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María, una exdeportista que malvive con trabajos ocasionales, ha llamado la atención del Emérito. Una maquinaria oculta se pone en marcha para satisfacer los deseos reales bajo la batuta del comisario Romero, personaje complejo al servicio de los poderosos, que maneja, junto con su fiel e indescriptible esposa, los hilos en la sombra y urde negocios muchas veces ilícitos pero siempre lucrativos. Mientras tanto, Juan Delforo se documenta para un nuevo libro, una investigación sobre el espantajo del "peligro" comunista en el siglo XX, y se acerca a personajes cuyas "actividades encubiertas" propiciaron acciones que la historia oficial registra de manera muy diferente. Ningún hecho parece estar a salvo de la intervención de estructuras paralelas del Estado o del poder. Cualquier poder. ¿Retrato imaginario de un país podrido o confirmación novelada de nuestras peores sospechas? Con personajes de carne y hueso, diálogos afilados y un impecable manejo de los tiempos y de la acción, Juan Madrid trata en "Gloria bendita" de realidades conocidas o intuidas, pero también de la ficción como "única gran verdad", la única capaz de "contar el mundo"... a pesar de todo. Juan Madrid (1947) es uno de los máximos exponentes de la novela negra española y europea, autor de más de cuarenta obras, guionista y cineasta, ha publicado en Alianza Editorial "Los hombres mojados no temen la lluvia" (Premio Unicaja de Novela Fernando Quiñones), "Perros que duermen" y nuevas ediciones de su amplia producción. En 2020 recibió el Premio Pepe Carvalho de novela negra por su "compromiso literario, político y ético".
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Seitenzahl: 355
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Juan Madrid
Gloria bendita
A mi amigo Manuel Vázquez Montalbán, in memoriam, «por la caída del régimen»
A mi amiga de la infancia Rosa Moreno
«Lo que me parece extraordinario es que estén convirtiendo cuarenta años de modus operandi de una empresa familiar en un foco sobre una sola persona, yo.»
Corinna Larsen, amiga entrañable de Juan Carlos I
«El mal que hay que atacar no es el pecado, el sufrimiento, la codicia, el poderío eclesiástico, el poderío real, la demagogia, el monopolio, la ignorancia, el alcoholismo, la guerra, la peste o cualquiera otra de las consecuencias de la pobreza, sino la pobreza misma.»
George Bernard Shaw
Desde su casa de Salobreña, Granada, donde vivía desde hacía diez años, Juan Delforo llamó por teléfono a la clínica de rehabilitación Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, en Madrid, para preguntar por la hija de José Sánchez Pareja, también conocido como el «Niño Pareja».
—Dígame, entonces, ¿es usted la hija de don José Sánchez? ¿El Niño Pareja? —le preguntó Juan Delforo.
—Pues sí, soy su hija pequeña. Y usted ¿quién es?
—Soy Juan Delforo, señora. Y la llamo porque me gustaría saber si es verdad que su padre escribió un libro titulado Yo fui agente secreto del general Mola, o algo parecido.
—Tiene usted razón, así se llama su libro, lo publicó en enero de 1975, en la imprenta de Luis Álvarez Piñer, en Gijón. ¿Es usted pariente de Juan Delforo Farrel?
—Sí, soy su hijo. Necesito leer ese libro, estoy estudiando la Historia de la España de hoy. El tema es algo así como «El invento del peligro comunista como estrategia de la derecha y la extrema política». Mi padre conoció al suyo y a su señora madre, doña Josefa Baeza, en noviembre de 1970 en su casa, poco antes de fallecer.
—No sabía que su padre hubiese muerto. Yo lo conocí muy poco, pero aún me acuerdo de él. Yo tenía dieciocho o diecinueve años.
—Mi padre estuvo en su casa en varias ocasiones. Tres en total. Conservo su diario con notas de aquellas reuniones. Y hay una referencia a su padre en la que afirma que estaba escribiendo un libro sobre su vida como «policía encubierto» del general Mola. ¿Su padre fue guardia de asalto, como señalaba mi padre en su diario?
—Guardia de asalto, sí…, desde 1935, y después fue policía encubierto cuando Franco, como dice usted.
—Yo vivo en Salobreña, un pueblo costero de la provincia de Granada. ¿Tendría usted inconveniente en que nos viéramos? Podría tomar un tren en Málaga y estar ese mismo día en la clínica. ¿Es que está usted enferma?
—¿Enferma? Ya no…, tuve un ictus hace seis meses. Pero creo que me van a dar el alta enseguida.
—Vaya, me alegro entonces.
—Señor Delforo, lo espero aquí. Puede usted venir cuando quiera. No sabe la alegría que me dará verlo. Y, por favor, no me llame señora, me llamo Emilia.
—Mucho gusto, Emilia. Hasta pronto y encantado de hablar contigo.
—Hasta pronto, Juan.
Emilia telefoneó a su hija María a La Carbonería, el bar de Malasaña donde trabajaba. Contestó ella.
—¿Eres tú, mamá? —preguntó—. ¿Van a darte ya el alta?
Al fondo se escuchaba a alguien, probablemente un tío, que mascullaba por lo bajo, y un extraño ruido, como si estuvieran arrastrando muebles.
—No, todavía no. Te llamo por otra cosa. Hija, parece que a tu padre le han destinado a Madrid y me ha llamado a la clínica. Dice que quiere que te pongas en contacto con él. Tiene muchas ganas de verte y quiere que lo llames para que quedéis.
—¿Sí? ¿Y qué más?
—Eso, que lo llames en cuanto puedas.
—Vale, pero ahora no me puedo entretener. Dile a Paco que si quiere me llame esta tarde. ¿Está en Madrid?
—Sí, eso me ha dicho.
—Vaya, mira qué bien. ¿Y dónde ha estado todo este tiempo?
—Creo que en Barcelona. Trabajaba en la tele. Dice que ahora ha cambiado de trabajo otra vez.
—¿Paco trabajaba en la tele?
—Sí, hija, sí…, después de tantos años en la Perkins fue director de Seguridad en la televisión. Ahora lo han destinado a Madrid con otra empresa. Eso me ha dicho. Oye, tengo que hablar contigo de algo muy importante: ¿tienes el libro del abuelo?
—¿Qué libro, mamá?
—El del abuelo, ese que se titula Yo fui un agente del general Mola o algo parecido. Es para un amigo mío que lo quiere leer, su padre y el abuelo se conocían. Lo tienes, ¿verdad?
—¿Yo tengo un libro del abuelo?
—Sí, el libro ese que te he dicho, hija. ¿Lo tienes?
—Mamá, nunca he tenido ese libro. Y tampoco lo he cogido. Lo debe de tener la tía Matilde. Acuérdate, yo creo que se lo diste cuando vino a verte por el ictus.
Emilia se quedó en silencio.
—¿Se lo di?
—Sí, mamá, te tienes que acordar. Le dijiste a la tía Matilde: «Guárdame mi libro, es un recuerdo de papá».
Al otro lado de la línea, Emilia se quedó callada unos instantes.
—Sí, es verdad, ahora me acuerdo. Ella se quedó con un libro que nos dio mamá, y yo con el otro. ¿No tendrás tú el mío por casualidad?
—No, mamá, no lo tengo. Ya te lo he dicho. Tú le dijiste a la tía que guardara el tuyo. Ella tiene los dos. Oye, nos veremos enseguida, mamá, tengo que volver al trabajo.
—Bueno, hija…
—La abuela os dio a cada hermana un libro del abuelo. ¿No te acuerdas? Os dio los únicos ejemplares que tenía. Eso fue lo que me dijiste… Bueno, me voy a currar. A lo mejor pronto te doy una sorpresa, te llamo.
Emilia no colgó. Escuchó la voz del novio de su hija, ese tío, que le gritaba: «¡… estoy hablando contigo, tía, deja ya el teléfono de una puta vez, joder!».
Y después la voz de María: «¡Es mi madre, qué coño te pasa!». Y luego: «¡Vete a la mierda, cabrón, que encima me debes pasta!».
Entonces escuchó otro ruido, como si se cayera algo. Después un silencio espeso. Y la voz de su hija, que susurró al teléfono: «Adiós, mamá».
Pero Emilia le dijo:
—Espera, ¿te puedo preguntar algo?
—Sí, venga.
—¿Cómo has adivinado que era yo quien te llamaba?
—Mamá, por favor.
Emilia colgó y se dio la vuelta. La observaba doña Esperanza, la gerente de la clínica. En realidad le sonreía muy amistosa.
—Venía a preguntarte si ya has pagado, Emilia —le dijo—. Ayer te dejé un tercer mensaje en el móvil y no me has contestado.
—No tengo móvil. Se me ha perdido. ¿Qué quería decirme?
—Debes un dinero a la clínica, dos prorratas. Es mejor que ingreses más dinero en tu cuenta, estás en números rojos. Así no tendremos que molestarte continuamente.
—¿Qué son prorratas?
—Derramas para poder construir una capilla religiosa múltiple…, católica, musulmana y judía. Las hemos dividido en parte esas derramas para que salgan más baratas y sean más cómodas para nuestros pacientes. Los tenemos de todas las religiones.
—¿Sí? ¡Vaya, qué bien! Pero he perdido el móvil, ya se lo he dicho. Ya iré a pagar, no tema. Siempre cumplo mis compromisos. ¿Cuándo le parece? ¿El miércoles después de comer?
—Vale, de acuerdo.
—Allí estaré. ¿Desde cuándo hacen esas derramas?
—¡Huy, desde hace bastante! Ayudamos a nuestros pacientes desde…, no sé…, desde hace tres o cuatro años. Las religiones de nuestra comunidad necesitan toda clase de ayudas. Y nosotros necesitamos la palabra de dios.
—Qué razón tiene, doña Esperanza. Bueno, hasta más ver. Ah, y otra cosa. ¿Cómo es que no me había dado cuenta de esas derramas?
—No lo sé, a lo mejor porque no repasas tus facturas. Hace tiempo que no hay dinero suficiente en tu cuenta. Esos olvidos tendrías que corregirlos. ¿Vas a las clases de neuropsicología? Te ayudarían mucho.
—No me pierdo ninguna. Entonces ¿la clínica no es gratis?
—Es gratis, Emilia, maja. Aunque hay que pagar algunos pluses, como el plus por la rehabilitación cognitiva intensiva, la terapia ocupacional particular… Todo eso son gastos. Cosillas…
—No lo pongo en duda, doña Esperanza. ¿Cuándo me van a dar el alta? Llevo seis meses aquí y me han dicho que mi alta está al caer.
—¡Ay, hija, ahora mismo no lo sé! Vente un día por Dirección y te lo digo.
—¡Qué alegría, doña Esperanza! Me hace muy feliz, de verdad.
Luis Junco, director del Banco de Crédito Comercial, y el comisario José Manuel Romero habían terminado de comer en un reservado del restaurante de lujo Can Paredes, en Madrid. Hasta ahora habían hablado de asuntos que tenían que ver con sus negocios, pero con la llegada de los postres el banquero le dijo que luego quería hablarle de la chica que iba a ir con el Emérito a finales de mes a la fiesta de aniversario de su promoción militar. Se lo había comentado su socio, el conde Lorenzo de Villa Mediana, al que los amigos llamaban «Lorenzo el Magnífico».
—¿Sabes quién te digo?
—Sí, creo que sí —le respondió Romero—. He coincidido con él un par de veces.
Un camarero se acercó con un carrito de dos pisos con los postres y ambos se mantuvieron en silencio. Había porciones de tartas, bombones, mousses en vasitos, tartaletas, bizcochitos variados y marrons glacés.
Mientras elegían, el banquero le comentó lo que se había llevado de comisión el que ellos sabían por la construcción del Ave Riad-La Meca, La Meca-Riad, realizada por un consorcio de empresas españolas.
—¿Te lo he contado, Romero? —le preguntó el banquero.
—Bueno, creo que no. Pero lo sé, sesenta y cinco millones de euros que él mismo se llevó a Londres en sus maletas y que no declaró a Hacienda.
—Sí, se llevó el dinero a su banco de Londres en su equipaje particular y luego se lo dio a Carina para que se lo guardara. Aunque yo creo que es un regalo para que lo perdone. Parece que el Emérito quiere volver con ella a toda costa.
—¿Es seguro eso?
—Por lo que yo sé, sí —manifestó el banquero—. Y tengo entendido que le ha pedido que se case con él.
—Bueno, Luis, me aburre cantidad este tema. ¿Me explico?
Luis Junco cambió de conversación por otra, sus negocios inmediatos. Charla que te charla fueron eligiendo porciones del carrito de los postres, mientras el camarero las colocaba en sus platos con pinzas. Cuando se fue, siguieron hablando de los sesenta y cinco kilos que se había llevado el rey.
—Bueno, luego Villa Mediana me comentó lo de la chica esa, la nueva novia del Emérito.
Romero le interrumpió:
—No es su novia. Y es bueno que lo sepas, Luis. Va a ir a una fiesta con el Emérito, claro, pero de momento no hay otra novia. Su novia sigue siendo Carina, aunque parece que la relación no va demasiado bien… Vaya, qué bueno está esto.
—Entonces ¿siguen siendo novios?… Lorenzo ha debido de confundirse. Me dijo que era su nueva novia. No te lo pierdas, Villa Mediana se ha llevado un kilo solo por estar en el desierto durante los días de los trámites. Huésped en uno de esos hoteles de superlujo con helipuerto y parque zoológico. Y yo le dije: «Lorenzo, majo, ser amigo de quien tú sabes tiene sus ventajas, ¿a que sí?». Dime, Romero, entonces esa chica ¿no sería nada más que un capricho?
Romero se mantuvo en silencio. Pasado un rato, el banquero le preguntó:
—Oye, ¿y es guapa esa chica?
—Sí que lo es, Luis, desde luego. Una chavala de lo más aparente.
—Pero ¿sigue con la Carina o no?
—Pues sí, lo último que sé es que sigue con Carina, su novia de hace diez años. Creo yo, vamos.
—¿Conoces a los de su Casa, Romero?
—Claro, Luis. Ya te lo he dicho, esta chica va a ser solo la compañera de baile en la fiesta anual de la celebración de su promoción militar. Una fiesta por todo lo alto, aunque no salga en la prensa. Y lo sé por los de su Casa.
Romero pensó que ya era hora de que Luis dijera de una vez lo que quería. Parecía mentira que un hombre hecho y derecho, y encima un rico banquero, le diera tantas vueltas al asunto sin decidirse a soltar prenda.
—No tengo prisa por conocer a esa chavala, solo un poco de curiosidad. De momento, Lorenzo y yo tenemos pensado lanzar un espectáculo taurino y musical, una corrida de toros completa con los árabes. Empezaríamos en Riad, en Arabia Saudí, ya sabes. Y sería muy bueno que viniera esa chica, la que tú sabes.
Era eso, claro. Romero lo interrumpió.
—Es pronto para que hagas planes con ella, Luis. ¿Cuándo os vais a Riad?
—Todavía no lo sabemos, todo está en ciernes. Pero me han dicho que la chica es una tía espectacular. ¿Tiene los ojos verdes como dicen?
—Pues sí, los tiene verdes. Pero no creo que sea una tía espectacular. Es más bien resultona, desde luego.
—¿Te figuras lo que sería si viniera a Riad? Me consta que los moros quieren mucho a nuestro rey y sería un detalle de buen gusto que ella estuviera por ahí. Ya lo pensaremos.
Romero permaneció pensativo. El banquero prosiguió:
—Sería algo exclusivo para la realeza de allí, ¿no crees?
—A mí esa chica me parece muy mona, muy agradable, qué quieres que te diga —insistió Romero—. Pero no sé cómo se movería en ese ambiente.
—Háblame de ella mientras nos acabamos esto, anda.
Continuaron comiendo postres.
—Es soltera y tiene treinta y nueve tacos, me parece, y una hija de unos dieciséis o diecisiete años que ahora no vive con ella. El Emérito le otorgó la medalla al mérito deportivo durante la recepción conmemorativa del veinte aniversario de los Campeonatos Juveniles Europeos el mes pasado.
—¿Qué campeonatos?
—Ella era la capitana del equipo juvenil femenino que ganó el Campeonato Europeo de Balonmano en 1994. Entonces estudiaba Magisterio. Entre tú y yo, lo que le hizo elegirla fue una foto suya desnuda, sacudiéndole una patada en la cara a Arturo Falcón el año pasado.
Luis Junco casi escupe el chocolate.
—¡Qué! ¿No me jodas? ¡Que le pegó una patada en la cara al marqués de Falcón! ¿A Arturo Falcón?
—Lo que estás oyendo, aunque Arturo se hacía pasar por otra persona. María le sacudió un patadón de karate que lo dejó seco. Y estaba desnuda.
Luis Junco permaneció en silencio unos instantes, pensando. Luego le dijo:
—Mira, Romero, a primeros de octubre voy a dar una fiesta en mi finca de Cáceres, en La Gaviota. Vamos a trastear unas vaquillas y me gustaría que esa chica viniera a pasar el fin de semana. Así veo cómo es y hablamos para que venga a Riad. ¿Puedes darme su teléfono? Bueno, tú también puedes venir, pero sin tu mujer. ¿Me entiendes?
—Tendrías que esperar a que pase la fiesta de la promoción militar y saber lo que quiere el Emérito. Es posible que ella vaya a estar ocupada, quién sabe. Llámame en un par de semanas y te doy su teléfono. Bueno, si no tiene agente.
—Espera, José Manuel. ¿Esa chavala va a tener agente?
—Oficialmente todavía no tiene. Pero, como comprenderás, ella no puede ir a ninguna fiesta así, sin más. No sé si me explico.
Romero pidió un café muy cargado y Luis Junco, un cigarro Montecristo del 4. El café no le sentaba bien al banquero después de comer. El camarero se lo trajo enseguida y Luis Junco lo encendió y le dio una calada.
—Entonces ¿conoció al Emérito el mes pasado? —preguntó.
—Sí, fue cuando le impuso la medalla conmemorativa. El Emérito le dijo que lo acompañara a su salón privado y bromeó con ella antes de la recepción. Creo que le dijo que «parecía un jarrón griego». Lo oyeron varios. Es posible que sea por su cintura estrecha y sus caderas, bueno, y por su culo, en fin, un culo muy atractivo… Mide un metro sesenta y cinco, me parece, y es de complexión atlética, practica o ha practicado karate, además de balonmano.
—¿Y qué más, Romero?
—¿Más? Verás, cuando le enseñaron las fotos de las candidatas, el Emérito la señaló con el dedo y dijo: «¡Esta!». Como te he contado, estuvo bromeando con ella mientras duró la ceremonia del aniversario de los campeonatos, o se acordó después, no sé. Bueno, eso me han dicho los de su Casa.
—Esta mañana se ha hablado de ella en la reunión que he tenido con los accionistas, sin mencionar su nombre de pila, claro.
El banquero hizo un gesto con la mano, como si diera lo mismo. Romero continuó:
—Fue empleada de mi agencia, la Cross, en un asunto de cuernos y luego un par de veces más para otras cosas. Me sirvió de reclamo en unos casos de divorcio. Eso fue el año pasado y los de su Casa me llamaron por eso.
—Perdona, ¿es una furcia?
—Yo no he dicho eso, ni se me ha ocurrido. ¿No te estás precipitando? Es camarera. Y por cierto, el dueño del bar donde trabaja, Fernando Becerra, fue quien me dio la primera información sobre ella. Escucha, en algún momento, entre otras cosas, fue modelo, digámoslo así, pero nada de furcia.
—Vale, nada de furcia. Oye, ¿sabes seguro que va a estar con el Emérito? —Romero se terminó el café y asintió con movimientos de cabeza—. Y ella ¿lo sabe? —siguió preguntándole el banquero.
—Todavía no, se lo diré la semana que viene. Pero fíjate, este mediodía he llamado a Braulio, el tío ese de la Casa del rey, para que vaya preparando todos los detalles de la fiesta, ya sabes, vigilantes, camareras… No sé, todo eso. Verás, le dije a Braulio que María tiene que saber algo sobre las chicas del Emérito: por ejemplo, que las comparte con Carina, su novia oficial. Ella lo acompaña siempre cuando está con otra mujer. Va de refuerzo, de ayudante, por así decirlo, vamos. Y va Braulio y me contesta que no sabe nada. Es el colmo cómo se hace el tonto.
—Braulio es muy cauto, ya lo sabes. Oye, Romero, ¿nos vamos? Se me ha hecho tarde.
El banquero hizo un gesto y le pidió a un camarero que avisara a su chófer. Se levantaron.
—¿Te llevo a alguna parte? Yo me quedo en La Moraleja, voy a mi casa.
—No, gracias, pero te acompaño hasta que cojas el coche. ¿Tenéis organizado ya lo de Riad o está en periodo de estudio?
—Lo estamos estudiando.
Fueron caminando despacio. Salieron del restaurante y el banquero continuaba fumándose el puro. Se detuvieron en la puerta.
—Lo de Riad es una posibilidad, ya te digo. Queremos montar una plaza portátil de toros, pero de lujo, con butacas supercómodas y toda la parafernalia. Por supuesto habrá toreros, un grupo de flamencos al cante y al baile, músicos y todo lo que hay en una verbena, pero con clase. —Romero atendía a las palabras de Luis Junco, que siguió diciéndole—: Y el show tiene que ser de mucha categoría, solo para la casa real saudita y sus invitados más selectos. Calculo que unas cien personas. Yo creo que si viene esa chica pegamos el bombazo. La «nueva amiga» del rey, nada menos. Ah, ya sabes, los toros no se podrán matar, de manera que tendremos reses vivas, y eso es un problema. ¿Te interesa?
—Pues sí, mi mujer y yo tenemos una empresita y podemos ser socios. Ya te llamo. ¿Te parece? Lo podemos discutir. En principio me parece una buena idea. Y estoy de acuerdo contigo, tiene que ser un espectáculo de categoría, muy selecto.
—Todo lo español los vuelve locos, Villa Mediana me ha contado las locuras que hacen por lo español. España atrae. Me contó que conoce a un piloto de una compañía de aviación francesa que les lleva directamente desde París peluqueros, manicuras y «señoritas» de lo mejor. Es que son la pera. El piloto es un chico muy majo, nieto de un piloto republicano durante la guerra, fíjate tú.
El banquero sacudió la ceniza del puro.
—¿Hablamos de dinero o todavía es pronto? —preguntó Romero.
—Aún no te puedo decir nada, José Manuel. Espera unos días.
—Vale. Espero, entonces.
—En serio, me encantaría que estuvieras con nosotros. Bueno, y piensa en la chica, la de la patada. ¿Vale? Yo lo haré a través de mi empresa, Recreativos España. Pero me llamas de todas maneras, ¿eh?
—Lo tengo que consultar con Encarna. Es la que lleva estas cosas de las inversiones. Pero me parece muy interesante. ¿Has calculado algo, un mínimo?
—Medio kilo. Es lo que valdrá una acción. También habrá socios de los Emiratos y de otras partes. Unos cien socios posibles.
Apareció su coche. Un Mercedes negro. El chófer se bajó rápidamente y le abrió la portezuela al banquero. Antes de que subiera, Romero le repitió que lo llamaría cuando la chica estuviese lista.
—Oye, Romero, una cosa, ¿qué tal le sienta a su majestad ser emérito?
—Bueno, por lo que sé, muy bien. Está encantado.
Luis Junco asintió y entró en el coche sin despedirse de Romero, que lo vio partir.
El último cliente de la noche se marchó de La Carbonería a las dos y media de la madrugada. María acabó su última copa, un vodka con naranja, y se sentó en una de las sillas. Observó las botellas alineadas en las estanterías y después fijó la mirada en la caja registradora del siglo XIX, una reliquia. Iba a ser la última vez que la mirase.
—¿Te pongo otra copa? ¿Un cubata? —le preguntó Fernando.
María negó con lentos movimientos de cabeza.
—No quiero hablar más contigo. Me debes mil doscientos euros, descontando lo que me adelantaste a principio de mes, los trescientos esos. Te doy un día para que me pagues lo que me debes. —Se puso en pie—. Piénsalo, tío…, no te lo voy a repetir: me debes mil doscientos euros, más el finiquito.
—Te adelanté quinientos euros, quinientos, no trescientos. Te debo mil euros, nada más, que te enteres.
María se armó de paciencia.
—Al principio te dije que me dieras quinientos, luego que me adelantaras solo trescientos, que me podía arreglar con trescientos. ¿Vale? —le dijo María.
—No, no…, de eso nada. Te di quinientos. Lo tengo apuntado, tía. No me vengas con tus rollos.
—Qué majo eres, Fernandito, en serio. ¿Lo haces a propósito o te sale natural?
—Venga, tómate otra copita, tía. Luego van a venir unos amiguetes y nos vamos a echar un billar. Quédate un rato, ¿es que te espera alguien en casa?
—Voy a dejar de beber, Fernando. Además, me las voy a pirar. Ya te lo he dicho. Y no voy a volver aquí más. Me voy definitivamente. No te aguanto.
En ese momento entraron tres mujeres y un hombre y saludaron a Fernando. Se pusieron a charlar. No eran clientes habituales. El hombre vestía elegante, bien peinado. Y las mujeres eran simpáticas, con cierto estilo. No parecían del barrio. También la saludaron a ella. Fernando la presentó:
—Es mi camarera, se llama María —y añadió—: ¿No te quedas un rato más? Quédate a cenar. Podemos buscar un bar por ahí y comer cualquier cosa. ¿Te apetece?
Negó con la cabeza. Las chicas le sonrieron mucho y el hombre le sonrió más todavía: de oreja a oreja.
El hombre le dijo:
—Quédate. ¿Te gusta jugar al billar? Luego podemos tomar algo…, bueno, o traer la comida de alguna parte.
—¿Al billar? No…, fíjese, llevo aquí de camarera más de un año y no he jugado nunca al billar. Qué cosa, ¿verdad?
Las chicas estaban preparando los tacos. María sonrió con tristeza. Estaba cansada y quería irse. Se despidió del bar mentalmente. Un año entero currando allí…, bueno, un año y tres meses, ¿no? Cuántas putas noches había regresado a su casa tambaleándose, y a veces a rastras. Despreciándose a sí misma y a Fernando.
—¡Adiós, buenas noches! —Agitó la mano en dirección a los recién llegados y sonrió. No volvería a currar en la jodida Carbonería.
Paco, al que algunos amigos seguían llamándole «Paco el Soviético», había telefoneado dos veces a su hija María. Primero, la tarde del día anterior, sin que nadie respondiera, y luego a la una del mediodía. Entonces María cogió el teléfono:
—Sí, soy yo, Paco, mi madre me ha dicho que has preguntado por mí. ¿Qué tripa se te ha roto?
—Nada, que mi empresa me ha destinado a Madrid y quiero verte. ¿Por qué no comemos y charlamos? Tengo muchas cosas que contarte. ¿Qué te parece?
Ella le contestó que mejor quedaban otro día, hoy tenía mucho que hacer. Su padre se lo pidió otra vez, por favor. Podían comer a las tres. ¿Qué más le daba?
María se lo pensó durante un par de minutos. Al final aceptó, quedaron a las dos. Su padre le dio la dirección, la empresa estaba en la planta sexta de un edificio moderno en la calle Ibiza. Se llamaba Transportes Internacionales Cosmos S. L., el letrero estaba en la puerta. Quedaron en la empresa para luego elegir a dónde irían.
María llegó a las dos menos diez. En la entrada la recibió un tipo que le recordaba a alguien vagamente. Era pequeño y atildado y le preguntó:
—¿Te acuerdas de mí, María?
—No, ¿quién eres?
—Peláez, nos vimos cuando fuiste a ver a Paco a los juzgados. Entonces yo tenía más pelo. —Soltó una risita—. Bueno, fue hace más de veinte años, me parece.
—Eras el chófer de mi padre, o al menos eso creía yo. Hará veintitantos años, yo tendría unos trece o catorce. Y no fui a ver a Paco por gusto, fuimos mi madre y yo a ponerle una denuncia por impago de la manutención.
Peláez no dejaba de sonreír.
—Entonces ¿te acuerdas de aquel día? —le preguntó.
—No todos los días se pone una denuncia a un padre. Tú estabas sentado ante el volante del coche, esperando. Supuse que eras el chófer.
—Ahora soy jefe de almacén.
—Vaya, mira qué bien.
La condujo a una salita con varios sillones, un revistero y música ambiental.
—Paco está con una visita, vendrá enseguida. Espéralo un poco. ¿Quieres tomar algo? ¿Coca-Cola, una cerveza, un refresco?
—No, nada, muchas gracias. ¿Va a tardar mucho?
—¡Oh, no! Estará aquí enseguida.
María se sentó en uno de los sillones y comenzó a hojear una revista.
Su padre se presentó a las dos y media y la abrazó con mucha fuerza. Luego se separó.
—¡Pero qué guapa estás, hija!
Peláez la contemplaba desde la cristalera de enfrente. María seguía sin explicarse por qué Paco la había llamado. Había pasado mucho tiempo sin verlo ni tener noticias de él. Ni una carta, una postal…, nada. Años sin saber de él.
—Me ha extrañado que me llamaras, Paco. Te has tirado un montón de años sin escribir ni dar señales de vida. ¿Qué mosca te ha picado ahora?
—He estado mucho tiempo currando para la tele y me he dado cuenta de que podía perder a mi única hija. He tardado en darme cuenta, pero, en fin, quiero arreglarlo. ¿Cómo sigue tu madre? ¿Está bien?
—¿Mi madre? Bueno, en cierta ocasión me dijo que no estaba segura al cien por cien de que tú fueras mi auténtico padre, fíjate tú.
—¿Te cabe en la cabeza que una madre no sepa quién es el padre de su hija?
—Bueno, puede ser. En este caso es normal tener dudas. De todas maneras, tampoco hablamos mucho de ti, y ahora no la veo todos los días. Tuvo un ictus hace seis meses y está en una clínica de rehabilitación, sobre todo la veo los domingos y no todos. Aunque me gustaría estar más con ella. Le van a dar el alta enseguida, ya está bastante curada.
—¿Sí? Vaya, qué bien. Oye, ¿has guardado mi móvil?
—No.
—Anda, guárdalo. Puedes llamarme de noche o de día. Cuando quieras.
Le dio una tarjeta de la empresa con su nombre: «Francisco Valladares. Security General Manager» y los números de dos teléfonos móviles.
—¿Sigues con el balonmano, hija?
—No, hace tiempo que no juego.
—Vaya, eso es una pena.
—Y tú, Paco, ¿sigues jugando?
—Tampoco, hace muchos años que lo dejé. Me he dedicado a currar nada más. Me acaban de nombrar director de Seguridad en Madrid. Te tengo que enseñar mi nueva casa, te va a encantar. Es un chalet con un pedazo de jardín con piscina y todo. Ya verás. Oye, tengo que hablar contigo en serio. ¿Te apetece que comamos un poco más tarde?
—¿De verdad quieres que comamos juntos?
—Tengo mucho que hablar contigo.
—Cuando dices «mucho que hablar contigo» ¿a qué te refieres?
—Es lo que hacen los padres y los hijos, ¿no?
María soltó una carcajada.
—Tienes la misma risa que tenías de niña, María.
—Bueno, vale. ¿A qué hora quieres que comamos?
—Podemos quedar entre las tres y las tres y media. ¿Qué te parece?
—Tan tarde no puedo. Tengo que pasarme por La Carbonería, el bar donde trabajaba. Está cerca de la plaza del Dos de Mayo. Otro día me llamas y comemos.
—¿Y te he hecho venir hasta aquí solo para esto?
—Qué le vamos a hacer, otra vez será.
María fue hacia la puerta. Paco le cortó el paso.
—Dime que no te has enfadado conmigo.
María lo observó con atención. Abrió la puerta y se volvió a Paco.
—No me he enfadado contigo, Paco.
—A ti te pasa algo.
—No me pasa nada. Bueno, otro día te lo contaré.
—¿Qué te ocurre? Venga, dímelo. ¿Te has cabreado conmigo o qué?
—Tengo razones de sobra para enfadarme contigo, Paco. Lo que ocurre es que he quedado con mi patrón a las cinco y media para despedirme.
—¿Vas a romper con Fernando?
María se extrañó.
—¿De qué conoces tú a Fernando?
—Lo conocí por casualidad hace unos días, cuando fui a gestionar un envío suyo y me comentó algo de ti. Me dijo que era tu novio, pero que lo habéis dejado. ¿Por qué os habéis cabreado?
—Yo creo que ligamos porque me invitaba a beber. Nuestra casa está al lado de su bar, La Carbonería.
—¿No te apetece hacer las paces con él?
—Ni loca me iría otra vez con ese tío, aunque fuese el último hombre.
Paco se la quedó mirando.
—¿Dejas al novio y el trabajo a la vez?
—Otro día te lo comento más despacio, Paco. Entiéndelo, por favor.
—No te vayas, por favor. —La sujetó del brazo—. Quiero decirte algo muy importante, María. No puedo dejar la empresa ahora. Espérame a las tres y media. Venga, anímate. Reviso una conducción de dinero muy valiosa y luego nos vemos, ¿vale? Te prometo que luego te dejaré en la puerta de tu casa. —María le sonrió—. Y llámame papá, anda.
María se quedó un momento sin contestarle.
—No estoy acostumbrada, Paco. Bueno, quedamos a las tres y cuarto, como mucho, ¿vale?
María se despertó súbitamente. Su teléfono sonaba. Descolgó y oyó a alguien gritar: «¡María!, ¿estás ahí?». Miró la hora: las tres y media. La misma voz dijo: «Oye, lo siento mucho, ha habido una avería en el camión blindado y me ha entrado un lío de aquí te espero».
Era la voz de Paco.
—No pasa nada, Paco —contestó María—. Otro día comeremos.
—Estoy en el lugar del accidente. Tenemos que repasar la carga y esas cosas. Un coñazo. Le he dicho a Peláez que coma contigo, que te invite. Yo iré luego, a los postres. Que te lleve al Palace. Luego nos vemos y tomamos café.
María colgó el móvil sin contestarle y se fue de la oficina. En la calle, mientras caminaba hacia el metro, llamó a su madre al móvil y luego al fijo de su habitación en la clínica. Emilia descolgó enseguida.
—Soy yo, mamá, te he llamado al móvil y no contestabas. ¿Has vuelto a perderlo?
—Ay, hija, sí, ¿qué quieres que haga? Se me pierde continuamente, eso es lo que me pasa. Debería colgármelo del cuello. ¿Ocurre algo?
—He estado con Paco y le ha dado una especie de ataque de amor paterno, parece que sufre una fiebre de paternidad tardía. No me ha hecho ni puto caso desde que os separasteis y ahora parece que no puede vivir sin mí.
—Hija, hay hombres que de mayores sufren esos ataques. Se le pasará, ya verás. No te preocupes.
—Vale. Oye, tengo que contarte un montón de cosas. Voy a cambiar de vida, lo tengo decidido. A ti nunca te ha gustado Fernando, ¿te acuerdas? —Su madre se mantuvo en silencio—. Bueno, pues lo dejo, lo mando a la mierda. Me separo, ya estoy hasta el moño de ese tío, y además dejo también el bar. Estoy hasta las narices de servir copas.
—¿Y qué vas a hacer, hija? ¿Tienes otro trabajo?
—Ya encontraré curro, tú no te preocupes. Con lo que me dé Fernando del finiquito podré ir tirando hasta que encuentre algo. Me debe dos meses.
—Hija, yo te puedo ayudar, cuenta siempre con eso. ¿Vale?
—Mamá, ya sabes lo que te he dicho. Ese dinero lo guardas para la vejez. Todavía te debo dinero de lo que me prestaste el año pasado. ¡Ah, y otra cosa! Dejo la bebida y es definitivo. La que tomé ayer por la noche ha sido la última copa. ¿Qué te parece?
—Eso sí que es una buena noticia, hija. ¿Y lo vas a hacer de verdad?
—De verdad de la buena. Va a ser duro, pero estoy dispuesta. Y ya hablaremos. Tengo muchas ideas para el futuro. Oye, ¿sabes ya cuándo te dan el alta de una vez?
—Un día de estos. Me han dicho que igual todavía paso aquí el fin de semana. Qué ganas tengo de volver a casa, hija.
—Adiós, mamá.
A continuación, María llamó a Fernando, pero no contestó. Le dejó un mensaje en el contestador: «No voy a poder ir a verte esta tarde. Te volveré a llamar y arreglaremos lo que me debes. Y no voy a volver a trabajar en La Carbonería. Adiós, suerte».
María colgó y volvió a llamar. Esta vez Fernando se puso.
—Fernando, ¿estás ahí? Soy yo, María.
Sí, ahí estaba. Y la voz sonaba amable, incluso cariñosa.
—Hola, dime, María —le contestó.
—Nada, que me ha ocurrido un percance y no puedo ir esta tarde a cobrar.
—¿Un accidente?
—No, un malentendido. Pero iré el sábado sobre las cinco y media de la tarde, ¿te parece?
—Cuando tú quieras. Y creo que tienes razón, te presté solo trescientos euros. No quinientos como yo decía.
María se quedó en silencio.
—Vale…, bueno, hasta pronto.
—Vente cuando buenamente puedas. Tengo tu dinero dispuesto.
¿Ese era Fernando? ¡Estaba irreconocible!
José Manuel Romero empujó la puerta sin cerrar de una oficina alquilada por horas en la calle del Arenal en Madrid y pasó dentro. Al llegar, le preguntó a la pareja formada por María Dolores Urbina y Céspedes y Leopoldo Civieta, que lo esperaban, si habían «barrido» bien la habitación.
Y eso nada más entrar. Y repitió:
—Me refiero a si está bien barrida y es segura.
María Dolores Urbina y Céspedes, secretaria general de Resurrección Española, y su marido, Leopoldo Civieta, al que los íntimos llamaban «Tío Polo», un financiero sin cargos en el partido, lo esperaban sentados alrededor de una mesa de formica con un cenicero grande en medio, aunque ninguno de ellos fumaba.
Asintieron con una sonrisa. Romero dijo desde la puerta:
—¿Le damos otro repaso y nos quedamos tranquilos?
—Lo ha comprobado nuestro técnico antes de venir. Lo hacemos siempre, antes de cada cita. Se acaba de marchar. Pero adelante, no hay ningún problema —respondió Lola Urbina.
Tío Polo se puso en pie y «barrió» la pequeña habitación con un Sneider portátil. Romero lo miraba sin parpadear. Cuando acabó les dijo:
—Luciano me ha dicho que queríais verme.
Tío Polo lo interpeló:
—Romero, estamos jodidos, tío. Jodidos de verdad. El caso es que ese que le hizo la ropa al de Valencia, ¿comprendes?, amenaza con ponerse a hablar.
Romero aguardó a que continuaran.
—Sabemos que se han acojonado y tenemos miedo de que cante por soleá. Y si eso ocurre, Valencia entera cae, incluida la Diputación. ¿Te das cuenta? Hay que parar eso como sea. Hay mucho en juego. Además está lo de Castellón, el escándalo del aeropuerto. Bueno, y también lo del Ayuntamiento de Valencia —siguió Lola Urbina.
—¿Qué pasa en Valencia? —preguntó Romero.
—En Valencia manda ella, que es muy lista, eso sí. Pero le pierde la priva. Para más inri, la han pillado in fraganti llevándose unas gafas de sol de unos grandes almacenes, una broma, pero la han captado las cámaras de seguridad. Tenemos miedo de que a cambio de que le perdonen otras cosillas se ponga a hablar. ¿Qué te parece el panorama?
—No quiero nombres, ¿vale?
—Sí, sí, de acuerdo, sin nombres.
—¿Habéis hablado con el sastre directamente? —preguntó Romero.
—Sí, por supuesto. Muchas veces.
—¿Cuánto le habéis ofrecido?
—Mucho, yo creo que demasiado…, pero nunca está contento, quiere más. Me gustaría que tú nos dijeras por dónde puede cojear, ¿de acuerdo? Podrías presionarle si supieras algo de él: putas, deudas, gastos extras. Lo que sea.
—Lo de las putas está pasado de moda, Lola. No fastidies. Por ahí no se puede pillar a nadie, como no sea un magistrado o un obispo. ¿Me sigues? Ahora dime, ¿es maricón? ¿Le gustan los hombres, las niñas, los niños? Hay que saber de qué pie cojea. Es importante.
Los dos se quedaron en silencio observando a Romero. Al fin, Tío Polo dijo:
—No sabemos por dónde pierde aceite, es un tío chapado a la antigua: católico, apostólico y romano. Pero ha aceptado mucha pasta nuestra.
—¿Qué tal se llevan el sastre y el jefe?
Respondió Lola:
—Al principio de maravilla. Pero cuando la prensa empezó a intervenir, no sé, se volvieron más tiquismiquis. Yo creo que empezó a preocuparles que lo investigaran. A lo mejor es que tienen los dos algo escondido, un cadáver en el armario: estafas, deudas…, cualquiera sabe.
—Miedo… —dijo Tío Polo—. Eso es lo que tienen los dos, mucho miedo.
—¿De asuntos fuera del partido? —preguntó Romero.
—Sí, de fuera del partido. No sería extraño.
Romero advirtió:
—Es posible que sea más sencillo: alguien le está ofreciendo más pasta. Probablemente los sociatas o un intermediario. Lo están comprando con mucha pasta para que cante. De todas maneras, debe de tener miedo a enemistarse con vosotros. Mándame una lista de sus amigos y familiares.
—¿Una lista? Joder, Romero, es bastante probable que sea eso que dices. Te la mando mañana por el conducto de siempre.
Romero se puso en pie. Añadió:
—Hay que probar también con su mujer, con una hija o un hijo, no sé, o un hermano. Necesito a alguien muy cercano a él al que se le pueda amenazar. Investigaré por ahí.
—Perfecto. ¿Podrás hacerlo esta semana? —preguntó Lola.
—Se puede hacer, claro que se puede. Deja que mire los ficheros —contestó Romero—. ¿Cuánto decíais que estáis dispuestos a darle?
—Un millón.
—¡Joder! —exclamó Romero—. ¡No me fastidiéis, coño!
—Es que lo de Valencia puede ser muy gordo, Romero. Se pueden destapar los negocios con el grupo ese de Cibersa, los americanos, Argentina, las inversiones en Panamá, no sé… Y luego está el Emérito, que lleva reuniéndose desde hace bastante tiempo con el jefe…, bueno, su yerno, el tío ese, el deportista. Lo sabemos por uno de sus contables, Camilo Blanco, que entre los dos son la hostia. Se están llevando una pasta gansa: de los moros, de los rusos, de los alemanes, de los de Namibia… El yerno es de aúpa con los negocios, no tiene fondo, el tío. Y el Emérito lo respalda y posiblemente pille también.
—Suegro y yerno están conchabados a lo grande —remachó Lola—. El Emérito y el yerno se lo llevan a carretadas. Por lo visto han comprado hasta una máquina de esas para contar billetes.
—Los negocios los hacen a través de la alemana, la Carina esa, que lleva las otras sociedades europeas. Pero se están metiendo en un follón.
—Mira tú también en tus archivos, José Manuel, en Jano. ¡Qué te vamos a decir a ti nosotros!
—Habrá gastos, ya sabéis. Necesito una provisión de fondos para ponerme a funcionar. Los coches necesitan gasolina.
—¿Cuántos ceros?
—No te preocupes por los ceros. Tendrás el informe completo enseguida. —Romero se ajustó la chaqueta y les dijo—: Tendréis noticias mías muy pronto.
Lola parpadeó y lo tomó del brazo.
—Espera un momento, José Manuel. Me gustaría que…, no sé cómo decírtelo. Tenemos que conseguir el contrato que le hicimos al sastre.
—¿Le hicisteis un contrato al sastre? ¡Por el amor de dios!
—No he podido hacer nada. Lo tiene en su casa, creo que en su despacho, en la caja fuerte. Lo necesitamos, José Manuel. Si trasciende a la prensa, estamos jodidos.
Romero la miró fijamente.
—No me jodas, Lola. —Tío Polo lo observaba expectante—. Eso es muy grave, coño.
—Hay que cambiar el contrato, tenemos otro igual. Hay que ir a la caja fuerte, sacarlo y dar el cambiazo.
Tío Polo abrió la cartera y le tendió un sobre azul de papel de Manila. Romero lo cogió y se abanicó con él.
—Dentro hay un plano del despacho y la clave de la cerradura de la caja.
—Cien mil papeles ahora y un plus después —dijo Romero.
—¡Sí! —contestó rápidamente Lola Urbina—. ¿Cuándo lo podrías hacer?
—Te lo diré mañana o pasado.
—Vale, Romero. Recuerda, cien mil papeles.
—Ahora me tengo que ir. Vamos por la puerta de atrás, venga.
Caminaron por un pasillo. Llegaron a una puerta y antes de salir Tío Polo agarró del brazo a Romero.
—Espera, no hemos hablado de esos chicos, los perroflautas. No hemos recibido todavía los informes de esos chavales.
—La impaciencia no es conveniente para nadie.
—Eso lo entendemos, Romero.
Intervino Lola:
—¿Va a ser lo que hemos pensado?
—Sí, eso mismo. Los podemitas deben cobrar de Venezuela, es lo que mejor funciona. Lo tenemos casi listo…, un contrato de un curso para funcionarios estatales para la renovación de la función pública venezolana. Ellos van siempre de profes.
—¿Y de Cuba?
Romero se detuvo.
—Los cubanos son muy listos, olvídate de eso. Es mejor Venezuela, gritan más. Y espera unos días, lo tendrás disponible enseguida. Lo miráis y me decís las pegas… si las hay.
—¿Habrá problemas?
—No creo. Escucha, hemos decidido que serán periodistas progres los que ataquen primero: Marcelo Urrutia o Estébanez Mozo, o Marije Sáez, por ejemplo. Conviene que sea gente con fama de izquierdista. Serán ellos los que presenten un dosier de denuncias contra esos perroflautas y los de Izquierda Hundida.
—¿Por qué los denunciamos?
