Historia de mi vida - Juan Pablo II - E-Book

Historia de mi vida E-Book

Juan Pablo II

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Beschreibung

Una verdadera "autobiografía" del papa Wojtyla formada a partir de las confidencias personales que él mismo fue revelando en cerca de 15.000 textos y discursos dirigidos a personas de todo el mundo durante sus 27 años de pontificado. Anécdotas de su juventud, del inicio del papado y profundas reflexiones personales sobre temas como la oración, el sufrimiento o la muerte, que traslucen, como dice el cardenal Bergoglio en el prólogo, "la constancia, el equilibrio y la serenidad que permearon toda su existencia, que se hace evidente a los ojos de todos".

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Seitenzahl: 220

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Ensayos

552

JUAN PABLO II

Historia de mi vida

Edición de Saverio Gaeta

Prólogo del cardenal Jorge Mario Bergoglio

Introducción del cardenal Angelo Comastri

Título original

Vi racconto la mia vita

© 2008

Libreria Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano

© 2015

Ediciones Encuentro, S.A., Madrid

Traducción

Alonso Muñoz Pérez

Revisión

Irene Peláez y Carlos Perlado

Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9055-304-6

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.

Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa

y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:

Redacción de Ediciones Encuentro

Ramírez de Arellano, 17-10.ª - 28043 Madrid

Tel. 915322607

www.ediciones-encuentro.es

ÍNDICE

PRÓLOGO Testimonio del cardenal Bergoglio en el proceso de beatificación de Juan Pablo II

INTRODUCCIÓN

PRIMERA PARTE LAS RAÍCES POLACAS DE KAROL WOJTYLA

La infancia en Wadowice

Universitario y trabajador

El seminario clandestino

En Roma para convertirse en profesor

Obispo de Cracovia y cardenal

SEGUNDA PARTE SUCESOR DE PEDRO, PERO TAMBIÉN HEREDERO DE PABLO

Los días de la elección

La misión del pontífice

Hasta los confines del mundo

Una sonrisa con los jóvenes

Las oraciones y sufrimientos

2005. Por siempre «Totus tuus»

APÉNDICE BIOGRÁFICO

NOTA BIBLIOGRÁFICA

Prólogo TESTIMONIO DEL CARDENAL BERGOGLIO EN EL PROCESO DE BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

Conocí personalmente a Juan Pablo II en diciembre del mismo año en que el cardenal Martini fue designado arzobispo de Milán1. Me refiero a este hecho porque no recuerdo exactamente qué año era. En esa ocasión recé un rosario que dirigía el Siervo de Dios y tuve la clara impresión de que él «rezaba en serio». Tuve un segundo encuentro personal con el Papa en 1986-87, con motivo del segundo viaje que hizo a Argentina. El nuncio quiso que se reuniera en la Nunciatura con un grupo de cristianos de distintas confesiones. Tuve un breve coloquio con el Santo Padre y me llamó especialmente la atención su mirada, que era la de un hombre bueno.

Mi tercer encuentro con Juan Pablo II tuvo lugar en 1994, cuando yo ya era obispo auxiliar de Buenos Aires y la Conferencia Episcopal Argentina me eligió para participar en el sínodo sobre la vida consagrada, en Roma. Tuve la alegría de poder comer con él junto a otros obispos. Me gustó mucho su afabilidad, cordialidad y capacidad de escuchar a cada comensal. También en los otros dos sínodos siguientes, en los cuales participé, tuve ocasión de apreciar una vez más su gran capacidad de escucha para con todos. En los diálogos personales que he tenido a lo largo del tiempo con el Siervo de Dios se me confirmó ese deseo que él tenía de escuchar al interlocutor sin hacerle preguntas salvo, alguna vez que otra, al final del todo, y sobre todo demostraba claramente no tener prejuicio alguno. Era capaz de que quien tenía enfrente se sintiera a gusto, dándole una plena confianza; eso era al menos lo que percibía su interlocutor. Refiero mi experiencia personal, pero confirmada por el testimonio de tantos de mis hermanos. Se tenía la impresión de que, aun cuando no estuviera muy de acuerdo con lo que se le decía, el Siervo de Dios no lo daba a entender en absoluto precisamente para permitir que su interlocutor se sintiera a gusto. Por tanto, si tenía que hacer alguna observación o algunas preguntas para esclarecer algo, lo hacía al final.

Otro aspecto que me ha llamado siempre la atención del Santo Padre era su memoria casi ilimitada, ya que recordaba lugares, personas, situaciones que había conocido también en sus viajes, señal de que ponía la máxima atención en cada circunstancia y, particularmente, a cada persona con las que se encontraba. Para mí esto es un indicio de su grande y verdadera caridad. Además, habitualmente no perdía el tiempo, pero era capaz de darlo en abundancia cuando, por ejemplo, recibía a obispos. Puedo decir esto porque, cuando yo era arzobispo de Buenos Aires, tuve encuentros privados con el Siervo de Dios y, siendo yo un poco tímido y reservado, al menos en una ocasión, tras haberle hablado de los temas que eran objeto de la audiencia, hice el ademán de levantarme para, según yo creía, no hacerle perder el tiempo, pero él me agarró por el brazo, me invitó a sentarme de nuevo y me dijo: «¡No, no, no! Quédese», para seguir hablando.

Tengo un recuerdo especial del Siervo de Dios que conservo desde la visita ad limina que hicimos los obispos argentinos en 2002. Un día concelebrábamos con el Santo Padre y me llamó poderosamente la atención su preparación para la celebración. Estaba arrodillado en su capilla personal, en actitud de oración, y observé que, de cuando en cuando, leía algo de un folio que tenía delante y apoyaba las manos en la frente. Se me hizo muy evidente que rezaba con mucha intensidad por la intención que creo que debía de tener en dicho folio. Luego releía alguna otra cosa del mismo papel y retomaba su actitud de oración. Y así hasta que terminaba y entonces se levantaba para revestirse con los ornamentos litúrgicos. Puedo referir también, en confirmación de cuanto acabo de decir, lo que ha dicho el cardenal Giovanni Battista Re, prefecto de la congregación para los obispos, que, cuando se le presentaba un listado de propuestas de nombramiento de obispos para diócesis difíciles o especialmente exigentes, el Siervo de Dios, antes de firmar los nombramientos, hacía que se le dejara la lista para reflexionar y rezar y luego ya daba las respuestas oportunas. Me permito sugerir al Tribunal que sea preguntado el cardenal Gantin, exprefecto de la congregación para los obispos, del que me consta que tenía una excelente relación con el Siervo de Dios, también como decano del Sacro Colegio.

Por lo que se refiere la vida del Siervo de Dios, no tengo nada que añadir a cuanto se ha publicado en los periódicos o en las biografías. En lo que respecta al último periodo de su vida, es de todos conocido, pues no se pusieron límites a los medios de comunicación social, el modo en el que supo aceptar sus enfermedades y sublimarlas, injertándolas en su plan de realizar la voluntad de Dios. Quisiera subrayar que Juan Pablo II nos enseñó, sin esconder nada a nadie, a sufrir y a morir, y esto, según mi parecer, es heroico.

En los breves recuerdos que he relatado antes sobre mi conocimiento del Siervo de Dios, he contado mis impresiones personales sobre diferentes situaciones, subrayando sustancialmente su ejercicio de las virtudes humanas y cristianas. No hay que olvidar su particular devoción a la Virgen, que tengo que confesar que influyó en la mía propia. En fin, no dudo en afirmar que Juan Pablo II, en mi opinión, ejercitó todas las virtudes en su conjunto en modo heroico, vista la constancia, el equilibrio y la serenidad que permearon toda su existencia. Y esto es evidente a los ojos de todos, también de los no católicos y de los que profesan otras religiones, incluso de los agnósticos.

No tengo constancia de particulares dones carismáticos, de hechos sobrenaturales o de fenómenos extraordinarios en el Siervo de Dios mientras estaba en vida. Siempre lo consideré un hombre de Dios y así también lo veía la mayoría de las personas que entraban en contacto con él. Su muerte, como ya he dicho, fue heroica y esta percepción creo que es universal. Basta pensar en las manifestaciones de afecto y veneración por parte de creyentes y no creyentes durante los nueve días de luto y en su funeral. Tras su muerte, su fama de santidad ha sido confirmada por la decisión del Santo Padre, Benedicto XVI, de eliminar la espera de cinco años prescrita por las normas canónicas, permitiendo así el inicio inmediato de su causa de canonización. Otro signo es el continuo peregrinar a su tumba de personas de toda condición y de todas las religiones.

NOTAS

1 NdT: 1979.

Introducción DEL CARDENAL ANGELO COMASTRI

Juan Pablo según... él mismo. Con esta especie de broma se podrían resumir las páginas que siguen, una verdadera «autobiografía» del papa Wojtyla escrita realmente por él día a día. En sus casi 27 años de pontificado, fueron alrededor de 15.000 los discursos y los documentos pronunciados o escritos en las más diversas circunstancias. En toda esta mole de textos, además de la amplitud y la profundidad de su magisterio, destaca el hecho de que el pontífice —en cuanto tenía oportunidad— se desviaba un momento del tema principal para referirse a episodios de su propia vida o para expresar sus sentimientos o pensamientos íntimos.

De ahí que se pueda afirmar sin mentir que en este libro, editado por Saverio Gaeta, Karol Wojtyla nos cuenta toda su vida: desde su juventud, pasando por el episcopado y el grito del comienzo de su pontificado: «¡No tengáis miedo! Abrid las puertas a Cristo», hasta los últimos momentos extraordinarios de su agonía. Al mismo tiempo, aparecen ante nosotros todos los fotogramas de una existencia que marcó de una manera especial la historia del siglo pasado, desde sus propuestas en Polonia durante el régimen comunista y las múltiples peticiones lanzadas en los cientos de visitas pastorales en todas las partes del mundo, hasta sus últimos llamamientos a la paz entre los pueblos y al respeto de los derechos de cada persona.

Supimos de dónde brotaban estas «confidencias» apasionadas cuando el Santo Padre en persona, el 3 de noviembre de 1981, se dirigió a los médicos del hospital Gemelli que le habían tratado después del intento de magnicidio diciendo: «Estoy ante ustedes sin un papel escrito. Tengo que encontrar ese papel dentro de mí, porque todo lo que quiero y tengo que decir está escrito en mi corazón». Era la afirmación de una forma de ser y de entenderse a sí mismo que todos hemos podido conocer y apreciar. Una forma de ser que estaba cotidianamente permeada por la oración, que pautaba sus días con el mismo ritmo de la respiración.

El papa Wojtyla se revela así como un hombre y un sacerdote que, tras convertirse en pontífice, no hizo más que encarnar su vocación humana y sacerdotal en el mismo horizonte previo de fe y testimonio, en una total unidad de vida, acción y enseñanza. Y en estas páginas emerge cada uno de esos aspectos: la profundidad del alma y la amplitud de su pensamiento, las numerosas iniciativas pastorales y las obras sociales promovidas para dar respuesta a las necesidades más acuciantes de nuestro tiempo.

Al leer el texto —que en muchos pasajes se presenta como una verdadera novela— han vuelto a mi mente muchos episodios de mi relación con Juan Pablo II y, en particular, aquel increíble 5 de septiembre de 2004 en Loreto, el último viaje que el pontífice hizo fuera de Roma. Había muchísima gente, especialmente jóvenes de Acción Católica, para la ceremonia de beatificación del sacerdote español Pedro Tarrés i Claret y de los laicos italianos Alberto Marvelli y Pina Suriano. Teníamos un poco de miedo, porque la salud del Santo Padre no estaba en su mejor momento. Cuando el papa Wojtyla llegó al altar, fui a su encuentro y quise animarle con estas palabras: «¡Ánimo, Santo Padre!». Pero él me vio tan preocupado que, cogiéndome desprevenido, me espetó: «¡Adelante, hijo mío!».

Esta lucidez suya se mantuvo intacta hasta el final. Cuando fui a vivir definitivamente al Vaticano y llevaba allí sólo un par de días, el 1 de abril de 2005, me llamó por teléfono monseñor Estanislao y me invitó a ir al apartamento del papa para el último adiós. Cuando llegué a su lado, el secretario tocó el brazo del papa y le dijo: «Santo Padre, aquí está el de Loreto». Él me miró y corrigió: «No, de San Pedro». Así pues, demostró tener presente el cambio de sede que se había producido y luego intentó también bendecirme para darme ánimos en mi nueva tarea en el Vaticano.

Como actual arcipreste de la basílica de San Pedro, siento una gran responsabilidad respecto a los peregrinos que vienen a rendir homenaje a su tumba en las grutas vaticanas, que se han terminado convirtiendo en un pequeño santuario. Todos los días la visitan un promedio de diez a doce mil personas que dejan una gran cantidad de notas. Muchas de ellas están escritas en forma de diálogo, como hijos que hablaran con su padre. Por ejemplo: «Querido papa Juan Pablo: tú que has amado tanto a la familia, protege también a la mía»; «Juan Pablo, te encomiendo a mi hijo que está alejado de la fe, llévalo a Dios»; «Estoy esperando a una criatura, haz que todo vaya bien. Te la confío desde este momento». Recuerdo especialmente la conmovedora carta de una niña que había oído hablar de la guerra en el telediario: «Juan Pablo: tú estás en el cielo y las bombas las lanzan desde el cielo: páralas tú».

En estas notas se encuentra todo el vocabulario de los sentimientos humanos, correlacionados con la gama de sentimientos expresados por el papa Juan Pablo II a lo largo de toda su vida. Y en estas páginas los redescubrimos íntegramente, en un camino que nos lleva de la mano al corazón, grande y profundo, del papa Juan Pablo II.

PRIMERA PARTE

RAÍCES POLACAS DE KAROL WOJTYLA

La infancia en Wadowice

Según lo que me contaron, nací por la tarde, entre las cinco y las seis. Por tanto, casi en el mismo momento del día en el que cincuenta y ocho años más tarde fui elegido papa (18-V-97).

Nací el 18 de mayo de 1920. Siendo la fecha de nacimiento algo tan importante para todo hombre, quisiera dirigir mi atención a la memoria de mis padres, fallecidos hace ya mucho tiempo. Deseo recordar con gratitud a mi padre y a mi madre, que me dieron la vida. Y, pensando en mis padres, quiero dar las gracias muy concretamente a Dios, Señor y Fuente de la vida, por este primer y fundamental don de la vida (17-V-95).

Será precisamente en esos meses cuando Polonia recobre la independencia, con los tratados de Versalles (1919) y Riga (1921) que, respectivamente, la liberaron de la dominación austriaca y rusa.

Nací en una época de guerra y no fui consciente de esa realidad, pero siempre he tenido una gran admiración por aquellos que ganaron aquella guerra (3-I-98).

Su padre, también de nombre Karol, nació en 1879 y tiene unos 40 años cuando nace su hijo. Desde 1904 es oficial administrativo en los cuarteles del ejército en Wadowice, una pequeña ciudad de quince mil habitantes en el sur del país.

Mi padre era digno de admiración y casi todos mis recuerdos de infancia y adolescencia lo tienen a él como referencia (NA 13).

La gente suele vitorear al papa, «¡Que viva el papa, que viva el papa muchos años!». Y espontáneamente me viene al pensamiento la mujer, la madre que me dio a luz. Si estoy en el mundo es porque ella me dio la vida. Por supuesto, también el padre, pero la gran carga de transmitir la vida es sobre todo de la madre (13-VI-87).

Su madre se llama Emilia Kaczorowska. Tiene 36 años cuando da a luz a Karol, pues nació en 1884. En el momento del parto, al parecer, le pidió a la comadrona que «abriera la ventana para que los primeros sonidos que llegaran al oído del recién nacido fueran las canciones en honor a María, madre de Dios, por lo que la partera se acercó a la ventana y la abrió de par en par. De repente, la pequeña habitación se inundó de la luz y de los cantos de la liturgia vespertina del mes de mayo provenientes de la iglesia de Nuestra Señora, situada justo enfrente de su casa» (SS 23). Al cabo de poco más de un mes después del nacimiento, el 20 de junio, fue bautizado por el capellán militar, el padre Franciszek Zak, y recibió el nombre de Karol (Carlos) y Jozef (José).

Sabemos lo importante que son los primeros años de vida, la infancia, la adolescencia, para el desarrollo de la personalidad humana, de su carácter. Precisamente estos años me unen indisolublemente a Wadowice, la ciudad y sus alrededores. Cuando echo la mirada atrás para observar el largo viaje de mi vida, me doy cuenta de cómo el ambiente, la parroquia, mi familia, me han llevado a la pila bautismal en la iglesia de Wadowice, donde el 20 de junio 1920 se me dio tanto la gracia de ser un hijo de Dios como la fe en mi Redentor (7-VI-79).

Hoy quisiera dar las gracias por el don de la vida divina recibida en la pila bautismal, en la iglesia parroquial de Wadowice. Con el sacramento de la regeneración por el agua en el Espíritu Santo comenzó en mí esta nueva vida, sobrenatural, que es el don del mismo Dios, un don que trasciende la dimensión de la existencia natural (17-V-95).

Doy gracias al Señor por la primera unción con el sagrado crisma, que recibí en mi ciudad de origen, Wadowice. Eso sucede con ocasión del bautismo. A través de esa purificación sacramental, todos somos justificados e injertados en Cristo. Recibimos por primera vez también el don del Espíritu Santo. Precisamente, la unción con el santo crisma es el signo de la efusión del Espíritu que da la nueva vida en Cristo y que nos hace capaces de vivir en la justicia divina (AA 42-43).

Estoy convencido de que jamás en ninguna fase de mi vida mi fe ha sido un mero fenómeno «sociológico», que derivaba simplemente de las costumbres y la forma de ser de mi entorno. Es decir, una fe definida por el hecho de que los que me rodeaban «creían y actuaban así». Nunca consideré mi fe como «tradicional», a pesar de que he desarrollado una admiración creciente por la tradición de la Iglesia y por esa parte viva de ella que ha nutrido la vida, la historia y la cultura de mi país. Sin embargo, considerando con la mayor objetividad posible mi fe, siempre me pareció que no tenía nada que ver con ningún tipo de conformismo, sino que nació de lo más profundo de mi «yo» y que fue también el resultado de los esfuerzos de mi espíritu por buscar una respuesta a los misterios del hombre y del mundo. Siempre he visto claramente que la fe es un don (NA 35).

El día de nuestro santo es siempre una oportunidad para que nuestros allegados o los miembros de nuestra familia dirijan su mirada a cada uno de nosotros, a aquel que lleva el mismo nombre del santo festejado. Este nombre nos recuerda el amor de nuestros padres, que, dándonos un nombre, querían en cierta forma determinar el lugar de su hijo en esa comunidad de amor que es la familia. Ellos han sido los primeros que se han dirigido a nosotros con este nombre, y con ellos nuestros hermanos y hermanas, parientes, amigos y compañeros. Y de este modo, el nombre ha trazado el camino del hombre entre los hombres, entre los hombres más próximos y más queridos. Mis queridos padres me dieron el nombre de Karol, que también era el nombre de mi padre. Ciertamente, jamás podrían haber previsto (ambos murieron jóvenes) que este nombre abriría el camino a su hijo entre los grandes acontecimientos de la Iglesia actual (4-XI-78).

Hoy deseo venerar a san Carlos Borromeo, de quien recibí el nombre el día de mi bautismo. Más de una vez he tenido ocasión de hacer una peregrinación a su tumba en la catedral de Milán, así como de visitar los lugares relacionados con su vida, como Arona. Aquí, en Roma, descansa su corazón en la iglesia de San Carlo al Corso, a él dedicada. Esto es un detalle muy elocuente, pues muestra cómo este cardenal y pastor de la Iglesia ambrosiana de Milán fue, al mismo tiempo, un servidor de las causas universales de la Iglesia (4-XI-79).

En casa vive también el primogénito, Edmund, nacido en 1906. Otra niña, llamada Olga, había muerto en 1914, probablemente pocos días después de nacer. Precisamente las complicaciones de este embarazo concluido tan dramáticamente, provocaron las dolencias de corazón y riñones que el 13 de abril de 1929 condujeron al fallecimiento de su madre, Emilia.

No tenía aún la edad de la primera comunión cuando perdí a mi madre, que no tuvo la alegría de ver el día tan esperado por ella: quería dos hijos, el uno médico y el otro sacerdote. Mi hermano era médico y, a pesar de todas las dificultades, yo me convertí en sacerdote (NA 12).

Sobre tu tumba blanca / florecen las flores blancas de la vida. / ¡Oh, cuántos años han pasado ya / sin ti! ¿Cuántos años? / Sobre tu tumba blanca / sellada desde hace años / algo parece levantarse: / inexplicable como la muerte. / Sobre tu tumba blanca, / madre, amor mío apagado, / desde mi amor filial / una petición: / dale el descanso eterno (TL 37).

Cuando escribió los versos de este poema dedicado a su madre, Karol tenía diecinueve años y también había perdido a su querido hermano Edmund, que falleció en Cracovia el 5 de diciembre de 1932.

Mi hermano murió de una virulenta epidemia de escarlatina en el hospital en el que estaba empezando a trabajar como médico. Hoy los antibióticos lo habrían salvado. Yo tenía doce años. La muerte de mi madre se me grabó profundamente en la memoria y, tal vez, todavía más la de mi hermano, debido a las circunstancias dramáticas en que sucedió y porque yo era más maduro. Así me convertí en huérfano de madre y en hijo único relativamente temprano (NA 12).

Ahora Karol tiene como único punto de referencia familiar a su padre, el cual dejó el servicio activo en el ejército en 1927, con una modesta pensión.

A mí, la experiencia de la acción del Espíritu Santo me la transmitió especialmente mi padre cuando tenía vuestra edad. Cuando tenía alguna dificultad, él me recomendaba que rezase al Espíritu Santo. Y esta enseñanza suya me ha enseñado el camino que he seguido hasta la fecha (26-IV-97).

Un día, mi padre me regaló un libro de oraciones entre las que había una oración al Espíritu Santo. Me dijo que la rezase diariamente. Así que desde ese día trato de hacerlo (VL 148).

La pequeña ciudad de Wadowice significará siempre para Karol el lugar de la memoria y de los primeros vínculos afectivos.

Deseo dar las gracias a Wadowice por aquellas escuelas en las que recibí tanta luz, tanto en la escuela primaria como luego en el magnífico instituto Marcin Wadowita de Wadowice (14-VIII-91).

En mi clase de primaria, por lo menos una cuarta parte de los alumnos eran de origen judío. Quisiera recordar ahora mi amistad con uno de ellos, Jerzy Kluger. Una amistad que continúa desde aquella escuela hasta la actualidad. Tengo todavía vivísima ante mis ojos la imagen de los judíos que todos los sábados iban a la sinagoga, situada justo detrás de nuestro instituto (VL 105).

Y la parroquia de Nuestra Señora en Wadowice seguirá siendo para él la cuna de la fe.

Aquí, en esta ciudad, en esta antigua iglesia parroquial, oí la confesión de fe de Pedro por primera vez. Se me ofreció desde el baptisterio y el altar, desde el púlpito y desde la escuela. Envolvía toda la vida de la comunidad cristiana. Esta confesión de fe conformaba la vida, como conforma la vida cristiana sobre todo el orbe. Esta confesión me llegó como un regalo de la fe de la Iglesia. Le dio a mi vida aquella dirección que tiene su inicio en el Padre para abrir, a través del Hijo, en el Espíritu Santo, el inescrutable misterio de Dios. Las manos de mi madre me enseñaron este misterio al juntar mis pequeñas manos de niño para rezar, mostrándome cómo hacer la señal de la cruz, el signo de Cristo, que es el Hijo de Dios vivo (14-VIII-91).

De niños todos esperábamos la fiesta de San Nicolás por los regalos que implicaba. [... ] Recuerdo que cuando era niño tenía una relación personal con él. Por supuesto, como todos los niños, esperaba los regalos que nos traería el 6 de diciembre. Sin embargo, esta expectativa también tenía una dimensión religiosa. Al igual que mis compañeros, tenía veneración a este santo que, de manera desinteresada, repartía regalos a la gente y con ellos les mostraba su solicitud amorosa (AA 101).

Siempre he tenido claro que la Iglesia es el lugar donde se dispensan y se reciben los sacramentos. Desde mis primeros años de escuela primaria, la preparación para la primera Confesión y la Primera Comunión me enseñó que «el sacramento es un signo visible y eficaz de la gracia invisible, instituido por Jesucristo para santificarnos». Es lo que decía el catecismo (NA 209).

Los años de mi infancia y de mi adolescencia transcurrieron en una atmósfera de fe, una fe transmitida y profesada libremente. Yo tenía una conciencia muy viva, a veces incluso aguda, de las «cosas últimas» y especialmente del «juicio de Dios». En mi catecismo de la escuela primaria, las «cosas últimas» estaban incluidas en el capítulo sobre la esperanza cristiana y allí se trataba poco a poco de la muerte, del juicio —particular y universal—, del cielo, del infierno, del purgatorio. En el centro de esta catequesis escatológica se hallaba, o al menos esa fue mi impresión, el juicio de Dios (NA 86).

La liturgia es también una especie de mysterium representado, una puesta en escena. Recuerdo la emoción que sentí cuando, con apenas quince años, fui invitado por el padre Figlewicz al Triduum sacrum, que se celebró en la catedral de Wawel, y yo participé en los oficios, adelantados a la tarde del miércoles. Fue una verdadera conmoción espiritual y aún hoy el triduo pascual es una experiencia conmovedora para mí (AA 101).

Aquí en Italia, los oratorios están muy desarrollados desde la época de san Felipe Neri. En Polonia había otras construcciones que siempre he frecuentado. De niño era un buen monaguillo (25-XI-90).

En mi parroquia de Wadowice, el párroco, muy devoto, nos leía muchas veces pasajes de las encíclicas de Pío XI, pero más que con sus encíclicas, con lo que me quedé fue con que era un papa alpinista. [... ] Os digo esto para recordar el vínculo entre un gran papa italiano que se decía obispo polaco y este obispo polaco que se debe decir papa italiano (21-V-83).