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Encarnación Ezcurra fue para muchos apenas la esposa de Juan Manuel de Rosas, el "Restaurador de la Leyes", que gobernó con mano de hierro las Provincias Unidas del Río del Plata. Pero ¿quién fue realmente Encarnación? Hija de ricos estancieros y con ciertas amistades de alta alcurnia, fue a la vez militante popular y líder de la Sociedad Popular Restauradora y la Mazorca, que aunaba a las clases bajas y castigaba a los enemigos. De fe cristiana, supo apoyar a su hermana Josefa que tuvo un hijo natural con Manuel Belgrano. Aguerrida defensora de su marido, tuvo la valentía de desautorizarlo a él y a sus allegados, al punto de poder considerarla una de las primeras luchadoras contra el patriarcado decimonónico. ¿Por qué entonces hay tan poco escrito sobre la vida de Encarnación Ezcurra si fue una de las mujeres más poderosas del siglo XIX? Cristian Vitale reconstruye la vida, el pensamiento y la acción política de la "Heroína de la Federación", como la llamaban sus fieles seguidores, a través de las cartas que le dirigía a Rosas y numerosas fuentes. Para ello, apela al oficio de su escritura sólida y rigurosa, pero sin solemnidad, y construye un perfil sugerente e irónico, y al mismo tiempo profundo, de Encarnación. Es que "la caudilla" fue mucho más que la mujer que amaba a Juan Manuel y con enorme fervor patriótico enfrentó a los conspiradores. Esta actitud le valió el apoyo de los sectores más pobres, integrados por pardos, negros y mulatos, que la convirtieron en la amada de los desposeídos o bien, como arriesga el autor, la Evita del siglo XIX. Una mujer paradojal, descripta por sus amigos y enemigos como "corajuda y pequeña", siempre dispuesta a dar la vida por la patria.
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Seitenzahl: 305
Veröffentlichungsjahr: 2020
Prólogo
Introducción
1
Cuna virreinal, amor independiente
2
Guerra civil y primeras cartas políticas de Encarnación
3
“De hacha y chuza”
4
De la Revolución de los Restauradores a la Mazorca
5
Entre Viamonte y Maza
Segunda andanada de cartas
6
El ocaso de Encarnación
7
La muerte
EPÍLOGO
¿La Eva Perón del siglo xix?
Agradecimientos
Bibliografía
Cover
Vitale, Cristian
Encarnación Ezcurra : La caudilla / Cristian Vitale. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2020.
Libro digital, EPUB - (Pasado imperfecto. Serie Caudillos)
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8303-36-9
1. Historia Argentina. 2. Participación de la Mujer. 3. Historia Política. I. Título.
CDD 982
Edición: Constanza Brunet
Coordinación: Víctor Sabanes
Diseño de tapa e interiores: Hugo Pérez
Imagen de tapa: Retrato de Encarnación Ezcurra,
óleo de Fernando García del Molino y Carlos Morel, c. 1835-1836, colección privada.
© 2020 Cristian Vitale
© 2020 Editorial Marea S.R.L.
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (54 11) 4371-1511
www.editorialmarea.com.a
ISBN 978-987-8303-36-9
Impreso en Argentina – Printed in Argentina
Depositado de acuerdo con la Ley 11.723.
Todos los derechos reservados.
Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A Ludmi y Fabri, vidas mías.
A Lore, por el aguante y la ayuda cotidiana.
A la Ofe, por estar siempre.
A mis queridos hermanos Henri y Fer.
Y al gordo divino... in memoriam.
Prólogo
“Si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. La verdadera historia, quien quiera oír que oiga”, cantaba Lito Nebbia, en la película Evita, de Eduardo Mignona, a principios de la década de los 80. Corrían tiempos difíciles; la sociedad recién había podido sacarse el lastre de cincuenta años de golpes de Estado, la democracia real daba sus primeros pasos, de la manera en que podía, y la violencia totalitaria de la dictadura militar había dejado un tendal de derrotados y vencidos. Entre esos perjuicios, el relato del pasado había quedado oprimido dentro de una sola “historia”: la oficial, la que se dictaba en las escuelas, en los colegios, por las instituciones liberales conservadoras, herencias de esa “Argentina” que había vencido por las armas, pero que se encontraba en retirada, tras la instauración institucional. La intención del autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” no era otra que extirpar una de las dos Argentinas, es decir, la Argentina peronista.
Los jerarcas de la dictadura militar sabían que para eso había que reconfigurar la primera idea de nación, la organizada por Bartolomé Mitre en la década de 1860. ¿Y qué “Argentina” debía extirpar el mitrismo, el orden liberal conservador en el siglo xix? Ya todos los sabemos, la barbarie federal. Para llevar adelante ese propósito, debían vencer militarmente. Pero por sobre todas las cosas debían imponer su hegemonía cultural; y eso se lograba escribiendo el pasado, borrando, extirpando de los acontecimientos el furgón de los derrotados. Los vencedores de Pavón, los organizadores de la Argentina, entre ellos Mitre, padre de la historia oficial, tenían muy en claro que la historia la escriben los que ganan y que, además, la historia la ganan los que escriben.
Este libro, justamente, intenta rescatar de lo más profundo del olvido a una persona que el pueblo amó, que siguió hasta su muerte y la acompañó más allá. Dice el poeta Raúl González Tuñón sobre las exequias de Carlos Gardel: “Las gentes, como un denso e incontenible río, siguieron la carroza por las rutas queridas. El pueblo lo lloraba, y cuando el pueblo llora, que nadie diga nada, porque está todo dicho”. Pocas veces, una multitud acompaña a un muerto querido. En la historia argentina, en contadas ocasiones: Manuel Dorrego, Hipólito Yrigoyen, Evita, Juan Domingo Perón, más recientemente Néstor Kirchner. Encarnación Ezcurra, la empoderada mujer del Restaurador Juan Manuel de Rosas, fue una de ellas. Sin embargo, hoy, es poco más que un nombre que trae su música desde otros siglos. Y esta nueva biografía viene a otorgarle letra, a escribirle a esa mujer, a otra “esa mujer”, una nueva versión de su historia.
Ya lo hemos dicho. La historia la ganan los que escriben. Por eso los pobres, los indios, las mujeres, los federales e incluso los peronistas han sido durante siglo y medio los extranjeros de la historia argentina. Los bárbaros. Encarnación Ezcurra fue, quizás, la más olvidada. Por mujer, por federal, por brava, por acaudillar a los pobres, a los negros, a los salvajes. Pero también hay algo para pensar en su relación con Juan Manuel de Rosas. La “caudilla” se inventó a sí misma desde el lugar del amor. Encarnación es una mujer poderosa. Pero es poderosa en función de su propia historia como mujer enamorada.
La historia tiene, también, una gran deuda con el amor. Nunca lo narra, nunca lo convoca, no le da existencia. Es como si la historia, el amor, la política, fueran vías paralelas, como si no pudieran cruzarse, entrelazarse, retroalimentarse, incluso. O peor, como si los hombres y mujeres no fueran humanos, no pudieran tener sentimientos, pasiones, arrebatos irracionales. Pero temo que eso sea un síntoma más de cierto conservadurismo de los sectores dominantes argentinos.
Los novelistas románticos franceses fueron los primeros –quizá la sentencia sea refutable– en relacionar amor y política. El paladín romántico se enamora para cambiar el mundo y, en ida y vuelta dialéctico, quiere convertirse en un héroe político para conquistar el amor de su dama. Ese modelo fue tomado de las novelas de caballería –una larga lista que culmina en esa sublime ironía literaria que es Don Quijote de la Mancha–, que son el puntapié inicial para este maridaje que tomó vuelo literario y al mismo tiempo influyó en la historia. Marco Antonio y Cleopatra, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, Ana Bolena y Enrique viii son algunos de los ejemplos de amores –felices, trágicos, anodinos– que abundan en la historia universal. Y Argentina, pese a la historiografía tradicional, no podía quedarse afuera. Desde la relación entre María Guadalupe Cuenca y el secretario de la Primera Junta Mariano Moreno hasta el matrimonio de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, la política se entrecruzó durante doscientos años con las pasiones amorosas.
El terrible amor entre María Guadalupe Cuenca y el febril secretario de la Primera Junta Mariano Moreno marcó la Revolución de Mayo. Allí están para atestiguarlo las cartas lastimosas de la mujer a su adorado Moreno sobre los presagios y las luctuosas señales que ella recibe cuando su hombre navega rumbo a su muerte. O como ese amor brillante entre Martín Miguel de Güemes y Carmencita Puch, la mujer más bonita de Salta la Linda, la rubiecita de tez blanca, ojos claros y boca escarlata que juraba morir de amor y cumplió su promesa. Y allí estaba Martín en su lecho de muerte, después de haberla colmado de besos, de caricias, de noches de amor, después de haber compartido tres hijos. Escondido, tras el balazo mortal que lo alcanzó en la ingle y que lo obligó a refugiarse en el monte, lejos de su amada. Y debajo de su poncho colorado, el caudillo, el hombre que San Martín había elegido para frenarle el paso a los godos, dijo antes de morir: “Pobre mi Carmen, no tardará en seguirme… Morirá de mi muerte, así como vivió de mi vida”. Luego selló sus labios y entró en agonía. El crepúsculo del 17 de junio de 1821 se llevaba los colores para Martín, que no había cumplido siquiera 36 años. Carmen, su enamorada, su mujer y su guía, le hizo caso: apenas 10 meses después, el 3 de abril de 1822, a los 24 años, se apagó misteriosamente.
Y por allí se escabullen entre las sábanas, también, José de San Martín y su tímida Remedios de Escalada, o con Rosa Campuzano, la fervorosa militante libertadora que se entregó al general en su cama limeña. Manuel Padilla y Juana Azurduy, que perdieron a sus hijos mientras huían de una derrota asestada por los realistas en el Alto Perú. Y el modosito de Belgrano, que hizo de las suyas en plena campaña militar con María Josefa Ezcurra, hermana de la durísima Encarnación y cuñada de Don Juan Manuel de Rosas, y, luego, en el Ejército del Norte enloqueció a María Dolores Helguero y Liendo, de quien fue amante incluso luego de que ella contrajera matrimonio con otro hombre. Y, claro, también Simón Bolívar y Manuela Sanz.
Es que se sabe: el amor revoluciona y las revoluciones enamoran.
Pero la guerra civil también tuvo un gran romance: el de la Delfina y el Francisco “Pancho Ramírez”, el Supremo Entrerriano. Ambos guerreaban juntos en las montoneras artiguistas contra el poder porteño, él comandando a los federales y ella vestida de militar a su lado. Hasta que ella cayó prisionera y cuando él fue a rescatarla cayó fulminado de un balazo en el pecho que le propinaron las tropas enemigas del santafesino Estanislao López.
Pero si de amores políticos se trata, y por eso la existencia de este original libro de Vitale, el siglo xix estuvo marcado por la sólida relación matrimonial entre Juan Manuel de Rosas y su esposa Encarnación Ezcurra. Cerebro y máquina política, la mujer fuerte de la Confederación Argentina se encargó de regir a la poderosa Sociedad Restauradora, conocida como la Mazorca, ese cuerpo pretoriano de máxima seguridad que le hacía los trabajos sucios al Restaurador de las Leyes. Encarnación murió joven, a los 43 años, y sus exequias fueron acompañadas por una multitud, en lo que significó un acto político que demostró el poderío y el carisma que tenía la mujer de Rosas.
Respecto del matrimonio Rosas-Ezcurra, muchos historiadores y escritores lo relacionan directamente con la otra gran historia de amor de la historia argentina que es, claro, el romance de Juan Domingo Perón y Eva Duarte, sociedad que significó un vendaval político que dividió el siglo xx. Presentados en el Luna Park en enero de 1944, se convirtieron en el símbolo máximo de la mixtura entre amor y política: Perón presidente y Evita en la Fundación realizaron la transformación social y económica más profunda de los últimos 150 años. Pero al mismo tiempo, la relación entre ellos marcó un quiebre en la moral conservadora de los argentinos: la irrupción de Evita significó el inicio real del camino moderno de la mujer hacia la igualdad con el hombre.
Pero, además, marcó una forma de hacer política para los peronistas: la política no se hace solo, se hace en pareja, con la compañera al lado. El propio Perón, incluso, va a insistir en la fórmula en su regreso al país, en 1973, cuando en las elecciones de septiembre se imponga el binomio electoral Perón-Isabel Perón, cosa que no había logrado ni siquiera la propia Evita.
El siglo xxi, también tuvo su historia de amor y poder de la mano del peronismo, o si se quiere de la línea nacional y popular. El matrimonio Kirchner, Néstor y Cristina, formaron una sociedad política y personal tan fructífera que gobernaron Argentina durante doce años, el período más largo de la historia después de los diecisiete años de Rosas al frente de la Confederación Argentina.
Con escritura liviana, con levedad e ironía, sin solemnidades vanas, Vitale nos entrega en este libro un perfil sugerente, divertido y al mismo tiempo profundo de Encarnación. Su fervor patriótico, su preocupación por las cuestiones públicas, su forma arrebatada de ver la política y el amor, la devoción que tenía por Juan Manuel, el rubio Restaurador de las Leyes. Desobediente, apasionada, por momentos implacable, el libro relata las andanzas de la mujer más poderosa del siglo xix, aquella que desafió todos los mandatos, los de su familia –en un principio realista– para casarse con el hombre elegido; los de la política, para actuar como una mujer de poder –rompiendo los mínimos márgenes del espacio público–, e incluso los de su marido, el poderoso gobernador de la Confederación Argentina, para formar la organización más fuerte y temible de los años federales, la Sociedad Popular Restauradora, la célebre “Mazorca”, integrada por los militantes “apostólicos”, devotos de Rosas.
A través de las cartas de la “Heroína de la Federación”, como la llamaban sus seguidores, el autor reconstruye la vida, el pensamiento y el accionar político de Encarnación. “Compañera y amiga”, como a ella le gustaba llamarse, fue la defensora más fiel que tuvo Rosas hasta que murió prematuramente. Y allí también encontramos un nuevo signo de la historia argentina, surcada por los amores nacionales y populares. Encarnación murió mientras Rosas gobernaba, Evita mientras lo hacía Perón, Perón dejó como sucesora a Isabel y Néstor falleció cuando Cristina era presidenta. Amores políticos, románticos y trágicos al mismo tiempo. Y la muerte estuvo allí para oscurecer lo que podía ser una compañía luminosa.
Pero más allá de la lista de romances históricos, hay algo que caracteriza a esta lista: no se trata solo de relatos de amor del pasado, sino de amores políticos, de amores con vocación de poder. Por lo tanto, una primera conclusión podría ser que el amor solo está prohibido cuando desafía al statu quo. Pero hay algo más que sobresale en estos doscientos años desde la Revolución de Mayo: las mujeres empoderadas siempre han pertenecido a lo que se conoce como la línea nacional y popular: Encarnación, Evita, Cristina, como si la suerte de las mujeres estuviera signada por la emergencia de lo alternativo, como desafío a lo dominante. Los hombres y mujeres de la línea nacional suelen acompañarse, hacer pareja, jugar de a dos en el compromiso político de su tiempo. Una respuesta sencilla consiste en pensar que las mujeres, en tanto sector postergado de la sociedad, parecen sentirse contenidas y representadas en las luchas de los sectores populares o subordinados. Es razonable. También se puede ensayar otra respuesta: que en realidad los principios del romanticismo político decimonónico hayan quedado anclados en el imaginario del pensamiento nacional y popular, que el desborde pasional, que lo no racional, que lo amoroso sean constitutivos de ese ideario. Puede resultar una cursilería, es cierto. Pero la cursilería también es una de las tantas formas de representación y de goce de los pueblos.
Una última cuestión más resulta curiosa: no hay una sola mujer de un líder liberal conservador que haya tenido una actuación memorable en política. Las cuatro mujeres más importantes de la historia, agregó aquí a Isabel Perón, han militado en el campo contra-hegemónico. La razón puede encontrarse en que, quizá, sólo en la aventura, lo contestatario, lo subversivo, fuera posible la participación de las mujeres. Hoy, eso, por suerte, está cambiando. Incluso, en la derecha liberal hay mujeres jugando en política. Aun ninguneada por la historia, Encarnación Ezcurra ayudó para que ese cambio necesario saliera del espacio de la utopía.
Hernán Brienza
Introducción
¿Por qué Encarnación Ezcurra? Es claro que su vida y obra permanecen en el ostracismo. Al menos, lo que se ha revisado de ella no condice con lo que realmente representó como mujer clave, como “la” mujer del siglo xix. Pesa que haya quedado del lado oscuro de la grieta, del tajo lacerante que hundió Sarmiento en la sociedad argentina cuando estampó en el imaginario la antinomia civilización-barbarie. La historia liberal u oficial, que no es lo mismo, pero es igual, tuvo allí un motivo de sobra para no posarse en ella. Para ningunear su trascendencia. Para evitarla. Pero tampoco lo hicieron otras corrientes historiográficas. No lo hizo el primer revisionismo, el de viejo cuño, porque su objetivo central era deconstruir al Juan Manuel de Rosas duro, disciplinado, garante del orden. Y en ese devenir, ella cumplía para aquellos historiadores (con algunas excepciones rescatadas en este libro), un papel funcional, subordinado al caudillo.
No lo hizo aquel revisionismo, porque precisamente la historia la hacían los hombres y era desde ahí, desde ese naturalizado patriarcalismo de época, desde donde había que empezar a contarla. Tampoco lo hizo el revisionismo posterior, el nacional y popular que plegó al peronismo al Rosas popular (amigo de gauchos, indios y negros) y a la clase trabajadora. En su cosmovisión “la” mujer por antonomasia fue clara y previsiblemente Eva Perón. Tampoco lo hicieron las corrientes historiográficas marxistas o liberales, tanto en su vertiente conservadora como progresista porque, claro, Encarnación encarnaba para ambas la mujer de la barbarie. La mujer de las orillas, los negros y el gauchaje en un caso. O la mujer de abolengo y estancias, en otro.
Compleja tarea entonces, ante tal estado de la cuestión, resultó abordar la figura de esta mujer en la dimensión que merece, porque fue más –y esto nos propusimos confirmar– que la mujer de Rosas. Mucho más. Y lo fue, sustancialmente, por las paradojas que encerró en sí misma. Fue rica, estanciera y de alta alcurnia, a la vez que militante popular y líder de “orgas” que, como la Sociedad Popular Restauradora o la Mazorca otorgaron –bien, o mal, o más o menos, depende el cristal con que se mire– un lugar protagónico a las clases bajas en la arena política. Fue madre y cristiana, a la vez que confesora de una hermana que había cometido el “pecado” de acostarse y tener un hijo con Manuel Belgrano sin haberse casado con él: la notable María Josefa Ezcurra. Fue fiel defensora de su marido, a la vez que no ahorró palabras duras para pelearlo cuando le parecía necesario. E incluso desautorizarlo.
Por ello, y por varias cuestiones que irán brotando en el devenir de estas páginas, la intención es arrimar el corazón a otra grieta perenne, pero traccionada por el influjo de un impulso vital en estos años de lucha de género: la de los sexos. Porque Encarnación no solo representa la barbarie, con todo lo hermoso que ello implica, sino también una mujer que luchó instintivamente contra el patriarcado decimonónico. Que, al igual que con el mismo Rosas –como marcan claramente algunas de sus cartas–, no escatimaba palabras para desacreditar la afrenta de cualquier macho que quisiera contradecirla a voz alzada, fuese del bando que fuese.
Que amaba a los de hacha y chuza. Y desde ahí, sin retroceder un paso jamás, luchó por defender los intereses de la Confederación que, en ese contexto en que unitarios y liberales argentinos y uruguayos se aliaban a franceses, brasileños e ingleses para dominar el Río de la Plata, eran los del pueblo argentino. Que, cuando rodeó con una cinta roja el sombrero de su marido, estaba avisando simbólicamente de qué lado había que estar.
Muchos la dijeron y la dicen como la Eva Perón del siglo xix. No faltan motivos. Al igual que aquella, a excepción de ambas cunas, claro, fue aguerrida cancerbera de su hombre. Fue fiel compañera y amiga, en el lecho y a la distancia. Fue la que alertó al caudillo de las “malas juntas”, sobre todo de los “ricachones”, como llamaba a los federales de casaca, que se acercaban a aquel solo por interés. Fue la que actuó en política, la que se hizo pública en épocas en que la mujer ideal era “el ángel del hogar”. Fue la que bailó en carnavales con los negros y las negras de la ciudad. Fue la madre de Manuelita, otra de las mujeres más sorprendentes del siglo. Fue la que recibió tipos y tipas en su casa, sin importarle en lo más mínimo el color de sus pieles o el sector social del que provenían, y les tendió un pedazo de pan, un vaso de agua, o un colchón donde estar mejor ante la enfermedad.
Fue la que promovió, de hecho, lo que cien años después Evita plasmaría de derecho.
Por eso Encarnación.
Cristian Vitale
1
Cuna virreinal, amor independiente
Y la mujer que sabe el devenir
porque ve
Mirando con el ojo del sur
El ojo que mira al magma.
Luis Alberto Spinetta, La bengala perdida
María de la Encarnación Ezcurra y Arguibel nació el 25 de marzo de 1795, un miércoles. El otoño de aquel año casi finisecular empezaba sin tener en cuenta que las tardías ventiscas del mes estaban acariciando el rostro de esa beba de ojos negros destinada a transformarse en semejante mujer. Para muchos, intuitivos y perspicaces, en la Eva Perón del siglo xix. Encarnación, la futura caudilla de la Confederación, era hija de Teodora de Arguibel y López de Cossio, y de Juan Ignacio Ezcurra, un comerciante 23 años mayor que su esposa, nacido en Pamplona y llegado a Buenos Aires en 1775. Hombre de fe, negocios y arte, don Ezcurra le había llegado a encargar un cuadro al mismísimo Francisco de Goya: un retrato de San Ignacio de Loyola, que heredó su hija y que hoy se exhibe en el Museo de Bellas Artes de Murcia.1 Ezcurra padre fue también miembro del Real Consulado y ministro del Santo Oficio de la Inquisición, además de ocupar cargos como teniente de prior y síndico en el Cabildo de Buenos Aires. Los Ezcurra eran gente de origen solariego “de lo mejor”, según cuenta Lucio Mansilla, testigo directo y cercano a la familia, en su biografía sobre Juan Manuel de Rosas (Mansilla, 1898, p. 6).
Teodora, la madre de Encarnación, era hija del matrimonio entre el acaudalado mercader francés Felipe Filiberto de Arguibel, y Andrea María López Cossio, natural de Buenos Aires. Crónicas de la época la describen como una mujer rubia y de ojos claros, cuyos rasgos personales expresaban un carácter frío y distante, poco afecto a manifestar cariño tangible por sus hijos. Había contraído matrimonio con Juan en 1783, y ambos conformaban una de esas parejas de “familia decente” típicas de aquella ciudad puerto en paulatino crecimiento.
Al momento de concebir a Encarnación, la pareja ya había tenido cuatro hijos, y luego sumaría cuatro más, una cantidad que ameritó una cuidadosa crianza por parte de las mulatas que consumaban tareas domésticas en el caserón de San Telmo. Allí, en esa morada de mesas largas y muchos cuerpos que alimentar, se crio la niña Encarnación. Algo distante del amor de su madre (como se dijo), aunque no de su educación. Lo que no daba en afecto Teodora lo brindaba en enseñanza y disciplina.
Encarnación era entonces una más entre la cantidad de niños y niñas que pasaban de mano en mano en el hogar. Por ahí andaba también Eusebio, negrito pícaro que luego se convertiría en uno de los bufones de Rosas, bajo el apodo de “don Eusebio de la Santa Federación”. El mulato se había criado con Encarnación porque era uno de los esclavos domésticos de la familia, lugar en el que permaneció hasta que, previo a su paso a las estancias de Juan Manuel, lo llamaron a combatir en algunas de las batallas por la Independencia.
Los rasgos iniciales del carácter de Encarnación ya mostraban cierta rebeldía, cierta pasión, cierta tenacidad refractaria a sumisiones y ternuras, por entonces asumidas como parte intrínseca de la femineidad. Su perfil enérgico imperaba frente al de sus hermanos, que temían discutir con ella. La sabían hábil triunfadora en entreveros. Nunca aceptaba perder una discusión.
Criolla y brava, la niña atravesó sus primeros años en una Buenos Aires que experimentaba un paulatino proceso de transformación. De ser un área marginal, una tierra de paso para esclavos negros que empresarios británicos “importaban” para repartir en enclaves del cono sur,2 se estaba convirtiendo en una ciudad de importancia cada vez mayor dentro del flamante Virreinato del Río de la Plata.3 También en zona fértil para la producción de cuero, y ámbito propicio para una suerte de “meritocracia” que premiaba con grados de estatus a quienes mejor se las arreglaban para enriquecerse, fuera cual fuese el método. Meritocracia que, además de la astucia de los mercaderes, se nutría del trato especial que las autoridades españolas daban a los sectores acomodados de la sociedad.
Mientras Encarnación daba sus primeros pasos, entonces, la ciudad crecía ya sin la sombra enorme del Virreinato del Perú a sus espaldas. Gracias a la nueva división territorial, económica y política, el imperio español se protegía mejor del avance de los portugueses sobre la Banda Oriental, además del de aquellos ingleses y franceses que ambicionaban ingresar clandestinamente sus productos por los puertos de Montevideo y Buenos Aires.
Conservar el monopolio comercial, al menos en lo formal, era la tarea principal que se había propuesto la Corona española tras la creación del Virreinato. Aunque, claro, había otras. Dado el contexto ventajoso para el negocio fácil la ciudad empezó a recibir inmigrantes italianos, ingleses4 y franceses, tal el caso del abuelo materno de Encarnación. Ese auge comercial se entreveró a su vez con los primeros saladeros, y con una actividad ganadera que marcaría el pulso de la vida social, cultural, política y económica de la protagonista de este libro.
Pero aún no era el momento. En sus primeros años, Encarnación fue obligada por sus padres (mucho más por su madre) a formarse en matemática y escritura, con el fin de sumarse a colaborar en emprendimientos familiares. Era el tipo de educación que recibían las chicas de los sectores acomodados. Es harto dificultoso, sin embargo, encontrar documentos más certeros que permitan revelar hechos comprobados de los primeros años de vida de la futura esposa de Rosas. Entre otros motivos, porque nadie se ocupaba de registrar acontecimientos de la vida de las mujeres en tiempos de dominio patriarcal.5 Ellas no poseían derechos políticos, una suerte que Encarnación trataría de torcer “de hecho”, quizá instintivamente, en el futuro.
Las mujeres de la época dependían de sus padres en general hasta los 25 años, si es que antes no quedaban ligadas a un marido. Pero algo de excepcional, con tufillo a oveja negra, había en esa familia. Y la primera en demostrarlo no fue Encarnación sino su hermana María Josefa. Nacida en 1785, diez años antes que la ulterior Heroína de la Federación, Josefa se enamoró de Manuel Belgrano a los 17. Él tenía 32, y se habían conocido una de las veces que ella acompañó a su padre Juan Ignacio al Consulado, dirigido entonces (1802) por el creador de la bandera. Aguerrida y audaz, “Pepa”, como le decían, no solo se enamoró inmediatamente de ese abogado devenido militar, sino que también lo escoltó en varias campañas, sin importarle los chismes de alcoba, y los severos mandatos morales de la época. No alcanzó que su familia la obligara a casarse con un primo de nombre Juan Esteban Ezcurra, que había llegado al sur del Virreinato procedente de Pamplona precisamente para contraer matrimonio con ella. Y lo único que logró fue un matrimonio frustrado, y un desahuciado retorno a su tierra.
Siete años tenía Encarnación en 1802, cuando “Pepa” y Manuel se daban los primeros furtivos besos, a escondidas de los altos círculos sociales que frecuentaban. Diecisiete, cuando su hermana y Manuel se reencontraron, y se amaron en plenas campañas militares del Belgrano ya jefe del Ejército del Norte. Romance que incluso dio origen a un hijo de nombre Pedro Pablo, que ninguno de los dos reconocería, y que luego sería criado y educado por Juan Manuel y Encarnación. “La situación de su amante, una mujer casada, aunque abandonada por su marido (Josefa), impedía que pudieran formalizar su relación; el nacimiento de aquel hijo habría agravado sus circunstancias” (Benítez, 2012, p. 54).
Al momento del primer romance entre Manuel y María Josefa, Juan Manuel de Rozas6 era un niño apenas dos años mayor que Encarnación. Había nacido el sábado 30 de marzo de 1793. Durante la infancia, el futuro matrimonio vivía cerca. Ella en San Telmo, y él, cuando no estaba en el campo de sus padres, en Monserrat,7 donde se erigía el solar perteneciente a su madre, la también brava Agustina Josefa Teresa López de Osornio, una acomodada estanciera bonaerense que ni idea tenía por entonces de que iba a terminar odiando a Encarnación.
La familia de Agustina, mujer nacida en Buenos Aires el 27 de agosto de 1769, provenía de España. La integraban patricios y estancieros. Su padre, el coronel Clemente López de Osornio8 había sido pionero en las incursiones hacia el sur del río Salado, donde estableció la estancia “Rincón de López”, sitio en el que terminaría muriendo a manos de un malón. Precisamente, en ese rincón inhóspito, bravío y desolado de la pampa fue donde Rosas, hacia 1811, empezaría a mezclarse con indios, gauchos y peones, al igual que su madre Agustina. En esa estancia, mamá Rosas había adquirido la habilidad de montar a caballo, dirigir varias de las rudas tareas del campo y codearse con sufridos y curtidos seres de frontera. En eso estaba cuando, a los veinte años, se casó con el militar León Ortiz de Rozas, padre de Juan Manuel, cuyos ancestros provenían de Castilla la Vieja. El futuro suegro de Encarnación había nacido en Buenos Aires en 1760, y su carrera en el escalafón castrense durante el Virreinato fue ascendiendo de subteniente de la compañía de granaderos a teniente, y de ahí a capitán. Pero tuvo que renunciar a tal cargo cuando, a contramano de su hijo, se negó a participar de la defensa de Buenos Aires durante la primera invasión inglesa.
Ortiz de Rozas y Agustina se casaron en 1790, y tuvieron once hijos,9 además de Juan Manuel. Eran María Dominga, Gregoria, Andrea Mercedes, Prudencio, Gervasio José, María, Juana, Benigno, Manuela, Dominga Mercedes y Martina Agustina, quien sería esposa de Lucio Norberto Mansilla, padre del escritor Lucio, y héroe en la batalla de la Vuelta de Obligado. Todos ellos y todas ellas educados y educadas con dureza y sin caprichos de “niños bien” por Agustina, intrépida mujer que solía burlarse de su marido tratándolo como un “plebeyo de origen”. Según el mismo Mansilla, cuando ambos se peleaban ella le enrostraba su cuna al grito de “¿Y tú quién eres?, un aventurero ennoblecido, mientras que yo desciendo de los duques de Normandía; y, mire, Rozas, si me apuras mucho he de probarte que soy María Santísima” (Mansilla, 1898, p. 5).
Era algo osada la mamá de Rosas, aunque “como buena cristiana” terminaba arreglándose rápido con León. Primaba la concordia. Tal vez porque los roles estaban bien demarcados. Mientras León, de “honestidad proverbial” (Mansilla, 1898, p. 9), prefería entretenerse leyendo o jugando al truco con sus amigos; su mujer administraba los campos. Tal es uno de los datos del que Mansilla hijo se toma para asegurar que en la familia Rosas “las mujeres eran más inteligentes que los hombres”.
El dandy de Mansilla también cuenta que León y Agustina dormían en aposentos separados, porque ella no quería molestar el sueño de él mientras criaba a sus hijos e hijas, “que la amaban con delirio” (Mansilla, 1898, p. 14). Otro aspecto destacado durante la infancia de Juan Manuel era la generosidad colectiva que imperaba en el clan. En la casa, el pan era abundante no solo para la familia sino, al igual que en la de los Ezcurra, para todas y todos los que trabajaban allí. Entre esas personas, había esclavos domésticos muy respetados y uno de los más queridos, el mulato Francisco, era quien todos los viernes llevaba a Agustina “en un gran coche” a distribuir ayuda a los humildes, cuando se estaba lejos de diferenciar entre dádiva y derecho. Durante esas incursiones, no faltaba oportunidad para que la madre de Juan Manuel trajera alguien a vivir a su casa, donde había una especie de sala hospital. “[Agustina] traía alguna enferma de lo más asquerosa. La colocaba en el coche al lado mismo de alguna de sus hijas, la que estaba de turno, y a la cual le incumbía el cuidado de la desgraciada” (Mansilla, 1898, p. 10).
Rosas pasó los primeros años de vida en ese contexto. Su educación primaria transcurrió durante cinco años en el colegio dirigido por Francisco Javier de Argerich. A los siete, en tanto, el muchachito ya participaba de largos fogones, asados y guitarreadas con los peones del Rincón de López, donde montaba caballos chúcaros. Por entonces, también revelaba precozmente un carácter fuerte e indómito al enfrentarse con las autoridades parentales. “Una vez, siendo una criatura [Juan Manuel] fue encarcelado en un cuarto; y se vengó del castigo levantando las baldosas del piso”, cuenta Manuel Gálvez, uno de sus principales biógrafos.
Ni bien cumplió los once años, el futuro caudillo ya usaba lazo, boleadoras y cuchillo “con una habilidad poco común” (Rivanera Carlés, 1946, p. 30), capacidad que compartía e intercalaba con la adquisición de conocimientos escolares. Primero con el mencionado Argerich, maestro que le recomendaba no dar importancia a los libros “porque lo suyo era la estancia”, y luego con Ildefonso Pazos, en cuyo comercio Rosas recibió los conocimientos contables que luego aplicaría en la estancia de sus padres.
Data mayúscula de ese período de su vida es que, con apenas trece años, Juan Manuel se incorporó como voluntario al ejército que reconquistó Buenos Aires, tras la primera invasión inglesa. Por el coraje mostrado en la pelea, el púber fue felicitado por el mismísimo líder de la defensa, Santiago de Liniers. El militar francés no solo lo alabó personalmente por su arrojo, sino que también le escribió a Agustina sobre la bravura con que su hijo se había desempeñado en la batalla. La tarea de Rosas, esa vez, fue la de trasladar los proyectiles con que los soldados de la patria en parto resistieron a los invasores.
El antecedente hizo que su incorporación al cuarto escuadrón de caballería de Migueletes (enero de 1807) fuera previsible. A las órdenes del comandante Alejo Castex, Rosas participó en la resistencia a la segunda invasión, en julio de 1807, hasta que el británico John Whitelocke se rindió ante los criollos. A las felicitaciones de Liniers, se sumaron entonces las de Juan Miguens y Martín de Álzaga, que lo nombró alférez. Amanecía en Juan Manuel la costumbre de evitar que los británicos hicieran lo que quisieran en el Río de la Plata, como plasmaría en los días de Obligado o, en el plano simbólico, nombrando Defensa y Reconquista a las calles que desembocan en Plaza de Mayo. Le caía mejor la tradición hispana que la rapiña inglesa. Prefería el catolicismo al protestantismo.
Excepto en situaciones límite como las invasiones, Rosas pasaba la mayor parte de su vida adolescente en la campaña. Cada tanto viajaba a Buenos Aires. No le tenía mucha estima a la urbe. Incluso ni se molestó en viajar en mayo de 1810. Prefirió quedarse en el campo materno para enfrentar toros bravos en rodeos y marcaciones, aunque no estuviera en contra de la causa independentista. En una carta que escribiría durante el exilio a su amiga Josefa Gómez, diría que ni él ni su familia habían sido contrarios a la gesta. “Ninguno de mis padres, ni yo, ni mis hermanos y hermanas hemos sido contrarios a la causa de la Independencia”.10
Como fuere, las jornadas de mayo provocaron que una Junta Provisional se hiciera cargo del poder político, mientras Rosas, refractario a las revueltas, se codeaba con la populosa peonada rural. Con esos embrionarios Colorados del Monte, que se transformarían en una sólida y aguerrida unidad de caballería de quinientos hombres en su momento de esplendor. También permanecía bastante ajeno a las guerras de la Independencia, cuyos héroes eran otros. Era su cuñado clandestino Belgrano. Era José de San Martín, que luego se transformaría en uno de sus principales defensores.11 Eran José María Paz, Juan José Castelli, Tomás Guido, Juan Lavalle, Miguel Estanislao Soler o Manuel Dorrego.
La sintomática decisión de Juan Manuel de no meterse en los líos de Mayo y sus estelas inmediatas no fue la misma que la de su futuro suegro Juan que, mientras su hija Encarnación acababa de cumplir quince años, participó del Cabildo Abierto del 25 de Mayo a favor de la causa maturranga. La revolución, sin embargo, lo terminó beneficiando a don Ezcurra. Orillando los sesenta años, gracias a la apertura económica impulsada por los hombres de Mayo, pudo comprar una importante cantidad de tierras en Buenos Aires. La situación lo acercó a otros hombres de su estirpe. Uno de ellos era Tomás de Anchorena, otro Luis Dorrego y el tercero su futuro consuegro: León Ortiz de Rozas. Del devenir del padre de Encarnación se sabe también que, aunque no intervino en el desangre entre unitarios y federales, se enfrentó con Bernardino Rivadavia y apoyó la candidatura de Manuel Dorrego a la gobernación de Buenos Aires, una lealtad que duró mientras duró su vida.12
Mayo de 1810 encontraba a la niña Encarnación con quince abriles recién cumplidos, contemplando las hojas amarillas que caían de los árboles de San Telmo, y abocada a las tareas administrativas que demandaban las posesiones de su padre en la campaña. Era muy instruida. Hábil en matemáticas, con el carácter necesario como para defender lo que los números cantaban, sin miedo. Enérgica y expresiva, su físico pendulaba entre lo “narigona y fea”, que le endilgarían futuros enemigos, y la mujer de pelo castaño y ojos oscuros cautivantes “en los que se cifraba su principal atractivo, junto con su talento” (Sáenz Quesada, 1991, p. 57).
