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La vida de Antonio Carpintero, más conocido como Toni Romano, exboxeador, expolicía, va discurriendo a salto de mata en el Madrid que va transformándose después de Franco. Un día, inesperadamente, recibe la visita de Luis Robles, un antiguo amigo y compañero del servicio militar, entonces pobre, ahora empresario de éxito: un buen recuerdo. La visita es breve y con perspectiva de reencuentro, pero éste no llegará a producirse, pues a los pocos días Robles se suicida. Sin embargo, Toni advierte muchas pequeñas cosas que no le encajan y la fugaz visita, además, ha removido en él el calor de la antigua amistad, de modo que empezará a moverse con el objeto de aclarar el turbio asunto que olfatea.
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Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Juan Madrid
Regalo de la casa
Edición revisada por el autor
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Créditos
Para Lola Salvador Maldonado,Rosa Montero y Carmela Madrid,tres chicas fuertes y decididas
La vida es como la escalera de un gallinero,corta y llena de mierda.
(Conversación escuchada en el retretede caballeros de la Puerta del Sol)
Aquel día estaba yo sentado en un banco de la plaza del Dos de Mayo aprovechando el sol del comienzo del otoño, y ella se sentó a mi lado.
Era una muchacha delgada, con la boca carnosa y los pechos demasiado grandes. Apretaba entre sus brazos una carpeta azul de plástico.
Me observó un instante fijamente y sonrió. Le faltaban dos dientes.
–Te quiero –me dijo.
Giré el cuerpo a la izquierda y puse mis dos manos sobre la madera del banco. El sol del mediodía le daba directamente sobre los ojos. Le brillaban.
–Te quiero –repitió–. Te quiero mucho. Te quiero a ti. Sí, a ti.
Miré hacia atrás. Una viejecita con un abrigo de lanilla morado le echaba migas de pan a las palomas. No se veía a nadie más. Un truco corriente consiste en que mientras una chica te entretiene con cualquier pretexto, alguien por detrás te coloca la navaja en el cuello y te quita la cartera y el reloj. Abrí y cerré las manos. Ella podría llevar una navaja. Confiaba en poder cogerla de la muñeca si la empuñaba. Peor sería si tuviera una pistola. Pero no parecía probable.
Los que tienen pistola no suelen sirlar a nadie que tome el sol, sentado en un banco. Pero podría ser.
–Se me ha terminado el tabaco y no tengo dinero suelto para que cojas el metro –le dije–. Y tampoco me gusta hablar.
–No quiero nada. Quiero quererte. Amarte. ¿Sabes lo que es amar?
Volví a mirar de reojo hacia atrás. La viejecita de las palomas las estaba llamando con apodos cariñosos. Un sujeto con un mono azul de trabajo que llevaba una bolsa con herramientas pasó y espantó a las palomas.
–Has llamado a otra puerta. Estoy seco, carri, pelao. ¿Lo entiendes?
Sonrió de nuevo. Adelantó el brazo y me apretó la mano. Empezó a acariciármela como si fuera un animalito recién nacido. La suya era cálida y suave.
–No te pido nada, ¿sabes? No quiero dinero. Quiero amor. Me gustaría abrazarte y... acariciarte. En el mundo no hay amor. Damos más cariño a los animales que a las personas. ¿No acariciamos a los perros? ¿No besamos a los niños? Todos deberíamos besarnos y amarnos. Unos con otros. Sin importarnos quiénes somos.
–¿Y vas amando así a la gente?
Asintió con fuerza.
–El mundo sería de otra manera si nos amásemos como nos enseñó Jesús. No como dicen los representantes de su Iglesia, sino amándonos de verdad, tocándonos los unos a los otros. ¿No acariciamos a los perros?
–Ya has dicho lo de los perros.
–Puedes poner la cabeza en mi pecho. Haré lo que tú quieras, de verdad. Si tienes alguna pena, cuéntamela. Yo te ayudaré. Si no tienes dónde comer ni dónde dormir, vente con nosotros a la Casa y allí tendrás amor, comida y techo.
–¿Estás haciendo propaganda de algún hotel un poco especial?
–¿Especial?
–Tú me entiendes.
Retiró la mano y se echó el pelo hacia atrás. Podría tener veinte años. Quizá menos.
–No, eres tú el que no me entiende. No te pido que me ames, sino que dejes que yo te ame. Yo me realizo amando.
–Escucha, muchacha, ¿desde cuándo te dedicas a esto?
–Desde hace tres meses. Y soy feliz, muy feliz. Para ser feliz hay que amar de verdad. Sin remilgos. Como nos pidió el buen Jesús.
–Está bien, pero yo no tengo ganas. Sólo estoy tomando un poco el sol. Pensaba que era gratis. Pero ahora veo que no.
La chica movió la cabeza como si apartara un mal pensamiento. Con un rictus de desagrado misionero en su boca, abrió la carpeta y me tendió en silencio un folleto impreso en papel rosa. Se llamaba «Yo te amo a ti». En la parte superior se veía un gran sol lanzando sus benéficos rayos sobre la frase «La Luz del Mundo».
–¿Qué es esto?
–Léelo, te hará bien. La Luz te iluminará a ti también. Cuando lo hayas leído a lo mejor dejarás que yo te quiera.
–¿Por qué no me haces un favor de verdad y te marchas? Eso sí que sería una prueba de amor infinito.
Se levantó y se alisó la falda. De pie parecía más niña aún.
–Disculpe –dijo con un hilo de voz–. Puede quedarse con nuestra revista. Y léala, por favor. Si quiere usted llamarme, ahí está el teléfono, es el de la Casa. Me llamo María, María Lozana. Pregunte por mí.
Miré de nuevo el folleto.
«El amor es la única sustancia viva del universo...», ponía. Se lo devolví.
–Dáselo a otro, María. A lo mejor le sirve más.
–No, quédeselo usted. Y perdone por haberlo molestado.
–No me has molestado. ¿Cuánto es? –le pregunté, y me arrepentí de haberlo dicho.
–No tiene precio. Si no quiere pagarlo es gratis. Pero...
Saqué la última moneda de cien pesetas que me quedaba, la acaricié unos instantes y se la di. La cogió con rapidez.
–Tómate un cafelito.
–Gracias –dijo, y se marchó.
La vi alejarse por la plaza con la carpeta apretada contra los pechos y los cabellos sueltos, agitados por la suave brisa. Se perdió por la calle Daoíz. Arrugué el folleto y lo tiré.
Me había quedado sin ganas de tomar el sol. Encendí un cigarrillo y me fui andando a mi casa. Era lo único que me quedaba que no costase dinero.
Recuerdo que aquello ocurrió a finales de septiembre, un día raro de sol. Después vino el mal tiempo a Madrid.
Hay historias que uno no sabe cuándo empiezan ni cuándo terminan, si es que terminan alguna vez. Esta historia podría comenzar un mes después de que el jefe de campo de una empresa de seguridad, llamada Transsegur, me dijo que estaba muy contento con la forma en que yo trabajaba, pero que me volvería a llamar en cuanto se produjera una vacante.
Durante tres meses había llevado un uniforme azul bien planchado y un revólver Llama de Gabilondo y Compañía del calibre 38 colgado al cinto. Formaba parte de la dotación de un furgón que recogía dinero de unas quince o dieciséis pequeñas empresas y lo transportaba a los bancos. Fue un trabajo que me dio para comer y pagar unas cuantas deudas antiguas.
Y ésa fue la razón por la que aquel día estaba aún en la cama cuando llamaron al timbre a las once y media de la mañana.
Vestido con la vieja bata de seda del ring, abrí la puerta.
Entró un hombre, con los cabellos castaños rizados, bien trajeado y sonriente y me abrazó con fuerza.
–¡Toni, viejo, cuánto tiempo sin verte! –exclamó.
Detrás pasó silenciosamente otro hombre que cerró despacio la puerta. Éste era delgado, fibroso, vestido también con esa suerte de cuidada elegancia que otorga el ir siempre al mismo sastre. Aparentaba unos sesenta años y su rostro pálido irradiaba una luz mortecina como si se aplicara polvos de talco violeta, lo que le producía una expresión helada y calmosa.
El otro me tenía cogido por los hombros.
–¡Qué bien estás, viejo, qué alegría verte! ¡Déjame que te mire!
Su rostro sin arrugas, moreno y bien parecido se distendía con esa sonrisa lineal de los gatos caseros alimentados con pollo demasiado tiempo.
–Luisito Robles –dije.
–¡Toni! –volvió a exclamar, y me abrazó de nuevo–. No has cambiado, viejo..., quizás un poco más gordo, ¿no? ¿No te cuidas, eh? Vamos, no te quedes ahí parado. ¿Podemos pasar?
–Ya estáis dentro.
Me soltó y observó el cuarto.
–¿Ésta es tu casa? No está mal. Un poco pequeña, pero encantadora. Me gusta, de verdad. Me gusta mucho. ¿Puedes invitarnos a café? Quiero decir, si no molestamos.
–No molestáis. Ya era hora de levantarme.
–Don Luis... –El otro hombre carraspeó–. No creo que podamos... Llegaremos tarde a la Junta.
Se volvió y lo observó como si se sorprendiera de que estuviera allí. El hombre no se había movido de la puerta.
–Me parece que no te he presentado, ¿no? –Negué con la cabeza y el otro me clavó sus ojos como piedras chupadas–. Delbó..., éste es mi amigo Antonio Carpintero. –Me palmeó la espalda–. Un buen chico. –Delbó inclinó ligeramente la cabeza y yo hice lo mismo–. ¡Ja, ja, ja! –Volvió a palmearme la espalda–. Ya lo creo que sí, nunca me he olvidado de ti.
–Don Luis, me permito recordarle que no podemos llegar tarde a la Junta de Accionistas. –Miró el reloj con un gesto rápido e inútil–. Empezará dentro de veinte minutos.
–Diez minutos, Delbó. Sólo diez minutos. Un cafelito de diez minutos, ¿eh?
–Lo tendrás en cuatro minutos.
–¿Has visto, Delbó? Anda, sé bueno y márchate... Dile a la vieja que llegaré enseguida, no voy a tardar mucho. Además, ya sabes que siempre se empieza un poquito más tarde.
El hombre llamado Delbó lo miró fijamente con sus ojos helados y asintió con un golpe de cabeza.
Se marchó sin despedirse y sin ruido.
De un solo golpe cerré la cama y la convertí en sofá. Luis se sentó lentamente y encendió un cigarrillo mientras canturreaba una vieja canción por lo bajo.
Yo me fui a la cocina y me puse a preparar el café.
–¿Quién es ese amigo tuyo? –le grité.
–¿Delbó? –Pareció pensarlo durante unos segundos. Luego dijo–: Mi jefe de Seguridad... Es muy competente..., muy cabeza cuadrada. Algunas veces se cree mi niñera. –Elevó la voz–. Cuánto tiempo sin vernos, ¿verdad?
–Más de treinta años –contesté también a voces.
–He pensado mucho en nosotros..., en aquel tiempo. Me gustaría que nos viésemos más... Tienes que venir a cenar a casa, tengo que presentarte a mi mujer. –Estaba vuelto en el sofá, mirándome, y yo le hice un gesto de asentimiento desde la cocina–. ¿Cómo estás tú?
–Ya lo ves, más viejo y más gordo.
–Tienes un poco de barriga.
Me la palpé por encima de la bata. Creí que no se notaría.
El agua hirvió y la vertí en la cafetera. Preparé la bandeja, las tazas y el azucarero. Lo dejé todo sobre la mesita y me senté en el único sillón de la casa.
Bebimos el café en silencio.
–¿Sabes a quién he estado viendo últimamente? –dijo de pronto, y soltó una carcajada–. A Paulino, ¿te acuerdas de él? No ha cambiado nada, está igual. Te aprecia, ¿sabes? Aún se acuerda de cuando lo libraste de aquel arresto.
–Paulino –dije yo–. Paulino...
–Sí, hombre... Piensa un poco.
–¿Le ha crecido el pelo?
Soltó una carcajada.
–Sabía que te acordarías de él. Y sigue igual, gastándose una millonada en tratamientos capilares. Deberíamos vernos más, Toni. Algunas veces vamos al Rudolf, ahí en la calle Pelayos... Mira, de ésta no pasa, tenemos que vernos.
Moví la mano y asentí en silencio. Se acabó el café y se hizo un silencio espeso como en el interior de una pecera.
–¿Tienes algo para beber? –dijo de pronto.
–Ginebra. ¿La quieres ahora?
–Sí, por favor. Es sólo un traguito.
Le traje la botella y un vaso limpio. Se la tomó sin hielo, de un trago. No le tembló el pulso. Incluso chascó la lengua.
–Muy rica.
–Otro día te diré cómo la consigo. Es mejor que la ginebra inglesa.
Se retrepó en el sofá. Era el mismo de siempre. Quizás había cambiado, pero para mejor. Cuando éramos jóvenes las chicas se volvían para verlo, incluso yendo de uniforme. Ahora parecía el reclamo de un instituto de belleza para hombres.
Estaba completamente relajado, la mirada perdida. De pronto comenzó a hablar:
–Me gustaría que pudieras conocer a mi hijo, Toni. Tiene ahora la edad que teníamos nosotros entonces, pero es diferente, ¿sabes?, quiero decir, diferente a..., bueno, a su familia. Está en California..., viajando y quiere ser pintor..., artista. No le interesa el dinero, esas cosas... –Sus ojos reflejaron una luz extraña, que muy bien podría ser una mezcla de esperanza y amor–. Es muy independiente, progresista, culto... Perdona, ¿te aburro?
–No.
–Lo siento, es que lo echo mucho de menos. Se fue de casa... Estaba asqueado, ¿comprendes? No le interesa el dinero.
–Sí, no le interesa el dinero. ¿Cuándo se marchó de casa?
–Hace tres meses –dijo, bajando el tono de voz.
–Los hijos suelen irse de casa, no hay por qué preocuparse.
–Claro, tú no te has casado, ¿verdad? ¿No has tenido hijos?
–No, que yo sepa.
Se echó a reír.
–Ya han pasado más de diez minutos –bromeé–. Te van a regañar.
Se levantó como impulsado por una catapulta. Miró el reloj.
–¡Dios! –exclamó–. Es verdad..., estoy tan bien aquí.
Se dirigió a la puerta y la abrió. Yo fui tras él.
–Tengo muchas cosas que contarte, Toni. Muchas cosas.
–Yo también, pero otro día. Recuerda la Junta.
–Una mierda a la Junta y al Consejo de Accionistas... Ponte en guardia.
Adelantó el pie izquierdo, se inclinó ligeramente y colocó las manos como yo le había enseñado. Comenzó a lanzarme los brazos a la cabeza y al hígado. Yo retrocedí, parando y blocándolo a duras penas. Se movía bien, balanceando las piernas, estilo Clay y le brillaban los ojos.
–Vamos, vamos... Cúbrete, cúbrete.
–Quieto, Luis, quieto. –Retrocedí hasta el sofá–. No quiero hacerte daño.
Le amagué con la izquierda, me incliné como si fuera a lanzarle un gancho de izquierda a lo Perico Fernández y le sacudí un corto con la derecha no muy fuerte al plexo solar. Lanzó un bufido y cayó sentado al suelo.
–¡Oh, mierda! –Se tocó el pecho y comenzó a respirar ruidosamente con expresión de dolor en su bonita boca–. Me has hecho daño.
–Lo siento, Luis, pero no me gusta que me amaguen a la cara.
Se levantó de un ágil salto y se recompuso la ropa.
–Perdóname, por favor.
–No hay nada que perdonar, Luis.
–¿No te has enfadado conmigo?
–No, hombre, no.
–¿De verdad?
–De verdad.
Sonrió de oreja a oreja y otra vez me palmeó la espalda.
–Me alegro mucho de haberte visto. De ahora en adelante nos veremos más a menudo. Ya te he dicho que tengo que contarte muchas cosas. Te llamaré enseguida, ¿vale?
–Vale, pero apunta el teléfono.
Se lo di y lo anotó con un bolígrafo de oro en una agenda que parecía de cocodrilo virgen.
Antes de marcharse me volvió a palmear. Escuché cómo se perdían sus pasos escaleras abajo.
Cerré la puerta y paseé por la vacía habitación. Ahí estaban las tazas y las colillas. Un fantasma que había vuelto del tiempo de los veinte años.
Me palpé el estómago. ¿Estaba yo viejo y gordo?
Hice treinta flexiones antes de salir a la calle y acabé con los músculos abdominales agarrotados.
Cuando Luis y yo éramos amigos solía hacerme ochenta.
Días después, una noche, parpadearon unas luces verdes en los cristales de mis balcones. Me incorporé en la cama y me restregué los ojos con fuerza. No soy muy propenso a las alucinaciones ni a las visiones místicas, pero las lucecitas aparecían y desaparecían como si alguien me estuviese haciendo señales en un código secreto.
Abrí el balcón. En la azotea del edificio de la pastelería La Mallorquina, en la Puerta del Sol, estaban probando un nuevo anuncio luminoso. Habían construido ya el cerco verde de luces y el rostro de una mujer me sonreía a intervalos. La mujer parecía hermosa, de cabellos negros y cortos y de sonrisa grande y blanca. Llevaba algo en las manos, pero aún no habían colocado todas las luces. Cerré el balcón y la llamada verde se terminó.
Luis Robles nunca pudo contarme nada. No me llamó.
El excomisario Draper había sido mi jefe en mis tiempos de policía y de vez en cuando solía encargarme algún trabajillo a destajo relacionado con el cobro de impagados. El negocio lo formaban él y su socio Durán, llamado el Pato, que llevaba más de diez años intentando licenciarse en Derecho, y una secretaria llamada Purita que terminó por casarse con el Pato. El negocio estaba en la calle Fuencarral, en un piso antiguo que había sido de una tía abuela.
Draper era atildado y tripón, de cabellos blancos peinados hacia atrás, al que nadie se le podía acercar mucho porque le olía el aliento a perro podrido. Dejó la policía siendo comisario jefe en la Comisaría de Centro, a causa de un turbio asunto con una chica de catorce años. Asunto que nunca se aclaró del todo.
Estaba sentado tras la mesa de imitación caoba de su despacho, jugueteando con un cortaplumas.
–El trabajo está ahora muy mal, Toni. Ya lo sabes. La gente prefiere perder lo que le deben a meterse en berenjenales. Vagancia intrínseca del pueblo español, lo llamaría yo. En este país faltan arrestos, Toni, falta iniciativa empresarial moderna, y sin eso este país no puede progresar. ¿Quieres que te diga una cosa? Se está confundiendo libertad con libertinaje.
–Muy buena la conferencia, Draper –le dije yo–. No sabes cómo te agradezco que ilumines mi mente. ¿Tienes alguna chapuza para mí?
–¡Hombre! Algo siempre hay, pero no podré meterte en nómina, lo de los seguros sociales es un palo.
–No busco ninguna nómina. Busco trabajo, Draper.
–Claro, claro... Vamos a ver.
Revolvió unos papeles que tenía apilados sobre la mesa y tomó un paquete de letras. Las miró atentamente y luego me dijo:
–Esto lo podrías solucionar tú.
–¿De qué se trata?
–María Luisa Sánchez debe siete plazos de una cocina completa, modelo de lujo, línea Puerta de Hierro, que compró hace dos años a Establecimientos Eladio. Dice que su marido está en el paro, pero eso a Establecimientos Eladio se la trae floja. Y si no le importa a Establecimientos Eladio, tampoco le importa a Ejecutivas Draper. Lo malo es que la tía esta se las sabe todas y no hay manera de cazarla. Gerardo lo ha intentado –suspiró– pero no lo puedo dedicar eternamente a este asunto. Él tiene... –titubeó– un temperamento más jurídico, por decirlo así, en cambio tú...
–¿Cuánto debe la señora?
–Doscientas mil.
–¿Tanto cuesta una cocina?
–¿En qué mundo vives, Toni? Por doscientos billetes sólo te puedes comprar una cocina de leña. A la interfecta le costó la cocina medio kilo, eso sí, incluida nevera con congelador, horno eléctrico, muebles completos, encimeras... Si vieras lo que le ha costado a mi hijo un horno microondas... –Suspiró largamente.
–Ese caso es distinto. Sin horno microondas no se puede vivir. Ahora dime cuánto me llevo yo.
–El diez por ciento, como siempre. Pero no bajes de cien, si no, no es rentable. Recuérdalo, menos de cien nada.
–De acuerdo.
–No te pago gastos.
–He dicho de acuerdo. ¿Dónde vive la señora?
–Ciudad de Los Ángeles, polígono G, calle Urrutia, 22, tercero F. ¿Qué truco vas a emplear?
–Ya lo pensaré por el camino. –Apunté la dirección en un papel–. ¿Puedes adelantarme mil pesetas?
Dudó durante unos instantes, pero abrió uno de los cajones de su mesa, sacó una cajita de lata y de ella extrajo un billete verde con la efigie de Echegaray en el dorso. Me lo entregó como si fuera un trozo de su cuerpo. A las mil pesetas añadió un paquete de letras ordenadas de la más antigua a la más reciente.
–Te tengo aprecio, Toni. Siempre te he tratado como a un hermano. Si Durán... Bueno, si Durán fuera de otra manera... Ahora con la democracia hay más trabajo. Pero ya ves...
–Sí, ya veo.
–El secreto de este negocio, y de cualquier otro, consiste en no pagar salarios. ¿Sabes lo que se come un salario? La seguridad social, las pagas, los días festivos... No puedes ni figurártelo.
–Me lo figuro, Draper. –Empecé a levantarme.
–Cuando soluciones esto, miraré si hay otra cosa por ahí. Seguro que hay, ya verás.
Iba a despedirme cuando la puerta del despacho se abrió de golpe y entró el Pato. Tenía alrededor de treinta años y era rubio y acicalado. Parecía un jamón navideño enfundado en la tela gris de su elegante traje. Su mofletuda cara estaba congestionada.
–Te están buscando, Toni –farfulló–. Se han sentado en el vestíbulo a esperarte.
–¿Pero quién? ¡Por el amor de Dios, quién! –exclamó Draper.
–¡La policía!
–¿La policía? –Miré al Pato–. ¿Estás seguro de que preguntan por mí?
–Sí, acaban de llegar. Les he dicho que tú no tienes nada que ver con la empresa. Te hemos advertido que no mezcles nunca a la empresa con tus cosas. –Se acaloró aún más y me señaló con su gordezuelo dedo–. Nosotros no tenemos nada que ver contigo.
–Cálmate, Pato –dijo Draper, sin dejar de observarme con inquietud–. Tranquilízate. Si fuera importante no se hubieran sentado a esperar. ¿Ha pasado algo, Toni?
–Nada que yo sepa. Ahora lo averiguaré.
–Algo habrás hecho –silabeó el Pato.
–¿Cómo han sabido que estabas aquí? –preguntó Draper.
Eso me pareció una buena pregunta.
–He salido de mi casa a las nueve, he desayunado en el café Barbieri. –No dije que allí me fiaban–. Es uno de los dos o tres bares a los que suelo ir y casi todos mis amigos lo saben. Es muy probable que le hayan preguntado al Vasco Recalde. Sabía que yo iba a venir aquí.
–El Vasco Recalde –murmuró Draper–, pensaba que estaba en la trena.
–Parece que le va bien en el bar, aunque cada dos por tres acostumbra a echar a los camareros. –Hice un gesto con la mano y me encaminé a la puerta. El Pato se sentó en uno de los sillones con las mandíbulas apretadas.
–Que no sea nada –dijo Draper–. Y perdona que no salga. Ya no es como antes, no tengo amigos en la policía.
–Mañana o pasado te traeré lo de las letras.
Salí al vestíbulo.
Hay tantas clases de policías como de jardineros, registradores de la propiedad o vendedores de lotería. Los que me aguardaban hojeando revistas atrasadas eran de la última hornada, no parecían policías.
Uno de ellos era alto, llevaba gafas y barba y aparentaba menos de treinta años. Vestía un jersey amarillo y pantalones vaqueros. El otro era un poquito más bajo y más fuerte y no llevaba ni barba ni gafas. Ni siquiera sus modales eran de policía.
El de gafas se puso en pie, mientras el otro me observaba con atención; tenía una revista en la mano.
–¿El señor Carpintero? –preguntó el chico de las gafas.
–Yo soy –respondí.
–Policía –dijo el que estaba sentado, y arrojó la revista a la mesita y se puso en pie. Era verdaderamente fuerte, ancho de hombros, con la cintura lisa–. Acompáñenos, por favor.
–¿Adónde?
–Ya se enterará. Llevamos toda la mañana intentando localizarle. Tenemos prisa.
–Perfecto, me gusta colaborar con la policía. ¿Tendrían inconveniente en enseñarme las placas?
Me las enseñaron. Parecían buenas.
–Vámonos –ordenó el de las barbas, que abrió la puerta y salió al descansillo. El otro me cedió el paso y se situó detrás de mí. Eran muchachos muy bien adiestrados.
El automóvil era un 127 de color verde aparcado en doble fila. Los dos chicos se sentaron delante y a mí me dejaron todo el asiento de atrás. El de las barbas arrancó el motor y el otro conectó la radio.
–Omega dos, Omega dos –dijo–, avise al comisario que hemos localizado al señor Carpintero y que vamos hacia allá. Corto.
Cuando dejamos atrás la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, me di cuenta de que no sabía adónde me llevaban.
–Si no es un secreto de Estado, me gustaría saber adónde nos dirigimos –dije.
–El comisario Frutos quiere verle –contestó el de las barbas.
–¿Frutos? ¿Es el mismo que conozco?
–Parece que sí.
–Creí que se había jubilado.
–Ni pensarlo –dijo el mismo, y noté un acento irónico–. Ésos nunca se jubilan. Ha pedido prórroga y ahora es comisario.
–Ajá –manifesté.
–A eso le llaman el cambio. Es la nueva política del Ministerio. Cuanto más viejos, mejor.
–El bueno de Frutos –comenté–. ¿Jefe de la Judicial?
–Eso mismo.
–Entonces la cosa debe de ser gorda. Los comisarios no suelen moverse de sus despachos.
El que conducía se volvió de golpe y me miró. Se habían acabado las bromas. A los policías no les gusta que nadie de fuera se meta en sus cosas. A eso se le llama espíritu de Cuerpo.
–Ha sido compañero, Vicente. Me lo ha dicho el comisario –le dijo el otro–. Lo echaron de la Comisaría de Centro.
–No me echaron. Pedí excedencia por tiempo indefinido.
Se volvió de nuevo y dijo sin sonreír:
–A lo mejor hizo bien. Si encontrara otro curro, me abriría.
–¿Y qué quiere Frutos? –pregunté, cambiando de tema.
–Se lo dirá él. Nosotros sólo tenemos que llevarlo.
El chalé era de tres plantas y estaba rodeado por una tapia de hierro forjado, donde se entremezclaban la hiedra y los abetos. En la puerta había dos Zetas de la Policía Nacional, una ambulancia, un furgón oscuro y cuatro automóviles, dos de ellos con la tapicería de cuero.
El policía de las barbas aparcó junto a los automóviles y me señaló el portón de hierro. Una plancha de cobre, brillante y pulida, tenía grabadas dos palabras: Villa Cristina. Entramos en el jardín.
Un grupo de policías nacionales fumaba charlando y pisoteando el cuidado césped que formaba dibujos. Había un estanque en el centro, probablemente con peces, flores y rinconadas con bancadas de piedra. Los guardias nos observaron con atención mientras atravesábamos un sendero en dirección a unas escalinatas de mármol blanco que conducían a la casa. Subimos las escaleras y entramos en un vestíbulo acristalado repleto de muebles de hierro pintados de blanco.
El policía de barbas me hizo un gesto con la cabeza en dirección al gran salón que comunicaba con el vestíbulo. Ellos se quedaron allí y yo entré.
Había más gente dentro, hablando en susurros. Gente con trajes a medida y el rostro muy bien afeitado. Era un lugar inmenso, equilibrado y sobrio. Grandes cuadros cubrían las paredes y extrañas esculturas se apoyaban en pedestales o colgaban del techo. Había una puerta al fondo y otras dos a izquierda y derecha, todas cerradas. Una escalera con el pasamanos de madera antigua ascendía a los pisos superiores.
Alcé la cabeza y distinguí a alguien que me miraba desde arriba. Sonó una voz cascada e impaciente.
–Vaya, al fin has venido. Sube.
Era Frutos, el comisario Frutos, rodeado de acólitos. Me apoyé en el pasamanos y subí, sintiéndome mucho más pequeño de lo que puedo llegar a ser.
Frutos me aguardaba en un rellano alfombrado, donde había más cuadros y armaritos acristalados que mostraban objetos exóticos. Una serie de puertas de gruesa madera se alineaban a todo lo largo.
Dos oficiales de la Policía Nacional fingieron no darse por aludidos ante mi presencia y otros dos uniformados, que parecían mantener la vigilancia ante una de las puertas, me observaron con atención.
–¿Por qué has tardado tanto? –me preguntó Frutos.
–Yo trabajo, no estoy en la policía.
Torció la boca. No le gustaban las bromas. Era el mismo Frutos de siempre: nariz chata, cara cetrina y con el aspecto de haber dormido con el traje puesto. Lo que era distinto era el traje. Parecía de buena calidad y no le faltaba ningún botón.
–Muy gracioso, Carpintero, sí señor, pero no perdamos más tiempo. –Me agarró del codo y me condujo a la puerta guardada por los dos policías, que la abrieron en actitud de respeto.
Entramos a un despacho inmenso, rodeado de ventanales y cubierto por severas estanterías repletas de libros.
Había sillones mullidos en los rincones y panoplias con armas antiguas. Una gruesa alfombra amortiguó nuestros pasos. Frutos se detuvo en el centro de la habitación.
Había un gran silencio allí dentro. El silencio de la muerte.
En uno de los lados, una mesa de caoba enorme estaba llena de papeles y objetos antiguos de escritorio. Detrás de la mesa, un sillón de alto respaldo sostenía el cuerpo de un hombre desmadejado con la cabeza levemente torcida. Vestía una bata de seda azul entreabierta que mostraba un pijama color crema. La mueca de su boca parecía una sonrisa, pero no lo era.
Un tiro le había destrozado la dentadura vaciándole la parte posterior de la cabeza. Sesos, cabellos y trocitos de hueso se esparcían por el suelo y el respaldo del sillón.
El olor a sangre era dulzón y pastoso.
La pistola, un revólver plateado Smith & Wesson con el caño de dos pulgadas, descansaba a los pies del cadáver, muy cerca de la mano del sujeto enfundada en un guante negro de piel fina.
Di la vuelta despacio a la mesa y lo reconocí.
Era Luis Robles.
–¿Qué te parece? –dijo, detrás de mí, Frutos.
–¿Qué me parece el qué? –respondí.
Frutos iba a decirme algo cuando la puerta se abrió y entraron dos hombres que avanzaron hasta la mesa.
A uno de ellos lo identifiqué enseguida a pesar del tiempo que hacía que no lo veía. Era delgado, de cara angulosa y sus ojos se movían con la rapidez que poseen algunas personas de mente ágil. Era Curro Ovando, jefe del laboratorio de balística. El otro era Carmelo, su ayudante, un muchacho malagueño muy serio que se había dejado bigote y lo hacía irreconocible al primer golpe de vista. Me saludaron con inclinaciones de cabeza que yo devolví.
–Todavía es pronto para decir nada concreto, comisario –manifestó Ovando–, pero casi le puedo garantizar que el disparo ha sido efectuado a bocajarro y empleando balas huecas. –Hizo una pausa–. Así se explican los destrozos en la cabeza.
–Gracias, Ovando –contestó Frutos.
–Le daré el informe enseguida. –Los dos hombres inclinaron las cabezas en señal de despedida y se encaminaron a la puerta. Frutos se volvió hacia mí.
–Ahí lo tienes. –Me miró a los ojos–. Se ha suicidado.
–Luis –murmuré.
–Tienes que contarme un par de cosas. –Sus ojos me escudriñaron de arriba abajo–. ¿Eh, Carpintero?, un par de cositas.
Volví a observar a Luis. He visto muchos cadáveres, demasiados, y todos tienen esa quietud, esa inmovilidad que ningún vivo puede fingir.
Entonces me di cuenta de que en la otra mano no tenía ningún guante.
–¿Cuándo se va a terminar esta broma, comisario? –bramó alguien a nuestras espaldas. Nos volvimos. Un sujeto rechoncho de cara abotargada surcada de venillas gesticulaba muy acalorado. Volvió a graznar–: ¿Hasta cuándo cree usted que debemos esperar para levantar el cadáver, comisario? Dígamelo y así sabré si debo irme a comer a casa o volver al juzgado.
Frutos me tomó del codo, un hábito contraído después de detener a gente durante muchos años, y me condujo fuera de la habitación. No le contestó y el sujeto se apartó para dejarnos pasar.
–¡Gracias, comisario! –exclamó.
–De nada, juez.
–¡Llévense el cadáver de una vez! –ordenó el sujeto a un grupo de hombres ataviados con bata blanca y que portaban una camilla.
Frutos y yo bajamos las escaleras sin que me soltara el codo. El vestíbulo estaba lleno de policías y funcionarios que se cuadraron al ver a Frutos. Los hombres de bata blanca descendieron con el cadáver de Luis tapado y atravesaron la sala. Poco después escuché la sirena de la ambulancia. Me pregunté qué prisa tenía Luis para llegar a la Morgue.
Frutos me sacó de mis pensamientos.
–¿Cuándo lo viste por última vez?
–Hace tres días estuvo en mi casa y me pareció algo nervioso, pero simpático y agradable. Dijo que me iba a llamar pero no lo hizo.
–¿Nervioso?
–Todos los ejecutivos me parecen nerviosos, Frutos, y Luis era uno de ellos. Lo que sí te puedo asegurar es que no me esperaba que se suicidara. ¿Pero quién puede estar seguro?
–Lo último que podía figurarme es que fueras amigo de don Luis Robles, Carpintero. Mira qué cosas tiene la vida.
–Coincidimos en la mili en la misma compañía y estuvimos saliendo juntos una temporada. Eso es todo. Llevaba casi veinte años sin verlo.
–No exactamente. En septiembre de 1973 lo viste en una manifestación estudiantil en la calle Princesa. Entrasteis en un bar y tomasteis algo, probablemente una cerveza. –Hizo lo que todo el mundo llamaría una sonrisa. Seguía teniendo los dientes verdes y grandes. No pude evitar un gesto de asombro–. A la media hora os separasteis.
–Es cierto, no me acordaba. Luis huía de la policía y casi tropezó conmigo. No me acuerdo adónde iba yo.
–Al gimnasio.
Lo miré con atención.
–Sois rápidos, ¿eh? Y ahora quiero irme a mi casa.
No hizo caso. Sacó su paquete de picadura Ideales, un papelillo y comenzó a liar uno de sus cigarrillos.
