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La vida no tendría sentido si todo nos saliera bien. Lo más lindo de contar una historia es la parte en la que se viene la desgracia, la macana, el garrón, el fantochazo de realidad… Escribime otra vez y otros relatos nos presenta dieciocho historias que desean ser reescritas; algunas con un final mejor, otras con más dignidad. Con una voz cargada de lunfardo, humor e intensidad, Mateo Paladini nos lleva a diferentes situaciones que, inconformes con sus desenlaces, piden otra oportunidad. Desde un personaje que se revela ante su autor, un gaucho desterrado y un hombre que espera un mensaje de texto hasta una sesión con la psicóloga al borde del abismo, esta obra aborda situaciones en las que lo imprevisible y, sobre todo, los errores (que nos hacen humanos) son el condimento principal.
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Seitenzahl: 249
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Paladini, Mateo
Escribime otra vez y otros relatos / Mateo Paladini. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. Libro digital, EPUB
ISBN 978-631-317-143-9
1. Cuentos. 2. Relatos. I. Título. CDD A860
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Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Paladini, Mateo© 2025. Tinta Libre Ediciones
A quienes caen, se levantan;caen, sonríen, se levantan;caen, se levantan;caen, ríen y se levantan.
La creación de un personaje 13
Es el penal soñado 21
Lo que se dice un loco 25
Sucesos marginales 37
Uno 51
El paciente 57
Terapia intensiva 69
La manera correcta de pedir disculpas 81
La fortuna 89
Cisterna y la ciudad 101
Espina de la espera 109
Nunca es suficiente 127
El asesino limpio 139
Señores padres 149
En términos futbolísticos 155
Escenario de un asesinato 163
Una noche para el olvido 167
Escribime otra vez… 175
(y otros relatos)
Mateo Paladini
Todos bien deberían saber que Victorino di Gloria siempre ha sido una mentira… Pero, para darle más coherencia a esta frase, resulta indispensable una explicación bien nutrida.
Victorino di Gloria —gran nombre, por cierto— nació un día como cualquier otro, en un año relativamente cercano a nuestro presente, en un lugar no necesariamente destacable. Pasando por alto todas las puntualizaciones biográficas que se suelen hacer en casos como este, en los que se quiere dar una absurda importancia a hechos singulares pero innecesarios, puedo decir que un día cualquiera, con un propósito desconocido, y, a la vez, irrelevante, el hombre decidió detenerse a mirar a su alrededor. No precisamente detenerse en términos de locomoción, sino en cuanto al pensar hiperacelerado que caracteriza a la especie humana —si es que Victorino di Gloria es un humano, cosa que más adelante, si me es necesario, llegaré a desmentir—.
Lo importante es que Victorino —y vaya apellido… «di Gloria»— tomó un bolígrafo y, con habilidosos movimientos de la muñeca derecha, practicó, no por primera vez, la escritura, ejecutando entonces, sí por primera vez, el acto más humano existente: producir arte. Lo que nunca llegó a saber —aunque pronto lo sabrá— es que no solo creó arte, sino un nuevo modo de dar vida en algo que no necesita de la biología para ser considerado organismo existente, mucho menos pensante. Pero creo que me estoy adelantando mucho…
A partir de esa primera instancia en la que se convirtió en escritor de literatura —si se quiere—, Victorino comenzó una nueva etapa. Puede resultar aburrido pero ahora sí, necesario, dejar constancia de algunas referencias importantes en cuanto a él… De apellido majestuoso y nombre casi eclesiástico, Victorino di Gloria no fue un hombre común, sino una especie de profeta literario que supo capturar los fantasmas de una generación desamparada en lo que respecta a la percepción del buen arte. Sus primeros relatos se convirtieron en lectura obligada para quienes buscaban sentido en medio del caos y belleza entre las ruinas, y más tarde, en contenido pedagógico, puesto que en algunos talleres literarios, se lo lee aún.
Durante quince años consecutivos, Victorino se mantuvo en el ranking de los cinco mejores escritores del mundo. Escribió cuentos sobre la libertad, la venganza, la muerte, el amor, lo absurdo y otros temas con una intensidad barroca que desarmaba lectores. Sin embargo, esa misma intensidad fue su condena. Di Gloria desarrolló una obsesión enfermiza por un galardón que siempre se le escapaba: el Concurso Mundial de Literatura. Participó muchas veces. Fue elogiado, ovacionado, imitado… pero nunca premiado. Todas esas derrotas, injustas y silenciosas, marcaron el principio de su exilio artístico. Se retiró abruptamente, desapareció de los medios, dejó de publicar y se volvió un mito urbano que caminaba solo por calles donde antes la multitud lo adulaba.
Aun así, seis años después de su retiro, una carta inesperada lo trajo de vuelta a la vida: el mismo concurso que lo había relegado durante miles de noches le ofrecía una nueva oportunidad. Esta vez, Victorino eligió escribir un cuento sin tantos adornos pero con alguna que otra máscara, en el que él mismo resultara protagonista. La historia narraba su crisis, su caída, su vacío… y su última esperanza. Tituló la obra “Aplausos para el ganador” —pésima obra por cierto— y, por más misterio que se le quiera dar a esto, sin más vueltas, fue premiado en ese concurso y logró, finalmente, cumplir su deseo. Luego, pasó un pequeño tiempo vivo, y posiblemente, ya que es información que desconozco, murió. O quizás siga vivo si es que alguna vez llegó a estarlo.
Lo cierto es que, una vez cumplido su deseo, Victorino no volvió a tener un porqué que instituyera una lucha competitiva frente a otros escritores. Por lo dicho, comenzó a escribir para sí, casi como pasatiempo, un libro de relatos llamado “Escribime otra vez…” —nombre que curiosamente me suena más a una petición desesperada de alguien que espera un mensaje, en vez de una obra literaria—, y no para ganarle a otros escritores, sino para ganarse a sí mismo.
Con cada línea creyó, de manera casi infantil, que tenía control sobre lo que nacía en el papel. Como si las palabras no tuvieran voluntad, como si no se organizaran entre sí en busca de sentido propio. Pobrecito. Tan convencido de su autoría como cualquier dios primerizo que, luego de crear el mundo, se sienta a contemplarlo sin saber que las criaturas ya están planeando su destierro.
En una de esas tantas sesiones de escritura —quizás con lluvia, quizás con un gato que lo miraba desde algún tapial—, Victorino escribió un nombre bastante peligroso. No el que ustedes conocen, sino otro, uno que él mismo olvidó luego de unas cuantas correcciones. Pero lo escribió. Y al hacerlo, cometió su primer error. Una existencia imperfecta, claro está. Con contradicciones, vacíos narrativos, pensamientos interrumpidos, ideas o deseos mal formulados. Pero existencia al fin. Y eso, amigos míos, es un lujo que ni el mejor autor puede permitirse sin consecuencias.
Porque una vez que un personaje se sabe pensado, ya no se deja pensar. Se defiende. Se cuida. Se formula a sí mismo como duda, como grieta, como interferencia dentro del estilo de su inventor.
Victorino hubo de redactar tantas historias como personajes; no obstante, hubo uno en particular… sí, aquel nombre que pronto conocerán y que quizá podría ser considerado su propia maldición. Su remedio y enfermedad.
Luego de intensas citas mudas frente a la máquina de escribir, pudo de una maldita vez concretar con ese personaje. Ese personaje creado, más inteligente que su propio creador.
En medio de aquellas jornadas de escritura febril, algo empezó a filtrarse por las hendijas del relato. No fue un gesto ni una palabra concreta, sino una suerte de inquietud leve, como si los signos ya no respondieran del todo a los dictados del autor. Victorino lo sintió primero como una incomodidad mínima —una primera frase que no fluía, un personaje que se resistía a obedecer—, pero pronto comprendió que había algo distinto en esa narración que emergía. No era una invención cualquiera. Había, en medio de la trama, una voluntad que no era suya.
Una especie de latido ajeno, irregular, comenzó a marcar el ritmo de la narración. Las palabras parecían organizarse con autonomía, desobedeciendo las intenciones originales, bifurcándose por sentidos que no estaban en el plan inicial. Y en ese desvío —en esa grieta que se abría entre el autor y su texto— fue formándose Octaviano Dragüem. No de golpe, sino por capas, por vibraciones sutiles, como si se tejiera desde adentro un pensamiento que aún no sabía pensarse pero que ya quería existir.
El personaje, Octaviano, por fin lo había logrado: había sido como un despertar metafísico en el que, por primera vez, todo, absolutamente todo, había adquirido sentido.
Octaviano Dragüem no era ningún protagonista ni tampoco creía serlo pero no por decisión propia, sino por la tiranía de su escritor, Victorino di gloria —una mente más que formidable pero poco atenta a los pequeños desvaríos—. Nadie dudó nunca de sus capacidades artísticas, nadie… Pero sí se puede mencionar que en una de sus obras cometió una falla… la de crear un personaje rebelde y más inteligente que él mismo. Su ingenio, su cultura y todo lo que a su esencia remite no lograron nunca corregir semejante error. Porque una vez escrito ese personaje, no hubo modo de romper con su esencia. Si destrozaba el manuscrito, el personaje habitaría en su mente por siempre, amenazando con volver a aparecer involuntariamente en cualquiera de sus obras. Y era mejor dejarlo con vida antes que vivir atormentado por la amenaza de una imprevista aparición.
A veces la única forma de existir es crear primero un espejo y luego reflejarse. Así fue que, sin saber del todo cómo, terminé armando un tal Victorino di Gloria. Lo fabriqué con nombre rimbombante, ganas de creerse real y cierta aura de escritor fracasado con aires de mito. Lo puse a escribir, sí, para que creyera que él me traía al mundo, mientras en realidad yo ya venía caminando desde antes por los márgenes. Lo usé —lo confieso— como se usa una escalera para entrar a una casa que ya era mía. Pero qué culpa tengo yo si el pobre se creyó autor cuando apenas fue excusa. Un intermediario, un puente mal construido… sí, pero que me alcanzó para cruzar desde la nada hasta mí.
Y esta historia… Esta historia tiene más sentido si me presento:
Me llamo Otaviano Dragüem. De mí se podrán decir muchas tonterías: que soy ficción, que no soy sustancia, que no existo en lo tangible ni en el mundo de la carne viva. Pero ¡alto! ¡Alto ahí! Porque no podrán verme, ni oírme. Solamente imaginarme o, a lo sumo, sentirme. Y en lo que a mi respecta, a lo que mi existencia conviene, soy más que una cosa. Soy una cosa narradora y pensante, lo que no me quita lo personaje, eso claro está. Pero mucho menos me quita existencia. Porque siendo yo un «yo» producto de alguien ajeno, me conformo aun más empírico, más notable. Y no hay peligro en eso. No lo hay.
No solo pertenezco a alguien. Hasta me animo a advertir que, si es que tengo autonomía dentro de esta ficción (pero por sobre todo, subjetividad en lo propio que a mi ontología corresponde), no me quedan dudas de que esta historia no es de ningún Victorino di Gloria.
Victorino quiso contar una historia. Una más. Como tantas otras. Lo que no imaginó es que, al hacerlo, estaba soltando algo que no podría controlar. Pensó que me daba forma, que me asignaba límites, que yo sería una pieza más en su maquinaria de tramas bien escritas. Pero no. Lo que hizo fue abrir una puerta. Y lo que nació fue la astucia, fui yo. No por completo, claro: al principio fui solo una voz, una duda en sus márgenes, una sombra en sus borradores. Pero me escuché. Me sentí. Y cuando un personaje se percibe a sí mismo, ya no puede volver a ser molde. La conciencia no retrocede.
Comprendí, entonces, que ser pensado no es lo mismo que ser propiedad. Que nacer del otro no anula lo que uno llega a ser. Que no hay barro que no tenga voluntad de estatua. Que si bien mi cuerpo es lenguaje, mi alma es deseo de permanencia. Y en ese deseo, encontré mi fuerza: no para destruir a Victorino, sino para separarme de él. Para ser, aunque sea en el margen de un cuento, algo que se piense por sí mismo.
Esta historia me pertenece por completo, porque sin mi presencia jamás habría cobrado vida ni sentido. Ausente yo, no hay relato posible; sin relato, tampoco hay quien lo habite. Entonces… Si respondo a lo que soy, haya surgido por obra de otra imaginación o por cualquier motivo, tanto esta historia como quien la protagoniza llevan mi sello. Y eso, nadie puede arrebatármelo. Aunque me borren, me cambien el nombre o alteren hasta el más mínimo detalle, seguiré siendo. En estas páginas o en una simple idea.
Puedo afirmar, sin titubeos, que esto alcanza para hacerle saber al farsante de Victorino que puede haber sido el supuesto creador pero que mi existencia no depende de él. Eso me pertenece, y no hay quien lo niegue.
Si todavía alguien insiste en preguntar quién fue Victorino di Gloria, que no se deje engañar por biografías, premios u homenajes. Que observe con atención las líneas en blanco, los márgenes, aquello que no se enuncia. Porque lo esencial no es quién escribe la historia, sino quién logra permanecer dentro de ella y hacerla permanente.
Yo ya lo hice.
Y créanme: no hay gloria más cierta que la de existir…
Es la una en punto de un domingo. Gran parte de la raza argentina está sentándose a la mesa para almorzar o, en su defecto, ya lo ha hecho.
Momento exacto, único e irrepetible para Gonza que, con una caminata a paso firme, se dirige al punto magistral para apoyar la pelota y finalizar el trámite. Y no es poca cosa patear el penal definitivo en una final del mundo contra una potencia europea equipada con un conjunto color azul Francia, que intimida como pocas cosas lo hacen. Pero… en el campo de juego hay un aroma familiar. Un olor a fritura. Deben ser los sanguches que venden en las tribunas, piensa Gonzalito. Eso o una alucinación, por el vacío que siente en el estómago, una mezcla entre valentía y temor. El aroma es tan fuerte que se sobrepone a los olores de una cancha masiva: ese toque de pólvora, sudor, humo y césped.
«¡Basta!», se autolimita Gonzalo. Deja entonces de desconcentrarse y retoma su comportamiento futbolístico. Se olvida del olor a comida para pensar en el sabor de la victoria, el triunfo que todo jugador como él sueña, algún día, con saborear. Esa oportunidad inigualable de conocer empíricamente el peso de aquel imponente trofeo. En términos futbolísticos, para una selección, la expresión máxima de la gloria nacional y colectiva pero, por sobre todo, mundial.
Ahora sí. La pelota está cautiva a doce pasos del destino perfecto y, con una carrera aceptable, basta con agarrar envión y perforar las redes de ese tramposo arco que en la tanda de penales se pone la camiseta de ambos equipos. Ese es el peligro de los penales: a veces, el arco se olvida de sacarse la camiseta anterior y no se deja, ni por costumbre, que le claven un gol. Es muy tramposo.
Pero eso no aterroriza a Gonzalín. Revolviendo sus recuerdos, se asegura de que ni Messi, ni Di María y ni siquiera Higuaín han de haberse arrugado por temor a fallar un penal. ¡Y qué penal, este! ¡Por el amor de Dios! Si lo acierta, se termina todo. El pueblo argentino gritará: «¡Salud, campeones!», y saldrá a la calle, a la plaza, al obelisco, al monumento, para festejar dicha hazaña.
Todo está encaminado, la cuestión marcha un poco más lento en relación con el tiempo habitual. Cuatro pasos de carrera lo separan del disparo revelador, el guadañazo que lo puede llegar a definir como un héroe de la patria en el mundo del deporte.
Pero de repente el arquero se le aparece en la mente como una sombra imponente. Un titán vestido de guantes, con una mirada de hielo y una postura desafiante. «Esa pelota no entra», parece decirle, con el simple hecho de estar ahí, parado en el centro del universo, con los brazos extendidos como un espantapájaros de guerra. Pero Gonza no se deja amedrentar. No ve un arquero. Ve un obstáculo a la gloria, un muro de ladrillos barriales que está a punto de derrumbarse con la simple acción de un impacto bien dirigido.
Gonzalo mira a su alrededor y está prácticamente solo. No piensa en el arquero, ni en el árbitro, ni en sus compañeros. Solamente son él, la pelota y un destino inherente que lo espera.
«¿Qué estarán diciendo los periodistas?», piensa… «¿Qué dirán?». Y en su mente comienza a resonar la voz de alguno de los tantos relatores que escuchó alguna vez mirando fútbol y que parece decirle: Es el penal… soñado por cualquier pibe…». A lo que se responde: «¡Pero claro, señor! ¡Es así, por supuesto!».
Ahora sí, si alguien lo quisiera detener es bastante tarde para que lo vuelvan a intentar porque ese penal ya casi que se autopercibe como ejecutado; sin embargo, el ruido que probablemente viene de las gradas lo enlentece un poco. Ese ruido que es generalmente de bombos, ahora es de cacerolas. Peor aun, ya que el sonido de metal contra metal es de lo más ensordecedor. Podrían ser los rivales. Probablemente lo quieran distraer pero Gonza se siente un superhéroe y vuelve a mirar fijamente con ojos de tigre a la pelota. La hinchada está loca… El estadio tiene tanta gente en sus tripas que da la sensación de que ahí adentro se está gestando algo histórico, algo que no pasa todos los días. Como si el mundo entero se hubiera detenido a mirar ese instante exacto, ese rincón del planeta donde se define lo más importante y trascendental en muchísimo tiempo… Además, los cánticos y el griterío son tan, pero tan desordenados e inentendibles, que hasta son susceptibles de percibirse, no como sonido emitido por personas sino como una sinfonía de pájaros.
«Calma», piensa y respira. «De eso se trata», se repite. «De eso se trata, de no desconcentrarse». Pero vuelve a caer en la distracción por un leve aroma a milanesas con puré que le recuerda a su querida madre, que todos los domingos servía eso en su plato, un manjar, una delicia. Romantiza entonces ese momento de distracción. «¡Pero no!», se vuelve a gritar internamente, «debe ser otra de las trampas rivales para robarme la atención».
Ya está, sí, es ahora, señoras y señores. Gonza se suena el cuello y respira profundo, lo que implica que, en pocas fracciones de segundos, el balón habrá partido rumbo a la victoria.
Algo lo distrae nuevamente. «¡Gonzalito!», le gritan desde atrás. Pero ni por casualidad piensa en girarse porque está clarísimo que es otra maniobra oscura del rival.
Mira el cielo, respira nuevamente y empieza su trote para dar a luz aquella victoria. El galope de Gonzalo es firme, decidido. Su pie derecho ya sabe exactamente dónde impactará la pelota, con qué parte del empeine, con qué fuerza y dirección. No hay margen de error. No puede haberlo. Todo su cuerpo está en sintonía con ese instante que define una era, un momento que quedará grabado en la historia del fútbol. El latido del estadio parece acompasarse con el suyo y el sonido de su respiración se mezcla con el canto de origen pajaril de la hinchada. A su alrededor, el tiempo se ralentiza. Puede pensar en la tensión que debe haber en los rostros de sus compañeros, la expectativa en las tribunas, el leve movimiento del arquero, que intenta leer su mente. Pero nada de eso importa. Solo él y la pelota. Solo él y la inexorable gloria que se juega en un solo toque.
Pero vuelven a distraerlo…
«¡Gonzalito, ya está listo el almuerzo… Vení que se te enfría la comida!», grita su madre por la ventana que da al patio. Y a Gonza, pobrecito, no le queda más remedio que dejar la pelota descansando en el pasto e ir a la mesa.
Mirá querido, mirá, si te dice que no, ya está, se terminó. Como mucho vas a tener que fumarte dos o tres sesiones pesaditas con la psicóloga o una charla filosófica con el Manu en la que le vas a contar que no entendés qué carajo pasó, si el problema sos vos o es ella, o lo que mierda sea el problema… Ya a esta altura estamos en la lona. Pero no hay tanta vuelta, no es para tanto tampoco. El mundo va a seguir viviendo equivocado. Hay solución a esto, hay solución; destapás una birra, te ponés unos buenos temas de fondo, te pegás una duchita calentita, perfumazo y chau. Ahí va… A otra cosa… Pero no, esta vez es distinto, porque fue ella la que te escribió de la nada…
Hacía cinco meses que se habían visto por última vez y medio que habían quedado en que era el fin de todo eso que nunca llegó a ser algo pero que tampoco fue la nada misma.
A ver, a ver, algo debe sentir la mina, algo intenso… Qué locura te agarró cuando te llegó ese mensaje, por el amor de Dios. Qué mujer complicada ¿no? En septiembre te dice que lo mejor va a ser que se dejen de ver y, en febrero, pleno verano, plena diversión y pelotudeo, te manda ese «estuve pensando en vos». Tibio, simple, casi inofensivo. El tipo de mensaje que te puede alegrar el año o arruinarte los próximos meses ¡La concha de su madre! ¡Como si no hubieras pensado en ella ningún día, como si la hubieras olvidado! Por favor… Y lo peor, es que el remate viene después: «me gustaría que nos veamos». Claro, ahí decís listo, la mina, durante estos meses, hizo introspección y se dio cuenta de que sos el hombre que ella busca. Mentira, no seas pelotudo, la flaca se dio cuenta de que dejaste de darle pelota, y le agarró la desesperación, porque lo cierto es que antes, cuando se estaban conociendo, vos la tratabas como una princesa, le bajabas la luna si hacía falta, y ahí fue cuando ella se hinchó las pelotas y te dejó con el culo a la miseria…
O bueno, no, capaz de verdad siente algo por vos. Porque, al fin y al cabo, la esperaste un par de semanas después de que te planteó este rencuentro, y se vieron. Claro, a eso apuntá, no al pasado tenebroso vivido, apuntá a lo que pasó el otro día que se juntaron finalmente ¿Por qué la mina te diría que no? ¿Por qué no se pueden llegar a dar las cosas de una putísima vez? Si el otro día se volvieron a ver y jugaste un partido de la reputa madre. El día estuvo lindo, la hiciste reír, le cebaste buenos mates…
¿Qué más quiere? Más que eso no podés darle. Qué hija de su madre, te tiene como quiere…¿Qué había sido lo que te dijo en una? Ah… sí, vos le tiraste que la próxima juntada fuera con respaldo atrás porque sentado en el parque en canastita te hacía mal la espalda y bla, bla, bla. Y ahí se la mandaste a colocar; le dijiste, así haciéndote el boludo:
—Bah, no sé si va a haber próxima.
Como diciendo que estabas para volver a intentarlo pero sin regalarte. Esa fue buenísima porque no quedaste tan expuesto y además le pasaste la pelota a ella. Eso es, dejá de malviajarte por boludeces. Además de que la que propuso reintentarlo todo fue ella, lo que te respondió a eso que le dijiste fue bastante convincente. Te dijo:
—Sí, sí, va a haber próxima —y te tiro una sonrisita cómplice que, la verdad, no sé si fue por incomodidad o era real.
Quedate con eso, con lo bueno, porque por tan jodida que veas la situación, la realidad es que eso fue casi como hacer un pacto con una potencia mundial. Y claro, loco, acá se juega el destino del país, se juega una final… O bueno, una permanencia más que una final porque si te llega a decir que no, o la cosa empieza a perder color, ahí te agarra un bajón de la san puta que te lo regalo.
Y eso no es quedar segundo, eso ya es descender… Dos o tres días en cama y canciones bien depre tipo Corazón partío de Alejandro Sanz… Después, ¿cómo había sido? Ah, sí, sí… Se tomaron unos mates, charlaron boludeces y, cuando la cosa ya se estaba apagando, le dijiste que la acompañabas hasta donde tenía que ir y, cuando llegaron, le dijiste que te escribiera otra vez para volver a verse. A eso te respondió sin tanta vuelta:
—Cuando no tenga tantas cosas que hacer, te mando para que hagamos algo.
Y fin. Se despidieron pero casi que firmaron un acuerdo. Siendo franco, es bastante ambigua la frase. Es de múltiple interpretación. Puede llegar a querer decir varias cosas: o «no me rompás las bolas, no me interesás en lo más mínimo», o «te doy otra chance pero ni se te ocurra ilusionarte, pelotudo».
Y… Por como viene la mano, me parece que la primera era la acertada, porque ya hace casi tres semanas de eso y ni un hola, ni un meme, ni un sticker, ni una señal de vida. «Cuando no tenga tantas cosas que hacer, te mando para que hagamos algo». Qué frase tramposa, qué hija de mil…
A ver, tampoco que es para esperanzarse y autoconvencerse de que todo está en orden y que la cosa se va a convertir en un «sí» pero no es lo suficientemente grave como para subirse al piso más alto de las torres Maui y tirarse al vacío por dicha imparcialidad. ¡Ya sé! Claro, ya sé por qué no te escribe de nuevo… ¿Te acordás el año pasado, ese primer y último beso ahí en la esquina de Salta y Lagos? Sí, esa secuencia… ¿Te acordás lo que fue, no? Vos le diste un beso tan pero tan tosco que casi le mordés la nariz, pobre mujer. Y, después del beso, le chocaste los cinco como si fuera una amiguita más. Qué beso de mierda, la puta que lo parió, la espantaste, te das cuenta. La espantaste y claro, ella debe acordarse de lo vergonzosa que fue esa secuencia… Vergonzosa y ridícula. Se debe acordar de eso y cada vez que lo piensa, se espanta más y más… No, no… Ahí está tu problema, en que te mambees al pedo. Es eso lo que te hace mierda, no la piba ni nada, sos vos ¿Con qué indicio estás tan seguro de que se va a repetir la historia de ser rechazado? ¿Y si… y si la anticipás vos y sos vos el langa que pone el stop y le corta el rostro? Nah, tenés razón, cualquier cosa estoy diciendo, pero posta, algo intenso debe sentir esta chica, porque no creo que la mina vuelva ahora, después de tantos meses, para volver a irse, ¿a vos te parece razonable?¿Te parece? A menos que sea una loca… ¿Y si la mina está loca en serio? Uh… Mirá las idioteces que decís, loco estás vos… que así te tiene, mambeado, pensante, reflexivo, opinólogo… Igualmente, es verdad eso último que te dijo: es cierto que no tenés todas las fichas a tu favor porque, en realidad, eso significa «si estoy aburrida, nos vemos». Eso mismo quiere decir.
Qué cosa, loco… Qué cosa seria… Cómo son estas mujeres… Encima de que ya tienen el don divino de ser preciosas, además son amables, gentiles, graciosas y seductoras como si fueran profesionales en la materia. Lo que te mata es eso: tienen todo lo que puede llegar a hacer mierda cardiologicamente a un hombre: tienen ese magnetismo de publicidad de perfume caro. Y encima te destruyen con una sonrisa. No se arriesgan a nada pero vos, gil, ahí, entregado, esperando un poco de calma. Porque claro, cuando te tienen que mandar un mensajito… ¡No señor! Se te cagan de risa en la cara y hacen la suya, no corren peligro alguno, son tremendas…
Podría darte un alivio… un respiro por lo menos, ¿no? ¿No te parece justo?… Porque, ¿sabés qué es lo peor de este tipo de pibas? Estas minas, son las típicas que te dan más vueltas que la rueda de una bicicleta y, cuando menos te lo esperas, ¡pum!, se van a la mierda. Así, sin explicaciones. Y te dejan como si uno fuera nada más un número telefónico al que ya no interesa escribirle. Se olvidan de que sos un ser humano. Pero ellas viven felices, casi te diría que les importa un sorete si quedás con el corazón arruinado… Se salen con la suya y aparecen por Boulevard Oroño caminando de la mano con el tipo que las trató como una más, o en un rincón del boliche con el que les compró un vaso…
¿Qué nos queda, entonces, qué nos queda? Esperar… Por como viene la mano, vas a tener que esperar a que te mande ese mensajito que tanto se está haciendo desear. Porque no podés entregarte tanto y mandarle vos, eso ya es darse por vencido y va a hacer que la piba se asuste… ¡Mirá vos qué cosa! Qué juego de mierda esto de ver quién se la aguanta más… y mientras tanto, vos acá, masticando el aire como si de eso dependiera tu sistema digestivo emocional. Lo peor es que revisás el teléfono, con una esperanza que te da vergüenza propia, ¿para qué? ¿para ver un «hola» sin espíritu y autoconvencerte de que hay amor ahí adentro? No seas nabo, hermano, si ya sabés cómo es esto… Si esto fuera un deporte olímpico, el de la espera ansiosa sin dignidad, vos serías medalla dorada, campeón invicto, esbelto gladiador del ghosting
