11,99 €
En esta exhaustiva biografía de Hebe de Bonafini, Ulises Gorini da cuerpo a la transformación de una mujer común en una protagonista imprescindible de la historia argentina. De la infancia humilde dentro de una familia obrera en El Dique, localidad cercana a La Plata, a la maternidad atravesada por la desaparición de sus hijos bajo la dictadura; de los habeas corpus ignorados a las marchas en la Plaza de Mayo; de la primera vez que se animó a hablar en público a los viajes que convirtieron la lucha en bandera internacional. Hebe nunca se detuvo: aprendió a descifrar el mundo mientras lo enfrentaba, transformando el dolor en acción colectiva. Esta biografía muestra a la Hebe que eligió no callar nunca: la que se plantó frente a la represión, la que convirtió la maternidad en política, la que dio su voz a los que ya no podían hablar. Una Hebe impetuosa y discutida: capaz de intuiciones fulgurantes y tropiezos rotundos, siempre a todo o nada; que incomodó a gobiernos, desafió a los poderosos y no pidió permiso para decir lo que pensaba. Ulises Gorini, el mayor estudioso e investigador de la historia de las Madres de Plaza de Mayo, reconstruye con rigor y pasión esa vida marcada por la rebeldía y la obstinación. A partir de una profunda investigación, consulta de archivos, numerosos testimonios y la palabra de la propia Hebe, a quien entrevistó durante años, Gorini construye esta biografía definitiva de la mujer que fue el símbolo y la cara más icónica de la lucha de las Madres. No esquiva las polémicas ni las contradicciones, porque la potencia de Hebe también estuvo allí: en su decisión de tensar, de abrir caminos, de hacer política sin concesiones. La despedida, con sus cenizas en la Plaza y duelo nacional, selló lo que ya era cierto: Hebe de Bonafini se convirtió en símbolo de una Argentina desgarrada y desgarrante que no cesa de buscar su destino y luchar por una profunda transformación social.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 744
Veröffentlichungsjahr: 2025
Cubierta
Portada
Créditos
Dedicatoria
Introducción. Una rebelión plebeya
Los desconocidos de siempre
Parte I. Kika, la vida prometida (1928-1950)
Capítulo 1. Hija de El Dique
Fundaciones
Orígenes
Capítulo 2. Los Pastor
Extremos
Destino
Cuestión de forma
Capítulo 3. Historia de Pepa
En el baile
Capítulo 4. Kika, es decir, Hebe
Milagro Kodak
Walmer o el Negro
Identificación
Crisis y golpe
La forma de la felicidad
Capítulo 5. Escuela y secuela
Niñas modelo
Capítulo 6. La vecinita de enfrente
Atracción y rechazo
Capítulo 7. Sueño sarmientino
Sueños y realidad
Capítulo 8. Amor, dulce prisión
Que sepa coser
Capítulo 9. Novios
Empleado público
Adelante radicales
Capítulo 10. Sentido de vida
Matrimonio y algo más
Parte II. Bonafini, la señora de (1951-1977)
Capítulo 1. Monumento a la madre
Madre de leche
Voto radical
Los chicos crecen
Elites
Capítulo 2. ¿Adiós a El Dique?
Casa nueva
Capítulo 3. Estudiar y militar
Maoísmo argentino
Trabajo voluntario
Capítulo 4. Lecciones para Kika
Volver a estudiar
Capítulo 5. Estado de malestar
Crisis y ajuste
A la huelga
Asunto de familia
Obreros y estudiantes
Changas familiares
Capítulo 6. Antígona
Dialéctica de la lucha
Cuestión de clase
Todo cambia
¿Matar o morir?
Capítulo 7. Cerca de la revolución
Canción con todos
Las compañeras
Capítulo 8. Un hijo proletario
Almuerzo familiar
Hombre nuevo
Oscurece
Perón-Perón
Capítulo 9. Amor y revolución
Luces y sombras
Giro político
La mirada de Alejandra
Capítulo 10. A las armas
Niños para amanecer
¿Irse o quedarse?
Capítulo 11. ¿Dónde está?
Desesperación e impotencia
Buscar a ciegas
“Estoy vivo”
Parte III. Hebe, la rebelión permanente (1977-1986)
Epígrafe
Capítulo 1. De la casa a la Plaza
Caras conocidas
Maternidades
Capítulo 2. Las locas
Dimensión desconocida
Cuerpo a cuerpo
En marcha
Militancia
Amigo/enemigo
Capítulo 3. Pañuelos
Una organización
Lucha de calles
Capítulo 4. Juicio de familia
El recurso
Consuegros
Capítulo 5. Operación Escoba
Capítulo 6. En la mira
¿También nosotras?
Capítulo 7. El partido de la Plaza
Desafío
Capítulo 8. Cuestión de imagen
El partido de las Madres
A presión
El último partido
Capítulo 9. Familia política
Capítulo 10. Primer viaje
Lejos de El Dique
Capítulo 11. Desorden patriarcal
Muertos o desaparecidos
¿Fugados?
Capítulo 12. La decisión
Secreto y confesión
Capítulo 13. Zapatos rotos
Renuncia y reconsideración
Antecedentes
Capítulo 14. Resistir
Guerra y desaparecidos
Capítulo 15. Madres coraje
Impunidades
Capítulo 16. Contrapunto
Relocas
Capítulo 17. Historia de vida
Capítulo 18. Divididas
Asamblea y elecciones
Señoras y compañeras
Parte IV. Ella, la peor de todas (1987-2022)
Epígrafe
Capítulo 1. Roca
Radicalización
Cuba socialista
La Tablada
Capítulo 2. Odio
Calma didáctica
Reflujo
Memoria
Capítulo 3. Leer y escribir
Escribir
Capítulo 4. Madre adoptiva
Relato y contrarrelato
Irregularidades
Capítulo 5. Socialismo
Abrazo con Fidel
Milicos
Punto de inflexión
Capítulo 6. Antes de la revolución
Capítulo 7. Donde duele
Capítulo 8. La nueva resistencia
Clima político
Capítulo 9. El hijo inesperado
Silbidos
Al carajo
Alianza
Ciclos
Monito
Capítulo 10. Alegoría
Carta
Corrupción
Demolición
Derechas
Bendiciones
Capítulo 11. Escarnio
Capítulo 12. Hipótesis
Responsabilidad
Extorsión
Crisis y alivio
Epílogo. Kika, Hebe y las trampas del capitalismo
Fuentes
Índice onomástico
Álbum de fotos
Sobre este libro
Sobre Ulises Gorini
Cubierta
Tabla de contenidos
Portada
Créditos
Hebe
Gorini, Ulises
Hebe / Ulises Gorini. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.
(Historia Urgente / Constanza Brunet ; 121)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-093-1
1. Biografías. 2. Historia Argentina. 3. Derechos Humanos. I. Título.
CDD 982
Agradecemos a la Asociación Madres de Plaza de Mayo por su colaboración.
Dirección editorial: Constanza Brunet
Edición: Debret Viana
Coordinación editorial: Florencia Acher
Comunicación: Verónica Abdala
Asistencia editorial: Julieta Rojas
Diseño de cubierta e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Agustina Tullio
Foto de cubierta: Robert Nickelsberg
© 2025 Ulises Gorini
© 2025 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-093-1
Conversión a formato digital: Numerikes
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A Macu
Mi propósito no es repetir su historia. De los días y noches que la componen, solo me interesa una noche; del resto no referiré sino lo indispensable para que esa noche se entienda.
JORGE LUIS BORGES,
Biografía de Tadeo Isidoro Cruz
La polémica no podía faltar, aun frente a la inminencia de la muerte. Hebe de Bonafini llevaba una semana en estado muy grave. Había sido internada en un hospital privado de La Plata a pedido del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, el kirchnerista Axel Kicillof. Le habían colocado un marcapasos, pero los médicos no confiaban en su recuperación. La oposición, especialmente la derecha, criticó el hecho de inmediato: ¿acaso el mandatario no confiaba en el sistema público de salud provincial, del que era máximo responsable? Por otra parte, ¿Hebe no estaba gozando de un privilegio que la mayoría de las personas no tenían? En medio de la grieta mediática y política que dividía a los argentinos en dos bandos irreconciliables, la pelea era inevitable. Y ella, una vez más, en el centro del ring.
Pero, esta sería la última vez. Por lo menos, en vida. Hebe María Pastor de Bonafini, presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, símbolo de la resistencia a la dictadura instaurada en 1976 en Argentina, referente de la lucha por los Derechos Humanos durante la postdictadura, figura de proyección internacional y protagonista infatigable de la política argentina hasta bien entrado el siglo XXI, murió en la mañana del domingo 20 de noviembre de 2022, pocos días antes de cumplir los 93 años. A lo largo de su vida había acumulado demasiadas enfermedades. Asmática desde los 3 años, con sobrepeso desde niña, hipertensa y diabética a los 60 y cardiopatías desde los 70, cuando a Hebe le decían que se veía “saludable”, ella sonreía, entre satisfecha e irónica, y replicaba: “Hago de Hebe”. Lo que la hacía fuerte, o, mejor dicho, lo que la hacía aparecer fuerte, quería decir, era su determinación.
En la dictadura, un agente de inteligencia que la observaba en la Plaza de Mayo durante una de las habituales marchas de los jueves apuntaba que “Bonafini no es tan alta y corpulenta como parece; comparada con las otras madres es más o menos promedio, pero su presencia se impone a las demás por su postura y su expresión”. Ni su altura ni su tamaño; otra vez su determinación. La misma que la había hecho salir de su casa, al principio con esperanza y luego contra toda esperanza, a buscar a sus hijos ¿De dónde sacaba esa capacidad después de los golpes recibidos? Sus ganas de vivir y su energía parecían ayudarla a sobreponerse a todos los males; y se aferraba a la vida con todas las fuerzas. Así había sido siempre. Sin embargo, tras el acelerado deterioro físico de los últimos meses, llegado el momento, aceptó el fin, cerró los ojos y le dijo a su confesor: “Estoy lista”. El cura le acababa de dar, a pedido de ella, la extremaunción.
María Alejandra Bonafini, su hija menor y única sobreviviente de la familia, fue la encargada de comunicar el fallecimiento. No era la primera vez que se anunciaba su muerte. En la época de lasfake news, Hebe había sido una materia predilecta de la más cruel manipulación informativa. Quizá por eso hubo una resistencia inicial a admitir la noticia. La palabra directa de Alejandra, sin embargo, no dejaba dudas. Entonces se disparó una beligerancia verbal desenfrenada. Entre exabruptos y distorsiones, la derecha y la ultraderecha repitieron el retrato sesgado que habían erigido a lo largo de una persistente tarea de demonización. Durante una sesión de la Cámara de Diputados en honor a Bonafini impulsada por el oficialismo, un diputado ultraderechista rompió el protocolo y dijo que no se podía homenajear a una “corrupta”. Ese era el latiguillo que desplazaba cualquier otra perspectiva y reducía a la indignidad su papel en la historia. Los medios de comunicación que oficiaban de voceros de estos mismos sectores amplificaban hasta el hartazgo ese mismo discurso. “Acusada de corrupción y envuelta en un escándalo”, decíaClarín y, al pie de la nota, en la web, los comentarios se explayaban con más saña: “Jorge Rafael te está esperando”, escribía un tal Carlos Alberto en obvia alusión a Videla; “No se perdió nada, por suerte se puso el traje de madera”, decía “El Tano”; “Espero disfrutar pronto de otra excelente noticia”, expresaba Juan. El diarioLa Nación se mostró más medido, pero no se privó de recordar “sus polémicas frases, la asociación con los Schoklender, la estafa de Sueños Compartidos. Sus oscuras reivindicaciones. Y tal vez, lo peor: la opaca alianza con el kirchnerismo…”. Las redes sociales, especialmente, llegaron a lo escatológico.
En marcado contraste, desde el gobierno nacional, el presidente Alberto Fernández decretó tres días de duelo y ordenó que se le rindieran los honores propios de una personalidad eminente. La vicepresidenta y ex presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner, la llamó “queridísima”, la definió como un “símbolo mundial de los Derechos Humanos”, agregó que no podía ser casualidad que Dios se la llevara el mismo día que en el país se conmemoraba la “soberanía nacional” y le dio las gracias. Se las debía. Hebe había hecho mucho por legitimar el kirchnerismo cuando, allá por el año 2003, apenas había sacado el 22 % de los votos y Néstor Kirchner se abrazó al discurso de los Derechos Humanos para ampliar su base de sustentación; ella no varió su apoyo ni aun cuando, en los momentos más críticos, amigos suyos, como el escritor Osvaldo Bayer, denunciaban la persistencia de la pobreza; prefirió pelearse con Bayer. También el papa Francisco I, el argentino Jorge Mario Bergoglio, quien en los últimos años de vida de Hebe conversaba con ella frecuentemente (después de que Bonafini se retractara de sus primeras críticas), expresó su dolor, recordó el encuentro que tuvieron en el Vaticano y la destacó como una luchadora “incansable por la defensa de los derechos de los más marginados e invisibilizados”.
Prácticamente, no hubo sector político que no se expresara sobre la figura de Hebe una vez fallecida, ya fuera para alabarla o para denostarla. Cualquier intento de evaluación ponderada o de matiz reflexivo quedó desplazado por el enfrentamiento entre apólogos y detractores, que en realidad decía más sobre el estado de la política en el país que sobre el significado político e histórico de Bonafini. Los medios de comunicación internacionales también recogieron la noticia. La mayoría la destacó como una figura mundial de la defensa de los Derechos Humanos y solo unos pocos matizaron su perfil con la definición de “polémica”, y muchos menos recordaron los “escándalos de corrupción” y su conversión al kirchnerismo.
Mientras, de manera reservada, transcurrían otras tensiones. La pelea por la herencia política, que había comenzado antes de su muerte, se había intensificado. Como si ese legado fuera reductible a un botín, se disputaban la sucesión en la Asociación Madres de Plaza de Mayo que ella había presidido, la radio y la Universidad de las Madres, y hasta los archivos y objetos históricos del movimiento. Otro objetivo, más inmediato, era apropiarse de la última despedida ritual. Alejandra, su hija, había solicitado poder llorarla en la intimidad, algo que nadie podía negarle. El pedido llevó zozobra a los integrantes de la Asociación; entre ellos, la intención era despedirla en un acto público en la Plaza de Mayo, escenario clave desde donde se había desplegado su lucha. ¿Acaso las palabras de Alejandra presagiaban la cancelación de esa expectativa de intenso contenido simbólico? No era su objetivo. Ella conocía bien el deseo de su madre y lo respetaría.
Hebe había dicho y repetido siempre que quería ser cremada y que sus cenizas fueran esparcidas en esa Plaza. Además, había expresado en numerosas oportunidades que el día de su muerte no quería ser llorada, sino que la gente bailara y cantara. Muchas Madres de Plaza de Mayo habían manifestado su deseo de que sus cenizas reposaran en ese mismo lugar, pero sucedía que, frecuentemente, en contra de lo elegido por esas mujeres, sus familiares desconocían esa última voluntad. Eso enfurecía especialmente a Hebe. Y, ¿ahora?, ¿qué pasaría con ella?
En los dos o tres primeros días que siguieron al fallecimiento, el interrogante no tuvo respuesta. La comunicación entre Alejandra y la Asociación casi no existía. El poder, por así decir, estaba en manos de la hija. De hecho y de derecho. Pero desde la Asociación reivindicaban la legitimidad de haber sido sus compañeras hasta el final (algo que, según ellas, no podría invocar Alejandra, que había estado distanciada de su madre por algunos años y recién había aparecido dos días antes de su muerte). Pero no les quedaba más que esperar y tratar de interpretar las escasas señales que la hija emitía. Trataron, eso sí, de condicionarla: anunciaron públicamente, sin tener asegurado nada, que el jueves siguiente, 24 de noviembre, en la marcha número 2328 de las Madres, se depositarían las cenizas de Hebe en la Plaza y realizarían un acto para celebrar su vida. ¿Lo conseguirían realmente? La duda subsistió hasta el último momento.
Pero Alejandra nunca había pensado en negarse a que las cenizas estuvieran en la Plaza y finalmente la urna que las contenía llegó desde La Plata a la Casa de las Madres en la ciudad de Buenos Aires, poco antes del mediodía del jueves fijado para la ceremonia. Una multitud se había congregado en la Plaza de Mayo para esperarla. Allí mismo había sido montado un escenario desde el cual hablarían las Madres y otros oradores. En tanto que las cenizas de otras Madres se habían depositado en un acto íntimo o al menos sin publicidad –atendiendo a la prohibición legal de sepelios en lugares públicos–, en este caso a nadie se le ocurría que no fuera a la vista de todo el mundo, con toda la solemnidad y el significado simbólico del hecho.
Las cenizas se colocaron en el cantero que rodea la Pirámide de Mayo, junto a un rosario que el papa Francisco le había enviado en vida a Hebe. El mismo sitio donde descansan los restos de muchas otras Madres: desde Azucena Villaflor hasta Rosa de Camarotti, fallecida poco antes, en agosto de 2022. Acompañadas por Juan Carlos Molina, integrante del grupo Curas en Opción por los Pobres, las Madres protagonizaron ese momento, coronado por un intenso y extenso aplauso de la concurrencia. Con dificultades, pero de pie, estuvieron presentes Visitación de Loyola (98 años), Josefa de Fiore (91), Carmen Arias (81), Irene Molinari de Chueque, que se desplazó desde Mar del Plata, y Sara Mrad, que lo hizo desde Tucumán. Después, llegaron las palabras de varios oradores, mientras la gente coreaba consignas. La más repetida: “Madres de la Plaza, el pueblo las abraza”, una frase que había nacido en las postrimerías de la dictadura como expresión de afecto y adhesión a ellas.
Una infinidad de pancartas y carteles señalaba la presencia de organizaciones políticas y sociales, la mayoría afines al kirchnerismo. Pero también los había de sindicatos, piqueteros y otras organizaciones sociales. Y de los grupos de izquierdas que durante las últimas dos décadas se habían distanciado de Hebe precisamente por su adhesión a Néstor y Cristina. Por supuesto, no celebraban esa desavenencia, sino a la luchadora que, durante muchos años, antes de ese viraje, los había representado como la mejor. Entre los manifestantes había incluso un ex guerrillero de las Brigadas Rojas que, pese al alejamiento de los últimos tiempos, reconocía en Hebe a quien lo ayudó incondicionalmente cuando el gobierno italiano pidió su extradición y la derecha local reclamaba que lo expulsasen.
Al fin y al cabo, ella había emergido como líder de un movimiento social que era expresión de la profunda crisis y derrota de la izquierda en los años setenta y había representado una esperanza de recomposición de ese sector. Pero la crisis de las izquierdas no era solo local sino mundial. La recuperación de un proyecto revolucionario, quizás más necesario que nunca, se prolongaba y ella no había podido escapar a las urgencias de la política.
De todos modos, lo que predominaba en aquel acto era una enorme mayoría de gente, encuadrada o no en las organizaciones presentes, que venía a homenajear a una luchadora que, más allá de aciertos y errores, se había convertido en entrañable y, sobre todo, a la manera de lo que escribiera Bertolt Brecht, “imprescindible”. Nadie había podido desconocerla y, mucho menos, permanecer indiferente ante ella.
Hebe había sido, paradójicamente, una desconocida hasta bien entrada su vida adulta. Había pertenecido a lo que el historiador británico Eric Hobsbawm denomina la “gente común”, aquellos cuyos nombres no figuran en la historia y a lo sumo se encuentran en las partidas de nacimientos, los certificados de casamientos o las actas de defunción. Y si alguna vez, en los hechos, alcanzan protagonismo, están incluidos genéricamente en lo que llaman “masa” o “pueblo”. Como millones de mujeres en el planeta, cuyas existencias transcurren en el más absoluto anonimato, ella había seguido los mandatos dominantes para su género y su clase; había sido educada, disciplinada, para cumplir un rol doméstico y domesticado. Sus escasas rebeliones contra los mandatos paternos y sociales fueron sofocadas, sistemáticamente, hasta lograr que los asumiera como deseos propios. Su visión del mundo, su sentido de la existencia y su propia misión como mujer se correspondía con los modelos más conservadores de su tiempo y espacio. Su función en la vida se ceñía a las de hija, esposa y madre.
El ideal de progreso que tenía Hebe por aquel entonces se reducía a las mejoras que pudiera conseguir para su grupo familiar, alejada de cualquier proyecto colectivo, político, cultural y social. Como aquella otra madre, protagonista de la novela De espaldas a la luna, de Leónidas Barletta, ella había vivido hasta cumplir los 48 años de espaldas a la política y a la sociedad, incluso a ese Estado de Bienestar que le había permitido ascender socialmente, desde una humilde familia trabajadora hasta un próspero hogar de obrero calificado, que se permitía tener casa y coche propios, vacaciones en el mar y enviar a sus hijos a la universidad. ¿Qué tendría que ver con la política la prosperidad de la que había gozado? Eso no se lo preguntaba.
Su destino parecía prefijado desde mucho antes de nacer, allá por 1928, en aquella localidad bonaerense de El Dique. Si, como dice Karl Marx, “los hombres hacen su propia historia […] pero […] bajo circunstancias dadas y heredadas”, podríamos acotar que las mujeres, en especial las mujeres de las clases subalternas, hacen su historia en circunstancias dadas y heredadas mucho más rígidas y estrechas que las de los hombres.
Hay una foto de 1965 en la que Hebe, o, mejor dicho, Kika, como la llamaban entonces, se encuentra en una iglesia. Es durante el bautismo de Alejandra, la época que Hebe, siempre recordará como la más feliz de su vida. Kika ocupa el centro de la escena. Está rodeada por toda su familia (“la familia completa”, decía ella, “cuando todavía estábamos todos”): Toto, el marido, Pepa, su madre, los hijos, Jorge y Raúl, la propia Alejandra en brazos de su madrina, la madre de la madrina y el cura que ofició el bautismo. Falta solamente Paco, el padre de Hebe, que era anticlerical. Ella está arrodillada, con las manos entrecruzadas en señal de rezo, con una expresión beatífica en el rostro y una mantilla negra sobre sus cabellos. Mira hacia el altar, le agradece a Dios la llegada de ese nuevo ser. ¿Puede concebirse una imagen más contrastante de esa Hebe que los argentinos y el mundo conocieron después de la desaparición de sus hijos; esa suerte de matrona plebeya que, con la expresión crispada y un pañuelo blanco sobre su cabeza, grita y vocifera de pie contra el poder en la Plaza de Mayo, en los años más oscuros del terrorismo de Estado? ¿Qué revela ese contraste entre dos épocas y dos imágenes, cómo interpretarlo? ¿Basta como explicación haber recibido ese golpe feroz que le arrebató a sus hijos? ¿Fue esa la noche, para utilizar las palabras de Borges, que explica el misterio de una transformación tan profunda?
Ellos, sus hijos Jorge y Raúl, fueron el blanco de una de las armas más crueles y sofisticadas de la lucha de clases, la desaparición forzada de personas, empleada en la represión de la oposición política durante uno de los regímenes más sangrientos de la historia argentina. El mundo que le habían prometido y que ella misma había construido hasta el momento voló por los aires. La crisis social, política, cultural y económica que afectó a Argentina en la década de 1970, que se venía incubando desde tiempo antes conectada con la crisis mundial del sistema capitalista, puso en cuestión el Estado de bienestar. El ataque al modelo social, que había cobijado a su familia y que había sido una de las claves de su bienestar, también fue contra esa familia.
¿Qué quedaba de su mundo y su misión en él después del secuestro y desaparición, en 1977, de sus hijos? ¿Qué sentido tendría su vida si habían sido todo lo que ella había querido? ¿Cómo cumplir con los deberes de una madre de cuidar a sus hijos, si no era peleando contra quienes se los habían arrebatado? Pero ¿cómo hacerlo, a la vez, sin cuestionar el propio modelo de mujer al que ella había adscripto hasta ese momento? Esa fue la disyuntiva de Kika /Hebe y la de miles de mujeres, madres de desaparecidos, que habían seguido al pie de la letra los modelos dominantes.
Contra lo que pueda aparecer como obvio, a pesar de los miles y miles de desaparecidos, asesinados, presos, exiliados durante el terrorismo de Estado, fue un reducido número de mujeres/madres las que salieron a pelear. No se trató de abandono de la misión materna, sino de una suerte de imposibilidad, de los mandatos que encorsetaban a muchas mujeres/madres y que les impidieron pasar de la casa a la Plaza. Solo unas pocas lograron desembarazarse de esos lazos y se convirtieron en Madres de Plaza de Mayo. Incluso si se tienen en cuenta otros grupos de resistencia al terrorismo de Estado integrados por familiares, como la organización Familiares de Detenidos y Desaparecidos por Razones Políticas y algunos más, el número total de las madres y padres que salieron a pelear por recuperar a sus hijos y encararon una de las luchas políticas más heroicas de resistencia a la dictadura fue, cuantitativamente, muy inferior a la totalidad de mujeres/madres de las víctimas.1
Kika/Hebe, que durante años había adoptado las prácticas y representaciones de la mujer sumisa, subordinada a los mandatos del patriarcado y los lazos de las clases sometidas, esta vez dejó el hogar que la atrapaba –más que la cobijaba– y salió a la calle. Entonces protagonizó un papel que nunca había imaginado antes. El sistema que parecía haberla sometido desde su nacimiento mismo tenía una falla, una fisura que ella iba a atravesar para encarnar una rebelión sin manual, porque los pocos manuales que había leído hasta el momento no le servían e incluso decían lo contrario de lo que ella necesitaba.
No fue una rebelión ilustrada ni ideológicamente pura. Fue una rebelión plebeya. La de la gente común cuando deja de serlo, la de los sectores populares que participan de una cultura popular, compleja y contradictoria, con bordes indefinidos. Que la obligará a “saber desde el no saber”, según ella misma decía. Y si antes había sido invisible a los ojos de la historia, luego quedó atrapada en una trama de múltiples versiones discordantes -desde la Hebe villana y delincuente hasta la heroína y santa-, que finalmente también la invisibilizaron, la hicieron desaparecer detrás del velo de la confusión y las sospechas y nos tientan a parafrasear al historiador francés Jacques Le Goff cuando se pregunta si su biografiado, Saint Louis, realmente existió. Al final, ¿Hebe de Bonafini existió? En la despiadada Argentina de nuestra época, una biografía sobre ella debe ser ante todo una prueba de vida; a contrapelo de esas representaciones. Una aparición forzada.
De eso se trata aquí.
1 Ulises Gorini: La rebelión de las Madres. Historia de las Madres de Plaza de Mayo. 1976-1983, tomo I, Buenos Aires, Norma, 2006.
Hebe nació el 4 de diciembre de 1928 en El Dique, un caserío de la localidad bonaerense de Ensenada, pegado a La Plata, la capital provincial. Solía decir que allí estaba su esencia. Lo decía sin énfasis, como un dato, algo obvio; como una explicación de su personalidad en la que creía firmemente. “Lo que soy, mi manera de ser, de hablar, hasta de vestirme vienen de El Dique”, decía2. El alumbramiento fue, según la usanza de la época, en la casa familiar. Era hija de Josefa Pepa Bogetti de Pastor, ama de casa, y Francisco Paco Pastor, obrero. La vivienda, en realidad, era solo una habitación que hacía las veces de dormitorio, cocina y comedor; de chapas de zinc y madera, con piso de material alisado, y una letrina externa, sin cloaca ni agua corriente, ni electricidad, ni gas. La había levantado el propio Paco a la vera del Dique 1 del puerto de La Plata.
Paco y un grupo de familiares y amigos habían tomado una franja de tierras fiscales, entre una hilera de casas de familias más acomodadas y los amarraderos de los buques-areneros, que depositaban allí mismo su carga, y unos pocos pesqueros. En ese lugar había sitio suficiente para alzar un pequeño conjunto de viviendas precarias, sin obstaculizar la actividad portuaria ni fastidiar a los vecinos originarios de El Dique que, a diferencia de ellos, habían adquirido sus lotes y poseían título de propiedad. ¿A quién le podía molestar que ocuparan un espacio que se inundaba con cada Sudestada, ese viento que hace crecer la marea en el Estuario del Plata y anega las zonas bajas de sus orillas? Tomaron posesión del sitio, dividieron el terreno en partes iguales y se repartieron las parcelas. Previsores, antes de construir sus casillas, elevaron la superficie con tierra y cascotes para protegerse de las crecidas. Así, en contraste con las casas ya establecidas sobre terrenos privados, surgió una suerte de extensión de la barriada, o, mejor dicho, un apéndice pobre de unas diez o doce viviendas, sobre una calle que construyeron ellos mismos, que nunca tuvo derecho a un nombre o un número propio y que más tarde empezaron a llamar “la 48 bis”.
Virginia Woolf, la escritora inglesa que tanto reflexionó sobre el género biográfico, decía, con ironía, que todos esos datos sobre filiaciones y episodios tempranos de la vida del personaje que figuran en el comienzo de las biografías “son artimañas de biógrafo, un modo de marcar el tiempo en esas primeras páginas heladas en que la heroína no hará ni dirá nada ‘típico de ella’”.3 Era una crítica a ciertos libros del género que consignan información de una manera burocrática, sin dejarnos saber el sentido de esos registros. Por el contrario, acerarnos a esa casilla de El Dique, conocer a Paco y a Pepa, saber del vecindario y su entorno es inscribir a Hebe en una trama real de relaciones sociales e intersubjetivas, múltiples y variadas, en la que emergen sus creencias, sus sueños y esperanzas, en fin, la vida prometida.
La humildad de las viviendas y sus moradores era una marca de clase que los diferenciaba del resto de los habitantes de El Dique: Basso, uno de los dueños de la fábrica de sombreros y el más rico del barrio, algunos comerciantes y los más, artesanos y trabajadores calificados. Todos ellos conformaban a la vez una mezcla variopinta de inmigrantes italianos, vascos, gallegos, polacos y franceses, y unos pocos criollos. Los contrastes económicos, sociales y culturales estaban a la vista y, a pesar de las diferencias, constituían una suerte de unidad comunitaria, donde no había abismos infranqueables. Una prueba de ello era que los fondos de la casona de uno de la familia Basso dieran justo al frente de la casilla de Paco y Pepa; sin embargo, muy pronto, en su infancia, Hebe atravesaría ese límite.
A esos contrastes de la población estable se sumaban los propios de la actividad portuaria y fabril que ocupaba a gente de la vecindad y de latitudes más lejanas. Por entonces, El Dique era un sitio muy activo, donde los vecinos de la barriada se cruzaban con decenas de marineros y trabajadores de los barcos areneros y pesqueros, que amarraban y depositaban o despachaban su carga. Además, la fábrica de sombreros, que en su mejor momento llegó a tener más de dos mil trabajadores, daba vida y movimiento a la zona.
El Dique había surgido de un loteo realizado a fines del siglo XIX,4 como parte de la antigua localidad de Ensenada, a orillas de La Plata, la flamante capital de la provincia de Buenos Aires fundada apenas unos años antes, el 19 de noviembre de 1882. Por entonces, la barriada no estaba totalmente integrada a Ensenada ni a la vecina ciudad de La Plata. Se trataba de un área aislada, rodeada de una tierra de nadie, despoblada, fangosa, cruzada por arroyos y canales y salpicada por el monte. Allí mismo, a fines del siglo XIX se había erigido el edificio de la Compañía de Gas, y ya a principios del siglo XX se instalaron la fábrica de sombreros de Chilibroste –la futura Basso Imperatore– y la Escuela Nº 22, y fueron colocadas las trochas de acero por donde comenzaría a correr el tranvía eléctrico.
La empresa de sombreros era toda una institución en El Dique. El sombrero era un atavío esencial para la cultura y la moda de la época. Por entonces a nadie, hombre o mujer, joven o adulto, de la clase social que fuere, se le ocurría salir a la calle sin él. La empresa, fundada en 1901, se había especializado en la producción de sombreros de alta calidad, de castor y de lana. Pero tardó veinte años en alcanzar todo su desarrollo. Recién en 1926, cuando la adquirieron Mario Basso y Víctor Imperatore, antiguos empleados de la fábrica, comenzó una etapa de cambios que la llevaría a su esplendor. No solo vendían en el país, sino que también exportaban a Sudáfrica, Australia y Suecia. Si al principio solo había actividad quince días al mes, en esta nueva era se trabajaba a tiempo completo. La fábrica alcanzó un récord de trabajadores: 250 en total, entre ellos 70 mujeres; la mayoría eran vecinos de El Dique y los alrededores.
Antiguamente, la zona había sido lugar de saladeros de carne, algunos de la época colonial que, desde principios del siglo XX, empezaron a ser reemplazados por frigoríficos que se instalaron principalmente en la vecina localidad de Berisso. Primero fue la empresa Swift, en 1904, y posteriormente la Armour, en 1915, ambas de origen estadounidense. Entre las dos constituían una enorme fuente de trabajo, que reunió a más de diez mil hombres y mujeres. Pero los trabajadores eran terriblemente explotados; estaban casi al margen de cualquier protección estatal y sin la posibilidad de organizarse sindicalmente.
Además, el trabajo que se hacía allí era muy inestable, ya que oscilaba en función de la oferta de ganado y la demanda de los mercados. Los trabajadores eran contratados según esas variaciones. Cada mañana, el gerente de contratación aparecía en la puerta del frigorífico y seleccionaba a quienes ese día tendrían trabajo. El método era muy beneficioso para los empresarios, que de ese modo tenían una masa de desocupados a su disposición. En 1917, los trabajadores de ambos frigoríficos habían protagonizado luchas prolongadas que, sin embargo, no lograron cambios favorables y fueron reprimidas salvajemente.5
La otra alternativa laboral era la destilería de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) en Ensenada, recientemente abierta (1925). Allí, las condiciones de trabajo y, en particular, el sueldo, eran notablemente mejores a todo lo conocido. Eso despertaba las ambiciones y esperanzas de progreso en los vecinos de El Dique, de todo Ensenada y otras localidades aledañas. Desde el comienzo se convirtió en la opción más beneficiosa para los que buscaban empleo, con un fuerte impacto positivo en la zona, ya que introducía un flujo importante de dinero, a través del salario de los trabajadores que se redistribuía en el lugar.
Sin embargo, el 15 de enero de 1926 se produjo la primera señal de que no todo lo concerniente a la destilería era beneficioso. A pocos días de la inauguración, una violenta explosión e incendio causaron la muerte de dos ingenieros estadounidenses. El estallido se escuchó desde Ensenada hasta Berisso y La Plata. Fue la primera de una serie de trágicas explosiones que marcarían la vida (y la muerte) en la zona, y quedaría para siempre en la memoria de los vecinos de El Dique. Eran los contrastes del progreso.
En El Dique transcurrieron la infancia, la adolescencia y la juventud de Hebe. Allí fue a la escuela, tuvo sus primeras amigas y su único novio, con quien se casó. Allí construyó su propia vivienda conyugal, en los fondos de la casa paterna y materna, tuvo a sus dos hijos varones hasta que, a los 36 años, se mudó a La Plata. Y, a pesar de ese traslado, mantuvo una relación permanente con el lugar durante toda su vida, hasta sus últimos días. Ya entonces, aunque todavía perduraban ciertos espectros del pasado, El Dique había adquirido una fisonomía muy distinta a la de sus primeros años de vida. La fábrica de sombreros había cerrado en la segunda mitad del siglo XX y sus instalaciones, abandonadas y ruinosas, invadidas por la vegetación desbordante de la zona, se transformaron en refugio de gatos y perros callejeros. La dársena que había dado nombre al lugar, desactivada hacía muchos años, se había convertido en un rectángulo de agua semiestancada y oscura, cercada de pastos y juncos, donde flotaban, aquí y allá, restos de plantas, trozos de plásticos y algún tronco podrido, vestigios de una época de cierto esplendor. Cerca de su orilla, aún se yergue el edificio donde alguna vez funcionó la Aduana; un poco más allá, se encuentra el Hospital Zonal, y más alejado todavía, a lo alto en el horizonte, se ven las bocas de fuego de las delgadas chimeneas de la destilería de YPF.
La casa natal de Hebe y las demás casillas, construidas por su padre y sus amigos y familiares, aún subsisten detrás de una hilera de sauces, paraísos y algún que otro ceibo. Conforman un grupo de desvencijadas viviendas de chapa de zinc y madera, de colores gastados –verdes, rojas, azules y amarillas–, como un desvaído cuadro de Benito Quinquela Martín, salvo que no es La Boca, el célebre barrio porteño que el pintor hizo famoso, sino un suburbio sin nota ni fama, casi perdido en la inmensidad del conurbano bonaerense.
Hebe solía relatar con pasión y detalle sus orígenes en El Dique; aunque no siempre vinculó tan intensamente su identidad a ese lugar del mundo. Algunos años antes de la desaparición de sus hijos, intentó alejarse de allí, tanto por motivos familiares cuanto por un sentido de progreso y ascenso social. Sin embargo, reflexiones posteriores le hicieron volver a proclamar su fidelidad a El Dique, con una clara referencia a su extracción humilde, popular, obrera. Convertida por entonces en la mujer que pasaría a la historia política y social de su época como Hebe de Bonafini, a mucha distancia de aquella Kika de El Dique, comprendería o creería comprender lo que esa muchacha representaba en su vida, lo que le había aportado a Hebe, y, también, construiría una imagen de sí, de cómo había sido, de cómo era y de cómo quería que la vieran. Todas esas perspectivas, consciente e inconscientemente, se entrecruzarían en sus relatos de vida.
Sea como fuere, en El Dique Hebe adquirió su primera visión de la realidad, no solo local sino del mundo, en la medida en que allí se manifestaban los complejos procesos políticos, sociales, económicos y culturales de la época.
Los Pastor, línea familiar paterna de Hebe, fueron los primeros en llegar a El Dique. María Petra Herrera de Pastor, la abuela –una mujer callada, sencilla y trabajadora–, había salido de Valderas, su pueblo natal en León, España, en 1909, sola con sus cinco hijos; entre ellos, Francisco, Paco, el futuro padre de Hebe. El marido de Petra, Casto Pastor, planeaba seguirla en poco tiempo, después de terminar y cobrar un trabajo, con lo que intentaría afrontar los primeros tiempos allende los mares. Eran parte de una masiva migración que, salvo contadas excepciones, huía de su país expulsada por la miseria, que marchaba a América atraída por la esperanza de una vida mejor. Petra y Casto habían elegido Argentina. Según Hebe, la elección del destino la hicieron un poco al azar. Podría haber sido Estados Unidos, pero fue Argentina porque, además de las noticias de bienestar económico que se difundían sobre el país, tenían parientes en Mar del Plata, que les ayudarían con sus primeros pasos.
Según algunos historiadores,6 la época en la que Petra llegó a Argentina habría sido la de “los años dorados” del país. La definen como una etapa de modernización y de gran crecimiento económico, al que hay que agregar el notable incremento de la población -seis millones de habitantes-, las oleadas de inmigrantes en procura de mejor vida -un millón de italianos y ochocientos mil españoles-, el crecimiento de las ciudades, la ampliación del tendido del ferrocarril, el adelanto de las comunicaciones y las mejoras en la educación y en el bienestar de sectores importantes de la población. El país agroexportador estaba en su apogeo. Argentina era una de las diez economías nacionales mayores del mundo y parecía prometer a sus habitantes un futuro de grandeza. Al igual que la mayoría de los inmigrantes, Casto y Petra fueron cautivados por esa ilusión. Pero el dorado no era el único color; un país rico nunca significó necesariamente un pueblo próspero; la riqueza de Argentina no se repartía equitativamente entre sus habitantes.
Una oligarquía terrateniente, dueña de la mayor parte de las tierras productivas, y una incipiente burguesía transnacional eran los principales beneficiarios. En tanto los campesinos pobres de origen europeo marchaban al continente americano con promesas de tierras para trabajar, en Argentina se encontraron con que esas tierras, mayormente en manos de latifundistas, no estaban disponibles. Allí anidó una contradicción que tensionaría la sociedad argentina durante décadas. La tierra seguiría otorgándoles a unas ganancias fabulosas, y a otros arrojándolos a los márgenes de una vida infausta. De este modo, decenas de miles de inmigrantes se distribuyeron de manera desigual y como pudieron, mayoritariamente en conventillos en la ciudad de Buenos Aires y las zonas suburbanas de la gran metrópoli, y el resto en diversas provincias.
Mientras Petra y sus hijos se embarcaban en el puerto de Vigo, a bordo del buque R.P.D. Gotha, en una tercera clase abarrotada e insalubre, ilusionados con torcer su destino, por esa misma época pero en el otro extremo de la pirámide social, la aristocrática familia argentina de los Ocampo, con sus varias hijas –dos de ellas, Victoria y Silvina, llegarían a ser muy famosas–, viajaba en sentido contrario, rumbo a Europa, a pasar una larga temporada; tan larga que, además de los integrantes del clan, llevaban consigo a varios sirvientes, numerosos baúles de ropa y ajuar, muebles y hasta dos vacas para que no les faltara leche fresca.
Cuando los Pastor arribaron al puerto de Buenos Aires, el país se preparaba para celebrar el centenario de la Revolución de Mayo con una fastuosidad propia de una economía opulenta.
Así, el gobierno de la oligarquía transmitió una imagen de prosperidad y grandeza del país, pese a los fuertes contrastes y conflictos que lo atravesaban. Hubo incluso un toque de modernidad política. La elección en abril como presidente de la República de Roque Sáenz Peña, del ala reformista del conservador Partido Autonomista Nacional, abrió paso a una ampliación del sistema político, plasmada en la sanción de una nueva ley electoral, que aseguraba el voto a todos los varones mayores de 18 años. Sin embargo, la estructura económica, causante principal de la extrema desigualdad, permaneció intocada. Y por debajo del lujo y la superficie festiva de las clases dominantes, los conflictos sociales revelaban las fuertes tensiones sociales que atravesaban el país.
Así, los festejos se realizaron bajo estado de sitio, declarado por el presidente José Figueroa Alcorta, a causa del sabotaje y boicot de grupos anarquistas. El movimiento obrero, dirigido mayoritariamente por referentes de esa ideología, se había propuesto exponer la situación de la clase trabajadora y, previo a los actos de celebración, realizó protestas y huelgas reclamando la derogación de la Ley de Residencia y la libertad a los presos sociales y políticos. En vísperas del Centenario, desde el día 13 de ese mes el Gobierno comenzó con detenciones en masa.
Si la realidad social con la que se encontró Petra distaba mucho de lo que había imaginado, sus sueños se toparon también con la tragedia personal. Casto, su marido, murió antes de partir de España de un infarto a los 36 años, y ella se encontró sola con sus cuatro hijos. Los familiares de Mar del Plata que la habían acogido temporariamente eran apenas un poco menos pobres que ella y no podían ayudarla. Otros parientes, que se habían instalado en la ciudad de La Plata, se ofrecieron para alojarla hasta que consiguiera trabajo. Y hacia allí marchó Petra con su prole. Luego de una breve residencia en la capital provincial, se instaló en El Dique, donde comenzó a trabajar como “sirvienta”, según el término utilizado en la época para el empleo doméstico. No lograba escapar de la pobreza que la había expulsado de Valderas, pero pese a todo, sostuvo a sus cinco hijos quienes, muy tempranamente, bastante antes de llegar a la mayoría de edad, tuvieron que salir a trabajar. Y así, siendo aún niño, le llegó el turno a Paco, el futuro padre de Hebe.
Las políticas agroexportadoras todavía eran dominantes, pero poco a poco fueron dejando lugar a cierto desarrollo industrial, basado en un proceso de sustitución de importaciones, volcado al mercado interno. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) limitó, cuando no imposibilitó, la producción y exportación de los países centrales involucrados en el conflicto bélico, y obligó a desarrollar la industria de los países periféricos. Las antiguas relaciones sociales, económicas y políticas subsistían, pero daban lugar a nuevas relaciones que modificaban la formación social. Ese fenómeno impulsó una ampliación de las fuentes de trabajo y una mejora para muchos sectores, en particular la clase obrera, aunque sus derechos eran muy limitados y la explotación infantil era moneda corriente.
A los 9 años recién cumplidos –había nacido en Valderas el 14 de setiembre de 1902, y anotado dos días después–, Paco fue llevado por su madre y un tío ante el gerente de la fábrica de sombreros de El Dique, Pedro Vidal. Ambos sabían que no admitían menores de 14, pero el tío, confiado en la robustez de Paco, mintió sobre su edad. El gerente, sin embargo, no se engañó. Preguntó si no era muy chico para trabajar. El tío hizo un gesto indefinido, pero Petra dijo que no, que su hijo se daba maña para todo y era muy responsable. Paco recordaba bien aquellas palabras, porque su madre nunca lo había elogiado antes. Pero Vidal decía que no con la cabeza. Entonces Petra se largó a llorar; le rogó al gerente que lo tomara. Le juró que el chico iba a hacer bien todo lo que le pidiera. Le dijo que ella necesitaba unos pesos más, que lo que tenía no le alcanzaba para sostener a la familia. El gerente conocía demasiadas historias como esa, pero igual pareció compadecerse. Paco recordaba que Vidal le preguntó si sabía andar a caballo, a lo que él, rápido, respondió que sí. Ese diálogo selló el trato: se ocuparía de hacer mandados con el animal, a cambio de leche y algunas monedas diarias.
Paco todavía tenía muy frescos los recuerdos de Valderas, cuando iba a la escuela y a la salida, por pura diversión, se arrojaba con sus amigos al río Cea. Eso hacía rato que se había acabado. Tenía por delante una etapa muy diferente en un país extraño. Lo que para sus padres había sido la tierra prometida, para él fue la del fin anticipado de la infancia.
En esa fábrica de sombreros transcurriría casi toda la vida laboral de Paco. Transitó por diversas secciones y tareas hasta llegar a la más calificada, desde el punto de vista manual, donde se daba la forma final a los sombreros. Primero modelaba la copa, pasando el amasijo de fieltro por la máquina perforadora; después, con las manos, empezaba a darle forma al ala. Sus movimientos eran resueltos, maquinales, y los repetía haciendo girar la pieza en círculos hasta que el fieltro se enfriaba y adoptaba, definitiva, la figura de un panamá o un fedora. Le pagaban por unidad. La protección de guantes era imprescindible para evitar enfermedades que Paco padecería con los años. Pero él prefería ese trabajo por sobre cualquier otro. Contaba Hebe:
El de prensador era un trabajo muy feo porque el sombrero se hace de lana o pelo, el sombrero de pelo es más caro y el de lana es más económico, se hace con una especie de amasijo al cual se le da forma y se coloca en una horma, luego se va mojando y se va pasando con vapor, con agua fría y caliente hasta lograr la forma. Y papá a los 48 años se enfermó, no podía ni caminar por haber estado tanto tiempo en contacto con la humedad en los pies y sus manos se deformaron. Era un trabajo insalubre. Y en la fábrica en aquella época no le daban ni guantes.
Esta observación corresponde, por supuesto, más a Hebe que a Kika. Para esta última, cualquier esfuerzo, costara lo que costara, era necesario si se trataba de mantener una familia. La historia de Paco, en ese sentido, sería un modelo a imitar. Como le pagaban a destajo, Paco no perdía un minuto de trabajo y se empeñaba por ser aún más veloz; era la única manera de aumentar su ingreso. Solía decir que “la vida es de los rápidos”. Y él intentaba ser el más veloz. “Estaba convencido de que el progreso y la felicidad se alcanzaban sobre la base del esfuerzo y el ahorro individual”, contaba Hebe. Este fue un valor importante para Kika, que aprendió de su padre. Ella relata que el problema para Paco se presentaba en el mes de balance, cuando la empresa cerraba por vacaciones y los patrones se iban con sus hijos al mar, y no había paga de ningún tipo. Entonces, Paco recurría a su habilidad en las matemáticas; hacía cuentas precisas para ahorrar exactamente lo que preveía que necesitarían durante ese período. Llevaba una libretita donde anotaba todo, especialmente la cantidad de sombreros que apartaba mes a mes para entregarlos solo antes del balance anual. Esa paga extra debía permitirle pasar el verano y también afrontar los gastos. Había aprendido a leer, escribir y hacer cuentas en la escuelita de Valderas. Y seguía estudiando por sí mismo todo el tiempo.
Paco conoció a Pepa, la madre de Hebe, cuando ella tenía 17 años y él 22. Ella era de Berisso, una localidad vecina a Ensenada, en la que predominaban inmigrantes, casi todos trabajadores de la industria de la carne, particularmente de los frigoríficos Swift y Armour. Los padres de Pepa, Carlos Bogetti y María Teresa Allevato de Bogetti, tenían origen italiano. Carlos había nacido en el Piamonte y María Teresa, Catita, en la provincia de Buenos Aires, hija de italianos. Si la relación de Pepa y Paco siempre fue vista por Hebe como una historia de amor, la de sus abuelos maternos fue percibida como una de terror. Bogetti y Catita se habían casado cuando él tenía 34 años y ella apenas 14. En realidad, contaba Hebe, había sido “vendida” por su padre a ese hombre: “Su padre no la quería; desde que nació. Había apostado que sería varón y, cuando vio que era mujer, la metió en un cajón de manzanas y la hizo pisar por un carro. No logró matarla, pero quedó renga para siempre”.
Bogetti y Catita tuvieron cuatro hijos; a la mayor, Pepa, nacida el 29 de octubre de 1909, le habían seguido Clara, Carlos Ernesto y Numa. Vivieron juntos muy poco tiempo; Bogetti, maltratador y alcohólico, la abandonaba periódicamente, y Catita tenía que hacerse cargo de todo. Su marido reaparecía cada tanto, cuando, según dicen, no tenía dónde ir. De hecho, la mujer afrontó la crianza y el mantenimiento de sus hijos prácticamente sola; trabajaba de lo que podía y encontraba, sin hacerle faltar nada esencial a su prole. Fue planchadora durante un tiempo, hasta que consiguió empleo como doméstica. “Caminaba cincuenta cuadras de un lado para otro yendo a las distintas casas donde lavaba y planchaba”, contaba Hebe. Durante el día, mientras ella se ganaba la vida, los chicos iban a un orfanato y también a la escuela. Por las noches, los buscaba y llevaba con ella. Les sacaba los piojos, los bañaba, les daba de comer y los acostaba para dormir en su habitación, la única pieza que alquilaba.
Fue así hasta que llegó a la casa del juez Ladislao Szelagowski y su mujer, que integraba una sociedad de beneficencia llamada “La sopa del niño”. Catita ingresó como empleada, con la ventaja de que podía vivir en esa casa con sus hijos. Gracias al asilo, primero, y a esa familia, después, los chicos pudieron ir a la escuela y terminar la primaria. Recién cuando se hicieron grandes, Catita dejó esa casa y se instaló con ellos en Berisso. Primero Ernesto y, después, Clara ingresaron a la fábrica de sombreros. Pero ella nunca dejó de trabajar. La figura de esta abuela materna devendría imponente en el imaginario de Hebe, un modelo de coraje y resistencia a la adversidad y de capacidad de afrontar lo terrible del mundo, sin perder la alegría de vivir.
Pepa amaba y admiraba a su madre tanto como despreciaba a su padre. Y, por suerte, su Paco era un hombre totalmente distinto a él. La relación había empezado en uno de esos bailes que se organizaban en los centros de inmigrantes, donde ella había ido con una amiga, y enseguida quedó prendada de ese muchacho alto, de ojos claros y buen mozo, que ya era un hombre. Contaba Hebe: “Él era un buen bailarín; llevaba unos zapatos de charol que solo usaba en esas ocasiones; los cuidaba tanto que recién se los ponía cuando estaba por entrar al local del baile”.
Al parecer, su amiga estaba interesada en ese chico, pero Pepa se le adelantó y lo sacó a bailar; una actitud que, en esa época en que la mujer no solía tomar la iniciativa, atrajo a Paco. Empezaron a noviar; él la visitaba en la puerta de la casa y, menos de un año después de aquel primer día en el baile, le propuso casamiento. Ella primero debía hablar con su madre. Cuando se lo dijo, contaba Pepa, Catita se puso a llorar.
Paco no era ningún improvisado; además de haber previsto el lugar donde construiría la vivienda para el futuro matrimonio en El Dique, se preocupaba por mejorar la zona en la que vivirían. Así como había impulsado el proceso de urbanización del barrio, a lo largo de los años se pondría a la cabeza de cada una de las mejoras: el tendido de los cables de energía eléctrica, el trazado de la calle, la alcantarilla y las veredas.
Todo se hacía en base al esfuerzo individual y colectivo, inspirado en la solidaridad y la reciprocidad. ¿De qué otra forma se podía progresar? El Club Unidos del Dique, fundado en 1925 por un grupo numeroso de vecinos encabezados por el propio Paco, se erigió en una parcela contigua a las casillas en las que vivían. Ese espacio social era la extensión de sus propias casas. Allí iban los hombres después del trabajo a jugar a las cartas y a conversar, y sus mujeres a intercambiar recetas y a contarse sus vidas; y allí se festejaban nuevos matrimonios, nacimientos y cumpleaños.
La política no era ajena a las preocupaciones de Paco; para lograr ciertos objetivos –por ejemplo, la urbanización de la franja de terreno en la que él y sus amigos y familiares habían construido sus casillas–, tenía que tomar partido entre los dos sectores políticos mayoritarios que, por entonces, se disputaban el poder: conservadores y radicales. Por afinidades ideológicas y, también, porque en Ensenada dominaban los radicales, él se había vinculado a la Unión Cívica Radical (UCR).
Aquel mismo año de 1928 en que nació Hebe, el radical Hipólito Yrigoyen, presidente en ejercicio, había vuelto a arrasar electoralmente, esta vez con el 61,67 % de los votos. Yrigoyen había asumido la presidencia, su segundo mandato, el 12 de octubre, y ya enfrentaba serios problemas sociales. Además, la conspiración de los conservadores, apoyada por el ala de los radicales afín a aquellos, era permanente. Se oponían a sus proyectos de nacionalización del petróleo, de desarrollo vial, al impulso de la Marina Mercante, a la creación del Banco de la República y a la introducción de algunos derechos laborales. Allí se incubará el huevo de la serpiente: el golpe de Estado de 1930.
Pero antes de esa fecha, alentado por cierta prosperidad económica, Paco había construido aquella casilla con sus propias manos y la ayuda de sus compañeros. Necesitaba más, claro, pero lo iría haciendo de a poco, con el tiempo y a medida que juntara dinero. Ahora tenía lo necesario para vivir junto con Pepa. Ella se había encargado del ajuar. Y las familias de ambos ayudaron con los pocos muebles que necesitaban para la vida en común. Se casaron el 10 de marzo de 1928. El momento quedó estampado en una foto realizada, después de la ceremonia religiosa, en el Estudio San Martín, en La Plata. Ella, con un espléndido vestido de cola y un tul que le cubría la cabeza, caía por sus hombros y llegaba casi hasta el piso, todo de blanco virginal, con un ramo de flores entre las manos. Él, con un frac negro, camisa blanca y cinta negra al cuello. Ambos lucen como miembros de la alta sociedad. Ella, con expresión dulce y feliz; él, sonriente y erguido.
La costumbre de inmortalizar casamientos, bautismos, cumpleaños, entre otros eventos, se había extendido ampliamente entre los sectores acomodados, y los menos pudientes hacían esfuerzos enormes para reunir los pesos que costaba el servicio. De algún modo, podría decirse que la tradición descendió de las clases altas hacia las bajas, que buscaron así un signo de distinción. Los retratados de los sectores más humildes, incluso, para resaltar ese privilegio lo hacían con ropas y adornos muchas veces prestados por familiares pudientes o por los propios estudios, como en el caso de Pepa y Paco. La adopción de una estética alejada de la propia vida cotidiana puede interpretarse como una penetración de los valores de las clases privilegiadas en los sectores populares, como un modo de aparentar y también como un deseo de ascenso social. Pero, al mismo tiempo, es la apropiación de una posibilidad: la de fijar una memoria frente a la fugacidad de la vida y la ilusión de eternizar un momento y eternizarse. ¿Acaso esa ilusión debía ser solo un derecho de los sectores pudientes?
En la partida de matrimonio, además de los usuales datos de filiación de ambos, se dejó constancia de que la profesión de Pepa era “su casa” y la de Paco, “comerciante”, más prestigioso que la de trabajador de la fábrica de sombreros y que no dejaba de reflejar parte de la realidad, ya que, en las horas libres, después de su trabajo, vendía y repartía por su cuenta mercaderías de almacén que le suministraba un pariente.
Pronto, esas fotos incluirían a los hijos que soñaban.
El embarazo ocurrió tan rápidamente como había sucedido todo entre Pepa y Paco hasta ese momento. El examen sobre la forma de la panza de Pepa, las adivinanzas y las apuestas sobre el sexo, que no escondían las preferencias por un varón y revelaban las visiones sobre el género, iban en paralelo a la disputa de los cónyuges sobre el nombre. Paco quería que, “como corresponde al primogénito” –en línea con la tradición patriarcal–, llevara el suyo propio, pero a Pepa le parecía pasado de moda y se oponía terminantemente. De una lista que le suministró su amiga Concepción, ella había elegido un nombre de varón y otro de mujer. Nadie retuvo el primero, pero sí el de Hebe, que, según decía Pepa, había sido una reina mitológica de la juventud o la primavera. Cuando inscribieron a la recién nacida en el Registro Civil como Hebe María, el asunto parecía haber terminado con el triunfo de Pepa. Pero desde el mismo día en que nació, Paco la apodó Kika, como le dicen a las franciscas, y logró que todos la llamaran así, incluso Pepa.
Una de las primeras fotos de Kika revela el lugar central que ella ocupó en la familia al principio. Es una foto de Estudio, muy elaborada, al cumplir el primer año. Kika lleva un vestidito sencillo, pero a la moda, y Pepa el mismo vestido del casamiento que le prestara su amiga Concepción y un collar de perlas artificiales provisto para la ocasión por la casa de fotografía. Aunque posa junto a su madre, Kika es claramente el personaje principal de la escena. Así lo sugiere la actitud de la propia Pepa que, de pie a su lado, no dirige la mirada hacia la cámara, sino que, de perfil, observa arrobada a su hija. Indica no solo o el objeto de su atención sino también quién debería ser el de la nuestra. La escena revela y predica una concepción sobre la maternidad., clave en la formación sentimental de Kika.
Igual que en el caso de la foto de Estudio del casamiento de Pepa y Paco, casi nada se corresponde con la vida cotidiana de las retratadas. El decorado, el mobiliario y la vestimenta son ajenos a ellas. La costumbre de inmortalizar el momento impone un esfuerzo económico significativo con relación a los ingresos familiares. Pero, ¿cómo no hacerlo? La imagen no solo fija para siempre un instante de la vida de la nueva estrella familiar, sino que lo hace de un modo icónico: es la representación misma de la maternidad. La madre con su hija, que cede el protagonismo al fruto de su vientre. La ausencia del padre. La madre, su misión: el cuidado de la hija. Cómo no ver allí una concepción y un mandato para Kika. A la vez, esa foto, con su escenografía, contiene la aspiración de un mundo mejor del que habitan. La ilusión del ascenso social. El progreso familiar entendido como alcanzar los usos y objetos de los sectores más acomodados. La aspiración de tener los mismos derechos que esos sectores.
Diferente a esta imagen es la serie de fotografías, también familiares y de la misma época, pero ya no de estudio sino caseras. Las cámaras fotográficas eran un artículo de lujo, casi inalcanzable para una familia humilde. Sin embargo, por un hecho puramente fortuito, una máquina Kodak fue a parar a manos de la familia de Kika. Una Kodak Brownie 2F, rectangular, tipo cajón, con una correa en un costado para poder aferrarla con la mano. Esa posesión impensada posibilitaría una serie de imágenes muy tempranas de la vida de Kika, todas en blanco y negro. Entre tantas, hay una en la que Kika, en torno a su primer año, está en brazos de su tía Rosario, hermana de su papá. Ambas posan ante la cámara frente a la casa de la tía, de chapa de zinc y madera, en El Dique. Es un día soleado, pero fresco. Rosario lleva un batón holgado, de una tela gruesa, abrigada, y un chal alrededor del cuello que le cubre los hombros. Kika tiene un vestidito largo y amplio, y unos zapatitos de tela y suela. No es una escena elaborada como la del estudio fotográfico; representa la vida cotidiana del lugar. Y hay muchas más por el estilo. En otra foto, uno o dos meses después, Kika ya se sostiene firme sobre sus piernas, aunque se aferra de un portón. Otras, a los dos años, la retratan durante un picnic en Punta Lara. Las imágenes marcan cada paso de su crecimiento, como queriendo atrapar los instantes fugaces de la vida y la felicidad de Pepa y Paco.
Sin embargo, ninguna de ellas será la foto que colgará enmarcada en
