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La autobiografía de Carlos Miranda, enmarcada en el crecimiento personal, fue escrita con el objetivo de compartir su experiencia. El escritor es ejemplo vivo de que sí es posible superar los límites sociales y personales que impiden el desarrollo pleno. Estas páginas dan testimonio de que la vida —con las decisiones que nos llevan a acertar o a equivocarnos, a caer y a levantarnos, a lastimarnos y sanar— es un flujo constante de oportunidades que nos va preparando para la libertad de saber que, sin esperar nada de los demás, cada quien tiene la potestad, incluso el deber, de labrar su destino. Si buscas motivación o inspiración, aquí tienes un ejemplo positivo a seguir. El de alguien que desafió sus creencias limitantes con pasión y perseverancia, asumiendo los obstáculos como oportunidades de crecer.
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Seitenzahl: 105
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Carlos Miranda
© Historias de una vida heroica
Agosto de 2025
ISBN Libro en papel con solapas: 978-84-685-8985-5
ISBN eBook en ePub: 978-84-685-9007-3
Depósito legal: M-15904-2025
SafeCreative: 2507022366568
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
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28045 Madrid
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Dedicado a Jean
Karla
Mindy
Por dar luz a mi camiino
Prólogo
Capítulo I. Nacer en algún lugar del planeta
CAPÍTULO II. La escuela
CAPÍTULO III. La guerra
CAPÍTULO IV. Vivencias I
El tabaco
La pesca
Veo un coche por primera vez
Mi primer viaje a San Salvador
CAPÍTULO V. Nuevo hogar, nueva escuela
CAPÍTULO VI. Amigos
CAPÍTULO VII. Salto educativo
CAPÍTULO VIII. Estudio medicina (la universidad)
CAPÍTULO IX. El renacer
CAPÍTULO X. Mi primer trabajo
CAPÍTULO XI. Vivencias II
Camino de Santiago
Cirugía en vivo
Me lanzo en paracaídas
CAPÍTULO XII. España
CAPÍTULO XIII. Himalaya
CAPÍTULO XIV. Consideraciones finales
Agradecimientos
La vida está llena de desafíos y caminos inesperados. El relato de este libro nos lleva por un viaje extraordinario a través de las etapas de la vida de Carlos, un hombre cuya valentía y determinación le llevaron desde los humildes campos de su infancia hasta los estrados más altos del conocimiento y la realización personal.
Desde muy pequeño, Carlos conoció el trabajo duro, ayudó en el campo para contribuir al sustento de su familia. Sin embargo, su historia no se detiene ahí, porque, gracias a la ayuda de amigos de la familia, tuvo la oportunidad de comenzar su educación, plantando la semilla del conocimiento que más tarde florecería. Sus años de infancia fueron sombríos, marcados por la amenaza constante de una guerra civil que devastó su país durante doce años, pero él no se dejó vencer por la adversidad.
Superando una serie de obstáculos, su sed de conocimiento le llevó a doctorarse en Medicina y especializarse en Traumatología, alcanzando un alto nivel de competencia y reconocimiento en su campo. Su determinación lo impulsó a dejar su pueblo natal en El Salvador y aventurarse, primero a la capital y luego a España, donde ha cosechado grandes éxitos profesionales.
Con una creciente confianza en sí mismo, Carlos ha realizado muchos de sus sueños. Entre ellos destaca su espíritu aventurero, que lo ha llevado a recorrer el Camino de Santiago y el Himalaya en bicicleta, lanzarse en paracaídas, sumergirse en un lago a 4000 metros de altura en una zona de Nepal. Para él cada viaje, cada experiencia, ha sido una lección vivida. Así ha forjado una historia digna de ser contada.
Este libro no solo narra las proezas y los logros de Carlos, sino que también nos ofrece lecciones valiosas sobre la perseverancia, la resiliencia y la capacidad de superar las adversidades más grandes.
Es una historia de vida heroica que inspira y motiva a enfrentarse a nuestros propios desafíos con valentía y esperanza.
José Andrés Salazar
Amigo y admirador de Carlos
«La vida es un bello regalo, disfrútala».
Nací donde debía nacer, en un bello lugar aislado de la civilización moderna. Me adelanté nueve días en llegar a la Tierra, antes de que el hombre caminara por la Luna. Esa hazaña de la humanidad marca mi tiempo en el planeta.
Cuenta mi madre que no avisé ni le causé dolor. Nadie la ayudó en el parto, se asistió ella misma. Nací entre las 5 y las 6 de la tarde, con los ojos bien abiertos. Lloré lo necesario. Se dio cuenta de que era un varón más en ese momento. Más tarde llegó mi padre a casa después de su faena en la tierra y me cogió en sus brazos.
Dos semanas más tarde fue mi padre a la alcaldía del pueblo al que pertenecíamos y me asignó un nombre: Carlos Alberto Torres (ya fallecido). Era el lateral derecho de la selección de Brasil, que se había clasificado para el campeonato mundial de fútbol de Mexico 70 y que ganó de la mano de Pelé. Carlos Alberto anotó el cuarto gol en la final. De allí que soy Carlos Alberto.
Para todos, el lugar donde se nace y se vive la niñez es el lugar más bello del mundo, ¿se han dado cuenta? Donde nací no había electricidad, ni coches, ni escaleras eléctricas, ni casas construidas como las conocemos en la actualidad; solo había mucha naturaleza, poca agua. Es la razón por la que no creció mi interés por darme un baño todos los días. Crecí entre árboles, gallinas, caballos, vacas y cerdos, con poca comida y con mucho amor. Para abastecerse de agua había que caminar unos 300 metros por un camino rústico de piedras sueltas, por donde transitaban caballos y vacas.
A los seis años, apareció en mi vida un personaje que sería muy querido por mí posteriormente. Fijó su mirada en un niño descalzo que hablaba poco y lo que pronunció lo recuerdo perfectamente, porque eso marcó mi vida para siempre. Una noche de diciembre, en casa de mis padres, dijo:
—Este bicho1 —refiriéndose a mí— ya está bueno para que vaya a la escuela y aprenda a leer y escribir. Nos lo llevamos.
¿Nos lo llevamos? ¿Como si se tratara de un animal o un objeto? Sí, «nos lo llevamos y lo mandamos a la escuela». Y me llevaron con ellos. Me sentí aliviado porque con ellos ya vivía un hermano seis años mayor que yo.
¡Escuela! Una nueva palabra para mi léxico a los seis años. Eso dijo el personaje, y desde que conocí la escuela nunca me he apartado de ella, de la enseñanza y el aprendizaje. Desde que aprendí a leer jamás lo he dejado de hacer. He leído de todo. Se volvió una obsesión, leer y aprender, que aún conservo.
Mi madre tuvo seis hijos y solo aprendió a escribir y leer lo básico, dedicó su vida a nosotros. Mi padre no asistió en su vida a la escuela y no aprendió a leer ni escribir, pero sí a educarnos y a darnos una mejor vida. Trabajaba la tierra desde el alba hasta la puesta del sol como nunca más he visto a nadie hacerlo. Fue una inspiración para mí. Desde su partida lo extraño. Mis disculpas por contar esto, las lágrimas han inundado mis ojos.
Seis hijos, yo el último. Desnutrido, sin zapatos y con escasa ropa, a los seis años me encaminaron hacia lo desconocido, lejos de mi hogar, a iniciar el camino de mi vida. He vivido en tantos lugares del mundo que el mundo se ha convertido en mi hogar. He estado en Bolivia o en Alemania, en Estados Unidos o en Tanzania, solo por mencionar algunos.
Entre los hermanos teníamos peleas todos los días por la comida. Nos disputábamos la poca que había, así que comíamos rápido. Nuestro alimento básicamente consistía en tortillas (masa de maíz, con la que se hacen fragmentos circulares que se cocinan en una superficie caliente llamada comal), frijoles (alubias rojas), huevos, arroz y queso. Actualmente me resulta increíble e inverosímil que las madres y abuelas deban correr detrás de sus hijos y obligarles a comer, tienen tanta comida y tan poca hambre... Yo viví lo contrario.
El hecho de que me faltara comida, que tuviera que pelear por ella y buscarla me hizo más fuerte y valorar las cosas, y me ha llevado lejos, muy lejos. Ahora tengo mucha comida a mi disposición y soy muy selectivo en lo que ingiero para conservar la salud y cuidar mi cuerpo, que es un templo. Gracias por lo vivido.
Por favor, madres actuales, no vayan detrás de sus hijos para que coman y no les den comodidades. Cuando tengan hambre ya comerán.
De nuevo vuelvo con el personaje del que les hablaba. Le llamaremos Ramón, esposo de una hermana de mi madre. Fue maestro de escuela durante muchos años, me enseñó las primeras letras, los números y despertó mi interés por las matemáticas de una forma poca usual. Usaba métodos ortodoxos conmigo para que aprendiera las multiplicaciones y aritmética. Me refiero con ortodoxos a dos métodos en particular. El primero consistía en un golpe en la cabeza con la primera articulación interfalángica de tercer y cuarto dedos (eso es, con el puño cerrado) cada vez que me equivocaba al restar, sumar, multiplicar o dividir. El segundo método, un látigo. Este era menos frecuente, y tocaba cuando por jugar olvidaba mis tareas. Eran métodos infalibles, no fallaban, se lo aseguro.
Para que asistiera a la escuela me llevaron a vivir con ellos. Estaba siempre en familia, lejos de mis hermanos, lejos de lo conocido. Llegué a la civilización. El estudio, el conocimiento, la ciencia, la escuela me trajo un mundo nuevo. Me subí a un automóvil, tenían uno en casa. Conocí la electricidad y me dejó perplejo conocer un televisor en blanco y negro, en mi vida había vista algo parecido, una caja enorme con un cable conectado a la pared y unas antenas en la parte superior y por el lado frontal con imágenes que se movían y hablaban. Tenía botones al frente para controlar los canales con números pares del 2 al 12. Conocí, además, una caja mucho más grande con una puerta; tirabas hacia afuera y al abrirla estaba muy frío por dentro. Allí ponían agua en botellas de cristal, leche y nata. En ese momento no entendía para qué servían esos aparatos. Había más, como una caja rectangular de 1,25 m de largo por 0,60 m de alto y 0,50 m de profundidad, con 4 patas con una decoración peculiar. De sus extremos salían sonidos de personas y música. Le llamaban radiola.
Al igual que en la casa donde nací, no había agua corriente, teníamos que recolectarla y traerla a casa del pequeño riachuelo a unos 250 metros en un camino de tierra estrecho con muchas piedras y cargando cuesta arriba. Esa tarea estaba reservada para mí y para ello usaba un recipiente llamado cántaro, que estaba hecho de lámina con capacidad 11,28 l el pequeño, que es el que yo podía cargar. Había uno para el doble de capacidad. Debía hacer tres viajes por la mañana antes de ir a la escuela y de cuatro a cinco por la tarde. La dificultad para obtener el agua hizo que en esa época de mi vida me duchara una vez a la semana. En una ocasión llegué a contar cuatro semanas sin hacerlo...
Los cántaros de lámina, al caerse al suelo llenos, se doblaban y se rompían sus juntas; eso era un grave problema, porque eran costosos y difíciles de obtener y reparar. En una ocasión sufrí una caída con uno a la espalda y se rompió, lo que conllevó un castigo por ser descuidado. Me pusieron el cántaro grande, que lógicamente sobrepasaba mis fuerzas, y lo cargaba medio lleno (más bien lo llenaba hasta donde podía soportar). Lo levantaba desde el suelo y me lo ponía en el hombro derecho. Así caminaba con él cuesta arriba hasta llegar a casa. Se agregaba una dificultad más: al no estar completamente lleno, el agua se bamboleaba dentro, se movía de un sitio a otro, haciendo más difícil el recorrido. Sobreviví.
1 En nuestro lenguaje coloquial, y no de forma despectiva, a todo niño/niña se le llama bicho/ bicha.
«Mira la escuela y la educación como un privilegio, no como un castigo».
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