Hannah Arendt - Anne C. Heller - E-Book

Hannah Arendt E-Book

Anne C. Heller

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Beschreibung

Hannah Arendt, filósofa de la política y la cultura cuyas ideas han causado entusiasmo y animadversión, es una de las voces más originales y fértiles del siglo XX, ensalzada como una visionaria por sus iguales y tachada de presuntuosa y farsante por sus adversarios. Nacida en Prusia en una familia de judíos asimilados, huyó de la Alemania nazi en 1933. Hoy su figura permanece envuelta en la tormenta desatada a raíz de la publicación en The New Yorker, en 1963, de su reportaje sobre el juicio al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. Arendt fue una mujer con muchas contradicciones. Era brillante, bella en su juventud e irresistible para los hombres inteligentes, incluso en su madurez tan llena de cigarrillos como de ideas provocadoras. No aprendió a escribir en inglés hasta la edad de 36 años, pero escribió en esta lengua Los orígenes del totalitarismo, un libro que cambió para generaciones de europeos y estadounidenses la manera de entender el fascismo y el genocidio. Su obra más famosa y polémica, Eichmann en Jerusalén, desató feroces discusiones que todavía hoy resuenan, avivadas por el descubrimiento póstumo de su relación amorosa con el gran filósofo alemán y simpatizante nazi Martin Heidegger. En esta biografía palpitante y amplia, Anne C. Heller explora el origen de las contradicciones y los grandes logros de Hannah Arendt, y lo encuentra en la convicción que la filósofa albergaba de su propia condición de lo que ella llamaba "paria consciente", es decir, uno de esos seres humanos, escasos en cualquier época y lugar, que nunca dejan de confiar en sí mismos cuando la sociedad los rechaza y jamás están dispuestos a pagar cualquier precio para ser aceptados por los demás.

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Seitenzahl: 248

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Anne C. Heller

HANNAH ARENDT

Una vida en tiempos de oscuridad

Traducción de Ana Nuño

Título original: Hannah Arendt. A Life in Dark Times, publicado originalmente en inglés, en 2015

Primera edición en esta colección: marzo de 2021

Copyright © 2015 by Anne C Heller

© de la traducción, Ana Nuño, 2021

© de la presente edición: Alfabeto Editorial, 2021

Editorial Alfabeto S.L.

Madrid

www.editorialalfabeto.com

ISBN: 978-84-17951-17-7

Ilustración de portada: Alba Ibarz

Diseño de colección y de cubierta: Ariadna Oliver

Diseño de interiores y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Para David H. de Weese

Verdaderamente, vivo en tiempos de oscuridad. Es insensata la palabra ingenua. Una frente lisa revela insensibilidad. El que ríe es que no ha oído aún la noticia terrible, aún no le ha llegado.

Bertolt Brecht, «A los hombres futuros», citado en la introducción a Hombres en tiempos de oscuridad, de HANNAH ARENDT1

ÍNDICE

1. Eichmann en Jerusalén: 1961-19632. Muerte del padre: Königsberg, 1906-19233. Primer amor: Heidegger en Marburgo, 1924-19324. Nosotros, los refugiados: Berlín y París en los años treinta5. Seguridad y fama: 'Los orígenes del totalitarismo' y el Círculo de Nueva York, 1941-19616. Después de Eichmann: Nueva York, 1963-1975AgradecimientosNotas

1EICHMANN EN JERUSALÉN1961-1963

Estar de acuerdo con otros y querer decir «nosotros» bastó para hacer posible el mayor de todos los crímenes.

HANNAH ARENDT, entrevista con JOACHIM FEST, 19641

Después, cuando Hannah publicó su extenso relato del juicio a Adolf Eichmann, el huido oficial de las SS que había colaborado en la ejecución de la solución final de Adolf Hitler, el escándalo desatado por este libro la dejaría de piedra. «La gente intenta por todos los medios arruinar mi reputación —escribió a su amigo Karl Jaspers poco después de la publicación del libro, Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, en 1963—. Han dedicado semanas a indagar si no hay algo en mi biografía que puedan achacarme.»2 La Liga Antidifamación y otras organizaciones judías, directores de influyentes revistas que habían publicado a Arendt, catedráticos de universidades en las que se había ganado la vida de forma precaria como profesora visitante, amigos de todas las etapas de su vida… Todos tenían algo que objetar a su descripción de Eichmann, que la opinión pública consideraba como «el monstruo más maléfico de la humanidad», 3 como un ser «terrible y terroríficamente normal».4 A muchos encrespaba el hecho de que presentara a los líderes judíos europeos de los años del nazismo —algunos de los cuales aún vivían y gozaban de excelente reputación— como cooperadores («casi sin excepción»)5 de Eichmann en la deportación de judíos de a pie a Auschwitz, Treblinka y Chelmno. Mientras que pocos meses antes Arendt era ensalzada como una pensadora política brillante, original y profundamente humanista, ahora se veía tachada de arrogante, mal informada, desalmada, embaucada por Eichmann, enemiga de Israel y «judía víctima de autoodio».6 «Qué tarea tan delicada es decir la verdad en el plano factual sin bordados teóricos o académicos», le escribió a su mejor amiga y defensora incondicional, Mary McCarthy.7 En realidad, el problema con el libro de Arendt sí que tenía que ver con su teoría; a saber, que hombres y mujeres corrientes, impulsados no por odios personales o ideologías extremas, sino simplemente por ambiciones ordinarias y por la incapacidad de empatizar, decidieron ponerse al frente de la maquinaria de las fábricas de la muerte nazis, y que las víctimas, cuando se las hostigaba, eran capaces de mentirse a sí mismas y obedecer. El libro ocasionó una verdadera batalla campal entre intelectuales en los Estados Unidos y empañó la reputación de Arendt en su apogeo. Desde entonces, no ha dejado de arrojar una sombra sobre su leyenda.

Hannah Arendt ocupaba un rincón de la sección de prensa el 11 de abril de 1961, cuando comenzó el juicio a Eichmann, publicitado por un tsunami mediático, en una sala de tribunal improvisada en Jerusalén oeste. El Estado de Israel tenía apenas trece años de existencia.8 Ningún juzgado en el país podía dar cabida a aquel espectáculo, de modo que se designó para organizarlo una flamante y amplia sala de teatro, la Casa del Pueblo. Aunque allí cabían 750 personas, la expectación superó con creces este aforo. En los primeros días, por el privilegio de apretujarse en aquel anfiteatro para ver al famoso nazi,9 llegaron a competir hasta setecientos reporteros procedentes de tres docenas de países, políticos y celebridades internacionales, juristas, sobrevivientes israelíes y europeos de los campos, historiadores y turistas. Arendt, que estaba allí para cumplir un encargo de The New Yorker, durante varios días se llevó consigo a su prima segunda de diecisiete años, Edna Brocke, de soltera Fuerst, que había crecido en Israel. Cerca de ellas tomaban notas la excorresponsal de guerra Martha Gellhorn, en representación del Atlantic Monthly; Elie Wiesel, que escribía para el Jewish Daily Forward, periódico estadounidense en lengua ídish; el ex fiscal general adjunto lord Russell of Liverpool y el profesor de Oxford Hugh Trevor-Roper, los dos por cuenta del London Sunday Times; además de varios reporteros del New York Times, del Der Spiegel y del Washington Post.10 Una maraña de cables cubría el suelo del tribunal11 para hacer posible la primera transmisión de televisión en vivo y la grabación en vídeo de un proceso judicial para un público internacional,12 y las transcripciones del juicio se distribuían a diario. Sus críticos también le afearían a Arendt el hecho de que hubiera asistido a muy pocas sesiones y que se hubiera apoyado sobre todo en las cintas y las transcripciones, y lo cierto es que estuvo en Jerusalén solo un total de cinco o seis semanas, cuando el juicio duró cinco meses. Pero no era la única; también otros iban y venían mientras el mundo miraba por televisión.

El primer día del juicio el juez principal dio lectura a los cargos contra Eichmann, quince en total. Entre otros, se mencionaron los «crímenes contra el pueblo judío» y «contra la humanidad» que Eichmann había cometido u ocasionado entre 1938 y 1945, que empezaban por su presunta participación en los feroces pogromos de la Kristallnacht, en noviembre de 1938, y abarcaban la deportación forzosa y el exterminio de la mayoría de los judíos que vivían entonces en Alemania, los países del Eje y las naciones ocupadas por el ejército alemán durante los años de la guerra. La acusación enumeraba los campos de concentración y de exterminio a los que Eichmann «y otros» enviaron a judíos a sabiendas y con el propósito de asesinarlos en masa, el número aproximado de judíos enviados a esos campos y las fechas durante las cuales funcionaron los campos.13 Al concluir la lectura, Eichmann, preguntado por si comprendía los cargos, tomó la palabra por primera vez. «Sí, ciertamente», dijo en alemán. Cuando le preguntaron cómo se declaraba, respondió: «Inocente, en el sentido en el que se formula la acusación».

Varias razones concurrían en el interés casi histérico provocado por el juicio a Eichmann (el equivalente internacional del desatado en su día por el juicio a O. J. Simpson). Al final de la Segunda Guerra Mundial, se sospechaba que cientos de oficiales nazis habían huido y se escondían en pueblos y ciudades de todo el mundo, malvados espectros del pasado protegidos por gobiernos de derecha y redes de compañeros de viaje fascistas. Eichmann y sus jefes en la tristemente célebre SS o Schutzstaffel —el cuerpo paramilitar de élite de Heinrich Himmler directamente responsable de llevar a cabo el plan de Hitler de exterminación de toda la población judía de Europa— habían desaparecido, habían sido asesinados o, como en el caso de Himmler, se habían suicidado14 y, por tanto, se habían librado del proceso y la condena durante los históricos juicios por crímenes de guerra de Núremberg, en 1945 y 1946. En parte como consecuencia de ello, la destrucción de hasta seis millones de hombres, mujeres y niños judíos —asesinatos a escala desconocida hasta entonces en la historia— no había sido juzgada a fondo ni reconocida en Núremberg o en los procesos de finales de la década de 1940, centrados en las actuaciones ilegales de Alemania contra otros Estados soberanos de Europa. Ahora que Eichmann se sentaba en el banquillo de los acusados en Jerusalén, finalmente iba a ser posible conocer la historia íntegra del Holocausto judío, incluido, por primera vez, el testimonio de los sobrevivientes de los campos de concentración. O esto era lo que el joven Estado de Israel esperaba que sucediera.

Otra razón era que un año antes, en mayo de 1960, los agentes del servicio secreto israelí habían arrancado a Eichmann de su escondite en Argentina, lo habían sedado, secuestrado y trasladado a Jerusalén en una dramática operación extralegal que fue aplaudida o criticada y, en todo caso, universalmente comentada durante los meses previos al juicio.

Sin embargo, el mayor atractivo para la mayoría de los observadores y para Arendt era la misteriosa figura del propio Eichmann, quien, para su protección personal, se sentó durante todo el juicio en una jaula de cristal a prueba de balas, al pie de la tarima de los jueces. Delgado, con gafas y una calvicie avanzada, aquejado de un constante moqueo y de espasmos convulsivos de una boca fina y amarga, parecía «un espectro que, además, está resfriado», como Arendt acertadamente se lo describió a Karl Jaspers en una carta,15 antes que un representante de la autoproclamada raza superior. Había sido el jefe de la Oficina de Asuntos Judíos de la Gestapo, la policía secreta nazi, así como un teniente coronel de rango medio de las asesinas SS de Himmler, y era considerado el criminal de guerra vivo más buscado a principios de la década de 1960. Los periódicos israelíes y estadounidenses de la época lo presentaban no solo como un ser monstruoso y «sanguinario», sino también como el principal arquitecto y experto técnico de Hitler para la implementación de «la solución final de la cuestión judía», eufemismo nazi particularmente repugnante para designar un genocidio sin precedentes.16 Como Arendt y otros pronto se encargarían de aclarar, esta última caracterización de Eichmann no resultaba del todo creíble.

En lo que sí que estuvo de acuerdo todo el mundo al comenzar el juicio era en que Eichmann parecía ofrecer un ejemplo curiosamente anémico de maldad demoníaca. Nunca acabó los estudios de secundaria y fracasó como vendedor ambulante de aceite de motor. Era «un déclassé, nacido en una familia del más sólido sector de la clase media», resumió Arendt en Eichmann en Jerusalén, si bien la historiadora alemana Bettina Stangneth recientemente ha cuestionado su condición de oveja negra y pintado a toda su familia con unos tintes más sombríos. A los interrogadores israelíes les dijo que se había afiliado al Partido Nazi en 1932, un año antes de que Hitler tomara el poder, sin ninguna razón en particular, excepto que un funcionario del partido, que también era un amigo socialmente destacado de la familia, se lo había sugerido. Poco después fue despedido de su trabajo de vendedor y el amigo, un tal Ernst Kaltenbrunner, le ofreció un puesto remunerado en las fuerzas de élite de las SS, el cuerpo de seguridad del Reich. Según el propio Eichmann, en los años siguientes descubrió que tenía un don natural para orientarse en los grandes organismos burocráticos y organizar complejas tareas administrativas. A fines de la década de 1930 había logrado llamar la atención de Reinhard Heydrich y de Heinrich Himmler, y fue promovido desde un puesto de funcionario menor de las SS a jefe de operaciones y supervisor de la red de transporte encargada del traslado de los judíos de Alemania y Europa central a los campos de concentración y exterminio en Polonia. Al mismo tiempo, estableció relaciones de cooperación con los consejos locales de líderes judíos nombrados por los nazis y gestionó el inventario y envío a Berlín de las enormes cantidades de dinero y propiedades dejadas por las víctimas que eran enviadas a la muerte. Capturado por los norteamericanos en 1945, se escapó de un campo de prisioneros de guerra y, utilizando una retahíla de nombres falsos, siguió en su huida una fantástica ruta que lo llevaría desde el norte de Alemania hasta una casita sin electricidad en un camino de tierra de las afueras de Buenos Aires. Allí vivió durante una década como Ricardo Klement, ingeniero hidráulico, criador de conejos, lavandero, mecánico, marido y padre. Su esposa e hijos, que en 1952 viajaron desde Alemania para reunirse con él, mantuvieron el nombre de Eichmann, hecho que —sumado a su afición a relatar las hazañas del pasado en compañía de otros nazis fugados— permitió a los agentes secretos israelíes dar con él, secuestrarlo y trasladarlo en avión hasta Jerusalén, donde, tras once meses de interrogatorios, se sentó en la jaula de cristal. Una vieja muestra de pavoneo delante de sus subordinados, referida en Núremberg y por él mismo repetida a sus compinches nazis en Argentina —«me iré riendo a la tumba, porque el hecho de tener la muerte de cinco millones de judíos en mi conciencia me produce una satisfacción extraordinaria»—, fue publicada en la revista Life y difundida en todo el mundo antes de que comenzara el juicio.17 Eichmann era un «monstruo moral», dijo a los periodistas Gideon Hausner, el fiscal israelí nacido en Polonia. Sin embargo, al verlo en el tribunal, Martha Gellhorn, anticipándose a Arendt y a muchos otros comentaristas, se preguntó cómo era posible que aquel «hombrecillo de cuello delgado, hombros altos [y] ojos curiosamente reptilianos» hubiera sido capaz de un «mal tan recalcitrante, inmenso y planificado».18 Esa era una pregunta que Arendt estaba especialmente bien equipada para responder.

La primavera de ese año tenía cincuenta y cuatro años, una incipiente fama de intelectual y de fumadora empedernida, un pedigrí impecable y una enorme capacidad de trabajo. Nacida y criada en Alemania en el seno de una familia de judíos alemanes asimilados de clase media, había recibido una exquisita formación en literatura alemana, griego clásico y filosofía antigua y moderna de la mano de los grandes pensadores de la época de Weimar, incluidos su amigo Karl Jaspers y el carismático Martin Heidegger. Había detectado el peligro nazi muy temprano y huido de Alemania, primero a París en 1933 y más tarde a la ciudad de Nueva York, en la que vivía con su marido, un goy alemán llamado Heinrich Blücher, y dedicaba sus horas de ocio a cogitar gozosamente con una «tribu» de distinguidos amigos intelectuales, entre los que se encontraban Hans Morgenthau, Hans Jonas, Paul Tillich, Lionel y Diana Trilling, Alfred Kazin, Robert Lowell y Mary McCarthy. Había recibido premios por sus libros y ensayos, desde una beca Guggenheim en 1952 hasta el prestigioso Premio Lessing de la Ciudad Libre de Hamburgo, en 1959. Pero era sobre todo conocida y respetada por su densa y complicada obra de historia política, Los orígenes del totalitarismo, publicada en 1951, en la que rastreaba el surgimiento de los dos monolitos totalitarios del siglo XX, el nazismo y el estalinismo, y analizaba los motivos de los hombres que los habían creado y de aquellos que deliberadamente operaron su maquinaria de asesinato, sobre todo en Alemania. A estos hombres y a sus objetivos los consideraba «radicalmente malos», haciendo suya una expresión de Immanuel Kant, en la medida en que obraban para conseguir que la individualidad humana —y aun la ley y la existencia humanas— se volviera «superflua» y sin sentido, tanto para los soldados rasos del régimen como para sus víctimas.

Arendt había contactado con The New Yorker con la idea de escribir sobre el juicio a Eichmann, en parte porque quería probar sus teorías. Quería observar de primera mano la forma que podía adoptar la justicia impartida a uno de los matones nazis —uno de los deplorables «hombres-masa», «individuos aislados en una sociedad atomizada» deseosos de participar en una causa superior, como los había descrito en Los orígenes del totalitarismo—19 sobre los que tanto y tan hondamente había reflexionado, si bien desde lejos. «No olvide que yo me marché de Alemania muy pronto, y que en el fondo fue muy poco lo que viví directamente de todo aquello [del régimen nazi]», le escribió a Jaspers para explicar por qué quería cubrir el juicio para The New Yorker.20 El viejo filósofo, que vivía en Suiza, respondió con una lista de reticencias, y le advirtió: «El juicio a Eichmann no será una experiencia grata para ti. Me temo que no acabe bien».21 A Jaspers le preocupaba que el acusado decidiera no defenderse y que, en cambio, se limitase a decir: «Aquí me tienen. A veces sucede que el águila es cazada por astutos tramperos». En ese caso, el antisemitismo mundial, todavía activo por más que obligado a esconderse, se cobraría un mártir. Temía que un Estado joven y vulnerable como Israel pudiera sufrir daños políticos como resultado del secuestro y el juicio, y advertía que la simple sabiduría humana podía fracasar al verse envuelta en las disputas históricas, políticas y jurídicas que inevitablemente complicarían el juicio. «Me temo que lo que vas a oír te deprima y te indigne», le avisó.22 Arendt compartía sus dudas acerca de los previsibles escollos en el desarrollo del juicio, pero insistió: «No me habría perdonado nunca no ir allí y contemplar en la realidad a esta desgracia [Eichmann] en toda su siniestra nulidad».23

Arendt era tan conocida en Jerusalén como en los Estados Unidos y Europa. Pasó varias veladas en compañía de su viejo amigo Kurt Blumenfeld, expresidente de la Federación Sionista de Alemania, con la familia de su prima Edna Brocke y con altos cargos israelíes. Asistió con Blumenfeld a una cena privada con el juez principal del juicio, Moshe Landau («¡Qué hombre maravilloso!», «Lo mejor del judaísmo alemán»), que no se reunía habitualmente con periodistas,24 y se quedó hasta altas horas de la noche discutiendo con Golda Meir, entonces ministra de relaciones exteriores, sobre la necesidad de dotar a Israel de una constitución nacional como la de los Estados Unidos, que Arendt admiraba profundamente, que garantizara la separación de la Iglesia y el Estado y la igualdad de derechos para todos.25

Arendt tenía una gran confianza en su capacidad para identificar los principios morales sin dejarse ofuscar por la indignación. No le suponía problema alguno el secuestro de Eichmann, ni siquiera el muy controvertido derecho de Israel a juzgar a un fugitivo alemán, a quien ella consideraba hostis humani generis, un enemigo de la humanidad.26 Hubo algo que sí que mereció sus más enérgicas objeciones: la jactancia con la que el primer ministro David Ben-Gurión informó a la prensa mundial que el juicio se desarrollaría como un «juicio espectáculo» con el triple propósito de establecer un registro permanente de los horrores del Holocausto judío, a diferencia de otros crímenes de guerra; de influir en la opinión mundial a favor de Israel y en contra de sus hostiles vecinos árabes, a quienes caracterizó como «discípulos de los nazis»,27 y de instruir a los jóvenes israelíes —nacidos demasiado tarde para recordar a Hitler, pero que habían presenciado la victoria de los soldados israelíes en dos guerras regionales— sobre las razones por las que sus familiares no resistieron con más vigor el azote nazi. Por otra parte, aunque la conducción del juicio fuera impecable, Arendt temía, como le escribió a Jaspers, «que Eichmann recuerde, en primer lugar, que ningún país quería a los judíos (justo el tipo de propaganda sionista que Ben-Gurión busca y que yo considero un desastre) y, en segundo lugar, que sea capaz de demostrar hasta qué punto los judíos contribuyeron a la organización de su propia destrucción».28 En última instancia, no sería Eichmann sino Arendt quien pondría de relieve este último punto. Albergaba un viejo rencor contra Ben-Gurión y una antipatía aún mayor contra quienes presentaban a los judíos como peones indefensos y víctimas.

Sobre algunas cosas, Arendt y Jaspers habrían podido ahorrarse las preocupaciones. La defensa que montó Eichmann fue sorprendentemente astuta, es cierto. Pero antes venían los argumentos de la fiscalía, y esta parte del proceso duró mucho más y el tono retórico que adoptó fue mucho más exacerbado de lo que Arendt estaba dispuesta a soportar.

El fiscal Gideon Hausner fue directo al grano, por más que de manera retórica y artificiosa («con fines publicitarios»), en su afán de mostrar a Eichmann bajo la luz más macabra posible. Hausner sostuvo que el acusado era apenas uno más de una larga estirpe de antisemitas crueles y fanáticos empeñados en «destruir, matar y extinguir [al pueblo judío]», «comenzando con los faraones de Egipto y terminando solo con la creación de Israel como nación-estado, con el derecho legal de armar y defender a un pueblo desprotegido. Este argumento enfureció a Arendt, quien vio en él una estrategia para amedrentar a los judíos de la diáspora, incluidos los estadounidenses como ella, al blandir la falta de seguridad a menos que apoyaran las políticas de Israel. Aunque no era posible acusar a Eichmann de haber cometido asesinatos en masa y de tener las manos manchadas de sangre, dijo Hausner, en su condición de jefe del Departamento de Asuntos Judíos de la Oficina Principal de Seguridad del Reich de las SS y, por tanto, de «brazo ejecutor de Hitler para el exterminio del pueblo judío», había asestado a los judíos un golpe más terrible que figuras tan sombrías, bárbaras y sanguinarias como Gengis Kan, Atila e Iván el Terrible. Por más que ordenara las matanzas desde un escritorio en su oficina, era un asesino en masa. «Su palabra ponía en marcha las cámaras de gas; levantaba un teléfono y vagones de tren partían con su carga hacia los centros de exterminio», remachó Hausner. Era un nuevo tipo de depredador, «uno que ejerce su sangriento oficio desde detrás de un escritorio». Era el «asesino de escritorio» del siglo xx, un ser brutal y satánico, según Hausner, verdadero autor de la expresión que fue atribuida erróneamente a Arendt. En última instancia, declaró Hausner, el teniente coronel nazi sentado en el banquillo era «responsable de todo lo sucedido al pueblo judío [durante el Holocausto], desde las costas del Atlántico hasta el Egeo».29 El hiperbólico Hausner, escribiría después Arendt con desdén, «hizo cuanto pudo para obedecer al pie de la letra a su jefe»,30 el primer ministro Ben-Gurión, al invocar a un monstruo antijudío.

Las pruebas de Hausner eran extensas y detalladas, pero con frecuencia no venían al caso. Apenas había pruebas irrefutables de la autonomía de Eichmann en la toma de decisiones y de sus intenciones asesinas. El acusado había reconocido ante sus interrogadores israelíes que él era el responsable de las deportaciones de judíos en media docena de países europeos; asimismo, admitió haber visitado los centros de exterminio nazis del este, incluido Auschwitz, con la evidente consecuencia de que, a más tardar en 1942, conocía el destino de los que hacía subir a los trenes con sus órdenes. Pero había protestado una y otra vez por su no participación de cualquier índole en la definición de las políticas y la administración de los campos. Hausner comprendió que tenía que demostrar que Eichmann estaba mintiendo. Con este fin, introdujo miles de documentos y declaraciones juradas recolectados durante los juicios de Núremberg con la esperanza de levantar un caso que permitiera probar el antisemitismo ideológico de Eichmann y la existencia de episodios de violencia y venganza personal antijudía durante su carrera. El éxito que obtuvo fue solo parcial. Los documentos eran innecesarios y abiertos a interpretación. En cuanto a las declaraciones de Núremberg, estas eran de dudosa legitimidad, ya que, al no haber estado presente Eichmann en los juicios, sus camaradas capturados naturalmente eran sospechosos de haber querido defenderse culpándolo a él.

El 1 de mayo Hausner abrió una nueva línea argumental, que Arendt consideró profundamente objetable, para lo cual llamó al estrado a un centenar de supervivientes de los campos de concentración y exterminio nazis, muchos de los cuales eran ancianos con una salud delicada.31 Era la primera vez que el público se enfrentaba a los espeluznantes relatos de marchas forzadas, hambre, gaseamientos y asesinatos masivos. Sirvieron para hacer llegar a las audiencias civilizadas de cualquier rincón del mundo la imborrable impresión de la sima de degradación moral y física impuesta por los nazis a sus rehenes y víctimas. Pero la mayoría de los testigos no había visto nunca a Eichmann, ni siquiera supo de él durante los años de la guerra, y ninguno podía aportar pruebas directas en su contra. Depusieron testimonio a lo largo de sesenta y dos sesiones judiciales seguidas que no parecían guardar «relación aparente alguna con el caso», como observó Arendt en Eichmann en Jerusalén,32 pero el ejercicio se ajustaba a los tres objetivos de Ben-Gurión. En efecto, sirvieron para establecer un registro de los crímenes nazis cometidos contra los judíos en Europa, para ilustrar la inutilidad de la resistencia y para demostrar que el brazo poderoso de Israel era lo único que podía librar a los judíos de todo el mundo de «verse arrastrados a situaciones en las que se dejaran matar como ovejas», como se lamentó Arendt en carta a Jaspers.33 Como queriendo remachar este último punto, Hausner solía preguntar a aquellos ancianos, deshechos en llanto muchos de ellos, por qué no se habían defendido. Esto enfureció a Arendt. «La pregunta que el fiscal formulaba invariablemente a todos los testigos, salvo a aquellos [contados, en su mayoría jóvenes] que lucharon en las filas de la resistencia clandestina, y que tan natural parecía a quienes no conocían los antecedentes ambientales, la pregunta “¿Por qué no se rebeló usted?” —escribió en Eichmann— cumplía en realidad la función de cortina de humo que ocultaba otra pregunta no formulada.»34 Esa pregunta fue la que después le causaría a Arendt, que sí que preguntaba, un montón de problemas: ¿por qué los destacados líderes judíos de tantas comunidades ocupadas habían cooperado con los nazis?

«Este juicio es un verdadero juicio espectáculo», comentó Arendt en una carta a su marido tras la primera semana de testimonios de supervivientes de los campos. No es que fuera insensible al relato de los testigos, explicaba, pero encontraba que el efecto general era que el fiscal parecía querer acusar de persecución a los judíos y de negligencia criminal, no a Eichmann, «sino al mundo entero». «Eichmann ha quedado casi olvidado», señaló.35 Meses después, en la audiencia de sentencia, los jueces le dieron la razón: el testimonio de los supervivientes era histórica y moralmente valioso, pero irrelevante a la hora de juzgar a Eichmann.

La mayor parte de la prensa y los espectadores extranjeros aprovecharon el intervalo para eclipsarse y atender a sus obligaciones en otros lugares. Arendt se marchó de Jerusalén el 6 de mayo. Viajó a Alemania y a Suiza para dar varias conferencias en universidades alemanas, visitar a viejos amigos y pasar una semana con Karl Jaspers y su esposa. Junto con otros, volvió a ocupar su puesto en la sección de la prensa el 20 de junio, día en el que Eichmann se juramentaba y empezaba su defensa. Volvió a irse, esta vez definitivamente, cuatro días después, primero a Zúrich, donde se reunió con su marido, y luego a Italia a disfrutar de unas vacaciones tantas veces postergadas, de modo que se perdió casi cuatro semanas de testimonio de Eichmann y el interrogatorio de Hausner y los jueces.

Eichmann permaneció en su cabina, visiblemente nervioso, mientras Robert Servatius, su abogado alemán, que ya había actuado como abogado defensor en Núremberg, pronunciaba un alegato inicial que era un resumen de la famosa defensa de Núremberg. Como sin duda era de esperar, argumentó que Eichmann «no había ordenado ni ejecutado» ningún asesinato ni cometido ningún otro crimen según la legalidad vigente. Además, como Eichmann no había desempeñado ningún papel en la elaboración de las leyes del régimen de Hitler, pero, no obstante, estaba legalmente obligado a cumplirlas, también él debía ser considerado por el tribunal como una víctima. Poco importaba que invocar el perdón de acciones universalmente prohibidas sobre la base de haber recibido órdenes de superiores fuera un argumento que había sido tajantemente rechazado en Núremberg; junto con la afirmación de que Eichmann no había matado personalmente a nadie, era la única esperanza de la defensa para evitar la condena a muerte. Acto seguido, Servatius interrogó a Eichmann y extrajo durante dos semanas un relato enrevesado, a ratos cohibido y alternativamente autocomplaciente y falsamente sentido de su carrera en las SS a lo largo de las múltiples etapas de la destrucción nazi de los judíos. Su testimonio era un amasijo de confesiones aparentes y caprichosas, frases hechas, fechas falsas, imputaciones a sus superiores, protestas bufonescas de buena voluntad hacia los judíos y un galimatías burocrático que, para Arendt, a medida que avanzaba el testimonio, volvía la figura de Eichmann cada vez «más pálida y espectral».36 Llegó a pensar que sufría de déficit de memoria y discapacidad lingüística, lo que «equivalía a un caso leve de afasia», escribió. Cuando Eichmann se disculpó, quejumbrosamente, y alegó que «el lenguaje burocrático [Amtssprache] es el único que conozco», Arendt no solo le creyó, sino que dedujo que había hecho suyo «el lenguaje burocrático porque era genuinamente incapaz de pronunciar una sola frase que no fuera un cliché».37 Quizás Arendt le diera demasiada importancia a su forma de hablar, pero ello se debía no solo a su tendencia a cerrar filas entre «los más firmes guardianes y defensores de la alta cultura alemana», como observó su amigo William Barrett,38 sino también al hecho de que estaba acostumbrada a buscar sentido en los textos que leía y escuchaba.

En cierto modo, la defensa de Eichmann fue más ingeniosa de lo que ella o cualquiera sospechara. Miles de páginas con transcripciones de entrevistas repletas de alardes de Eichmann sobre su infatigable devoción a la causa nazi y amargos escritos autobiográficos antisemitas, correspondientes a los años de posguerra en Argentina y los meses de cautiverio en Israel,39 habían sido declarados inadmisibles por el tribunal y aún no habían sido descubiertos por investigadores y académicos. Así, incluso durante el polémico contrainterrogatorio de Gideon Hausner, Eichmann pudo bordar astutamente el autorretrato de un funcionario de nivel medio desprovisto de poder autónomo y movido por el deseo sincero de llevarse bien con los judíos siempre que sus obligaciones oficiales se lo permitieran. Eichmann testificó que, como jefe de la Oficina de Asuntos Judíos en la década de 1930, antes de la orden de Hitler de iniciar la solución final, siempre había hecho todo lo posible por poner «tierra bajo los pies de los judíos»,40