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Exboxeador, expolicía, excobrador, Antonio Carpintero, más conocido como Toni Romano, trabaja, pocos años después de su última aventura, de fisonomista en el Casino. Deudas de juego, sin embargo, que lo tienen atado a su antiguo empleador, Draper, hacen que no le haga ascos a algún encargo extra que pueda salirle. Y sorprendentemente resulta ser la búsqueda de un antiguo compañero de la policía, Nico Sepúlveda, pasado ahora en apariencia a los caminos de la delincuencia. La investigación que Toni emprende lo lleva a reencontrarse con otros miembros del antiguo Grupo de Noche de la policía, del que fue jefe, y que no parecen muy satisfechos de ello, convencidos de que incurrió en corruptelas. En mitad de un paisaje poblado de macarras, traficantes, especuladores, jugadores y prostitutas, Toni acaba mezclado con gente muy peligrosa dispuesta a defender un millonario negocio.
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Seitenzahl: 221
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Juan Madrid
Grupo de Noche
Edición revisada por el autor
Para mi viejo y querido amigoRicardo Herreu, in memoriam
«Galería de caricaturas trazadas con singular gracia y despejo, cuadro acabado de costumbres truhanescas, espejo y luz de lengua castellana, fácil, rápida y nerviosa.»
M. M. PELAYO (sobre el Lazarillo) enHistoria de los heterodoxos
Una noche me encontraba por razones de trabajo acodado en el mostrador del Cock, un bar tapizado de madera oscura situado en la calle de la Reina. Me habían contratado para recibir una bofetada.
El Cock era uno de esos bares frecuentado por periodistas, actores y gentes de letras que no hacían otra cosa que hablar y exhibirse. Cuando se reconocían, se abrazaban y besaban con grandes aspavientos, dando la impresión de sentir una alegría irrefrenable. Sabían que eran observados, y solían sentarse muy derechos, encaramados en sus asientos y con los brazos por encima del respaldo.
Como ya he dicho antes, yo estaba allí porque un tal Arturo Estrachan me había ofrecido cincuenta mil pesetas a cambio de un poco de teatro. Ya me había entregado veinticinco a cuenta, el resto me lo pagaría después. Cuando tuviera todo el dinero, se lo daría a mi portero, Gumersindo Acebes, antes de que me denunciara al juzgado. Otra vez le debía tres meses de alquiler.
Estrachan era dentista, pero había escrito una novela titulada Durante la madrugada pasan pájaros y quería promocionarse invitando a copas a una crítica literaria, al parecer muy conocida, llamada Helena Ortuño, colaboradora del suplemento literario de un importante periódico.
Ésa era la razón por la cual estaba en ese lugar, y a esa hora, observando a todas las mujeres que entraban.
Estrachan me había indicado que la mujer era «alta y rubia» y que se sentaría a una mesa reservada en el centro del local. Veinte minutos después de la hora prevista una mujer se detuvo en la puerta, miró a izquierda y derecha y habló con el camarero del cráneo afeitado, que la condujo a la mesa. Era alta, pero con el cabello castaño claro, y parecía desenvuelta y segura de sí misma. Aguardé a que se despojara del ligero abrigo y le pidiera bebida al camarero.
Entonces abandoné el mostrador con el vaso de cerveza en la mano, llegué hasta su mesa y me senté frente a ella.
–Hola –le dije–, ¿qué hace una chica tan guapa sola?
Me miró con sus grandes y tranquilos ojos verdiazules como si aquello le ocurriera todos los días.
–Vaya, se ve que eres un tío original, ¿eh? ¿Vas a preguntarme ahora si estudio o trabajo?
–Sólo quiero hablar un poco contigo. ¿Cómo te llamas?
–Oye, ¿por qué no te largas? He quedado con una persona, ¿vale?
–¿Vienes mucho por aquí? Esto está muy bien, ¿verdad? Luego, más tarde, se pone mejor.
Le sonreí. Ella me miró directamente a los ojos.
–Eres de manual, ¿de dónde has salido? Te acabo de explicar que he quedado con alguien. ¿Es que no entiendes?
–Vamos, eso es un truco muy viejo. No estás esperando a nadie. ¿Por qué no me dices cómo te llamas? Yo me llamo Antonio, pero llámame Toni. –Le tendí la mano y ella miró para otro lado–. ¿Cómo te llamas tú? ¿Te ha comido la lengua el gato?
–Oye, no me jodas, ¿vale? Además, te recomiendo que cambies de método. Así no te vas a jalar una rosca, te has quedado en los años cincuenta.
El camarero de la cabeza afeitada le trajo un gin-tonic.
–Gracias, Vicente.
–De nada.
La observé beber un trago. Debía de tener entre treinta y cinco y cuarenta años y su rostro era triangular y la boca grande. No había imaginado que las críticas literarias pudieran ser tan guapas.
–¿Todavía sigues ahí? –me preguntó.
–¿Qué método debo seguir?
Sonrió.
–¿Método? Pues... no sé, intenta ser un poco más natural, más relajado.
–¿Pruebo otra vez?
–Así vas bien, pero hoy no te va a servir. Te he dicho que he quedado con alguien.
–¿Estoy haciendo algo malo?
–No, sólo molestas.
–¿Por qué no quieres hablar conmigo? Estoy seguro de que llegaremos a ser buenos amigos.
Se mordió el labio inferior y giró la cabeza. Apoyó el codo en la mesa y se tapó la boca con la palma de la mano.
–¿Eres periodista o escritora? Aquí la mayoría son escritores. Bueno, o actores. Espera, deja que lo adivine..., eres actriz.
–No seas pesado, joder.
–Venga, mujer, que no me como a nadie. ¿A qué te dedicas?
Vi a Estrachan entrar. Llevaba una chaqueta de pana azul con coderas de cuero, sin corbata, y pantalón vaquero planchado. Empezó con los que estaban en el mostrador dando palmadas en los hombros y soltando risotadas. Luego saludó a otros clientes sentados a una mesa. Venía hacia mí, despacio.
Estrachan se colocó al lado de la crítica literaria y dijo con la voz más alta que pudo:
–¿Quién es este tío, Helena? ¿Te está molestando?
–¿Éste? No, de ninguna manera. Se ha sentado ahí, pero ya se iba –respondió ella.
–La silla estaba libre –contesté yo.
–¡Imbécil, fuera de aquí, vamos! ¡Vamos!
–Y si no me voy qué. ¿Me vas a pegar?
–¡Sí, te voy a sacudir, qué pasa!
Arturo me empujó de un manotazo. Me puse en pie. Todo el mundo nos estaba mirando.
–No empuje. Yo no le he faltado.
–¡Chulo, que es usted un chulo! ¡Y se lo digo en la cara!
–¡A la mierda los dos! –exclamó Helena, que cogió su copa y se alejó de la mesa hacia el mostrador.
–¡Espera, éste se va a marchar enseguida! –le gritó Estrachan.
Helena se volvió.
–Pero ¿qué os pasa a los tíos? ¿Estáis todos mal de la cabeza o qué?
Estrachan, antes de lo acordado, me dio una bofetada que sonó como un trallazo. Helena exclamó: «¡Oh!», y se hizo el silencio en el bar. El camarero calvo se movilizó y vino hacia nosotros. Caminé hacia la salida. Arturo Estrachan gritó:
–¡No vuelvas más por aquí o te romperé la cara, desgraciado!
Llegué a la puerta y salí.
Me gusta la distancia que hay entre el ombligo y el sexo de una mujer. Es un camino largo. El de Melisa es muy largo, plano, hasta llegar a la protuberancia del monte de Venus concienzudamente afeitado. Llegué hasta allí y dejé la mano. Debí de perder la conciencia y volví a soñar sin imágenes. Supuse que de nuevo caminaba por el pasillo de mi casa, pero no estaba seguro. Hacía mucho tiempo que no me pasaba eso. Melisa leía un libro en la cama y dio un brinco, sobresaltada.
–¡Eh, qué te pasa! ¡Me has asustado!
–Tranquila, no ocurre nada. Me he dormido.
–Pues parecía que te habías muerto. Has puesto los ojos en blanco. ¿Qué te ha pasado? Me estabas mirando y de repente, un segundo después, has puesto los ojos en blanco, como si te hubieras muerto.
–Se llama el pseudosíndrome de Cavestany. Le pasaba a Napoleón, Newton, Marx, Mao... Se debe a que nunca duermo.
–Eso es una tontería, no te creo. Simplemente te aburres conmigo. –Miró el reloj–. Tengo que marcharme. Mi marido debe de estar a punto de llegar a casa.
–No es ninguna tontería. Es una enfermedad real. La mayor parte de la gente necesita dormir ocho horas, nosotros no. Nos basta con una o dos horas de sueño al día y, a veces, menos.
Le puse la mano otra vez en el bajo vientre.
–¿Cuándo vas a dejar de afeitártelo?
–A mi marido le gusta así, le dan asco los pelos. ¿Nos vemos mañana?
–¿Se va de viaje tu marido?
–Sí, es posible. De todas maneras, ya te avisaré.
Salió de la cama y se dirigió al cuarto de baño. Me gusta mirar la espalda de una mujer. Melisa tiene la cintura estrecha y las nalgas duras como balones. Se broncea en un gimnasio. Escuché el ruido de la ducha. Encendí un cigarrillo y tomé el libro que me había regalado. Se llamaba Nocturno 2 y el autor era un tal Arestes Duhalde. En la contraportada se enumeraban los premios que había conseguido y las opiniones de críticos y colegas que merecía su obra. Lo abrí al azar y empecé a leer: «El hombre que no era Santiago se acercó a la mujer que no era Blanca y la besó...». Dejé el libro sobre la mesita de noche.
Poco después Melisa regresó vestida.
–Ya estás fumando. ¡Es que contigo no se puede! ¡Fuma cuando yo me vaya! ¡Te lo tengo dicho! ¡Tienes que pensar en los demás, no debes ser tan egoísta! En mi casa no fuma nadie. Cogí a mi marido fumando en el retrete y me fui un fin de semana a casa de mi madre, para que veas. Me prometió que no volvería a fumar más. Parece mentira que aún no te des cuenta de lo que produce el tabaco. Es peor para los fumadores pasivos. Y deberías leer los libros que te traigo.
Se marchó. Descolgué el teléfono y marqué el número de Arturo Estrachan.
Surgió una voz de mujer.
–¿Diga?
–¿Clínica Estrachan?
–¿Qué?
–Pregunto por la Clínica Dental Estrachan. Quisiera hablar con don Arturo. Estoy citado con él.
–¿Ha dicho usted Clínica Estrachan? Esto es una fábrica de pinturas... Espere un momento.
Se puso un hombre.
–¿Oiga? ¿Ha preguntado por la Clínica Estrachan?
–Sí.
–Mire, la clínica ocupaba antes este local, pero hace mucho tiempo que nos la traspasó a nosotros. Cuatro o cinco años.
Los síntomas volvieron otra vez esa misma noche, pero mucho más fuertes: sudor frío, explosiones de luces en la cabeza, pérdida de la voluntad. Sabía que más tarde aparecerían los mareos, el sueño súbito y las posibles caídas.
Estaba jugando al póquer en un garito que se hacía llamar Asociación de Cazadores de España, en un viejo caserón de la calle Fuencarral, cerca de la Unión Relojera Suiza y la Gran Vía. En sus tiempos debió de ser elegante. Ahora no.
Me encontraba en el antiguo comedor, donde había tres mesas cubiertas con tapetes verdes con capacidad para cuatro o cinco jugadores cada una. No era un lugar acogedor, ni limpio. Tenía la garganta dolorida y los ojos irritados por el humo de los cigarrillos.
Mi juego era una pareja de tres, un cuatro de tréboles, un siete de corazones y una jota. Me descarté de un tres y puse sobre la mesa dos mil pesetas, la postura que había anunciado el que hacía de banca. Buscaba una escalera simple.
En el descarte me entró otro tres.
–No voy –dije.
Arrojé mis cartas sobre la mesa. Alguien dijo:
–Las veo.
El de al lado tenía un full de ases y jotas. El dinero desapareció de la mesa. Y ése fue el momento del ataque. Tuve que cerrar los ojos. Las explosiones, como pequeñas bombas de fragmentación, se sucedieron.
Cuando abrí los ojos, miré el reloj. Eran las diez, de la noche. Había dormido quince segundos.
Me puse en pie. Todavía no habían llegado los mareos, pero los ojos me picaban. Me sostuve apoyándome en el respaldo de la silla.
–Me marcho –anuncié.
Cerré los ojos con fuerza, presintiendo los mareos. Tuve miedo de caerme.
Atravesé la habitación hasta la cortina verde que la separaba de la antigua cocina, la aparté y asomé la cabeza. Draper se encontraba en el rincón que hacía de bar. Tenía una botella de cerveza en la mano.
–Vaya pinta tienes. Ya estás jodido, ¿verdad? No hay más que verte.
–Una cerveza bien fría, Maruja, por favor.
Maruja, la dueña del garito, me observó con burla. Era una gorda alta y tetona.
–Están regular –contestó–. ¿No quieres mejor un café?
–Cerveza.
Maruja sacó un botellín de la nevera y me lo entregó.
Estaba caliente. Quizá pudiera llegar al Casino antes de caerme al suelo.
–¿Cuánto has perdido? –me preguntó Draper.
–Todo.
–Me debes ya...
–Setecientas cincuenta mil.
–Eso es, setecientas cincuenta mil.
–Que te estoy devolviendo al quince por ciento mensual, Draper. ¿Alguna vez he dejado de pagarte?
–Por la cuenta que te trae. Este mes son... ciento setenta y siete mil. Y sólo los intereses.
–Sé sumar, Draper.
Bebí cerveza otra vez.
–¿Qué te ocurre últimamente, Toni? El dinero no te dura.
–Eso por un lado, por el otro es que cada vez me entra menos. Pero no te preocupes. Te lo pagaré todo, mes a mes.
Maruja atendía la conversación moviendo la cabeza en dirección a uno y luego al otro. Como en un partido de tenis. Entonces me dijo Draper:
–Oye, creo que tengo algo para ti. Un curro que te va a venir como anillo al dedo para que puedas pagarme. El curro es un poco raro, pero hay bastante pasta.
–¿Cuánto es para ti bastante pasta?
–Un millón.
–Espero que no se trate de guardaespaldas por horas, Draper. No me gusta.
–No, hombre, no es nada de eso. Se trata de encontrar a Nico, pagan un millón sólo por eso. Al menos eso me han dicho.
–¿Nico?, ¿qué Nico?
–¿Quién va a ser? Tu amigo Nico, Nico Sepúlveda.
–Espera un momento, Draper. Nico está en Miami, se marchó hace siete años.
–No, ha vuelto. Está en Madrid, lleva un par de meses por aquí. Ha venido huyendo de Miami, un asunto de desfalco o de chantaje, me parece. El caso es que ofrecen un kilito al que lo encuentre. ¿Qué dices?
Me quedé yerto. Nico Sepúlveda había sido mi mejor amigo, compañero en el Grupo de Noche.
–Eso es imposible, Draper. ¿Lleva el asunto tu ejecutiva?
–No, me he enterado porque una tal Adela Grump ha preguntado por ti en la agencia y yo le he dicho que vaya a verte al Casino. Sigues trabajando en el Casino, ¿no?
–Sí –contesté distraído–, ahí sigo.
Rubalcaba, el jefe de seguridad del Casino, señaló con el dedo la fotografía ampliada de Gonzalo Dueñas que brillaba en la pantalla y dijo que nos fijásemos bien. La foto parecía la de un padre de familia que estuviera comenzando a engordar, a juzgar por sus infladas mejillas y la papada que destacaba bajo la barbilla.
–Ahí tenéis a ese cabrón –manifestó–. Y parece que viene para acá, al menos acaba de llegar a Madrid. Hace tres días que volvió de Sídney, Australia, después de un viaje de tres meses por el Pacífico. Al parecer ha conseguido más de noventa millones.
Llevaba unos cuantos meses trabajando de fisonomista en el Casino, junto a Cifuentes, Medina y Marisa Hormigón, mis compañeros. Acudía al Casino tres días a la semana de once de la noche a cinco de la madrugada, en lo que se llamaba turno americano. Otro turno hacía lo mismo los días en que faltábamos nosotros.
Nos llamaban «fisonomistas» porque teníamos que grabarnos en la memoria, y luego reconocer, los rostros de la multitud de timadores, ladrones y ladronzuelos que, disfrazados o no, llegaban con la intención de poner en práctica sus habilidades.
–¿Dólares? –preguntó Cifuentes.
–Pesetas –respondió Rubalcaba, y añadió–: Me gustaría saber su método. Me retiraría, tíos, pondría un estanco o una mercería.
–Da más pasta un bar, no jodas –intervino Cifuentes–. O una casa de putas.
–¿Qué es lo que hace exactamente? –pregunté.
–Ruleta –me indicó Marisa. Tenía cincuenta años y trabajaba con un vestido de noche en las mesas del 21. Era capaz de darse cuenta de cualquier mano que escabullera una ficha a cuarenta metros de distancia. Y añadió–: Apunta durante varios días todos los números y posiciones que han salido y elabora una curva de tendencias.
–Eso se lleva intentando desde que se inventó la ruleta –respondí–. No funciona.
Intervino Rubalcaba:
–A él sí le funciona, aunque nadie sabe cómo. El tío es matemático, antiguo profesor universitario. Hemos recibido informes del casino de Sídney, y antes de Montecarlo, Deauville, Las Vegas... Gana en un setenta por ciento de las veces. Y trabaja siempre sobre una mesa, nunca más de una.
Se cruzó de brazos. Esa habitación, llamada entre nosotros El Nido del Cuervo por los monitores de las cámaras que vigilaban las mesas y la sala, era el centro neurálgico del Casino. Sabíamos que cada posición de la ruleta quedaba registrada electrónicamente, de manera que se reconocieran los premios. Con eso se intentaba evitar que los crupieres y jefes de mesa engañaran. Esos listados se consideraban material secreto y se mantenían en una caja fuerte. Además, técnicos especializados de la Comisión Nacional del Juego comprobaban todas las noches el perfecto equilibrio de los platos de ruleta.
Marisa continuó:
–Nadie sabe cuántas anotaciones hace Dueñas, ni durante cuánto tiempo. Lo único que sabemos es que se pone en una mesa, empieza a apostar y gana. A veces se tira tres o cuatro horas y, otras, más tiempo. En Deauville ganó medio millón de francos en cinco horas. Los clientes de la mesa le aplaudieron.
–Curioso –manifesté.
–Fue hace dos meses –añadió Marisa.
–¿Hace algo ilegal? –pregunté.
–No, que nosotros sepamos –contestó Rubalcaba–, pero no lo queremos aquí. Vamos a vigilar a cualquiera que veamos anotando las posiciones de las ruletas y a ponerlo en la calle sin contemplaciones.
–No veo cómo se puede prohibir eso –observé–. Anotar los resultados de las ruletas no es un delito. ¿Qué ocurre si protestan ante la Comisión del Juego?
–Me da lo mismo –insistió Rubalcaba–. Además vamos a mover los platos de todas las ruletas dos veces todas las noches, a partir de hoy. Ya sé que es ilegal, pero son órdenes de arriba. ¿Alguien tiene algo que decir?
–No me gusta –dije–. No me gusta esto en absoluto.
–Pues si no te gusta te vas a la puta calle. ¿No has oído hablar de la empresa privada? Aquí se hace lo que deciden los jefes, como en todas partes. Y a quien no le guste, ya sabe..., puerta. Ahora atentos, es posible que Dueñas acuda al Casino disfrazado. Hemos elaborado seis variantes de disfraces. Están avisados los porteros y los vigilantes de seguridad. ¡Ah!, y hay una prima de cincuenta papeles para el que lo vea primero.
La vi en la cafetería cruzada de piernas sobre uno de los taburetes del mostrador, bebiéndose tranquilamente algo que podría ser champán o una copa de vino blanco. En la distancia parecía esbelta, con melena corta rubia que recortaba su rostro moreno. Llevaba un pequeño bolso marrón de cuero en bandolera y vestía un sencillo vestido verde. Nuestras miradas se cruzaron y sonrió como si me conociera de toda la vida.
–¿Adela Grump?
–Y usted es Antonio Carpintero, ¿verdad?
–¿La envía Draper?
–Eso es. ¿Qué tal va la noche?
–Tranquila. Casi siempre son así –respondí.
Me senté en el taburete de al lado.
–¿Dónde podemos hablar?
–Según de lo que quiera hablar. Si es trabajo lo que va a ofrecerme, aquí mismo sirve. Tengo quince minutos de descanso.
–Vaya, eres rápido.
–A veces. ¿Qué más?
–Me parece que nos vamos a llevar muy bien tú y yo.
Lucas, el camarero, se acercó. La empresa nos permitía una consumición gratis, cerveza sin alcohol o refresco, pero Lucas nunca era demasiado estricto si no estaba el encargado cerca.
–¿Lo de siempre, Toni? –me preguntó.
–¿Tengo opción?
Bajó la voz:
–Sí.
–Entonces un gin-tonic con unas gotas de limón. –Me volví a Adela–. Empieza a contarme esa historia de Nico.
El coche de Adela era un Peugeot blanco. Conducía agarrando el volante con las dos manos, la vista fija en la cinta de la carretera y la ventanilla abierta para que el aire de la noche le removiera el cabello.
Me observaba a cada instante. Luego volvía el rostro al frente.
–En realidad tú y yo somos compañeros, por así decirlo. Trabajo en seguridad para las empresas de Arévalo, lo mismo que tú en el Casino. –Y añadió–: Entre colegas da gusto, ¿verdad? El millón te lo podemos garantizar por escrito.
–Te he dicho que no.
–¿No? ¿Por qué?
–Si lo preguntas, no te hace falta ninguna respuesta.
Bajamos por la calle de la Princesa hasta la plaza de España. Aún no había amanecido. Los anuncios luminosos de bares y restaurantes estaban apagados.
Dijo de pronto:
–¿Qué es lo que no te gusta?
–No lo sé... Me cuesta creer que Nico se haya convertido en un chantajista.
–Entonces me parece que no lo conoces bien.
Frenó el coche en Callao y puso el brazo en el respaldo de mi asiento. Ya había gente entrando y saliendo de las bocas del metro.
–Dime la verdad, Toni. ¿Has visto a Nico?
–No. Ya te lo he dicho.
Me dio una tarjeta y la miré.
–Si cambias de opinión, ven mañana a verme a la oficina... digamos que a las once. ¿De acuerdo? Oye, ¿seguro que Nico no se ha puesto en contacto contigo?
Mi mano estaba ya en el abridor de la puerta, pero acercó su cabeza a la mía. Sentí su olor corporal, mezclado con algún perfume suave.
Pero abrí la portezuela y salí del coche. Había una sonrisa burlona en su boca.
–Piénsalo..., ¿vale?
Matías vendía periódicos delante de su quiosco en la Puerta del Sol, acompañado por Rafa, el lotero. Me golpeó el hombro.
–¡Qué pasa, campeón!
–Sin novedad, Matías.
Me entregó el periódico y el paquete de Ducados. Se había jubilado de la Policía Nacional diez años atrás, un poco antes de la reforma.
–¿Has ido al médico, Matías? –le pregunté.
–Estoy como una rosa, Toni. Me siento muy bien.
–Este menda tiene cuerda para rato –manifestó Rafa.
–Me encuentro mejor que nunca, chaval –añadió.
–¿Vamos a tomarnos unos chinchones? –preguntó Rafa.
–Hoy no, estoy cansado. He tenido un día jodido. ¿Te acuerdas de Nico, Matías?
–¿Quién, Nico? No me jodas, claro que me acuerdo de Nico. Era un tío cachondo, muy simpático. Daba gusto cuando me destinaban con él, siempre estaba de broma, ¿verdad?
–Creo que está en Madrid.
–Coño, tráetelo aquí y nos vamos de copas, ¿vale?
–De acuerdo, lo traeré aquí. Pero antes tengo que verlo.
Matías añadió:
–Esta ciudad es una mierda, Toni. Igual me voy a Benidorm con mi hija un día de éstos. Tengo dos nietos, sabes. Un niño y una niña. ¿No te gustaría quedarte con el quiosco? Te lo traspaso barato, te doy facilidades.
Me quedé pensativo.
–Píllalo, Toni, colega. Podemos ser socios –dijo Rafa–. Yo puedo aportar la lotería y un poco de pasta que tengo ahorrada.
Negué con la cabeza.
–No, gracias, Matías. No me veo de quiosquero, qué quieres que te diga.
–No me gustaría dejárselo a un extraño. –Aquí no puede venir un extraño, Toni. –Me dio otro golpe en el hombro.
–¿Por qué no te lo piensas?
–Vale, lo pensaré.
A veces Matías le dejaba el cuidado del quiosco a Sebastián, el barrendero, y Matías, Rafa y yo nos íbamos a La Mallorquina y tomábamos café, chinchón y bollos recién hechos. Esa madrugada no lo hicimos.
Tenía un mensaje de Melisa en el contestador. Probablemente me hablaba desde el dormitorio mientras su marido usaba el retrete. Me había llamado al Casino, pero yo ya había salido. El mensaje decía: «Mi marido se va de viaje, ¿cuándo podemos vernos, cariño?». Y luego añadía una coletilla que no comprendí: «Espero que te lo hayas pasado muy bien, hijo de puta».
Ya había amanecido y me asomé al balcón. Por la calle Esparteros pasaban los acostumbrados ríos de gente hacia la Mallorquina y la Puerta del Sol, arrebujados en sus sueños.
Tenía que dormir, pero cerré el balcón, hice café y lo bebí despacio, sentado en el sofá cama impregnado del olor de Melisa, pensando en Nico Sepúlveda. No podía haber vuelto a Madrid y no haberme llamado. Era imposible. ¿Qué había hecho Nico? ¿Espionaje industrial? Mi amigo no podía haberse convertido en un delincuente, sin embargo...
Fui al pasillo, abrí el armario empotrado y rebusqué en los cajones de abajo. Allí estaba mi revólver Gabilondo del 38 –tenía licencia de armas–, unos cuantos recortes de periódicos de cuando gané el campeonato militar de boxeo en los wélter –y me hacía llamar Toni Romano, qué estúpido–, la cartilla militar, papeles, fotografías y...
Coloqué la fotografía a favor de la luz. Nico y Pellicer me tenían cogido del hombro y los tres sonreíamos, quizás un poco borrachos. Una foto sacada durante una fiesta..., pero ¿en dónde?, ¿cuándo? Detrás de nosotros pude distinguir a Esperanza, la mujer de Nico, que hablaba con Inchausti. Era la única foto que tenía de Nico Sepúlveda.
En el noventa y tres pillaron a Nico en un renuncio. Le acusaron de quedarse con la droga que decomisábamos a los camellos. En la lista que elaboraba el comisario Vidaurreta, Nico aparecía como el policía con más decomisos de drogas de la comisaría. Si hubiera declarado que utilizaba la droga para pagar confidentes, por ejemplo, lo hubieran dejado pasar con una amonestación. Pero según Asuntos Internos tenía propiedades valoradas en más de cien millones de pesetas que incluían dos coches de lujo y una abultada cuenta corriente a nombre de su mujer. Su tren de vida era el escándalo en la comisaría: trajes, zapatos, invitaciones... Cuando yo se lo hacía notar, él respondía que su mujer era rica, que me jodiera.
Los de Asuntos Internos me amonestaron por no denunciar a Nico, era mi jefe inmediato. Y el comisario Vidaurreta me destituyó de la Jefatura del Grupo de Noche con una mancha en el expediente. Sin embargo, supe que los de Asuntos Internos pactaron con Nico: la renuncia a cambio de evitar un juicio y quizá la cárcel.
Nico me propuso que me fuera con él a Miami. Podíamos sacar doscientos mil dólares al año trabajando en seguridad o en los servicios parapoliciales. Y lo decía en serio. Según él, era un asunto fácil. Seríamos algo así como una especie de instructores. Recuerdo que hablamos de eso en un bar. Nico me pasó la mano por el hombro y suplicó que me fuera con él. Debíamos irnos juntos, me decía, allí las mujeres eran muy guapas y fáciles, sólo había que alargar la mano.
Rememoré la escena: los dos en un rincón del bar bebiendo el champán que Nico se empeñó en pagar, brindando por mí, el mejor y único amigo que había tenido. A cada brindis Nico insistía en que le acompañara. Y yo comencé a pensar en doscientos mil dólares anuales y en trajes de lino ligeros. Sería todo un experto en temas policiales.
«No quiero mandar Escuadrones de la Muerte, Nico», recuerdo que le dije. Y Nico respondió: «¿Escuadrones de la muerte?, eso son gilipolleces, Toni. Instructores de la policía, ése será nuestro trabajo, organizar a los grupos operativos...». «Para eso tienen ya a los suyos, Nico.» «¡Y una mierda! Con nosotros se llevan mejor, hablamos español, ¿no lo entiendes?»
