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"La mayoría de las personas pretende el éxito sin aprender del fracaso. Los que tienen miedo al fracaso, miedo a ser criticados, miedo a quedarse solos, nunca alcanzarán el éxito." Desde sus humildes comienzos hasta convertirse en un reconocido cantante, actor, productor, político y activista, Mayer comparte sus experiencias, desafíos y triunfos con una gran honestidad. Explora los momentos de duda y superación, las lecciones aprendidas y las decisiones valientes que lo llevaron a reinventarse una y otra vez. Con una prosa atrevida y sincera, Sergio Mayer nos invita a reflexionar sobre nuestras propias metas y sueños, recordándonos que nunca es demasiado tarde para perseguir nuestras pasiones y enfrentar nuestros temores. Descubre la inspiradora historia de Sergio Mayer en este viaje íntimo y revelador.
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Seitenzahl: 239
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Para mis padres y los amores de mi vida: Issabela, Sergio, Antonia y Victoria
Cuando empecé a escribir este libro, quería relatar los momentos que definieron mi vida: los desafíos, alegrías y duelos que he atravesado. Y mientras reflexionaba sobre lo que he hecho a lo largo de mis cincuenta y siete años, decidí entrar al proyecto de La casa de los famosos; en ese instante supe que sería una roca más, un reto más que enfrentar y que disfrutar.
Desde que puse un pie dentro de la casa tuve un objetivo: crear un equipo, un team que se sintiera fuerte, seguro, protegido e invencible. Siguiendo los aprendizajes que me han forjado y que con mucho cariño te compartiré en este libro, logré construir lealtades a través de la solidaridad y el apoyo, y hacer un vínculo de confianza con cada uno de los integrantes del Team Infierno. Recuerda esto que es muy importante: el líder no es el que resalta de los demás, el líder es el que ayuda y apoya a que los demás destaquen. Porque si los demás crecen, tú creces; si los demás ganan, tú ganas. El líder siempre piensa en los demás primero, no sólo en él; el líder guía, pero escucha.
Es por eso que hoy me doy cuenta de que la vida y Dios me ofrecieron una oportunidad única de reconectar con la gente a través de ese programa, y que no podía desaprovechar. Conectar con nuevas audiencias y generaciones fue un regalo que no tiene precio. Jamás imaginé que a mi salida escucharía en la calle a jóvenes expresando su agradecimiento, ya que encontraron inspiración en mis pláticas y reflexiones dentro del reality. Todo eso, por supuesto, conlleva una gran responsabilidad social, ya que me compromete a seguir buscando ser mejor persona cada día. Tengo muy presente que el éxito te lo da la gente, pero también te lo quita. No importa a qué te dediques: si estás comprometido con tus principios, con tu palabra, con tu honestidad y haces las cosas con profesionalismo y compromiso, la gente y el público te van a valorar y agradecer. No importa si eres actor, cantante, doctor, arquitecto, o si tienes un negocio y vendes un producto o servicio: siempre busca la excelencia. Recuerda que tu palabra y tu integridad son lo más valioso que tienes; si pierdes alguna de las dos simplemente pierdes tu credibilidad y tu honorabilidad.
En las siguientes páginas conocerás mi vida, como nunca antes la había contado. Espero que los sueños que han definido mi camino te ayuden a dejar el miedo atrás y lograr, en su forma más auténtica y pura, ese éxito que estás buscando.
S. Mayer
Muchas personas creen que conocen a alguien tan sólo porque han leído una publicación en Facebook o un tweet, o porque han visto una fotografía en Instagram, pero están equivocadas. También tienden a juzgar a las personas públicas, ya sean artistas, deportistas o políticos, basándose únicamente en lo que los medios de comunicación dicen de ellos. Los medios buscan vender sensacionalismo y, por lo general, se enfocan en escándalos y chismes, ya que eso es lo que parece interesar más al público. Sin embargo, como bien se dice, no se puede juzgar un libro por su portada.
Así como existen individuos que, desde el anonimato, atacan a otras personas en las redes sociales difundiendo mentiras, difamaciones e insultos, a mí también me han dicho de todo. Pero esto no se limita a las redes sociales; también ha habido periodistas sin escrúpulos que han publicado falsedades sobre mi persona, difamándome bajo el pretexto de la libertad de expresión. Han utilizado y abusado de sus micrófonos para crear una imagen distorsionada de quién soy realmente, una imagen que está muy lejos de la verdad.
No todos tienen la oportunidad de defenderse y presentar su versión de los hechos, de desmentir públicamente lo que se dice de ellos. El propósito de escribir este libro es, en primer lugar, contar mi historia: mis orígenes, de dónde vengo, quiénes son mi familia y mis verdaderos amigos. En segundo lugar, quiero dar mi punto de vista sobre acontecimientos que sólo yo conozco, porque soy el protagonista, el que los vivió en carne propia.
En estas páginas, comparto mi infancia en Iztapalapa, mis compañeros de juegos y de escuela, los años que pasé en Estados Unidos junto a mi familia en busca de un futuro mejor, mis años de estudio y cómo creció en mí el deseo de formar parte de un grupo musical (muchos se sorprenderán al saber que el primer grupo del que fui parte no fue Garibaldi). Comparto también mi vida íntima, mis relaciones de pareja, la alegría de convertirme en padre y de encontrar al amor de mi vida. Hablo de los momentos que me han hecho feliz y de aquellos que me han roto el corazón.
Quiero que conozcan mi carrera como empresario, los éxitos y fracasos que he tenido, los amigos que me han tendido la mano en los momentos más difíciles y los amigos que he perdido en el camino. También abordo mi labor como defensor de los derechos de los niños, los desencuentros que he tenido con las personas más poderosas de este país y mi participación en la política de México.
Como mencioné antes, se ha dicho mucho sobre mí, se me ha acusado sin fundamento, inventando escándalos y tergiversando acontecimientos. Aunque en su momento he desmentido públicamente la mayoría de las cosas que se han dicho sobre mí, este libro sirve para recordarles a todos mi versión de los hechos.
Algunas personas no perdonan el éxito. Todo lo que he logrado en mi vida personal y profesional se debe a la disciplina, el trabajo duro y los valores que mis padres me inculcaron, así como a las lecciones que aprendí gracias al deporte.
He vivido mucho: desde mis primeros años en la colonia San Lorenzo Xicoténcatl hasta mi mudanza a Chicago, salir de casa de mis padres para perseguir el sueño de ser cantante y modelo, y formar parte del grupo más exitoso de los noventa, pasar por matrimonios y divorcios, convertirme en padre, viajar por todo el mundo y conocer incluso a reyes, crear el concepto de Sólo para mujeres y ser electo diputado federal. Nada de eso habría sido posible sin el amor de mis padres, mis hermanos y el apoyo incondicional de mi esposa Issabela y mis hijos.
A ti que sostienes este libro en tus manos: te quiero expresar mi más sincero agradecimiento por querer conocer la historia de Sergio Mayer, no la que otros cuentan, sino la que yo viví y ahora comparto contigo.
Nací el 21 mayo el 1966 en el hospital Dalinde de la colonia Roma, colonia que hizo mundialmente famosa Alfonso Cuarón, pero viví mi infancia en Iztapalapa. Como casi todas las zonas de la Ciudad de México, muchas cosas han cambiado, pero hay muchas otras que siguen igual.
Iztapalapa está alejada social y geográficamente de la ciudad. Hoy en día, muchos piensan que Iztapalapa es una zona de delincuentes, pero esto es tan falso como decir que todos los regios son codos o que todos los yucatecos son cabezones. La Iztapalapa que yo conozco está llena de gente trabajadora, honesta y con valores, que se friega todos los días para llevar el chivo a sus hogares, para pagar la comida, renta, luz, teléfono, agua y los útiles y uniformes de sus hijos; en fin, mujeres y hombres chambeadores, como la mayoría de los mexicanos. En esta delegación nacieron mis abuelos, mis padres y también mis hermanos y yo.
Mis padres nacieron en la colonia San Lorenzo Xicoténcatl un poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial. Mi padre, Rubén Mayer Robledo, es el hijo mayor de nueve hermanos. Su familia vivió y creció en la casa que construyó mi abuelo, que iba pagando con su trabajo como maestro de obras. Era una casa muy grande en comparación con las otras casas de la colonia, donde tener una casa que no tuviera piso de tierra y estuviera hecha de cartón y con techo de lámina era un lujo. Tenía un patio muy grande al fondo, en el que estaban los animales de traspatio: gallinas, gansos, patos y vacas. Al entrar a la casa, lo primero que veía era un corredor muy largo, con muchas puertas que daban a los cuartos de mis tíos. Los pisos eran de azulejos con diseños de flores. Como mi abuelo la fue construyendo conforme crecía su familia, no tenía un estilo definido.
Es impresionante cómo en esa época, trabajando como albañil, mi abuelo fue agregando cuartos y haciendo modificaciones a su casa cada vez que nacía uno de sus nueve hijos. Con lo que ganaba de su trabajo, podía proveer a su familia de un techo digno y pagar unas vacaciones cada año a Acapulco o a un balneario en Oaxtepec, Morelos. Hoy en día, eso es casi impensable en nuestro país.
Mi padre tuvo una infancia dura, con muchas responsabilidades desde niño, como cualquier persona de clase baja de esa época. Le fregaba desde el amanecer hasta irse a dormir. Se levantaba tempranísimo para ordeñar las vacas y darle leche a mi abuelita Aurora, que la hervía y con la nata desayunaba toda la familia con tantito pan. Mi abuela siguió preparando esa nata deliciosa hasta cuando yo era niño; todavía cierro los ojos y siento en mi paladar el sabor de aquellos desayunos, los aromas de la cocina de mi abuela que se mezclaban con el olor de los animales en el traspatio. Mi papá también apoyaba a mi abuela en las labores del hogar y se encargaba de sus hermanos menores.
Como era común en esa época, mi papá comenzó a trabajar desde niño. Aprendió oficios como soldador, carpintero, tablajero y carnicero. También chambeaba con mi abuelo, cargando bultos de cemento, apilando ladrillos y haciendo la mezcla del cemento, todo esto mientras asistía a la escuela. Tenía que ayudar a alimentar todas las bocas de la casa; entonces, no había otra más que fregarle. Aunque fue una vida dura, ahí se formó el carácter y la disciplina para sacarnos adelante.
Mi mamá, María Guadalupe Bretón Paz, fue la mayor de cinco hermanos. En el registro civil aparece como María Guadalupe, pero mi abuelo cambió de opinión y en el acta de nacimiento tachó el nombre y, con su puño y letra, escribió encima el nombre de Norma. Así, todo mundo conoce a mi mamá como Normita.
Ella tuvo una infancia muy dura debido al alcoholismo que abatió a mi abuelo Julio, ya que exacerbaba su temperamento violento. Mi abuela, mi mamá y sus hermanos vivieron y sobrevivieron un entorno tóxico y violento. Por desgracia, en esa época la violencia doméstica estaba normalizada y muchas familias vivían de esa manera porque así estaban educadas, social y religiosamente. Mi mamá se tuvo que hacer cargo de sus hermanos y comenzó a trabajar desde que era niña.
Con mucho esfuerzo, consiguió un empleo como recepcionista en una empresa en Naucalpan, en el Estado de México. Tenía que recorrer más de cuarenta y seis kilómetros para llegar a su trabajo todos los días, pues no había una ruta directa, así que debía utilizar varios camiones para llegar a la chamba. Como era joven, güerita y de ojos claros, tenía que sortear, como miles de mujeres, el acoso en el transporte público, y todos los días se la rifaba para ir a trabajar. Eran los años cincuenta, no había dónde ir a denunciar un acoso, ni siquiera existía el concepto y mucho menos leyes que protegieran a las mujeres. Como hombre, es muy difícil imaginar lo que las mujeres sufrían y siguen sufriendo por el simple hecho de ser mujeres. México es un país profundamente machista, y era peor en aquella época. Los hombres dictaban las reglas y la sociedad obedecía. El acoso no era considerado un delito: tan sólo se trataba de un piropo. A nadie le importaba si era vulgar o si incomodaba a las mujeres, era un juego y se aplaudía entre los cuates. Por fortuna, eso ha empezado a cambiar en nuestro país.
Mis padres se conocieron desde pequeños. Iban a la misma escuela, la primaria 47 Braulio Rodríguez, en San Lorenzo Xicoténcatl. En aquel tiempo, era común que niños de distintas edades, desde los seis hasta los diez años, estudiaran en el mismo salón. Fueron novios desde los doce o trece años y finalmente se casaron a los veinte. Mi hermano Rubén nació cuando mi mamá tenía sólo veintiún años, como se acostumbraba en aquel entonces. Una vez que comenzaron a tener hijos, mi madre dejó de trabajar y se dedicó de tiempo completo a criarnos. La admiro profundamente porque supo romper el ciclo tóxico de violencia que vivió en su casa; siempre nos trató con amor, tolerancia y dedicación, y nos enseñó la disciplina sin golpes. Tenía el carácter, principios y valores de su madre, que nos inculcó a sus hijos también.
Mis padres siempre han sido mi modelo a seguir en las relaciones de pareja. Tienen casi setenta años de conocerse y más de sesenta de casados, y son un ejemplo de tolerancia y amor; hoy en día, son pocos los que forman un equipo tan fuerte como el de ellos. Sin importar las circunstancias, nos dieron las herramientas para formarnos como hombres de bien. Gracias a ellos, mis hermanos y yo salimos adelante. Les agradezco siempre su amor y disciplina: hoy soy quien soy gracias a la manera en la que me educaron.
Crecí en la calle Trinidad número 9, en la misma colonia donde nacieron mis padres. Soy el segundo de cuatro hermanos, todos hombres, competitivos y molestones. Competíamos por absolutamente todo y nos encantaban los deportes; practicar deportes nos enseñó la disciplina y el trabajo en equipo. Con el paso del tiempo, he entendido el valor y la importancia de aprender a trabajar en equipo y la manera en la que los deportes y el ejercicio forjan el carácter y te ayudan a crecer como persona. El deporte y el ejercicio nos mantuvieron alejados de la droga y otras malas influencias que atraparon a otros niños y jóvenes de la colonia; nos salvó la vida. Mi mamá y sus hermanos son de ojos claros, y aunque nosotros no heredamos la genética de nuestra familia materna, siempre nos conocieron como los “güeritos” de la colonia.
Mi abuelita paterna, Aurora Robledo Campos, tenía dos puestos de abarrotes en el mercado de la colonia San Lorenzo Xicoténcatl. Me gustaba mucho ir con ella porque siempre nos regalaba chocolates Mamut o Chocodrilos, y disfrutábamos verla trabajar. Todo el mundo la conocía como doña Aurora y era muy respetada en el mercado. Mi abuela era de carácter fuerte, por no decir cabrona; se llevaba con todo el mundo y sabía hacerse respetar.
La conocían bien en el barrio y fue líder del mercado, porque siempre veía por el bien de la comunidad. Vivía en la calle Ahome número 15, a unas calles de donde vivíamos con mis papás. Además de sus puestos en el mercado, tenía algunas propiedades que rentaba en varias partes de la colonia. Eran pequeños cuartos donde habitaban familias enteras, muchos no tenían baño propio y compartían baños comunitarios con los demás inquilinos. En muchas ocasiones, Rubén y yo la acompañábamos a cobrar las rentas. Esas familias, que vivían hacinadas entre paredes de cemento frío y humedad, eran mis vecinos, y muchos de sus hijos, mis compañeros de juego y de escuela. Los cuartos tenían un olor muy particular, a moho y humedad, que se te metía hasta lo más alto de la nariz. Años más tarde, cuando por trabajo visité un reclusorio, el olor del encierro me transportó a mi infancia, a las propiedades de mi abuela.
Los recuerdos de mi infancia son bastante pintorescos y agradables. Aunque veníamos de una zona de bajos recursos, donde convivían las casas de ladrillo y cemento con construcciones hechas de lámina y techos de cartón, de niño no me fijaba en esas cosas. Pasaba las tardes con mis hermanos y con los otros niños del barrio. Recuerdo esos juegos de la calle con muchísima nostalgia, pues eran épocas más sencillas, en las que nos entreteníamos por horas entre nosotros, sin iPads ni otras tecnologías. Nuestros vecinos eran gente muy linda, con valores, muy generosos y solidarios. Aunque había muchas carencias y falta de oportunidades, siempre que podían se apoyaban los unos a los otros. Como en todas las colonias de bajos recursos, los fines de semana se jugaban los partidos de futbol llanero, donde al final de los encuentros no faltaban las chelas y a veces terminaban agarrándose a trancazos, pero durante la semana todos se iban a trabajar para llevar la raya y pagar los gastos de sus hogares.
Recuerdo que al lado de mi casa estaba la tiendita de doña Herminia, que era la que nos fiaba los cueritos con chile y refrescos. Había que pagar puntual para que no nos dejara de fiar. Los fines de semana mi papá nos daba cinco pesos para ir con doña Herminia a comprar Gansitos, Chocorroles y Pingüinos para cenar. Era un lujo para nosotros.
Con los niños del barrio jugábamos taconcito: marcabas un área con un gis, echabas monedas en el piso dentro del perímetro marcado y tratabas de sacar las monedas para ganar el juego. También nos gustaban mucho los trompos, que comprábamos en el mercado y luego mejorábamos: les quitábamos la punta, les poníamos tornillos y los afilábamos bien para que mantuvieran el equilibrio. Competíamos y el que ganara se llevaba unos pesitos y además podía destrozar el trompo de su opositor. Jugábamos bolillo, canicas, guerritas de ligas, avalancha, burro dieciséis y burro castigado, rayuela, avión y quemados. Los sábados de Gloria en Semana Santa, nos mojábamos a manguerazos, cubetazos y globazos —claro, todo esto antes de que existieran restricciones por la falta de agua—. Y no podía faltar el futbol: armábamos las porterías con ladrillos y jugábamos con pelotas desinfladas. Me pasaba todo el día con mis cuates, a veces nos peleábamos a golpes, pero todo era parte del juego; al día siguiente, nos volvíamos a ver y todo transcurría en la normalidad. Recuerdo con nostalgia esa infancia, esa edad inocente y simple.
También formaba parte de los boy scouts. Me gustaba mucho vestir con mi uniforme de camisola verde, una boina y mi pañoleta anudada en el cuello, las calcetas debajo de las rodillas, con sus borlas bordadas a los lados, los botines para escalar y el short con bolsas donde, cuando te lo ganabas, podías colocarte en el cinturón la navaja. Me llenaba de orgullo cada vez que me otorgaban un parche con una nueva insignia por haber aprendido a hacer nuevos nudos, fogatas o señas de tipo militar con banderines. Debíamos apoyarnos los unos a los otros y teníamos que probar que habíamos aprendido a trabajar juntos cuando nos íbamos a acampar, y así aprendí a trabajar en equipo. Esas excursiones donde nos examinaban constantemente me hicieron muy disciplinado, pues pasaba horas en mi casa practicando los nudos y estudiando el libro que nos daban con los principios, valores y promesas de los boy scouts.
Disfrutaba mucho los fines de semana que íbamos de campamento a los alrededores de la ciudad, el Ajusco, la Marquesa, el Pico de Orizaba. Caminábamos por senderos y montañas cargando nuestras mochilas y las bolsas de dormir, acampábamos con nuestros compañeros tres o cuatro días, dormíamos a la intemperie, convivíamos y disfrutábamos de la naturaleza. Teníamos que armar las tiendas de campaña correctamente, había que clavarlas muy bien en el suelo y dejarlas fijas, porque te calificaban todo eso. Además de lo que me inculcaron mis padres, puedo asegurar que de ahí se desprende mi disciplina, mi trabajo y respeto a los adultos mayores, la naturaleza y el medio ambiente, y mis actividades en favor de la comunidad. Tuve mucha suerte de ser parte de esa asociación.
A pesar de que era un boy scout ejemplar, en la escuela siempre fui un niño desmadroso y rebelde, aunque tenía buenas calificaciones. Estudié en la primaria Manuel C. Tello. Era la típica escuela de gobierno de aquellos años, con sus salones con ventanas que abrían hacia fuera y con varillas de metal, para que no escapáramos, como si fuera reclusorio. En los salones había pupitres de madera y de fierro que compartíamos entre dos, con un cajón donde guardábamos nuestros útiles de clase. Además de los pupitres, el único mobiliario en el salón era el escritorio de metal del maestro y el pizarrón verde al frente. Todos los días cargaba con mi mochila de piel color miel que se cerraba con un par de hebillas y que me colgaba con dos tiras de cuero que me dejaban marcas en los hombros. En el recreo, vendía los dulces y chocolates que había comprado con mi abuela en La Merced.
Los salones estaban repartidos en dos pisos y las paredes, como en todas las escuelas de aquel tiempo, eran de color verde. Al fondo del piso de abajo, estaban los baños, junto al cuarto del conserje, que vivía ahí con toda su familia. El conserje era el encargado de abrir la puerta para que entráramos y la cerraba cuando ya había pasado la hora de entrada. Si llegabas tarde, él se asomaba por una pequeña ventanita de metal y dependía de si le caías bien o mal que te dejara entrar o no. Siempre estaba de mal humor, supongo que por tener que vivir todo el año dentro de la escuela y lidiar con generaciones y generaciones de niños revoltosos.
A mis hermanos y a mí nos gustaba irnos de pinta y cruzar lo que en aquel tiempo era una carretera y hoy es avenida Zaragoza. Nos íbamos al Balneario Elba, por el Cerro del Peñón, y subíamos al cerro para jugar en las resbaladillas y nadar. De regreso, secábamos la ropa en el cerro antes de llegar a casa.
En la escuela, yo tenía fama de mal portado, siempre tenía reportes de mala conducta y me expulsaban a cada rato por indisciplinado; la realidad es que me aburría muy rápido, ese formato de escuela no funcionaba para mí. Quizá si hoy fuera niño, me diagnosticarían con déficit de atención o algo similar, pero en esa época tan sólo te categorizaban como un chamaco desmadroso e indisciplinado.
Recuerdo en particular una ocasión en que llamaron de la escuela a mi mamá. Estábamos en clase cuando el maestro nos dijo que debía salir por un momento: “Ahorita regreso. Mientras, hagan este ejercicio del libro”. Se salió, todos estaban sentados escribiendo en sus cuadernos y yo trepado, brincando como loco, en el escritorio del maestro. De repente, abrieron la puerta y entraron el profesor, la directora y mi mamá. El profesor me volteó a ver un segundo y le dijo a mi mamá: “¡Mire lo que le digo, para que vea que su hijo es un desmadre!”. Mi pobre madre estaba muy apenada: le acababan de decir que me iban a volver a expulsar y tenía que pasar la vergüenza otra vez de que la llamaran por mi falta de disciplina. En ese momento sonó la campana de recreo. Mi mamá me sacó y me fue dando con el cinturón por todo el patio de la escuela. Con cada golpe gritaba: “¡Para que sientas la misma vergüenza que siento yo cada vez que me llaman!”. Yo me hice el valiente delante de mis compañeros de la escuela y me aguanté los trancazos sin llorar. Mi mamá no dejo de tundirme hasta que llegamos a la casa, que estaba a media cuadra de la primaria.
Cada vez que me expulsaban de la escuela, tenía que ir a trabajar con mi papá al rastro. Durante toda mi infancia, recuerdo que mi padre se levantaba para ir a trabajar a las dos o tres de la mañana. Debía recorrer casi treinta kilómetros para llegar a la Industrial de Abastos, donde trabajaba como arriero en el rastro de Ferrería en Azcapotzalco, donde hoy está la Arena Ciudad de México. Toda la carne que se consumía en la ciudad —de res, cerdo y pollo— venía de la Industrial de Abastos, de donde salían diariamente los camiones para distribuir a todas las carnicerías del Distrito Federal.
Mi padre empezó desde abajo, arriando el ganado que descendía de los camiones para llevarlos a los corrales y al matadero. Era un trabajo muy duro por el que recibía un sueldo de sesenta y seis pesos a la semana. Siempre ha sido un hombre disciplinado y tenaz, pues creció con el ejemplo que le dio mi abuelo, que mantuvo a nueve hijos y construyó su casa con sus propias manos. Así, mi padre no se conformó con lo que tenía; quería darnos a mi mamá, a mí y a mis hermanos la mejor calidad de vida posible, por lo que se esforzaba mucho en su trabajo. Recuerdo que constantemente nos decía: “Necesitamos salir de aquí”. Se puso como meta mejorar sus ingresos, pero para lograrlo necesitaba subir de puesto.
Observaba y preguntaba a todos el proceso de trabajo del rastro, y cuando se sintió seguro y tuvo oportunidad solicitó que le dieran chance de trabajar en la oficina. Aceptaron probarlo, pero le dijeron que antes debía hacer un examen. Deben de haber sido momentos difíciles para mi padre, porque se estaba jugando el futuro de su familia. Aplicó el examen que le hicieron y lo logró, lo ascendieron de puesto y comenzó a trabajar como larguillero y pesador. A partir de ese momento, tuvo más responsabilidades, pero también un mejor sueldo; en su nuevo puesto, ganaba mil doscientos pesos al mes.
Acompañar a mi padre al rastro era toda una aventura. Caminaba entre los enormes corrales adonde desde muy temprano llegaban camiones y vagones de tren llenos de ganado. Ante mis ojos de niño esos corrales llenos de vacas, cerdos y borregos parecían no tener fin, y me encantaba caminar entre las reses, los camiones y el estiércol. En ocasiones, me tocaba ver a algunas reses que se habían caído en el camino y quedaban muy lastimadas pues las pisaban las demás. Mientras en la oficina mi papá hacia las cuentas de los animales que ingresaban y los que serían sacrificados para enviarlos a las carnicerías, yo me iba a ver cómo sacrificaban reses, puercos y borregos.
Presenciar la crueldad del proceso de la matanza me dejó una marca muy profunda. Arriaban a los animales con una larga vara con la que les daban descargas eléctricas para llevarlos de los corrales al matadero; a las reses que habían caído, les torcían la cola para que se levantaran y siguieran a las otras. Las llevaban por estrechos pasillos en los que apenas se podían mover hasta que llegaban al sitio donde serían sacrificadas. Ahí, las aseguraban de una de sus patas traseras con una cadena y después las jalaban hasta que quedaban colgadas con el hocico hacía abajo, para que después del sacrificio la sangre cayera en un canal. Mientras los animales se sacudían desesperados, hombres con mandiles blancos y botas de plástico completamente salpicados de sangre afilaban cuchillos de entre quince y veinte centímetros con una chaira de carnicero que traían atada a la cintura. Esos hombres les levantaban la pata derecha y les atravesaban la piel hasta llegar al corazón; la sangre brotaba del hocico y de la herida del pecho y las reses se sacudían mientras se desangraban. Muchas veces seguían vivas mientras las abrían para sacarles las vísceras. Algunas, agonizando, se zafaban de las cadenas y pataleaban en el piso hasta que las recogían y las volvían a colocar en el riel. Era brutal. Después, marcaban las reses que pertenecían a cada introductor y las guardaban en grandes refrigeradores para su venta.
A los cerdos los metían en unas enormes tinas de metal con agua hirviendo y les quitaban los pelos de la piel con unos cepillos de metal. Algunos seguían con vida mientras los tallaban. A los borregos les cortaban la cabeza mientras estaban vivos, aventaban la cabeza a un lado y el cuerpo al otro. Era un trato inhumano, pero normal para la época. Aunque era el lugar donde trabajaba mi padre y de ese rastro llegaba el gasto a mi casa, lo que vieron mis ojos de niño me dejó marcado de por vida. En esos tiempos, no existía el concepto de respeto por la vida de los animales, sacrificio humanitario, ni protocolos de higiene. Eran sacrificados de forma cruel. Años más tarde, vinieron a mi mente los procesos de matanza que vi de niño, desarrollé una conciencia del respeto a la vida y me dediqué a la defensa de los animales.
Cuando Rubén y yo éramos adolescentes, mi papá nos llevaba al rastro como castigo. Si llegábamos más tarde de una fiesta de lo que nos habían dado permiso, justo cuando nos acabábamos de acostar, mi papá nos levantaba y decía: “Si les gusta el desmadre, también les va a gustar ver cómo es ganarse la vida”. Y si lo que habíamos hecho merecía un castigo más grande, nos ponía de cargadores y estibadores. Ésa era una verdadera friega.
