Emilio Becher - Eduardo José Cárdenas - E-Book

Emilio Becher E-Book

Eduardo José Cárdenas

0,0

Beschreibung

Emilio Becher (1882-1921) fue el primer pensador argentino que, ya en los años iniciales de este siglo, enjuició con dureza las bases mismas de la sociedad moderna, democrática y tecnificada, hacia la cual el país daba entonces pasos rápidos y seguros. Su clarividencia lo convirtió en un verdadero profeta de la crisis que la república, pasadas algunas décadas, comenzaría a vivir y aún atraviesa. Casi olvidado hoy, sus contemporáneos vieron grabada en él la señal de los elegidos, y admiraron la penetración de su inteligencia, la pudorosa ternura de su corazón, la erudita vastedad de sus conocimientos, la delicadeza de sus poesías y la agudeza de su exquisita prosa. Eduardo J. Cárdenas y Carlos M. Payá, que han estudiado en otras ocasiones la época y la generación de Becher, narran en este libro su vida y su pensamiento. Y en torno al protagonista surgen las figuras de sus originales amigos, que componían la colorida intelectualidad porteña de 1900. Se dibujan también los ambientes y acontecimientos que formaron el marco de su vida, como la Facultad de Derecho y la huelga de estudiantes, o los comicios de 1903 y 1904, juzgados a veces por su fina pluma. Se trata, en esta obra, de comprender juntos a Becher y a la Argentina, que se esclarecen mutuamente.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 301

Veröffentlichungsjahr: 2024

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



EMILIO BECHER, 1882-1921

Emilio Becher (1882-1921) fue el primer pensador argentino que, ya en los años iniciales de este siglo, enjuició con dureza las bases mismas de la sociedad moderna, democrática y tecnificada, hacia la cual el país daba entonces pasos rápidos y seguros. Su clarividencia lo convirtió en un verdadero profeta de la crisis que la república, pasadas algunas décadas, comenzaría a vivir y aún atraviesa.

Casi olvidado hoy, sus contemporáneos vieron grabada en él la señal de los elegidos, y admiraron la penetración de su inteligencia, la pudorosa ternura de su corazón, la erudita vastedad de sus conocimientos, la delicadeza de sus poesías y la agudeza de su exquisita prosa.

Eduardo J. Cárdenas y Carlos M. Payá, que han estudiado en otras ocasiones la época y la generación de Becher, narran en este libro su vida y su pensamiento.

Y en torno al protagonista surgen las figuras de sus originales amigos, que componían la colorida intelectualidad porteña de 1900. Se dibujan también los ambientes y acontecimientos que formaron el marco de su vida, como la Facultad de Derecho y la huelga de estudiantes, o los comicios de 1903 y 1904, juzgados a veces por su fina pluma.

Se trata, en esta obra, de comprender juntos a Becher y a la Argentina, que se esclarecen mutuamente.

 

 

Eduardo José Cárdenas y Carlos Manuel Payá. Abogados, escribieron juntos varios libros en los cuales se relata la historia de personajes y familias argentinas. El primero en publicarse fue En camino a la democracia política y relata las presidencias de Quintana y Figueroa Alcorta. Le siguieron El primer nacionalismo argentino en Manuel Gálvez y Ricardo Rojas; Emilio Becher. De una Argentina confiada hacia un país crítico, y tres tomos de La familia de Octavio Bunge. Los tomos sobre Ramón S. Castillo y la Argentina de su tiempo aun están inéditos. Publicaron además numerosos artículos de historia en revistas especializadas.

EDUARDO JOSÉ CÁRDENAS CARLOS MANUEL PAYÁ

EMILIO BECHER, 1882-1921

DE UNA ARGENTINA CONFIADA HACIA UN PAÍS CRÍTICO

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortada¿Por qué Emilio Becher?Los Becher y los IrigoyenLos BecherLos IrigoyenLos años de esperanzaLa niñezLa adolescenciaBuenos Aires y las primeras incursiones literariasEl hallazgo del dolorAmistades y trabajos juvenilesEn la Facultad de DerechoEn el periodismoLa revista IdeasLa sombra íntimaEn la bohemiaLa hora de la políticaUn crítico espectadorLa huelga en la Facultad de DerechoEl socialismo y las elecciones de diputados de 1904El cambio de presidenteLa angustiada profecíaEn La NaciónBecher antimodernoBecher, un descendiente de los hombres del 80Diálogo de las sombrasLa primera guerra y el último clamorLa muerte, imagen de toda bellezaCronologíaBibliografíaMás títulos de Editorial BiblosCréditos

¿Por qué Emilio Becher?

La historia, incluso la gran historia, puede ser abordada desde la perspectiva de una vida. De la de un solo hombre, si ha sido vivida con lucidez e intensidad. Aun cuando el personaje no haya actuado públicamente, sus pensamientos y afectos, odios y pasiones, van develando, desde su mismo interior, la trama de una época.

Así sucede con la existencia de Emilio Becher, un argentino casi olvidado hoy, fino prosista y delicado poeta, que nació en Buenos Aires en 1882 y murió en la misma ciudad en 1921.

Es uno de los hijos de la generación de 1880, compuesta por hombres exitosos que hicieron realidad aquel sueño de cambiar totalmente el país: su gente, su economía, su política y hasta su paisaje. Seguros de sus creencias positivas y de su capacidad de acción. Convencidos hasta el punto de entregar con calma el poder al caudillo opositor elegido en los libres comicios organizados por ellos.

¿Qué fue de sus hijos? Porque con los descendientes de los hombres del 80 comienza la explicación de la Argentina desorientada que, desde hace tantos años, no sabe encontrarse a sí misma. Cómo pensaron y actuaron frente al cambio total que en todos los órdenes vivía el país: he aquí una investigación que todavía no ha sido casi comenzada.

Becher fue uno de ellos. Es más: él constituyó, por su excepcional penetración y el valor simbólico de su vida, un anticipo de la Argentina contemporánea.

Los Becher y los Irigoyen

Los Becher

El fundador de la familia paterna de Emilio en la Argentina fue George Philipp Becher, su bisabuelo. Había nacido en la ciudad alemana de Hanau en 1783. Las perspectivas de riqueza que el Río de la Plata, con sus posibilidades mercantiles, ofrecía a los comerciantes de las naciones europeas más avanzadas facilitaron la instalación de numerosas familias de ese origen, especialmente inglesas, pero también francesas, norteamericanas y alemanas.

Entre estas últimas se encontraba la de George Becher, quien puso su negocio en 1829 en la importante calle Chacabuco, de la ciudad de Buenos Aires, y lo trasladó al año siguiente a la no menos principal calle Florida. Era consignatario y comerciaba con Holanda, donde había vivido largos años. Luego, hacia fines de la década de 1840, enviaba mercaderías locales a la costa occidental de Estados Unidos, especialmente a California, que vivía la fiebre del oro. Tuvo varios socios, entre ellos conocidos comerciantes alemanes, como Federico Dörr y Federico Reineke.

George Becher fue uno de los consignatarios más importantes durante las décadas de 1830 y 1840. Y, como tal, estuvo entre los selectos ciento cuarenta y nueve caballeros que firmaron, el 21 de mayo de 1841, el acta de fundación de la Sociedad de Residentes Extranjeros.

Corrían los duros tiempos del gobernador Juan Manuel de Rosas, quien el año anterior, sospechando que los corredores de bolsa conspiraban en favor de su enemigo Juan Lavalle y hacían subir el precio del oro, los puso en prisión. Por este motivo, los comerciantes extranjeros decidieron fundar la aludida sociedad, que haría las veces de club y de bolsa de comercio, pero a la cual solo ellos tendrían acceso, para que así el celoso gobernador no pudiera desconfiar de sus propósitos. Se instalaron pues en el hotel de míster Beech, de la calle Piedad (hoy Bartolomé Mitre) 36, importante finca de altos y bajos. En sus salones los socios podían concretar las especulaciones financieras, y alternarlas con la buena lectura en una silenciosa y bien provista biblioteca, donde se recibían también los diarios y periódicos ingleses, franceses, alemanes, uruguayos, brasileños y argentinos. Gozaban asimismo de la amable conversación masculina –la presencia de damas estaba prohibida– y de las siempre atrayentes partidas de whist y Boston. Entre los concurrentes había varios alemanes de gran relieve en la vida porteña, como Carlos y Hugo Bunge, Francisco Halbach, Claudio Stegmann y el socio de Becher, Federico Dörr. Todos ellos se encontraban con agrado entre negociantes de otras nacionalidades, ingleses en su mayoría. Es que los alemanes, carentes de un Estado unitario que apoyara con su diplomacia –como Gran Bretaña o Francia– sus intereses económicos, sacaban fuerzas de esta flaqueza y aprovechaban su falta de compromisos políticos para prosperar bajo las condiciones más variadas. No vacilaban en unirse con los demás extranjeros. El común de la gente no los distinguía de los ingleses, por ejemplo, aunque conservaban sus propias tradiciones culturales, adaptándolas ligeramente a las del país. Muchas veces se casaron con argentinas de familias distinguidas y solo ellos, ya no sus hijos, continuaron practicando la religión protestante en que se habían formado. La buena fortuna acompañó a George Becher, y le permitió viajar en 1846 a Alemania y Holanda. En 1849 estaba ya de vuelta en Buenos Aires, donde murió, anciano, el 30 de marzo de 1863.1

Antes de partir de su tierra natal, Becher había tenido en Ámsterdam dos hijos: Guillermo y Enrique Carlos, que nacieron en 1817 y 1829, respectivamente. Ambos vinieron a Buenos Aires con su padre. Guillermo se dedicó al comercio, y el 4 de abril de 1850 contrajo matrimonio con Estanislada Domínguez, de la cual tuvo seis hijos. Murió en 1875, dejando en herencia un patrimonio de cierta significación.2

Enrique Carlos, que fue el abuelo de Emilio, era protestante como su padre y, también como él, continuó en el comercio, regenteando un negocio en la esquina de San José y Estados Unidos. El 19 de febrero de 1849 se casó con Mary Elisabeth Miller, nacida el 28 de junio de 1828, hija del hacendado Andrew Miller y su esposa Julia. María Miller era anglicana, y su matrimonio con Becher se celebró ante el capellán británico de Buenos Aires, con la licencia del gobierno de Rosas. Esta pareja tuvo cinco hijos y todos fueron educados en el protestantismo. En ello se nota no solo la influencia paterna sino especialmente la de los Miller, a pesar de que María murió a los cuarenta y tres años, el 24 de diciembre de 1871, cuando sus hijos eran chicos todavía. Es que en la Argentina, por lo general, la formación religiosa es dada por la mujer. Así se explican las creencias de los Becher Miller, que no eran compartidas, en cambio, por sus primos Becher Domínguez. Estos, siendo su madre católica, también lo fueron.3

Enrique Carlos Becher murió alrededor de 1886, dejando a sus cinco hijos una fortuna discreta. El segundo de ellos, que había nacido el 13 de febrero de 1856, llevaba su nombre y fue el padre de Emilio. Formó parte de una generación muy distinta a sus antecesores, que habían combatido por la independencia o se habían dividido en luchas banderizas que solo cedieron después de forjada la unidad política de la nación.

Los hombres que, como Enrique Carlos Becher (h.), despertaron a la vida consciente cuando los viejos partidos argentinos ya no movían las pasiones cívicas, y la Europa industrial estaba dispuesta a hacer participar a países como este de los novedosos adelantos técnicos, vieron a la nación de una forma diferente. Su propósito era hacer del Estado no solo un ente jurídico, sino también un poder que tuviese la fuerza suficiente para imponer su ley en los rincones más distantes del territorio, y los recursos necesarios para educar al pueblo y promover la riqueza. Transformar un país pobre y criollo en una rica nación rebosante de gente trabajadora, de eficaces transportes, de campos cultivados, de puertos y frigoríficos: esta era la tarea que la generación del padre de Emilio se propuso y llevó a cabo con un éxito parcial pero suficiente para justificar su orgullo y su seguridad. El año 1877 encuentra a Enrique Carlos en Dolores, provincia de Buenos Aires, ejerciendo la procuración. Lo movió a establecerse allí la creación reciente, en 1875, del Departamento Judicial del Sud, con asiento en dicha ciudad. Por ese motivo se erigió en ella el primer Juzgado Civil y Comercial y se creó también la Cámara de Apelaciones. Muchos procuradores de Buenos Aires, entonces, se dirigieron a esa población para continuar o iniciar los pleitos que allí se radicaban. El ejercicio de la procuración en aquel tiempo tenía una jerarquía que relacionó a Becher con las personas más significativas del lugar, como el distinguido médico Fermín Irigoyen, el abogado Pedro Bourel y el procurador Cosme Mariño. Con este último trabó una estrecha amistad que se prolongaría en el tiempo. Mariño, que fue importante personaje de la época, recuerda en sus memorias que “antes de partir a Dolores tuvo la precaución de mandar imprimir tarjetas con su nuevo domicilio y personalmente recorrer los estudios de los doctores Manuel Quintana, Bernardo de Irigoyen, Isaac P. Areco, Victorino de la Plaza y Juan Carlos Gómez”. Señala también que todos ellos le prometieron ayudarlo dándole poder para la atención de los asuntos en los Tribunales de reciente creación. Luego de las previsibles dificultades iniciales, Mariño consiguió una posición segura, se convirtió en apoderado del Banco de la Provincia gracias a su relación con el doctor Vicente Fidel López y logró representar en juicio a importantes estancieros de la zona como Aguirre, Pradére, Leloir y Martínez de Hoz. Becher, como su amigo Mariño, también tuvo éxito en el ejercicio de su profesión y de este modo consolidó una estable situación pecuniaria. Hacia 1880 ambos volvieron a Buenos Aires, donde al año siguiente Becher contrajo matrimonio con Matilde de Irigoyen, en la parroquia de San Nicolás de Bari. Pero como Enrique Carlos seguía siendo un buen protestante, el mismo día la pareja también se casó en la Iglesia evangélica alemana. Y en apariencia las convicciones religiosas de aquel perduraron hasta el fin de sus días, ya que en su testamento agradecía “al Ser Supremo, porque en medio de las vicisitudes y dolores que había debido soportar en sus últimos años, le dio el consuelo de la fe”. Que esta era auténtica lo prueba su propia naturaleza oscura y conflictiva: allí mismo decía haber comprendido el misterio del hombre, en el cual se conjugaban las miserias y las flaquezas con el soplo divino que Dios había puesto en su espíritu. Durante su vida, el padre de Emilio viajó a Europa, se dedicó a los negocios luego de abandonar la procuración judicial, y continuó las relaciones familiares y comerciales preferentemente extranjeras. En 1908 quedó viudo. Hacia el final de su vida dejó al resto de la familia –Emilio y sus dos hijas– y fue a vivir a Niza. En 1921 murió su único hijo varón, Emilio, y sus hijas Virginia y Matilde fueron a vivir con él a Europa, donde falleció el 16 de agosto de 1926 rodeado de la soledad y la tristeza que manifiesta su testamento.4 De este modo, Emilio Becher, por su padre, pertenecía a una familia originada en el comercio extranjero, estrechamente vinculada por su procedencia, su cultura y sus negocios a Europa.

Pero es en especial la Europa del norte la que vive en los Becher, con su protestantismo, su espíritu conflictuado y pesimista, su tendencia a la introversión. Ella también estará presente en Emilio, a pesar de su admiración por la literatura francesa.

Por el lado materno, en cambio, entroncaba en una familia bien argentina y antigua.

Los Irigoyen

Como muchos otros significativos linajes vascos radicados en el Río de la Plata, los Irigoyen venían del valle de Baztán, en la provincia de Navarra.

Don Ignacio de Irigoyen Echenique (1725-1787) fue el primero en establecerse en Buenos Aires. Era enviado como agente de la Corona, en un gesto corriente de la administración borbónica. Esta recurría a la burguesía y a los pequeños hidalgos para reclutar una nueva burocracia eficiente y técnica con que revitalizar el imperio y los vínculos entre la metrópoli y América.

En el Río de la Plata realizó una distinguida carrera y ocupó cargos de regidor y alcalde del Cabildo y capitán de milicias. Se casó con la hija de un oficial del rey, Francisca de la Quintana y Riglos.

Este matrimonio dio origen a una típica familia de funcionarios del gobierno, quienes se mantuvieron dentro de las codiciadas actividades oficiales, sin tener necesidad de volcarse a otras como el comercio o la incipiente y rústica ganadería.

De sus hijos, Matías (1781-1839) estudió en España como cadete de la Armada Real, siguió su carrera bajo la monarquía hispana y la continuó después de la revolución, alcanzando distinguidísimos cargos, como el de ministro de Guerra del director Juan Martín de Pueyrredón.

Su hermano Miguel (1764-1832), mientras tanto, fue alférez del Regimiento de Dragones y, luego de pronunciarse, al igual que Matías, por la destitución del virrey, fue encargado de diversas tareas de delicada naturaleza por los sucesivos gobiernos patrios. Esta flexibilidad ideológica, que favoreció a los hermanos Irigoyen para el desarrollo de sus carreras, admitió sin embargo dos excepciones: la de una de las hijas mujeres, Petrona, casada con el gobernador de Córdoba José Gutiérrez de la Concha, quien cuando su marido corría ya serio peligro por su actitud contrarrevolucionaria, le dijo con valentía: “Mantén tu resolución, sin que en ella te quebrante la memoria de tus hijos ni de tu mujer”.

Y la de Manuel Mariano (1762-?), el tatarabuelo de Emilio Becher. Fue un abogado recibido en Charcas y alcanzó, bajo la monarquía, los puestos más relevantes: relator de la Audiencia de Buenos Aires y oidor de las de Guadalajara en México y Santiago de Chile. Estos cambios de destino muestran que su fidelidad, afectos y compromisos no estaban unidos a la ciudad en que naciera, sino al imperio mismo y a su rey. Su lealtad se tradujo en la ayuda económica que envió a la metrópoli con motivo de la guerra que mantenía con la Francia revolucionaria en 1793; en su escrupuloso cuidado por mantener la pureza de la sangre de los abogados del foro porteño y, por fin, en su radical negativa a aceptar la separación de estas tierras de la Corona española, en mayo de 1810.

La arriesgada y difícil nobleza de su antepasado halagaba a Emilio Becher, según lo relata Ricardo Rojas. Cierta vez, cuando este lo visitaba en su casa familiar, la quinta Betanzos, de Caballito, fue recibido en la sala, donde había “un antiguo retrato de un hidalgo encorbatado”. Se trataba de un cuadro de don Manuel Mariano, y Becher, con un dejo de orgullo, hizo saber a su amigo que aquel era ascendiente suyo y había sido monárquico durante la revolución.5

A pesar de la actitud intransigente de Manuel Mariano Irigoyen, los hijos que nacieron de su matrimonio con Paula Calderón y Velasco debieron adaptarse a las circunstancias novedosas que el movimiento de Mayo trajo consigo, aun cuando por largos años se mantuvieron alejados de la vida política. Recién en el segundo gobierno de Rosas, uno de ellos, Fermín Francisco (1795-?), aparecía como miembro de la Legislatura porteña, mientras que su hermano Manuel Mariano (1794-?) se limitaba a las actividades privadas. Fermín Francisco se casó con María Bustamante y Manuel Mariano –que sería el bisabuelo de Emilio Becher–, con Ana de Salas. Solo un hijo de cada matrimonio se dedicó a la política. El primero de ellos es nada menos que Bernardo, nacido en Buenos Aires, en 1822, donde se graduó de abogado en 1843 y practicó su profesión en el estudio de Lorenzo Torres, destacado miembro del Partido Federal. Poco después fue oficial de la Legación argentina en Chile a cargo de Baldomero García, otro relevante rosista. Luego de estudiar en Mendoza, por encargo del gobierno, los antecedentes para fundar la defensa de nuestros derechos sobre el estrecho de Magallanes, volvió a Buenos Aires, en vísperas de Caseros, y el general Justo José de Urquiza lo comisionó para convencer a los gobernadores provinciales de concurrir al acuerdo. Se destaca así la estrecha vinculación que en años de su juventud mantuvo con la administración del gobernador Rosas.

Esta misma característica, aun más acentuada, se encuentra en su primo hermano, el hijo mayor que Manuel Mariano tuvo de Ana de Salas. Manuel Bernardo, abogado, periodista de La Gaceta Mercantil –órgano que oficialmente defendía al gobierno de la provincia de Buenos Aires–, también fue oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores en 1835 y luego subsecretario de don Felipe Arana en esa repartición, además de componer la Legislatura porteña en distintos períodos. De este modo, los descendientes de Manuel Mariano –el único antirrevolucionario de los Irigoyen en 1810– se alejaron temporalmente de la vida pública, para volver a ella recién al restablecerse un orden firme en el segundo gobierno de Rosas. Y dentro de este régimen, en que los hombres de armas y los estancieros tuvieron un papel protagónico, los Irigoyen –al igual que un Pedro de Angelis, un Dalmacio Vélez Sarsfield o un Tomás Manuel de Anchorena– le prestaron, ya fuera en el periodismo o desde una banca de la Legislatura, el imprescindible apoyo intelectual.

Es entonces explicable que, después de Caseros, el joven Bernardo, sus hermanos y primos pusieran distancia con aquellos de los triunfadores que militaban en el más crudo antirrosismo. Tiempo después encontrarían en el autonomismo de Adolfo Alsina un movimiento en el cual reencauzar sus inquietudes políticas. No todos ellos, sin embargo, incursionaron en las actividades oficiales. Así, dos prestigiosos hermanos de don Bernardo, si bien conservaron las simpatías ideológicas que eran comunes a la familia, mantuvieron cordiales relaciones y compartieron diversas actividades con decididos militantes del Partido Liberal. Son Fermín Mariano (1838-1869) y Manuel (1819-1886), médico y abogado respectivamente. En 1867 se establecieron en Dolores, donde el primero fue director del hospital San Roque y presidente del Consejo Escolar, en tanto que su hermano se desempeñó como juez del Crimen y luego como miembro de la Cámara de Apelaciones desde 1875.

El mismo año de su llegada a Dolores reunieron en su casa a destacados vecinos y fundaron el club Unión, que fue durante años el principal centro de la vida social dolorense. Un singular testigo de esos días, el doctor Alberto Palomeque, relata que la mayoría de los miembros de ese club eran mitristas, “a cuyo alrededor se movían personalidades distinguidas del centro político contrario, como los cultos e inolvidables doctores Manuel y Fermín Irigoyen”.6

Estos hermanos, soltero uno y viudo el otro, vivían solos con gran boato en una inmensa casa solariega y daban con su prestigio y refinamiento un tono atractivo y elegante a Dolores. En la década de 1870 esta era todavía una rústica aldea, recién alcanzada por el ferrocarril, de calles polvorientas por las cuales muchas veces al día cruzaban paisanos galopando para “probar sus fletes”. La iluminación de los hogares era a kerosene. Existían ya signos de un impulso progresista, como la construcción de la Casa de Justicia. Pero en realidad era la plaza, un potrero sembrado de alfalfa donde pastaban los caballos de la policía, todo un resumen de la vieja Dolores que subsistía. En este marco, el paseo vespertino de los doctores Irigoyen, que salían de su residencia en gran cupé con cochero y lacayo negro, era algo llamativo y pintoresco para los habitantes de este pueblo campesino. Diez años después de que Manuel y Fermín se instalaran allí, y precisamente cuando sus figuras cobraban el mayor prestigio local, llegaba Enrique Carlos Becher, el padre de Emilio, a quien ya se vio ejerciendo la procuración en los tribunales de esa ciudad.

Trabó una buena relación con los doctores Irigoyen, compartiendo incluso tareas de bien público en el Consejo Escolar, del que Fermín era presidente. También se vinculó con los primos de aquellos, anudando una duradera amistad con uno que también llevaba el nombre de Fermín, hijo de Manuel Mariano Irigoyen y Ana de Salas, que vivía en el mismo pueblo.

Enrique Carlos en 1878, al año de vivir en Dolores, conoció a Matilde Irigoyen, hija de Emilio y Carolina Antonini Pueyrredón, una joven nacida el 1 de diciembre de 1856. Ella por entonces tenía, como Enrique, veintiún años. El padre de Matilde era otro hijo de Manuel Mariano y Ana de Salas, menor que Manuel Bernardo y Fermín. Había fallecido en 1877 y durante su vida había trabajado a las órdenes de Anacarsis Lanús en el banco de su propiedad, como subgerente, siendo su jefe inmediato Marcó del Pont.

Matilde, cuyo nombre completo era Matilde Ana María del Sagrado Corazón de Jesús Irigoyen, tenía una hermana menor, Carolina María de la Paz, nacida el 23 de enero de 1859. Esta se casó el 3 de junio de 1874 con Alejandro Augusto Halbach, hijo de Francisco, el cónsul de Prusia, importante comerciante porteño y propietario de la famosa estancia Los Remedios del partido de Cañuelas, que fue la primera en el país en contar con un alambrado perimetral. Hombre de importantísimo patrimonio y vasta actuación social, Francisco Halbach fue, como George Becher, fundador del Club de Residentes Extranjeros, y sus descendientes se relacionaron con las más distinguidas familias porteñas.

Al fallecer el padre, Matilde quedó viviendo con su madre, Carolina, en Buenos Aires, pero ocasionalmente viajaba a Dolores a visitar a sus tíos. Allí conoció a Enrique Becher, con quien en 1878 labró una “simple amistad”, confirmada por el envío de una camelia. Esta amistad luego se transformó en “sincero amor”. Al punto de que al año siguiente Enrique solicitó a Matilde autorización para pedir su mano a su madre, Carolina. Los novios se casaron el 8 de junio de 1881 en Buenos Aires. Fueron los padres de Emilio Becher.7

¿Cuáles son los caracteres más acusados que pudo haber recibido de su tronco materno? Este linaje vasco está constituido con puros injertos hispánicos y recorrido por una savia de fe católica que alimenta una permanente actitud de servicio, primero a la Corona y luego al naciente Estado argentino. La lealtad caballeresca y silenciosa de don Manuel Mariano al seguir a su rey resulta así todo un símbolo de su estirpe, que renace en su mejor estilo en la límpida, digna y perseverante entrega a la labor pública de su nieto Bernardo. La figura de este es también un emblema de la familia a la que perteneció:

 

Su elegancia fue personal, propia. Nunca encargó su ropa a Londres o a París; ni siguió estudios en ninguna universidad europea; no ajustó su conducta a patrones extraños ni tuvo por modelo la actitud de los extranjeros, ni siquiera conoció a fondo otra lengua que la propia. Y cuando le tocó gobernar o actuar públicamente, buscó inspiración en los viejos archivos o en su conocimiento profundo de los problemas y las necesidades de su patria. Fue dulce como la paloma y cauto como la mula. Su cortesía ingénita fue a la antigua española, tan delicada, y preciosa que jamás humilló a nadie.8

 

De este modo, en Emilio confluyeron la sangre comerciante, nórdica y protestante de los Becher con la española, católica e hidalga de los Irigoyen. De sus semejanzas y contrastes recibió huellas que marcarían su espíritu y definirían más de un rasgo de su personalidad. Esta unión de dos familias tan notablemente diferentes –que en cualquier otro lugar del mundo sería excepcional– añade a Becher una característica que acusa aun más su perfil de porteño típico de la clase superior. A través de los Irigoyen se encontraba relacionado con el ambiente de la alta política argentina; por los Becher, con los más distinguidos comerciantes de la sociedad porteña; y hasta por sus parientes afines, con el poderoso núcleo de la ganadería de la provincia de Buenos Aires.

Un íntimo amigo de Emilio –Ricardo Rojas– señala que la indiferencia que aquel ponía al recordar sus orígenes ocultaba una vaga complacencia en ellos.

1. Sobre George P. Becher véase Jorge Navarro Viola, El Club de Residentes Extranjeros: breve reseña histórica en homenaje a sus fundadores, Buenos Aires, Coni, 1941, especialmente las pp. 115-116. Asimismo, Wilhelm Lütge, Werner Hoffmann y Karl Wilhelm Córner, Geschichte des Deutschtums in Argentinien, Buenos Aires, Deutschen Klub in Buenos Aires, 1955, especialmente la p. 142.

2. Domínguez de Becher, Estanislada y Becher, Guillermo s/juicios ab intestato, legajo 3.451 del Archivo General de los Tribunales de Capital Federal.

3. Miller, María s/testamentaría, legajo 6.945 del Archivo General de los Tribunales de Capital Federal.

4. Becher, Enrique Carlos s/testamentaría, legajo 19.283 del Archivo General de los Tribunales de Capital Federal. Cosme Mariño, Memorias inéditas, cuya consulta agradecemos a la gentileza del nieto del autor, el ingeniero Carlos Lanús. Atilio Roncoroni, Historia del Municipio de Dolores, La Plata, Municipalidad de Dolores, t. I, 1967, y t. II, 1970, especialmente pp. 119 y 135 de este último. Del mismo autor, Centenario de la Creación de los Tribunales del Departamento Judicial del Sud, Buenos Aires, Peuser, 1953, especialmente la p. 102.

5. “Evocación de Emilio Becher”, en Diálogo de las sombras y otras páginas de Emilio Becher, Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Literatura Argentina, 1938, p. XXX.

6. Atilio Roncoroni, Historia…, t. I, p. 16.

7. Becher, Enrique Carlos s/testamentaría, legajo 19.283; Irigoyen, Emilio; Antonini, Carolina y Paz de Halbach, Carolina María de la s/testamentaría, legajo 1.503 e Irigoyen de Becher, Matilde s/sucesión, legajo 1.482, todos del Archivo General de los Tribunales de Capital Federal. Y Atilio Roncoroni, Historia… Documento del 21 de junio de 1869 en virtud del cual Bernardo de Irigoyen y otros se constituyen en garantes de cualquier daño que infiriese Emilio Irigoyen, como subgerente del banco de propiedad de Lanús. Carta de Emilio Irigoyen a Anarcasis Lanús del 25 de abril de 1876 en la cual Emilio pide a Anarcasis datos sobre el sueldo que percibía en 1873. Respuesta de Anarcasis Lanús a Emilio Irigoyen, sin fecha. Cartas de Enrique Becher a Matilde Irigoyen, desde Dolores, todas ellas de 1879, una sin fecha y el resto fechadas 28 de mayo, 21 de junio, 23 de agosto, 15 de septiembre, 15 de octubre y 5 de noviembre.

8. Pilar de Lusarreta, Cinco dandys porteños, Buenos Aires, 1943, pp. 128-129.

Los años de esperanza

La niñez

El 7 de mayo de 1882, poco tiempo después de casados Enrique y Matilde Becher, nacía su primer hijo, Emilio Carlos. Fue bautizado el 13 de febrero de 1883 en la iglesia de San Miguel y el padrino fue aquel antiguo amigo de su padre en Dolores, Cosme Mariño, cuya personalidad tendría más adelante influencia en la del ahijado.

Emilio tuvo dos hermanas: Virginia Magdalena Carolina, nacida el 10 de diciembre de 1885, y Matilde Isabel, el 23 de mayo de 1888.

El padre volvió con prontitud, tras su actuación como procurador en Dolores, a la tradición de los suyos, ejerciendo el comercio, pero con poca fortuna y a las férreas órdenes de Federico Carlos Cook, un importante hombre de negocios del rubro de la carne. Enrique comenzó una vida de múltiples viajes que lo “atacaban de nostalgia” por la ausencia de su esposa y de sus “idolatrados hijos”.1

En el verano de 1891 Enrique hizo una recorrida por distintas provincias, en busca de un lugar donde residir con su familia y lograr un pasar económico independiente y favorable, que hasta entonces se le había negado. La mudanza a un lugar del interior, que él calificó de “una exigencia fatal de nuestro destino”, lo hizo pasar por Córdoba y Mendoza y llegó hasta San Juan y La Rioja. Para él, su “tierra” era Buenos Aires y, a medida que se alejaba, “la barbarie” que existía “entre la gente” era “tremenda y superior a lo imaginado”. Ello lo entristecía mucho, máxime al verse alejado de sus seres queridos. Volvió habiendo fracasado en su intento.2

Entretanto, crecía el pequeño Emilio en la residencia que sus padres habían puesto en el barrio de Caballito, calle Rivadavia 277. Era una quinta ubicada en la esquina de Campichuelo, con sus ventanales sobre esta calle, y que llevaba sobre el frente la leyenda “Betanzos”.

Caballito hasta 1887 no integró la ciudad de Buenos Aires. Para llegar hasta allí en aquel entonces podía tomarse el pintoresco tranway Argentino, tirado por caballos, que desde 1871 partía de la Plaza de Mayo y, luego de atravesar Lorea, Balvanera y plaza Once, se internaba, una vez dejada la ciudad, en el camino de Flores. El pasajero, algo sacudido por el traqueteo del vehículo, podía contemplar entonces el suburbio de Almagro, con sus viejas casonas coloniales, corralones deshechos, conventillos, almacenes con frontones de pelota vasca, ranchos, tambos, curtiembres y terrenos baldíos.

Pero cuando el tranvía cruzaba un sinuoso zanjón que cortaba la vieja senda Real, el panorama se enriquecía. Se había entrado en “El Caballito” –nombre que provenía de una pulpería allí instalada en 1804, con una veleta que remedaba la forma de ese animal. Comenzaban a aparecer entonces sobre el camino de Flores las lujosas residencias con quintas, las mansiones con jardines de árboles añosos, las rejas y los portones que enmarcaban casas señoriales. Los Peña, los Lezica, los Guerrico, los Devoto y otras distinguidas familias residían allí o pasaban sus fines de semana o veranos entre cuidados parques y arboledas. Por esos años, Gervasio Videla Dorna construyó en aquel lugar el magnífico palacio que alcanzó fama mundial por su belleza.

Precisamente en esas cuadras vivían los Becher, pero los niños de corta edad, como Emilio, no gozaban tanto de la plácida armonía de la arquitectura que los rodeaba como de la agreste naturaleza que aparecía al norte y al sur del camino de Flores. Allí, los solitarios quintones, las chacras y los potreros cercados con palo, o simplemente abiertos y baldíos, hacían la delicia de los chiquilines, que también se maravillaban viendo pasar al recién llegado y estrepitoso ferrocarril del Oeste, o mirando a los ingleses jugar al polo por primera vez en el país en el Flores Polo Club, o contemplando con miedo los misteriosos parajes de la quinta de Lezica y su noria, donde aseguraban que se había ahogado una negra.

También corrían dando alaridos tras el lechero que llevaba consigo la productiva vaca; hurtaban los sabrosos duraznos, peras y frutillas de las quintas vecinas; hacían muecas a las negras de vestidos chillones y escuchaban el cantar de los morenos guitarristas; para huir –una vez hecha la travesura– de sus familias, cómodamente sentadas en la vereda o tomando el fresco en sus magníficos jardines.

No serían estos, sin embargo, los entretenimientos preferidos de Emilio niño. En su hogar se vivía un ambiente de refinamiento cultural que se traducía en la esmerada técnica y musicalidad con que, tanto su padre como su madre, tocaban el piano. Eran dos excelentes concertistas, y la música fue la primera emoción estética que Emilio recibió en su niñez y también la primera enseñanza. Maduro ya, decía detestar la música y haber rehuido las lecciones de la infancia, pero sin duda cada uno de sus poemas y párrafos prosados llevaron en sí la armonía que Matilde le enseñó entonces.

Y aunque también de hombre mayor le decía a su hermana, que estaba en Mar del Plata: “La naturaleza me ataca los nervios. Dejame tranquilo en Buenos Aires”,3 cuando chico disfrutaba enormemente de su estancia anual en La Jacinta, un campo ubicado en Sauce Corto, en las cercanías de Coronel Suárez, donde su padre trabajaba los veranos con míster Cook. Enrique lo encontraba allí “desconocido de salud y de espíritu”. “Todo el día juega y anda al aire libre desde la mañana”, decía, y el mismo míster Cook estaba sorprendido de lo bien que Emilio lo pasaba.

Este tenía por entonces diez años y escribía a su madre, que permanecía en Buenos Aires con sus hermanas: “Aquí todos los días estoy viendo cosas nuevas: el otro día me levanté con las estrellas, a las 4.20, y vi la salida del sol. Aquí hay cuatro perros y dos son cachorros y por consiguiente muy juguetones. Yo corro mucho con ellos y cuando se les tira un pedazo de ladrillo van corriendo a agarrarlo. No creas que ando con el sombrero puesto porque como hay percha para entrar lo cuelgo y para salir me lo pongo. El kepí va a ir como lo he traído porque ni una sola vez me lo he puesto; en cuanto al rancho creo que no va a ir porque ha pasado más aventuras que don Quijote. Tutti salutti e tutti ricordo a la familia […] Estos días pasados he estado viendo bañar ovejas. Anoche hemos hecho un barrilete bastante grande, como de un metro de alto, hoy lo vamos a remontar de día y después de noche con un farolito en la cola”.

Padre e hijo por entonces sonaban al unísono: Enrique tenía puestas en Emilio grandes expectativas y se esforzaba por darle lo mejor. Cuando compartían estadías y paseos en los veranos de La Jacinta, no solo Emilio, también el padre se sentía inusualmente feliz: “Yo también estoy gozando de una salud admirable”, informaba. “Emilio está loco de contento y parece haber ya engrosado. Nos acompaña a todas partes y se ha tostado con el sol de un modo extraordinario. La salud es inmejorable. La mía lo mismo”, le explicaba a Matilde. En cambio, cuando Emilio quedaba solo con la madre, esta informaba a Enrique sobre la debilidad del chico, y el padre aconsejaba darle descanso y alimentación, aun a costa de la educación que por lo demás, para él, era vital.4