Hedy Lamarr - María López - E-Book

Hedy Lamarr E-Book

María López

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Beschreibung

La famosa actriz e inventora autodidacta que contribuyó a crear el wifi. Hedy Lamarr, una de las actrices más célebres de la época dorada de Hollywood, fue pionera al tratar de llevar las riendas de su carrera cinematográfica en un mundo dominado por hombres. Mujer atrevida, inteligente y muy creativa, tuvo múltiples intereses en su vida. Destaca su faceta como inventora autodidacta, pues en 1942 patentó un sistema de comunicaciones secreto que podría haber cambiado el curso de la Segunda Guerra Mundial. Este sistema ha sido fundamental para desarrollar tecnologías actuales como el wifi, el bluetooth o el GPS.

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Seitenzahl: 216

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice

I. EL ANHELO DE CONVERTIRSE EN ACTRIZ

II. ÉXTASIS, CAÍDA Y RESURRECCIÓN

III. EL NACIMIENTO DE UNA ESTRELLA

IV. DE UNA MENTE BRILLANTE LAS MIL CARAS

V. LO EFÍMERO DE LA BELLEZA, LA PERVIVENCIA DEL GENIO

CRONOLOGÍA

© María López por el texto

© 2019, RBA Coleccionables, S.A.U.

Realización: EDITEC

Diseño cubierta: Llorenç Martí

Diseño interior: tactilestudio

© Fotografías: Age Fotostock: 97b, 117, 125,137a, 179b; Alamy: cubierta, 108, 137b; Archivo RBA: 33a, 103b, 131b, 179a; AP Images/G3: 103a; Bill Ray/Getty Images: 148; Getty Images: 10, 19a, 19b, 33b, 53a, 53b, 85, 145, 161, 171b; Hulton Deutsch/Getty Images: 67b; Mauritius Images: 42, 76; MGM/Clarence Bull/Wikimedia Commons: 97a; Paul Popper/Getty Images: 131a, 171a; Thomas D. McAvoy/Getty Images: 67a.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: octubre de 2025

REF.: OBDO800

ISBN: 978-84-1098-694-7

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

Hedy Lamarr es una de las actrices más enigmáticas de la era dorada de Hollywood. Nacida en la aristocrática Viena en el año que estalló la Primera Guerra Mundial, se educó en el efervescente contexto cultural de las vanguardias europeas de principios del siglo XX, muy influenciadas por el nuevo fenómeno del cine, y, desde muy joven, quiso ser actriz. Pese a la oposición inicial de sus padres, una familia de origen judío, culta y acomodada, Hedy puso todo su empeño en conseguir su objetivo y, gracias a su determinación, logró convertirse en una de las estrellas cinematográficas más admiradas de todos los tiempos.

Aclamada en su día como «la mujer más hermosa del mundo», su extraordinaria belleza eclipsó otros aspectos y dejó en un segundo plano sus logros como inventora. En 2015, muchos usuarios de Google se sorprendieron al ver en la pantalla de su ordenador un doodle en el que la actriz cobraba vida a través de un dibujo animado y sustituía el icónico vestido tachonado de estrellas que había lucido en el musical Las chicas de Ziegfeld por una bata blanca de laboratorio. Muy pocos sabían que Hedy Lamarr, además de haber protagonizado películas memorables como Fruto dorado, Noche en el alma o La extraña mujer, y de haber encarnado a la sensual y pérfida Dalila en una de las películas más taquilleras de la historia del cine, dedicaba su tiempo libre a inventar. «Las películas perviven durante un tiempo. La tecnología es para siempre», afirmó la actriz, que en 1942 patentó, junto con el músico George Antheil, un «sistema de comunicación secreta» con el que pretendía ayudar a los aliados a ganar la guerra contra Hitler. La burocracia y los prejuicios de una época que ponía en duda que las mujeres, y más aún si eran hermosas, pudieran tener talento para la ciencia condenaron al olvido su invento, que, no obstante, con el paso del tiempo dio pie a los actuales conceptos de encriptación empleados en el wifio el bluetooth. Hoy en día, su faceta de inventora se ha convertido, a juicio de muchos, en la parte más importante de su legado y ha abierto nuevos interrogantes sobre quién fue realmente la misteriosa Hedy Lamarr.

Hedy tuvo una vida intensa, no exenta de contradicciones y de episodios rocambolescos, propios de un guion cinematográfico. Ciertos o no, estos episodios se han convertido en parte de la leyenda que rodea la figura de la actriz: su huida a París disfrazada de criada, su papel de espía en Viena, sus incontables romances y pleitos… Ella misma confirmó el mito de su sexualidad desbordada en la controvertida y escandalosa autobiografía Éxtasis y yo, un libro escrito por dos periodistas que aparentemente reprodujeron lo que la actriz les contó tras muchas horas de entrevistas y grabaciones. Las páginas de Éxtasis y yo están llenas de inexactitudes y detalles escabrosos que arrojan más preguntas que respuestas; en ellas la actriz habla sin tapujos de sus relaciones con sus maridos y amantes, de su familia, de las películas en que participó y de la influencia que el psicoanálisis tuvo en su vida. Esta supuesta «autobiografía», que en el momento de su aparición, en 1966, se convirtió en un gran éxito de ventas, nos muestra a una Hedy narcisista, frívola y manipuladora que sospechosamente tiene demasiados puntos en común con alguno de los personajes de ficción que interpretó en el cine. Aunque es indudable que su contenido no es una mera invención de los escritores «fantasma» que se encargaron de la redacción del libro, sus páginas no le hacen justicia, y la propia actriz renegó de él interponiendo una demanda contra su editor.

Hedy fue una mujer atrevida, inteligente y compleja, y, según sus contemporáneos, también algo tímida; bajo esa máscara de imperturbabilidad que le dio la fama de ser una actriz distante y algo fría se ocultaba una mujer sensible que tuvo que aprender a expresarse y a transmitir sus emociones en la pantalla en un idioma que no era el suyo. Ella desde niña quiso ser actriz, fascinada por la magia de los escenarios vieneses y las películas de cine mudo, pero su curiosidad también la llevó a interesarse por la tecnología, llegando a convertirse ella misma en inventora. En efecto, a lo largo de su vida, tanto su creatividad como su temperamento artístico se manifestarían a través de un variado abanico de intereses que, además de la interpretación, incluían la pintura, el diseño de casas y joyas o la fabricación de perfumes. A los diecisiete años, su osadía la llevó a salir desnuda en una película de arte y ensayo y a interpretar por primera vez en la historia del cine un orgasmo en la gran pantalla, lo que en 1933 casi le costó su carrera. Hedy, sin embargo, no se dejó vencer por las dificultades y, a pesar de tenerlo todo en contra, logró convencer al importante productor Louis B. Mayer para que la contratara. Una vez en Hollywood, convertida ya en una gran estrella, intentó crear su propia productora para hacer sus películas, desafiando el poder de una industria que, en aquellos días, estaba exclusivamente en manos de los hombres. Hedy fue una de las pocas actrices de su época que se atrevió a hablar abiertamente de su sexualidad y del papel que desempeña el sexo en la industria del cine, y también una de las primeras en reconocer públicamente que había recurrido a la cirugía estética.

Su bellísimo rostro y su elegancia de gacela, como la describió Cecil B. DeMille, se convertirían en motivo de inspiración para otros actores y cineastas. En 1937, Walt Disney la utilizó como musa para crear el personaje de Blancanieves y, tres décadas más tarde, Ridley Scott se inspiraría en su belleza marmórea para dar vida a Rachel, la hermosa y glacial replicante de Blade Runner. Más recientemente, Hedy ha inspirado a la actriz Anne Hathaway en su interpretación cinematográfica de Catwoman, el popular personaje de cómic creado por Bill Finger y Bob Kane.

La misma belleza que le proporcionó la fama terminó convirtiéndose en una maldición que arruinó los últimos años de su vida y la llevó a aislarse y recluirse en sus recuerdos. Incomprendida para unos, excesivamente diletante para otros, la actriz no dejó indiferente a quienes la conocieron o la contemplaron en las pantallas de cine. Actualmente, para muchas mujeres, Hedy Lamarr se ha convertido en un motivo de inspiración y reivindicación, y su vida, extraordinaria, imperfecta y llena de sombras, en un sinónimo de valentía. Hedy, que nació en una Viena de aires decimonónicos al término de la Belle Époque, fue una moderna mujer del siglo XX, rebelde e inconformista como pocas. O, como se definió ella a sí misma, una enfant terrible que, en la película de su vida, no se contentó con interpretar un único papel.

I

EL ANHELO DE CONVERTIRSE EN ACTRIZ

Ser una estrella de cine significa poseer

el mundo y la gente que lo puebla.

HEDY LAMARR

En la imagen de la página anterior, Hedy Lamarr todavía se apellidaba Kiesler y era una joven aspirante a actriz en la Viena de 1930.

La gran mesa de madera del despacho de su padre constituía para la pequeña Hedy un decorado para la fantasía y la imaginación. Emil Kiesler le contaba a su hija cuentos e historias que ella reproducía, bajo el ancho tablero de madera noble, empleando para ello a sus muñecas. Hedy las arrastraba por el pasillo, envueltas en prendas de ropa que, muchas veces, sacaba a escondidas del armario de su madre, Gertrude, hasta convertir el enorme escritorio en el mejor de los escenarios. La pequeña tenía gran facilidad para recordar todos los cuentos que escuchaba de boca de sus padres y los escenificaba, con variantes de su propia cosecha, empleando para ello a sus muñecas, a las que daba funciones cambiantes en cada ocasión. Hedy se reservaba para sí dos papeles: el de protagonista o, las más de las veces, el de narradora que era capaz de hacer con sus muñequitas de porcelana su más absoluta voluntad. Muy niña todavía, la pequeña Hedy Kiesler sabía que su mirada y su sonrisa provocaban en las personas de su entorno una sumisión casi completa y, de una forma impremeditada y natural, aprendió a servirse de ese recurso cuando quería conseguir algo. No siempre funcionaba, especialmente con su madre, a la que todo el mundo llamaba Trude, pero el carácter de la única hija del elegante matrimonio Kiesler era de los de quienes nunca se dan por vencidos.

Desde niña, Hedy se acostumbró a oír el relato que contaba su padre del día en el que ella nació. Y había un detalle en la historia que, sin que supiera por qué, la inquietaba. Corrían los primeros días de noviembre de 1914 y empezaba a hacer frío en Viena; el viento gélido que soplaba desde las montañas auguraba los rigores del invierno en una ciudad que se enfrentaba con incertidumbre a su futuro, mientras los ejércitos de las grandes potencias europeas luchaban en una contienda bélica sin precedentes que transformaría por completo el mapa político de Europa. Hacía apenas unos meses que la guerra había estallado en el viejo continente como consecuencia del asesinato en Sarajevo del heredero al trono del Imperio austrohúngaro, del que Viena era la capital, y aunque la ciudad quedaba muy alejada de la zona donde se desarrollaban los combates, que se libraban en campo abierto, los vieneses se habían visto obligados a hacer sacrificios y a modificar su elegante estilo de vida para adaptarse a las necesidades de la guerra. En la hermosa casa en la que residía el matrimonio Kiesler, Emil leía con preocupación las crónicas que vaticinaban una contienda larga y despiadada mientras esperaba con ansia el nacimiento de su primer hijo, al que él y su esposa Trude habían decidido llamar Georg.

—Es una niña —anunció el médico. Y al ver la cara de sorpresa con la que Emil recibía la noticia, añadió—: Al menos, está sana. Es bonita, aunque casi no tiene nariz.

Hedwig Eva Maria Kiesler, que en el futuro sería conocida con el nombre artístico de Hedy Lamarr, acababa de nacer en uno de los barrios más acomodados de Viena el 9 de noviembre de 1914. Sus padres esperaban un varón, como era deseo habitual en un tiempo en el que las niñas estaban llamadas a papeles secundarios y subordinados en la sociedad, y a Hedy le dolió saber que sus progenitores habían vivido el hecho de que ella no fuera un niño como una decepción. A pesar de ello, fue una niña mimada y muy querida y, de hecho, siempre recordó con nostalgia los años que pasó en la casa de sus padres en Viena, que para ella fueron la etapa más feliz de su vida. Adoraba a su padre, con quien tenía mucha complicidad.

Emil Kiesler y Gertrude Lichwitz procedían de familias judías acomodadas en la Viena de comienzos del siglo XX. Sin ser ricos, su posición era muy desahogada, gracias al trabajo del señor Kiesler como banquero en el Creditanstalt-Bankverein, el banco más importante de Austria. Nacida en Budapest, su esposa había sido una concertista de piano con éxito, pero tras contraer matrimonio con Emil, dieciséis años mayor que ella, y tras dar a luz a su hija abandonó su carrera y se dedicó por completo a la maternidad. Trude era una mujer sofisticada, muy culta y de gran elegancia que se movía a las mil maravillas por los ambientes intelectuales de una Viena que gozaba de una vibrante vida cultural. Emil, por su parte, era un hombre alto y apuesto, moreno y de ojos azules, que iba siempre vestido de forma impecable. El teatro, el nuevo fenómeno del cine mudo, los conciertos y las distracciones culturales que ofrecía Viena llenaban el tiempo de ocio de la familia y la pequeña Hedy se integró pronto en ese ambiente de cultura y refinamiento que también modeló su carácter.

Por aquel entonces, la capital austríaca era una ciudad de referencia entre las capitales europeas y estaba muy vinculada a las estéticas de vanguardia, a pesar de la dura experiencia que le supuso la Gran Guerra. Tras París y Londres, era una de las urbes más populosas de Europa, pues daba cobijo a dos millones de almas, entre las cuales había muchos artistas, músicos e intelectuales. Entre sus hijos más ilustres destacan el psiquiatra Sigmund Freud, el compositor Arnold Schönberg, el pintor Oskar Kokoschka y el director de cine Fritz Lang, que exportaría a Estados Unidos la estética tenebrosa del expresionismo alemán y contribuiría al nacimiento del film noir (también llamado «cine negro»).

La familia Kiesler vivía en un barrio lujoso del norte de la ciudad llamado Döbling, que se encontraba próximo a los bosques de la urbe y al canal del Danubio. Tras el nacimiento de su hija, Emil y Trude alquilaron una amplia vivienda en el número 12 de la calle Peter-Jordan-Straße, en el llamado Cottage District, así conocido porque las construcciones imitaban este tipo de edificaciones de origen inglés. A la familia le gustaba la naturaleza y aprovechaba las vacaciones o algunos fines de semana para apartarse de la ciudad y disfrutar de los hermosos bosques austríacos que, desde niña, fueron uno de los entretenimientos favoritos de Hedy, siempre dispuesta a los madrugones y los paseos extensos si podía concluirlos jugando en el agua de algún riachuelo.

Hasta que le llegó el momento de ir a la escuela, la infancia de la pequeña Hedy transcurrió en el enorme piso en el que, además de sus padres, vivían algunas criadas. El gran piano de cola de Trude ocupaba el centro de una sala y, casi todos los días, la pequeña la espiaba, sentada frente a las teclas de marfil, maravillada ante la belleza y la luz que irradiaba el perfil de su madre. La señora Kiesler no tardó en descubrir a su hija y en sentarla junto a ella en el mullido banco del instrumento para enseñarle a tocar. Los deditos de Hedy no alcanzaban, al principio, toda la octava, pero la disciplina inflexible de Trude fue dando sus frutos, que continuarían creciendo, más adelante, con lecciones particulares fuera de casa. La niña disfrutaba enormemente de esos momentos a solas con su madre, extrayendo del hermoso piano negro sonidos que le llegaban al corazón. La educación que recibió en su casa, de manos de su madre y de algunos tutores particulares, incluía las habilidades propias de una señorita destinada a gobernar una familia con mano firme pero, a la vez, a ser una sofisticada y culta joven vienesa. Hedy aprendió, desde pequeña, tres idiomas: el alemán, el húngaro y el francés. Las clases de ballet, junto con las lecciones de piano, completaban el entrenamiento convencional de las señoritas de clase media y alta de todo el continente. Los Kiesler eran judíos no practicantes; de hecho, Trude se había convertido al cristianismo y como tal educó a su hija.

Lo que más le gustaba a Hedy era, sin duda, zafarse de la vigilancia del servicio y colarse en el cuarto de su madre, para revolver el portentoso guardarropa de Trude y probarse, una tras otra, las prendas más exquisitas de su armario. Paseaba después por el largo pasillo entarimado, imitando expresiones y gestos que observaba en su madre cuando se dirigía a las visitas que, con frecuencia, pasaban la tarde tomando té en el salón principal de la casa. A Trude no le gustaba ver sus lujosas ropas arrastradas por el suelo y, cuando la descubría en ese trance, la reñía y amenazaba con un severo castigo. A veces, la señora Kiesler se esforzaba en negociar con el carácter entusiasta de su hija: un día en el que necesitaba especialmente que la pequeña se mantuviera en silencio, en su cuarto y sin perturbar sus actividades, le prometió que, si se comportaba adecuadamente, le daría una sorpresa. Dicho y hecho: tras horas de pacífica calma en el hogar, Trude entró en el cuarto de una tranquila Hedy y la ayudó a vestirse con un traje elegante. Cuando se dio cuenta de que iban a la calle, la pequeña empezó a bombardear a su madre con preguntas, pero no tuvo éxito. Trude no le respondía y solo la instaba a guardar silencio y a caminar junto a ella, pero con una sonrisa, ocultando cuál sería la sorpresa. De pronto, se detuvieron frente a un edificio que a Hedy le resultaba familiar, pero que esa tarde se veía desde otra perspectiva: había mucha gente en el exterior, vestida también con sus mejores ropas, y la curiosidad hizo presa en la niña, que se encontró sentada en unas cómodas butacas, a oscuras, inquieta por no entender lo que estaba sucediendo hasta que, de pronto, se hizo el silencio y comenzó la función. Trude, que se había percatado de cómo su imaginativa hija jugaba a interpretar historias, la había llevado a una representación teatral como premio por su buena conducta durante aquel día en el que tanto necesitaba que la casa fuera un remanso de paz. Cuando Hedy era ya la célebre Hedy Lamarr, recordó aquel primer contacto con el teatro en una entrevista:

Arriba, dos fotografías de Hedy a la edad de seis años. Era una niña educada y refinada, como correspondía a una señorita de su clase en la Viena de 1920, pero también curiosa y entusiasta. El agua y la naturaleza eran dos de sus grandes aficiones.

Un día, mi madre me prometió que me haría un bonito regalo si me portaba bien. El regalo fue una visita al teatro. Era la primera vez que asistía a una representación y me quedé anonadada y sin habla. No recuerdo de qué obra se trataba, ni el título, ni nada. Pero nunca olvidaré la profunda impresión que me causó.

Por aquel entonces, Hedy ya acudía a la Döblinger Mädchenmittelschule, una pequeña y prestigiosa escuela privada para niñas a la que las familias judías acomodadas solían enviar a sus hijas. A pesar de su gusto por inventar historias y representarlas con sus muñecas, hasta que su madre la llevó por primera vez al teatro, Hedy no supo exactamente lo que era actuar y que existía una profesión, la de actriz, con la que se nombraba a quienes se dedicaban a ello. En su escuela, como era habitual, también había un grupo de teatro y las niñas preparaban funciones escolares con regularidad, por lo que, tras ver a una compañía sobre las tablas, Hedy le rogó a su madre que la inscribiese en el grupo de su escuela y lo que hasta entonces había sido su juego favorito en la intimidad de su casa pasó a ser la mejor parte del día cuando estaba en el colegio. Hedy disfrutaba aprendiéndose de memoria los papeles, ensayando junto a sus compañeras y sintiendo cómo las mariposas revoloteaban en su estómago el día del estreno. Había descubierto que le encantaba actuar y que no se le daba nada mal. Quería ser actriz, y, desde luego, iba a poner todo su empeño en conseguirlo. Ella no era una niña tímida ni vergonzosa, tras su carita mofletuda y angelical, enmarcada por unos ondulados cabellos castaños, se escondía una fuerte personalidad y una gran determinación. Sin embargo, aunque aprenderse los guiones se le daba muy bien, no ocurría lo mismo con todas las otras clases que recibía. A su madre le preocupó siempre, desde la primera escolarización, que los resultados académicos de su hija no se correspondieran con la inteligencia que, según le constaba a ella, tenía la niña. Hedy había mostrado desde siempre una enorme curiosidad innata por aprender cómo funcionaban las cosas y cuando paseaba con su padre aprovechaba para preguntarle por el mecanismo de infinidad de objetos, como la radio o el tranvía. En cambio, aunque no era mala estudiante, esa brillantez no se reflejaba en la cartilla de calificaciones que puntualmente llegaba a la casa, y a veces las profesoras incluso le enviaban notas advirtiéndole de que a Hedy no le estaba yendo bien.

Y es que la inteligencia de Hedy estaba muy por encima de lo común en niñas y niños de su edad, como bien intuía su madre, y no se satisfacía con las lecciones de su escuela femenina. Como muchas otras personas que tienen una inteligencia destacada, la niña se aburría enormemente, dejaba de prestar atención y dedicaba el mínimo esfuerzo a cumplir en cada prueba. En las lecciones de teatro, sin embargo, la cosa era diferente. Ahí Hedy no perdía una línea e incluso se apresuraba a recordar el texto a sus compañeras si alguna se despistaba.

Cuando su debut teatral estaba a punto de tener lugar, la niña quería, más que cualquier otra cosa en el mundo, que sus padres se sintieran orgullosos de ella. Es cierto que Emil, en las ocasiones en las que le contaba historias o tras alguna regañina de su madre, la llamaba «mi princesita», pero también es verdad que Trude acostumbraba a llamarla «patito feo», por lo que ella estaba convencida de ser horrible. Aún no podía entender que, en realidad, su madre era muy consciente de la enorme belleza que su hija alcanzaría y, por ese motivo, se empeñaba en relativizarla con esa expresión, que no dejaba de ser cariñosa. Trude no quería, por nada del mundo, que todo en la vida de su hija dependiese de su hermoso rostro, pues sabía el enorme potencial intelectual que escondía. El caso es que cuando la pequeña salió al escenario en esa primera obra teatral, el clásico Hansel y Gretel, puso todo su corazón en desempeñar su papel con tal perfección que sus padres se sintieran orgullosos de ella y vieran que sí podía ser una gran actriz. Quería dejar atrás al patito feo y convertirse en el cisne más hermoso del lago.

Hedy se convirtió, poco a poco, en una adolescente complicada. No solo su inteligencia destacaba, sino que su carácter determinado, resuelto y firme no contribuía a que la obediencia fuera una de sus virtudes. En cierto modo, había sido educada con unos valores que estaban en conflicto: gran parte de su educación destilaba vestigios de la antigua rigidez casi victoriana, pero, por otro lado, su familia estaba vinculada al mundo de la cultura, respetaba lo intelectual y disfrutaba del arte de vanguardia, y ella lo percibía en su día a día. Su madre era el vivo ejemplo de ese conflicto: había dejado una prometedora carrera de pianista para convertirse en madre y esposa, y su vida pública se centró en ejercer de anfitriona y acompañar a su marido a importantes fiestas del banco en el que trabajaba. En el carácter de Hedy era inevitable apreciar ese choque entre la tradición y el ansia de libertad propia de la generación de la que iba a formar parte: la futura Hedy Lamarr fue, antes que una estrella de la época dorada del cine de Hollywood, una «moderna» europea en un continente que, durante los años veinte, conoció nuevos modelos más libres de feminidad. En la época de gran actividad sufragista en todo el continente, la lucha de las mujeres por sus derechos se correspondía, en el ámbito de la cultura, la moda o las costumbres, con un cambio estético y de modas. Era el momento de romper los corsés en todos los sentidos y Hedy experimentó esa liberación.