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Exboxeador, expolicía, excobrador, Antonio Carpintero, más conocido como Toni Romano, se dedica ahora a investigar asuntos de poca monta que le reporten algún dinero con el que ir tirando. Un día, sin embargo, una mujer de las que no pasan inadvertidas recurre a él para que busque a su marido desaparecido a cambio de una jugosa suma. En el Madrid del comienzo de la Transición, por el que aún campan sin rebozo falangistas y nostálgicos y en el que empiezan a extenderse los tentáculos de la especulación inmobiliaria y la ley de hierro del dinero, Toni se irá adentrando en una trama cada vez más turbia en la que tendrá que emplear sin apenas respiro todos sus recursos.
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Seitenzahl: 209
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Juan Madrid
Un beso de amigo
Edición revisada,con un prólogo del autor
Como si fuera un prólogo
Agradecimientos
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Créditos
Hola, Manolo Longares
Tengo una cierta ternura con mi primera novela, una timidez en releerla y en hablar de ella. Entonces yo era el mismo que hoy, pero diferente, claro. Y aquí está, como si hubiera olvidado la novela definitivamente y, sin embargo, la tengo presente. Ese Antonio Carpintero que quiere llamarse Toni Romano, o al revés. Me acuerdo de los días robados a otros menesteres, la construcción de una novela, una timidez en hablar de ella, no sacarla a bailar de nuevo. Y sin embargo la amo y la recuerdo y la quiero sacar a bailar definitivamente. Las novelas existen porque las sacas fuera, las publicas. Que todo el mundo las lea. ¡Cuánta ingenuidad hay dentro!
Toni era un homenaje a Rocky Grazziano, mi ídolo entonces, pero también quería que se llamara Antonio Carpintero, su verdadero nombre; Toni Romano era el alias de boxeador en su juventud. Me divertí bastante recordando amigos de entonces, vacaciones que me dio Juan Tomás de Salas, mis compañeros de Cambio 16 hace 38 años y más de 50 novelas publicadas desde 1980. La pensión en la calle Libertad, el Restaurante Carmencita, las sesiones de boxeo con el negro Quiñones, la venta de habanos en los cabarets de Madrid, las más guapas de la calle, El Junco Chino, Rafa el de Carmencita, los sueños de ser novelista.
¿Lo he conseguido?
Juan Madrid
Salobreña, Granada
5 de noviembre de 2018
Mi padre, Juan Madrid Conejo, me enseñó que con un poco de aplicación se pueden contar historias entretenidas. Las suyas eran maravillosas. Y Álex y Enrique me dieron más que sobradas pruebas de que escucharlas es también un no pequeño mérito, en el que entra Mirian.
Tengo mucho que agradecer a Juan Arteche, a su mujer, Juanita, y a Paula por haber leído el manuscrito sin desfallecer.
Finalmente a Juan Tomás de Salas, mi editor de Cambio 16, que, en vez de aceptar mi dimisión, me envió a casa con una excedencia de dos meses, con lo que terminé la novela.
He conocido épocas malas en mi vida, pero como la que estaba pasando al final de aquel verano, poco después de que muriera el General, no recuerdo ninguna. La empresa de impagados, Ejecutivas Draper, en la que trabajaba, había quebrado hacía tres meses y yo no cobraba el paro ni tenía seguridad social. Y, lo que es peor, tampoco tenía posibilidad de encontrar otro trabajo.
De modo que cuando un antiguo cliente de Draper acudió a mí para que le encontrase a su hija que llevaba varios días sin aparecer por casa, acepté inmediatamente.
No fue difícil. Me llevó una mañana enterarme de los gustos de la chica y un par de horas localizar el chalé donde solía hacer guateques con sus amigos.
Me situé frente al chalé con un bocadillo de queso y un paquete de cigarrillos y me dispuse a esperar.
Al atardecer vi salir a dos muchachos. Cerraron la puerta con llave, miraron a ambos lados de la calle y desaparecieron en la esquina. Me parecieron un par de jóvenes corrientes con los pantalones ajustados y el pelo demasiado largo. Rodeé las tapias del jardín y salté por la parte de atrás.
Conseguí abrir una de las ventanas y entré en lo que debía de ser el cuarto de la criada. Estaba oscuro. Atravesé la habitación y después un pasillo escuchando cada vez con más fuerza el ruido gangoso de una radio.
Ella estaba en el salón a media luz, tumbada en un sofá tapizado de negro, leyendo historias cómicas. Marcaba el ritmo de la radio dándose golpecitos con una mano lánguida y blanca en el muslo. Era una chica larga y huesuda con el pelo corto como el de un muchacho y estaba desnuda.
–Se acabó la fiesta –dije, colocándome a su lado.
Dio un salto y se incorporó en el sofá.
–¡Quién es usted! –gritó.
–Tu ángel de la guarda. Ponte la ropa que nos vamos. Tu madre quiere que meriendes con ella.
–¿Es policía?
–No.
Le alcancé una falda azul de lunares tirada al pie del sofá y un niki negro. No encontré ropa interior, quizá no llevara cuando salió de su casa.
–¿Por qué no nos quedamos un ratito más, feo? –dijo, pasándome la mano por la pierna. Sacó la lengua y la movió en la boca–. ¿Quieres que te haga cositas?
–Otro día, encanto. Tu mamá nos aguarda con las pastas.
–Un momentito sólo, ¿eh?
–¡Te vistes o te cojo del cuello y te saco a la calle en pelotas! –grité.
Se colocó la falda y el niki. Entonces oí el ruido de la cerradura al abrirse y pasos en el vestíbulo. Los dos muchachos que habían salido antes entraron en el salón con un paquete donde sobresalían botellas y barras de pan. Uno de ellos era delgado y pálido con un aro de gitana prendido del lóbulo, pero el otro podía tener mi edad y con unos brazos tatuados que parecían piernas de ciclista.
–¡Luis, este tío quiere llevarme a casa! –dijo la chica.
–¿Quién es usted? –preguntó el de los brazos.
–Un amigo de la familia, ¿y tú? –contesté.
El de los brazos tatuados dejó el paquete de comida en el suelo con todo cuidado.
–Bueno, el caso es que nadie le ha invitado a esta fiesta –dijo, sonriendo.
–Es una fiesta privada –dijo el pálido, que tenía la voz aflautada.
–No dejes que me lleve, Luis.
–Nadie va a llevarte a ningún sitio. ¿Tú quieres irte?
–No –contestó ella.
–Amigo, voy a llevarme a esta nena.
–Te empeñas en estropear la fiesta, ¿eh? –dijo de nuevo el de los brazos–. El caso es que ella puede con tres a la vez; tiene mucha vitalidad. –La chica emitió una risa de conejo–. Pero me parece que no le gustas.
–Mire, me la voy a llevar y es mejor por las buenas. La criaturita tiene quince años y cualquier juez pensaría sin dificultad al mirarte que esto es un secuestro con violación a una menor. Te puedes tirar tres años en el trullo y eso a ti no te va a gustar, ¿verdad? En cambio me la llevo, la entrego a su querida familia y yo no he visto a nadie,
–Sí –se adelantó el pálido–, deja que se vaya, Luis.
–Tú eres un muchacho juicioso –dije.
El llamado Luis metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón vaquero y sacó el largo mango de una navaja automática. Sonó el clic y la hoja refulgió a la tenue luz del cuarto.
–Córtale la polla, Luis –susurró ella–. Anda, córtasela.
Jugueteó con la navaja. Tenía una forma de sonreír que no me gustaba nada.
–Nada, tío, que parece que no te has enterado.
–A tu edad y jugando con navajitas como si fueses un niño. ¿No te da vergüenza?
La chica apagó la radio, se dio la vuelta en el sofá y apoyó los codos en él como si fuera a contemplar una función de circo.
Entonces el pálido dio un grito histérico y se me arrojó encima con la intención de arañarme la cara. Le lancé una patada a la entrepierna que no dio en su objetivo, le alcanzó en el estómago. Retrocedió, chocó contra la pared y se derrumbó gimiendo. Luis, con una velocidad inesperada, me lanzó un tajo. No vi la hoja, la sentí en el sobaco. Me rasgó la chaqueta mil rayas, comprada hace un año en Sears y aún en buen uso. Le sujeté la muñeca con la izquierda y le aplasté el puño en ambos ojos en un rápido un dos. Gritó y soltó la navaja. Procuré alcanzarle en la sien lo más fuerte posible. Lo conseguí. Trastabilló y se derrumbó junto al otro, que vomitaba una pasta verduzca llena de grumos.
Agarré a la chica del cuello y la conduje en volandas hasta la puerta.
–Escucha, preciosa –le dije en la calle–, si haces otra tontería te llevo a merendar con tu familia en camilla. ¿Comprendes?
No me respondió, pero supe que había comprendido.
Estábamos a finales de septiembre y la noche había caído en la ciudad como si alguien súbitamente hubiese apagado la luz. Nos cruzaron automóviles con tipos agarrados al volante que mostraban los restos de un concienzudo bronceo. Recorrimos todo el trayecto hasta su casa en silencio. Al llegar a la plaza de Neptuno ella se durmió recostada en el sillón delantero con la expresión placentera de una virgen gótica. Durmió hasta que el taxi se detuvo frente a su portal. La desperté agitándole un hombro y ella me miró con sus grandes ojos muy abiertos.
–¡No me lleve a casa, por favor! –suplicó.
–Final de trayecto. Si no te bajas, te saco en brazos. Elige.
–¡Señor, por favor!
–¿Te obligan a fregar los platos? Vamos, bájate.
–¿Qué le he hecho? ¿Por qué me hace esto?
–Aparte de que querías que me cortaran algo que me gusta conservar, nada.
–Perdone, estaba asustada.
–Estás perdonada. Tan amigos. ¿Quieres bajar ahora?
Bajó del taxi y yo tras ella tomándola del brazo. Se detuvo ante una gran puerta acristalada. El portero nos observó en silencio desde su garita, mientras atravesamos el portal, más grande que mi propia casa y adornado con inútiles sillones en los que nadie se sienta jamás, plantas que parecían de plástico y con una alfombra como para revolcarse en ella. Pulsé el botón del ascensor. Llegó con menos ruido que mi mechero al encenderse y subimos.
Caminamos en silencio por un pasillo acolchado hasta detenernos frente a su puerta.
–Usted es como ellos –me dijo muy seria.
–Espero que no.
–Lo hace por dinero, ¿verdad?
–Exacto –contesté pulsando el timbre. Un sonido de campanillas celestiales resonó en algún lugar de la casa.
Abrió una criada uniformada de la misma edad de la chica, que, ahora me daba cuenta, había olvidado su nombre.
–¡La señorita! –exclamó.
–Diga al patrón que estoy aquí –le dije a la criadita.
–Sí, señor –respondió.
Me quedé en un vestíbulo adornado con pesados y oscuros muebles de maderas finas, mientras la chica se perdía en el interior. Encendí un cigarrillo, observando el gran retrato de Franco dedicado al dueño de la casa y enmarcado en bronce.
El padre de la niña apareció con la cara desencajada. Vestía un batín que parecía japonés y calzaba zapatillas de cuero. Era bajo y regordete, moreno de lámpara, y el bigotito que lucía se movía arriba y abajo.
–Bien, le entregaré el dinero –dijo.
–Perfectamente.
–Debió traerla antes... Ha pasado todo este tiempo sola. –Me miró e intentó sonreír. No le salió–. Se le pasará –dijo hablando consigo mismo–, ha sido un arrebato sin consecuencias.
–Eso espero. Su hija adora esta casa.
–Le ruego discreción –balbuceó–, comprenda que...
–Muy comprensible –contesté.
–Aquí tiene –me tendió un sobre que había sacado del bolsillo de su bata.
Lo abrí. En ese momento entró una mujer y me observó contar los billetes. Llevaba otra bata roja, era más alta que su marido y maquillada como si fuera al teatro.
–¿Qué hace este hombre aquí, Rafael?
–Cuento el dinero, señora –contesté yo.
–El señor Carpintero, Maruja. Antonio Carpintero. Me ha ayudado a encontrar a la niña.
–Márchese –silabeó la mujer.
–Está todo –dije sin prestar atención a lo que había dicho la mujer–. Tal como habíamos quedado. Pero usted me dijo que su hija se había marchado con unos compañeros de clase y no es así. Como no me ha preguntado qué hacía, ni con quién estaba, yo no se lo digo. No es de mi incumbencia. El caso es –proseguí– que los amigos del colegio de su hija me han intentado liquidar. Fallaron, pero me han roto la chaqueta –se la mostré– y si no recuerdo mal, el trato lo cerramos con la condición de que si había variantes o gastos extras, usted los pagaría.
–¡Cómo se atreve! ¡Mi hija ha hecho una travesura y no se reúne con maleantes! –chilló la mujer–. ¡Usted se lo está inventando todo!
–Maruja...
–Consuélese. Si me hubieran alcanzado se hubiese ahorrado estos billetes.
–¡Abandone esta casa, zarrapastroso!
–¡Maruja, un momento! ¿Qué es lo que quiere, señor Carpintero?
–Una chaqueta de mi talla cuesta tres mil pesetas como mínimo. Es la cantidad extra que me debe. Y llámeme Toni.
–¡El colmo! –volvió a rugir la mujer–. ¡Cómo se atreve!
–Me encanta el ambiente de esta casa, pero tengo que cuidar una jaula de canarios. Así que págueme lo que me debe.
–¿Quiere que le paguemos la chaqueta, no? ¡Qué débil eres, Rafael! ¡Oh, Dios mío, qué hombre! –gimió la mujer.
El marido puso una expresión de fiera en su gorda cara.
–Bien. Ha hecho el trabajo inmejorablemente y usted cobra menos que un detective de verdad. Le daré las tres mil, será una propina.
–Yo no acepto propinas, excepto si devuelvo a casa objetos valiosos como perros y gatos.
Palideció, el bigote se agitó en el labio. Su esposa le tomó del brazo. Me observó durante un tiempo, me perdonó la vida y luego desapareció por el pasillo. Escuché cerrarse una puerta con estrépito. La mujer me miró desafiadora.
–No tengo seguridad social –dije, con la mejor de mis sonrisas.
–Zarraspastroso –silabeó ella.
–Qué encanto...
El hombre regresó trotando y me tendió los tres billetes.
–Márchese de aquí. No pise más esta casa.
–Sí, pero no me llame cuando se escape ella –le dije señalando a la mujer y cogiendo el dinero.
El taxi me condujo como un viejo caballo deseoso de entrar en la cuadra. Subí por la calle de Atocha hasta la plaza de Santa Cruz. Luego descendí al aparcamiento. En el tercer subterráneo me detuve, y me quité la chaqueta. Vi al Yumbo hacerme señas desde detrás del ascensor.
–¡Eh, Toni! –vociferó–. ¿Cómo te va?
–Bien, Yumbo.
–¿Dónde has estado? –me preguntó, sacudiéndome un corto al brazo.
–Por ahí.
–Me ha salido un trabajo, pero he dicho que no. ¿A que no adivinas quién me lo ha dado?
–No.
–El Torrente.
–¡Hombre, qué hace el Torrente en Madrid!
–Forrao de pasta –sentenció. Se pasó la mano por la cara sin afeitar–. Pero no quise saber nada de ese trabajo. No es para mí.
–Torrente –murmuré.
–Qué sorpresa, ¿verdad?
–Sí. ¿Dónde está ahora?
–En El Corsario Negro, gastando como un señor. La otra noche estuvo en el bar Durán. Hace mucho que no te vemos por allí.
El Yumbo se quitó el gorro de legionario y se rascó la cabeza. El aliento le olía a vino peleón.
–Te quería preguntar una cosa –añadió–. ¿Quién ganó el combate Marciano-De Silva en La Habana en 1948?
–Rocky, naturalmente. K.O. al quinto; uno de sus derechazos.
–Eso decía yo.
Sus ojos brillantes y diminutos se agitaron de satisfacción. Era un viejo pequeño, pero bien proporcionado, con la cara machacada y una nariz demasiado grande y rota que parecía de otra cara.
–Vamos, te invito a una caña. He cobrado.
Salimos por el ascensor de la calle de la Sal y entramos en la Joya. El Yumbo saludó a Ricardo, el camarero, un tipo blanco como la pared y muy bien peinado.
–¡Dos cañas, Ricardo! –alborotó el Yumbo, golpeando el mostrador.
–Así que te ha propuesto un trabajo y has dicho que no, ¿eh? –le dije.
–Nada, que no me iba esa mierda. –Volvió a golpear el mostrador.
Ricardo trajo las cañas y limpió con un trapo el reguero de cerveza. Bebimos unos tragos.
–Ya se fue el verano, ¡qué lástima! –se lamentó Ricardo.
–Todo se va –dijo el Yumbo.
–Tú sí que vives bien –señaló Ricardo–. Trabajas menos que la chaquetilla de un guardia.
–Te voy a romper la cara, Ricardo. Ahora mismo.
–¿Qué? –dijo Ricardo–. ¿Cómo?
–Está bien, cóbrate, Ricardo –dije yo.
–No vengas más aquí faltando, Yumbo –dijo Ricardo, recogiendo el dinero.
–¡Eh! –dije–. Tranquilos, chicos.
–Es un faltón –añadió el Yumbo–, y porque estoy con un amigo. Si no, te sacudiría, por mi madre.
Recogí la vuelta, tomé al Yumbo del brazo y salimos.
–¿Te acuerdas de mi gancho de izquierda?
–Me lo preguntas cada vez que nos vemos.
–Yo he tenido una izquierda muy buena, Toni.
–Has sido un magnífico peso gallo, Yumbo.
–¿Verdad? –Me cogió del brazo. Se arregló el roñoso gorro de legionario–. Pero la gente no quiere creerme.
–¿Qué gente?
–Ignorantes, gente nueva que va ahora al bar Durán.
–No merece la pena gastar saliva con los que no saben y presumen, Yumbo.
–Eso mismo digo yo. ¿Por qué no te vienes esta noche al bar Durán y les cuentas quién fue el Yumbo? Tú me conociste bien, Toni.
–A lo mejor lo hago.
–Tú tienes cabeza –dijo, deteniéndome.
–Para, Yumbo. No te pongas coñazo.
–Bueno, vale. Así que Rocky en el quinto, ¿no?
–¿Vas a cuidarte?
–¡Hombre, claro!
Saqué del bolsillo un billete de veinte duros y se lo tendí.
–No quiero limosnas.
–No seas imbécil. Es un pago por un trabajo. Luego te diré en qué consiste. Yo me voy a casa.
–En ese caso...
Se lo guardó en el bolsillo y se fue agitando la mano.
–¡Ve esta noche al bar Durán! –me gritó.
Caminé hasta Esparteros y subí los cuatro pisos de mi casa de forma mecánica. Se escuchaba el sordo rumor de las televisiones encendidas mezclado con el ruido de los platos al ser puestos en las mesas, los gritos de los niños y las imprecaciones de las madres desde las cocinas.
Abrí la puerta. Olía a rancio y preferí no encender la luz, no ver la necesidad de que alguien acabase con el polvo y la roña acumulada y ya imposible de limpiar. Cerré la puerta y arrojé la chaqueta rota encima de una silla. En la oscuridad el silencio se hizo mayor.
Con la claridad de la ventana me preparé una ginebra con hielo y limón y la llevé a la otra habitación de mi casa que me sirve de salón y dormitorio a la vez. Me senté en el sofá-cama en el lugar donde no había muelles sueltos y puse los pies encima de la mesilla llena de periódicos atrasados y ceniceros hasta los bordes de colillas. Del primer trago acabé con la mitad del vaso y me dispuse a mirar la tenue luz que se filtraba por el balcón. Una ambulancia se perdió calle abajo.
Ahora los pensamientos podían acudir, sabía cómo tratar a esos hijos de puta. Estoy acostumbrado, aunque no siempre vienen de la misma forma, ni con la misma intensidad, ni me dejan igual. Bueno, esta vez llegaron en tropel unos encima de otros y durante un buen rato –la claridad fue disminuyendo de intensidad hasta que se transformó en reflejo de faroles–; luché contra ellos ayudado por la ginebra y mi práctica. Esos combates me dejan agotado.
Cuando acabé, encendí la luz y llevé el vaso vacío a la cocina silbando Contigo en la distancia. Ya no me di cuenta de la suciedad, pero sí de un papel doblado que alguien había arrojado debajo de la puerta y que yo al entrar no había visto. Lo dejé encima de la mesa y me metí en la ducha. Luego me afeité y me puse la camisa crema, el pantalón claro y la chaqueta marrón.
–Toni el Dandi –dije a mi imagen en el espejo–. El que devuelve niñas a su hogar.
Decidí prepararme un café y fumar un cigarrillo después de leer la nota que decía: «Toni, tengo un negocio de mucho dinero, estaré en la Cervecería Alemana a las nueve. Te espero. Alfredo».
–Los negocios de Alfredo –me dije–, una mierda encima de otra.
El caso es que no era mal chico, bueno de verdad, rápido, potente, y con el peso justo, una preparación y una envergadura envidiable y un juego de piernas que hubiera deseado un bailarín profesional. La vieja historia; otro insensato que quería ser boxeador, ser alguien. Dos o tres llegan y el resto se queda en la cuneta con los sesos tan trabajados que apenas pueden articular palabra.
Todo esto estaba muy bien, sólo que yo no quería colaborar en hacer del muchacho un boxeador y me costaba trabajo porque un muchacho hoy en día hace lo que le da la gana y yo no era su padre, aunque fuera mi único sobrino, el hijo de mi prima segunda Dora, que trabaja de encargada de un bar, el Torre Dorada, cerca de la plaza Mayor. En ésta estábamos, que a la edad de Alfredo un muchacho puede hacer cualquier cosa con tal de parecer un hombre.
¿Conocen la Cervecería Alemana en la plaza de Santa Ana? Cuando yo no levantaba un palmo del suelo estaba en el mismo sitio en que está hoy. Y por lo que sé, también lo estaba cuando mi padre era un mocoso. Allí trabajó durante dieciocho años de limpiabotas, hasta que reventó. Quiero decir que me recuerda muchas cosas y que la piso poco, aunque sea un local agradable, fresco en verano y acogedor en invierno, donde los camareros conservan la vieja tradición de ser atentos sin molestar.
Llegué cuando eran las nueve y cuarto en mi japonés de pulsera, y la imagen de mi padre borracho e inmóvil como una estatua de madera, sentado en el rincón con la caja de betún y la chaquetilla negra, revoloteó y entró conmigo. Había poca gente. Alfredo estaba en el mostrador bebiendo un doble de cerveza.
–Creí que no venías –me dijo, palmeándome la espalda–. ¿Cómo estás, Toni?
–Bien –le saludé.
Nos sentamos en una de las mesas del fondo cerca de los cuadros descoloridos.
–¿Cuál es el negocio?
–Buscar a un hombre que ha desaparecido de su casa. Conozco a su mujer, ella va a venir y te lo explicará todo –dijo mirando su reloj.
–Bueno, esperemos que no sea otra de tus tonterías. ¿Sigues entrenándote?
–Sí, y tengo algunas sorpresas que darte.
–¿Has decidido estudiar?
–No, tío. No es eso.
–No me llames tío.
–Voy a boxear seguro dentro de un mes o dos. Un poco de amateur y después a por el campeonato.
–Con esos brazos no pienses en boxear. O el boxeo o las pesas.
–¿Qué les pasa a estos brazos? –Se palpó los bíceps como melones pequeños–. Son un ciclón.
–Son una mierda.
Le dirigí un corto al bíceps derecho. Dio un grito y replegó el brazo. Comenzó a frotarlo con fuerza.
–¡Me has hecho daño! –exclamó–. ¡Me va a salir un cardenal!
–No me digas que quieres boxear después de perder el tiempo con las pesas, míster Universo. Te voy a soltar un sopapo que vas a tener que ligar con careta. Un peso mosca rápido te haría fosfatina en el primer asalto. No eres más que un saco de nudos. Me gustaría saber qué opina Ramper de tu estilo.
Terminó de frotarse el antebrazo y bebió un traguito de su cerveza.
–Ya no estoy con Ramper. El cuchitril ese no es para mí, ahora me entrena Torrente.
–¿Torrente? Me ha dicho el Yumbo que estaba aquí. ¿No vivía en Argentina?
–Ha vuelto hace unos meses. Ésa era la sorpresa. Tiene a su cargo un gimnasio de cine en el paseo de la Florida, tío. Una maravilla.
–Te he dicho que no me llames tío. No me canses. –Y añadí–: ¿Y no te dice nada del entrenamiento con pesas?
–No aparece mucho por el gimnasio. Todavía no he empezado en serio, pero un peso medio tiene que tener músculos duros como los míos.
–¡Qué memo eres! –le repliqué–. De todas formas siempre podrás posar en las revistas porno, sujetando algo o a alguien. Puede ser un buen porvenir para un chico como tú con inquietudes.
–No te he dicho lo principal. El dueño del gimnasio es Elósegui.
–¿No me digas que Ignacio Elósegui ha vuelto con lo del boxeo?
–Bueno, el gimnasio es suyo, ¿tiene algo de malo?
Pensé en Ignacio Elósegui y sí tenía mucho de malo.
–Ha vuelto ese hijo de puta –murmuré. Luego le dije en voz alta–: ¿Cuándo has quedado con esa mujer?, no me puedo pasar la noche esperando.
–Aquí a las nueve. Pero ya sabes cómo son las mujeres. Cuando la veas vas a querer quedarte, te lo prometo.
–Un momento, Alfredo. No será uno de tus ligues, ¿verdad?
Echó su morena y saludable cara hacia atrás y soltó una carcajada. Podría parecer un dios griego con aquella camiseta celeste demasiado apretada y el pelo negro rizado, si no fuera porque en vez de haber nacido en Grecia, lo hizo en la calle del Salitre.
–No, hombre, no. ¡Qué cosas tienes! –Guiñó un ojo. Luego añadió–: Tengo otra.
–Mira, Alfredo, no he venido aquí a hablar de mujeres. No me cuentes tu vida que me voy. Me alegro mucho de verte.
–Aguarda, ahí está –dijo antes de que me levantara.
