Heida - Steinunn Sigurðardóttir - E-Book

Beschreibung

Heida es una agricultora solitaria con un rebaño de 500 ovejas en una zona implacable que bordea las tierras altas de Islandia. Es conocido como el fin del mundo. Escrito con ingenio y humor por una de los novelistas más aclamados de Islandia, Steinunn Sigurdardottir y dividido en cuatro estaciones, este libro cuenta la historia de un año extraordinario, entretejido con historias vívidas de sus animales y el trabajo de la granja; y pinta un retrato inolvidable de una vida remota cercana a la naturaleza. "No estoy sola porque me he quedado sentada llorando con un pañuelo o un delantal por la falta de interés de hombres en mi." "Quiero decirles a las mujeres que pueden hacer cualquier cosa y demostrar que la cría de ovejas no es solo un trabajo de hombres."

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 344

Veröffentlichungsjahr: 2020

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



En la primavera de 2015 vino a verme un amigo mientras estaba trabajando en una novela en mi casa de verano en el sureste de Islandia y me dijo con contundencia: «¡Tienes que conocer a Heiða!». Mi amigo me explicó que Heiða era una heroína que combatía para defender las tierras de su granja y evitar que las comprara una empresa energética privada. Y que era una persona muy reservada pero que, para poder continuar su lucha, se había visto obligada a entrar en la escena pública y la política local, e incluso a fundar un partido ecologista.

Profundamente intrigada, me fui a ver a Heiða a su granja, que estaba a menos de una hora en coche de mi casa de verano.

Ya desde lejos, Heiða parecía una visión: sentada en el asiento de su tractor, con sus 1,81 metros de estatura, delgada, de largo cabello rubio. Una combinación de valquiria y esbelta elfina. Heiða me saludó con la cortés reserva que reconocí de los veranos de mi infancia pasados en la granja de mis tíos, en esa misma comarca. Después nos sentamos a la mesa de su cocina, y charlamos y charlamos.

Quedé tan fascinada por lo que me contó que en menos de diez minutos tomé la decisión de que este sería mi nuevo libro. Aunque la decisión era firme, no le dije nada a Heiða hasta que la llamé por teléfono una semana después para contárselo. Me chocó un poco la rapidez de su respuesta positiva, porque había podido comprobar que era una persona reservada y sabía perfectamente que hablar de sí misma era algo muy opuesto a su naturaleza. Me explicó que su deseo de seguir adelante se debía a la necesidad de dar a conocer su solitaria lucha.

Eso era lo que me motivaba también a mí. En la semana transcurrida entre nuestra charla en la cocina de Heiða y nuestra conversación telefónica, pensé mucho en cómo construir el libro. A fin de cuentas, un novelista necesita algo más que un tema fascinante para convertirse en autor de no ficción de la noche a la mañana.

No habría tenido valor para hacerlo de no ser por las maravillosas historias orales de Svetlana Alexievich. La gente tenía que oír también la voz de esta mujer. Uno de los retos más difíciles era conservar el estilo de Heiða (un estilo que mezclaba lo moderno y lo antiguo) y hacer que quedara bien en una página impresa. Por suerte, yo había empezado mi carrera de escritora trabajando de periodista para un diario de Reikiavik, y la experiencia de incontables entrevistas para prensa escrita, radio y televisión (desde que cumplí los diecisiete) me serviría de base firme. La investigación y la escritura se desarrollaron a través de conversaciones entre nosotras dos, pero, al final, decidí que tenía que hacer invisible a la autora, esto es, a mí misma, a fin de que el lector tuviera la sensación de que estaba escuchando directamente a Heiða. Al principio me resultó complicado encontrar la estructura más adecuada para el libro, pero en cuanto tuve la idea de usar las estaciones como capítulos, todo encajó.

No solo me vi obligada a dejar aparcada la novela en la que estaba trabajando y a hacerme invisible en mi nuevo libro. También tuve que sacrificar mi rutina. Tengo más de alondra que de búho, pero, con mucha frecuencia, la única hora en que ella podía hablar era al final de la tarde. La carga de trabajo de Heiða era tal que no me quedaba más que adaptarme o abandonar el proyecto, y por este libro valía la pena pasarse un año trasnochando.

Heiða y yo estábamos muy nerviosas por cómo sería recibido el libro. Sentíamos que era una responsabilidad enorme dar vida a un personaje real, sobre todo cuando siguen existiendo muchos rencores locales a causa de la central hidroeléctrica de Búland. Si el libro no hubiera funcionado, habría sido una humillación para ella y un maravilloso triunfo para sus enemigos.

Pero funcionó. Heiða se hizo famosa de la noche a la mañana, y en cuanto a mí, lectores y críticos quedaron atónitos por igual ante el camaleónico salto que suponía, para una escritora de ficción, escribir una historia real como esta. Nuestro libro llegó a convertirse en el tercero más vendido en Islandia en 2016 y ganó dos premios. Lo que más me llamó la atención fue que el libro interpelara a toda clase de personas. Mujeres jóvenes (ya fueran estudiantes universitarias o granjeras) vieron en Heiða una fuente de inspiración para tomar su destino en sus propias manos. Los hombres la veían como una hija que les llenaba de orgullo. Los granjeros disfrutaban viendo reflejadas sus vidas. La gente de la ciudad estaba encantada de saber cómo era la vida en una granja apartada. Ahora, confío en que sirva para mostrar a la gente de todo el mundo cómo es el temperamento islandés y cuál es nuestra forma de vida…

La vida de Heiða no volverá a ser la misma. En Islandia, ya no está activa solamente en política local. Ya ha hecho su primer discurso en el Parlamento, como representante sustituta del Partido Verde por la circunscripción meridional, a la que pertenece. Sin embargo, insiste en que la principal ventaja del libro, para ella, ha sido transmitir valor a otras personas en su misma situación para levantarse y protestar.

Si bien es innegable que su temperamento es casi tan volcánico como nuestro país de lava, durante la escritura del libro nos hicimos íntimas amigas, y seguimos siéndolo. Y mi interés por Heiða, su trabajo, su vida y sus días se mantiene tan fuerte ahora como el día en que tomé la decisión de escribir este libro en la mesa de la cocina de su granja, Ljótarstaðir.

STEINUNN SIGURÐARDÓTTIR

febrero de 2019

Ljótarstaðir ha estado en uso ininterrumpidamente desde el siglo XII, a juzgar por las capas de ceniza encontradas en las excavaciones. En Islandia solo hay otra granja con el mismo nombre, Ljótarstaðir, en Landey, al noroeste del país.

Existen varias teorías sobre el nombre de la granja. Una es que se deriva de Ljótur, uno de los primitivos pobladores, que se supone enterrado en un montículo del lugar. Otra es que la granja es conocida por el nombre de mujer Ljótunn.

Pero la teoría más bonita es a la que prefiero atenerme… La escuché hace relativamente poco, por casualidad, en un museo regional del norte. Había un empleado que relacionaba el nombre de la granja, Ljótarstaðir, con un viejo modismo ya en desuso que yo desconocía y que hablaba de la luz. Es así: birtunni ljótar yfir (la luz se abruza). Que es lo mismo que decir que la luz se derrama sobre los campos.

Es absolutamente exacto, pues los terrenos forman un círculo abierto en torno a Ljótarstaðir y el sol sale temprano aquí. En Snæbýli, la otra granja del valle, el sol tarda más en llegar, pues está más al norte, bajo la ladera de la montaña.

De modo que Ljótarstaðir significa la granja donde brota la luz. Esa es mi granja.

* * *

Al volver a casa, me encanta pasar por la loma de Fitarhol. Allí me detengo a veces para contemplar desde lo alto Ljótarstaðir y mis tejados de azul real, más allá del valle al que llaman Krókur, que se ve todo entero, así como las montañas y el río Tungufljót. Hay vistas al glaciar Mýrdalsjökull, con el anillo de montañas al oeste y el norte de Ljótarstaðir. Los puntos más altos son Kvalningshnúka y Fjalldalsbrún. Más allá se ven dos pastizales de montaña, en Skaftártunga y Álftaver.

Los edificios de la granja de Ljótarstaðir se alzan justo al pie de una colina, a casi doscientos metros de altura, y la pendiente se eleva rápidamente a partir de allí. Mi propiedad, que es enorme para la media nacional, es básicamente un páramo situado justo en el comienzo del altiplano interior del país. Aquí nieva muchísimo, como atestiguan los topónimos: Snjóagil (Barranco de las nieves), en Ljótarstaðir, y Snjódalagljúfur (Cañón de los valles nevados), en la granja Snæbýli, que a su vez significa «Alquería de las nieves»…, y en primavera, la vegetación tarda en brotar. De modo que no se puede decir, precisamente, que vivir en estas tierras tan difíciles para la agricultura sea demasiado apetecible, sobre todo si se trabaja solo. En un blog leí que mi granja estaba en «los confines del mundo habitable». Claro que eso se había dicho ya, y solía añadirse que allí los únicos que podían vivir y prosperar eran los zorros y los cuervos.

Por eso es realmente curioso, y en realidad hasta irónico, que yo haya tenido que pelear desde el principio por mi derecho a vivir aquí. La última de las batallas, y la más feroz de todas, fue con la empresa energética Suðurorka, debido al proyecto de la central hidroeléctrica de Búland, que arrecia desde 2010 y fue el causante de que me viera obligada a entrar en política. Para defender la comarca y defender mis tierras…, y más que eso. Las construcciones previstas y su impacto sobre el territorio afectaban a toda Skaftártunga, llegaban hasta el abrigo de montaña de Hólaskjól, al norte, y, al sur, hasta la carretera de circunvalación del país, con un ramal por Ljótarstaðir, un dique de sesenta metros de altura en mi barranco. La misma altura que la torre de la iglesia Hallgrímskirkja de Reikiavik. Allí pretendían construir un embalse de diez kilómetros cuadrados, a aproximadamente cuatro kilómetros en línea recta de la puerta del lavadero de la granja. En mis mejores tierras de pasto…, las primeras que brotan en primavera.

No resulta plato de gusto para una persona sola con 500 ovejas malgastar su escaso tiempo libre ejerciendo responsabilidades en la política local. Porque la ganadería te absorbe todo el tiempo, y más aún.

Esta lucha me ha demandado más de lo humanamente aceptable.

Es por mi culpa si yo estoy soltera.

Mas ¿toda mujer casar debiera?

Mi mamá trabaja en casa,

y allí todo el tiempo pasa.

Yo apenas estoy dentro, pues soy granjera.

TRACTOR

El verano es una estación fantástica, las plantas en pleno esplendor, luz todo el día. Pero no tengo tiempo para ir a recoger el trébol la noche de San Juan, pues de noche duermo y estaría demasiado cansada como para poder hacerlo. En realidad, en verano paso mucho tiempo dentro de casa, pues el tractor es como mi casa.

He crecido en un tractor. En un Massey Ferguson sin frenos. Naturalmente, no disponía de cabina cubierta, de modo que tenía que estar al fresco… La luz del sol se me filtraba directamente en las venas y podía presumir de un bronceado permanente. Si el tractor tiene cabina cerrada, no se pueden disfrutar esas maravillas.

Me encanta estar en el tractor. Sirve para mucho más que segar y rastrillar… Por ejemplo, me divierte componer poemas sentada al volante.

Mis hermanas y yo sabemos componer toda clase de versos. A mi hermana Arndís, que murió a los diecisiete años, también se le daba fenomenal componer poemas. Ásta, Fanney y yo hemos asistido a encuentros de rimadores, y nos lo pasamos muy bien intercambiando versos.

Mis padres pusieron todo su empeño en enseñarnos poemas y baladas. Los ritmos se te quedan clavados en la conciencia.

El instinto aguija al corcel,

retumban los cascos en la tierra.

Se descuelga el sudor como cairel,

la crin con fuerza al cuello se aferra.

Hinchados los belfos en atroz bufido,

sobre la piel el fuerte tendón henchido.

No es manso desfile, porque aterra

del corcel el galopar enardecido.

(Corceles, por Einar Benediktsson)

¿Es posible imaginar un ritmo más potente? Es precioso ese comienzo lento que se va acelerando.

Bjarni de Vogur era bisabuelo nuestro por parte materna. De ahí nos viene la vena poética. También en la rama paterna saben hacer poemas, y mi padre en particular era muy ingenioso en las réplicas, de lo más gracioso. Mi madre es una islandesa de los pies a la cabeza, y un verdadero ratón de biblioteca. En tiempos, también ella componía versos, pero dice que lo dejó cuando mis hermanas y yo abrimos las alas.

Desde el principio, yo tenía maña para ordenar palabras y cierto talento para componer poemas al estilo tradicional. Empecé de niña, y enseguida comencé a darme cuenta de si lo que había compuesto estaba bien o mal hecho. O tienes ese don o no lo tienes.

Pero hacía más cosas, además de componer poesía en el tractor. Una loca del baile como yo baila hasta ahí metida. Aunque, para eso, el tractor debería ser más grande, en realidad. Mi vecino tiene uno enorme y me lo prestó una vez… Fue un auténtico lujo ponerme a bailar ahí dentro.

En el tractor tengo que hacer jornada doble, cuando puedo… Montones de llamadas telefónicas y correos electrónicos, todo ello mientras estoy rastrillando, henificando o segando, aunque solo en las tierras cerca de la granja, no por prados más alejados. La política local supone un constante trajín telefónico, y también la campaña contra la central hidroeléctrica de Búland. El lío del teléfono no ha mejorado, sino todo lo contrario, desde que me pidieron que fuera en un puesto importante en la lista de Izquierda-Verdes de la circunscripción meridional para las elecciones al Parlamento de octubre de 2016.

He conseguido acostumbrarme a chatear en el tractor. Cuando circulo voy comiendo fruta, luego tiro por la ventanilla las pieles de plátano, las pepitas de naranja y los corazones de manzana, naturalmente, como decoración natural para el heno.

Voy en un Valtra A 95 del año 2007. Mi Gris es el tractor de referencia, según dice el fabricante, y es uno de los muchos que se ven por los campos de todo el país. Es el tractor principal y lo usamos para todo excepto para henificar, para lo cual utilizo mi otro tractor, el Massey Ferguson 165 de 1974. Lleva el nombre de Grímur y es el único que queda de los viejos tractores de cuando era pequeña. Los otros los vendieron…, el último para poder hacerle un buen lavado de cara a Grímur, que estaba ya muy maltrecho.

Le tengo cariño al viejo Gris. Casi siempre está pulcro, lustroso y en perfecto estado de funcionamiento, pero, claro, es un tractor ya viejo, tiene nueve años y lleva encima mucho tute. Lo fundamental es que esté limpio, porque es mi lugar de trabajo durante horas y hasta días enteros. Es uno de esos tractores para pobres, barato y sencillo, duro y carente de cualquier lujo, pero siempre fiable, listo para trabajar, y apenas necesita mantenimiento. Este funciona y trabaja, y ya vale, pero yo me he empeñado en conseguir un tractor más cómodo y más completo. Por ejemplo, un Valtra nuevo y más grande. O simplemente una máquina aún más fiable y sin pegas, con inversor hidráulico. Transmisión variable continua sería el no va más, además de eje delantero amortiguado y asiento neumático. Sería fantástico para una mujer al límite de la mediana edad. Un aparato de sonido con conexión USB y un espacio aún más amplio para mi querido Fífill sería un plus estupendo.

Según el contador de horas de trabajo de Gris, en los últimos nueve años ha trabajo un promedio de 517 horas anuales. Eso equivale a 21 días completos, o a 42 jornadas laborales de doce horas. Naturalmente, varía mucho según la época del año; durante el verano te pasas casi todo el tiempo en el tractor.

Existe mucha diferencia de unas regiones de Islandia a otras en lo tocante al uso o no de maquinaria por parte de las mujeres, pero aquí, en Skaftártunga, es habitual desde siempre que las chicas conduzcan tractores. En mi comarca no existe distinción alguna entre las labores que suelen denominarse masculinas y femeninas. Nunca oí hablar así hasta que estuve en Hvannaeyri, y entonces pensé que se trataba de una broma. Pero yo fui la única que se rio.

Los asientos del tractor suponen una auténtica agresión para el cuerpo. Una se puede pasar ahí sentada de doce a veinticuatro horas, aunque cuando empieza a fastidiar de verdad es cuando la jornada de trabajo se alarga mucho más de las doce horas. Es tan estresante segar y recoger el heno que no puedes salir del tractor más de lo imprescindible, justo lo necesario para repostar y para comer. Mi madre viene al prado en el todoterreno a traerme comida. Para las labores del heno trabajo asociada con Palli, mi vecino de Hvammur. Él también está solo en la cosecha del heno, igual que yo. Cuando cosechamos en sus tierras, si su mujer está trabajando, sus padres son los que se encargan de darnos de comer y de traernos y llevarnos.

Pasarse tanto tiempo sentada en un incómodo tractor no es nada sano para la espalda, desde luego. Una buena contramedida es colgarse de la pala cargadora del tractor, como si fueras ropa tendida en una cuerda.

Al sol puede hacer un calor insoportable en el tractor. No tiene aire acondicionado como los tractores de más categoría. Además, no puedo tener las ventanillas abiertas porque es muy ruidoso, sobre todo cuando arrastra maquinaria pesada y va muy revolucionado. Los tractores más caros tienen mamparas mejores para aislar el motor, y el motor de los tractores de pobre, como el mío, hacen un auténtico estruendo. Pero a mí me gusta este motor, aunque sea tan ruidoso. Es fiable y potente…, estupendo siempre que se ponga en marcha y cumpla su cometido.

Fífill, mi pastor alemán, que está conmigo desde hace casi un año, me acompaña en el tractor desde que era pequeñito. Ahora ya es tan grande que ocupa prácticamente todo el suelo. Pero ya hace tiempo que aprendió a tumbarse de modo que todo encaje bien. Lo cierto es que el otro día las cosas se torcieron un poco, porque estaba tan cansado que se dio la vuelta y acabó encima de mi pie, sobre el acelerador. Pesa tanto que tuve que hacer grandes esfuerzos, propios de la halterofilia, para mover el pie. Pero tampoco es que suponga un peligro: el tractor se mueve despacio, el tiempo de reacción es largo y yo acumulo ya décadas de experiencia conduciéndolo.

De vez en cuando saco al perro del tractor, y entonces corretea y lo mira todo. Él mismo salta de la cabina y, como es natural, vuelve a subir cuando le da la gana, pero prefiero facilitarle las cosas. De modo que coloca las patas delanteras en la escalerilla, le empujo desde abajo y entra. Tiene espacio suficiente para darse la vuelta. Yo subo al tractor y él se mete debajo de mis piernas, frente a la puerta, y se tumba con la cola sobre el acelerador.

Todavía le queda por crecer y engordar hasta llegar a los 40 kilos. Come dos veces al día, se traga un kilo de asaduras diarias, un cincuenta por ciento más que mi viejo perro. Pero tendrá que comer menos cuando acabe de crecer. Por lo que me dijo mi amiga Adda de Herjólfsstaðir, esta raza no deja de crecer hasta los dos años de edad.

Hay un largo proceso de selección genética detrás de este precioso perro, está seleccionado para carecer de cualquier tara. La mujer que me lo vendió, la encargada del criadero de Gunnarsholt, lleva veinte años criando esta raza.

Mi Fífill es un animal realmente único, alegre y divertido, y hace muchísima compañía. Ya se ha recuperado de la pérdida de apetito de la primavera pasada y de la consiguiente pérdida de peso. Naturalmente, paso muchísimo tiempo fuera durante la paridera de las ovejas, y él se toma muy a mal no poder participar, de modo que no dormía suficiente, se movía más de lo debido y perdió peso. Ahora ha recuperado lo perdido y vuelve a estar precioso.

Fífill no me molesta cuando bailo, porque soy capaz de bailar en el tractor hasta con perros. Y no le afecta mucho que cante a voz en grito… Me encanta cantar, y en el tractor se canta de miedo.

Cuando era pequeña cantábamos mucho. Cantábamos y cantábamos y cantábamos, en casa y en el coche. Mi padre tenía una voz de tenor increíble. Alcanzaba agudos muy altos y graves bajísimos. Si se hubiera dedicado al canto podría haber llegado lejos. Además, era muy hábil componiendo baladas y en las reuniones le invitaban a recitar. También mamá es una soprano fantástica. Siempre cantó en coros de iglesia, y en uno sigue. Ni mis hermanas ni yo tenemos una voz tan bonita como la suya.

Escucho mucha música, toda clase de música, hasta coros de hombres y lo que haga falta. De todo, desde AmabAdamA hasta Páll Óskar, pero también grupos de rock duro como Guns n’ Roses, Metallica y AC/DC, que son el no va más.

Mamá se sabe de memoria montones de letras de canciones de revista y de otros muchos géneros. Yo misma, y mis hermanas y muchos de mis sobrinos también, sufrimos del síndrome del juke box, como lo llama mi tía Birna. En cuanto oigo un nombre me pongo a canturrear alguna melodía que tenga que ver con él. Golpes rítmicos, como los de los martillazos o los de los cascos de caballo, pueden desencadenar alguna canción. Los salmos de Navidad me fascinan. ¡Por algún motivo, me vienen a la mente durante las parideras!

Tengo la cabeza llena de letras de canciones, de musicales y de baladas. En cambio, no recuerdo el número del filtro del aceite del tractor.

HEIÐA EN UN DEBATE

Todo lugar al que voy me parece hermoso, y no dudo en ponerlo de manifiesto bien claro. Todos los lugares tienen su encanto, y mi montañoso paisaje me es profundamente querido. Cuando era pequeña, en cambio, los campesinos no se mostraban conmovidos por las gotas de rocío sobre las hojas de hierba ni por los paredones de roca, o quizá solo se esforzaban por no dejar traslucir su emoción. En los viejos tiempos, cuando llegaban huéspedes a casa y, tras quedarse boquiabiertos con las montañas y el azul del río, se lanzaban a hablar de lo bello que era todo, mi viejo papá se sentía incómodo, cambiaba de tema y les hacía centrarse en el café para que dejaran de decir tonterías.

ÁSGEIR Y LAS CHICAS

Nuestros padres y el grupo de hermanas íbamos siempre juntos a hacer toda clase de labores. A mi padre se le daba fenomenal distribuir tareas, y siempre hacía que lo acompañáramos. Era fantástico. Por ejemplo, nos llevaba en un trineo de plástico hasta el corralillo de las ovejas cuando éramos pequeñas, hasta que empezamos a poder ir renqueantes pero solas hasta allá arriba. Nos llamaban «Ásgeir y las chicas», y no solo realizábamos las labores de cerca de casa, también participábamos en las labores comunitarias de la comarca.

Mis hermanas mayores eran unas currantes de campeonato. Papá se llevaba a Ásta a las brañas a recoger ovejas cuando era aún adolescente. Ella y Habba de Snæbýli fueron las primeras mujeres de Skaftártunga que subieron a las brañas, en 1977. Ahora siempre encuentras mujeres haciendo cola para subir, pero nosotras y mi amiga Ella de Úthlíð somos las que hemos llegado más lejos… Nosotras fuimos las primeras, hace un cuarto de siglo, y ahora va todo el mundo… Entonces íbamos a caballo, ahora es habitual usar el quad.

Más tarde comprendí que aquí, en Skaftártunga, más que en cualquier otro sitio, las mujeres solían ocuparse de todas las labores a la par que los hombres. Oddný Steina, hermana de Ella de Úthlíð, y yo creímos que se trataba de una broma cuando oímos hablar por primera vez de labores masculinas, en la época en que estábamos estudiando en el Instituto Agrícola de Hvannaeyri. Pero solo nos hizo gracia a nosotras dos. Y así siguieron las cosas durante todo el invierno. Allí había unas chicas de campo, vivarachas y avispadas, que nunca habían conducido un tractor, nunca habían cambiado un filtro de aceite, nunca habían estercolado con pala. Y volvimos a oír lo mismo. ¡Labor masculina! ¡Labor femenina! Oddný Steina y yo estábamos pasmadas. Ella creció como yo, aunque la situación de nuestras granjas no era la misma, pues ella tenía dos hermanos, mientras que en mi casa éramos solo chicas, aunque en verano solían venir uno o dos chicos. Oddný Steina y yo habíamos clavado herraduras, habíamos cambiado neumáticos, incluso de tractor, claro, y lo habíamos hecho todo igual que los hombres. Nadie se ponía a hacer fotos, a nadie le parecía nada fuera de lo normal.

Si soy capaz de hacer todo lo que hago, es porque nunca desconfiaron de mí, nunca me prohibieron hacer nada por ser mujer, y ya desde mis inicios en la granja, la gente de la comarca me pedía que les ayudara a cementar o a lo que fuera. Y echo una mano en las labores comunitarias con mis propios aperos y herramientas.

Todas las labores me gustan, cuando van bien. Sobre todo, los trabajos de construcción. Me encantan los más exigentes. Cuando hay construcciones grandes, complicadas. Pero soy una auténtica calamidad en la cocina. Claro que sé hornear y, cuando lo hago, lo hago a lo grande.

Cuando era pequeña, me decían que podría llevar una granja en cuanto me casara. Pero nunca lo entendí, y me preguntaba a mí misma: ¿por qué hay que tener marido para llevar una granja? Obviamente, después de tantos años, aún no lo tengo.

Además, no me gusta la expresión «mujer de granjero», y jamás la uso porque implica que la mujer no es granjera, sino solo esposa de un granjero. Para que quede claro yo me presento como «Heiða, granjera», igual que otras mujeres que llevan granjas.

Yo y Ella de Úthlíð, que es de una granja de Skaftártunga, a poca distancia de Ljótarstaðir, compartimos principalmente no estar casadas ni tener hijos y llevar una granja. Somos amigas de infancia y decidimos ocuparnos de la granja más o menos al mismo tiempo, a los veintitrés años. No tener hijos fue, en mi caso, una decisión consciente. No sé si también es el caso de ella o si su idea es formar un día una familia. Nunca he hablado de eso con Ella, que yo recuerde. Siempre hemos tenido otras cosas de las que hablar.

EL PATITO FEO

De pequeña era bastante chiquitaja y enclenque. Además, estaba flaca de la muerte. Y tenía algo en los brazos, una cosa que se llama hueso navicular y que aparece a veces en los niños. Me infiltraron y me entablillaron. Casi no tenía movilidad en el brazo, un auténtico fastidio. No dejó de molestarme en un montón de años.

Pero me ponían a trabajar aunque me doliera el brazo, y hacía las cosas bien. Sin embargo, yo misma me veía como una idiota. Era una calamidad y los deportes se me daban fatal. Una flojucha. Mi crecimiento físico iba con retraso. Y era el bicho más feo del mundo. Con gafas.

Asistí a un internado en Kirkjubæjarklaustur. En esa época no era habitual llevar a los chicos en autobuses escolares, como ahora, sino que pasábamos cinco días a la semana internos en el pueblo. Para mí fueron unos inviernos difíciles. Por dos cosas: había oído hablar mal de los maestros y, además, mis expectativas eran que tanto ellos como el colegio serían aburridísimos. No aguantar la escuela era costumbre local.

Naturalmente, a veces era divertido, pero yo tenía una morriña espantosa y me ponía mala con frecuencia. Además, a mis ocho años, tenía que cuidarme yo misma, ducharme y lavarme el pelo sola. Y llevaba el pelo largo, lo que era una complicación.

En los años de internado era muy llorona, pero lo cierto es que yo no era la única. Había balbuceos y alboroto, niñas llorando a coro a la hora de irse a dormir por las noches.

En el internado aprendíamos a nadar, lo que estaba muy bien. Pero yo tenía miedo al agua y no me gustaba nadar; y sigue sin gustarme.

En el colegio tenía buenas amigas, aparte de Ella de Úthlíð. Por ejemplo, Dísa, Þórdís de Hraungerð,[1] en Álftaver, que ahora es catedrática de Matemáticas en Noruega. Dísa y yo íbamos un curso adelantadas, de modo que pasamos en la escuela un año menos que los demás, pero, de todos modos, tuvimos que aguantar demasiados inviernos en el internado.

A los chicos de Hraungerð los llevaban al colegio en coche, y a mí me dejaron ir con ellos dos inviernos y alojarme en Ásar, en casa de mi hermana Ásta y su marido Dóri. Eso era mucho más llevadero.

Me leí de cabo a rabo toda la biblioteca del colegio. Ahora no me queda mucho tiempo libre para leer, pero me encanta la literatura y leo bastante deprisa. Mi favorito es Halldór Laxness, su pensamiento, su estilo y, no en último término, la temática de sus obras. Sabe decir con una sola frase lo que otros tienen que ir exprimiendo dificultosamente en media página.

Devoraba los libros y ansiaba vivir y ser todo lo que había en ellos. La pastora que pasa todo el verano con sus ovejas y su flauta en los pastizales y conoce las aves y las cascadas. La chica más bella del baile en los años gloriosos del arenque. El marinero que, congelado hasta los huesos, se agarra a las jarcias en medio de una galerna espeluznante clamando sus inmortales palabras de despedida antes de desfallecer y desaparecer para siempre. Tom Swift, que sabía inventar y fabricar todo lo que sus amigos y él pudieran necesitar en sus aventuras. El muchacho que montaba el caballo Gustur. La muchacha de Pan blanco con mermelada, de Kristín Steinsdóttir. La yóquey inglesa que resultó gravemente herida al salvar a su querido padre y no pudo seguir en el oficio, pero encontró la alegría entrenando y ocupándose de los caballos que le compró su marido.

Mis libros preferidos eran los que te llevaban a otro mundo. Como los de Narnia. O libros divertidísimos, como la colección de Elías.

Podía resultar complicado sacarme del internado y devolverme de nuevo los fines de semana. Por entonces, las formas de quitar nieve eran distintas a las de hoy y, a veces, durante los inviernos, buena parte de la carretera quedaba intransitable. En cambio, normalmente se podía llegar hasta Snæbýli, porque allí, fueran cuales fueran las condiciones, había que recoger leche y los granjeros abrían camino con el tractor.

A veces, el conductor del bus escolar me llevaba a casa en una motonieve, otras veces me llevaba Valur, el padre de Ella de Úthlíð, o Dóri, el cuñado. En alguna ocasión me vi obligada a caminar el último trecho, desde el puente, donde se dividen las carreteras, hacia el sur para ir a Snæbýli y hacia el norte para ir a Ljótarstaðir. Estas dos granjas del páramo son las únicas del valle, al borde del altiplano. Ljótarstaðir, como ya he dicho, es la última granja al otro lado del río…, la última granja de Skaftártunga, al oeste del río Tungufljót. La carretera termina en Ljótarstaðir.

Yo era una niña lo bastante solitaria como para crearme una amiga imaginaria, y la tuve conmigo hasta bien entrada la adolescencia. Se llamaba María y era un personaje de lo más revoltoso. A veces, yo soltaba un grito si alguien la pisaba. A menudo, mi hermana Fanney se enfadaba con ella. Pero no es probable que Fanney le tuviera manía, ¡porque bautizó María a su propia hija!

En casa se hacía mucho hincapié en que no debíamos ir a ningún sitio a menos que fuera necesario, que había que ahorrar. No teníamos motonieve ni un vehículo que pudiera facilitarnos los movimientos cuando se acumulaba mucha nieve.

Tenía muchas ganas de aprender a tocar el acordeón, pero mi deseo no encontró ningún eco. Tampoco me regalaron los juguetes que más me apetecían, como un trineo Stiga. Cuando Fanney empezó a trabajar, me regalaba bajo cuerda toda clase de trastos divertidos, como un coche de control remoto y una muñeca del catálogo de Quelle.

Más tarde, me esforcé en que María, la hija de Fanney, tuviera lo que a mí no me regalaron… Por ejemplo, le regalé un trineo Stiga. Y desde que fue capaz de trepar al asiento la dejaba jugar en mi quad todo lo que le apetecía. Al principio le imponía unas normas muy serias: solo una vueltecita por la explanada de delante de casa. Ella y mi sobrino Sæmundur no se cansaban nunca de montar en el quad, y gasté en ellos una cantidad enorme de gasolina. Cuando llegó a casa la primera motonieve, también nosotros lo pasamos a lo grande, dábamos vueltas y más vueltas y casi ni entrábamos en casa.

Yo tenía dieciséis años el último verano que pasó en la granja mi amiga Linda; estuvo viniendo durante diez años, más que ninguno de los otros. Había entrado en la selección juvenil de esquí y tenía que entrenar muchísimo. De modo que entrenábamos juntas: corríamos y hacíamos ejercicios duros. Linda era un camión, increíblemente fuerte, mientras que yo era bastante debilucha. Pero las cosas cambiaron a partir de ese verano, y fui fortaleciéndome.

A los dieciséis me pusieron lentillas en vez de gafas. Me vino bien para la autoestima, aunque seguía viéndome como una chica fea y no tenía mucha confianza en mí misma. Eso ha ido cambiando poco a poco y ahora ya he aprendido a confiar en mí misma, como creo que lo expresan en los libros de autoayuda. Pero durante mucho tiempo he sido bastante insegura en las relaciones con otras personas, aunque a lo mejor no se me notaba. Por ejemplo, era tan tímida que me resultaba casi imposible participar en una reunión. Pero cuando iba a hacer recuentos de fetos de ovejas, me relacionaba con muchísimas personas, trabajaba y me alojaba y comía en granjas de todo el país. Para mí, esa fue una estupenda escuela.

Pasé dos años en el colegio de Skógar. En esa época era una chiquita tan desgarbada que no encontraba ropa que me sentara bien… Me veía como un espantapájaros horrible. Además, seguía en esa etapa en la que me culpaba a mí misma por todo lo que salía mal.

Después de estudiar en mi pequeña escuela de Skógar sentí pánico ante la idea de ir a Selfoss, un instituto lleno de gente en una ciudad grande. Así que me puse a trabajar domando caballos en la granja de Jónas, en Norður-Hvammur, del valle Mýrdalur, y trabajé también un poco en el matadero de Kirkjubæjarklaustur.

Norður-Hvammur es una granja que se encuentra en una vía muy transitada, había montones de personas de fuera, tenían chicas suecas trabajando y a veces venían extranjeros, de modo que no podía ser más distinta de mi Ljótarstaðir, donde podía pasar medio invierno sin que apareciese nadie, todo enterrado en la nieve.

Según recuerdo, la primera vez que estuve en Norður-Hvammur estaba tan metida en mi concha que apenas conseguían sacarme una palabra. Y por culpa de mi estatura, iba siempre encogida. Desafortunadamente, no me dejaban en paz por lo de mi estatura y lo pasé fatal.

Enseguida me hice amiga de Drífa, la chica de la granja, y aún seguimos siendo amigas. Es graciosísima, tan divertida que se diría que tiene madera de monologuista. Decía que si continuaba encogiéndome tanto acabarían por crecerme hacia dentro los pechos y la chepa. Yo respondía que sería estupendo… tener cuatro cuencas de los ojos. Nos provocábamos la una a la otra y reíamos y reíamos. Nos lo pasábamos de miedo alborotando en la vieja y diminuta granja de madera.

Aunque lo cierto es que alborotar no era lo mío, o eso me aseguraron más tarde los de Norður-Hvammur, que decían que no me hacía notar… Al parecer, la gente se llevaba unos sustos horribles cuando yo aparecía de pronto en el segundo piso después de subir la escalera sin hacer ni un ruido, y eso que el viejo edificio de madera crujía por todas partes.

Droplaug, la madre de Drífa, era encantadora a más no poder, nada parecido a una campesina islandesa corriente. Era una vieja hippy que había vivido en Copenhague y que se lo pasaba de miedo haciendo travesuras con Drífa y conmigo. Jugaba a maquillarnos como la maquillaban a ella de jovencita, con maquillaje de los sesenta, lápiz de ojos y pintalabios blanco. Después nos peinaba el pelo hacia atrás y lo cardaba, y nos probábamos los trapitos correspondientes. Droplaug tuvo la impresión de que con esas cosas yo cambiaba espectacularmente y me dijo que llamara a la tía Kolla, o sea, a Kolbrún Aðalsteinsdóttir, que dirigía la academia de moda Élite. Obedecí… y enseguida se lanzaron a hacerme fotos.

Vinieron unos fotógrafos italianos y me fotografiaron en lo alto de un glaciar. Yo estaba cagada de miedo ante aquellas personas desconocidas. Había otra modelo, una chica islandesa, pelirroja, con un pelo rizado preciosísimo y ojos verdes brillantes. Y yo tan inocente, con ojos azules y piel pálida. Los fotógrafos se volvían locos con el ángel y la bruja.

Me alojé en casa de Kolla y tomé clases en su escuela de modelos a partir de primeros de año, así como clases para fortalecer mi personalidad. Además, trabajé en Keflavik, en la pesquería de capelín. Durante unos días también hice una suplencia en la recogida de basuras de la comarca de Suðurnes.

Fui a Nueva York a un concurso de modelos y acabé en segundo lugar en la sección fotográfica. Habría podido probar suerte perfectamente en Nueva York y Milán, donde Kolla tenía contactos. Quizá habría salido bien o quizá no. Algunos agentes importantes se pusieron en contacto conmigo. Pero yo iba camino de las parideras de mi granja y no les contesté. Después de aquello solo trabajé de modelo en Islandia. Pero no tenía ninguna intención de seguir esa carrera. Había descubierto que no me interesaba ser modelo.

De todos modos, me lo pasé bien y no lamento aquella etapa. Muy pronto sentí rechazo por haberme transformado en un objeto. Todo era superficial e inútil. Me parecía una idea estúpida ganarme la vida simplemente siendo guapa. Y no resultaba nada divertido comer verdura a todas horas y congelarme posando en lo alto de un glaciar.

No me gusta ni pizca que me digan lo guapa que soy. Estoy harta. Solo pienso… ¡ay, ya empiezan otra vez! Mi aspecto físico no es mérito mío, es pura genética. Mejor harías alabando algo que yo misma haya construido…, ¡porque entonces me derretiré como el chocolate al sol!

De pequeña, nunca me dijeron que era bonita. No me alababan por mi aspecto, a mis hermanas y a mí nos enseñaron a no andarnos con frivolidades. Pero ahora resulta que lo único que se les dice a las chicas es que son muy bonitas… ¿No es una exageración? Solo hay que ver los millones de piropos que se pueden leer en Facebook. En cuanto aparece una chica con falda empieza la cantinela: «lindalindalinda…».

Así que cuando era pequeña no había sitio para la coquetería. Nos cortaban el pelo en casa, solía hacerlo la vecina. Siempre usaba ropa de mis hermanas. Pero quise llevar el pelo largo y eso sí me lo permitieron.

Es una tontería pensar que tengo que entender de cosméticos por haber sido modelo. Todos esos potingues me suenan a chino. Los cosméticos que tengo se pasan de fecha y no me sirven de nada. Como mucho, puedo ponerme rímel. Si me preguntaran qué cosméticos llevo habitualmente en el bolso, la respuesta sería barra de cacao para los labios.

Eso sí, en el oficio aprendí a caminar con tacones…, y bastante bien, al parecer, porque el otro día volví a ponérmelos —no los había usado desde los diecinueve— y pensé que me caería de culo, pero qué va, seguía dando zancadas sobre aquellas plataformas como si nada.

Para mí fue una sorpresa enorme verme de pronto en el sector de la moda. Pero para entonces ya había desarrollado el arte de apañármelas para salir de cualquier fregado. La experiencia fue muy emocionante y no cabe duda de que representó un paso adelante en mi vida. Kolla afirma con todo convencimiento que habría podido llegar a ser una modelo muy cotizada, pero para ella lo principal era fortalecerme como persona y quitarme toda la timidez posible.

Por mi parte, nunca pensé que podría ganarme la vida como modelo. Para eso hace falta un tipo de confianza en una misma de la que yo carezco. Presentarse en una agencia de modelos junto a un montón de chicas top, con books fantásticos, y creer que puedes hacer exactamente lo que se te pide en cada momento… Si hubiera tenido que competir subiendo una pendiente a la carrera para atrapar una oveja, no habría vacilado. O clavando tablones. Pero no me apetece lo más mínimo entrar en una agencia de modelos y gritar: «¡Aquí estoy, soy la más guapa!».

No me gustaban nada las fotos. Me acobardaba en cuanto me decían, por ejemplo: «¡Baila! ¡Sé natural!». Pero si me explicaban exactamente lo que tenía que hacer, entonces no había ningún problema.

Nunca he lamentado no haber llegado más lejos, pues no quería cambiar de oficio. Prefiero tener a mis espaldas la carrera que tengo, en vez de unos cuantos años como modelo. Pero es un tema en el que pienso muy poco… Hay otras personas más interesadas que yo en esa parte de mi pasado. Y aquí, en casa, siempre me sentía avergonzada con tanto revuelo por haber trabajado de modelo, en vez de cavando zanjas o haciendo cualquier otra cosa decente.