entrevistas (para escuchar y divulgar la causa), además de los viajes dentro y fuera de Brasil. Por no hablar de la multitud de amigos y amigas, o de las invitaciones diarias a ser y estar en diversión. La vida la llama, ella va. Y me envía mensajes de postergación: “Te sigo queriendo. Vamos a hacerlo”.
Solo, para los que ya han sido, son o volverán a ser periodistas, como nosotras, el plazo
no se discute: se cumple. El proyecto ha sido aprobado por la editorial y el plazo nos persigue. Ahora me toca a mí molestarla. Recordar el placer de hablar, el tiempo necesario e imprescindible para escribir, el exceso de urgencia que nunca ha sido un buen compañero de trabajo. Soy la voz interna que empuja, provoca, exige atención y demanda compromiso. Recurro a Saramago: “No tengas prisa, pero no pierdas el tiempo”. Todo en vano. Hicieron falta tres roturas de ligamentos, el reposo obligatorio, el miedo a una cirugía, para que Roseli se sentara, menos se quedase sentada, menos inquieta, con tiempo disponible para escucharse a sí misma y retomar la conversación conmigo.
El aire acondicionado en el turbo, la sala cerrada con llave para que nadie se acobardase de buenas a primeras, la adrenalina saliendo por los poros ante la primera página en blanco. ¿Por dónde empezar? Por lo obvio. ¿Cómo has descubierto quién eres? Raro silencio entre nosotras. Roseli está más acostumbrada a hacer preguntas que a dar respuestas sobre sí misma. Poco a poco, empieza a hablar de forma desordenada, sin hilo. Parece como a la deriva, pero reconozco adónde va a llegar: el día de la exhumación del cuerpo de su hermano, Sérgio.
El hijo aún joven de una prima había muerto y hacía falta espacio en el panteón familiar. “Me costó mucho tiempo conseguir enterrar a mi hermano. Si pudiera, no lo hubiera exhumado”. No fue posible. Sin embargo, hubiera la opción de gestionar el proceso de forma burocrática. Firma y entregar el papeleo. ¡Listo! Por supuesto que no; esa no es forma de vivir. Según ella, los retos están para afrontarlos, así que fue allí a seguir el trabajo de los sepultureros. Frente a los huesos, nuestra voz se quiebra. Ya han pasado 18 años. La añoranza se enfría, pero no se extingue. Con las emociones a flor de piel, Roseli extiende la mano para tocar el fémur de Sérgio: “Sentí una mezcla de cariño, añoranza, dolor e incluso alegría. Cuando me pareció que todo era tan inútil y efímero, ¿te acuerdas?, me corregiste: ‘No, no lo es’. Hoy en día las compañías de seguros de salud pueden hacerse incluso de rogar, pero tienen que atender, tienen que tratar a los portadores del VIH en Brasil”.
Ahora entiendo la verdadera razón por la que Roseli andaba enredándose en las conversaciones conmigo en los últimos tiempos: escribir este libro es, para ella, la segunda exhumación de Sérgio, es volver a vivir un poco de todo aquello. Tan solo lo constatamos. Ya no es hora de retirarse. No será este el reto que la saque de su línea. Rompo el nuevo silencio con un recuerdo de la infancia. En la época de las cintas de casete, Roseli le regaló a su padre, don Antônio, una grabadora y, en las fiestas de la inmensa familia, llena de tías, tíos y muchos primos, era el centro del mundo. Hacía las veces de animadora, presentadora, entrevistadora y repartidora de mensajes con recados personales. Todo grabado de forma improvisada. En aquella época, ya prescindía de guiones.
Si sabía, por ejemplo, que su tío favorito se había peleado con su tía favorita, iba directamente al grano: “¿Por qué os habéis peleado? ¿Ya os habéis reconciliado? ¿Quieres grabarle un recado? ¿Te has disculpado? ¿Le mandas un beso?” Al final de la entrevista, los dos se reían y hacían las paces de verdad. Así que la faceta angelical de Roseli (pequeña, rubia, de ojos verdes y pelo anillado) seguía adelante, satisfecha. En busca de la próxima ‘víctima’ a la que entrevistar.
No puedo dejar que se crea que es lo máximo, ¡porque se vuelve insoportable! Nuestro lado tímido no consigue contenerse: ¡Tengo que provocarla en seguida! “Dime, ¿a tu familia le gustaba tu exhibicionismo infantil? ¿Esa vocación precoz para sostener el micrófono?” Y ahí va la respuesta: “Les debía de gustar, o al menos no les molestaba. Sé que respondían a todo lo que les preguntaba”. Una cuestión de principios profesionales: si la pregunta se hace de forma abierta y se responde con claridad, todo es correcto y equilibrado entre las partes.
La conversación fluye y nos divertimos con los recuerdos de la infancia y el folclore familiar. Cuando vino de Tapiratiba a São Paulo, don Antônio fue a trabajar en las obras con su tío Geraldinho, que estaba casado con Isabel, una hermana muy guapa de doña Idalina, la madre de Roseli. Era tan bella que él le preguntó: “Geraldo, ¿Isabel no tiene una hermana soltera?” La tenía. Y doña Idalina y don Antônio se conocieron, empezaron a salir, se comprometieron y se casaron. También cuenta la leyenda que la primera palabra que pronunció Roseli, con la que abrió las puertas del torrente, no fue ni “mamá”, ni “papá”, ni “qué”, ni “da”. Fue una llamada de atención: “¡Úmã! Úmã!”, dirigida a la tía Ilma, para mostrarle un zapatito que se le había caído al suelo. “Mis tíos y tías siempre me han sido muy cercanos. El apego y el vínculo emocional son fuertes entre nosotros. Son padres complementarios en mi biografía afectiva. Nos criamos muy cerca de la tía Ana, la tía Aparecida, la tía Ilma, la tía Isabel, el tío Paulo, el tío Willy, el tío Geraldinho, por parte de mi madre, además de todos los hermanos de mi padre: la tía Maria, el tío Cido, el tío Norville y el tío Zé. Y también un montón de primos. Una maravilla, ¿a que sí?”
Y, de repente hacemos un descubrimiento que llenaría de orgullo a nuestro terapeuta. La imagen de la madre, antes pintada con vigor y rigor excesivos, reaparece en tonos más amenos. Doña Idalina era una mujer valiente, emprendedora y solidaria. Procedente de Barbacena, de una familia rica que había perdido sus posesiones y su posición social, era todavía una adolescente cuando empezó a trabajar como tejedora. Cuando llegó de Minas Gerais a São Paulo, con determinación e inteligencia, pronto llegó a ser jefa de una fábrica. Por medio de ella, sus hermanas, que vinieron para aquí más tarde, se hicieron tejedoras. También fue la primera mujer de la familia —y del barrio— que se sacó el carné de conducir y se compró su propio coche. Un escarabajo azul, 1968, kilómetro cero.
Se nota que Roseli se emociona con el redescubrimiento de la importancia de su madre en la formación de su propia trayectoria: “Nunca he visto a nadie llamar a la puerta de casa, pedirle algo a mi madre y salir con las manos vacías”. Doña Idalina también tenía causas por las que vivir. Tras conseguir comprarse una casa, estableció un sistema informal de financiación para las empleadas domésticas que le ayudaban a criar y cuidar a sus hijos. Poco a poco les iba prestando dinero para comprar tierras, materiales de construcción y levantar un lugar para vivir. De memoria, conseguimos recordar unos cinco nombres. ¿Activismo? ¿Responsabilidad social? ¿Microcréditos? En la época de doña Idalina, esto era algo más sencillo: solidaridad y gratitud.
Una vez, Roseli entró en casa, mostró un hermoso melocotón e incluso le ofreció un trozo a doña Idalina. En lugar de conmoverse por el afecto de la niña, esta quiso saber de dónde había salido la fruta, si la había comprado y con qué dinero. “La he robado, mamá”. “¿De dónde?” “Allí, en el puesto de frutas de la placita”. Tan solo silencio. Más tarde, invitó a su hija a dar un paseo y la llevó a la plaza. Sacó del bolso el melocotón, lo devolvió y le pidió disculpas al frutero.
Roseli era tan linda y lloraba tanto que hasta el dueño del puesto se ablandó: “No tiene que devolverlo; no pasa nada, señora. Queda así”. Solo después de que su hija se secara las lágrimas y se disculpara, doña Idalina compró una caja de melocotones y concluyó la lección: “Cuando una quiere algo, trabaja para comprarlo”. El ejemplo práctico de los valores también le venía de su padre. Después de trabajar en obras de construcción con el tío Geraldo, don Antônio consiguió un empleo en servicios generales en la Casa Bevilacqua, una tienda tradicional de instrumentos musicales, que funcionó durante 90 años en la esquina de la calle Direita con Quintino Bocaiúva.
Como siempre había tenido buen oído musical, desde niño, tocaba con su hermano José en bailes, animaba fiestas y realizaba serenatas en el interior de São Paulo. Además de tocar, acabó aprendiendo a afinar instrumentos. Un día, entró un cliente a la tienda, eligió una guitarra e intentó rasgar algunas notas. Como el instrumento estaba un poco desafinado, el aspirante a músico ya se daba por vencido. Pero don Antônio dejó la escoba y corrió a ayudar. Afinó la guitarra, tocó un poco y acabó convenciendo al hombre de que comprara el instrumento. El dueño de la tienda, que estaba cerca, vio la escena y comprendió enseguida que don Antônio lo tenía todo para Ganarse un ascenso. Y así fue. Por un impulso de audacia, se convirtió en vendedor de la Casa Bevilacqua y empezó a trabajar con lo que más le gustaba: la música. Don Antônio también fue siempre un adepto a la meritocracia; pero tenía una forma más amable y dulce de tratar a su hija. “Menos mal, alguien tenía que quererme en esa casa, porque mi madre solo quería a mi hermano”, se le escapan los celos infantiles al final de la historia.
Aprovecho esta oportunidad para traer a Sérgio de vuelta a la escena. Nació dos años más tarde, cuando la “rubia bonita y espabilada” ya reinaba de forma absoluta como la más joven del batallón de primos. “¡Sergio me ha quitado el trono! Como tú, era mi opuesto”. Como trabajaba fuera, doña Idalina necesitaba el apoyo de las niñeras para cuidar a los dos niños en casa. De una de ellas, Roseli se acuerda sin una pizca de nostalgia. “Era una mujer rígida, que se pasaba el día dándome órdenes con rispidez. No la soportaba”. De lo alto de sus cinco años, la libertaria Roseli conseguía burlar la vigilancia y escaparse aunque le cerraran las puertas con llave. Tomaba a Sérgio de la mano y salía corriendo a esperar a que su madre volviera del trabajo. Se quedaban comiendo dulces en la panadería que había cerca de la parada del autobús donde se bajaba doña Idalina. No era gran cosa; su madre ni siquiera se quejaba. Eso sí, la niñera odiaba que la tomaran por tonta: “¡Doña Idalina, esta niña es una desesperada!”
Desde pequeño, Sérgio la acompañaba. Ella inventaba el juego; él lo adornaba con detalles. Pero el universo infantil era la calle y no la casa, segura vigilada por las niñeras. Incluso en aquella época, que a los ojos de hoy puede parecer menos violenta, cualquier madre atenta se sentiría angustiada. Así que había llegado el momento de que Roseli fuese a la escuela. Como doña Idalina siempre había sido hija de María, las monjas del colegio se alegraron mucho de matricular a la niña. La satisfacción duró poco.
Las clases del colegio de monjas eran un aburrimiento. El abuelo Domingos, que vivía cerca, ya había empezado a enseñar a su nieta a leer. Mientras elegía frijoles, tomaba a Roseli en el regazo e iba charlando con ella. Le hablaba de las letras, de las palabras y de los libros. En poco tiempo, la renacuaja creyó que “ya lo sabía todo”. Así que, en el colegio de monjas, de vez en cuando, no se lo pensaba dos veces. Se levantaba y salía del aula. No tenía rabietas, no se peleaba, no decía palabrotas, no le daba patadas a nadie. Se iba de la clase porque allí, encerrada, no había nada nuevo que aprender. Solo la sensación de estar sin la calle, sin amigos y sin libertad. Las tardes le parecían interminables. Si conoces a Roseli hoy, sabrás que no cabía la menor posibilidad de que, a los seis años, quisiera cambiar la vida feliz que tenía en la calle por la estricta disciplina de un colegio de monjas. “Nuestra vecina, doña Dinorah, me llevaba en coche casi todos los días y yo iba llorando hasta la escuela”. En realidad, no había muchas posibilidades de coexistencia pacífica entre ella y las monjas.
Un día, en una fiesta familiar, doña Idalina dijo que estaba preocupada por Roseli, porque la niña estaba sufriendo y no se adaptaba a la disciplina del colegio.. El tío Paulo, que siempre anda cerca, hasta el día de hoy, también era uno de sus favoritos. Con su escúter de color burdeos y beige, se llevó a su sobrina a dar un paseo y le hizo la fatídica sugerencia: “Roseli, ¿por qué no le tiras del velo a la monja para ver si es calva?” ¡Calva no lo era, pero se quedó indignada por la petulancia! El colegio de monjas era una cámara de tortura. Prácticamente sinónimos. “Cuando doña Dinorah no podía llevarme, iba con la niñera a pie. Sérgio iba con nosotras. Yo subía la escalera del colegio y miraba hacia atrás. Siempre he pensado que tenía pena de mí por verme condenada al aburrimiento”.
Un día, todo equilibrio inestable se rompe. A cada reto, una medida. Roseli se había escapado de clase una vez más. Se dirigió a la sala donde se guardaba la merienda de las otras chicas, todo listo ya para el recreo. Se comió algunos bocadillos con gusto, otros le sirvieron para alimentar a los peces de una pequeña cueva que había por allí. De nuevo, en el blanco. La madre superiora llamó a doña Idalina. En primer lugar, elogió la inteligencia, la vivacidad y la rapidez de pensamiento de la niña. Después, como se veía venir, dijo: “El año que viene no podremos aceptar la matrícula de su hija”.
En lugar de regañar, castigar o culpar a su hija, doña Idalina se limitó a
una respuesta lógica y elegante: “Madre, elegí este colegio porque es el mejor del barrio. En la clase de Roseli, soy la única madre que trabaja fuera. Así, como usted sabe, soy la única que necesita ayuda para criar a una niña tan inteligente como Roseli. Pero si a usted, como educadora, le parece un problema, quédese tranquila: ¡Mi hija no estará aquí el año que viene y, si Dios quiere, llegará más lejos que yo en la vida!” Y salieron, madre e hija, sin mirar atrás. Por estas y otras razones, hemos estado revisando nuestros conceptos sobre la madre. Al año siguiente, el colegio público. El mismo que recibió a Sérgio más adelante.
