Historia a la carta - Daniela Senés - E-Book

Historia a la carta E-Book

Daniela Senés

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Beschreibung

Te damos la bienvenida a Historia a la carta, el restaurante de History after Office, donde sentamos la Historia a la mesa. Te proponemos compartir y disfrutar de un menú de tres pasos, con sabores del mundo y condimentos interesantes y personales. Nuestras entradas sirven la infancia y juventud de tres personajes, y son la oportunidad para comprender cómo eran antes de convertirse en las figuras que todos conocemos: Frida Kahlo, Benito Mussolini y Mijaíl Gorbachov. Por los platos principales, o platos fuertes, desfilan Winston y Clementine Churchill, lady Diana Spencer y Agatha Christie, todos ellos en su edad más productiva, aquella en la que fundaban los cimientos de su legado. Por último, y como sucede en toda mesa, los postres cierran la comida combinando sabores dulces con algunos toques amargos, ya que nos trasladan a la etapa final de las vidas de Napoleón Bonaparte, Jackie Kennedy Onassis y Nelson Mandela, la invitación perfecta para degustar sus recuerdos y caprichos. La mesa está servida. ¡Que comience el banquete!

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Seitenzahl: 197

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Historia a la carta

Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
APERITIVO
ENTRADAS
PLATOS PRINCIPALES
POSTRES
BIBLIOGRAFÍA
AGRADECIMIENTOS

Senés, Daniela

Historia a la carta / Daniela Senés. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Galerna, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-950-556-919-9

1. Historia Universal. I. Título.

CDD 909

© 2022, Daniela Senés

© 2022, RCP S.A.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna, ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopias, sin permiso previo del editor y/o autor.

ISBN 978-950-556-919-9

Primera edición en formato digital: noviembre de 2022

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Diseño de tapa e interior: Pablo Alarcón | Cerúleo

Ilustraciones de interior: Teté Cirigiliano

A mi metro cuadrado. They know.

La historia la cuentan los vencedores. La máxima, repetida hasta el cansancio, parece determinar los hechos que llegan hasta nosotros desde el pasado. A esta idea le sumo la injusta mención de la participación femenina en los hechos y en los relatos, condición que busca revertirse de unas décadas a esta parte, mostrándonos con rigurosidad el incuestionable lugar de la mujer en el mundo. Ahora bien, ¿qué podemos decir sobre las mujeres que nos cuentan historias? ¿Qué han tenido que vencer para escribir sobre los procesos históricos?

Daniela Senés, admirando los pasos de destacadas estudiosas del pasado —Lucía Gálvez, por nombrar una—, se atrevió a romper una campana de cristal uniendo la pasión, el rigor histórico y una manera de comunicar glamorosa que llega hasta nosotros en este libro. Estamos ante una mirada femenina de la historia que pincela el contexto de los hechos duros con la sensibilidad de las emociones y la cultura gastronómica. Esta es la propuesta del banquete presentado en Historia a la carta.

La autora nos invita a realizar un viaje original y divertido, un paseo por la Historia a través de un menú variado en el que profundiza aspectos únicos de la vida de Nelson Mandela, Lady Di o Agatha Christie, entre otros referentes de la cultura y la política del siglo XX. Además, Daniela entendió que la multiplicidad de miradas enriquece y sumó la pluma de su socia y amiga, Silvina Blanco, quien complementó la obra desde la ruidosa batería culinaria.

Daniela Senés irrumpe entre las mujeres que aman contar la Historia con su impronta distinguida e inquisidora. Pero también es una mujer que abre caminos explorando nuevas formas de conocer el pasado, atreviéndose a darle a su pasión un formato empresarial y exitoso. Esa pasión, materializada en este libro audaz y elegante, está presente en cada página e invita a los lectores a sumergirse en las vidas de personajes de relevancia indiscutible.

La elección de los nombres y sus historias corre por cuenta de la escritora, que nos deja cultura, arte y política en nueve platos plenos de detalles sorprendentes, de escenarios que permiten acercarnos desde un lugar innovador a los procesos de la historia mundial. Esta vez, la Historia la cuenta una mujer con una indiscutible trayectoria académica que sabe que no es necesario vencer a nadie para hablar del pasado.

Las mesas son grandes protagonistas de la Historia; en ellas se forjaron carreras, se decidieron guerras y se consumaron treguas; han sido testigos de grandes amores y han presenciado sus ocasos. Los platos que servimos en una mesa nos animan a relajarnos y a sumergirnos en charlas con otros comensales. La comida es absolutamente necesaria, pero más allá de alimentarnos, nos convoca. Los sabores nos transportan en el tiempo y nos regresan a lugares añorados. Son puentes para reencuentros con seres que ya no están, pero que son evocados a través de aromas y sabores familiares. En pocas palabras, podemos medir la vida en bocados amargos o dulces. A su vez, cada plato tiene una historia propia para contar. Hay recetas secretas, otras fueron fruto de accidentes fortuitos, hay especialidades que cobraron fama por ser las preferidas de algunos protagonistas o porque fueron servidas en momentos decisivos.

De una forma u otra, todos tejemos nuestra propia historia en una mesa. Algunos de mis recuerdos más emotivos se forjaron alrededor de cabellos de ángel amasados a mano y de la mejor polenta que probé jamás, la que mi bisabuela preparaba en una olla de cobre que había sobrevivido al bombardeo de Trieste. Seguramente habrá polentas más sabrosas, pero no volverá a haber otra igual porque la mía venía acompañada del relato de la vida de mi familia en la Italia de posguerra, aquella que, un día, decidieron dejar.

Historias como aquella me impulsaron a otras costas, a vivir en Gales en un colegio internacional, donde fui espectadora y protagonista de las nuevas historias que se desplegaban ante mí. Por ejemplo, cuando los estudiantes exigimos que no se sirvieran productos sudafricanos en nuestras mesas, en solidaridad con el pedido internacional por la liberación de Nelson Mandela.

Más adelante, cuando elegí dedicarme a contar la Historia, maridé mi carrera en Relaciones Internacionales con la docencia. Trabajé en Buenos Aires, en St. Catherine’s Moorlands School, hasta que me sumé a una organización educativa internacional, la Organización del Bachillerato Internacional. Desde allí tuve la oportunidad de trabajar en los cinco continentes, de conocer la Historia de primera mano y de volcar mi experiencia como formadora de profesores en cinco libros publicados en el Reino Unido. A fines de 2018, cuando me desempeñaba como examinadora en jefe de la Organización, sentí que era hora de ir en busca de una nueva mesa. Añoraba las experiencias de mi infancia y el calor de los platos que cuentan la historia.

History After Office puso la mesa por primera vez en mayo de 2019. Silvina Blanco, mi gran amiga y socia, diseña las vivencias alrededor de comidas de tres pasos que me ayudan a contar la Historia. Todos quienes se sientan a nuestras mesas disfrutan del maridaje que proponemos entre la historia, las artes y la gastronomía. Creemos que comer como esos personajes contribuye a acercarnos a ellos, a sus fortalezas y debilidades.

Mientras yo cuento acerca de la carrera militar de Napoleón, Silvina sirve los platos que Bonaparte, por cábala, comía antes de cada batalla. Cuando abordo la vida del presidente más joven de los Estados Unidos, el primero nacido en el siglo XX y el primero de religión católica en el país, ella pone sobre la mesa los platos que revolucionaron la Casa Blanca durante la presidencia Kennedy. No faltan en nuestras mesas aquellas pequeñas anécdotas que nos revelan el costado humano de los protagonistas. Así, mientras intentamos descubrir a las personas que los habitan, disfrutamos de recrear un clima propicio para viajar por el tiempo.

Este libro, el primero que nace de History After Office, te invita a deleitarte con un menú del siglo XX con sabores para todos los gustos; encontrarás arte, literatura y política. Hay historias de inicios, las hay de consagración y también momentos en los que los protagonistas, cercanos al final de sus vidas, miran hacia atrás para preguntarse cuál será su legado.

El menú incluye tres entradas en las que podrás asomarte a la infancia y los años formativos de una aspirante a médica, Frida Kahlo; de un socialista empedernido y muy mujeriego, Benito Mussolini; y del hijo de un campesino de la estepa rusa, Mijaíl Gorbachov. El condimento indispensable en cada una de estas tres opciones: el destino.

Luego pasamos a los tres platos principales, sabores fuertes e intensos, una oportunidad para que conozcas a tres protagonistas quienes, usando la expresión de uno de ellos, atraviesan sus “horas más oscuras”. Las opciones nos conducen a la intimidad del matrimonio de Winston y Clementine Churchill para descubrir la importancia de la diplomacia en la mesa durante el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial; otra sirve en tu plato el “annus horribilis” que vivió Agatha Christie, una experiencia que la transformó en la escritora de novelas policiales más exitosa del siglo pasado; y como todo manjar se prepara en una cocina, el tercero nos lleva hasta los fuegos del palacio de Kensington, a cuyo reparo lady Diana Spencer rearma su vida tras el fracaso de su matrimonio.

El menú de tres pasos se corona con tres propuestas de postre de los que entran al paladar con dulzura, pero cuyos sabores finales son mucho más complejos. Los últimos años de Jackie Kennedy son su oportunidad para probarse a sí misma y vencer sus fantasmas, al tiempo que Napoleón, exiliado primero en Elba y después en Santa Elena, deberá combatir a su peor enemigo: el tedio. En sus últimos años, y mientras saborea los platos que lo transportan a su infancia, Nelson Mandela se debate entre una Sudáfrica que parecía todavía necesitarlo y una familia que casi siempre había vivido su falta.

En cada relato se incluyen además sugerencias de acompañamiento para que puedas disfrutar de algunos de los gustos de los personajes y sientas que verdaderamente compartiste la mesa con ellos.

Ahora, solo resta alzar una copa de tu bebida favorita y brindar por tu llegada a Historia a la Carta, el primer libro de History After Office.

¡Que disfrutes de la experiencia!

Alejandro Gómez Arias, un novio de Frida Kahlo en la adolescencia, dijo que había muchas Fridas, pero que ninguna era la que ella hubiese querido ser.(1) Magdalena Carmen Frieda Kahlo y Calderón, fue la artista que desafió al dolor con color, la mujer que le hizo el amor a la vida y coqueteó con la muerte; la voz que, entre corridos y blasfemias, se construyó a sí misma. De todas aquellas Fridas queda su arte, sus diarios y sus cartas para que, sentada a nuestra mesa, nos cuente la historia de una vida que comenzó casi al mismo tiempo que el México moderno.

Porfirio Díaz gobernó México entre 1876 y 1910. Durante su mandato, y bajo el lema “Orden y Progreso”, el país experimentó un sustancial desarrollo económico que promovió la modernización e industrialización. Sin embargo, México sufría profundas desigualdades sociales, la mortalidad infantil era alarmante y, en ciertas regiones, las tasas de analfabetismo superaban el 70 %. El porfiriato, además, se caracterizó por corrupción política, fraude y una feroz persecución a los opositores. Culturalmente admiraba a Europa, en especial a Francia, país que influyó en las artes, la arquitectura y la gastronomía de la época. En las mesas más adineradas se servían, por ejemplo, lo que llamaban “ordubres”, por Hors d’œuvre. La cena más fastuosa fue la que el presidente Díaz ofreció a diez mil invitados como parte de las celebraciones por el centenario de la independencia del país. Consistió en un menú de doce pasos elaborado por el chef galo Silvain Dumont, y cuya carta estaba escrita en francés. En aquellos banquetes no había lugar para los platos tradicionales a base de maíz, frijoles y chiles como las tortillas, los tamales, y las enchiladas.(2)

El porfiriato llegó a un abrupto final en 1910, cuando estalló la revolución mexicana. Esta fue un alzamiento social espontáneo que precipitó al país hacia años de desorden político y de violencia sangrienta, durante los cuales surgieron líderes con ideologías y métodos distintos y, a veces, incompatibles. La infancia de Frida coincidió con la revolución y, de adulta, le gustaba jactarse de haber nacido en 1910 cuando, en realidad, había nacido tres años antes. No lo hacía por coqueta, para quitarse años, sino porque creía que ella y el México moderno deberían haber nacido al mismo tiempo. A pesar de haber sido muy niña durante la revolución, recordaba con emoción algunos sucesos, como la llegada de los zapatistas a la capital, enarbolando su lema de “Tierra y Libertad”, principios políticos con los que se sintió representada durante su vida.

Su padre, Wilhem Kahlo, había nacido en Alemania de padres que habían inmigrado desde Hungría y que se instalaron en Baden Baden. Allí, el abuelo paterno de Frida abrió una joyería que fue muy próspera. Su cómoda posición económica le permitía pagar los estudios de Wilhem en la Universidad de Nuremberg, donde el joven había sido aceptado, y también sus pasatiempos, como la fotografía. Sin embargo, antes que una carrera tradicional en Alemania, Wilhem prefirió un pasaje de ida hacia un país remoto y exótico. Así, en 1891, zarpó con destino al México de Porfirio Díaz. Muchos años después, sentada en el comedor de Casa Azul, su hija Frida le preguntó por qué había abandonado Alemania sin jamás regresar. Wilhem respondió parcamente que tenía una mala relación con la mujer con quien su padre se había casado después de enviudar de su madre.

Aunque a poco de llegar, Wilhem se nacionalizó mexicano y comenzó a ser conocido como Guillermo Kahlo. Jamás perdió su acento extranjero ni dejó de añorar su tierra. En su casa, tocaba en un piano ubicado debajo de un retrato de Schopenhauer melodías clásicas alemanas, releía a Schiller y a Goethe e intentaba, con poco éxito, enseñarles alemán a sus hijas.

Iniciar una vida en México no había sido fácil para Guillermo. Llegó sin dinero y tampoco hablaba español; solamente conocía a un par de alemanes con quienes había compartido la travesía. Cuando sus conocidos abrieron una joyería llamada “La Perla” en la capital, le ofrecieron trabajar allí. Con un ingreso fijo, le propuso matrimonio a una joven mexicana, María Cerdeña. Pero cuando Matilde Calderón entró a trabajar en La Perla, Guillermo se enamoró irremediablemente. Matilde, en cambio, lo consideraba solo un buen compañero de trabajo que además era un hombre casado. Con el tiempo, María y Guillermo formaron una familia. Primero fueron padres de María Luisa y, cuatro años más tarde, María volvió a quedar embarazada. Murió en el parto de su segunda hija, Margarita, y esa misma noche, su viudo pidió la mano de Matilde Calderón. Ella aceptó la propuesta de inmediato y, un año después, celebraron una boda religiosa. No pasó mucho antes de que Matilde impusiera su voluntad y enviara a las niñas de Guillermo al convento de Tacuba. Matilde y Guillermo tuvieron cinco hijos, un varón que murió a poco de nacer y cuatro mujeres, Matilde, Adriana, Frida y Cristina.

Cuando, en 1898, la tienda departamental Boker decidió abrir una sucursal en la capital mexicana, buscó a un fotógrafo que documentara el proceso de construcción de la nueva sede. Guillermo Kahlo, quien para entonces trabajaba en el estudio de fotografía de su suegro, desarrolló el proyecto con mucho éxito. Aquella oportunidad le abrió importantes puertas. Fue contratado por el gobierno de Díaz, que le encargó producir una memoria fotográfica del país con motivo del centenario de la independencia, a celebrarse en 1910. Guillermo fue el primer fotógrafo oficial del patrimonio cultural de México y el autor de muchas de las imágenes que ilustran los libros publicados para conmemorar el centenario. Sus fotografías de la ciudad de México dan cuenta de la transformación del paisaje durante el porfiriato, cuando se incorporaron grandes edificios públicos, como el Palacio Postal, y monumentos, como el Ángel de la Independencia. Además, Guillermo recorrió el país fotografiando su patrimonio cultural, así como su entrada a la modernidad con el desarrollo de la red ferroviaria y el crecimiento de la industria.

El dinero que ganó en esos años le permitió comprar un terreno y construir la casa familiar en el suburbio de Coyoacán. La vivienda, de estilo colonial con un amplio patio interno, fue pintada de azul intenso en su exterior. Allí, en Casa Azul, nació y murió Frida Kahlo. Sin embargo, la buena racha de Guillermo llegó a un abrupto final cuando, como consecuencia de la caída del porfiriato, su contrato con el gobierno fue anulado.

La pérdida de ese trabajo no trajo a Casa Azul pobreza, pero sí incertidumbre económica. Guillermo regresó a su estudio de fotografía en el centro de la ciudad, donde debió aceptar hacer la fotografía social que no le gustaba y que, además, no pagaba bien. De regreso en casa, se encerraba en su estudio a leer o a tocar el piano; cenaba tarde y, preferentemente, sin compañía. Matilde tomó cartas en el asunto para ordenar la economía familiar. Comenzó por vender parte del mobiliario y la cristalería y, cuando ya no quedaba mucho, tomó inquilinos que se instalaron en algunas de las habitaciones de la casa. La economía de los Kahlo sería de allí en más una fuente de preocupación.

Solo un habitante de Casa Azul tenía el don de sacar a Guillermo de su introspección; su hija Frida. A él le entusiasmaba compartir con ella secretos de fotografía y leerle pasajes de los clásicos de su biblioteca. Cuando la llevaba de paseo, estimulaba su interés por los insectos y las plantas y, de regreso en la casa, le prestaba su microscopio para que Frida, usando algunos catálogos científicos, aprendiera a distinguir las especies. Guillermo veía en ella a una niña inteligente y curiosa, la llamaba cariñosamente “mi Frieducha”, y no tenía reparos en decir que era su hija preferida delante del resto de la familia. Cuando Frida contrajo poliomielitis a los siete años, fue su padre quien permaneció a su lado mientras ella guardaba reposo.

A causa de la enfermedad, Frida debió pasar nueve meses en cama. Guillermo la entretuvo con lecturas, a la vez que hizo todo para que continuara aprendiendo sus temas escolares. Si bien tuvo la fortuna de sobrevivir a una mortal enfermedad, Frida padeció sus secuelas de por vida. Los músculos de su pierna derecha se atrofiaron; la pierna quedó más delgada y algo más corta y sufrió innumerables úlceras e infecciones. Poco antes de su muerte, finalmente la pierna fue amputada. Cuando pudo volver a salir, los niños de Coyoacán se burlaban y le cantaban “Frida pata de palo”. Ella intentaba, infructuosamente, disimular el defecto de su pierna usando varios pares de medias y calzando un zapato con más taco para compensar su cojera. Aconsejado por los médicos, Guillermo estimuló a Frida para que hiciera mucho ejercicio físico a fin de recobrar tonicidad muscular. Ante la mirada reprobatoria de las matronas de Coyoacán, trepaba árboles, montaba en bicicleta y se deslizaba vigorosamente en patines para ejercitar sus músculos.

Una vez recuperada, Frida comenzó a acompañar a su padre en el trabajo. Junto a él aprendió a jugar con las proporciones y la luz, a tomar y retocar fotografías y, fundamentalmente, desarrolló un ojo para el retrato. Todas aquellas habilidades influyeron en sus propias composiciones, en especial en sus retratos y autorretratos. Pero había otra razón por la cual Guillermo llevaba a Frida con él. Sufría ataques de epilepsia desde sus años en Alemania; con el tiempo, estos fueron ocurriendo más frecuentemente y, por ese motivo, necesitaba que alguien estuviera a su lado en el trabajo. Frida aprendió a no asustarse y a hacer lo que Guillermo le había enseñado para esos casos: no quitar los ojos del equipo de fotografía; si lo robaban, no había dinero para reemplazarlo. El tiempo que padre e hija pasaron juntos afianzó más la relación. No solo compartían intereses, sino que ambos habitaban cuerpos que les imponían límites y ninguno de los dos estaba dispuesto a aceptarlo.

Los recuerdos de un padre sensible, atento e inteligente contrastaban con los recuerdos de su madre en la infancia. Por su carácter fuerte, y a sus espaldas, Frida la llamaba “La jefa”. Aunque Matilde era una ferviente católica, ello no le impedía tomar decisiones inclementes, como enviar a las dos niñas del primer matrimonio de Guillermo, con siete y tres años, a un convento. Frida evocaba a su madre como una mujer activa e inteligente, pero a la vez fría y calculadora; una mujer a quien, por ejemplo, no le temblaba el pulso para ahogar indeseados cachorritos en una palangana delante de sus hijas. Matilde, en cambio, se veía a sí misma como una mujer práctica, sin tiempo para las ensoñaciones o el arte. Esto, sumado a su fanatismo religioso, hizo que la relación entre madre e hija tuviera grandes altibajos. La desvinculación comenzó a los once meses de vida de Frida, cuando Matilde dio a luz a Cristina, desplazándola de su pecho para hacer lugar a su nueva hija. Más allá de las rivalidades habituales entre hermanas, y por ser Cristina sana y más hermosa, esta falta de alimento materno, en el más amplio sentido de la expresión, dejó en Frida vacíos que intentó llenar a lo largo de toda su vida.(3)

Hubo también momentos en los que no lograban comunicarse porque Matilde, desde su fe, no llegaba a comprender las producciones artísticas de Frida.(4) Matilde estaba convencida de que Frida y sus hermanas necesitaban aprender a zurcir y a cocinar para convertirse en buenas amas de casa, y no necesitaban una formación académica o artística ambiciosa.

Las diferencias entre Matilde y Guillermo eran más profundas de lo que veían sus niñas. El matrimonio entre la ardiente católica con pocos intereses intelectuales y el ateo amante de la lectura no fue un matrimonio feliz. En Casa Azul, los Kahlo tenían su casa, pero no habían podido construir un hogar; faltaba la alegría, no había calidez. La realidad era que Matilde no se había casado enamorada y, más adelante, los problemas económicos habían tensado más la relación. Cuando Frida fue mayor, Matilde compartió con ella un secreto: le confesó que su gran amor nunca había sido Guillermo. Antes de conocerlo, había amado a otro alemán, Louis Bauer, quien se había quitado la vida delante de la propia Matilde.(5) Nunca lo había podido olvidar.

Frida mitigaba la tristeza reinante en su casa con las visitas a una amiga imaginaria. Con el vapor de su aliento, dibujaba en la ventana de su habitación una puerta y se veía atravesándola. Al igual que Alicia en el País de las Maravillas, se sumergía en un mundo paralelo en el centro de la tierra donde su amiga imaginaria la esperaba para jugar. Frida se veía junto con ella, bailando, riendo y compartiendo secretos. Cuando terminaba su “visita”, borraba la puerta trazada en la ventana para volver a dibujarla la próxima vez que quisiera visitarla. También mitigaba la falta de amigos pasando horas en la cocina mirando a su madre y a su abuela preparar platos tradicionales desbordantes de sabores y aromas intensos que, con el tiempo, se convirtieron en sus favoritos: moles, carnes en salsa de pipián y arroz.

La educación primaria osciló entre clases en su casa y en algunos colegios de la zona, en los que Frida se mostraba perspicaz pero indisciplinada. En 1922, fue aceptada en la Escuela Nacional Preparatoria de San Ildefonso, uno de los institutos más prestigiosos de la ciudad de México. Frida era una de las treinta y cinco mujeres en un alumnado que superaba los dos mil estudiantes, lo cual demuestra su capacidad intelectual. Cuando tuvo que elegir la orientación académica, se decidió por asignaturas que la prepararan para la carrera de medicina con la que soñaba.

La escuela profundizó su pasión por la lectura; era habitual verla por los pasillos con varios libros bajo el brazo. Frecuentemente, después de clase, postergaba el momento de ir a casa y se refugiaba en una biblioteca cercana. Leía clásicos, libros de historia y de filosofía, y se interesaba fundamentalmente en las biografías, género del que disfrutó toda su vida. Cuando murió, en su biblioteca de Casa Azul había, entre otras, biografías de Catalina de Aragón, Catalina la Grande y George Sand.(6)

La escuela preparatoria también introdujo a Frida al activismo político. Conoció la ideología comunista, se interesó por el modernismo y se convenció de la importancia de promover las costumbres y tradiciones genuinamente mexicanas. Sus intereses la llevaron a ser la única mujer que pertenecía a un grupo de alumnos que se hacían llamar “Los Cachuchas”, entre los que se destacaba por un sentido del humor rápido y sarcástico, producto de su gran nivel de observación. A veces “Los Cachuchas” faltaban a clase para reunirse en los parques a escuchar a los músicos callejeros tocar corridos mexicanos. Fue en esa época cuando Frida adoptó una jerga callejera y comenzó a usar malas palabras, algo que nunca dejó de hacer y que la divertía enormemente, en especial cuando lograba escandalizar a algún oyente pacato.