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Las terribles imágenes grabadas en el puerto de Barbate la noche del 9 de febrero de 2024 fueron un aldabonazo para la sociedad española. Ese día descubrimos cómo los narcos del Estrecho, con naves más rápidas y sofisticadas, embestían y hundían una zodiac de la Guardia Civil, asesinando a dos guardias e hiriendo a otros dos. Todo ello con el apoyo y jaleo de un numeroso grupo de ciudadanos. Quedaba claro que el Estado estaba perdiendo la lucha contra el narcotráfico en su punto más sensible. Estrecho. La frontera salvaje del narco español supone la mayor investigación sobre cómo las fuerzas policiales intentan defendernos de la principal amenaza externa a nuestro país. Juan José Mateos nos ofrece información de primera mano sobre operativos que nos dejan sin aliento. También hace algo de historia para explicarnos cómo hemos llegado hasta aquí y propone soluciones para resolver el problema. Mientras no se aborde de manera prioritaria este problema de orden público e internacional España seguirá siendo el eslabón débil de una de las fronteras más salvajes del mundo. La mitad de los ingresos del autor de esta obra se destinará a los huérfanos de los guardias asesinados por los narcos en Barbate.
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Seitenzahl: 500
Veröffentlichungsjahr: 2025
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JUAN JOSÉ MATEOS
Es guardia civil por vocación. Perteneció al GAR entre 1999 y 2005. Una vez retirado del servicio activo como consecuencia de las secuelas del atentado de la ETA que sufrió el aeropuerto de Reus, ha dedicado su tiempo a mantener vivo el recuerdo de las víctimas de esa organización terrorista.También estuvo destinado en policía judicial (EDOA) donde desempeñó servicios contra el narcotráfico en el Estrecho.
Es autor de Pikoletos. La derrota de la ETA y la élite de la Guardia Civil, best seller por el que se le puede considerar historiador oficioso del GAR. También ha publicado con Arzalia Ediciones un testimonio desgarrador de los familiares de asesinados por la banda en Inocentes. Las otras víctimas de la ETA. Además de dedicar los beneficios de la venta de sus libros a la lucha contra el olvido, la mitad de lo que recaude con esta obra lo destinará a los hijos de los guardias civiles asesinados por los narcos en Barbate.
Las terribles imágenes grabadas en el puerto de Barbate la noche del 9 de febrero de 2024 fueron un aldabonazo para la sociedad española. Ese día descubrimos cómo los narcos del Estrecho, con naves más rápidas y sofisticadas, embestían y hundían una zodiac de la Guardia Civil, asesinando a dos guardias e hiriendo a otros dos. Todo ello con el apoyo y jaleo de un numeroso grupo de ciudadanos. Quedaba claro que el Estado estaba perdiendo la lucha contra el narcotráfico en su punto más sensible.
Estrecho. La frontera salvaje del narco español supone la mayor investigación sobre cómo las fuerzas policiales intentan defendernos de la principal amenaza externa a nuestro país.
Juan José Mateos nos ofrece información de primera mano sobre operativos que nos dejan sin aliento. También hace algo de historia para explicarnos cómo hemos llegado hasta aquí y propone soluciones para resolver el problema.
Mientras no se aborde de manera prioritaria este problema de orden público e internacional España seguirá siendo el eslabón débil de una de las fronteras más salvajes del mundo.
La mitad de los ingresos del autor de esta obra se destinará a los huérfanos de los guardias asesinados por los narcos en Barbate.
ESTRECHO
Juan José Mateos
La frontera salvaje del narco español
Estrecho
La frontera salvaje del narco español
© 2025, Juan José Mateos
© 2025, Arzalia Ediciones, S. L.
Apartado de correos 3286. Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
ISBN: 978-84-19018-63-2
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Producción del ePub: booqlab
www.arzalia.com
Cubierta
Juan José Mateos
Estrecho
Título
Créditos
Índice
Glosario
Introducción
1.
Barbate
2.
Cómo llegamos al Estrecho
3.
La batalla contra el narco
4.
Mis inicios
5.
Objetivo EDOA
6.
Una vida perra
7.
La frontera salvaje
8.
Bautismo de fuego
9.
Operación Búho
10.
Desembarco en Algeciras
11.
El principio del fin
12.
Detenciones en cadena
13.
Narcovuelos
14.
Siempre GAR
15.
Gomas, fardos y muerte
Epílogo
Unax
Agradecimientos
Cubierta
Índice
Inicio
Carmen, Dorian, Axel, vuestros padres son realmente unos héroes; sus nombres y la causa por la que les arrebataron sus vidas de la manera más cruel quedarán escritos eternamente. Ellos, desde algún lugar, no solo nos observan, sino que también nos protegen, de modo que debéis estar muy orgullosos de ellos.
Esta historia, del todo real, quizá no habría visto la luz si el día 9 de febrero de 2024, en la localidad de Barbate, mis compañeros no hubieran respondido con una de las mejores armas que tenemos las personas normales y corrientes —en este caso, los guardias civiles— cuando hay escasez de recursos, esto es, ¡la persuasión!
Así las cosas, este libro está dedicado a todos los compañeros caídos y heridos en acto de servicio y, especialmente, a David Pérez Carracedo y a Miguel Ángel González Gómez. Siempre Presentes, Hermanos, Compañeros.
Aguador: Individuo pagado por una organización delictiva para dar aviso de quién entra en la zona donde desarrollan sus actividades.
ARS: Agrupación Rural de Seguridad.
Binomio: Equipo formado por dos guardias civiles para trabajar de manera conjunta.
Bolsa: Elemento que se utiliza como cobertura, con publicidad de cualquier establecimiento de la zona por donde se está trabajando.
CAE: Centro de Adiestramientos Especiales.
Cantar: Dar novedad por transmisiones cuando se espera cualquier maniobra de los objetivos; por ejemplo, una salida del domicilio, de un establecimiento, un encuentro en una cita para un pase de droga, etc.
CECOR VIGMAR: Centros de Coordinación para la Vigilancia Marítima de Costas y Fronteras.
Centrar: Localizar el domicilio o lugares donde residen y se mueven uno o varios objetivos.
Choriceras: Narcolanchas semirrígidas, con base de aluminio panelable, con goma hinchable alrededor y fardos unidos con una maroma; si, por circunstancias, algunos tenían que lanzarse al mar, quedaban flotando como los tradicionales chorizos de las matanzas cuando los colgaban. Este tipo de embarcaciones, cuando llegan a tierra y se descargan, son abandonadas.
Ciaboga: Cambio de sentido o giro que realiza una embarcación; en este contexto, para intentar darse a la fuga en una persecución.
CNI: Centro Nacional de Inteligencia.
Cobertura: Apoyo a través de personal u otros medios.
Coche de carga: Vehículo, en general un todoterreno robado, empleado para acudir al desembarco de los fardos y transportarlos hasta la guardería.
Colocar: Sospechar un objetivo que un vehículo oficial o cualquier componente del equipo pertenezca a la Guardia Civil.
Contra: Vigilancia que los objetivos realizan para intentar detectar la presencia de los guardias civiles o policías que realizan seguimientos o controles.
COS: Centro Operativo de Servicios.
Desmontar: Finalizar un operativo dentro de cualquier servicio u operación.
DGT: Dirección General de Tráfico.
ECO: Equipos contra el Crimen Organizado. Trabajan en el ámbito de una comunidad autónoma.
EDOA: Equipo de Delincuencia Organizada y Antidroga.
EDR: Equipos de Despliegue Rápido.
En estático: Servicio u operativo que se realiza sin moverse, permaneciendo quieto para intentar pasar desapercibido en un lugar determinado.
Extensible: Defensa o bastón telescópico de dotación oficial.
GAR: Grupo de Acción Rápida.
GEAS: Grupo Especial de Actividades Subacuáticas.
GIFA: Grupo de Información Fiscal Antidroga.
Goma: Embarcación de construcción ilegal, con una estructura semirrígida compuesta por aluminio en su parte baja y goma hinchable en la superior para darle flotabilidad.
También «gomón».
GREIM: Grupos de Rescate Especial de Intervención en Montaña.
GRS: Grupo de Reserva y Seguridad.
Guardería: Lugar secreto donde las bandas almacenan hachís o cocaína antes de distribuirlos. Es muy complejo descubrir su ubicación; solo determinados miembros del clan la conocen.
Guardero: Persona encargada de la seguridad de la guardería.
También «guardés» o «guardián».
Lanzadera: Vehículo que circula por delante (avanzada) de otros que van cargados de hachís, cocaína o cualquier otra sustancia prohibida y tiene por objeto avisar con antelación de la presencia de dispositivos policiales a quien transporta la mercancía.
Marrano: Individuo, a sueldo de un clan, que da cobertura, información o apoyo de cualquier tipo.
Matrícula PGC: Placa de matrícula que comienza con la sigla que identifica a los vehículos oficiales que la portan como pertenecientes al Parque de la Guardia Civil.
Montar: Iniciar un operativo dentro de cualquier servicio u operación.
Mula: Traficante de droga cuyo objetivo consiste en transportarla de diferentes maneras; una de ellas puede ser introducírsela en el cuerpo.
OCON-Sur: Organismo de Coordinación de Operaciones contra el Narcotráfico.
Operación: Investigación contra el delito organizado que busca desarticular o neutralizar las organizaciones criminales a través de la detención o captura de sus jefes o cabecillas mediante operativos policiales y de inteligencia. Tiene una duración que va desde días hasta meses o incluso años.
Operativo policial: Servicio policial dentro o no de una operación. Consiste en apostaderos, esperas, seguimientos, grabaciones, cercos, detenciones, etc.
Pantocazo: Golpe sobre el agua que da el casco de una embarcación al caer tras haberse elevado mientras navegaba.
PEFE: Polígono de Experiencias para Fuerzas Especiales.
Pelotazo: Introducción de un buen cargamento de hachís o cocaína.
Pepino: Término empleado en el argot de la calle para referirse a un vehículo de altas prestaciones.
Perla: Aparato de transmisiones que se introduce en el oído para comunicarse entre los componentes de un equipo.
Perrero: Guía de perros, especialista que dirige a los compañeros caninos.
Petaquero: Individuo que, a bordo de una embarcación, realiza labores de carga, transporte y suministro de las narcolanchas en el mar.
Poner rabo: Iniciar un seguimiento a un objetivo bien a pie o en vehículo.
Precursor: Producto con el que se corta cualquier sustancia psicotrópica, o material que se emplea no solo para mezclarla o cortarla, sino también para ponerla en el mercado.
Punto: Lugar de vigilancia que utilizan los narcos para controlar o desembarcar la mercancía.
Término empleado también por los guardias civiles para designar sus lugares de apostadero, espera o vigilancia.
Puñal: Dirección que toma un objetivo.
Reventón: Finalización de la operación después de alijar o cuando se cierra la investigación relativa a una organización. Consiste en el asalto a los domicilios de los integrantes o de las personas vinculadas y su detención, la aprehensión de mercancía, documentación y todo tipo de material, automóviles, embarcaciones o aeronaves.
Rotativo: Aparato luminoso que emite destellos utilizado por los vehículos policiales o de emergencia.
SAI: Servicio de Asuntos Internos de la Guardia Civil.
SAER: Servicio Aéreo de la Guardia Civil.
SAR: Secciones de Acción Rápida.
SEMAR: Servicio Marítimo de la Guardia Civil.
SIGC: Servicio de Información de la Guardia Civil.
SIVE: Servicio Integrado de Vigilancia Exterior.
Tieso: De frente, recto. Se emplea cuando un objetivo al que se persigue no varía el sentido de la marcha.
UAR: Unidad de Acción Rural.
UCO: Unidad Central Operativa. Trabaja en España y en el extranjero.
UDYCO: Unidad de Drogas y Crimen Organizado.
UEI: Unidad Especial de Intervención.
USECIC: Unidad de Seguridad Ciudadana de Comandancia.
Vuelco: Robo de cualquier sustancia psicotrópica por parte de un clan, o mafia, a otro.
El asesinato de dos guardias civiles —Miguel Ángel González Gómez y David Pérez Carracedo— en el puerto de Barbate el 9 de febrero de 2024 fue un aldabonazo para la sociedad española, uno de esos hitos que marcan un antes y un después. Una enorme narcolancha se había refugiado en el puerto huyendo de la mala mar y de la guardia civil, encarnada, en este caso, por una goma de muy inferior calibre a la embarcación de los traficantes. Como si de una siniestra corrida de toros se tratara, la nave enemiga embistió en varias ocasiones a la de la Benemérita; en la última de ellas asesinó a dos compañeros del cuerpo.
Con ser grave lo ocurrido, lo que quizá provocó más nuestra indignación fue comprobar cómo una nutrida audiencia de espectadores situada en las dársenas del puerto, jaleaba a los narcos. Era el mundo al revés, los delincuentes ensalzados y los defensores de la ley escarnecidos; era el síntoma de una enfermedad moral que transcendía la simple delincuencia. Fue ese día, viendo las imágenes con profundo dolor y tristeza, cuando decidí publicar un libro que denunciara esa situación. Es en lo que ha acabado convirtiéndose Estrecho. La frontera salvaje del narco español.
Precisamente por lo anterior, durante su elaboración decidí donar la mitad de los derechos de autor de esta obra a los tres huérfanos de los dos compañeros asesinados. Una pequeña contribución y un gran homenaje a sus padres.
El estrecho de Gibraltar simboliza y engloba la frontera sur de España. Es uno de los tres o cuatro espacios de encuentro entre el primer y el tercer mundo en el planeta, con toda la tensión que eso representa.
No solo es una frontera de cruce de seres humanos en busca de una vida mejor, sino la principal vía de entrada de drogas en Europa. Desde hace décadas, el hachís procedente de Marruecos (primer productor mundial) atravesaba este espacio; sin embargo, hace pocos años comenzaron a operar clanes que introducían cocaína, mucho más rentable y peligrosa.
En este libro no solo se expondrán en detalle operaciones y operativos policiales, muchos de ellos desconocidos, sino que contamos con algunas de las mejores fuentes de información sobre la materia a pie de calle.
Comienzo el relato con mis años en el EDOA (Equipo de Delincuencia Organizada y Antidroga) de Inchaurrondo, que me llevó a mi primer contacto como guardia civil con operativos antidroga en el Estrecho. Para entender lo que suponía este trabajo baste decir que, de los guardias civiles que intentaron acceder a esa unidad, muy pocos fueron capaces de superar el período de adaptación. Todos éramos voluntarios y solo había un tipo de vida: muchas horas de servicio (en ocasiones, más de veinticuatro seguidas) y una disponibilidad total. Había pocos descansos y se pasaban largos ratos en plena calle, en el mejor de los casos dentro de un vehículo. Incluso los jefes, en ocasiones con veinte o treinta años de servicio a sus espaldas, también chupaban calle.
Mención especial requiere la formación del llamado OCON-Sur (Organismo de Coordinación de Operaciones contra el Narcotráfico), una unidad creada en noviembre de 2018 específicamente para combatir a las mafias del Estrecho que habían adquirido una fuerza y agresividad imposibles de contrarrestar por parte de las comandancias de la zona.
La breve historia del OCON-Sur fue la de un éxito rotundo. De la mano del GAR (Grupo de Acción Rápida), entre otros, se consiguió doblegar a unos narcos que empezaban a creerse imbatibles e impunes. Quien mejor explica un cambio de este tipo es el malo perseguido. Sabemos, por conversaciones pinchadas, que rápidamente percibieron el cambio que representó ese organismo en su día a día.
Sin embargo, el final de la unidad no puede ser más triste: disuelta sin mayor explicación policial o política, no bastaba con esta arbitrariedad, sino que se pretendió manchar la honorabilidad de quien la dirigió acusándole de corrupción con pruebas falsas. Afortunadamente las supuestas pruebas eran muy endebles, chapuceras, y se podrá desmontar el intento de linchamiento, pero no recuperar la actividad del OCON-SUR.
Gracias a mis fuentes he podido tener acceso, y compartir con vosotros, un buen puñado de imágenes y vídeos, que nos permiten visualizar mucho de lo que se cuenta en el libro, desde persecuciones trepidantes en el mar, hasta helicópteros con pilotos de primera categoría, pasando por los grandes aliados que son los compañeros caninos (con el mítico Shulo a la cabeza) o diversos ejercicios de adiestramiento y asaltos a viviendas.
Un guardia civil que trabajó más de media vida en el Estrecho, me contó que los abuelos de algunos de los traficantes eran pescadores que vivían con muy poco dinero y que sus hijos empezaron con el contrabando de tabaco para vivir mejor:
Nos respetaban como nosotros a ellos y, a no ser que se salieran de madre, nos les hacíamos caso; pero entonces sus hijos se pasaron al hachís, compraron coches caros, casas lujosas, y dejaron de respetarnos, incluso alguno mató a compañeros en tiempos recientes. Esto ha degenerado mucho…
Hoy en día no hay un solo policía, agente de aduanas o guardia civil que esté libre de sufrir cualquier represalia directa de las mafias del Estrecho; son amenazados, acosados y agredidos; algunos se dejan corromper y son encarcelados y expulsados; otros han fallecido en accidentes, en homicidios, en asesinatos; eso les ha pasado a compañeros de todas las especialidades, desde los que ocupan destinos burocráticos hasta los que están en unidades especiales. Pero es que hasta la población civil sufre esta lacra. Un paraíso hecho para el descanso, como es Marbella, se ha convertido en escenario de tiroteos propios de una serie de televisión.
Un último mensaje para los malos: aunque penséis que siempre vais por delante de la Guardia Civil, la tecnología ha hecho posible que mis compañeros ya no tengan que seguiros; quizás no haga falta que miréis desde las ventanas de vuestras «ratoneras», ni tampoco que al salir a la calle toméis medidas de seguridad para intentar descubrir quién espera para dar la novedad e iniciar el seguimiento; quizás tampoco se precise que paséis por las rotondas más de una vez para intentar descubrir si alguien os sigue, etcétera; pero lo que sí debéis tener muy en cuenta es que cuando menos lo esperéis, cualquier USECIC (Unidad de Seguridad Ciudadana de Comandancia) muy bregada como la que manda mi amigo Mocholí en Madrid, el GRS (Grupo de Reserva y Seguridad), el GAR o incluso la UEI (Unidad Especial de Intervención) os reventará la puerta y no os dará tiempo ni a poneros los gayumbos o, a lo peor, puede que otro clan que llegue antes que mis compañeros os torture y asesine, y no solo a vosotros, sino a vuestras mujeres e hijos, u os despedace para que vuestro cadáver no pueda ser identificado. Ese es el resultado de lo que habéis hecho con algunos lugares de este país maravilloso.
Espero que estas páginas os atrapen y que, después de leerlas, quede claro que la mayoría de los políticos no conocen, o no quieren conocer, la realidad de los problemas de seguridad ciudadana en nuestro país, sobre todo del más grave en estos momentos: el narcotráfico y las mafias del Estrecho.
El clan de Antón
¿Os imagináis que por vuestro pueblo o ciudad alguien se paseara con una cría de león como si fuera un perrillo? Hace unos años, no muchos, al inicio del nuevo milenio, Antonio Vázquez Gutiérrez más conocido como Antón, no tenía ningún complejo en sacar a pasear a su cachorro de león. Su poder, según él, estaba por encima de todo; ese fue uno de los condicionantes para que tiempo después fuera detenido, el resto de los clanes de la zona y, cómo no, la guardia civil, «los chicos de David», fueron los que le dieron la puntilla.
Un compañero, me cuenta cómo era su vida, la de los guardias y las familias en el Puesto Principal de Barbate en esos años:
—El cuartel estaba sitiado, estuvo casi dos meses cerrado, los de arriba tomaron la decisión de que el GRS o ARS (Agrupación Rural de Seguridad, los antidisturbios, entre otros cometidos) asumiera todas las labores de seguridad ciudadana para patrullar por el pueblo y la demarcación, quizá si la ETA no hubiera estado tan activa en esa época, se lo habrían encargado al GAR y te hubiera tocado bajar a ti. Tanto las familias como nosotros mismos estábamos bajo un hostigamiento constante: nos increpaban, amenazaban, agredían y no podíamos trabajar como en cualquier otro pueblo de la Comandancia de Cádiz.
»La situación era crítica, el GRS se tuvo que emplear a fondo para intentar restablecer el orden; pasaron muchos días hasta que las patrullas de Seguridad Ciudadana pudieron reanudar sus servicios. En realidad nunca se ha vuelto a la normalidad, lo que pasa es que en esos años la información no circulaba tan rápido como hoy, las redes, los medios o pseudomedios digitales no estaban al nivel actual; hoy está el GAR y sus funciones se orientan directamente a la lucha contra el narco y el crimen organizado.
Llegué a Barbate después del año 2000, ya conocía todo lo que allí se movía y enseguida tuve contacto con la droga y los narcos.
Otro compañero me cuenta que por entonces conoció al teniente.
—Enseguida hice amistad con él, tenía perfecto conocimiento de cómo éramos los guardias y poco a poco fue dando forma al EDOA para intentar golpear a los narcos. Él se había criado aquí en la zona; tanto a mí como a otros compañeros nos dio instrucciones para podernos reclamar y comisionar, así que transcurrido un tiempo empecé a trabajar con él.
»Los Castañas no eran de Barbate, sino de la Línea. En esos años el que controlaba todo en Barbate era Antón y su familia, entonces era un traficante emergente, salió hasta en la tele, se paseaba con el cachorro de león, no tenía carnet de conducir y circulaba con un todoterreno; el último modelo que tuvo, un Toyota, era cojonudo. —Más adelante entenderéis por qué mi compañero valora tanto su todoterreno.
»Antón vivía en Zahora, al lado de los Caños de Meca. Era muy difícil controlar esa casa y toda la zona por donde ellos entraban y salían, ya que hay un largo camino de acceso que ellos tenían muy vigilado y para nosotros era muy complicado; aun así nos buscamos la vida para montar apostaderos y esperas, ya sabes, como siempre con pocos medios y echando muchas horas, pero los trincamos en varias ocasiones. A su padre, que era el jefe del clan; al hermano, el Celu, todos muy conocidos en la zona; luego tuvo un hijo y también cayó, en los años 2006 a 2008 que es cuando este clan estaba fuerte. Los medios de comunicación tenían otros intereses y, como te explicaba antes, la información no iba tan rápido; también estaba muy activa la ETA, que, como bien sabes, acaparaba casi todos los titulares, y el narcotráfico se miraba de otra manera.
»Como en todas las operaciones, aquí jugábamos mucho con los confidentes y las fuentes, aunque la envidia es el deporte nacional y el resto de los clanes no podía competir con este; Antón y su clan se hicieron de oro, ya que la zona a la que tenían acceso exclusivo era mucho mejor que otras y por ese litoral metían todos los pelotazos. Los marroquíes solo confiaban en este clan y le daban casi todos los cargamentos, tenía las mejores embarcaciones; en esos años meter 1000 o 1500 kilos era lo más, hoy ya sabes que meten 3000 o 4000 kilos como si nada.
»Antón era el rey, tenía los mejores pilotos, pero no contaba con que «David» venía de Barbate, había estado allí unos años, tenía muy buenas fuentes y se fiaban de él. Yo también hice de las mías, quedábamos con ellos y nos largaban buena información; eso sí, a cambio de pasta. Que se intervenía algo bueno y había bastantes detenidos, más pasta; ya sabes, gratificaciones que había que solicitar por conducto reglamentario: teníamos que escribir informando que, según la fuente X o fuentes vivas, al día siguiente, o cuando fuera, se iba a introducir un alijo en la zona que fuera, luego tenían que conceder la gratificación; eso sí lo miran con lupa los políticos, lógicamente.
»Así se movía todo, ir por el pueblo con ese carrazo o con el león y llevar ropa que costaba una pasta cuando el resto de los traficantes o clanes no podían mover nada o casi nada le creaba enemigos a Antón y ahí nosotros activábamos las operaciones; los confidentes nos daban detalles de dónde escondía los coches para el traslado de la mercancía, incluso el teléfono que utilizaba. En aquellos años todavía hablaban por teléfono de sus cosas sin problemas, después, en los juicios, se dieron cuenta —por las diligencias de las transcripciones de las escuchas telefónicas y las advertencias de sus abogados— de que no era seguro y empezaron a utilizar los SMS. Acuérdate de que nosotros también empezamos a intervenir los mensajes y así los atrapábamos, hasta que a su vez cayeron en la cuenta. Eso sí, al que nos pasaba la información se le dejaba bien claro que si estaba metido en el tráfico de drogas, también caería y así era.
»Eliminabas a un clan y otro ocupaba su hueco, aunque algunos han logrado mantenerse con lo mínimo. Entonces apenas había vuelcos, eran familias y se respetaban pese a todo; los vuelcos llegaron años más tarde cuando entraron en España otras mafias de América, del este de Europa o emigrantes marroquíes afincados en Francia, Países Bajos, etc. Para nosotros el objetivo era destruir clanes y los resultados están ahí, a pesar de todo lo que hicieron luego para desmantelar el OCON-Sur.
»Las escuchas telefónicas eran muy importantes y eso llegaba cuando los jueces tenían claro que lo que les presentábamos estaba bien atado. Las confidencias era lo que nos daba la posibilidad de iniciar las operaciones; no nos cantaban dónde estaban las guarderías del hachís, llegar a ellas era casi imposible. Los coches que utilizaban eran robados y los ocultaban en zonas de monte para que, en caso de localizarlos, no los pudiéramos vincular; lo que hacíamos era balizarlos cuando había una autorización judicial y así el seguimiento era mucho más sencillo.
»Como llegar a las guarderías era tan complicado, había que investigar y hacer lo posible para localizar los vehículos que robaban para transportar la mercancía y ocultaban en zonas de monte, las fuentes vivas nos decían: “Por la parte del Carril del pirata o San Ambrosio, al lado de la venta Luis, han dejado escondido un coche de carga”. Empezábamos a batir la zona con mucho cuidado para que los vecinos no sospecharan, pues algunos de los que vivían allí seguramente estaban pagados o formaban parte de los clanes. Si los confidentes nos daban la información precisa, lo que normalmente es complicado, montábamos el operativo para acudir al lugar. Como la mayoría de las veces no conocíamos el punto exacto, había que localizarlos.
»Eran bosques o zonas muy extensas, nos llevaban los compañeros en vehículos intervenidos hasta un lugar, y allí echábamos la tarde como si estuviéramos paseando por el monte. A algunos puntos ni siquiera podíamos acceder con los vehículos y para que no nos viese nadie de la zona, nos metíamos campo a través; otras veces los informadores nos daban instrucciones para localizarlos: “Ir hasta el cruce de la venta, cogéis la senda izquierda, subís hasta que empieza el desnivel, hay unas peñas desde las cuales se observa la costa, justo debajo hay una zona muy espesa, allí están. Cuando lleguéis, veréis el camino que utilizan ellos para acceder a donde desembarcan”. Te podías perder y no encontrarlos, hoy día con los drones y otros medios es mucho más sencillo, pero entonces no había nada.
»Cuando por fin los localizábamos, teníamos que sacar las coordenadas si era complicado localizar el lugar, pues en muchos casos habíamos tardado horas. Regresábamos y teníamos que solicitar las autorizaciones judiciales a toda prisa para poder colocar las balizas y diligenciar lo que ocurriera después. Esa misma noche volvíamos con el material para balizarlos; en ocasiones si se demoraban las autorizaciones, no daba tiempo, utilizaban esos coches y había que empezar de nuevo con otro soplo y en otro lugar.
»En general, los del clan o los encargados de robar esos vehículos no los controlaban, por entonces confiaban en que, como estaban en lugares tan escondidos, nadie podría acceder a ellos fácilmente. Tampoco entonces los clanes tenían los medios para localizar las balizas; me refiero a las raquetas detectoras que manejaron años después. Al igual que con los teléfonos y los SMS, los abogados les avisaban por las diligencias policiales, de ese modo los traficantes se buscaban la vida para actuar antes que nosotros. Para ellos sus abogados son fundamentales, por eso les pagan muy bien. Como esos vehículos estaban en el monte y no en una propiedad privada, legalmente estaban abandonados.
»Desde donde iniciábamos la marcha a pie hasta llegar a los vehículos en el monte se podían tardar horas por una ruta asegurada para que nadie nos observase; por el contrario, los miembros del clan con sus todoterrenos circulando por los caminos hasta la zona de desembarco de la droga llegaban en cuestión de quince o veinte minutos. Los escondites siempre estaban en una segunda línea de costa, en montes o pinares cercanos; eso también lo teníamos muy en cuenta al localizarlos para cuando se activasen. El problema es que hay decenas de puntos de desembarco en esa demarcación, por la zona de Barbate, Zahora, Los Caños de Meca, etc.
»En general, las descargas las realizan en noches con viento de Levante y buena luna: la embarcación entraba en la zona, hacía varios intentos para que los del clan que estaban en tierra pudieran observar si había patrullas o movimientos de personas o vehículos. Si después de varios intentos no observaban nada, se acercaban a la zona y, al mismo tiempo, avisaban a los encargados de mover los todoterrenos para que se pusieran en marcha.
»Nosotros alguna noche antes habíamos hecho la aproximación, en algún caso el confidente nos había comunicado el día en que iban a dar el pelotazo, por lo que teníamos claro el lugar. Cuando anochecía nos echábamos al monte y con mucha precaución, evitando los caminos por donde hubiera casas, y previendo que por la noche se tarda bastante más, improvisábamos el recorrido por el monte y fuera de los caminos. Podíamos echar toda la noche entre la ida y la vuelta, una vez en la ubicación había que colocar las balizas en lugares adecuados, que no estuvieran muy dentro de la carrocería, pues el metal hacía que no llegase la señal. Teníamos todo estudiado; al principio, cuando las empezamos a utilizar, para asegurar que no se perdieran, las colocábamos en el chasis, pero no llegaba la señal que emitían. Si las perdíamos era un trastorno, por la enorme burocracia; una vez colocadas, teníamos que llamar por teléfono, en el silencio de la noche, para que desde la base comprobaran que la señal funcionaba. Más de una vez hubo que regresar al lugar para cambiarlas de sitio.
»Otras veces, como no sabíamos el día concreto y las balizas estaban colocadas, teníamos que tirar de otros recursos. En aquellos años las intervenciones telefónicas eran muy útiles, casi fundamentales. Habíamos comprobado todos los movimientos de los cabecillas de los clanes: si habían cogido el barco desde Algeciras u otro lugar para cruzar a Ceuta o Melilla y reunirse con el moro para cerrar el trato y las fechas. Si habían movido alguna embarcación de recreo para ir a buscar a alguien, montábamos servicios para localizarla; si la veíamos navegando, la señalábamos, ya que podía ser la que utilizaran para trasladar la droga.
»Años después, cuando se creó el OCON-Sur, también se balizaban las embarcaciones; al principio tenían que venir de Madrid los compañeros de la UCO, pero luego, como no podían estar viniendo cada dos por tres, hicimos cursos para aprender y se creó un equipo de apoyo; es una pena que se cargasen el OCON-Sur. Había que acceder a los embarcaderos, esperar el momento adecuado para entrar y meter las balizas en esas embarcaciones; teníamos bastante claro dónde seguramente no mirarían.
»Colocarlas para que pudieran emitir era un trabajo meticuloso; al principio no sospechaban, pero con el paso del tiempo ocurría como con el resto de los aparatos tecnológicos, con las diligencias y a través de los abogados se enteraban de todo. Después de esto montábamos los operativos, apostaderos, puntos de observación y de reacción. Era un trabajo muy complicado; ya sabes cómo está el tema del narcotráfico aquí —me comenta.
«Nos pasaban una confidencia e inmediatamente nos reuníamos y montábamos un dispositivo; la gran mayoría de los alijos se intervenían con buena luna y viento de levante, siempre y cuando la mar estuviese en condiciones. Si todo salía bien y se lograba detener a varios narcos, se tiraba de toda la información y en un tiempo determinado se acababa con el clan. Esto podía llevar meses, o incluso años si la estructura era internacional. A veces la falta de continuidad o la nula cooperación de otros países hacía que la operación se malograra.
Continúa el compañero, describiendo los obstáculos de diversa índole con los que se encontraban:
—Había que montar un apostadero en una zona dominante para observar todo el litoral posible, los que formaban los clanes nos tenían, y tienen, muy controlados; ponían a chavales con ciclomotores para seguir a las patrullas desde que salían del cuartel, otros se colocaban en lugares estratégicos por si los compañeros accedían a las zonas de descarga o sus alrededores, incluso en la bases de helicópteros, tanto nuestras como de Vigilancia Aduanera o de la Policía Nacional, controlaban cuándo iniciaban un vuelo, y lo mismo con el servicio marítimo. A nosotros nos llamaban los Secretas.
»Era muy complicado montar esos apostaderos o esperas, salíamos muchas horas antes y esperábamos a que oscureciera; como ya teníamos varios vehículos intervenidos, utilizábamos algunos que creíamos que no conocían. El que montaba el apostadero, en este caso yo, cogía la cámara térmica, se abrigaba bien y buscaba el punto que, si había dado tiempo con antelación, tenía establecido para lograr la máxima visibilidad posible; preparaba la mochila con ropa de abrigo, pues la noche se hace larga, y otro compañero le llevaba a una zona determinada, caminaba un buen rato con mucho cuidado y se aproximaba sin que nadie le viera, ya que ellos lo controlan todo. Es muy triste que en muchas ocasiones no contáramos con otras unidades de apoyo de comandancia; la experiencia nos enseñó que las «ratas» (los guardias corruptos) podían echar por tierra muchas horas de servicio.
»El SIVE (Sistema Integrado de Vigilancia Exterior) es muy útil, consiste en un radar que controla el mar y las embarcaciones que se aproximan al litoral. Los compañeros destinados a esos cometidos lo ven en pantallas que son bastante efectivas, ya que pueden observar si las embarcaciones están cargadas de fardos. En general las narcolanchas salen de Marruecos desde lugares donde no hay puertos, se dirigen a zonas de nuestro litoral en las que tampoco hay instalaciones portuarias y navegan para intentar sortear al SIVE. Si los compañeros las detectan, avisan al COS (Centro Operativo de Servicios) y estos, al Servicio Marítimo para intentar detenerlos.
»En una ocasión, tras una información sobre un posible alijo muy importante, y después de montar todo el dispositivo, hubo un apagón en la comandancia y esos dispositivos quedaron inservibles hasta que pudieron subsanar aquella supuesta avería, pues resultó que uno de los guardias destinados en la central era corrupto, un clan le pagaba por pasar información. Justo antes de iniciar el dispositivo, se ausentó y desconectó el diferencial; los compañeros lo solucionaron, pero entretanto se metieron varias choriceras con miles de kilos de hachís. En otras ocasiones ese mismo guardia corrupto daba avisos a los clanes a través de un teléfono móvil o mediante SMS. A raíz de hacerle un seguimiento, fue detenido, condenado y expulsado del cuerpo.
»El teniente montó su equipo, incluso con compañeros del Marítimo, les proporcionó una semirrígida intervenida muy potente y trabajaban de paisano. A veces, cuando había que montar un servicio para alijar, contaba solo con la gente del equipo de confianza, y ni siquiera avisaba a la central, todo lo hacíamos nosotros, es muy triste.
»En otra ocasión se detuvo a un guardia que daba apoyo a un clan. Cada vez que metían mercancía, rajaban las gomas y las abandonaban; cuando los compañeros hacían la primera línea de mar al inicio del servicio, las encontraban, lo que quería decir que habían metido un pelotazo en la zona.
»Ese guardia corrupto del que te hablo llamaba al cuartel con su teléfono móvil para informar de que había encontrado varias embarcaciones. Se empezó a sospechar porque cada vez que avisaba y acudían los compañeros, se encontraban con que los motores de las choriceras habían desaparecido; resultó que él mismo era quien se los llevaba y los revendía al clan. Fue detenido, condenado y expulsado. Siempre hay que contar con una minoría de corruptos; aunque suelen acabar cayendo, suponen un problema añadido para nuestro trabajo.
»Los clanes solían hacer los desembarcos de madrugada, coordinados con otros miembros que tenían en tierra para controlar que en la zona no hubiera ningún movimiento ni de personas ni de vehículos. En pocos minutos toda la comitiva desembarcaba los fardos, los subían a los vehículos y los llevaban a la guardería. También realizaban los desembarcos a las horas del relevo de las patrullas, ya que conocían perfectamente los horarios. En caso de montar algún servicio fuera de los tiempos habituales, como tenían personal del clan en la zona, si observaban algo sospechoso, se lo comunicaban a los de la choricera, estos se daban la vuelta y regresaban a Marruecos.
»Un día yo estaba montado en el apostadero con la cámara térmica; había llegado bastante antes de la hora prevista. El objetivo de aquella noche era intervenir la mercancía y detener a algunos de los que participaban para poder iniciar una operación, también investigar a los miembros del clan y, posteriormente, intentar dar el reventón para anularlos. Una vez montado el servicio, pasara lo que pasara, había que mantenerlo hasta después de las 6:00 o 6:30 h, que era el último relevo. Como te he comentado, cuando querían meter mercancía también aprovechaban los cambios de turno, incluso ya en horas diurnas.
«Cuando ya llevábamos varias horas montados observé que se acercaba una embarcación, el resto del equipo de momento no había cantado nada de lo que ocurría en tierra, seguramente no había movimientos importantes. Por precaución, no perdí de vista aquella embarcación, yo era el único que podía cantar si llegaban a la costa. El teniente decidió hacer el operativo solo con el equipo, no dio novedades ni a la central (el COS o el SIVE en esta ocasión). En ocasiones, este último no detectaba las embarcaciones, pues tenían muy controlado el estado de la mar y, a poco oleaje que hubiera, se ocultaban entre las olas y pasaban desapercibidas. Si estabas pendiente y entraban por tu zona, los que estábamos en tierra apostados (yo con la cámara térmica) los veíamos bien; había que centrarse en una embarcación, aunque en una noche ellos meten ocho o diez; es lo que hay.
»La diferencia entre el visor nocturno y la cámara térmica es importante, con el primero no apreciamos los objetos que trasmiten calor y hay que aguzar la vista de noche. Era de los pocos medios que nos proporcionaba la Guardia Civil, ¡cuando llegaban! La ropa la poníamos nosotros tanto para el frío como para el agua, ya que en el EDOA íbamos de paisano. Algunos «marranos» por costumbre se quitaban los trajes de agua y los dejaban en las choriceras que abandonaban tras la descarga. Después de una noche en que pasamos un frío de cojones, le propusimos al teniente quedarnos con ellos para no tener que gastarnos nuestro dinero comprando prendas de esas características; él, por supuesto, no puso problemas, demasiados tenía ya para intentar que nos pagasen alguna productividad (ya sabes que aquí el exceso de horas se hace «por amor a la patria» o casi).
»Después de aquel apostadero ya teníamos trajes para el frío y el agua. La experiencia nos hacía trabajar como siempre habíamos hecho, dando directrices solo al equipo; otras veces, algunos de estos servicios eran coordinados y realizados con los compañeros especialistas de Fiscal, que son los que dominan perfectamente la zona. Como es lógico, los jefes se guardaban parte de la información y, según iniciábamos los dispositivos, iban aportando datos sobre la marcha para que todo transcurriera sin sobresaltos.
Volviendo a la narcolancha localizada, continúa el compañero:
—La vi avanzar despacito, acercándose, al momento daba la vuelta y regresaba mar adentro. Tomaban medidas de seguridad para ver si en la zona había movimiento; nosotros seguíamos ocultos, el resto del equipo había realizado una aproximación a una zona lejana, los vehículos, que eran todos intervenidos a otros traficantes, estaban ocultos lo más cerca posible; en el mejor de los casos estaban a pocos kilómetros para si finalmente entraban las choriceras, reaccionar y llegar a la zona enseguida. Era complicado, había que esperar justo el momento idóneo, y teníamos experiencia, pues se nos habían escapado en muchas ocasiones. Realizaban esas maniobras varias veces, la vi acercarse de nuevo, las instrucciones eran claras, esperar, tener paciencia, ya que si lográbamos incautar mercancía y detener a varios, el juez nos daría autorizaciones y ese clan, según el confidente, era el de Antón.
»La embarcación enfiló hacia una zona del litoral que teníamos más cerca y controlada, entró en tierra y pude ver cómo aparecía la cuadrilla corriendo y varios vehículos. Esas embarcaciones no eran como las que utilizan hoy, que pueden dar marcha atrás o maniobrar de manera muy rápida, una vez en tierra ya no salían, tenían un solo motor de entre 30 y 60 caballos. El resto de los compañeros también tenían claro cuando saltar a la playa, date cuenta de que nos habían dado información de la zona no del lugar exacto.
»Empezaron a descargar fardos, yo contaba: uno, dos, tres…, así hasta diez; era el procedimiento para que la embarcación no pudiera salir a la mar de nuevo. Las choriceras, eran muy utilizadas en esos años. ¿Sabes por qué las llaman así? Colocan todos los fardos en la embarcación y a través de las agarraderas que tienen para portarlos, cargarlos y descargarlos, se va metiendo una cuerda por abajo, a la vez que los atan a los flotadores de la embarcación por encima, haciendo zigzag; esto ejerce presión contra el suelo de la embarcación, que son láminas de aluminio unidas, panelables, y así aguantan los golpes de mar. Si ven que la cosa va mal, cortan la cuerda en varios puntos y lanzan algunos fardos, que fondean en el mar unidos por esas cuerdas, creando una imagen parecida a la de una ristra de chorizos de la matanza colgados.
»A veces colocaban bolitas de localización submarinas para recuperarlos con GPS. Pero, si soltaban más de la cuenta, al menor golpe de mar la embarcación se desmontaba y se hundía, con el consiguiente peligro para la tripulación; una vez en tierra, cuando descargaban varios fardos ya no podían navegar. Las choriceras las usaban con mala mar porque navegan despacito y aguantan bastante bien; en cuanto a las semirrígidas, las utilizan cuando la mar está mejor, por ser muy rápidas, y cuando hay mala mar, se refugian cerca del litoral, por eso ocurrió lo de Barbate.
»En el momento en que descargaban diez fardos, yo daba la novedad y todos a correr. Nuestros vehículos se acercaban a la zona para intentar cortar el paso a alguno de los suyos; los compañeros que estaban de pie apostados fueron corriendo a por los porteadores. Yo veía que todavía no se habían percatado, aunque en pocos segundos lo harían. Con las transmisiones abiertas, daba novedades de por dónde escapaban. Cuando los porteadores se dieron cuenta ya tenían encima a los compañeros; detuvimos a varios, el resto huyó corriendo hacia el interior.
»Nuestros vehículos, que eran todoterrenos, se aproximaron a toda velocidad campo a través, ahí todos teníamos claro cuál era nuestra misión: la mía, observar y dar novedades; la del resto, unos ir a por los que cargaban y otros, a por los conductores. Esa noche las cosas salieron muy bien; dejaron un todoterreno abandonado, se recuperaron todos los fardos —ya no recuerdo cuántos kilos fueron— y con los detenidos presentados en el juzgado y toda la mercancía intervenida, el juez de turno nos autorizó a ampliar diligencias, con lo que empezaba otro trabajo diferente.
»Era muy difícil llegar a la guardería. Con la información que teníamos después de realizar las detenciones, lográbamos vincular a otros miembros del clan. Teníamos autorización para, en caso de localizar otros vehículos de carga, instalar alguna baliza. A nuestros informadores les llegaban las gratificaciones, pues los de arriba estaban satisfechos con los resultados y, a la vez, les pedíamos más información a cambió de más gratificaciones. Estos otros traficantes nos iban aportando confidencias, pues en realidad lo que buscaban era que les quitáramos de en medio al clan de Antón, ya que controlaba toda la zona.
»Nosotros, en aquellos años, para intervenir 1000 o 1500 kilos —como máximo—, necesitábamos buenos confidentes, investigar mucho y tener suerte; mientras, el clan lograba meter miles de kilos más, de manera que, aun perdiendo a varios de sus miembros, les salían las cuentas. Años después empezaron a meter cocaína con los mismos métodos que el hachís; lógicamente es mucho más rentable. Hasta que dieron ese paso, los cárteles de Centroamérica y Sudamérica, además de los grandes puertos, utilizaban a las mulas.
»En esta etapa, en el EDOA, no hacíamos muchas operaciones contra el tráfico de coca. Recuerdo una a la que llamamos Baquero: un centroamericano metió una maleta por el aeropuerto de Jerez; uno de los pantalones vaqueros y parte del resto de la ropa estaban impregnados de coca. Se le alijaron seis kilos con ese método y, después de la detención, iniciamos una investigación y detuvimos a varios individuos por toda España. Se trataba de una organización internacional que poco a poco se iba expandiendo a otros lugares fuera de Galicia; nosotros íbamos abriendo frentes y ampliando nuestras bases de información, ya que en esos años todavía no introducían coca con narcolanchas, eso ha ido llegando después.
»En esa larga etapa las escuchas telefónicas eran muy importantes, a veces no llegábamos a obtener toda la información precisa, estaban muy resabiados, pero las fuentes eran vitales, y después de meterles mano y detener a varios, empezábamos a controlar a los jefes del clan. Antón era muy «echao p’alante», el gitano y sus familiares tenían que seguir con la empresa, viajaba a Marruecos para negociar los cargamentos. El teniente conocía bien sus métodos, lo estábamos controlando en la medida de nuestras posibilidades. Todos los días Antón se paseaba por Barbate para que lo vieran con su Toyota último modelo; él y los suyos campaban a sus anchas, pero cuando tenían que moverse para introducir los pelotazos era diferente, lo hacían tomando medidas de seguridad.
»Le montábamos esperas, los métodos de entonces no eran como los de años después, y mucho menos como los que se utilizan hoy. Controlar los accesos a su casa era muy complicado, pero aun así, teníamos nuestros sistemas. En cuanto le perdíamos la pista en el pueblo uno o varios días, como sabíamos que iba a Ceuta o Melilla para reunirse con los productores de hachís, controlábamos los embarques y también los vehículos que utilizaba, pues no siempre llevaba el suyo; de esta manera vinculábamos a otros miembros del clan. Él no se fiaba de nadie, esas reuniones las hacía en persona, buscábamos a nuestros informadores y algunos nos daban lo que necesitábamos. Era previsible que unos días después de regresar metiera de nuevo otro pelotazo y ahí estábamos nosotros.
Como todos los malos, Antón y su familia acabaron cayendo y mi compañero estaba allí:
—En la zona de la Breña, que es un parque natural que rodea Barbate, con bosques de pinos y marismas, escondían los todoterrenos robados, no los ocultaban en naves o fincas privadas, pues en ese caso a los propietarios de las mismas los vinculábamos y con el tiempo eran detenidos. Los cabecillas de los clanes tenían mucha experiencia y no caían en esos errores; había que montar batidas sin que ellos nos controlasen, era un rompecabezas, y a la vez nosotros, con el teniente al frente, nos buscábamos la vida para llegar a ellos con los métodos de siempre.
»Teníamos que llegar hasta los todoterrenos y ocultar las balizas sin que ellos se dieran cuenta, ni siquiera debían desconfiar o tener la mínima sospecha; en cuanto lo teníamos claro, colocábamos varias chicharras. Una vez balizados los vehículos, había que esperar a que se moviesen, eso se traducía en horas de retén; como teníamos informadores, también algunas veces coincidía que su información resultaba muy útil. Cuando había movimiento nos poníamos en marcha, llegamos a tener un vehículo adaptado para poder llegar a esos puntos y desde dentro montar una vigilancia con la cámara térmica.
»Intervinimos bastantes cargamentos y detuvimos varias veces a Antón, algunas por tráfico de drogas o delitos contra la salud pública y otras por blanqueo de capitales. Lógicamente su «reinado» fue decayendo, se detuvo a todos, desde su padre, que era el que había iniciado el negocio (había sido pescador muchos años antes), hasta sus hermanos y su hijo, cuando era menor de edad, aunque cayó años después. Su sobrino Daniel, Piticlo, también fue detenido; quiso heredar todo y terminó como la mayoría, como otros traficantes de Barbate que empezaron a hacerse con el negocio tras la caída de este y otros clanes.
»Una de las veces que detuvimos a Antón, utilizamos su Toyoya Land Cruiser, que ya teníamos intervenido. No sé cómo le sentaría ver que su vehículo preferido era utilizado para todo lo contrario de aquello para lo que él lo usaba. Ese todoterreno participó también en operaciones contra otros traficantes y confidentes que dieron información para que él fuera detenido. Era un vehículo excelente, que estuvimos utilizando durante mucho tiempo.
»Antes de formar el OCON-Sur, hicimos decenas de operaciones por toda nuestra demarcación; después, con él en marcha, y en un tiempo muy inferior, en apenas cuatro años, se realizaron muchas más operaciones en todo el campo de Gibraltar y Andalucía con repercusión a nivel nacional e internacional.
Otros clanes: los Odero y el Follarranas
Hay nombres que, igual que Antón, son muy conocidos en el Estrecho; se hicieron mediáticos. Dicen que se inspiraron en Iván Odero para hacer alguna película. «Los chicos de David», mis compañeros, conocen bien a él y a su hermano, y sus maniobras para introducir el hachís desde Marruecos, lo estudiaron todo meticulosamente.
—Son de Sanlúcar y cuando empezamos a arrinconarlos en el mar se fueron más arriba, hacía el Guadalquivir. Lo conocen perfectamente, montaron unas estructuras que a día de hoy siguen utilizando los narcos y, de momento, por la ausencia de medios, que nunca terminan de llegar, no hay manera de desmontarlas. Es más, hace tiempo que por el Guadalquivir también introducen cocaína.
»A Iván Odero lo iban a buscar con una embarcación de recreo y lo transportaban hasta sobrepasar «el barco del arroz», que está encallado cerca de Chipiona, en la desembocadura del Guadalquivir; hace tiempo se averió y allí ha quedado. Era el punto de referencia, una vez allí él se hacía cargo de una narcolancha, como si fuera el práctico del río, metía la primera carga, la desembarcaban y acto seguido la gente del clan lo llevaba de vuelta con otra embarcación de recreo al punto de inicio. Con él iba un moro como seguro de carga; en una misma noche llegaba a meter diez embarcaciones cargadas por el Guadalquivir para una o varias organizaciones; le pagaban más que a nadie, porque era el que mejor conocía el recorrido y dominaba las semirrígidas.
»También hubo que realizar un trabajo enorme para lograr detenerlo, como con todos. Por entonces, hacia 2010, Iván tenía una casa de madera impresionante en la parte de Bonanza, era muy llamativa por su color rojo; cuando la registramos, vimos que la tenía llena de productos muy caros y los armarios llenos de ropa sin estrenar, con las etiquetas puestas; todos caían en los mismos errores. En gran medida se le detuvo por los informadores y porque se le hizo un seguimiento a su novia. Todas las operaciones se basaban en lo mismo, buenos confidentes, medios tecnológicos y recursos humanos, chupar calle y dispositivos.
»Hasta llegar el OCON-Sur en esta demarcación había varios traficantes moviendo mucha mercancía, se creían infalibles; cuando cayó el clan de Antón, los Odero y otros, enseguida los que estaban por debajo se fueron haciendo más fuertes. Los moros pagaban a quien les moviera la mercancía, cuando se enteraban de que le metíamos mano a uno, inmediatamente se ponían de acuerdo con otro que consideraran de fiar.
»Recuerdo al Follarranas, que metía los pelotazos por El Palmar, una playa de Vejer muy famosa entre los surfistas. Este narco no se cortaba: introducía los fardos por el paseo marítimo, lleno de farolas encendidas; todo el clan se coordinaba tomando como referencia el restaurante Pájaro Verde. A la hora en que iban a meter el hachís, cortaban la luz de todas las farolas hasta ese punto; ese era el aviso para que entraran todas las embarcaciones.
»Nosotros teníamos balizado el coche que supuestamente él iba a conducir, cuando vimos con los medios de seguimiento que se ponía en marcha, activamos el dispositivo y entramos andando desde Conil, no por la playa, sino por lugares desde donde no se nos pudiese ver, pues ellos lo tenían todo controlado como siempre. Íbamos por un camino cercano, en el que está la torre de Castilnovo, ese era el primero de sus puntos de control.
»En el momento en que el coche se ponía en marcha, nosotros también; a la altura de El Palmar de Vejer había que cruzar el río, andando, nadando o como pudiéramos, ya contábamos con ello, pues era la mejor manera de pasar desapercibidos. Toda la información que nos habían dado los confidentes se iba cumpliendo y coincidía también con lo que habíamos escuchado en las intervenciones telefónicas: efectivamente, se iba a meter a la altura del restaurante el Pájaro Verde.
»Al cruzar el río se nos perdieron las transmisiones, los del punto de su guarda nos vieron; aun así posteriormente fuimos capaces de detenerlos. El todoterreno de carga salió del lugar del alijo, varios de los que íbamos a pie intentamos cortarle el paso por la carretera y parte del equipo, con los coches intervenidos del EDOA, le siguieron mientras se daba a la fuga. No podíamos iniciar la persecución antes ni desde un punto más cercano, ya que algunos de los que controlaban se hubieran dado cuenta, habrían abandonado la carga y, posteriormente, también los todoterrenos.
»Esto nos pasó muchas veces, recuerdo que ese día tuvimos una persecución muy caliente. Salimos con varios vehículos intervenidos para intentar alcanzarlos; como estaban camuflados y eran muy parecidos a los nuestros, ellos no se aclaraban. Era de noche, circulábamos sin luces por los carriles y caminos cercanos, intentábamos no tocar los frenos para que no se apreciara ninguna luz, lo cual es complicado, ya que el peligro no era solo para nosotros; lo bueno era que por allí a esas horas no circulaba nadie.
»Cuando ya estábamos cerca de ellos, encendimos las luces e iniciamos la persecución muy de cerca; como veían que no eran capaces de dejarnos atrás, abrieron el portón y empezaron a tirar los fardos, cada uno pesa de veinte a treinta kilos, si te llevas uno por delante es como golpear una piedra de ese peso. Lo peor era que lo hicieran en carreteras por las que circularan otros usuarios; a ellos les daba igual, su objetivo era escapar.
»Los seguíamos por un camino de arena, ellos con las luces encendidas. Apurábamos aquellos todoterrenos intervenidos, que iban de lujo y eran muy fiables, a diferencia de los oficiales; nos agarrábamos donde podíamos.
El compañero narra la trepidante persecución:
Dale, que se pierden, como salgan a la carretera estamos jodidos pues estos matan a cualquiera. Acorta por aquí, que este camino llega también a la carretera; lo único ten cuidado al acceder que hay desnivel. De lujo, los tenemos; no te pegues mucho que frenan y nos los comemos. ¡Cuidado, cuidado!, que abre el portón; nos tira los fardos… Pégate, pégate que así no le das opción; cuidado, joder, que tira otro. Mira a ver si puedes adelantarlo y lo bloqueamos, que este anda más que el suyo. Ya les digo a los de atrás que cuando los adelantemos se peguen más. Otro fardo, cuidaaado… Joder que gira, se sale, se sale… ¡Hostión!
»Ese día se salieron de la carretera y tuvieron un accidente; frenamos observando cómo el todoterreno daba unos botes enormes por las dunas, junto a la carretera. Nos aproximamos todo lo rápido que pudimos para que no escaparan; volcaron, dio una vuelta de campana ya a menos velocidad y el vehículo quedó sobre las ruedas. Estaban los dos dentro, llenos de arena; no fueron capaces de abrir las puertas de un lado, los fardos que no habían podido tirarnos eran un obstáculo. No reaccionaban, aunque comprobamos que nos hablaban. Los detuvimos y menos mal que estaban ilesos, pues sus abogados son implacables.
»No todos los días eran así, después de meter los pelotazos había tensión, esa noche todo salió bien e inmediatamente pasamos a organizar el reventón.
»Antes del reventón el Follarranas había llamado a su hermana —estos clanes eran familiares— para darle instrucciones, una vez introducida toda la mercancía. Como teníamos intervenidos los teléfonos, pudimos escuchar lo que le decía:
Tienes que pagar a los obreros de lo de la cocina, del baño, de los dormitorios…; dale a cada uno lo que te digo: a Paco, a Miguel y al Tuerto, dales tres; cuando vengan el cojo y los suyos, dales cinco, y a los chicos de Barbate dales siete. —Le preguntaba la hermana: “¿Bueno, y de dónde se lo doy?”—. De lo nuestro —respondía él—, a los primeros por lo de la cocina, al cojo y los demás por lo del dormitorio; ya sabes, dales a unos tres, a otros cinco y al resto siete.
»Cuando llegamos a la casa de la hermana, al registro, ya íbamos con todo bastante claro; estas operaciones se hacían lo más rápido posible, las noticias volaban entre los colaboradores del clan. Había que intentar detener a todos a la vez o que transcurriera el menor tiempo posible. En esos años no estaba el GAR ni otras unidades para realizar todas las detenciones como cuando llegó el OCON-Sur.
»Entramos en la casa de la hermana, la detuvimos y le preguntamos: “Bueno, ¿dónde está el dinero?”. Ella nos decía: “No lo sé, yo no tengo dinero, lo justo para tirar”. Hicimos el registro con los perros y encontramos táperes escondidos en la cocina, el baño, el dormitorio del niño y el de matrimonio. Esta era la clave de las transcripciones de las llamadas telefónicas.
»Creo recordar que en esa operación hubo cerca de veinte detenidos. La noche del pelotazo cayeron seis o siete en total: los del punto, uno del clan, el moro y el Follarranas, que iba conduciendo. Esa noche se arriesgó a transportar toda la mercancía, era su carga y era muy grande; no cayó por casualidad, a él también le vendieron otros clanes. Fue algo extraordinario porque normalmente al jefe del clan no se le lograba detener cuando metían el pelotazo, se hacía después, cuando se llevaba a cabo toda la investigación y se ataban todos los cabos. Hoy es diferente, pues hay muchos más medios.
»Antes de realizar estas operaciones habíamos recibido confidencias y montado dispositivos para localizar sus teléfonos móviles. Los compañeros uniformados, los de Seguridad Ciudadana y Fiscal, los paraban como si fuera pura coincidencia en un control rutinario para intentar sacar toda la información posible. Controlábamos los vehículos a su nombre, buscábamos los que habían robado y tenían escondidos, y los balizábamos; todo con mucho cuidado para que no se dieran cuenta, aunque ellos tenían que seguir metiendo pelotazos, pues es su forma de vida.
Como me contó el compañero, tampoco era fácil persuadir a los jueces:
—Hasta que pudimos dar caza a este y otros narcotraficantes, teníamos que convencer a los jueces, con informes muy fundados, de que no tenían una actividad laboral conocida ni estaban dados de alta en la Seguridad Social; solo percibían ayudas de la Junta de Andalucía (de los famosos ERE y otras). Llevaban un tren de vida muy alto y se reunían con personas con antecedentes de tráfico de drogas en la zona.
»En el caso del Follarranas, le explicamos al juez que se le podía grabar si nos daba permiso. Argumentábamos que se estaba haciendo una mansión enorme y parecía que el dinero le “venía del cielo” y disponía de vehículos de alta gama a nombre de miembros de su familia. Se le daba información al juez de que el investigado ya tenía uno o varios coches de carga preparados en un lugar oculto, también de que teníamos localizada, en una zona oculta, una embarcación de recreo para transportar la droga. Además le pedíamos autorización para balizar esas embarcaciones y entrar en naves donde, después de realizar vigilancias y apostaderos, los veíamos acceder.
»No todo se podía hacer de un día para otro, el proceso era lento; cuando nos autorizaban había que hacer como cuando íbamos a los montes a buscar los vehículos que habían robado y utilizaban como coches de carga. Entonces todavía tenían que venir de Madrid los de la UCO para balizar esas embarcaciones y entrar en las naves. Tiempo después ya nos dieron cursos y lo hacíamos nosotros, que conocíamos bien las zonas, a diferencia de los compañeros que venían de Madrid.
»Había que tener mucho cuidado, pues los clanes tenían a gente pagada para controlar todo lo que les interesaba. Acceder donde tenían las embarcaciones para colocar las balizas era una aventura; igual que llegar a las naves.
Os aseguro que lo que vemos en las películas no tiene nada que ver, llegar a esos lugares sin ser vistos, entrar, colocar los dispositivos, comprobar antes si funcionaba la señal de la baliza y marcharnos dejando todo como estaba, tiene su historia.
—Hoy día todo ha cambiado mucho —afirma el compañero—, hay unos medios muy avanzados que hace diez o quince años no existían, ellos evolucionan observando como funcionamos; si los detenemos, aprenden y luego van por delante de nuevo. Ahora roban los vehículos y los dejan enfriar, los tienen parados días y los comprueban con detectores de balizas; hacen lo mismo con las embarcaciones, les pasan las raquetas detectoras varias veces antes de utilizarlas. En un momento dado desconocen los medios hasta que, de nuevo, los localizan.
»En esos años creían que con sustituir las tarjetas de los teléfonos era suficiente, compraban otra y seguían utilizando los terminales; no se daban cuenta de que se intervenía el aparato, no solo la tarjeta. Ahí nosotros íbamos por delante, pues se intervenían todos los medios tecnológicos: se comprobaba el IMEI (International Mobile Equipment Identity) o identificador, que es único en cada terminal, como la huella dactilar del aparato, no hay en el mundo dos número iguales. Lógicamente, con el paso del tiempo los abogados les advertían de nuevo y empezaban a comprar teléfonos minis, que tiraban en cuanto dejaban de hablar.
»Algo parecido nos pasó con los helicópteros también en aquella época: se dieron cuenta de que si descargaban la droga en el mismo lugar en que aterrizaban, les interveníamos tanto el helicóptero como la mercancía, así que dejaron de hacerlo y pasaron a esconder el helicóptero en otro sitio; de esta manera se iban librando y a nosotros nos lo ponían muy difícil, pues había que establecer varios equipos en tierra y en vuelo.
