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Este libro se enmarca en una serie de publicaciones dedicada a la vida y obra de científicos del siglo XIX y a la relación, a veces problemática, entre ciencia y religión. La vida de Francesco Faà di Bruno, descripta por Emmanuel Ginestra, ofrece una mirada sobre las polémicas líneas de pensamiento que se pusieron en juego en la Italia del siglo XIX, y sobre determinados postulados científicos que adquirieron un "estatus de verdad". El diálogo entre ciencia y religión fue una fuerte preocupación para Francesco. Estudió de qué manera la teoría científica respalda a la doctrina eucarística y no entra en contradicción con la fe. ¿Cuánto predominio tiene el teólogo, el eclesiástico y el científico en la figura y en los postulados de Faà Di Bruno?
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Seitenzahl: 149
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Emmanuel Ginestra
Ginestra, Emmanuel
Francesco Faà di Bruno : el aporte de la ciencia a la teología eucarística / Emmanuel Ginestra. - 1a ed. - Salta : EUCASA-Ediciones Universidad Católica de Salta ; México : Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla -UPAEP, 2023..
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga ISBN 978-950-623-294-8
1. Historia de la Ciencia. 2. Ciencias Naturales. 3. Teología. I. Título.
CDD 240
© 2023, por UPAEP (Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla)
© 2023, por EUCASA (EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA) Colección: EUCASA IDENTIDAD - Fe y Razón
Resolución Rectoral: 728/2023
Diseño interior: Fabio Viale ([email protected])
Arte de tapa: Flavio Burstein STEREOTYPO (www.stereotypo.com.ar)
Imágenes de Ernst Haeckel
Domicilio editorial: Campus Universitario Castañares - 4400 Salta, Argentina
Web: www.ucasal.edu.ar/eucasa
Tel./fax: (54-387) 426 8607
e-mail: [email protected]
Depósito Ley 11723
ISBN: 978-950-623-294-8
Digitalización: Proyecto451
Este libro no puede ser reproducido, total o parcialmente, sin autorización escrita del editor.
UNIVERSIDAD CATÓLICA DE SALTA
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Vicerrector de Investigación
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Vicerrector Académico
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Director del Centro de Estudios en Ciencia y Religión
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FUNDACIÓN DECYR DIÁLGO ENTRE CIENCIA Y RELIGIÓN
Presidente
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Secretaria
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Tesorera
Mgtr. Lorena Oviedo
En el siglo XXI hemos constatado la importancia de la investigación científica para resolver problemas que nos han asolado como miembros de la comunidad humana. Cuestiones ambientales, económicas, sanitarias, entre otras, muestran la necesidad de profundizar el desarrollo científico y tecnológico para que aporte soluciones viables y sustentables, pero también de construir cuerpos teóricos que nos permitan comprender la complejidad del universo y la vida. Una apuesta por las ciencias en general y una saludable especialización de sus ramas permitirán nuestra permanencia en la Tierra.
Asimismo, se puede reconocer el auge y expansión del fenómeno religioso a pesar de la fuerza que han tenido importantes movimientos filosóficos, políticos y económicos en las sociedades secularizadas (¿desacralizadas?) modernas. Las ideas de la religión como un atraso, un estorbo o incluso un problema no pudieron contener la fuerza arrolladora de la experiencia religiosa y la necesidad del ser humano de otorgarle otros sentidos a la existencia más allá de la cuantificación, la medición, la experimentación o la teorización.
Por tanto, con el propósito de superar antinomias reductivas o generar polarizaciones que pierden su orientación, se ha tornado ineludible el tratamiento de estas dos grandes esferas del saber y del obrar, teniendo en cuenta sus particularidades, los puntos en común y los que “están en fuga”, pero también los gustos, deseos, intenciones y perspectivas de los miembros que actúan separadamente en estas disciplinas, así como aquellos que están en los bordes interdisciplinarios.
Y dado que estas actividades no se dan en el vacío absoluto, sino que se plasman en coordenadas temporales y espaciales concretas, emergen algunas instituciones académicas para albergarlas. Una de ellas es la Universidad Católica de Salta, que, con base en el conocimiento de su lugar en la formación de nivel superior, y teniendo en cuenta su importancia en el concierto de las universidades argentinas y su proyección continua hacia la internacionalización, ha entablado con la Fundación Diálogo entre Ciencia y Religión (DeCyR, Argentina) y con el Centro de Estudios en Ciencia y Religión (CECIR de UPAEP, Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, México) vínculos académicos para profundizar la investigación interdisciplinaria y transversal entre ciencia y religión.
En el marco de este trabajo mancomunado, se abre una línea de publicación de estudios sobre la vida y obra de referentes de ambas disciplinas, las cuales trabajaron con afán para hacer frente a las problemáticas que surgen cuando la ciencia y la religión se entrecruzan.
Este escrito sobre Francesco Faà di Bruno, científico de renombre internacional y católico ferviente del siglo XIX, está pensado, justamente, en la línea que busca la sinergia de fuerzas para dar pasos concretos y firmes hacia la consolidación dialógica en clave científica y religiosa (1). Su vida multifacética buscó en todo momento la forma de canalizar estas aspiraciones. Matemático y astrónomo formado en París en la línea de Cauchy y de Le Verrier, profesor extraordinario de Análisis Superior en la Universidad de Turín, meteorólogo de gran capacidad predictiva e ingeniero, fue pedagogo y gestor de acciones en favor de la escolarización pública y gratuita; hombre de profunda sensibilidad social que ayudó de manera metódica y sistemática a las mujeres pobres, entusiasta de soluciones concretas de salubridad y estabilidad laboral a los explotados del sistema productivo capitalista incipiente. Además, fue músico y creador de partituras que buscaban la glorificación de Dios y la oportunidad de formación de los iletrados, inventor de instrumentos para ayudar a las personas (como un escritorio para ciegos, entre otros) y a la investigación científica (el barómetro diferencial, el elipsógrafo, etc.); catequista que utilizaba los medios tecnológicos más novedosos en sus clases como la daguerrotipia; comunicador infatigable gracias a la tipografía que había construido y a una biblioteca postal que había llevado a cabo; escritor prolífico y de reconocimiento internacional en la comunidad científica, etc.
Francesco (2) fue cercano a Don Bosco y a otros santos turineses con impronta social como Leonardo Murialdo, Giulia Falletti di Barolo, Giuseppe Cafasso, Giuseppe Benedetto Cottolengo. Estrechó vínculos científicos con sus pares a nivel mundial como Charles Hermite, François-Napoléon-Marie Moigno, James Joseph Sylvester, Francesco Denza, Angelo Genocchi, Paul Albert Gordan, Georges-Henri Halphen, Otto Rausenberger, Raffaele Rubini, Angelo Secchi, entre otros.
Francesco Faà di Bruno
En sus últimos años de vida se hizo sacerdote en un brevísimo tiempo de preparación (entre septiembre y octubre de 1876) —gracias a la influencia de Don Bosco y de su hermano Giuseppe (sucesor de Vincenzo Pallotti en la Sociedad del Apostolado Católico, Palotinos) ante Pío IX—, frente a la negativa del obispo diocesano por considerar inoportuno el tiempo pedido por Francesco. Muere en 1888 antes de llegar a los 63 años, y cien años después es beatificado por la Iglesia católica.
Francesco tuvo una vida digna de ser investigada, tanto por los aportes a las ciencias como por las opciones caritativas, o por las invenciones de utilidad para el bien común. Su vida se constituye en un ejemplo que urge destacar por varios motivos: por un lado, su complejidad (que impide reducirla a un factor determinante y único), y por otro, su lugar como fermento de una vida cristiana que recogió la tradición y que supo aggiornarla a los debates culturales que se suscitaron en la Europa decimonónica por corrientes independentistas, anticlericales y laicistas.
De hecho, dada su doble pertenencia a los grandes sectores del saber, i.e., el científico y el religioso, cuyos representantes más conspicuos luchaban por generar una prevalencia jerárquica, trabajó incansablemente a nivel teórico, práctico e institucional para reconocer la potencia de cada metodología, armonizarla y devolverle su lugar de relevancia para la salvación de las almas, pero también para el progreso material de la sociedad. Ciencia y religión, para Francesco, no deben separarse ni tratarse como si estuvieran en tensión (o, peor aún, en pie de guerra), puesto que ambas tienen un origen en común y por ello finalidades últimas inseparables.
En este horizonte epistemológico, que implicaba, asimismo, decisiones institucionales, Francesco intentará resolver una cuestión que históricamente generaba conflictos en el terreno de las relaciones entre ciencia y religión, a saber: los problemas teóricos y doctrinales que emergen por la aceptación de una teoría física que solo considera a la materia en cuanto a su extensión corpuscular y la presencia real de Cristo en la eucaristía. En el Concilio de Trento, la Iglesia católica había adoptado las tesis hilemórficas sobre la distinción entre sustancia y accidentes (propiedades) para ofrecer un marco explicativo de la tesis eucarística realista. La cuestión que comenzó a aparecer en la formación doctrinal, pero también en el campo de la filosofía natural —posteriormente, la ciencia— fue la dificultad (o imposibilidad, según el caso) de aceptar que Cristo estuviera presente en las especies eucarísticas, aunque las propiedades físicas (composición, extensión, peso, etc.) de los elementos materiales no habían sufrido ninguna modificación: ¿cómo puede ser que Cristo esté realmente presente, si el sabor, el olor, el peso, etc., sigue siendo el mismo que el pan antes de la consagración? La aparición de una teoría física cuantitativa, extensionista y experimental, distinta a la proyectada por la corriente aristotélico-tomista (de corte cualitativa, sustancialista, especulativa) arrastraba ciertas dificultades para sostener los enunciados conciliares tridentinos.
El corpuscularismo a partir del siglo XIX comenzó a tener mayor fuerza en los círculos académicos y universitarios, y llegó a considerarse como una cuestión de capital importancia. Las polémicas fueron acaloradas. Varios científicos europeos entraron en discusión sobre cuál sería el elemento mínimo que lograría explicar la constitución de lo que existe: el hilemorfismo aristotélico ya no tenía fuerza. El mundo académico se había vuelto corpuscularista, aunque sin consensuar una teoría determinada.
La aceptación creciente de esta teoría llevó a que algunos teólogos realizaran diferentes maniobras para lograr cierta armonización entre la presencia real de Cristo y una concepción corpuscular de la materia. Las propuestas eran amplias y los posicionamientos teóricos buscaban una conciliación.
En este escenario intelectual de discusiones sobre qué teoría física habría que utilizar y cómo explicar la presencia real y verdadera de Cristo en la eucaristía, aparece en 1872 el texto de Francesco: “Pequeño homenaje de la ciencia a la divina eucaristía” por el caballero Francesco Faà di Bruno, profesor de Análisis Superior en la Universidad de Turín, doctor en Ciencias por la Universidad de Turín y de París (Piccolo Omaggio, en adelante) (3). Según sus palabras, se presentarán las explicaciones más novedosas del desarrollo científico y la concepción tradicional eucarística de la transustanciación. Francesco realizará tanto una apología de la doctrina eucarística, haciendo énfasis en la teología de la transustanciación, como una discusión sobre la constitución de la materia a partir de teorías corpuscularistas que representaban a tres corrientes: la física plenista de Descartes, la monadología de Leibniz y el atomismo newtoniano.
La física del siglo XIX no lograba unificar los criterios para considerar cuál era la teoría correcta. Al margen de las diferentes variables que se podían presentar, ninguna lograba el consenso general de la comunidad científica. Preocupado por mantener la doctrina eucarística oficial y decidir qué teoría física aceptar, Francesco tomará posición y ofrecerá, desde su óptica, una armonía entre la ciencia y la religión.
El Piccolo Omaggio es una obra pequeña pero compleja desde el aspecto conceptual: una reflexión de un pensador del siglo XIX que intenta conciliar una teoría científica con una teológica, aparentemente, en contradicción. Según el título original, se presenta como un “regalo” u “homenaje” de la ciencia moderna a la eucaristía, o, puesto desde otro margen categorial, como una producción religiosa (que también se torna un elemento teórico) que se adentra en las discusiones físicas más adelantadas de su tiempo.
Las páginas siguientes son un pequeño aporte que sirve de guía para conocer la vida y obra del beato piamontés, pero también para tender puentes hacia la investigación científica responsable y la interdisciplinariedad entre las ramas del saber.
1 Los capítulos 1 y 2 provienen originalmente de la tesis doctoral en Filosofía (Ginestra, 2016). El capítulo 3 es una ampliación de algunas secciones de Ginestra (2013) a partir de Ginestra (2016). Todos fueron adaptados al formato de libro. Su idea principal, entonces, está centrada en la unificación de un texto divulgativo sobre la temática.
2 En adelante, Francesco. Continúo con la tradición de nombrarlo de esta manera, ya que es la forma que reviste en la bibliografía reinante; en ningún caso se trata de informalidad.
3 Faà di Bruno (1960). La traducción al castellano en Ginestra (2013).
DE LA ESCUELA AL CAMPO, DEL CAMPO A LA ACADEMIA, DE LA ACADEMIA AL SANTUARIO.
ENRICO D’OVIDIO
Primeros años
Francesco, cuyo nombre completo era Francesco da Paola Virginio Secondo Maria Faà di Bruno, nace el 29 de marzo de 1825 en Alessandria, en una familia aristocrática de ascendencia medieval. De estrechos vínculos civiles, militares y religiosos, fue miembro de una de las familias más importantes e influyentes de la región de Piamonte-Cerdeña. Junto con un preceptor privado, posiblemente un sacerdote llamado Don Garibaldi, según la costumbre en el patriciado subalpino, comenzó a escribir y a leer, a interesarse por la música y a prepararse para entrar en un colegio.
En la adolescencia ingresa a la Real Academia Militar de Turín. En esta institución se dedica con empeño a las matemáticas, a la física y la estática, como así también a hidráulica y astronomía. Profundiza idiomas de inglés, alemán y francés, y aprende violín y piano. Estudia el uso de las armas y de las acciones tendientes a formar una conciencia noble en una Corte. Al entrar al sexto año del curso es considerado subteniente de infantería, con la responsabilidad, antigüedad y haberes que percibe en función de esa posición, gracias a un decreto del rey Carlo Alberto. El 19 de agosto de 1846, alcanza el grado de lugarteniente y es enviado al Cuerpo Mayor del Estado de Turín.
A los 23 años debe ir a la guerra contra el Imperio austrohúngaro por la liberación de Lombardía y de Venecia, y experimenta por primera vez el horror de una batalla cuerpo a cuerpo y la cercanía de la muerte entre sus compañeros de armas. El rey Carlo Alberto logra las primeras victorias con el ejército de Piamonte, pero pierden en Peschiera y deben replegarse en Milán. Después de esta derrota, mientras Francia e Inglaterra buscaban la pacificación entre Piamonte y Austria por medio de una conferencia en Bruselas, se reavivó la guerra. Nuevamente ganan la batalla el 20 de marzo de 1849, pero retroceden hasta Novara, ya que Austria los derrota. En esa época realiza, por la necesidad que se tenía para el conocimiento del terreno desde una perspectiva geodésica, una topografía del Cuadrilátero, publicada como Gran Carta del Mincio.
Al año siguiente, Francesco participa como capitán del Estado Mayor en el segundo conflicto contra Austria, porque el rey Carlo Alberto rompe la tregua preestablecida, y obtiene la mención de honor por haber luchado en Mortara y Novara. En ese mismo año, ya conocido en los tiempos de la Academia por el nuevo rey Vittorio Emanuele por la edición de la Gran Carta y por su integridad moral, será elegido como preceptor de matemáticas de los príncipes Humberto y Amadeo. Para alcanzar tal propósito a conciencia y con responsabilidad, Francesco se perfeccionará en Francia, distendiéndose de sus actividades militares obligatorias.
Estudios universitarios
Luego de recibir la dispensa del ministro de Guerra y Marina, Francesco parte a París el 26 de octubre de 1849 para conseguir la licenciatura en Matemáticas. Aprovecha el tiempo de estudio no solo entre los muros de la Academia, sino que se nutre de toda la vida intelectual de París que, por esos momentos, estaba a la vanguardia internacional en varios campos teóricos.
Se inscribió en la Sorbona, en la Escuela Politécnica y, autorizado por el ministro de Guerra, como oyente en el Colegio de Francia. Estudió Astronomía matemática con Augustin Louis Cauchy, Mecánica con Charles Sturm; Matemáticas (Teoría de las funciones elípticas) con Charles Hermite, Geometría Superior con Michel Chasles, y Álgebra Superior y Geodesia con Charles Duhamel.
No solo es interesante su trayectoria en la formación científica. Su actividad social y religiosa comienza a tener relieve. Su cercanía y admiración a Cauchy en el ámbito matemático y en el aspecto religioso (tanto que lo consideraba un amigo), tendrá su propia marca. Aunque podría afirmarse que revolucionó la matemática, especialmente en el área del análisis matemático, Cauchy era un hombre de profundas inclinaciones sociales. Profesor de la Sorbona, exponente ilustre del Instituto Católico y conocido por célebres teoremas y su increíble cantidad de publicaciones especializadas, luchó por los derechos de las clases más bajas según el sistema de patronato.
“Cargado de ocupaciones, Francesco encontraba el tiempo necesario y el corazón para visitar a los pobres en sus tugurios. Cada domingo salía de París para asistir a una Conferencia, por él iniciada, situada a ocho millas de distancia” (Giacardi & Tanzella-Nitti, 2004, pp. 277-278).
También ayudó materialmente a los matrimonios de los pobres para su regularización, promovió el descanso entre los obreros, y se preocupó por las misiones en busca de la conversión de los protestantes fundando la Sociedad para las escuelas cristianas de Oriente.
