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Este libro da cuenta de la extensa, intensa e iluminadora conversación que mantuvieron Liliana Bodoc y Damián C. López a fines de 2016 en El Trapiche, San Luis, Argentina, el lugar en el mundo de la destacada narradora argentina. Tres días duró este encuentro en los confines. El inesperado fallecimiento de Liliana Bodoc, el 6 de febrero de este año, 2018, resignifica esta edición, donde la autora recorre su vida y su obra, azuzada por la notable agudeza crítica de su entrevistador. Al desbordante talento literario y poético de Bodoc se suman en este libro la calidez, humanidad y vehemencia de una escritora que creó una literatura tan bella, lúcida, lúdica y dramática como comprometida con la historia y el presente de América Latina.
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Seitenzahl: 132
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Damián C. López
Ilustraciones de Gabriel Fernández
Síntesis
Este libro da cuenta de la extensa, intensa e iluminadora conversación que mantuvieron Liliana Bodoc y Damián C. López a fines de 2016 en El Trapiche, San Luis, Argentina, el lugar en el mundo de la destacada narradora argentina. Tres días duró este encuentro en los confines.
El inesperado fallecimiento de Liliana Bodoc, el 6 de febrero de este año, 2018, resignifica esta edición, donde la autora recorre su vida y su obra, azuzada por la notable agudeza crítica de su entrevistador.
Al desbordante talento literario y poético de Bodoc se suman en este libro la calidez, humanidad y vehemencia de una escritora que creó una literatura tan bella, lúcida, lúdica y dramática como comprometida con la historia y el presente de América Latina.
Por Juan López
La inesperada muerte de Liliana Bodoc produjo un cimbronazo en la comunidad de lectores y en el llamado «ámbito de la cultura». La escritora, que atravesaba, disfrutaba y generaba un éxito editorial tras otro, fallece luego de volver de Cuba. Había viajado a la Feria del Libro de La Habana. De regreso en Mendoza, en el hotel de la ciudad donde dormía con su esposo Jorge Bodoc, la escritora no despertó.
Dos años antes, a mediados de 2016, había surgido en la EDIUNC la idea de publicar un libro con una entrevista a fondo con ella. La intención era ofrecer un retrato lo más vívido e intenso posible de una autora que había irrumpido en el panorama literario nacional, y luego internacional, y literalmente conquistado a sus lectores y a un mercado del libro muy exigente. Primero, con La Saga de los Confines, esa trilogía con la que inaugura lo que sería una arrolladora carrera literaria ofreciendo un relato épico fantástico en clave latinoamericana. Un fantasy autóctono, que ella calificará de «contracanto» del mundo monárquico, patriarcal y eurocéntrico, del que heredamos la mirada épica. Luego, con numerosos títulos, casi todos enmarcados en lo que se denomina «literatura juvenil» pero que trascienden con creces la simplificación que toda categoría o etiqueta supone.
Abrumado por la terrible noticia de la partida de la autora, recuperado apenas y a penas el ánimo, el equipo de la EDIUNC puso manos a la obra para avanzar en la publicación de la entrevista. El trabajo había comenzado en noviembre de 2016, con la elección del entrevistador, Damián López, un joven licenciado en Letras nacido en Rosario y afincado en San Juan, editor (elandamio ediciones), ensayista, poeta, lector de Tolkien en inglés, y apasionado también por la obra de Bodoc. Fue una elección acertadísima, nos decimos hoy cuando el libro está por entrar a imprenta.
Liliana aceptó de inmediato la propuesta del libro-entrevista. Y recibió y dio generosamente alojamiento a Damián y a su familia (su esposa, la escritora Adriana Luna, y sus dos pequeños hijos) en El Trapiche, hermoso paraje de la provincia de San Luis. Fueron tres días de charla. La idea, que Liliana aceptó entusiasmada, era conversar largo y tendido, sin las urgencias ni la superficialidad frecuente del periodismo, y en el lugar donde la autora se siente más cómoda: su casa, su lugar en el mundo.
Las extensas, intensas e iluminadoras conversaciones entre Damián y Liliana constituyen hoy un material riquísimo, lamentablemente potenciado por la desaparición física de nuestra escritora. Participan en algunos momentos de la entrevista las parejas de Liliana y Damián: Jorge Bodoc y Adriana Luna.
Liliana fallece poco tiempo después de releer los borradores de la entrevista e intervenir en el texto con aclaraciones, agregados y supresiones. Este proceso de edición en conjunto con la escritora supuso meses de intercambios por correo electrónico entre ella y el equipo de la colección Literaturas. En síntesis, lo que leerán más adelante cuenta con la aprobación de la autora.
Como muchos saben y otros tantos han testimoniado en artículos periodísticos y posteos en redes sociales, es cierto que Liliana Bodoc era una persona abierta, cálida, consecuente, características que, sumadas a su inmenso talento literario, hacen que cierta comunidad literaria la extrañe mucho. Digo cierta comunidad, porque hay otra, que menosprecia el fantasy, la épica, la literatura juvenil, y desprecia aún más el posicionamiento ideológico, muy claro, de la autora, que podría sintetizarse diciendo que reivindica la épica y la ética de los derrotados, como se ha dicho muchas veces.
Fueron fundamentales Pilar Piñeyrúa (preedición), María Teresa Bruno (diseño), Javier Piccolo (edición), Leandro Vallejos (tratamiento digital de imágenes), Graciela Amadío (lettering) y Gabriel Fernández (ilustraciones).
Queremos agradecer especialmente a la familia de Liliana —su esposo, sus hijos, sus hermanos— por su ayuda para que este libro fuera realidad. Nos aportaron todo su apoyo —aún atravesados por el dolor de su pérdida—, nos confiaron fotos familiares que ilustran esta obra y siempre estuvieron dispuestos a darnos una mano para hacer el mejor libro posible.
Mendoza, septiembre de 2018.
I
Primera entrevista a fondo. La infancia en Santa Fe. La familia. Primeras experiencias de lectura. El viaje a Mendoza. La literatura en la familia y en la escuela primaria. Adolescencia y juventud en Mendoza. Partida del hogar y casamiento. Tiempos de la Triple A. El golpe de Estado de 1976. La carrera de Letras. La experiencia de dar clases en la secundaria. La decisión de escribir un «contracanto» latinoamericano de la obra de Tolkien.
El barrio era bajo, razón por la cual el cielo aún existía para aquella gente. El mapa imposible
D: Te ha tocado convertirte en una figura pública, que comunica mucho sus ideas sobre la literatura y el oficio de escribir, que visita escuelas y da conferencias, pero no sé si esta es la primera vez que alguien viene a tu casa a hacerte una entrevista.
Sí, es la primera vez que alguien viene a hacerme una entrevista a mi casa y, sobre todo, de esta magnitud. Vinieron unos estudiantes de la Universidad de San Luis para una entrevista muy breve. Pero la verdad es que estoy inaugurando una modalidad.
D: ¿Cómo te sentís jugando de local?
[Se ríe] Te voy a confesar... Tenía miedo de que viniera una de esas personas que tienen expectativas desmesuradas, que esperan encontrarse con modos de ser o comportamientos no digo excéntricos pero, al menos, brillantes. Y claro, cuando no los encuentran, se decepcionan. Y a mí me da el cuero para caretear una hora o dos, ¡pero no tres días! Bueno… cuando los vi, a vos y a tu familia, supe que podía ser yo misma. Mi casa es mi casa, mi marido es mi marido. Podemos hacer un mate y conversar.
A: ¿Sucede seguido que prime el rol, la distancia?
Depende de qué entrevista hablemos. La gran diferencia, creo yo, es el conocimiento de la obra. Muchas veces, los periodistas no pudieron leer nada, o casi nada, de la obra sobre la que vamos a hablar. Y entonces, como la largada no es auspiciosa, llegamos hasta donde se pueda. Una vez, no importa quién ni dónde, fui presentada como la autora de La Saga de los Confites. Como sea, hay un plus inmenso si quien entrevista conoce la obra. No importa si le gusta o no, pero la conoce. Lo que pasa, en estos casos, es que la entrevista se pone claramente repetitiva. Volvemos a contar lo contado, lo que ya está en internet. No le agregamos nada, ninguna mirada particular, no problematizamos. Entonces, termino contestando más o menos lo mismo. Si te dicen... «Vos contaste una anécdota muy linda de tu papá». ¡Y bueno, te la cuento de nuevo! [Se ríe]
D: ¿Sentís que estando en tu casa hay algo a favor? ¿Que estás en un lugar seguro?
Sí, creo que sí. Mi casita, como la casita de todos, funciona como un lugar de cariño, de contención. Si me dan ganas de llorar, me voy al baño.
D: Hablando de la casa, ¿cómo era la casa donde naciste? ¿Cómo sentís que eso se traslada a esta casa en la que vivís ahora?
La casa donde yo crecí era, sigue siendo, una casa santafecina, en la esquina de Junín y San Lorenzo. A veces voy y toco la manija de bronce, porque sé que mi mamá tocó esa manija incontables veces. En realidad, la casa de mi infancia no se parece a esta. Tuve dos modelos de ama de casa en mi infancia. El de mi madre, una joven de buena familia casada con un actor pobre y comunista, que no se llevaba muy bien con la escoba y el detergente. Y el de mi abuela paterna, orgullosa de que en sus pisos se pudiera comer. ¡Y era cierto! Bueno, yo opté por el modelo de mi nonna. Hice mía la consigna «humilde pero impecable». Confieso que, a veces, cuando me duele la espalda, dudo de haber elegido bien.
D: ¿Cómo era la familia? ¿Cómo estaba compuesta? Ya hablaste de la abuela paterna como una presencia.
Sí, sí, seguramente los abuelos paternos van a salir un montón de veces en la charla porque estuvieron muy presentes en mi vida y fueron para mí, mi abuela y mi abuelo, una marca de amor. Mi literatura está llena de abuelos, te atropellás abuelos por todos lados.
D: La imagen de Kupuka sentado sobre la tumba de Vieja Kush...
Claro, Kupuka es el abuelo mítico. Mi familia nuclear eran mi madre, Dolly Catalina Grimalt Femenía, maestra, hija de una familia acomodada de Santa Fe. Mi papá, José Antonio Chiavetta, hijo de albañiles. Un tipo paradójico, Stalin y Maiakovski al mismo tiempo. [Se ríe] Era el dogmático y era el poeta. Mis tres hermanos mayores: Kelo, Hugo y Silvia. Esa fue mi familia nuclear. Éramos nosotros y mis abuelos paternos, nada más.
D: Con dos padres así, de diferentes estratos y, obviamente, diferentes pensamientos, ¿cómo te llevabas con los mandatos? No sólo familiares sino sociales. Hoy hablábamos del tema de dormir la siesta y para los niños suceden muchas cosas en la siesta. ¿Cómo te llevabas vos con eso? ¿Cuáles eran tus juegos preferidos? Me imagino que en una casa de actor debe haber habido algo especial.
Uy… sí. Diste en la tecla con una de mis horas favoritas, no para vivirlas pero sí para escribirlas: la siesta, que yo sigo considerando mucho más misteriosa que la noche, mucho más peligrosa que la noche. La siesta es una hora que me conmueve. A la hora de escribir, yo convoco mucho mi pasado. Y la siesta está siempre ahí, la siesta del verano santafecino, el silencio, el tic tac del reloj de péndulo de mis abuelos, y el grito del heladero. Entonces, ¿cómo me llevo yo con los mandatos? A ver: bien y mal. A veces, muchas veces, los mandatos me tranquilizan, me contienen, me permiten tolerar el caos de la vida y la certeza de la muerte. Hubo mandatos que acepté absolutamente, y que luego, siendo adulta, volví a elegir. Hablo, sobre todo, de lo ideológico. El mundo es un lugar injusto, el capitalismo es el gran responsable, decía mi viejo. Y hoy yo lo sigo diciendo. Pero hubo lugares en los que me rebelé. Dios, por ejemplo. Ahí tenés: yo creo en Dios. Y a mi padre eso le parecía la marca más grande de ignorancia. Para él, creer en Dios era aberrante.
D: ¿Los dividió?
Totalmente. Dios nos dividió. En realidad, ya había dividido a mi familia. Porque mi mamá me hizo hacer la comunión a escondidas. Me llevó a catecismo, me compró una túnica. Cuando mi mamá murió, ¿a quién le iba a decir que creía en Dios? Todos a mi alrededor eran ateos. Bueno, no todos. Mi abuelita me enseñó a decir «Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día».
D: Y le regalaste el diminutivo. Ella era la «abuelita».
[Se ríe] La abuelita… Después me hice grande, me hice una mujer, me envalentoné, me hice musulmana... Pude decir en voz alta que creo en Dios. De hecho, espero que Dios lea esta entrevista y me anote unos porotos en el boleto al cielo.
D: Pensando en esto de «la niña que repite», ¿cómo te vinculabas con el mundo de los adultos? ¿Tenías acceso? ¿Había que espiar?
¡Había que espiar! En mi casa había que espiar. En mi casa había que espiar hasta a mamá muerta, porque no nos dejaron verla. Supongo que, con todo el amor del mundo, mi papá debió creer que no era bueno para un niño ver a su mamá muerta. Sí, absolutamente, en mi casa los adultos hablaban con metáforas. ¿Me vendrá de ahí el amor por la poesía? Además, mi familia pasó por severos problemas económicos; una historia tragicómica. Como te decía, mi madre llegó al matrimonio con una dote más que considerable, propiedades y tierras que fueron dilapidando en malos negocios, malas sociedades, etcétera. La cosa es que terminamos vendiendo angelitos de telgopor, que hacía mi viejo. ¡Mirá el ateo! Haciendo angelitos para Navidad. ¿Ves? Dios nos dio de comer. [Se ríe]
D: ¡Y marxista vendedor!
¡Marxista vendedor! Supongo que no había más remedio, porque llegamos a escondernos de los acreedores que golpeaban, golpeaban, no se iban. Y nosotros teníamos que estar callados. Sabíamos que esos señores que estaban abajo –los espiábamos– eran malos. Mi papá no se podía ir a trabajar hasta que ellos no se fueran. Claro, todo eso era realidad codificada, frases ambiguas, mi mamá llorando, extrañando su vida pasada, supongo.
D: Y en el medio de eso aprender a leer y a escribir. Tomar algún primer contacto con la literatura. Me imagino que había libros en casa.
Por supuesto. Había libros, muchos en una época. Después… a mi viejo lo persiguieron en la dictadura de Onganía. Mi mamá hizo una fogata enorme en el fondo de mi casa y quemó todos los libros del partido, cosa que fue, me parece, motivo de una pelea grande. Mi mamá tenía sus razones: «Estoy protegiendo a mis hijos». Mi papá tenía las suyas: eran sus libros amados.
D: Pero una de tus primeras experiencias con la lectura es ver una pila de libros ardiendo…
Una pila de libros ardiendo en la casa, sí.
D: ¿Y con la literatura en particular? ¿Te acordás de lo primero que leíste? ¿De esa sensación? Porque uno descubre el lenguaje al mismo tiempo que descubre la literatura, uno aprende a leer sobre algo que lee.
Sí, sí. Absolutamente. Yo fui una niña con muchos problemas de salud: asma, bronquitis y tal. Recuerdo, todavía en Santa Fe, a mi mamá trayéndome dos libros, escondidos en la espalda. Esa es la imagen, clarísima. Entonces, mi mamá me dio el primero, el que pensó menos interesante. Era un libro de tapa dura, un papel grueso medio amarillento. No voy a recordar el título ni al autor, ¿qué les importa eso a los chicos? Sí recuerdo, en la tapa, la cara de un niño de perfil, un niño pecoso, tomando una taza. Y en el asa de la taza, sentado, un duendecito. Fue el primer libro que amé. De hecho, cuando mi mamá sacó el segundo, uno en colores de Disney, con el Pato Donald, me pareció intrascendente. Te juro que fue así. No es autobombo: mirá la nena, ya era antiimperialista. No, de verdad me pareció feo frente a la maravilla del anterior. Me devoré el libro de un niño y un duende, el primer registro literario que tengo en la cabeza.
D: Siguiendo con lo biográfico, como sentido trasladable a la obra: te toca irte de Santa Fe, ¿en qué situación?
Nos toca irnos porque estábamos en una situación muy grave: acreedores, mis abuelos dándonos todo el tiempo plata. Entonces mi viejo consiguió trabajo en la fábrica Minetti como técnico químico. Un buen sueldo, una casa en el barrio cementero. Mi mamá, creo, empujó para que nos fuéramos a Mendoza. En síntesis, la partida fue por razones económicas.
D: ¿Cómo fue la «experiencia Mendoza», a diferencia de la «experiencia Santa Fe», en esa época de transición? Esto de decir «yo vivía en una ciudad y ahora vivo en otra» y qué significaba eso.
