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Este libro tiene un objetivo claro, que coincide con la relectura de su trabajo, iluminar las zonas de su pensamiento y trayectoria ocultas por las fuerzas de una historia escrita predominantemente por hombres. Su defensa de los derechos de la mujer excedió el activismo y, como abogada y desde las lides del derecho, se aseguró de volver jurisprudencia derechos mínimos para las mujeres, como la posibilidad de recibir una pensión aun cuando hubieran abandonado el hogar conyugal, o tomar decisiones comerciales dentro del matrimonio.
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Seitenzahl: 534
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Caffarena de Jiles, Elena, 1903-2003.
Elena Caffarena. Una mujer pública: antología.
Edición a cargo de la Vicerrectoria de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile 1a. ed.– Santiago de Chile: Universitaria, 2020.
458 p.; 15,5 x 23 cm (Maestros y Maestras de la Chile)
ISBN Impreso: 978-956-11-2655-8
ISBN Digital: 978-956-11-2658-9
1. Caffarena de Jiles, Elena, 1903-2003.
3. Feminismo – Chile.
2. Caffarena de Jiles, Elena, 1903-2003 – Correspondencia.
4. Derechos de la mujer – Chile.
I. t.
Vicerrectoria de Extensión y Comunicación de la Universidad de Chile
Inscripción N° 2020-A-1371, Santiago de Chile
Editora: Jennifer Abate Cruces
Compiladora: Karen Cea Pérez
Direcctora de la colección Maestos y Maestros de la Chile: Faride Zerán Chelech
Derechos de edición reservados para todos los países por
© EDITORIAL UNIVERSITARIA, S.A.
Avda. Bernardo O’Higgins 1050, Santiago de Chile.
Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o electrónicos, incluidas las fotocopias, sin permiso escrito del editor.
Texto compuesto en tipografía Garamond 12/15,2
Se terminó de imprimir esta
PRIMERA EDICIÓN
en los talleres de Salesianos Impresores S.A.
General Gana 1486, Santiago
en febrero de 2020.
Fotografía de portada
Elena Caffarena. Campaña presidencial Pedro Aguirre Cerda. 1939.
Cortesía del Fondo Elena Caffarena Morice, Archivo Mujeres y Géneros, Archivo Nacional de Chile.
Fotografía de interior
Cortesía del Fondo Elena Caffarena Morice, Archivo Mujeres y Géneros, Archivo Nacional de Chile.
Diseño de interior: Yenny Isla
Diseño de portada: Norma Díaz
Diagramación digital: ebooks Patagonia
Agradecimientos
Presentación
Faride Zerán Chelech
Las revueltas de ayer, las revueltas de hoy: un país que avanza en la reflexión colectiva
Jennifer Abate Cruces
BiografíaUna mujer. Elena Caffarena
Olga Poblete de Espinoza
Lecturas desde el presente del legado de Elena Caffarena
Elena Caffarena: extensa y profunda contribución a la democracia
Laura Albornoz Pollmann
Elena Caffarena o la rebeldía feminista de una justicia nueva
Sofía Esther Brito
En amistad política: Elena Caffarena y Olga Poblete
Olga Grau Duhart
Elena Caffarena, “una feminista por vocación democrática”
Carmen Hertz Cádiz
Palabra y huella feminista en las cartas de Elena Cafarena
Raquel Olea Barriga
Elena Caffarena: justicias de clase y sexo
Kemy Oyarzún Vaccaro
La sonrisa de Elena Caffarena
Sandra Palestro Contreras
Elena Caffarena. Aprendiendo de ella y de su vida
Fanny Pollarolo Villa
Elena Caffarena, más allá de la lucha por el sufragio femenino
Emma de Ramón Acevedo y María Antonella Caiozzi Apablaza
La vigencia de Elena Caffarena y la disputa feminista por el derecho
Bárbara Sepúlveda Hales
Una vida en fotografías. Selección de imágenes
EntrevistaElena Caffarena: el derecho a voz, el derecho a voto
Diamela Eltit González
Selección de textos de Elena Caffarena
Capacidad de la mujer casada con relación a sus bienes (1944)
Un capítulo en la historia del feminismo. Las sufragistas inglesas (1952)
Elena Caffarena y el pensamiento público. Selección de cartas
Carta al Ministro de Salubridad don Eduardo Cruz Coke (12 de marzo de 1937)
Carta al Presidente del Comité Ejecutivo Nacional del Frente Popular, don Juan Antonio Ríos (7 de agosto de 1937)
Carta al Ministro de Relaciones Exteriores, don Luis Arteaga García (16 de noviembre de 1938)
Carta a la Secretaria de Correspondencia del MEMCH, Sra. Elena Barreda (9 de noviembre de 1940)
Carta a la Presidenta de la Federación Chilena de Instituciones Femeninas, Sra. Amanda Labarca (16 de enero de 1948)
Carta al Conservador de Bienes Raíces (enero de 1949)
Carta desde el Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile (9 de agosto de 1949)
Carta al Ministro de Relaciones Exteriores de Chile (8 de noviembre de 1950)
Carta al director del diario El Mercurio (1 de julio de 1951)
Carta a la Presidenta del Comité Cooperador de la Comisión Interamericana de Mujeres, Sra. Clara Williams de Lunge (30 de julio de 1951)
Carta al director del diario Democracia (agosto de 1951)
Carta a la Presidenta de la Federación de Instituciones Femeninas de Chile (14 de abril de 1952)
Carta desde el Comité Femenino Antiarmamentista a María Maluenda (19 de julio de 1952)
Carta desde el Comité Femenino Antiarmamentista a la Firma Comercial Atkinsons (19 de julio de 1952)
Carta al Presidente del Colegio Médico de Chile (2 de diciembre de 1952)
Carta al director de la revista Ya (28 de diciembre de 1983)
Carta a Nos-Otras (28 de marzo de 1985)
Carta a Norma Mogrovejo, Celeste Cambría y Celena (19 de junio de 1985)
Carta al Ministro Germán Valenzuela Erazo (15 de octubre de 1987)
Carta al Presidente del Colegio de Abogados, don Alejandro Halles (21 de noviembre de 1987)
Carta al director del diario La Época (24 de diciembre de 1987)
Carta al director de la revista Análisis (1 de marzo de 1988)
Carta a Roberto Matta (14 de abril de 1988)
Carta a P. Moreno (23 de junio de 1988)
Carta al director del diario La Época (28 de marzo de 1989)
Carta al director del diario La Época, don Emilio Filippi (8 de junio de 1989)
EpílogoElena Caffarena Morice: La “Maestra de la Chile” que vuelve a los 17 después de vivir un siglo
Esta antología ha sido posible gracias al trabajo y colaboración de distintas personas e instituciones. Agradecemos a Ximena Jiles y por su intermedio a la familia Jiles-Caffarena por su apoyo a este proyecto y a la Fundación Olga Poblete, que, en la figura de su director, Humberto Espinosa, dio la autorización para incluir en este volumen la biografía Elena Caffarena, una mujer, de Olga Poblete. Agradecemos también al equipo de trabajo del Archivo Nacional de Chile, en especial a su directora Emma de Ramón, y a Marcela Morales, Pedro González y Miguel Carrasco, por facilitar el acceso a la correspondencia e imágenes de Elena Caffarena, así como su digitalización. Asimismo, al equipo de Memoria Chilena de la Biblioteca Nacional de Chile, a través de su directora Daniela Schutte. Como siempre, agradecemos al Archivo Central Andrés Bello, y en esta oportunidad a Diamela Eltit y Lotty Rosenfeld por apoyar con el uso de imágenes de la abogada, y al fotógrafo Felipe Poga por el apoyo en la preparación de esas imágenes.
Elena Caffarena, una mujer pública
Este año, en que se conmemoran los 70 años del voto femenino en Chile, promulgado en enero de 1949, no podía terminar sin que la colección Maestros y Maestras de la Chile rindiera un homenaje a la principal impulsora del derecho al sufragio, sobre el que, con tan poca justicia, suele decirse que fue “concedido” por el presidente Gabriel González Videla. Sobre esto, diría Elena Caffarena:
Este aserto lo he leído y escuchado varias veces y sería lamentable que pasara como verdad a la historia. El voto lo consiguieron las mujeres después de veinte años de duras y sacrificadas luchas. Don Gabriel lo único que hizo fue cumplir con el trámite constitucional de promulgación. El que éste se hiciera en el Teatro Municipal en solemne ceremonia, a la que no se invitó a las agrupaciones que más se habían sacrificado en las campañas, no puede convertirlo en el donante gracioso de esta sentida reivindicación femenina.
Quizás sea ese uno de los principales objetivos de la relectura del trabajo de una feminista como fue Elena Caffarena: iluminar aquellas zonas de su pensamiento y trayectoria que han permanecido ocultas por las fuerzas de una historia escrita predominantemente por hombres; documentar histórica y culturalmente las diferentes vías a través de las que cambió el destino de la nación.
Cuando se habla de la consecución del sufragio universal en nuestro país se recuerda la figura de Elena Caffarena, pero quizás más desconocida –para un público no especialista– es la historía del MEMCH, Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres de Chile, que durante su primer periodo organizó el malestar de un amplio abanico de mujeres y las impulsó, durante casi veinte años, a luchar públicamente por la igualdad de derechos para ellas, insistiendo en el derecho al trabajo, a la cultura, y en otras demandas como el control de la natalidad, el aborto y el divorcio. Todo lo anterior desde una óptica integradora de la realidad de distintos tipos de mujeres, una idea que por entonces no caracterizaba la organización femenina, que enmarcaba sus discusiones acerca de las preocupaciones de sus entornos más inmediatos. Así como Elena Caffarena se relacionaba con mujeres de sectores adinerados, profesionales, progresistas, que, junto a ella, no estaban satisfechas con el escaso lugar público que se les daba, también impulsó con ahínco la participación activa en el MEMCH de las mujeres obreras explotadas laboralmente. Caffarena leía con detención el periódico El Despertar de los Trabajadores y admiraba el trabajo de los Centros Belén de Sárraga en el norte.
Pero su defensa de los derechos de la mujer excedió el activismo y, como abogada y desde las lides del derecho, se aseguró de volver jurisprudencia derechos mínimos para las mujeres, como la posibilidad de recibir una pensión aun cuando hubieran abandonado el hogar conyugal, o tomar decisiones comerciales dentro del matrimonio. Del mismo modo, desde su preocupación por los derechos humanos, durante la dictadura su hogar de Seminario 244 se convirtió en una trinchera para batallar por el restablecimiento de la democracia y la protección de quienes más lo necesitaban.
Todas estas dimensiones son abordadas en este libro, que esperamos traiga al presente y en toda su potencia, la figura de una mujer clave en la historia de nuestro país.
Al inicio de esta antología la encargada de Publicaciones de la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones y editora del volumen, Jennifer Abate, se refiere a la relevancia de esta publicación y a cómo la obra y trayectoria de Elena Caffarena interpelan a los feminismos y manifestaciones sociales de hoy.
Un excelente contexto para presentar el trabajo de la abogada feminista lo da la biografía Elena Caffarena, una mujer, trabajado por su amiga entrañable en el MEMCH, Olga Poblete de Espinoza, obra que fue publicada en 1993 por Ediciones La Morada y Editorial Cuarto Propio, y que reproducimos aquí con muy pequeñas variaciones gracias a la autorización que nos dio la Fundación Olga Poblete.
La primera sección de este libro reúne diez artículos originales escritos por once mujeres relevantes para los feminismos actuales, que desde diferentes ópticas y lugares de enunciación rinden homenaje y traen al presente el legado de Elena Caffarena.
En primer lugar, la académica de la Facultad de Derecho y ex ministra directora del Servicio Nacional de la Mujer, Laura Albornoz Pollman, en “Elena Caffarena: extensa y profunda contribución a la democracia”, hace un recuento de sus múltiples aportes a la historia nacional, tanto como abogada como reconocida feminista y luchadora social. Luego la estudiante de Derecho y figura central de la movilización feminista de 2018, Sofía Esther Brito, aborda, en “Elena Caffarena o la rebeldía feminista de una justicia nueva”, la definición patriarcal que ha tenido preponderantemente el Derecho, y cómo Elena Caffarena, así como tantas otras mujeres, hicieron de la lucha por los derechos políticos una forma de subversión feminista. La académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades Olga Grau Duhart explora, junto con relevar los diversos aportes de la abogada, la potencia emancipatoria (que incluye logros de derechos políticos de expresión y participación y la ampliación de la base de la democracia) del vínculo entre mujeres en su artículo “En amistad política: Elena Caffarena y Olga Poblete”. La Diputada de la República y reconocida figura defensora de los derechos humanos, Carmen Hertz Cádiz, en “Elena Caffarena, ‘una feminista por vocación democrática’”, profundiza precisamente en su tema de experticia y agradece la labor de Elena en la lucha irrestricta por los derechos de las mujeres más necesitadas de justicia, así como la defensa integral y responsable de los derechos humanos durante la dictadura. La crítica, académica y escritora Raquel Olea Barriga, en tanto, hace referencia a la correspondencia de la abogada feminista que recoge esta antología y releva su aporte a la discusión pública en “Palabra y huella feminista en las cartas de Elena Caffarena”.
La académica de la Facultad de Filosofía y Humanidades Kemy Oyarzún Vaccaro se centra en el aporte que las feministas obreras, campesinas, escritoras, maestras y profesionales han hecho a lo largo de la historia al ingresar al ámbito público en luchas radicalmente democráticas, y hace un llamado a relevar estas figuras en su artículo “Elena Caffarena: justicias de clase y sexo”. En “La sonrisa de Elena Caffarena” la socióloga e integrante de la Coordinación Nacional de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres, Sandra Palestro Contreras, reconoce la gravitación que el trabajo y la trayectoria de la jurista tuvieron para la visibilización de las mujeres, que no habrían alcanzado su lugar dentro de la sociedad sin la intervención de los feminismos organizados. La siquiatra y ex Diputada de la República Fanny Pollarolo Villa, en tanto, cercana a la feminista en sus días, escribe “Elena Caffarena. Aprendiendo de ella y de su vida”, para rendir un homenaje a su figura y, particularmente, a su humildad frente a lo logrado, un rasgo que otras mujeres reconocen en Caffarena a lo largo de este libro. La subdirectora nacional de Archivos y conservadora del Archivo Nacional Emma de Ramón Acevedo, y la encargada del proyecto Archivo Mujeres y Géneros del Archivo Nacional Histórico María Antonella Caiozzi Apablaza, buscan, en “Elena Caffarena, más allá de la lucha por el sufragio femenino”, ampliar el conocimiento sobre los aportes de esta mujer al país, que no se agotan en su rol sufragista, pues se trataba de una profesional preocupada por todos los tipos de injusticia hacia las mujeres, una feminista que buscó transformar estructuralmente la sociedad. Cierra esta sección la abogada y directora ejecutiva de ABOFEM, Asociación de Abogadas Feministas, Bárbara Sepúlveda Hales, quien se refiere al rol de protección patriarcal que ha tenido el derecho, el que solo puede subvertirse cuando este se pone al servicio de la emancipación de las personas y de la igualdad de derechos de quienes no tienen acceso a ese espacio. En esa línea, trabajar esta doctrina desde un enfoque feminista es fundamental, plantea Sepúlveda.
Luego, una sección de fotografías históricas de la vida y trayectoria pública de Elena Caffarena componen un dossier de imágenes.
A continuación reproducimos una entrevista de referencia obligada realizada por la escritora, académica y Premio Nacional de Literatura 2018 Diamela Eltit González, quien en este texto publicado en 1993 indaga, en conversación con Caffarena, su rol como fundadora del MEMCH, las dificultades que tuvo que enfrentar el movimiento sufragista chileno y su visión sobre los feminismos, entre otros temas.
Uno de los elementos esenciales de esta antología son los textos escritos por la propia Elena Caffarena en los años 1944 y 1952, Capacidad de la mujer casada con relación a sus bienes, Un capítulo en la historia del feminismo. Las sufragistas inglesas, respectivamente. El primero es una discusión jurídica apasionante sobre la capacidad de la mujer para tomar decisiones económicas dentro del matrimonio, en el que Caffarena, con una humildad que no se condice con el hecho de haber logrado cambiar la jurisprudencia en esta materia, dice: “Me sentiré satisfecha si logro –dentro de la complejidad de la materia a tratar– hacer un resumen fácilmente comprensible, que dé a las mujeres una idea clara de su verdadera situación jurídica dentro del matrimonio en lo que a sus bienes se refiere, y si este conocimiento de su estatuto legal, así como las ideas que insinúo para reformarlo –ideas que, por lo demás, no son una creación sino que ya están incorporadas a la legislación positiva de muchos países, aun países americanos– las ayuda en una futura, pero próxima campaña, para terminar con su incapacidad civil y establecer como régimen matrimonial ordinario el de participación en los gananciales, régimen que no solo da a la mujer mayores garantías con relación al marido y la libera de su sujeción que muchas veces es injusta e irritante, sino que, también, le permite actuar sin trabas en los negocios y con la expedición que exige el ritmo de la vida moderna”.
En el segundo texto que reproducimos fielmente Elena retrata con detalle y visión analítica los atropellos que tuvo que sortear el movimiento sufragista inglés que comenzó en 1906 con sus “tácticas militantes”, que buscaban dar visibilidad a la lucha por los derechos políticos de las mujeres, y que recién en 1928 consiguió que el Parlamento británico aprobara el voto de las mujeres en las mismas condiciones de los hombres. Pero aun cuando el eje de este texto está en los avatares de las inglesas que enfrentaron huelgas de hambre, escarnio público de parte de los políticos y los medios de comunicación e incluso violencia física de parte de la política, Caffarena se da el tiempo para, desde ahí, interpelar a las chilenas, diciéndoles que “Las mujeres no debemos olvidar que cada conquista en el movimiento femenino ha sido lograda a través de una lucha sostenida. Este mero recuerdo debería darnos mayor prestancia y seguridad; este convencimiento debería ser nuestra mejor defensa contra las tendencias que buscan confundirnos para restarnos al proceso democrático general. Mil problemas urgentes nos aguardan, problemas que reclaman una acción mancomunada de todos los grupos femeninos, y que, de realizarse con amplitud y sinceridad, repercutiría hondamente en nuestra vida colectiva. Empecemos por las tareas más inmediatas”.
Esta antología cierra con una selección de más de 25 cartas que Elena Caffarena dirigió, en nombre propio o del MEMCH, a diferentes figuras públicas de la política, el poder institucional o los medios de comunicación, entre otros, abogando por los derechos de la mujer y la reivindicación de su lugar en la sociedad. No hay duda de que la correspondencia de esta mujer pública da cuenta de su historia personal, pero también de la del feminismo y de la trama histórica de nuestro país.
Al finalizar el número, Ximena Jiles Moreno, nieta de Elena Caffarena releva la figura de la abogada y su compromiso público con un emocionante epílogo.
FARIDE ZERÁN CHELECH
Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile
Quizás la primera gran aclaración necesaria de hacer al comienzo de esta antología, nueva entrega de la colección Maestros y Maestras de la Chile que ya ha rescatado la obra y pensamiento de Amanda Labarca, Alejandro Goic, Enzo Faletto, Mario Planet y Humberto Giannini, es que el trabajo que le dio vida fue realizado de manera previa al 18 de octubre de 2019, aquel viernes que inició un proceso de movilización, reflexión y cambios de alcances aún insospechados hoy, a mediados de noviembre del mismo año. Si bien somos conscientes de que las luchas y reivindicaciones a las que dio vida Elena Caffarena (personaje fundamental no solo para el feminismo sino también en la protección de los derechos humanos durante la dictadura, como se muestra en la correspondencia que reproducimos en este libro) tienen mucho que ver con lo que ha sucedido este año en nuestras calles, decidimos mantener el carácter original de esta antología precisamente para que las nuevas revueltas no invisibilicen las pasadas, sino que se alimenten de ellas; que busquen en estos intentos por recobrar la memoria, fuentes y argumentos para dar vida a las discusiones que vendrán.
¿Y cuál es el carácter original de este libro? Rendir homenaje, en el año que marca un siglo del sufragio universal en nuestro país, a una de sus más insignes impulsoras, egresada de la Universidad de Chile. Rendir homenaje, sobre todo, a su intelecto y a su laboriosidad política, que le permitieron encabezar una movilización en la que se reconocieron diferentes mujeres. Elena Caffarena nunca se apropió de la disputa que permitió que en 1949 las mujeres pudieran votar en las elecciones presidenciales, como tampoco quiso centralizar en el MEMCH, Movimiento Pro Emancipación de las Mujeres en Chile, del que fue secretaria general y desde donde trabajó por este fin, los logros del feminismo. Si bien no tenemos forma de saberlo, leyéndola podemos intuir que hubiera agradecido señalar esta como una victoria de miles de mujeres que desde diversas ocupaciones, roles y visiones, apostaron por la dignidad y la justicia social. Porque claro, si bien Elena Caffarena fue un puntal y el MEMCH una organización clave, la demanda del voto político ya había sido instalada por agrupaciones que lo precedieron y este organismo, más bien, apoyó la ampliación y fortalecimiento de la movilización feminista a través de una estructura de amplia base social. Marta Vergara, en la biografía publicada por Olga Poblete que forma parte de esta antología, subraya:
“Creo difícil encontrar organizaciones femeninas superiores a lo que fue el MEMCH. Su carácter extraordinario se debió, desde luego, a su programa aplicado a las mujeres de todas las clases sociales; atrayente para burguesas y proletarias, cubriendo desde el voto hasta la difusión de los métodos anticoncepcionales”. Esto, por cierto, sin olvidar el lugar desde el que disputaban. Agrega la misma Vergara: “Consiguió que sus socias se sintieran feministas, sin olvidar que los desajustes de la sociedad se debían a su propia estructura y que se interesaran por ajustarlos sin olvidar que eran feministas”.
Un siglo después, las mujeres feministas aún no abandonan las calles y los espacios de reflexión y construcción política, social y cultural, pues si bien Elena Caffarena contribuyó a la consecución de derechos políticos para todas, otras injusticias aún persisten, tal como lo mostró la movilización del mayo feminista de 2018: acoso y abuso sexual, sexismo, inequidad en los sueldos, invisibilización en diferentes niveles, precariedad, desigual distribución del trabajo reproductivo y mucho más son parte de la deuda actual.
Si algo hemos aprendido de la historia que hemos recogido en esta antología, una vez más promovida por la Vicerrectora de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, la Premio Nacional de Periodismo Faride Zerán, y en la que realizó un trabajo fundamental de compilación la Licenciada en Lengua y Literatura Hispánica Karen Cea, y de las movilizaciones que en distintos momentos de la vida nacional han conducido a cambios y nuevas formas de justicia social, es que los avances que propenden a la equidad solo se pueden realizar de manera colectiva, con generosidad, con apertura, con la generación de espacios que permitan que nuestro pensamiento confluya más ella del sexismo, sectarismo y elitismo que caracterizan nuestra sociedad.
En esa línea, quisiera agradecer el esfuerzo colectivo de las autoras de los artículos inéditos que hoy presentamos, que sin dudar aceptaron contribuir al trabajo feminista que va renovándose en el tiempo. Para finalizar, rescato algunas líneas de Sofía Esther Brito, en una reflexión que otras mujeres comparten en este libro:
“En estos tiempos donde los discursos de odio vuelven a hacer sentido, aquella profunda convicción democrática de Elena Caffarena cobra una vigencia ineludible para volver a pensar y también desear la democracia. Caffarena ilustra aquellas vidas donde no solo basta con preguntarse por su obra, porque su vida misma fue construida sobre la base del gesto político de la amistad, de entenderse/entendernos desde las construcciones colectivas. No hay un mundo que vendrá al cual debemos aguardar para repensar nuestras formas de vivir, una vez más las feministas nos vuelven a decir que la vida es ‘hoy y no mañana’”.
JENNIFER ABATE CRUCES
Editora de Publicaciones de la Vicerrectoría de Extensióny ComunicacionesUniversidad de Chile
Olga Poblete de Espinoza2
No ser como mujer una extraña en la historia. No subirme hoy, sino que he estado siempre.
JULIETA KIRKWOOD
Tejiendo rebeldías, Santiago, 1987
La mujer debe luchar por sus derechos sin considerar que le estén haciendo un favor.
ELENA CAFFARENA
1Salvo pequeñas modificaciones de estilo, la biografía que aquí se reproduce se ciñe a Una mujer, Elena Caffarena de Olga Poblete de Espinoza, publicada por Ediciones La Morada y Editorial Cuarto Propio en 1993.
2Fue una destacada profesora, feminista, dirigenta social y política chilena. Nació en Tacna en 1908 y se tituló de Profesora de Historia y Geografía en 1928, en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, donde posteriormente se desempeñaría como docente, labor que también cumpliría en el Liceo Experimental Manuel de Salas. Fue pionera en la instalación de una cátedra universitaria sobre Extremo Oriente y África. En 1939 fundó, junto a Elena Caffarena, Graciela Mandujano y Marta Vergara, entre otras, el MEMCH, con el fin de promover una ciudadanía con derechos para las mujeres. Falleció en 1999.
Tiempo atrás, en el mes de enero, como lo hago ya desde hace años, Elena me invitó a compartir unas semanas de conversa y reposo en su casa de Tongoy. En una ocasión comenzamos a revisar algunos archivos del MEMCH de los años 1930. Como en ocasiones anteriores, ocurrió que una reacción de Elena se nos convirtió de inmediato en iniciativa:
Mira, este texto no se puede perder. Sus argumentos siguen vigentes. ¿Por qué no seleccionar temas, reunirlos, organizarlos y editarlos?
Así fue como iniciamos un trabajo de selección de textos, ordenación y archivo, que incluso ya más de alguna joven investigadora ha estudiado con fruición.
En aquella ocasión se definió en mí la idea que, sin precisarlo, tomaba forma desde tiempo atrás: intentar un relato biográfico de Elena Caffarena. Sentía el compromiso de registrar tan rica experiencia vivida desde los lejanos tiempos en que la vi por primera vez. Había comenzado a descubrirla de a poco y a percibir los valores de su personalidad, su talento, su sólida cultura. De sus palabras, juicios y actitudes trascendía un saber adquirido más allá de estudios y lecturas. Gran parte de esto tal vez procedía de su trato múltiple, en las más diversas circunstancias, con gente variada, de distintos estratos sociales, políticos, intelectuales.
He enfrentado esta ambiciosa tentativa a objeto de que las chilenas rescatemos un poco más de esa memoria que tanta falta nos hace como cimiento sólido para procurar reconocer y apreciar nuestras identidades, acrecentar vigores y conductas, y asumir cada vez con mayor seguridad y prestancia el azaroso acontecer.
Por lo demás, durante milenios esta mitad femenina de la humanidad ha vivido entre desafíos y superaciones.
En octubre de 1953 don Blas Caffarena Chiozza terminó de escribir sus memorias. Hacía ya algunos años que había dejado toda responsabilidad de dirección en la fuerte y prestigiosa industria Caffarena que fundara a comienzos de ese siglo y a la que dedicó íntegramente su esfuerzo y capacidad. Una lee estas memorias y queda conmovida por la energía, tenacidad y voluntad que desplegó este pionero en medio de sucesivas adversidades, atendiendo sin desmayar el desarrollo de sus diversos trabajos y las necesidades de su numerosa familia: su esposa Anita, sus cinco hijas y sus dos hijos.
Los primeros fuertes desafíos los vivió en Estados Unidos, donde su padre adquirió unas tierras en Dakota del Norte animado por la imagen promisoria que el europeo tenía de las Américas. Don Blas había cumplido diecinueve años cuando desde Dakota decidió partir a Iquique, en Chile. Aquí inició una dura etapa, en la pulpería de un familiar, de trabajo sin pausa, en una típica tienda de comercio de la zona. Más tarde viajaron a Iquique sus padres y hermanos. Instalaron un pequeño almacén que, con el trabajo de todos, pronto hicieron crecer y prosperar, ajustándose a una vida estrictamente sobria.
Las memorias están escritas en tono sencillo, directo, transparente, con tal acento de veracidad que su lectura nos transporta tanto a momentos de desbordante alegría o lamentables contratiempos, como a otros en los que estallan las iras de don Blas contra usureros y explotadores de los pequeños empresarios. Dos veces en Iquique y una en Arica, voraces incendios consumieron sus talleres y enseres de trabajo, debiendo comenzar desde cero.
Hombre de firmes decisiones, después de algunos años en Iquique viajó a su pueblo natal, Pegli, en Italia, en busca de novia. Un juego de felices casualidades le permitió descubrir en una fiesta popular de San Pedro a la hermosa joven, aún estudiante de Escuela Técnica, con quien contrajo matrimonio: Ana Morice Benvenuto.
La pareja organizó de inmediato la durísima y prolongada empresa del viaje a Chile. A las semanas de barco a través del Atlántico se sumaron las del recorrido Buenos Aires-Mendoza y el cruce de la cordillera de los Andes, en mula, por supuesto. Siguieron a Valparaíso embarcándose por fin a Iquique. Allí comenzó la historia de don Blas, Anita y su numerosa prole.
Al cumplirse cien años de la llegada a Chile de don Blas Caffarena Chiozza, Elena reeditó las memorias de su padre
… para que las nuevas generaciones Caffarena nunca olviden sus raíces y tomen como ejemplo a un hombre que con esfuerzo, trabajo y tesón fue capaz de superar los contratiempos y calamidades que la vida le deparó.
En Iquique instaló don Blas su primer taller para producir medias. No fue empresa fácil. Además, apenas prosperaba un poco los incendios destruían la pequeña industria hasta sus cimientos.
Las cinco niñas Caffarena y sus dos hermanos estudiaron en la escuela y el liceo de Iquique. En esos años el desempeño docente dejaba bastante que desear. Por lo general, las clases estaban a cargo de personas con escasa preparación profesional.
Tuve la suerte –cuenta Elena– de tener como profesora de preparatoria a doña Uberlinda Aguilar, una maestra formada en la Escuela Normal de Santiago, que logró dominar mi espíritu inquieto e inculcarme hábitos de disciplina, de trabajo, de perseverancia que me han servido mucho a lo largo de mi nada corta vida3.
El liceo fiscal tuvo para Elena el gran atractivo de su biblioteca:
… unos doscientos ejemplares con obras de autores chilenos. Así fue como pude leer todo Blest Gana, Baldomero Lillo, Fernando Santiván, Rafael Maluenda, Pedro Prado, y nació mi afición por la lectura4.
Este ha sido el “vicio” de toda su vida. Sus amigas de distintas épocas hemos gozado el privilegio de compartir su rica biblioteca, siempre renovada. Hasta en su mesa de noche hay libros de turno para esta ávida lectora.
Hacia el año 20 la familia Caffarena-Morice se trasladó a Santiago:
Mi padre instaló un pequeño taller con cuatro máquinas para la fabricación de medias y calcetines, en este trabajaban sólo los miembros de la familia. Yo alternaba mis estudios, primero en el liceo y después en la universidad, con este trabajo familiar seleccionando la mercadería, empaquetándola, preparando el despacho de pedidos y llevando la contabilidad5.
Doña Anita repartía su tiempo en el múltiple quehacer doméstico y durante las noches ayudaba a su marido en el recuento de la producción y el control del despacho y venta:
La situación de la familia era modesta; no nos faltaba comida, ni techo, ni abrigo, pero recibíamos pocos regalos y no se nos proporcionaba nada superfluo6.
A su llegada a Santiago la familia Caffarena-Morice se instaló en un sector vecino al barrio Recoleta. Las niñas fueron matriculadas en el Liceo Nº 4 donde Elena cursó el sexto de humanidades. La directora era doña Sara Guerin de Elgueta, quien, años más tarde, al conmemorarse el cincuentenario del Decreto Amunátegui que dio acceso a la mujer a los estudios universitarios, fue encargada de la edición del libro Actividades Femeninas en Chile. Entre las diversas colaboradoras invitadas por doña Sara para llevar a cabo tan importante tarea, justamente pidió a su ex alumna, la ya abogada Elena Caffarena, un estudio sobre la condición jurídica de la mujer. Con el tiempo, el tema solicitado para esa ocasión pasaría a ser uno de los objetivos centrales de su actividad dentro de las organizaciones femeninas que ella contribuyó a crear en Chile.
Pero volvamos a los tiempos de “liceana”. Tres muchachas que cursaban el sexto de humanidades en el Liceo Nº 4 recibieron una mañana con curiosidad a la “nueva” que se incorporaba al curso. Una de ellas, María Marchant de González Vera, cuenta que Elena
era una muchachita rubia, muy linda, muy seria. Sabíamos que venía de provincia. La primera clase a la que asistió Elena era de Economía Política y nada menos que doña Ercilia Pérez, Directora de la Escuela Anexa a la Normal Nº 2, era la profesora. Doña Ercilia Pérez, que tenía la buena costumbre de hacer clases bastante activas, reparó en la presencia de esta alumna nueva y no tardó en hacer una pregunta a Elena. La respuesta fue muy segura y tranquila. Nosotras –María, Lola Blondet y María Guajardo, amigas de todos sus años de liceanas– nos miramos agradablemente sorprendidas y sin mediar palabra comprendimos que esa niña tenía que ser nuestra amiga. Terminó la clase, llegó el recreo y las tres partimos al encuentro de la recién llegada.
Desde ese instante sellaron una gran y hermosa amistad de toda la vida.
Llegó el momento de prepararse para la prueba de Bachillerato. Elena tenía serios vacíos en matemáticas e idiomas, asignaturas que flaqueaban bastante en el liceo de Iquique.
No me sentía segura –dice Elena– frente a esta prueba, pero María Marchant que ya tenía grandes condiciones pedagógicas, como lo demostraría en sus actividades docentes años más adelante, fue para mí una ayuda decisiva. De ella recibí matemáticas e inglés que, por cierto, no alcanzaron a ser suficientemente asimiladas y sólo llegué a un puntaje necesario para entrar a la Escuela de Leyes7.
En esos años era solo cuestión de presentarse a la Universidad de Chile, decir qué se quería estudiar, registrar sus datos personales y esperar el inicio de clases.
Apenas aprobó Elena la prueba de Bachillerato siguió un curso de contabilidad para asumir de allí en adelante la responsabilidad de manejar los estados de cuenta del taller de su padre. Esta tarea no la eximía de los trabajos propios de la producción junto a sus hermanas y hermanos. Esa vida familiar compartida con el esfuerzo colectivo organizado con firmeza por don Blas, quien a su vez no descuidaba responsabilidad alguna, es seguramente en parte la fuente de ese espíritu marcadamente sobrio que caracteriza la personalidad de Elena. Sin embargo la disciplina familiar no empañaba en don Blas una profunda devoción y cariño por su numerosa prole.
Es cierto que era muy exigente en todo –dice María Marchant–, se exigía a sí mismo y esperaba lo mismo de los demás. Pero su trato delicado y atento es lo que yo más recuerdo. Amaba lo bello, admiraba la corrección. Recuerdo haber llegado a casa de Elena en ocasión que don Blas había citado al mejor sastre de Santiago para confeccionar los trajes de sus hijas. Para Elena había encargado el mejor traje sastre que era la moda de rigor. Eso sí que don Blas en cuanto a puntualidad –sigue María– era implacable. La familia se sentaba a la mesa y ¡ay! de quien llegara atrasado. No decía nada, pero la tan severa mirada valía más que palabra alguna.
Elena y sus amigas compartían intereses y gustos comunes, entre ellos la lectura. Tuvieron la suerte de contar en el Liceo Nº 4 con doña Esperanza Soto, profesora de historia, que nunca enseñó nombres de batallas ni fechas.
Le encantaba –cuenta María– abrir las ventanas a los temas culturales, la poesía, la literatura. Nos inició en ese maravilloso mundo literario que nosotras ignorábamos. Tanto nos motivó que más tarde nos transformamos en asiduas lectoras. Acudíamos a la Biblioteca Nacional, a la sección de préstamo de libros a domicilio, dirigida por un joven muy atento y serio que se convirtió en nuestro orientador de lectura: Daniel de la Vega. Deben haberlo impresionado estas cuatro muchachitas que con tanta seriedad e interés acudían a su ventanilla en la Biblioteca.
Si tenían tiempo, desde la biblioteca se iban un rato a charlar al vecino cerro Santa Lucía. Es muy interesante este relato de María sobre aquellos recreos llenos de comentarios y opiniones. Ocurrió que hablando de libros y lecturas, María narró a sus amigas la observación de uno de sus compañeros del Instituto Pedagógico. Este había reparado con cierta admiración en un libro de Henri Barbusse que María llevaba entre sus cuadernos. Al parecer, el comentario de María traslucía gran satisfacción y orgullo de sentirse a leguas de distancia de aquel compañero de curso. Primero hubo silencio y luego Elena formuló este leve reparo:
… la vanidad es el peor defecto que puede tener una persona… –comenta María. Me impresionaron sus palabras. Jamás las he olvidado. Fue una de las primeras lecciones que recibí de ella y son hasta hoy parte de mi código de vida. No puedo dejar de agregar que teniendo Elena tantos motivos para reconocer sus cualidades, nunca la he visto caer en la debilidad de envanecerse por algo que haya hecho, escrito o descubierto. Cada juicio categórico suyo tiene un sólido fundamento de análisis y raciocinio. Ella lo sabe perfectamente y lo dice sin rastro alguno de vanidad.
Cursaba el segundo año de Leyes cuando se inscribió en la Oficina de Defensa Jurídica Gratuita. Allí, dice Elena,
… conocí a un joven a quien llamaban “el sabio Jiles”.
De ese encuentro y del compartir preocupaciones comunes nacieron el conocimiento mutuo, la estimación y el afecto que terminaron en matrimonio. Elena subraya con fino humor en su autobiografía:
No fue un amor a primera vista, pero después de años de insistencia… 8.
Estudiantes universitarios de otras escuelas también organizaron y mantuvieron por años servicios gratuitos semejantes. María Guajardo
… era una muchacha muy linda y con un tremendo carácter ejecutivo –comenta María. Ingresó a un servicio similar mantenido por los estudiantes de la Escuela de Medicina que tenía a Pedro Gandulfo entre sus organizadores.
Gandulfo fue un destacado dirigente de la FECH de los años 1920.
Por su parte, María y Lola, estudiantes del Instituto Pedagógico, no tardaron en incorporarse al recordado Liceo Nocturno Federico Hansen. Muchas de estas maestras y maestros novatos asumieron más tarde altas responsabilidades docentes y públicas, rindiendo brillantes frutos tanto en la educación chilena como en la latinoamericana y extracontinental.
Un buen día estas cuatro inseparables amigas decidieron ir a la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile y transmitir a sus dirigentes el deseo de ingresar a la FECH. Tenían entonces 17 años. Llegaron a Agustinas 265, plantearon su petición y fueron acogidas con espontáneo entusiasmo. Cuando ellas preguntaron por las tareas que podían asumir, las encargaron solamente la responsabilidad de ocuparse del orden y correcta presentación del local. Más adelante fueron promovidas a tareas superiores, como el despacho a provincias de la revista Claridad. Pronto tomaron la iniciativa de invitar a compañeras de otras escuelas a visitar la FECH y asistir a sus reuniones.
Nosotras –dice María Marchant– vivíamos una moral muy estricta y muy coincidente y cuando invitábamos a otras compañeras a concurrir a la FECH, les leíamos bien la “cartilla”: aquí no se viene a buscar marido.
En los años 1920 el tono político lo daba el pensamiento anarquista, ideología dominante tanto en los sectores obreros como universitarios. Por otra parte, la FECH también fue impactada por el fuerte movimiento de los estudiantes argentinos de la Universidad de Córdoba, cuyo manifiesto inicial de la reforma universitaria había corrido como reguero de pólvora:
Estamos pisando sobre una revolución. Estamos viviendo una hora americana… Los dolores que quedan son los dolores que faltan.
Este apasionado llamamiento libertario conserva un vigor que remece ideas y recuerdos y trae el eco lejano de un mundo de aspiraciones juveniles, vigente aún en muchos sentidos.
En la FECH había reuniones diarias. Se convirtió en un centro cultural muy rico, inquieto, activo.
Se discutían problemas de todo orden –recuerda Elena–, principalmente de política nacional, de anarquismo, de la revolución rusa. Participaban estudiantes y obreros, tanto chilenos como extranjeros. Las mujeres nos limitábamos a escuchar9.
Pero en una ocasión asistió el escritor y filósofo mexicano José Vasconcelos y fue Elena quien presentó a tan ilustre visitante. Las mujeres habían comenzado a “ser” importante presencia en la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, algo más que asesoras para arreglar las salas de reuniones. Esas muchachas supieron ganar tanto prestigio en la FECH que les dedicaron la primera página de portada de la revista Claridad Nº 63, editada en 1922, con un inspirado artículo con el título “Ellas”, con la enfática afirmación que se inicia así:
surgieron prodigiosamente avanzando hacia nosotros.
Firma ese artículo de homenaje Fernando García Oldini, joven músico flautista, que en esos tiempos de cine mudo, junto a un pianista acompañaba el desarrollo de la película o el obligado intermedio.
La FECH fue el lugar de felices encuentros, sesudas discusiones, apasionados juicios e interminables debates, muchas veces impregnados del pensamiento anarquista de poderosa atracción por el tentador y vasto margen que daba tanto a la ensoñación poético-política como al discurso cuestionador saturado por la coyuntura que se vivía a tan corta distancia de la Revolución Rusa y del final de la masacre aterradora de la Primera Guerra Mundial. Desde temprano la FECH se poblaba con muchachas y jóvenes de las Escuelas de Leyes, Medicina, Ingeniería, Instituto Pedagógico. Varias de estas juveniles, bulliciosas y a veces hasta conflictivas personas hicieron historia más adelante en la literatura, el periodismo, la acción social y la vida política chilena.
Elena y Jorge fueron grandes amigos de María Marchant y José Santos González Vera, el escritor que recibió en 1950 el Premio Nacional de Literatura, amistad gestada y enriquecida en los contactos casi cotidianos de la juventud de aquellos años 20.
Mi marido y yo –cuenta Elena– fuimos amigos de María y González Vera durante cincuenta años. Nos reuníamos semana a semana y solíamos pasar vacaciones juntos. Con ese gran conversador que era José Santos abordábamos todos los temas: literatura, arte, política nacional e internacional10.
Las autoridades no tardaron en tachar las actividades de la FECH como “subversivas”. Entre los más activos en esas sesiones figuraban Juan y Pedro Gandulfo, Alfredo de María, Abraham y Daniel Schweitzer, Óscar Schnake, Infante Varas, Santiago Labarca. Asistían también jóvenes poetas, músicos y escritores: Domingo Gómez Rojas, Pablo Neruda, Raúl Silva Castro, Roberto Meza Fuentes, José Santos González Vera.
Pablo era entonces –recuerda Elena– un espigado y silencioso poeta quien me dedicó su “Crepusculario” que acababa de publicar y aún conservo11.
Pablo sobresalía entre los poetas jóvenes, como Roberto Meza Fuentes y Manuel Rojas. Este último, muy impresionado al ver una vez a Matilde, hermana de Elena, le escribió un soneto, conmovido por su notable gracia y belleza.
Neruda –dice María Marchant– en las reuniones de la FECH se mantenía las más de las veces silencioso y aparentemente impávido.
Su Canto a la Reina de las Fiestas de la Primavera fue un verdadero descubrimiento para esa bulliciosa y aparentemente frívola juventud. María, otra de las hermosas niñas Caffarena, fue elegida una vez reina de estas fiestas memorables.
En aquellos años 1920 Chile fue escenario de graves conmociones sociales: cesantía, miseria, crisis, coletazos del fin de la Primera Guerra Mundial. Se produjo una estrecha comunicación entre las juventudes universitarias y los trabajadores, la clase obrera. Esta unidad de acción quitó el sueño a los gobernantes y exacerbó los ánimos de los jueces contra estos subversivos, entre ellos el poeta Gómez Rojas, detenido por orden del ministro Anabalón y víctima de torturas, las que finalmente le produjeron la locura y la muerte. Dice José Santos González Vera:
Cuando se anunció su muerte, escribí media página poco menos que llorando.
En los muros de su celda Gómez Rojas dejó retazos de su pensamiento atribulado y su natural rebeldía:
Aquí muere la libertad de los hombres, pero nace la libertad del pueblo.
Sus funerales fueron una multitudinaria e imponente manifestación de protesta popular.
Muchos años más tarde hubo otro proceso a subversivos tramitado por el ministro Víctor Hernández Rioseco en la Corte de Apelaciones de Concepción. Allí los estudiantes de la Universidad, en un acto de recuerdo al “Che” Guevara, izaron la bandera cubana bajando del asta la bandera chilena. Este delito apareció configurado por primera vez en 1937 y nunca había sido materia de proceso. En Elena, que ya había vivido algunas décadas de intensa actividad en relación con los derechos de la persona humana, reapareció su actividad de honesta y real rebeldía frente a toda injusticia y abuso de poder. El diario El Siglo publicó su artículo “Delito de lesa bandera”, en el que, junto a un agudo análisis jurídico, revive emocionados recuerdos del poeta José Domingo Gómez Rojas y su calvario, citando algunos de sus versos. Leerlos hoy tiende un puente significativo con nuestro presente:
Algún día sobre la faz del mundo una justicia nueva romperá las viejas normas.
Escribe Elena:
Él estaba en lo exacto cuando decía:
… he pensado en las tumbas
donde se pudrieron magistrados y jueces
que hoy son polvo en la tierra.
El descarnado examen de este caso de subversivos es un reflejo más del hostigamiento implacable a las ideas que pretenden abrirse paso para derrocar la rutina y socavar los cimientos del autoritarismo. En efecto, su verdugo no le sobrevivió mucho, víctima –según se dijo– de una arteriosclerosis avanzada.
En 1923, cuando el tema de la reforma universitaria caldeaba todos los ambientes, Eugenio González Rojas –más tarde rector de la Universidad de Chile– presidía la FECH. El 4 de julio los estudiantes ocuparon la Casa Universitaria y se instalaron en el Salón de Honor. El prorrector, don Samuel Lillo, pidió a los jóvenes que abandonaran el local, agregando que en caso contrario la policía los desalojaría violentamente. A poco de salir este del salón se escucharon gritos denunciando que la fuerza pública entraba al local. Esto produjo gran conmoción en la desbordante asamblea.
En ese instante subió a la tribuna la señorita Elena Caffarena y dijo: el que no sea hombre que se vaya. No hacen falta cobardes12.
Sus palabras causaron inmediata reacción y la oradora fue estrepitosamente aplaudida. María, al evocar estos momentos, comenta:
Elena en la testera del Salón de Honor llamó con energía a mantenerse tranquilos. Esta es nuestra casa, compañeros –dijo. Nos sentaremos y recibiremos a quien venga.
Fue un llamado a la cordura que hizo efecto en medio del temporal desatado.
El movimiento continuó y estuvo a punto de provocar una huelga general de estudiantes. Como más adelante las fuerzas policiales ocuparon la Universidad y montaron guardia frente a la puerta de acceso, los muchachos colocaron en el frontis de la Casa Universitaria un gran letrero: “Cuartel General de Carabineros”. Aumentaron los paros parciales. Las muchachas del Instituto Pedagógico organizaron el más fuerte apoyo. Por fin la multitud estudiantil forzó la entrada a la Casa Universitaria, pese a que los carabineros cargaron a culatazos. Académicos como Juan Antonio Iribarren, Raimundo del Río, Robinson Hermansen declararon:
No haremos clases mientras la Universidad se encuentre violada por la fuerza pública.
La presión se generalizó amenazadoramente. Se pidió al Consejo de Instrucción Pública que derogara las medidas, y al rector, don Domingo Amunátegui, que retirara las fuerzas policiales y se suspendieran las medidas adoptadas contra los dirigentes.
Terminados los estudios universitarios Elena hizo su primer viaje a Europa. La travesía del Atlántico en barco le deparó la grata y feliz compañía de Elvira Santa Cruz Ossa, “Rozane” –directora de la inolvidable revista El Peneca–, con quien en Chile, más tarde, compartiría tareas en relación con la situación de la infancia.
Su primera escala fue Italia. Allá se encontró con doña Rosalía Chiozza Rissoto, su tía-abuela paterna, y otros parientes que no conocía. Luego, después de una breve estadía en Madrid, viajó a Francia. Pronto abandonó sus propósitos iniciales de seguir cursos de posgrado en Derecho Civil.
Una vez en París –dice– me entusiasmé con los museos y me dediqué a desasnarme en materia de arte.
Pinturas, esculturas y grabados fueron elementos esenciales que han contribuido, junto a su abundante y seleccionada lectura, a conformar el sólido bagaje cultural que posee Elena, del cual, por cierto, no hace gala alguna, pero se advierte y se siente. Hasta hoy sigue su predilección por las artes. En su casa se conjugan los libros con la bella colección de óleos y grabados que le salen a uno al encuentro desde que se entra al hall, el living, el escritorio, su habitación: Nemesio Antúnez, Pedro Lobos, Juan Francisco González, Roberto Matta, Pablo Picasso, tres o cuatro dibujos del japonés Foujita. Cuando le pregunto dónde están los cuadros de Laurita Rodig, sus delicados caballitos, y figuras de mujeres, contesta:
…me los llevé y me acompañan en Zorrilla.
En París conoció a Gabriela Mistral:
Ella me demostró mucha simpatía y aprecio invitándome a visitar la Catedral de Chartres, lo que hicimos en compañía de su secretaria Palma Guillén y del escritor José Vasconcelos. Esta visita la recuerdo como uno de los acontecimientos más importantes de mi viaje a Europa13.
Junto con recorrer museos y galerías de arte, su otra pasión en aquel viaje fueron las librerías. Descubrió una que tenía servicio de préstamos de libros. Feliz oportunidad,
porque así puede leer un libro por día y descubrí a Proust, Maurois, Mauriac, Martin du Gard, Aragón14.
Poco después de su regreso a Chile, en 1929, contrajo matrimonio con Jorge Jiles Pizarro, su colega y compañero de estudios. Con él volvió a Europa en 1968. Jorge había sido invitado a visitar la Unión Soviética. Desde allí Elena siguió viaje a Pekín, en su calidad de integrante de la delegación chilena junto a Elena Pedraza, Inés Frey, Tegualda Monreal, para participar en el Congreso de Mujeres de la República Popular China. Por entonces vivían y trabajaban en Pekín el pintor José Venturelli, su esposa Delia Barahona y su hija Paz, con quienes hizo interesantes recorridos y visitas. Solo en parte pudo satisfacer su profunda afición artística e intereses sociales y políticos, ya que su salud no la acompañó como debía. En el viaje de regreso pasó por la República Democrática Alemana. Visitó Weimar y uno de los campos hitlerianos de exterminio, vecino a esta ciudad. Aquella dolorosa y estremecedora experiencia fortaleció sus convicciones antifascistas, configuradas en Chile desde los años de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Una vez más visitó París. Allí compartió muy gratos momentos con su gran amiga de años, María Marchant de González Vera, quien entonces desempeñaba altas responsabilidades en la Federación Internacional de Sindicatos de la Enseñanza, FISE.
3Caffarena, Autobiografía, escrita a máquina.
4Ibídem.
5Ibídem.
6Ibídem.
7Ibídem.
8Ibídem.
9Ibídem.
10Ibídem.
11Ibídem.
12Dr. L. Weinstein y D. Valenzuela: La FECH de los años veinte, Santiago, mimeo, 1980, p. 25.
13Caffarena, Autobiografía.
14Ibídem.
La actual avenida Seminario fue parte de un terreno propiedad de la Iglesia Católica ubicado en el extremo poniente de la avenida Providencia. Allí estuvieron el Seminario Conciliar de Santiago, la iglesia y anexos.
Hasta hoy, varias calles recuerdan su origen vinculado a la función eclesiástica: Monseñor Müller, Obispo Donoso, Obispo Vicuña, Monseñor Larraín, Obispo Espinoza, etc.
La Avenida Seminario se abrió como una gran arteria norte-sur, paralela al tren Santiago-Puente Alto, que partía desde la bella Estación de Pirque, en la Plaza Italia. Los amantes del excursionismo y la montaña la conocíamos muy bien. En Puente Alto transbordábamos al tren militar que nos llevaba a través del bello e imponente Cajón del Maipo hasta El Volcán.
La avenida Seminario se fue llenando, poco a poco, de casas bien construidas, de sobria elegancia algunas, con antejardines y no más de dos pisos. Al número 234 llegó el joven matrimonio Jiles-Caffarena. Allí nacieron sus hijos Jorge y Juan. Años después se trasladaron al número 244, casa amplia que Jorge reacomodó con holgura y donde nació la hija menor, Anita María. En esta casa vive Elena hasta hoy.
Jorge, talentoso abogado, miembro del Partido Comunista, dominaba cualquier ámbito con energía, subrayada por su voz tronante, imperiosa, ya fuera en agitada discusión o charla enhebrada en acogedor encuentro. Manejaba con oportunidad y soltura el dato preciso, el argumento rotundo, la punzante ironía o el último chiste político, que terminaba, a veces, por desmoronar una discusión. Elena, con su estilo de ser y actuar que conserva hasta hoy, contrastaba con este hombre desbordante y sonoro. Tenían en común el lenguaje preciso y categórico inherente a personalidades que hacen del cultivo de la verdad y el imperio de la razón el compromiso de sus vidas. Elena y Jorge poseían un fino sentido del humor, tan oportuno para hacer, en el instante más caldeado, la risueña acotación o narrar la anécdota capaz de aflojar tensiones y también ¡cuántas veces! de aliviar el incómodo impacto de juicios lapidarios.
Elena, en sus notas autobiográficas, señala:
Jorge era un ser extraordinario, serio, leal, honorable. Yo quiero mucho a los comunistas, pienso que si son como Jorge, son dignos de toda confianza15.
Seminario 244 ha sido un hogar acogedor y generoso, tanto para familiares como para las más variadas amistades. Entre estas figuraban, casi en calidad de rito, aquellas entrañables amigas y amigos de los tiempos universitarios en los que compartieron sucesos, alentadores unos, lamentables y dolorosos otros. Se hicieron tradicionales las tertulias sabatinas. Varias veces escuché alusiones a estas de parte de mi amiga María Marchant, cuando trabajábamos en el que fuera el gran Liceo Experimental Manuel de Salas. Por María comencé a saber, antes de conocerlos o siquiera de encontrarlos, algo de esta singular familia Jiles-Caffarena. Deben haber sido fantásticas aquellas reuniones, por lo menos yo así las imaginaba. Años más tarde, al conocer de cerca a algunos de sus protagonistas, simplemente llegué a envidiar aquel deleite. Invariablemente asistían María y González Vera; María Guajardo y Sergio Atria; Clarita Bronfman y Abraham Schweitzer. El abogado Daniel Schweitzer, otro contertulio tradicional, era el solitario sin pareja, animador extraordinario con su charla plena de novedades e ingenio.
Cuántas veces llegaron a Seminario 244 algunos famosos y famosas personalidades selectas chilenas y extranjeras, cada una de las cuales buscaba y encontraba allí la opinión certera, el apoyo cálido, la crítica severa, pero oportuna y saludable, y en todo instante la comprensión y el afecto.
Más de un decisivo encuentro eminentemente político o un debate serio y complejo se ventiló en el amplio living, con sus sencillas estanterías, que sin pretensión alguna albergan verdaderos tesoros literarios y filosóficos.
Seminario 244 y su anfitriona jugaron un importante papel a lo largo de los infaustos casi 18 años que siguieron al golpe militar de septiembre de 1973. Era de rigor, y Elena lo suponía y esperaba con total serenidad, que aquella casa fuera allanada. Para los espíritus enfebrecidos de odio y violencia, esa casa debía esconder armas en alguna parte. Seminario 244, como tantos otros lugares, barrios y sectores a lo largo del país, fue teatro también de registros y acciones de prepotencia y terror en los meses que siguieron al golpe militar. Fue deleite morboso para algunas vecinas espiar qué ocurría allí, quiénes entraban o salían. Lamentable es recordar que fueron especialmente mujeres de clases media y alta las que se transformaron en ojos, oídos y lenguas para servir a la dictadura.
Narro lo anterior como introducción al valiente y activo papel que jugó Elena –y también su hospitalaria casa– durante el pinochetismo. Allí encontramos las mujeres un territorio libre donde respirar, hablar, confiar, llorar, rabiar, pero también reír y pensar, proyectar y alimentar el fuego vital de los sueños y esperanzas. Llegaron familiares de gente detenida desaparecida, fusilada, ejecutada en enfrentamientos. Algunas eran conocidas de Elena, otras acudían por consejo de una amiga para pedir una opinión, confiar siquiera parte ínfima de su desconcierto y tribulaciones. En este lugar de encuentro ella siempre aportó el juicio claro, la sugerencia oportuna.
Aparecieron las contestatarias, irreductibles en su voluntad de no omitir iniciativa alguna para sumarse en instantes tan difíciles y dolorosos a la inmensa solidaridad que crecía al amparo generoso de la Iglesia, así como de esas reservas morales que anidan insospechadas en las mujeres más humildes, más ignoradas, pero también las más tenaces y valerosas. Nos debatíamos entre el temor constante, renovado cada día por nuevos atropellos, y, por otro lado, esa voluntad de “hacer algo” que emergía con fuerza, sobre todo algo que mantuviera vigente la honrosa vocación libertaria de Chile y al mismo tiempo proyectara su imagen sufriente y luchadora más allá de nuestras fronteras.
Un día vino Ángela Jeria, viuda de Bachelet. Había traducido dos artículos de Le Monde que describían la tragedia chilena con detalles que nosotras mismas aquí ignorábamos. Ella traducía, otras copiaban a mano o a máquina para continuar reproduciendo o contando de viva voz en los barrios a través de los escasos contactos vecinales que ya las mujeres habían comenzado a cultivar y mantener. Era esencial propalar “Chile no está solo”, allegar voluntades para seguir creciendo y resolver las inaplazables tareas que se acumulaban día a día. Qué honda sensación de bienestar, en medio del océano de iniquidades en que se vivía, era esa pequeña gota transparente de iniciativa generosa. Al calor de las ideas se encendió el fuego creador. Breves momentos compartidos en casa de Elena se convirtieron en fuente de inspiración y decisión.
Cuántas veces se incubaron proyectos en conversaciones sueltas e informales con tantas mujeres distintas, muchas cuyos nombres siempre ignoraremos, otras que nunca volveremos a ver. Proposiciones que más tarde se convirtieron en obras concretas, y hasta entidades más o menos permanentes. Estas mostraron la poderosa voluntad de ser y hacer que alienta, por lo demás, en toda mujer, desde la más humilde a la más sofisticada.
Ya en 1975 se organizan y comienzan a tener presencia pública las mujeres familiares de detenidos desaparecidos. Su capacidad de organización se tradujo en las primeras manifestaciones callejeras, audacia que pagaron siempre muy caro bajo la durísima represión. El autoritarismo pretendió, a través de la Secretaría de la Mujer, producir el disciplinamiento de la masa femenina de la población para asimilarla a los objetivos y a la imagen que de ella tenía el patriarcado en el poder. Pero la contraparte entró en actividad. Paralelamente, otras jóvenes mujeres, muchas de ellas profesionales, por los caminos de la reflexión, estudio, discusión, comenzaron audazmente a organizarse. La Academia de Humanismo Cristiano creó la Comisión de Estudios de la Condición de la Mujer, predecesora del que fue luego el Centro de Estudios de la Mujer, primer núcleo del movimiento feminista que más tarde se aglutinó en La Morada.
Entre 1979 y 1980 llegaron algunas de ellas a Seminario 244. La socióloga Julieta Kirkwood, infatigable estudiosa, de gran talento, originalidad e independencia, fue con algunas de sus amigas. Cuenta Julieta:
Hurgamos en bibliotecas, nos sorprendió profundamente encontrar, ya formuladas, algunas balbuceantes reivindicaciones. Quisimos saber más; conversamos con algunas de sus creadoras y dirigentas. Entonces descubrimos que había toda una historia de esfuerzos y lucha femenina que jamás fue enseñada en nuestras clases de historia16.
Hubo muchas tardes de apasionante diálogo. Al calor de las ideas y la espontaneidad se borraban, se disolvían décadas que separaban generaciones. Eran diálogos que nos remontaban a las edades sin palabra escrita, sin más vehículo para trasladar vivencias y sabidurías que escuchar e interrogar a las ancianas y ancianos de la tribu.
Una mañana encontré en casa de Elena a Hilda Ugarte, hermana de la maestra Marta Ugarte, detenida en 1976. Fueron infructuosos todos los esfuerzos realizados para encontrarla. Meses más tarde la prensa dio la noticia del cadáver de una mujer que el mar había arrojado en la playa de La Ballena. Las Ugarte resistieron creerlo, pero venció la voluntad de encontrar siquiera los restos de Marta. Y así fue: hallaron a su hermana en la mesa del Instituto Médico Legal.
Una vez Hilda llegó a Seminario 244 con una gran bolsa negra de plástico: contenía decenas de casetes con relatos recogidos de familiares de víctimas de la represión. En algunas, era la mujer quien hablaba del arresto violento del marido, golpeado en su presencia y arrastrado al fatídico furgón del que no se volvía a saber nunca más. Voces masculinas narraban su tragedia: gente de edad y hasta niños:
“a mi papá se lo llevaron los milicos”.
