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Raúl Vicente lleva veinte años trabajando como bombero forestal. La mayor parte de este tiempo ha dirigido una brigada en la base helitransportada de la BRIF de Daroca, en Aragón. Desde allí, los bomberos forestales son movilizados para participar en la extinción de los incendios más devastadores que se producen en cualquier parte de la geografía española. En estas páginas, Raúl Vicente nos hace un hueco en el helicóptero junto a él y sus compañeros para hacernos partícipes de sus experiencias y permitirnos conocer de cerca una profesión tan gratificante como dura. Hermano fuego comienza siendo un viaje a la extinción de incendios forestales, pero termina siendo mucho más: todo un recorrido vital por las emociones que se esconden en el corazón de las llamas.
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Veröffentlichungsjahr: 2024
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Pepitas de calabaza s. l.
Apartado de correos n.º 40
26080 Logroño (La Rioja, Spain)
www.pepitas.net
Biblioteca 451
© Raúl Vicente Pérez
© De la presente edición, Pepitas ed.
Imagen de cubierta: Raúl Vicente Pérez
ISBN: 978-84-19689-15-3
Producción del ePub: booqlab
Primera edición, septiembre de 2022
Segunda edición, octubre de 2022
Raúl Vicente Pérez en un mural homenaje a las BRIF (La Bañeza)
La mayoría de nosotros descubrimos a Raúl por un vídeo en el que defendía su actuación ante una comisión de investigación en el Parlament de Catalunya, tras el fatídico accidente del incendio de Horta de Sant Joan en 2009.1
Para muchos fue y es un ejemplo de profesionalidad y de humanidad. Yo tuve la fortuna de conocerlo en persona y, en la primera ocasión que surgió, osé a preguntarle si no había pensado en escribir sobre todo aquello. Así germinó este libro, en una castiza tasca de Lavapiés; aunque el relato había empezado mucho antes.
El trabajo en incendios forestales resulta muy duro físicamente debido al calor y al esfuerzo que requiere la propia extinción: desplazarse por terreno escarpado, con un equipo pesado, sofocar las llamas, cortar y eliminar vegetación… Pero, aunque sorprenda, es todavía más exigente mentalmente. El riesgo continuo y la necesidad de tomar decisiones rápidas, junto a la fatiga y el celo por salvar el monte (o los bienes), nos somete a un estrés continuo.
La presión se incrementa aún más cuando hay personal bajo tu responsabilidad. Raúl es técnico de brigada helitransportada y tiene a su cargo dos cuadrillas (siete especialistas más un capataz por cada una). En cuanto hay aviso de incendio, se preparan y embarcan rápidamente en sus helicópteros que les trasladan hasta el lugar del incidente. Allí deben ponerse en contacto con la Dirección de Extinción, recibir instrucciones, decidir donde desembarcar, elegir herramienta para llevar a cabo la táctica según estrategias y objetivos marcados, buscar rutas de escape y zonas de seguridad, explicar todo esto a su unidad y asegurarse de que lo comprendan entre el caos organizado. Y todo esto velando siempre por la realización correcta, eficaz y segura de sus operaciones, bien en ataque directo —apagando las llamas con batefuegos y descargas de medios aéreos—, o en ataque indirecto —eliminando la vegetación con motosierras y herramientas manuales para romper la continuidad del combustible—.
La función principal de un técnico de helitransportada es crear un equipo cohesionado que tenga confianza en sí mismo y en su líder. Debe organizar el día a día en la base para cuidar todos estos aspectos a través de formación, ejercicios y entrenamientos para que, cuando suena la alarma, las decisiones del técnico no sean cuestionadas y trabajen todos por un objetivo común.
Ante este ambiente adverso, los que nos dedicamos a esto lo sabemos bien, las emociones siempre están a flor de piel. A menudo necesitamos tiempo para valorar todo lo vivido adecuadamente. Esos sentimientos, a veces exagerados o confusos, se quedan contigo para siempre y ya forman parte de tus miedos e inseguridades. Pero esas experiencias, imprescindibles para tu crecimiento, también te aportan alegrías y suman confianza.
Así que es fácil imaginar que este texto naciese desde la necesidad de desahogo ante algunas situaciones vitales ingratas, pero también desde el repaso de otras anécdotas más agradables y divertidas. Porque todos esos momentos deben ser recordados, para poner las cosas en su sitio, hacer balance y tirar para adelante.
Raúl se ha atrevido a hacerlo, a contar cómo se ha sentido durante estos años. Desde su experiencia, en su base, cerca de su pueblo, ha plasmado a la perfección cómo nos sentimos en muchas ocasiones.
BIBLIOTECA 451
1 Recomendamos ver la «Comparecencia del técnico de BRIF Daroca sobre el IF de Horta de Sant Joan» disponible íntegra en Youtube.
Con respeto a las víctimas recogidas en el relato.
A mi padre, que se ha hecho mayor.
A mi madre, porque no hay más que una.
Y a mis hijos, a ver si así un día lo leen.
Hay personas que tienen una canción, una melodía o una banda sonora asociada a un momento de su vida, a un instante o una etapa. En mi caso, mis casi veinte años dedicados a esta profesión de la extinción de incendios forestales los he sentido siempre ligados a una sugerente canción de Antonio Vega, poesía pura, que muchos venimos a llamar «Azul», y que, cosas del azar (o no), mucho tiempo después descubrí que en su letra hace referencia a esa relación que el músico mantenía con su particular Edén, mitad libertad, mitad prisión.
Todo viene de mi primer vuelo en helicóptero. Por aquel entonces se volaba en un único aparato. En él nos metíamos los dos pilotos sudafricanos, el mecánico que hacía las veces de traductor, la totalidad de la brigada con sus diecisiete componentes y todo un arsenal de herramientas para combatir el fuego: pulaskis, macleods, batefuegos, mochilas de extinción, extintores de explosión, la antorcha de goteo y las dos motosierras. Se sobreentiende así que el helicóptero, un Puma, era un maquinón de enorme tamaño, pero aun con todo viajábamos como sardinas en lata, ocupando cada brigadista uno u otro asiento en función de los kilos que pesase por eso de compensar y facilitar el vuelo al aparato. Aquellos primeros vuelos los vivíamos como una auténtica aventura y no era raro que los pilotos nos premiasen con alguna pirueta, como aquella en que elevaban el helicóptero para acto seguido dejarlo caer como si de una montaña rusa se tratase. Inconsciencia pura, no sé si la de los pilotos, pero sí la nuestra, que jaleábamos aquellas maniobras como quien pide otro bis de su estrella de rock.
Pero volviendo al hilo de lo que te quería contar, ocurrió que en uno de esos vuelos de entrenamiento nuestros pilotos nos llevaron hasta la laguna de Gallocanta. Supongo que, al no conocer la zona, fueron atraídos por la enorme mancha azul que dibujan los mapas, pensando sin duda en la posibilidad de tomar agua para cualquier entrenamiento o para la extinción de un incendio cercano.
Gallocanta y su laguna están ubicadas sobre un inmenso altiplano definido entre algunas sierras menores, de tal forma que alrededor de la laguna se extiende una enorme llanura cerealista de infinitos horizontes. Su situación, por encima de los mil metros de altitud, hace que te sientas tocando el cielo. Especialmente en esos atardeceres profundamente gélidos del invierno cuando, con la puesta de sol, miles de grullas dan vida a un cuadro de colores donde la luz, tan limpia, es capaz de pintar estampas de una belleza sobrenatural.
La laguna en invierno presenta una extensísima lámina azul de agua, pero con el verano y sus largos días de calor, el agua se evapora hasta dejar expuesta una igual de extensa costra de sal blanca. Así es su ciclo natural. Sin embargo, en aquel junio de 2003, después de una lluviosa primavera, la laguna todavía conservaba un volumen de agua importante de modo que a los pilotos sudafricanos no se les ocurrió otra idea mejor que hacer un vuelo rasante sobre ella. Con el paso del helicóptero a escasos metros del agua, una multitud de aves levantaban el vuelo huyendo aterradas de nuestro ruidoso pájaro de hierro. Y ahí dentro estaba yo, apretado entre mis compañeros uniformados, estirando el cuello hasta la pequeña ventanilla que me dejaba contemplar aquel espectáculo (mitad violento, mitad de una evocadora belleza y fuerza natural) sintiendo con toda la intensidad que sabía aquellos primeros vuelos de helicóptero que tanto impresionan. Mirando a aquellas aves volar sobre el agua, crispada por el golpe de aire producido por las palas, sentía el privilegio de vivir una experiencia excepcional mientras en mi cabeza sonaba de forma espontánea aquella melodía de Antonio Vega. «Azul».
Con los años he ido perdiendo la fascinación por volar. Poco a poco, campaña a campaña, la emoción inicial de ser afortunado por poder disfrutar de esos momentos se ha ido convirtiendo en un resignado «esperemos que la máquina vaya bien». Pero «Azul» siempre ha seguido ahí, acompañándome —recurriendo yo en silencio a su melodía durante esos largos vuelos camino de Valencia, Castilla o cualquier otro lugar, donde te esperan vete a saber qué aventuras o desventuras— y produciéndome un infalible efecto balsámico de relajación, a la vez que de concentración, a pesar del molesto ruido ambiental que acompaña al vuelo del helicóptero y de la incertidumbre de lo que está por venir y por vivir.
Por cierto, tras aquel entrenamiento, inmediatamente llegó a la base de incendios una llamada de teléfono para avisar de la prohibición existente de sobrevolar el humedal de Gallocanta. De modo que fue el primer y también último vuelo que se produjo a tan baja altura sobre la laguna.
No llegué al mundo de los incendios para quedarme. Fundamentalmente porque cuando lo conocí aquello era solo un trabajo temporal de verano, y eso, sin otros trabajos complementarios, se dibujaba de corto futuro.
En cualquier caso quise probarlo porque, solo la cercanía de la base de Daroca a mi aldea, en un territorio sangrado demográficamente y sin apenas salidas laborales (España vaciada lo llaman ahora), ya lo convertía en una valiosa oportunidad. Así que de ese modo tan poco convincente fue como decidí iniciarme en este oficio de la extinción de incendios, viajes en helicóptero incluidos, aunque fuera de forma temporal.
Pero en realidad, estrictamente hablando, no iba a ser esa mi primera experiencia apagando llamas. Tuve una muchísimo antes como voluntario, durante el verano de 1994, en el incendio de Paternoy (Huesca).
Aquel año pasó a la historia de los incendios forestales en España como el más funesto de su década, calcinándose más de 430.000 hectáreas, con noventa y dos Grandes Incendios2 que ya superaron por ellos mismos las 335.000. Aragón no se libró de aquella ola y aquí se sucedieron incendios tan potentes como los de Villarluengo, Nonaspe, Uncastillo o el propio de Paternoy.
Yo, por aquel entonces, con veintiún años, estaba estudiando la carrera de ingeniería forestal, por lo que, no sé si atraído por una de mis posibles salidas laborales, por eso de ver amenazado un espacio tan emblemático para los aragoneses como la sierra de San Juan de la Peña, por la impotencia de ver en la televisión tanto monte quemado, o directamente atraído por la búsqueda de emociones fuertes, no dudé en subirme al coche y recorrer las dos horas que me separaban del incendio.
Recuerdo haberme metido con el turismo por una pista desde el pueblecito de Arbués, orientado por la columna de humo y siguiendo a otros vehículos. Obviamente no tenía maldita idea de lo que era un incendio y, por supuesto, cualquier equipamiento apropiado brillaba por su ausencia.
Al rato, aquella pequeña caravana de vehículos por fin alcanzó destino en una estrecha explanada, dentro de una zona montañosa donde se alternaban sus correspondientes cerros y vaguadas. Recuerdo zonas más despejadas con vegetación de matorral, como donde aparcamos los vehículos, frente a otras cubiertas de pinos y robles, como en las que poco después nos meteríamos caminando.
Así que allí estaba el «dispositivo de extinción», compuesto por un retén forestal de cuatro o cinco hombres bien equipado con el EPI3 del momento, un par de agentes forestales, paisanos de la zona, un grupo numeroso de soldados del Ejército de Tierra y el que esto escribe. El caso es que, para bien o para mal, mi carencia de equipamiento no llamaba nada la atención, pues allí contaba más la buena voluntad que el equipo o las herramientas de que pudieras disponer. Los militares, por su parte, iban solo vestidos con su habitual verde caqui y su gorra, con algunos batefuegos y azadas como únicas herramientas. Hay que recordar que aquel ejército todavía lo integraban reclutas forzados que no habían recurrido, como era mi caso, a la exención por taras físicas o psicológicas, las prórrogas de estudios, la Prestación Social Sustitutoria o, directamente, la insumisión. ¡La famosa y bendita mili, vaya, que acabó por pura descomposición ante el rechazo de los jóvenes a encerrarnos en los cuarteles para perder nuestro tiempo! En fin... que la palabra ignífugo allí nos era, si no a todos, a casi todos desconocida.
Después de un largo tiempo de espera, en el que alguien diría qué hacer y dónde meternos (¡menudo papelón!), con una columna de humo asomando tras la montaña, por fin los militares pudieron romper su espera en rígida formación de dos filas para echar a andar, todos, pista forestal adelante e internarnos en el bosque hasta alcanzar el fondo de un barranco.
Recuerdo mucha descoordinación, muchos nervios patentes en los, más que voces, gritos entre personas nada preparadas ni formadas para resolver aquella situación, con una total ausencia de planificación y objetivos. Y por eso ocurrió lo que ocurrió…
Llevábamos solo unos minutos reduciendo la vegetación cuando por lo alto de la montaña coronó el frente de llamas para comenzar su descenso hacia nuestra posición. Los nervios todavía se hicieron más visibles y no tardó en llegar entre gritos la orden de evacuación hacia la zona de los vehículos. Primó la seguridad de todos nosotros sobre nuestro trabajo, y fue una buena decisión. Solo había hecho falta sentir el aliento de la bestia para recular todos a un área segura. Y ahí quedó todo. Con la evolución de las llamas, un tiempo después se determinó que saliésemos todos de allí y de este modo concluyó mi primera experiencia y única como voluntario de bombero forestal.
Sobra decir que volví a casa indignado, cargado de impotencia y frustración, culpando al resto del planeta de lo que allí se estaba quemando. Hoy creo que, entre mi buenísima voluntad y profunda ignorancia, no me faltaba un poquito de razón. No existía un eficiente dispositivo de incendios, porque de haberlo habido, ni siquiera me debían haber dejado acercarme al fuego de esa manera. Cosa que probablemente aún me habría indignado más.
Más o menos, así venía a ser la extinción de un incendio en la España de 1994.
2 Por Gran Incendio Forestal se entiende aquel que supera las 500 hectáreas forestales (es habitual que en el incendio se queme también superficie agrícola). En el argot de la profesión los llamamos GIF.
3EPI: Equipo de Protección Individual, en este caso de incendios forestales: mono, casco, gafas de protección, guantes y botas.
En aquella ocasión de Paternoy ni siquiera pude llegar a ver con claridad a la bestia. Apenas sentimos su cercanía, optamos por retirarnos.
Creo que fue Franco, mi amigo, capataz y memoria viva de la BRIF4 de Daroca, a quien le oí denominar así por primera vez al frente de llama. Y en poco tiempo el nombre de la bestia fue adoptado por todos los compañeros para referirnos a esos llamarones que llegan a encoger el corazón. Porque la bestia no se deja ver en todos los incendios, claro que no. Lo habitual es que esté dormida o jugueteando, dócil ante el golpe de un batefuegos, el chorrito de agua de una mochila extintora o el impacto de una descarga de agua desde un helicóptero. A veces corona un pino o una chaparra con unos segundos de intensidad, pero inmediatamente vuelve a bajar y muestra su lado más manso. No, claro que no. Esa no es la bestia a la que nos referimos.
La bestia se deja ver cuando avanza entre un bosque de pinos de ocho o quince metros de altura que arden como si fueran un montón de cerillas, lanzando unas llamas que duplican o hasta triplican la altura de los árboles, emitiendo una intensidad de calor que te obliga a alejarte varias decenas de metros para poder soportarlo. Y gritando. Porque el bosque cuando arde, chemeca, grita. Lanza sonidos amenazantes, como rugidos agresivos y armónicos a la vez, porque en la naturaleza hasta la depredación más cruel tiene algo de armonía. Fuego vivo, calor extremo, humo negro, vientos erráticos y gritos. No hay persona que no se sienta pequeña, con respeto y un profundo temor, ante la bestia.
Si tienes ocasión de verla, siempre te dice lo mismo: «¡Oye vosotros! ¡moñacos! Hoy no estoy para bromas, ¿me habéis entendido? Quitaos de ahí y marchaos a jugar a otra parte. Hoy no hay amigos ni acepto reproches lastimeros. ¿Os queda claro? Dejadme tranquila devorando el bosque. En un par de días ya me habré ido. ¡FUERAAA!».
Yo, para ser sincero, en todos mis años de profesional no la he visto de cerca en más de una docena de ocasiones, y lo mejor es dejarla estar o, a lo sumo, tratar de engañarla trabajando a varios cientos de metros, a los lados o a su espalda, donde ni siquiera te pueda ver.
Pero os digo una cosa. Como dicen los viejos de los pueblos, el fuego es traicionero. Que ¿qué sabrán los viejos de incendios? Es verdad que de incendios quizás no sepan mucho en comparación con cualquier universitario con máster, pero algo saben por el hecho de ser viejos y haber vivido toda su vida en el campo. Cuando te dicen que el fuego es traidor, te lo dicen por algo.
Si te viene un frente de llama de varios kilómetros de ancho con veinte o treinta metros de altura, ya sabes dónde te estas metiendo. Pero ¡cuidado con esos otros fuegos de media intensidad! Yo al fuego le he visto hacer cosas extrañas, inesperadas. Da igual cuánto lo mires y lo estudies. Siempre es más listo que nosotros, y te lo puede demostrar en el momento más inesperado. Son como apariciones fugaces de la bestia pero sin llegar casi a verla. Zarpazos. A mí me gusta pensar que el fuego y el ambiente avisan. Se lo digo a los brigadistas: «El incendio avisa», les insisto en las sesiones de formación. Aunque a veces es muy difícil saber leerlo y, por muy atento que estés a sus señales, aprendes muy despacio a percibirlas.
Acuérdate siempre de lo que dicen los viejos.
La bestia
4BRIF: Brigada de Refuerzo de Incendios Forestales. Pertenecientes al Ministerio, comenzaron su andadura en 1992 hasta llegar a las once actuales. En el epílgo de este libro se explica el origen y la historia de este dispositivo.
En junio de 2003 empecé a trabajar en la BRIF de Daroca como peón (la leve mejora en la categoría profesional como peónespecialista no llegaría hasta unos años después). Hacía unos años que había terminado la carrera, la cual me abría las puertas a ocupar el puesto de técnico de brigada o cuadrilla helitransportada (el jefe responsable de dirigir el grupo), pero no me lo planteé como inicio. ¿Dirigir una brigada con experiencia cero? ¿Enfrentarte a un fuego y velar por la seguridad de la brigada sin rodaje anterior alguno? No parecía demasiado responsable.
Pero por aquellos años la realidad del oficio no era tan estricta, resultando ser bastante común que la gente ocupara esos puestos de responsabilidad solo después de recibir un curso formativo con el pasaporte de la titulación universitaria y una entrevista de trabajo como únicos requisitos.
De hecho, entrar en una BRIF en el puesto de técnico requería supuestamente la realización previa de dos campañas en otras cuadrillas helitransportadas. Pero otra vez la realidad era en ocasiones muy distinta y aquello tampoco se cumplía.
Eso, en los puestos de los técnicos BRIF. En el caso de los capataces, responsables de dirigir cada una de las dos cuadrillas que componen la brigada, o el perfil de los peones, siete en cada cuadrilla, no era tampoco mucho más halagüeño. En el primer caso, con muy poca experiencia de peón podías tener la oportunidad de ocupar una plaza de capataz; y en los puestos de peón, pues sencillamente entraba todo el mundo ya que no era raro que faltase gente para cubrir las vacantes.
¿A qué se debía tan bajo nivel profesional? Sin duda a la precariedad de lo temporal. Trabajar en incendios suponía cubrir solo una campaña de verano de tres meses y medio de duración, y esto generaba una rotación en los puestos de trabajo enorme.
El puesto de técnico no era más que un empleo de paso o un trampolín para promocionarse en la empresa y alcanzar otro puesto ajeno a los incendios y con mayores garantías laborales. Raro era encontrar un técnico que acumulase más de tres campañas. Antes de eso, y aunque les gustase su trabajo, acababan por buscarse la vida en otra cosa. Y algo similar pasaba con capataces y especialistas: estudiantes, opositores de bomberos, agricultores a tiempo parcial y buscavidas errantes nutrían una plantilla que con dos o tres campañas te convertían, al menos así era en la BRIF de Daroca, en un auténtico veterano del grupo preparado para promocionar a capataz.
¿Profesionalidad? ¿Con un estado de forma física en el caso de algunos compañeros muy limitado? ¿Con técnicos recién llegados al oficio? ¿Con motoserristas que apenas sabían afilar su herramienta? ¿Con grupos enteros de brigadistas bien dados a la fiesta que podían subir a trabajar todavía cargados de alcohol con dos, una o ninguna hora de sueño en pleno 15 de agosto? Sé de alguna base helitransportada donde las fumadas de porros dentro del mismo centro de trabajo eran antológicas. ¡Y así que salían hacia el incendio si tocaba la sirena!
La dinámica laboral creada en el gremio era la que era, donde la juventud y esa percepción de trabajo temporal de verano y aventura marcaban un perfil de profesionalidad cargado de defectos y malas costumbres.
Y eso se trasladaba al día a día de la vida en la base, cuyas instalaciones, en la misma línea que todo lo demás, se caracterizaban por sus enormes deficiencias; como por ejemplo vestuarios habilitados en pequeños módulos alquilados, baños de minúsculas dimensiones o ausencia de una sala de formación adecuada. En sintonía con aquella precariedad, se nos permitía llevar los monos ignífugos y cascos pintados con rotuladores emulando aquel Born to Kill de la película en su versión bombero forestal, se hurtaban herramientas sin miramientos y se maltrataban instalaciones y materiales con la mayor naturalidad. Cualquier motivo era excusa para reventar una taquilla de un patadón o para rajar con una navaja la tapicería de uno de los vehículos Defender que te bajaban y subían diariamente al pueblo.
Eso sí —y no es broma— en los incendios nos dejábamos la piel. Y estoy seguro de que eso había sido así desde los mismos inicios de la BRIF, cuando la durísima instrucción corría directamente a cargo de profesionales norteamericanos que establecieron durante los dos primeros años la forma de trabajo. Pero claro, la voluntad no puede serlo todo en un trabajo en ocasiones tan complejo como este.
Desde 1994, año en que se abrió la BRIF de Daroca, había pasado una década. Diez campañas de verano para formar y hacer crecer aquel interesantísimo proyecto de brigada «de élite» en la extinción de incendios forestales, pues es así como estaba concebido: para ser vanguardia y ejemplo en la lucha contra los incendios.
Por descontado que los dispositivos en España, los presupuestos y los grandes medios dedicados a la extinción, habían ido mejorando desde aquella lejana primera experiencia mía en Paternoy, ¡pero cuánto quedaba aún por hacer!
Y por supuesto, y no solo como metáfora, seguíamos corriendo detrás del fuego con toda la iniciativa perdida. Porque a pesar de las mejoras de los dispositivos, los fuegos de principios de siglo xxi iban a dar un paso más en su radicalidad y comportamiento extremo respecto a los de la década de los noventa.
Afinales de los años ochenta los técnicos de las distintas administraciones del Estado ya eran conscientes del problema creciente al que habían de enfrentarse, y desde un resolutivo equipo de personas organizadas en torno al entonces ICONA supieron gestar el proyecto BRIF, que abrió sus primeras bases en 1992.
Desde entonces, el proceso de las BRIF ha tenido sus titubeos, sin faltarle las perniciosas interferencias políticas en cuanto a la ubicación de las bases, que poco a poco fueron aumentando hasta las once actuales. La última base fue abierta en el pueblecito soriano de Lubia en 2007.
La estructura de una BRIF en la actualidad es la siguiente: se trabaja en una rotación de tres brigadas, cada una conformada por un técnico y dos cuadrillas de un capataz y siete bomberos forestales. En total diecisiete componentes. Una de estas brigadas está en turno presencial en la base, otra en turno domiciliario haciendo guardia de refuerzo y la tercera descansando.
En la base, además, están el técnico jefe-coordinador, el técnico de base (que supervisa y coordina a los medios aéreos), el emisorista-administrativo, el preparador físico (que dirige los diferentes entrenamientos) y los llamados auxiliares de apoyo logístico (brigadistas que en esa campaña están físicamente inhabilitados para la extinción). Todo este personal es, cuando estás en el incendio, una especie de ángel de la guarda al otro lado del teléfono, dispuesto a solucionarte los más diversos problemas.
El transporte ya hemos dicho que es en helicóptero. Actualmente en dos aeronaves con su piloto y copiloto respectivos. En tiempos se transportó a toda la brigada en una única máquina de gran capacidad, pero aquello pasó y actualmente se apuesta por disponer de dos aeronaves por ser también más versátil en su función de extinción del fuego con las descargas de agua.
Además, se dispone de una flota de vehículos de tierra con capacidad para desplazar a una brigada. Lo mismo para movilizar al segundo turno hacía un incendio como para ir a buscar al equipo que se encuentra allí (por ser, por ejemplo, de noche y no estar operativos los helicópteros).
Sumándonos a todos, en total, la plantilla de una base en verano supera los sesenta y cinco trabajadores.
Respecto a las instalaciones, nuestra base en Daroca tiene su centro en una antigua casa forestal que se quedó pequeña según se abrió la BRIF allá por 1994. Soñando con la llegada de tiempos mejores en forma de presupuestos que dignifiquen nuestro espacio, las instalaciones en la actualidad se solventan con un número casi incontable de módulos prefabricados y contendedores de transporte que cumplen la función de vestuarios, almacenes de herramienta, talleres y sala de formación.
El día a día en la base, dejando a un lado cuando suena la sirena y salimos de incendio, se dedica a la preparación física, la formación teórica y práctica, los tiempos de comida y descanso y los trabajos de base. Los trabajos de base supuestamente están dedicados a pequeñas labores de mantenimiento de las instalaciones, aunque en Daroca siempre hemos mantenido una tradición de obras mayores que han sido claves en la mejora de las instalaciones (puro instinto de supervivencia). Así, se amasa mortero, se hace soldadura, se talla madera, se tira de paleta, de llana, de brocha, de pico y pala y de todo lo que hace falta. Solo de esta forma hemos podido disponer de un gimnasio, una parte de los vestuarios, los asadores, la replaceta donde comer, el cubierto del aparcamiento, el sombrajo-comedor, el hogar o chimenea, la cocina común, la «marquesina de autobuses», los bancos y vallas de pino, el monumento, las aceras, las jardineras, los murales y tallas de madera o la difunta pista de vóley con su grada de madera, por citar las más relevantes. Todas estas mejoras no venían en los pliegos ni en los presupuestos, y por tanto todas son obra de la buena voluntad y trabajo de la muchísima gente que ha pasado por la BRIF de Daroca en estos más de veinticinco años de historia. Todos los trabajadores y trabajadoras, de una forma u otra, hemos dejado aquí no solo nuestro esfuerzo, sino también nuestra huella.
Es la base un segundo hogar, lugar de tantos momentos buenos y malos, donde se alternan pesados periodos de rutina con otros marcados por las emociones más extremas; hogar de sudores y, por qué no decirlo, también en alguna ocasión de lágrimas.
Estaba claro que aquellos norteamericanos habían dejado su huella en la dura instrucción que debía caracterizar a las BRIF. Goyo, el que después fue nombrado mi capataz (o mejor dicho, yo su peón), era el único superviviente en la base de Daroca que quedaba desde su fundación, y de alguna forma era el heredero y guardián de aquel estilo de trabajo. Solo Franco, otro capataz, acumulaba casi tantas campañas trabajando como Goyo. El resto eran todos relativamente recientes; uno, dos o tres veranos en el mayor de los casos.
Se nos advirtió muy claro al llegar: «Tenéis dos semanas de prueba y al menos uno de vosotros se irá a casa».
En aquellos años era habitual escuchar de gente del mundo de los incendios ajena a las BRIF que esta era como el ejército. Y esa misma impresión fue la que tuve yo al llegar.
Aquellas dos semanas de prueba eran de una exigencia antinatural para lo que, al fin y al cabo, no era más que un trabajo temporal y, desde luego, no especialmente bien pagado para los riesgos que conllevaba. El domar aquellas botas Palanco evitando las rozaduras ya era de por sí todo un reto, aunque desde el equipo técnico no había ningún miramiento hacia las particularidades y debilidades que cada uno de los nuevos «reclutas» pudiéramos ofrecer. ¿Que se te llenaban los pies de ampollas?, ese era tu problema. Recuerdo muy fresco aquel pensamiento de «me libré de la maldita mili y ahora la estoy haciendo voluntario».
Por aquel entonces no había preparador físico (su figura no se incorporó hasta 2006) y los entrenamientos se hacían un poco a lo bestia. Al fallo, que se decía, y que así explicado no quiere decir otra cosa que hasta que revientes. Y doy fe de que en algún entrenamiento así era.
Correr fondo o en series, hacer flexiones o abdominales eran entrenos más o menos duros pero por todos conocidos. Las marchas caminando por las pistas en doble fila eran especialmente exigentes si tenías problemas con la doma de las botas, pero lo novedoso de verdad iban a ser los entrenamientos de líneas de defensa. Con sus distintas variantes, consistían en picar con los pulaskis (la azada-gallón del pueblo de toda la vida) y macleods (un rastrillo-azada plano) de forma progresiva y en equipo una línea de 1 metro de ancho sobre el matorral, de tal modo que cuando el último de la cuadrilla cerrase la línea, allí se pudieran «comer sopas sobre el suelo mineral», expresión que a Goyo particularmente le gustaba recordarnos. Se trataba de elaborar un pequeño y artesanal cortafuegos, vaya… aunque la falta de costumbre por la postura de trabajo y el trabajar durante intensos ratos bajo un sol de justicia con toda la equipación pertrechada, sin poder beber agua más que cuando el capataz lo ordenaba, podía hacerlo intensamente duro.
Así, alternando entrenamientos físicos, sesiones teóricas de formación a través de aquellos por entonces novedosos powerpoints impartidos por los técnicos, y pequeños ratos muertos que te permitían ir conociendo a tus compañeros de trabajo, iban pasando los primeros días, con las tardes en casa dedicadas al descanso y recuperación de las rozaduras de los pies. Fueron días que viví con mucha intensidad. Y en aquel ambiente cuartelario, era inevitable buscar alianzas entre los compañeros sin dejarnos de rondar a todos la siguiente pregunta: ¿A quién echarán?
Con muy pocos días hubo quien rápidamente se ganó papeletas para el despido: indisciplina, soberbia, exceso de gracia… Todos los roles grupales se iban haciendo patentes, y no era difícil ver quién lucía alguno de esos pecadillos destacando sobre los demás e incluso quién era capaz de reunirlos todos en una sola persona.
Hasta que, por fin, sin previo aviso, llegó en la segunda semana eso que llamaban la gran picada. Nos hicieron meter nuestra comida de bocadillo en mochilas y salimos caminando a un buen ritmo hasta alcanzar un cortafuegos que subía en fuerte pendiente entre la repoblación de pinar. ¡Y a picar! ¡A picar, picar y picar! Recuerdo otras grandes picadas de otros años con días nublados algo más llevaderas, pero aquel día nuestro de 2003 el verano se quiso hacer sentir y el sol nos golpeaba sin descanso, con la presión de quien soporta una losa. ¡Horas picando hasta caer al fallo! Recuerdo haberme sentido agotado, a punto de «pinchar», maldiciendo el sinsentido por cada golpe que daba, hasta que corrió la voz de que un compañero había caído. Deshidratación, bajada de azúcar, ¡qué sé yo! La cosa es que, con la víctima consumada, aquello aflojó en intensidad y algunos pudimos rehacernos hasta que por fin pudimos comer y volver a la base al ritmo de otra exigente marcha. La prueba, ahora sí, estaba pasada. Las dos semanas se terminaron de cumplir y el expulsado no fue otro que un zagal que se había ido comprando el solo todas las papeletas.
Recuerdo sentirme enfadado e indignado con aquellos primeros días de trabajo. En la tercera semana todo cambió y se entró en un ritmo de entrenamientos algo más proporcionado. De no haber sido así me habría marchado a mi casa, con una mezcla de agotamiento físico e indignación con aquel pseudoejército de flipados.
Y con el paso de las semanas y los meses hasta terminé por coger un especial cariño a ese mi particular «sargento de hierro», mi capataz Goyo. Tan duro por fuera como grande de corazón por dentro.
Franco y Goyo. ¡Cuantas historias juntos!
Año 1994. La nueva BRIF de Daroca acababa de finalizar su primera campaña estival. El 20 de septiembre, con la base casi vacía de personal, el equipo de pilotos y mecánicos del helicóptero MI-8 que había dado el servicio en Daroca se disponía a regresar a Rusia, su país de origen.
Parece ser que la sobrecarga del helicóptero, repleto de electrodomésticos que en la Rusia de aquel entonces eran difíciles de adquirir, fue la causa de que la máquina, apenas levantó el vuelo, se desplomara sobre los pinos del barranco inmediato. La secuencia posterior del rescate de los supervivientes realizado por las pocas personas presentes en la despedida fue dantesca, todavía hoy bien grabada en la memoria de sus protagonistas. El accidente les costó la vida a cinco de los ocupantes. Eran Ivan Ivanov, Sergei Domesov, Stanislav Pravenikov, Vladimir Koprickim y Amparo García, una española exiliada en su niñez como niña de la guerra.5 Por fortuna otros cuatro militares más la segunda cocinera rusa sobrevivieron al accidente, no sin lesiones graves.
Descansen en paz. Sirvan estas líneas de recuerdo vivo y gratitud por su trabajo.
1 de octubre de 1994
5 Se denomina niños de la guerra a los miles de menores de edad que, durante la guerra civil española (1936-1939), fueron enviados por el Gobierno a la Unión Soviética para evitarles los rigores de la guerra. Perdida la contienda, muchos de esos niños y niñas terminaron por quedarse allí con sus familias de acogida, como fue el caso de Amparo García.
¡Y por fin sonó la sirena de salida en mi turno!
Castejón de Tornos. Muy cerquita de la base. Originado por una cosechadora, es el típico incendio que se inicia en el cereal para extenderse luego por el monte, en este caso de poco arbolado.
Vuelo de helicóptero de escasos cuatro minutos y a tomar tierra. Desde mi asiento apenas logro ver nada de cómo es el incendio. A pesar de conocer los montes estoy desorientado con las vueltas previas que el helicóptero está dando alrededor de la zona en llamas. Estamos descendiendo. ¡Vamos a bajar! ¡Ponte las gafas de protección, rápido! ¡El cinturón, el cinturón, acuérdate de quitarte el cinturón! Hay mucho ruido.
Aterrizamos. Abrimos las puertas y comenzamos a saltar a la vez que bajamos la herramienta tal como hemos entrenado una y mil veces. Batefuegos, pulaskis y macleods, mochilas extintoras, extintores de explosión, motosierras y el despliegue del bambi.6 Una densa cortina de humo blanco se ve a nuestra derecha. La herramienta queda en el suelo amontonada pero ordenada. La totalidad de la brigada compuesta de dos cuadrillas nos alejamos una docena de metros de la máquina y, agachados, permanecemos en formación detrás del capataz. Las palas del helicóptero tienen mucha fuerza y junto al ruido generan un ambiente de tensión. La paja vuela por todas partes. El técnico les hace a los pilotos una señal de okey («estamos todos fuera y en orden, podéis despegar») y el Puma comienza a elevarse sobre nosotros, primero despacio y en seguida con fuerza para alejarse con el bambi
