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Después de quedarse viuda, Kiera Malone tuvo que luchar para criar a sus hijos en un pueblo de Irlanda. Y justo cuando había vuelto a enamorarse, su prometido tuvo un ataque al corazón y murió, y ella volvió a quedarse sola. La pérdida de su amor la dejó hundida. Su hija y su padre la convencieron para que fuera a visitarlos a Estados Unidos. Y, con la promesa de tener un trabajo en O'Brien's, el pub irlandés de su yerno, decidió aceptar. Sin embargo, resultó que atravesar el océano no fue nada comparado con instalarse al lado de Bryan Laramie, el malhumorado chef de O'Brien's. Muy pronto, sus peleas en la cocina se hicieron legendarias, y los casamenteros de Chesapeake Shores llegaron a la conclusión de que, donde había fuego, también tenía que haber pasión.
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Seitenzahl: 456
Veröffentlichungsjahr: 2019
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2017 Sherryl Woods
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El viaje más largo, n.º 180 - febrero 2019
Título original: Lilac Lane
Publicada originalmente por Mira® Books, Ontario, Canadá
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, HQN y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1307-523-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Esta novela es para los lectores que se han interesado por mis personajes y mis historias de todos estos años. Habéis sido una gran bendición en mi vida y, para mí, vuestra amistad es un tesoro.
La muerte de Peter McDonough habría sido un golpe terrible en cualquier momento, pero, al ocurrir justo el mismo día en que ella, Kiera Malone, había aceptado su proposición de matrimonio, la dejó destrozada. Su primer marido, Sean Malone, la había abandonado con tres niños pequeños, y ella se había jurado que nunca más le abriría su corazón a ningún otro hombre. Se había aferrado a su independencia con uñas y garras, y había convertido en un arte el hecho de alejar a los hombres con una lengua afilada y una actitud dura, aunque sabía que se estaba condenando a sí misma a la soledad. Eso era mejor que permitir que sus hijos y ella sufrieran a causa de otra pérdida. A causa de otro error.
Después de la muerte de su esposa, Peter, un hombre bondadoso, había estado esperando a Kiera mientras llevaba su propio pub en Dublín. Él había apoyado a la hija de Kiera, Moira, para que siguiera adelante con su carrera de fotógrafa, algo que Kiera había considerado una mera afición.
Para su desconcierto, y a pesar de sus esfuerzos, no había conseguido disuadirlo. Él se tomaba sus rechazos con calma, y se había ido enamorando más y más de ella.
Lo más inquietante de todo, aparte de su cabello espeso y rizado y su mandíbula fuerte, era que tenía una combinación de rasgos que la atraían: fuerza pero, a la vez, gentileza, y determinación, pero también, paciencia. Sus carcajadas podían llenarle el corazón con una inesperada ligereza. Era, en todos los aspectos, un hombre que sabía exactamente lo que quería, y quería a Kiera. Ella no tenía ni idea de por qué.
Además, había contado con el apoyo de su padre, Dillon O’Malley, y el de su hija. Hasta aquel momento, tanto Moira como Dillon habían estado de acuerdo con muy pocas de las elecciones vitales de Kiera. Sin embargo, por una vez, su padre y Moira conspiraron para que Kiera y Peter se vieran a la menor oportunidad, y ella había pensado que, después de todo, ¿qué daño podía hacer, si sabía que la relación no iba a llegar a ningún sitio? Las relaciones se deterioraban con el tiempo, incluso aquellas que comenzaban con pasión y esperanza, y terminaban. Al menos, esa era su experiencia.
Entonces, Moira y Dillon habían convencido a Kiera de que volviera a Dublín, donde, según ellos, había más oportunidades. Le dijeron que cualquiera de aquellas oportunidades sería un avance con respecto a un trabajo sin futuro en un pub de barrio de una pequeña localidad costera al norte de Dublín, donde había trabajado largas horas, a cambio de un sueldo muy bajo, la mayor parte de su vida. Su hija se había atrevido, incluso, a reprenderla por poner la seguridad de su familia por encima de su sueño de tener un restaurante propio.
–¿Dónde están tu confianza y autoestima? –le había preguntado su hija–. Eres mucho mejor camarera y cocinera que yo. Y también tienes capacidad de gestión. Mira lo bien que has sabido mantener a nuestra familia a flote.
Kiera era consciente de la realidad. Moira era una mujer muy competente, pero su vocación no era tener un restaurante, ni siquiera en aquel pub irlandés que esperaba dirigir con su nuevo esposo en Chesapeake Shores, un pueblo de Maryland. Allí, ese negocio estaba en las buenas manos de Luke O’Brien.
El inteligente argumento de Moira dio otro giro.
–Después de todo lo que Peter ha hecho por mí, no es justo que le deje en la estacada cuando me vaya a vivir a Chesapeake Shores. Ven a Dublín, donde ganarás el doble en propinas y tendrás el apoyo de un hombre que ha sido un ángel conmigo, y que lo sería también para ti. Tal vez, esa pudiera ser la clase de asociación que ha faltado en tu vida.
A Kiera le hizo gracia que Moira no hubiera utilizado la palabra «romanticismo». Debía de saber que ella habría salido corriendo en dirección contraria.
–Peter ya tiene a sus propios hijos para ayudarle a dirigir el pub –protestó Kiera, aunque gran parte de lo que decía su hija tenía sentido.
Sin embargo, la perspectiva de volver a empezar era un asunto aterrador. Por dura y difícil que hubiera sido su vida, era un ámbito en el que se sentía cómoda. Como tenía que mantener ella sola a sus hijos, había dejado de correr riesgos. Moira estaba en lo cierto al decir que había puesto a su familia por delante de todo lo demás. ¿No era eso lo que debía hacer una madre? La idea de correr un riesgo audaz ahora era más que aterradora y, sin embargo, tal vez, solo un poco intrigante.
–Para consternación de Peter, a sus hijos les interesa muy poco el pub –dijo Moira–. Habrá sitio para ti. Peter te agradecerá la ayuda y la compañía. A mí me parece que ha estado un poco solo desde que murió su mujer.
Al final, Kiera se había ido a Dublín, pero solo después de decirle a Peter, con firmeza, que no debía tener expectativas de carácter personal. Él aceptó sus condiciones, pero, seguramente, ella no debería haber ignorado su sonrisa y la chispa que ardía en sus ojos azules.
Y allí estuvo él, día tras día, durante casi dos años, siempre con un comentario ingenioso que la hacía reír o un gesto que le ablandaba el corazón. Su paciencia había sido una verdadera revelación para ella. Peter no había hecho nada que la agobiara ni la pusiera en guardia. Tampoco se dejaba llevar por el consumo de la Guinness, algo que habría hecho que Kiera saliera huyendo, después de haber tenido que vivir con las incontrolables borracheras de Sean y su comportamiento grosero.
De ese modo fueron cayendo sus defensas, una por una. Se dio cuenta de que esperaba con interés las conversaciones que mantenían por la noche, después de que el pub cerrara. Tal vez, por encima de todo, había disfrutado de su compañía amable y de su carácter sólido. Ambas cosas conseguían que se sintiera segura, cosa que no había vuelto a ocurrirle desde los primeros días de su matrimonio, antes de que Sean empezara a beber y la abandonara con dos hijos que aún no tenían edad para comenzar la escuela y una hija recién nacida.
Como había hecho tal demostración de rebeldía al casarse con Sean, Kiera no se había permitido a sí misma ir corriendo a casa de sus padres después de que él la abandonara. Había luchado por mantenerse, aunque fuera con poco. Cuando su madre se estaba muriendo, se reconcilió con sus padres y, finalmente, les permitió formar parte de su vida y la de sus hijos. Los niños ni siquiera sabían que tenían unos abuelos que los habrían adorado si hubieran tenido la oportunidad.
Ahora, sus tres hijos eran adultos y estaban buscando su propio camino en la vida, aunque, en el caso de los chicos, se trataba de un camino que ella no habría seguido: el mismo que había elegido Sean. Y ella estaba perdida, y se sentía muy vulnerable, cuando había decidido regresar a Dublín.
Sin embargo, no podía decir que Peter se hubiera aprovechado de ello, porque era demasiado bueno para hacer algo así. Lo cierto era que, por fin, ella estaba preparada para alcanzar la felicidad, y él le había prometido eso y más. Y, tal y como Moira pensaba, a los hijos de Peter les hizo muy felices que formara parte de la vida de su padre y que trabajara a su lado en el pub. El futuro parecía muy brillante, lleno del amor y de la estabilidad con los que ella había soñado siempre.
Entonces, el mismo día en que ella le dijo que sí, cuando había abierto el corazón y había permitido que Peter le pusiera un anillo en el dedo, él la había traicionado tan certeramente como Sean Malone. Había sufrido un infarto mortal tan solo unas horas más tarde de su declaración y, una vez más, Kiera se había quedado sola y a la deriva. Abandonada.
¿Acaso no era así el asqueroso mundo?, se preguntó, a la vez que volvía a sentir de lleno aquella amargura que la protegía de todo y, una vez más, se le hacía pedazos el corazón.
Moira O’Brien estaba sentada en la cocina de la acogedora casa de su abuelo, situada junto a la bahía de Chesapeake. Él vivía en aquella casa con Nell O’Brien O’Malley, con quien se había reunido hacía pocos años, después de haber pasado toda la vida separados. Olía a deliciosos bollos de arándano y naranja que se estaban cociendo en el horno, y encima de la mesa había una tetera de flores antigua llena de té Irish Breakfast. Nell había llevado aquella tetera de Irlanda, tras una visita a sus abuelos, hacía décadas. Decía que era la favorita de su abuela irlandesa.
–¿Qué hacemos con Kiera? –les preguntó Nell.
Aunque Kiera ni siquiera había ido a Chesapeake Shores para la boda de su propio padre con Nell, ni para la boda de Moira con Luke O’Brien, que se había celebrado el mismo día, Nell siempre la había considerado de la familia y se había preocupado por ella tanto como se preocupaba por sus hijos, nietos y bisnietos. Nell era la persona más protectora que Moira conocía.
Moira meció a su niña en las rodillas mientras reflexionaba sobre el problema por el que todos estaban preocupados desde que se habían enterado de la muerte prematura de Peter, justo después de la noticia, mucho más feliz, de su compromiso con Kiera.
–Kiera tomará sus propias decisiones –dijo Dillon, resignadamente–. Conozco bien a mi hija, y no serviría de nada que tratemos de convencerla de lo que debe hacer. Más bien, sería contraproducente, porque actuaría por mera obstinación, como hizo cuando se casó con Sean Malone en contra de mi voluntad. Seguramente, ahora se está arrepintiendo de habernos hecho caso y haberse ido a vivir a Dublín. No creo que hiciera caso de nuestros consejos.
–Bueno, mis hermanos no deben de estar ayudándola mucho –dijo Moira, con desdén–. Ella no ha vuelto a mencionarlos desde que murió Peter. Dudo que estén con ella estos días, salvo para pedirle dinero.
Nell la miró con severidad, pero Moira sabía que tenía razón. Sus hermanos seguían el camino del alcoholismo, como su padre.
–Mi madre tiene que venir aquí, con nosotros –dijo, con vehemencia, sin apartar la mirada de su abuelo–. Sabes que es verdad. Necesita una familia como la que nosotros hemos encontrado aquí. Una buena dosis de O’Briens será lo que le cure la tristeza. Después de que mi padre la abandonara, malgastó muchos años de vida con la amargura y el arrepentimiento. Sé que diría que tenía demasiado trabajo como para volver a enamorarse, pero lo cierto es que tenía demasiado miedo a equivocarse otra vez. No podemos dejar que ahora le pase lo mismo.
Para su sorpresa, Nell asintió.
–Estoy de acuerdo; lo que necesita es venir aquí –dijo, mientras le acariciaba la mejilla al bebé–. Y creo que la pequeña Kate necesita a su abuela, y que Kiera no nos va a llevar la contraria en esto.
Moira se dio cuenta de que Nell había encontrado la solución perfecta.
–¿Quieres que le diga que necesito ayuda desesperadamente con la niña, aunque Kate está perfectamente en la guardería de Carrie? –preguntó.
–La guardería está llenísima desde el día que abrió –respondió Nell, con cara de inocencia.
–Sí, horriblemente llena –dijo Dillon, asintiendo, con una expresión increíblemente seria para ser un hombre que sabía que estaban manipulando un poco la verdad. La guardería de la bisnieta de Nell iba viento en popa, eso era cierto, pero Carrie tenía empleados de sobra para atender a todos los niños.
–Si crees que hace falta algo más para convencerla, también está el pub de tu marido, donde necesitan con urgencia que les echen una mano –dijo Nell–. Tú estás demasiado ocupada con la fotografía y las exposiciones y los viajes como para ayudar a mi nieto, como hacías antes.
Moira asintió.
–Sí, eso es cierto. Megan me obligaría a viajar una vez al mes si me dejara. Sospecho que exagera un poco, pero me ha dicho que ha tenido que rechazar varias exposiciones porque yo no estoy disponible tantas veces como a ella le gustaría. Tiene un don especial para crear sentimiento de culpabilidad en los demás.
–Exacto, pero podemos utilizar eso en nuestro beneficio con Kiera –dijo Nell–. Y yo ya no tengo salud como para estar en la cocina del pub vigilando para que el cocinero no altere las recetas irlandesas tradicionales.
–Nell, nos has dado uno o dos sustos, pero tú estás como un roble –respondió Moira, aunque se estaba riendo de aquella estrategia tan inteligente. Si resultaba convincente, acertaría en todos los puntos débiles de su madre, sobre todo, en su necesidad de ser útil sin renunciar a su independencia.
–Además, eres muy astuta –le dijo a Nell–. Dos cosas que admiro mucho.
–Muchas gracias por el cumplido –respondió Nell–. Con una familia tan grande y respondona como la mía, siempre es bueno tener algún as en la manga. Lo triste es que, a estas alturas, ya me conocen.
–¿Y no deberíamos hablar de esto con Luke? –preguntó Dillon–. Si tenemos intención de convencer a Kiera de que acepte un trabajo en su pub, por lo menos deberíamos ponerle al corriente de nuestro plan.
–A Luke déjamelo a mí –dijo Moira, con seguridad–. Creo que puedo convencerlo de que sería una ventaja tenerla aquí. Así, él tendría más tiempo para estar con Kate y conmigo. Mamá tiene mucha más experiencia que yo llevando un pub. No solo es mucho más competente, sino que, además, le encanta. Va a ser toda una adquisición.
–Entonces, cuando Luke nos dé su bendición, ¿es Moira la que debe hacer la llamada? –preguntó Dillon–. Kiera aceptará mejor una sugerencia suya que mía. Aunque mi hija y yo hayamos hecho las paces, no tenemos una relación tan fluida –dijo, y observó atentamente a Moira–. ¿Qué tal se te da decir la verdad pero alterándola un poco sin que te pillen?
Moira se echó a reír.
–Tengo tu misma habilidad, pero un poco mejorada.
Luke entró en su casa de Beach Lane después de la medianoche. Esperaba encontrarse a su hija y a su mujer durmiendo plácidamente, como de costumbre. Sin embargo, al abrir la puerta, vio el brillo de muchas velas, y a su mujer con uno de aquellos camisones que dibujaban todas sus curvas y que siempre le cortaban la respiración, al menos, durante los pocos segundos que pasaban antes de que se lo quitara.
La miró con fijeza, tratando de adivinar cuál era la intención que brillaba en su mirada, y tomó la copa de champán que ella le ofrecía.
–Hacía tiempo que no tenía un recibimiento como este al final del día –murmuró, mirándole el escote del camisón.
–Cierto. Ya era hora –dijo Moira, con suavidad, en un tono lleno de promesas.
Lo empujó contra los almohadones del sofá y se acurrucó contra él.
–He echado de menos esto, ¿tú no?
–Bueno, tampoco es que nuestra vida amorosa haya decaído –comentó él, y se le entrecortó la voz al notar que ella le sacaba el bajo de la camiseta de la cintura del pantalón y metía la mano por debajo para acariciarle la piel desnuda.
–No, eso no –admitió Moira–, pero sí se ha convertido en algo menos espontánea. Con unos horarios tan apretados, casi necesitamos una cita para poder pasar un rato así.
–¿Y has echado de menos la espontaneidad?
–Las parejas que llevan mucho tiempo casadas necesitan animar un poco las cosas de vez en cuando, darle chispa –dijo ella, con una cara seria.
–Ah, ¿o sea que somos una pareja que lleva mucho tiempo casada? ¿Así es como nos ves ahora? ¿Cuándo se nos puso el pelo gris y empezamos a caminar con tembleque? En mi opinión, casi no hemos acabado la luna de miel.
Ella frunció el ceño al oír su tono de broma.
–Si no estás interesado, después de todas las molestias que me he tomado… –refunfuñó ella.
Él le apartó un mechón de la mejilla y respondió:
–Yo siempre estoy interesado en ti. Lo estaré hasta el día que muera. Sin embargo, Moira, amor mío, te conozco demasiado bien como para no saber que hay algo detrás de esta seducción. Estás tramando algo. Dime qué es y, después, seguiremos con todo lo que hayas pensado para esta noche.
Moira suspiró y se apoyó en el respaldo del sofá. Después, le dio un buen trago a su copa de champán, y Luke pensó que, seguramente, iba a decirle algo que él no quería escuchar.
–Es acerca de mi madre –confesó ella.
Luke se alarmó. Kiera y él habían firmado una tregua desde que él se había casado con su hija, pero no eran precisamente uña y carne. Y, aunque entendía lo que debía de estar pasando su suegra desde que Peter McDonough había muerto repentinamente, no sabía qué podía tener que ver con él.
–Antes he estado con Nell y con mi abuelo –le dijo Moira.
–Entonces, ¿ellos también están metidos en esto? –preguntó él. Para entonces, ya había recibido doce señales y ninguna de ellas era buena. Si su abuela estaba implicada, aquello tenía todos los visos de ser un entrometimiento de los que aterrorizaban a toda la familia. El único que la superaba era su tío Mick O’Brien. Por suerte, hasta aquel momento el nombre de Mick no había aparecido en la conversación.
–Dímelo –le pidió a su mujer–. ¿Por qué estáis conspirando vosotros tres en algo que tiene que ver con tu madre, y qué puede tener que ver conmigo?
Moira se inclinó hacia él con una expresión seria.
–Ya sabes que la muerte de Peter la dejó hundida. Creemos que necesita un cambio de aires para evitar que vuelva a sus viejas costumbres.
–¿A qué viejas costumbres?
–Ya sabes, a retirarse del mundo y regodearse en su tristeza y su amargura. Ya he detectado algún síntoma al hablar con ella por teléfono. Se siente traicionada. Está empezando a encerrarse en sí misma. Ocurrió lo mismo cuando mi padre la abandonó. Y yo no puedo permitir que se pase el resto de la vida sola otra vez. Todavía es muy joven y puede disfrutar de una vida plena, si se lo propone.
Luke recordó lo difícil que le había parecido Kiera cuando la había conocido en Dublín. La única mujer que la superaba en ese sentido era la que estaba sentada con él, con la piel radiante y la voz llena de pasión, aunque fuera una pasión distinta a la que él había detectado al entrar por la puerta de casa.
–Y seguro que vosotros tres habéis dado con la solución para salvarla –dijo, cautelosamente.
–Pues sí –respondió Moira, con entusiasmo–. Creemos que tiene que venir aquí, a estar con todos los O’Brien. Necesita sentirse rodeada de familia. Así aprendería que la vida es para vivirla. Nosotros le daríamos un buen ejemplo.
Aunque estaba desesperado por negarlo, por decir que era muy mala idea recordarle a Kiera el calor familiar que había perdido con la muerte de Peter, no fue capaz de hacerlo. A pesar de todos los conflictos, los desencuentros y las enemistades familiares, la unidad de los O’Brien tenía un efecto sanador. Él lo había experimentado durante toda su vida. Y Chesapeake Shores, también. Tendría que ser muy cruel para negarle eso a la madre de Moira.
–Está bien. Va a venir de visita –dijo–. ¿Por qué iba yo a poner objeciones? Cuando hicimos la casa, proyectamos una habitación de invitados precisamente para esto. La amueblaste según el gusto de tu madre con la esperanza de que le pareciera confortable la primera vez que viniese. Creo que hay una placa con su proverbio irlandés favorito colgado de la puerta.
–Estoy segura de que le va a encantar –dijo Moira–. Pero hay algo más. Hemos pensado que sea una temporada larga, no una visita.
«Y aquí llega la noticia», pensó Luke, conteniendo un suspiro de resignación.
–Vamos, dímelo.
–Voy a pedirle que me ayude con Kate –dijo Moira, lentamente. Después, añadió–: Y tú vas a darle mi antiguo trabajo en el pub. ¿No te parece una idea estupenda? –le preguntó con una sonrisa–. Con toda la experiencia que tiene, será mucho más útil de lo que yo lo fui nunca.
Él observó el brillo esperanzado de los ojos de su mujer y ni siquiera pudo contener el siguiente suspiro. Al ver que él no se negaba inmediatamente, Moira sonrió abiertamente. Estaba claro que se había tomado su silencio como una señal de aceptación.
–¿Vas a hablar con Connor para que le tramite el permiso de trabajo, como hiciste conmigo? –le preguntó, refiriéndose al primo de Luke, que era un gran abogado–. Sé que ahora va a ser un poco más difícil, por los cambios de las leyes, pero estoy segura de que Connor lo conseguirá.
–Me sorprende que no hayas hablado ya con él sobre esto –respondió Luke.
–No, nunca lo hubiera hecho antes de hablar contigo –respondió ella, con una indignación que hizo que él sonriera.
–Entonces, ¿no estabas completamente segura de que yo aceptara tu propuesta?
–Me cabía una pequeña duda. A veces tienes una vena muy obstinada que va en contra de mí.
–Le dijo la sartén al cazo –replicó él–. Sabes perfectamente que hago todo lo que dices. Y, si hay algo que tú no pudieras conseguir, lo conseguiría Nell. Estoy seguro de que habría venido a hablar conmigo a primera hora de la mañana si tú la hubieras llamado para pedirle ayuda.
–Pero no vamos a llegar a eso, ¿no? –preguntó ella, con esperanza.
–¿Significa mucho para ti que se quede aquí más tiempo?
–Creo que es lo que necesita, un cambio como este. Y Nell y mi abuelo están de acuerdo. Y estoy en deuda con ella, Luke. Ella lo dejó todo por mis hermanos y por mí. Yo no me había dado cuenta de lo mucho que había trabajado y lo mucho que se había sacrificado hasta que experimenté por mí misma lo que era trabajar en un pub. Antes le reprochaba que no hubiera estado más tiempo con nosotros, pero, ahora que tenemos a Kate, sé lo difícil que es separarse de un hijo tanto como tuvo que hacerlo mi madre. Para ella debió de ser terriblemente difícil poner su trabajo por delante de sus hijos. Puede que mis hermanos sean unos desagradecidos, pero yo, no.
–No, tú no lo eres, eso está claro –dijo Luke, aunque no pudo evitar sentir un poco de agobio. Pero, en realidad, tener a Kiera en casa sería un precio muy bajo que pagar a cambio de todo lo que le había aportado Moira a su vida–. Mañana por la mañana llamo a Connor.
–¿En serio? –preguntó ella, con los ojos relucientes.
–¿Acaso lo dudabas? Vamos, ven aquí, amor mío. No perdamos el esfuerzo que has hecho esta noche. Sé que piensas que vamos a tener más tiempo para nosotros con este plan tuyo, pero tengo dudas. Me parece que debemos aprovechar este momento de espontaneidad.
–Habrá más oportunidades, ya lo verás –dijo Moira, lanzándose a sus brazos.
El tirante del camisón se le deslizó hacia abajo por el hombro. Después de eso, Luke ya no pudo pensar en nada más, y mucho menos en los argumentos que hubiera querido darle a su mujer.
Moira estaba muy satisfecha con lo que había hecho la noche anterior. Tal vez hubiera sido un poco manipuladora para salirse con la suya, pero estaba segura de que Luke se había quedado muy complacido con la recompensa por su ayuda.
Llamó a la puerta de casa de Nell y, como nadie abrió, se encaminó hacia el jardín. Nell estaba de rodillas, escardando malas hierbas, mientras su abuelo la observaba.
Moira se sentó junto a él.
–¿No la ayudas? –le preguntó.
–La muy cabezota me ha echado –refunfuñó él–. Dice que no distingo las flores de las malas hierbas, pero ¿cómo voy a distinguirlas en esta época del año? Solo son cosas verdes que asoman en la tierra.
Al oír aquello, Nell alzó la vista.
–¿Tú no tenías un vivero en Irlanda, entre otras cosas? –le preguntó.
–Sí, y otros lo dirigían por mí, con mucho éxito, por cierto –replicó él.
Nell se dirigió a Moira.
–A mí me parece que no quiere que le enseñe la diferencia. Creo que le viene mejor no saberla.
Moira se echó a reír.
–Algo me dice que tienes razón, Nell. Mi abuelo ha aprendido muchísimas cosas durante la vida. Si no aprende esta, tiene que ser por algún motivo.
Nell se quitó los guantes de jardinería y se puso en pie.
–Vaya, por lo menos vas a venir a tomar una taza de té –dijo Dillon–. Llevo intentándolo desde que salí al jardín. Seguramente, ya se ha quedado frío.
De todos modos, sirvió una taza y la puso sobre la mesa, junto a la silla de Nell.
–Si tú también quieres una taza, tendrás que entrar en casa a buscarla, porque aquí no hay más –le dijo a Moira.
–No, gracias. Acabo de dejar a Kate en la guardería y me he pasado por aquí a contaros las novedades.
–Entonces, ¿ya has hablado con Kiera? –le preguntó Nell.
–No, solo con Luke. Y a él le ha parecido bien el plan.
–No voy a preguntarte cómo lo has convencido –dijo su abuelo–. Solo voy a aceptarlo como una bendición.
–Me dijo que hablaría con Connor esta misma mañana para que empezara el papeleo. Si tú le reservas un billete de avión a mamá, creo que podemos poner el plan en marcha –le dijo Moira.
Dillon asintió.
–Voy a hacerlo ahora mismo, aunque voy a comprar uno que se pueda devolver, por si acaso se niega a venir –le dijo a su nieta, y le acarició la mejilla a Nell–. ¿Quieres que te caliente el té?
–No, está perfectamente así –dijo ella, y le apretó los dedos suavemente.
Moira los observó y se le cortó el aliento. ¿Sentirían Luke y ella el mismo amor después de tantos años? Por supuesto, Nell y Dillon se habían enamorado de adolescentes, pero se habían separado y habían formado diferentes familias antes de reencontrarse. Tal vez fuera por ese motivo por el que se sentían tan agradecidos de tener aquella segunda oportunidad.
Moira se dio cuenta de que Nell la estaba observando.
–¿Te alegra la idea de que tu madre esté aquí? –le preguntó Nell–. Sé que no siempre os habéis llevado bien.
–Sí, es cierto –admitió Moira–, pero creo que ahora entiendo un poco mejor las decisiones que ella tomó en la vida. Quiero que por fin consiga la felicidad que se merece, y creo que puede encontrarla aquí. Le vendrá muy bien empezar de cero.
–Sobre todo, en Chesapeake Shores.
–Sí, sobre todo aquí.
Aquella tarde, y con los lloros de Kate de fondo, Moira llamó a su madre y le rogó, en tono de desesperación, que fuera a Chesapeake Shores a hacerles una visita larga.
–No tengo por qué irme a otro país –le dijo Kiera–. Los hijos de Peter me han ofrecido trabajo en el pub durante todo el tiempo que quiera. Me han dicho que me subirían mucho el sueldo si acepto el puesto de encargada, para que ellos puedan seguir con su vida sin más preocupaciones.
–¿Y vas a aceptar su caridad? –le preguntó Moira, tratando de conferirle el peor significado a una oferta que, seguramente, era bienintencionada, y que los beneficiaría a todos, incluyendo a su madre.
Su madre se quedó callada al oír el comentario, y Moira dedujo que había pensado lo mismo que ella. Las dos eran muy parecidas a la hora de analizar los verdaderos motivos que había detrás de un gesto de bondad que consideraban inmerecido.
– Tu familia somos nosotros, no ellos. Yo no te voy a molestar mientras estés aquí. Necesito que me ayudes con la niña, y así podrías pasar más tiempo con tu primera nieta. Y, como últimamente tengo que viajar tanto, a Luke le vendría muy bien que le echaras una mano en el pub. A los clientes les gusta charlar con alguien que tenga acento irlandés. Le da un toque de autenticidad al ambiente.
–Entonces, ¿voy a ser un adorno irlandés? –preguntó Kiera, con su acostumbrado sarcasmo–. ¿Te parece que eso es mejor que aceptar la caridad de los McDonoughs?
–El trabajo sería mucho más que eso –le prometió Moira–. Es un negocio familiar, y tú eres de la familia. Sería casi como si estuvieras en tu propio restaurante.
–No creo que Luke piense eso. ¿No decíais que ese pub era su sueño? Además, no puedo ir a Estados Unidos y ponerme a trabajar como si nada. Hay leyes para regular eso.
–El primo de Luke, Connor, te conseguiría el permiso de trabajo como hizo conmigo. Por ahora, tú concéntrate en cuidar a Kate. Estoy deseando que la conozcas. Crece muy deprisa y es de armas tomar. Seguramente, pensarás que se parece mucho a mí en ese sentido.
Con los gritos de la niña, que se oían de trasfondo, Moira levantó el puño en silencio cuando Kiera aceptó de mala gana tomar el vuelo que le había reservado Dillon. Después de colgar, Moira le dio un sonoro beso a Kate, y la niña pasó de las lágrimas a las sonrisas.
–Ahora ya solo tenemos que encontrar la manera de que se quede aquí –le dijo.
Seguramente, eso iba a ser lo más difícil. Aunque su madre estuviera vulnerable en aquel momento, eso no iba a durar mucho. Y Moira sabía que, cuando se recuperara, iba a hacer que pagara cara su manipulación.
Kiera había visto fotografías de Chesapeake Shores hechas por su hija y, algunas, en revistas. Sin embargo, no estaba preparada para lo que se encontró cuando Moira y Luke la llevaron en coche por el centro de la pintoresca ciudad, con sus tiendas y el parque lleno de tulipanes, y cuando tomaron el paseo marítimo de camino a su casa. A la izquierda, la bahía brillaba bajo el sol. El cielo estaba muy azul, y había algunos barcos de vela navegando.
–Se parece a un pueblo costero de Irlanda, ¿verdad? –comentó, mientras lo observaba todo–. La arquitectura es muy distinta, eso sí, pero la sensación es muy parecida.
Moira sonrió.
–Eso es lo que me pareció a mí cuando llegué al pueblo. Me sentí en casa al instante. Y ya sabes que fue el tío de Luke, Mick O’Brien, quien diseñó el urbanismo del pueblo de cero. Es un arquitecto famoso, y el hermano de Luke, Matthew, ahora trabaja para él.
–Es increíble que alguien pueda tener la visión necesaria para diseñar todo un pueblo –dijo Kiera, con admiración–. Los pueblos de Irlanda tienen siglos de antigüedad y son una mezcla de estilos. Mick debe de tener una imaginación portentosa.
–Y yo ni siquiera pude construir una casa de muñecas para Kate –dijo Luke–. Tuve que pedir ayuda a Mick y a Matthew. Fue un baño de humildad.
Kiera sabía lo que era verse obligada a pedir ayuda, y entendió a su yerno.
–¿Te hicieron sufrir mucho?
–Mi hermano nunca me permitirá olvidarlo –dijo Luke, y se encogió de hombros al recordar la humillación–. Pero no me importa. Él no distingue una cerveza de otra. Cada uno tenemos nuestras habilidades.
Kiera se echó a reír.
–Ah, mira, justamente ahí está el O’Brien’s –dijo, al ver el pub.
Tenía un letrero verde oscuro con las letras en dorado, de los que podían verse en cada esquina de su país.
–Has captado la esencia a la perfección –le dijo a Luke.
–Gracias. Esa era la idea.
–¿Has pensado en poner jardineras con flores debajo de las ventanas? –le preguntó Kiera–. Eso le daría otro toque de autenticidad. A los irlandeses nos encantan las flores de colores y las ponemos siempre que tenemos oportunidad. Creo que es para compensar los días grises y lluviosos.
Luke sonrió.
–Muy bien, Kiera, te estás ganando un puesto de consultora.
–Ya te dije que tendría muchas ideas –le dijo Moira–. Ya verás cuando lo veas por dentro, mamá. Luke importó una barra antigua de un bar cuando estuvo en Irlanda. El hijo del dueño de un pub muy antiguo convenció a su padre para que lo modernizaran. Nosotros no le dijimos que estaba cometiendo un gran error; Luke se la compró y salimos por la puerta. Te va a parecer que estás en casa.
–Pero ¿no se suponía que iba a empezar de cero en un sitio nuevo? –bromeó Kiera.
Moira la miró con seriedad.
–¿Es que no lo entiendes? Será más fácil si se parece un poco a casa. Yo casi no he tenido morriña desde que estoy aquí.
Kiera le tomó la mano y le apretó los dedos.
–Ya lo sé. Te estaba tomando el pelo.
Moira se quedó asombrada.
–¿De verdad? –preguntó, como si aquello fuera algo totalmente extraño para ella.
Kiera suspiró.
–Me imagino que no debería sorprenderme de tu reacción. Cuando eras niña no hacía muchas bromas. Peter me recordó que tenía sentido del humor, aunque estuviera bien escondido en alguna parte. Él me ayudó a recuperarlo. Me recordó que la risa nos sirve para superar los malos momentos. Y, ahora que nos ha dejado, me gustaría quedarme con esa muestra de sabiduría suya.
A Moira se le empañaron los ojos.
–Mamá, siento mucho que haya muerto.
–Yo, también. Pero quisiera conservar siempre los buenos recuerdos y disfrutar de los cambios que trajo a mi vida. Al principio, no sabía si iba a ser capaz, pero es como si él me estuviera susurrando al oído que tengo que hacerlo, que no puedo volver a lo de antes. Y ya sé que eso es algo que también os preocupa a tu abuelo y a ti.
–Te ayudaremos a conseguirlo –dijo Moira–. Y Kate va a ser la respuesta a tus plegarias. No se puede estar con ella sin sonreír constantemente por las cosas que hace. Es una bendición.
–Estoy deseando conocer a mi primera nieta –le dijo Kiera–. Imagínate, yo, tan vieja como para ser abuela. Muchas veces, cuando era madre, pensé que no iba a sobrevivir, y aquí estás tú, madre a tu vez y convertida en una gran fotógrafa.
Luke se detuvo delante de una tienda que estaba antes del pub. En el escaparate había varios cuadros deslumbrantes, modernos. Aunque Kiera no entendía de arte, lo salvaje de aquellas pinturas alcanzaba su alma de un modo inexplicable para ella. Era como si hubiera experimentado las emociones que le evocaban con tanta intensidad.
–Aquí es donde se expuso la obra de Kiera por primera vez –dijo Luke, con orgullo–. Sé que Peter la animó, pero mi tía Megan, la dueña de la tienda, es la experta que descubrió su fotografía.
–Y casi ha conseguido que yo crea que tengo talento de verdad –dijo Moira–. Algunas veces ni siquiera doy crédito cuando veo un anuncio de mi trabajo en alguna galería famosa de Nueva York o de la Costa Oeste.
–Peter estaba muy orgulloso de ti –le dijo Kiera–. Presumía de ti delante de todos los clientes del pub, y les enseñaba las fotografías que estaban colgadas en las paredes. Les decía que eran obras originales de Moira O’Brien y les enseñaba los programas de tus exposiciones de Estados Unidos. Y le encantaba que se los enviaras. Te quería como a una hija, ¿sabes?
–Para ya, o me voy a echar a llorar –protestó Moira–. Vamos a casa, Luke. Quiero que mi madre conozca a la niña y que vea la casa. Además, seguro que después de estar en un avión toda la noche, querrá descansar.
–Sí, estoy deseando abrazar a mi nieta y darme una ducha caliente –dijo Kiera–. Y tomar una taza de té. Después, estaré en forma para ver a tu abuelo y a Nell, y para lo que me depare el día.
–Nell ha invitado a toda la familia a una parrillada esta tarde, en tu honor –le dijo Moira–. Intenté convencerla de que tal vez fuera demasiado intenso para ti, después de un vuelo tan largo, pero se empeñó. Quiere darte la bienvenida. Y el abuelo está impaciente por comprobar cómo te encuentras después de todo lo que ha pasado.
–¿Cuándo voy a empezar a trabajar para ti, Luke? Porque, si voy a estar aquí para una temporada, quiero pagar mis gastos.
Como estaba observando atentamente a su yerno, notó una ligerísima vacilación y el intercambio de miradas entre Moira y él.
–¿Hay algún problema que no me hayáis mencionado?
–No, solo un pequeño retraso con el permiso de trabajo –dijo Luke–. Mi primo dice que no es nada preocupante, pero que tal vez tengas que esperar un poco para empezar a trabajar.
Kiera se desanimó. Claramente, su nuevo comienzo no iba a ser tan fácil como se lo habían pintado.
–¿No tengo trabajo?
–Por supuesto que sí –le dijo Moira, mirando a Luke con una expresión desafiante–. Lo que pasa es que al principio va a tener que ser algo no oficial. Pero estarás asesorando.
–¿Y ese trabajo de asesoramiento será un puesto sin sueldo? –preguntó Kiera, con afán por aclarar su situación–. ¿Voy a tener que vivir de vuestra caridad?
–Kiera, eres nuestra familia, así que no se trata de caridad –le dijo Luke, rápidamente–. Se te pagará por el trabajo que hagas, aunque no podrás ser una empleada de pleno derecho hasta que acabemos con la documentación.
–¿Y cuánto puede tardar eso?
–Connor lo va a hacer todo lo rápidamente que pueda –dijo Moira.
–Como mucho, unas pocas semanas –dijo Luke.
Kiera suspiró.
–Ya entiendo –dijo. Había cortado todos los lazos en su país natal y en su hogar para enfrentarse a un futuro incierto.
–Sé lo que estás pensando –le dijo Moira–. Y te equivocas. Esto va a salir bien, ya lo verás.
–A lo mejor deberíamos haber estado más seguros de eso antes de que viniera –respondió ella, con cansancio.
–Kiera, puedes hablar con Connor hoy mismo –le dijo Luke–. Él te explicará la situación y podrá calmar tu inquietud.
De repente, ella se sintió demasiado cansada como para discutir.
–Está bien. Tendré que esperar y ver qué ocurre –dijo, y añadió, en silencio: «E intentar no sentirme tan desanimada».
Si el asunto de su trabajo no iba a poder solucionarse rápidamente, tendría que llamar a los McDonoughs para preguntarles si podía volver a trabajar para ellos en Dublín. Aunque Luke y su hija habían hecho lo posible por convencerla de que tenía un sitio allí, con ellos, se había pasado demasiados años sin contar con nadie como para conformarse con eso. Siempre se había sentido orgullosa de poder ganarse su sueldo y, en aquel momento, mucho más que en ningún otro, necesitaba conservar aquella fe en sus capacidades.
Sin embargo, cuando entró en casa de Moira y vio a su nieta, se olvidó de todo lo demás. La niña tenía las mejillas rosadas, redondas, el pelo rubio pelirrojo y los ojos muy azules, llenos de lágrimas. Era la viva imagen de Moira de bebé, y tenía una rabieta exactamente igual que las de su hija.
–Lo siento muchísimo –dijo la canguro, cuando llegaron–. Quería que estuviera perfecta para cuando aparecierais, pero no me ha dejado que la cambiara, se ha sacado las zapatillas a patadas y ha empezado a gritar cuando he intentado ponerla en el parque infantil.
Kiera tomó a la niña, de todos modos, y sintió una emoción que no había vuelto a experimentar desde que había tomado en brazos a Moira en el hospital, tanto tiempo atrás. La bebé la miró con asombro y se quedó quieta entre sus brazos. Estaba agotada de la rabieta.
–Tienes un don –le dijo Moira, alegremente–. Lo sabía.
Kiera sonrió.
–Es la experiencia –le dijo a su hija.
Luke se echó a reír.
–Entonces, ¿Moira también empezó a mostrar su genio tan temprano?
–En la cuna –le confirmó Kiera–. Y, como en el caso de Kate, era difícil tenérselo en cuenta, porque en lo demás era perfecta.
Cuando miró a Moira, vio que su hija tenía las mejillas llenas de lágrimas.
–¿Qué te pasa? –le preguntó, con angustia.
–Tú pensabas que yo era perfecta –susurró Moira.
–Por supuesto. Y me imagino que Luke también te ve así.
–Entonces, es que el amor debe de llegar con anteojeras –dijo Moira, sonriendo–. Me alegro.
–Kiera, cariño, te has quedado muy callada –dijo Dillon, alejando un poco a su hija de la multitud de O’Brien que había en el jardín de Nell–. ¿Necesitas descansar un poco? Seguro que a nadie le importaría que te fueras a casa de Moira, o que subieras a echarte una siestecita a la habitación de invitados, aquí mismo.
Kiera vio que su padre estaba preocupado por ella y, no por primera vez aquel día, tuvo ganas de echarse a llorar. Había derramado muchas lágrimas a causa de la muerte de Peter, pero solo durante los días posteriores. Desde entonces, no había vuelto a llorar. Había tenido ganas de hacerlo cuando Moira y Luke le habían dicho que iba a tardar en tener el permiso de trabajo, pero se había contenido, se había mantenido fuerte y había ocultado su pánico, tal y como había aprendido a hacer con el paso de los años. Nunca había querido que sus hijos sintieran la incertidumbre que a ella tanto la asustaba.
Sin embargo, en aquel momento quería que su padre la abrazara, que la consolara como cuando era pequeña y se hacía heridas en las rodillas, o de adolescente, cuando le rompían el corazón. Se preguntó qué pensaría él si apoyara la cara en su pecho y empezara a sollozar, pero consiguió contenerse y sonrió forzadamente.
–Estoy bien, papá.
–No estoy muy convencido de eso –respondió su padre–. Noto que estás triste, y es lógico, después de la muerte de Peter. Además, venir a Estados Unidos es un cambio muy grande para ti. Hace mucho tiempo que no te arriesgabas tanto.
Ella se quedó sorprendida por la clarividencia de su padre, y murmuró:
–Ni te lo imaginas.
–Yo también tuve mucha incertidumbre cuando estaba planteándome si dejarlo todo en Irlanda para venir a vivir aquí, con Nell.
Kiera sonrió al oír la confesión de su padre.
–¿Tú, con incertidumbre? No me lo creo.
–Es normal que todo el mundo se sienta inseguro ante un gran cambio. La gente valiente sigue adelante de todos modos, porque saben que merecerá la pena. Estar con Nell para el resto de mi vida me compensaba por todo lo que iba a dejar a un lado. Y, a pesar de lo que ocurrió, sé que tú estás contenta por haber tenido a Peter en tu vida, aunque fuera un tiempo tan breve.
A Kiera se le hizo un nudo en la garganta y no pudo hablar. Se limitó a asentir. Al final, susurró:
–Era el mejor hombre que he conocido.
–Ya verás como venir a Chesapeake Shores va a ser otro de esos riesgos que compensan –le prometió él–. Algún día, cuando eches la vista atrás, no te imaginarás cómo podías estar en otro sitio que no fuera este.
Kiera frunció el ceño.
–Solo me voy a quedar temporalmente –le recordó a su padre–. Aunque me den el permiso de trabajo, no dura para siempre. No creas que esto es algo permanente.
–Espero que cambies de idea. Todos lo esperamos –dijo Dillon. Después, llamó a un joven para que se acercara–. Connor, por favor, dile a Kiera que, al final, todo saldrá bien.
–Yo estoy haciendo todo lo posible por acelerar el proceso –le aseguró Connor a Kiera.
–Y yo también he hecho unas cuantas llamadas –añadió Mick O’Brien, que se unió a ellos.
Connor frunció el ceño.
–Papá, ¿no te he advertido ya que intentar eso en inmigración puede ponernos las cosas más difíciles?
–Hijo, ¿no te he dicho ya que los contactos son para usarlos con inteligencia?
–Vaya, y ahora resulta que estoy causando una disputa familiar –dijo Kiera, con pesar.
Los tres hombres se echaron a reír.
–No te preocupes, Kiera –le dijo Mick–. Connor y yo discutimos hasta por el color del cielo. No tiene ninguna importancia. Algún día, mi hijo llegará a respetar mis decisiones, en vez de poner en tela de juicio todos mis intentos por ayudar. Creo que el hecho de enfrentarse a mí le ha convertido en alguien más efectivo en los juzgados, aunque no va a admitirlo, por supuesto.
–En realidad, no puedo negar que he tenido más experiencia en ganar debates acalorados que la mayoría de los abogados que conozco –dijo Connor, y sonrió a Mick–. Te doy las gracias por eso, al menos.
Después, miró de nuevo a Kiera y, para reconfortarla, le dijo:
–No te preocupes más. Déjamelo a mí.
Mick asintió.
–Estás en buenas manos, Kiera.
Aquellas palabras de apoyo a Kiera fueron una sorpresa para Connor.
–Bueno, ¿por qué no vamos a servirnos un trozo de tarta de la de mamá, antes de que desaparezca? –preguntó Mick–. Sé dónde hay una tarrina de helado de vainilla para acompañarla –añadió, y miró a Dillon con el ceño fruncido–. No le digas a mi madre que sé que tiene una reserva secreta en la cámara del porche trasero.
–Ni hablar –le dijo Dillon–. Yo también estoy muy contento de conocer ese secreto. Ahora, cuando me dice que se nos ha terminado mi helado preferido, sé que me está diciendo una mentira para que no me exceda.
Kiera se tranquilizó un poco mientras oía conspirar a los hombres, y pensó en la seguridad del tono de voz de Mick O’Brien. Quería creer, con todas sus fuerzas, que Connor tenía su situación bajo control, y la fe que Mick había demostrado en su hijo hacía unos instantes hizo que se sintiera más esperanzada de lo que estaba unos minutos antes.
Durante unos días llenos de felicidad, Kiera se permitió a sí misma recuperarse de los efectos del jet lag. Se dedicó a jugar mucho con Kate, que era una constante fuente de alegrías incluso cuando tenía una rabieta que le recordaba a Kiera lo difícil que era Moira a su edad.
Pero, al final de la primera semana en Chesapeake Shores, estaba impaciente por ir al pub y ver por sí misma lo estupendamente que había recreado Luke un pedazo de Irlanda en aquel pueblo, en la bahía de Chesapeake, en Mariland.
Para asegurarse de que él no pudiera disuadirla de nuevo, a las nueve de la mañana estaba perfectamente arreglada. Aquella era la hora a la que él le daba un beso a Kate y se marchaba a O’Brien’s a hacer papeleo antes de que el pub abriera para la hora de la comida. Ella ya tenía a la niña en el carrito. Moira se había ido a una reunión con Megan para revisar algunas de sus últimas fotos, y eso encajaba a la perfección en el plan de Kiera.
–¿Qué es esto? –preguntó Luke, mirándolas a las dos con recelo. Estaban sentadas en el porche cuando él salió de casa.
–Hemos pensado en acompañarte al trabajo –respondió Kiera, alegremente–. No nos vamos a quedar mucho. Moira está en esa calle, en una reunión con Megan, así que ella nos puede traer a casa de vuelta, o podemos venir andando, porque hace un día espléndido de primavera.
Luke enarcó una ceja.
–Has pensado en todo.
Kiera asintió.
–Siempre intento ser minuciosa.
–Entonces, ¿ya te has cansado de estar en casa, cuidando a la niña?
–Yo nunca me cansaré de estar con mi preciosa nieta, pero quiero ver tu pub para poder empezar a hacer contribuciones. Puedes decirme cuáles son tus necesidades y tus expectativas.
Luke asintió e, inesperadamente para ella, sonrió.
–¿Por qué sonríes así? –le preguntó Kiera.
–Tu hija me debe una cena en Brady’s –respondió–. Le dije que se te iba a acabar la paciencia en un día más. Ella estaba segura de que aguantarías otra semana.
–¿Habéis hecho apuestas sobre esto?
–Lo siento. Creo que no debería habértelo dicho. Siempre que vemos algo de diferente manera, nos apostamos algo. Es una forma de aprovecharse del que no tiene razón, al final.
–Entonces, ¿mi Moira no es un reto suficiente para ti tal y como es? –le preguntó Kiera.
Luke se echó a reír.
–Bueno, nunca dejará de ser un reto, pero se ha suavizado un poco desde que está aquí. Creo que está muy contenta con su vida.
–Me alegro de eso –respondió Kiera–. De pequeña no lo tuvo fácil. Su padre y yo no podíamos dejar de trabajar para mantener la casa. Sé que ella percibía lo amargada y resentida que estaba yo, pero no creo que se diera cuenta de lo mucho que le afectó todo eso, y cómo cambió su visión del mundo. Y me he dado cuenta de que ahora está más satisfecha. Lo he oído en su tono de voz cada vez que hablamos por teléfono. Tú, tu familia y este pueblo habéis sido muy buenos para ella.
–Pues yo creo que la mayor parte lo ha conseguido Moira por sí misma. El hecho de ir descubriendo que tiene un gran talento y que su obra es muy apreciada le ha dado una confianza en sí misma que no tenía cuando llegó. Estaba llena de vida, sí, pero su energía se basaba en su valor y en su terquedad. Ahora, sin embargo, proviene de su autoestima.
Kiera lo miró con aprobación.
–La conoces bien.
–La quiero. Creo que la quiero desde el día en que nos conocimos. Conocerla bien me ha llevado un poco más de tiempo y mucha comprensión.
Kiera se quedó sorprendida con su franqueza y su madurez.
–Pues a mí me parece que me va a gustar mucho conocerte mejor a ti, Luke O’Brien. Eres un hombre bueno.
–Ya veremos lo que opinas después de haber trabajado para mí una temporadita.
Kiera se echó a reír.
–He trabajado para varios tiranos durante mi vida –respondió–. Si fueras uno de ellos, no podrías darme muchas sorpresas.
–Espero no ser un tirano.
–Ya veremos lo que opinan tus empleados de eso –replicó Kiera–. Háblame de ellos.
Durante el trayecto hasta el pub, él fue enumerándole a los empleados. La lista no era demasiado larga, y la mayoría eran estudiantes de universidad que trabajaban por turnos.
–Vas a trabajar sobre todo con el chef –le dijo–. Se llama Bryan Laramie. Tiene buen carácter, pero piensa que la cocina es su reino.
–El apellido no es irlandés.
Luke se rio.
–No, Bryan es nativo de Nueva York. Se graduó en el Instituto Culinario y terminó, por algún motivo, trabajando en un deli de Baltimore. Nunca he llegado a enterarme bien de la historia. No habla mucho de sí mismo, ni de su pasado.
–¿Un deli no es uno de esos sitios donde dan sopa de bolas de Matzah y sándwiches de pastrami con pan de centeno?
–Sí, entre otras cosas.
–¿Y por qué has contratado a alguien así para llevar una cocina irlandesa?
–De todos los candidatos, fue el que más nos gustó a Moira y a mí. Y Nell le hizo un examen con algunas de sus mejores recetas. Bryan fue el que mejor salió de la prueba con diferencia. Ya verás. Sabe llevar muy bien la cocina, y el pub se está haciendo una buena reputación por su comida, además de por la selección de cervezas y las buenas bandas irlandesas que traemos los fines de semana para que haya música en vivo.
–Entonces, tendré una mentalidad abierta.
Luke la miró con preocupación.
–Kiera, O’Brien funciona como la seda porque todos trabajamos en equipo. Todos sabemos cuáles son nuestras responsabilidades y respetamos la contribución de los demás: la de los camareros, la del personal de cocina, la de Moira y la mía.
–¿Y dónde encajo yo?
–Cuando hayas pasado un tiempo aprendiendo cómo funcionan las cosas y conociendo a los clientes, harás recomendaciones como las hacemos todos los demás. Siempre estamos abiertos a las nuevas ideas, sobre todo, aquellas que les proporcionen a los clientes la verdadera experiencia irlandesa. En eso, confiamos en ti.
A Kiera le pareció muy razonable, aunque le ofrecía un poco menos de autoridad de la que esperaba. Sin embargo, estaba decidida a dejarle las cosas bien claras a Luke si veía que había que hacer cambios en nombre de la autenticidad irlandesa.
–¿Y cómo me vas a presentar a los empleados? –le preguntó–. ¿Voy a ser una más de ellos, o una simple asesora, o una suegra metomentodo que ha venido de visita desde Irlanda y no puede dejar de dar sus opiniones sobre todo?
Luke la miró con curiosidad.
–¿Necesitas un título formal?
–No es por mi ego –respondió ella, con sequedad–, pero sería una ayuda para todos nosotros que yo supiera cuál es mi sitio.
–Como no puedo asignarte un puesto hasta que Connor tramite el permiso de trabajo, ¿por qué no decimos que estás echando una mano y compartiendo con nosotros tus conocimientos después de trabajar durante muchos años en pubs en Irlanda?
Kiera asintió.
–Entonces, tengo voz, pero no autoridad.
–Algo así –dijo Luke, con cautela–. ¿Te parece bien eso por ahora?
–Haré todo lo posible porque funcione bien –respondió ella.
Se había pasado años con unas restricciones semejantes en su antiguo trabajo. En el pub de Peter tenía más control y más libertad de movimientos, pero, por el momento, podía dejar eso aparte. Al menos, esperaba ser capaz de hacerlo, aunque solo fuera en nombre de la armonía familiar.
