Enzo Piccinini - Emilio Bonicelli - E-Book

Enzo Piccinini E-Book

Emilio Bonicelli

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Beschreibung

Era poco frecuente toparse con un cirujano como aquel.Jamás se daba por vencido. Sus ojos eran indómitos y curiosos, como los de un niño. Se atrevía a ir más allá del punto en el que otros se detenían. Si un enfermo lo requería, él se implicaba a fondo y nunca lo desasistía, aunque desde el punto de vista quirúrgico no se pudiera hacer nada más. Pero si existía una pequeña posibilidad de solución, él la perseguía con empeño. Enzo Piccinini era un gran cirujano, pero sobre todo era un verdadero amigo, un padre, no sólo para sus cuatro hijos, sino también para innumerables jóvenes a los que condujo al encuentro con el hecho cristiano. Siendo uno de los responsables nacionales del movimiento de Comunión y Liberación, con su testimonio abrío millares de corazones a la verdad y la belleza del cristianismo. Como monseñor Luigi Giussani, quien le consideraba un hijo predilecto, escribió: "Enzo ha sido un hombre que, a partir de la intuición suscitada en el diálogo conmigo hace treinta años, dijo sí a Cristo con una entrega conmovedora, con una perspectiva inteligente e integral, poniendo su vida en tensión continua hacia Cristo y su Iglesia. Lo más impresionante para mí es que su adhesión a Cristo fue tan totalizante que no ha habido día en que no buscara de todas las formas posibles la gloria humana de Cristo".

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Seitenzahl: 169

Veröffentlichungsjahr: 2011

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Ensayos

EMILIO BONICELLI

Enzo Piccinini

La aventura de una amistad

Introducción de Giancarlo Cesana

ISBN DIGITAL: 978-84-9920-565-6

Título originalEnzo. Un’avventura di amicizia © 2009 Casa Editrice Marietti S.p.A., Milán © 2010 Ediciones Encuentro, S. A., Madrid

Traducción Javier Ortega García

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a: Redacción de Ediciones Encuentro Ramírez de Arellano, 17, 10ª - 28043 Madrid Tel. 902 999 689www.ediciones-encuentro.es

ÍNDICE

Homilía de don Julián Carrón

Introducción

En el quirófano (relato)

I. Un amigo

II. El Encuentro

III. Se es padre porque se es hijo

IV. Sacrum facere

V. Cara a cara con el destino

Nota Biográfica

La Fundación Enzo Piccinini

El Grupo «Amistad»

Agradecimientos

«Buscarás cada día los rostros de los santos, para hallar descanso en sus palabras» (Didaché

HOMILÍA DE DON JULIÁN CARRÓN, Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación, en el X Aniversario del Dies Natalis de Enzo Piccinini (Lunes, 25 de mayo de 2009 - Catedral de Módena)

Si hay un sentimiento que nos une a todos esta tarde es la gratitud por haber conocido, por habernos encontrado de alguna forma con Enzo en nuestra vida. Es una gratitud inmensa hacia Cristo porque nos lo ha dado, porque lo ha engendrado para mostrarnos a todos lo que puede llegar a ser la vida cuando en uno, como en él, se realiza la frase que se puede leer sobre su lápida: «En la sencillez de mi corazón te he dado todo con alegría».

Ahora conocemos mejor el significado de esta frase, no solo porque hay quien nos la explica, sino porque sabemos verdaderamente cuál es el fruto, la intensidad, la humanidad que puede generar una sencillez como la que hemos visto en Enzo, que lo ha ofrecido todo con alegría. Esta sencillez produce una personalidad tan arrolladora, tan inmersa en la realidad, tan coincidente consigo misma en el modo de actuar, tan apasionada por todo, que diez años después de la muerte de Enzo, todos acusamos aún el impacto —incluso aquellos que, como yo, le hemos tratado menos— de haber tenido la suerte de verle en acción, de experimentar en su cercanía algún acento de esa irresistible pasión que le distinguía.

Las lecturas de hoy nos ayudan a entender qué tipo de fecundidad resulta de este «sí» que Enzo, al igual que san Pablo, había dado a Cristo. Un signo evidente de esto es la libertad. «Y entrando Pablo en la sinagoga —dice la lectura de los Hechos de los Apóstoles— pudo hablar libremente por espacio de tres meses». La libertad es la posibilidad de presentarse uno mismo por entero, sin censurar nada, «discutiendo y tratando de persuadirles acerca del Reino de Dios» (Hch 19,8). Es esta libertad de mostrarse la persona al completo, con todas sus razones, lo que permite ser tan libres. Es lo que Pablo trataba de comunicar en la forma de exponerse, en la acción de su libertad y a través de la palabra que anunciaba.

El Evangelio nos indica cuál es el origen de esto: «No estoy yo solo, porque el Padre está conmigo» (Jn 16,32). Esta libertad no es consecuencia de una osadía o de una energía propia, sino que es el fruto potente de una pertenencia vivida. Y no somos nosotros el origen de este fruto: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Esta pertenencia reproduce en el presente idéntica intensidad de vida, la misma «fiebre de vida» —por utilizar la expresión de don Giussani— que Jesús ha introducido en la historia. Para que así nosotros podamos entender, amigos míos, qué es la vida, para qué nos ha sido dada, a qué vocación hemos sido llamados: para poder dar testimonio, para poder hacer resplandecer la gloria de Cristo, es decir la belleza de una vida así, la verdad que es Cristo para la vida cuando uno lo acoge con sencillez.

A la muerte de Enzo, don Giussani se dirigió a todo el Movimiento invitándonos a pedir «heredar su misma fe». Pienso que todos podemos sentir estas palabras y este deseo de don Giussani como la expresión más adecuada para cada uno de nosotros. No deseamos más que esto. ¿Quién de nosotros, de los aquí presentes, no desea heredar esta fe?

Pidamos a la Virgen que suscite, a través del don del Espíritu Santo que Ella nos trae, testigos así, para que podamos heredar su misma fe, para que podamos seguir haciendo presente en la historia la belleza, la intensidad, la libertad que nosotros hemos podido ver en Enzo.

INTRODUCCIÓN

¿Qué decir de Enzo y de las personas que tanto he amado, y que ya no están entre nosotros? Que sus vidas son una promesa.

Enzo ha permanecido presente con tal intensidad como para desterrar la oscuridad de la muerte. De hecho, la muerte no ha tenido efecto alguno ni sobre su memoria, ni sobre su fecunda obra. Estamos rodeados de hijos suyos, de todos aquellos que, a través de él, han encontrado la vida, es decir, la afirmación positiva de un significado para todo lo que existe. Así que no se ha acabado, no se ha interrumpido, en absoluto. No se ha perdido la presencia de Enzo, sin la cual entenderíamos mucho menos lo que somos; sin la cual un pedazo significativo de nuestro mundo no existiría; sin la cual ni siquiera él mismo habría podido existir. La presencia es, de hecho, una comunicación del Ser, de su eternidad.

Enzo quería mucho a don1 Giussani, y era correspondido de la misma manera; ambos tenían temperamentos muy parecidos; pero, sobre todo, ambos tenían una gran pasión por descubrir a Cristo, por descubrir el rostro humano de Cristo, de aquel que reconstituye, que reconstituirá definitivamente incluso la fragilidad de la carne. La alegría de que Dios es misericordia: esta experiencia es la trama fundamental de mi relación con Enzo, y de la conciencia de que, en el fondo, todo nos es dado, sobre todo la posibilidad de pertenecer a un lugar de vida como es el Movimiento.

Pensando en Enzo, me viene a la cabeza una escena: él y yo rodeados por todos nosotros, por quienes aún están y por quienes, aparentemente, ya no están; si bien, por sus efectos, se da uno cuenta de que están más que antes. Cuando decimos —cuando don Giussani decía— que nuestra compañía es una amistad guiada hacia el destino, Enzo se presenta como un guía claro, sin titubeos, que ha dado su vida por la obra de Otro. Por ese Otro que, habiéndonos hecho a cada uno, nos espera.

Para concluir, me viene a la cabeza su familia: Fiorisa, Chiara, Maria, Pietro y Anna Rita. Todos ellos son también protagonistas de su grandeza, siendo por ella continuamente generados; y, en particular, Fiorisa, que ha sido partícipe de ella.

Giancarlo Cesana

EN EL QUIRÓFANO (relato)

Era poco frecuente toparse con un cirujano como aquel. Jamás se daba por vencido. Tenía los ojos indómitos y curiosos de un niño. Se atrevía a ir más allá del punto en el que otros se detenían. Si un enfermo lo requería, él se implicaba a fondo y nunca lo desasistía, aunque desde el punto de vista quirúrgico no se pudiera hacer nada más. Pero si existía una pequeña posibilidad de solución, él la perseguía con empeño.

La mañana de un domingo, una amiga le llama por teléfono desde un gran hospital de Milán: «Enzo, oye».

Paola2 estaba mal. Los médicos se acercaban a su cama para reconocerla, le palpaban el abdomen, examinaban las llagas que supuraban, echaban una ojeada a los últimos análisis, cerraban la carpeta y se marchaban. Sin decir una sola palabra. Huidizos e inaccesibles, aunque uno se dirigiera a ellos persiguiéndoles por los pasillos. De aquel caso concreto ni siquiera hacían comentarios entre ellos mismos. Mientras tanto, Paola empeoraba, le abandonaban las fuerzas, el dolor se hacía cada vez más agudo y frecuente, y los días transcurrían sin mejoría.

La habían operado dos veces en el último mes. La primera intervención había sido difícil, con muchas complicaciones imprevistas. Y posteriormente el estado de Paola se había agravado, de forma que habían tenido que volver a intervenirla de urgencia. Ahora nadie decía nada, aunque ella seguía mal; y nadie se atrevía a operarla por tercera vez ante el riesgo de un nuevo fracaso. Era mejor dejar que la naturaleza siguiera su propio curso.

«Oye, Enzo, ¿no te atreverías a intentarlo tú? Piénsalo, te lo ruego. Me temo que aquí dan el caso por perdido».

Enzo se quedó perplejo. En aquel momento estaba moviendo algunas fichas decisivas para su carrera universitaria en Bolonia. En pocas semanas debía presentarse a un concurso de promoción, y el número uno de aquel conocido hospital milanés, donde Paola estaba internada, era miembro de la comisión evaluadora.

«¿Y qué puedo hacer yo? —preguntó Enzo—. ¿Ponerme en contra de uno de los miembros de la comisión?». Así que recurrió a un tópico, un poco para eludir la cosa: «Mira, el hospital donde Paola está internada es uno de los centros de mayor prestigio de toda Italia. Son todos ellos excelentes médicos».

«Ya, pero Paola va de mal en peor. Al menos ven a verla».

* * *

El lunes por la mañana, Enzo cruzaba la puerta del hospital milanés.

— ¡Doctor Piccinini! ¿Cómo usted por aquí?

—Se trata de una amiga que está internada en su servicio. Su estado es grave. Me gustaría poder verla. ¿Y usted, como está?

Para Paola, la visita de Enzo supuso, tras días y más días de angustia, un motivo de alivio. Algún tiempo antes había asistido a una conferencia suya durante un congreso, y le impactó la pasión y la concreción con la que aquel hombre hablaba de sí y de su profesión de cirujano, sin usar los habituales lugares comunes.

Enzo la reconoció minuciosamente, junto a una doctora del servicio milanés.

—¿Te duele aquí?

—¿Y aquí?

Él iba palpando con delicadeza y mano experta alrededor de aquellas heridas que no cicatrizaban.

Había repasado varias veces con mucha atención el historial médico; tras ello, junto con la doctora, se había reunido con los colegas del servicio milanés.

Finalmente, volvió a la habitación y se sentó junto a la cama.

«Ya era hora», pensó Paola. «Al fin un médico con el coraje de pararse un momento junto a mí». Este gesto le inspiró confianza: al fin alguien que la miraba a los ojos con interés, y que le hablaba.

«Hay algo que no va bien», sentenció Enzo. «Los colegas han hecho todo lo posible, pero es evidente que existe un factor que no han sido capaces de controlar. Tienes que dejarme que lo piense. Necesito algo de tiempo para poder valorar los diversos elementos y así intentar entender tu caso. Te llamaré y te diré algo. Estate segura».

«Gracias», respondió Paola con sencillez y con un agradecimiento lleno de conmoción. Por fin un médico que le había dicho lo que ella venía intuyendo desde hacía días. «Algo no va bien». Por fin un médico que se preocupaba por ella, que buscaba una respuesta para salvarla.

—Gracias.

* * *

«¿Qué piensas hacer?» le preguntó la amiga de Paola a Enzo, mientras le acompañaba a la salida del hospital milanés; para luego añadir: «Llévala contigo a Bolonia».

«Necesito algo de tiempo para pensarlo. Te diré algo».

Aquel pensamiento acompañó a Enzo durante el viaje de vuelta a lo largo de la autopista hacia Bolonia, mientras pisaba el acelerador para no llegar con retraso a la clase de por la tarde en la Universidad. Sin quitarse del carril de la izquierda, en los carriles de la derecha iba dejando atrás a los camiones que a su vez se adelantaban entre sí.

«Sí. Parece que en Milán han hecho todo cuanto estaba en sus manos. Sin embargo... ¿Pero cómo voy a traérmela aquí, a mi servicio? ¿Cómo voy a solicitar el traslado, tratándose de uno de los hospitales más cualificados de Italia? ¡Y además el jefe es uno de los miembros de la comisión evaluadora del concurso al que me tengo que presentar! Imposible. Solo un loco haría una cosa así».

Mientras tanto, había llamado a su secretaria para que le llevara algo de comer a su despacho, «para llevarme algo a la boca antes de meterme a toda prisa en el aula».

Dando las luces largas, se hacía notar a algún coche que iba más lento y que no se apartaba del carril izquierdo, mientras llamaba a Marta para conocer los detalles de los pacientes ingresados en su servicio. «La señora de Cremona, ¿todavía tiene fiebre? ¿Cómo que no te acuerdas? Ve corriendo a tomarle la temperatura. Te vuelvo a llamar en seguida, en cinco minutos».

Pisaba el acelerador mientras hablaba con su mujer. «Estoy volviendo de Milán. Por la tarde tengo clase y reunión con los residentes. Luego la cena, y el encuentro con los responsables de los universitarios. Nos vemos por la noche, si todavía estás despierta».

* * *

Las luces del servicio se apagaban a las 22:30 h. La señora anciana de la cama de al lado dormía desde hacía un cuarto de hora, aunque con una respiración profunda. De vez en cuando se ponía a toser. Una tos seca e insistente. Paola, por el contrario, estaba bien despierta. Ni siquiera podía cerrar los ojos, a pesar de encontrarse fatal, por los dolores en el abdomen, por el temblor de piernas, por los ataques de tos de su nueva compañera de habitación, que parecía que se iba a ahogar. Pero, sobre todo, pensaba una y otra vez en las palabras de Enzo: «Te diré algo». Pensaba otra vez en el modo en el que él la había mirado. «Al fin alguien que se preocupa por mí».

Algo más de una hora después, a eso de las doce de la noche, la tos de la vecina de cama parecía haberse calmado; y Paola estaba a punto de dormirse cuando apareció una visita inesperada. La silueta de una figura se asomó a la puerta. La habitación estaba en penumbra, de forma que hasta que aquella figura no estuvo cerca de la cama, Paola no pudo reconocer a la enfermera que al empezar el turno de noche había pasado a controlar su medicación.

—Tiene usted una llamada.

—¿Yo?

—Es un médico de Bolonia que dice que ha estado aquí hoy; tiene prisa por hablar con usted.

—¿Enzo?

—Piccinini.

—Sí, soy yo.

—Paola, ¿cómo estás?

—Tengo dolores y me tiemblan las piernas.

—Lo he pensado. He valorado todos los factores. Y he tomado una decisión. Quisiera intentar curarte.

—¿De verdad? ¡Es la noticia que estaba esperando!

—Hay un problema: el tratamiento es preferible que lo hagamos aquí, en mi hospital. Te he llamado, antes de hacer una solicitud oficial, para saber cómo lo ves tú, si te sientes con fuerzas para el traslado, para afrontar en tus condiciones un largo viaje.

—Sí, sí. No me cabe ninguna duda. Me iría en este mismo momento. Ya mismo.

—Pero sabes que tu situación es complicada; que hay dificultades. Por esa razón, al principio te tendré en observación para así determinar si tiene sentido una nueva intervención. Hace falta observar con mucha atención.

—Con que haya tan solo una posibilidad.

—Si existe una sola posibilidad, daremos con ella. Estate segura. Quiero que sepas que cuando estés aquí lucharemos juntos todos los días, pase lo que pase. Mis colaboradores y yo estaremos siempre a tu lado.

—Voy, ya lo tengo decidido. ¿Cuándo?

—Mañana mismo. Y ahora vete a dormir, que es tarde. Es más, ¿qué hacías aun despierta? ¡Dios sabe qué tipo de vida nocturna tenéis por allí en Milán!

—¡La verdad es que ninguna! Bueno, sí, estaba escuchando la sinfonía de la señora de la cama de al lado —respondió Paola sonriendo; era la primera vez que sonreía en mucho tiempo—.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

* * *

El viaje de Milán a Bolonia fue largo. La ambulancia avanzaba despacio. A Paola, cada bache le afectaba. Fue un viaje silencioso, porque las náuseas que sentía le oprimían la garganta, y además el enfermero que iba a su lado era un tipo de pocas palabras. El dolor y las náuseas aumentaron cuando la ambulancia, una vez abandonada la autopista, se incorporó al tráfico de la ciudad. En cada frenazo, un pinchazo; en cada bache, una punzada. En un momento determinado, Paola empezó incluso a preguntarse si todo aquello merecía la pena, si no hubiera sido mejor quedarse donde estaba. En especial, sentía la necesidad de tumbarse en una cama, de reposar sobre algo mullido y firme.

Finalmente, la ambulancia se detuvo. Se apagó el motor y se abrió el portón trasero. Paola se encontraba mal, las náuseas casi se habían convertido en vómito, la tensión soportada le había provocado una respiración fatigosa y por su mente rondaba de forma insistente una pregunta: ¿vale la pena? Sin embargo, una vez que la pusieron sobre una cama sus dudas se aclararon por completo. La enfermera responsable, junto a Enzo y su equipo de jóvenes médicos, estaban esperándola. Los ojos de Paola se llenaron de lágrimas. Estaban todos allí, y habían organizado las citas con radiología y con el laboratorio para que antes de la noche todos los análisis estuvieran listos. No había tiempo que perder. Durante algunas horas, Paola no tuvo tiempo ni para pensar, hasta que en un determinado momento, agotada, se quedó dormida, a pesar de las náuseas, a pesar de que la llevaban en la cama de acá para allá.

* * *

La semana siguiente fue la más dura. Los dolores fueron a más, y junto con los dolores llegaron las arcadas. Paola no lograba conciliar el sueño; durante las noches, cuando conseguía quedarse dormida, en seguida se volvía a despertar. Enzo la visitaba cada día, en aquellos ratos en que su actividad en el quirófano se lo permitía, y siempre acompañado por el grupo de jóvenes médicos. Era impresionante ver la unidad y la sintonía entre ellos. Enzo siempre preguntaba a Paola por su estado físico, le explicaba los signos que se ponían de manifiesto en aquella difícil situación, observaba todo con gran atención y la animaba.

En la madrugada del séptimo día, Enzo se presentó solo y se sentó junto a la cama de Paola.

—¿Cómo estás?

—Mal —respondió Paola con un hilo de voz—.

—No podemos esperar más. Sería incluso peligroso. Correríamos el riesgo de llegar demasiado tarde. Todos los datos que hemos ido recabando esta semana apuntan a que, si no te intervenimos, nos meteríamos en un callejón sin salida, con la única perspectiva de tu muerte. Si, por el contrario, te operamos, no es seguro, no es definitivo, pero al menos existe una posibilidad de éxito. Existe la posibilidad de que te podamos salvar. Te lo he querido decir en persona y con toda sinceridad para saber cuál es tu opinión.

—Si existe una posibilidad, aun remota, si tú lo ves claro, entonces quiero que me operes.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Entonces lo vamos a programar para mañana.

—¿Para mañana?

—Si estás decidida, los datos me indican que es mejor no esperar más. Mañana operaremos.

Eran las siete de la mañana y los celadores empujaban la camilla hacia el quirófano.

Paola tenía miedo. Le temblaban las piernas solo con pensar que iba a ser operada de nuevo, y con pocas posibilidades de éxito. Se le encogía la garganta y le faltaba la respiración, y todo por miedo a la anestesia. También le había pasado las veces anteriores: mientras se iba durmiendo le parecía que se estaba muriendo. Le atormentaba el pensamiento de no volverse a despertar.

Enzo se había dado cuenta de este miedo, y aunque iba delante de ella para entrar en el quirófano se volvió hacia atrás, detuvo la camilla, le cogió la mano y le sonrió.

—Ánimo. No tengas miedo. Ten en cuenta que ahora no es cuando corres el mayor peligro. No es durante la operación. El peligro viene después. Así que estate tranquila, que seguro que te vas a despertar y nos vamos a ver de nuevo.

Paola se había sentido aliviada al cogerle la mano, por ese gesto inesperado de atención hacia ella, por aquella mirada, por aquellas palabras; así que al fin pudo respirar profundamente.

«Tienes una llamada», le dijo la amiga con la que había venido a Bolonia y que ahora la estaba acompañando hasta la puerta del quirófano. «Es para ti» y le pasó el móvil.