Hollywood sangriento - Alexis Puig - E-Book

Hollywood sangriento E-Book

Alexis Puig

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Beschreibung

Hollywood también es el escenario de historias trágicas y maldiciones, de crímenes sanguinarios y suicidios inesperados. Desde Rodolfo Valentino hasta los Power Rangers y Glee, James Dean, Sharon Tate, Marilyn Monroe, Bruce y Brandon Lee, la maldición de los Superman, Poltergeist y los protagonistas de Blanco y negro.

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Seitenzahl: 116

Veröffentlichungsjahr: 2022

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HOLLYWOOD SANGRIENTO

HOLLYWOOD SANGRIENTO

Crímenes, rituales y maldiciones en la Meca del cine

Alexis Puig

Ilustraciones de PABLO CANADÉ

Del nuevo extremo

Índice
Portada
Portadilla
Legales
FUNDIDO A NEGRO
1 LA DALIA NEGRA
2 RODOLFO VALENTINO
3 BELA LUGOSI
4 JAMES DEAN
5 MARILYN MONROE
6 SHARON TATE
7 LA MALDICIÓN DE SUPERMAN
8 LAS MUERTES DUDOSAS DE POLTERGEIST
9 VICK MORROW
10 DOROTHY STRATTEN
11 NATALIE WOOD
12 BRUCE Y BRANDON LEE
13 AL ADAMSON
14 ROBERT BLAKE
15 BLANCO Y NEGRO
16 LOS POWER RANGERS
17 GLEE
18 DAVID CARRADINE
19 LANA CLARKSON
20 VÍCTOR SALVA
RESPONSO, A MODO DE EPÍLOGO

Puig, Alexis

Hollywood sangriento : crímenes, rituales y maldiciones en la Meca del cine / Alexis Puig ; ilustrado por Pablo Canadé. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-609-804-5

1. Biografías. I. Canadé, Pablo, ilus. II. Título.

CDD 791.430973

© Alexis Puig, 2021

© 2021, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

Charlone 1351 - CABA

Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Ilustraciones: Pablo Canadé

Diseño de tapa: WOLFCODE

Correcciones: Mónica Piacentini

Compaginación interior: Dumas Bookmakers

Primera edición: octubre de 2021

Primera edición en formato digital: diciembre de 2021

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

ISBN 978-987-609-804-5

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

La muerte no puede ser considerada,

porque si tienes miedo a morir,

no hay espacio en tu vida para hacer descubrimientos.

James Dean

La muerte, el amante final, triunfante.

Bela Lugosi

Prólogo

FUNDIDO A NEGRO

Hollywood es glamour. Alfombras rojas, estrellas, luces, estrenos, grandes marquesinas, entrega de premios, estudios de cine, leyendas, actores, actrices, directores, productores, géneros, películas...

También es el escenario de historias trágicas, truculentas, de ritos y maldiciones, de crímenes sanguinarios y suicidios inesperados.

Hay un costado menos colorido de la industria fílmica, que forma parte del sótano más tétrico de “la Meca del cine”, un ámbito en donde los cuentos de miedo parecen cosas de niños si se los compara con la cruda realidad.

Los Ángeles, una ciudad en donde todo parece brillar, en la que cualquier esquina remite a una escenografía, la casa de Los premios Oscar, el hogar de los grandes Estudios, las colinas en donde se emplaza el mítico cartel, es también la locación en la que terminó el Flower Power. En 1969, cuando el clan Manson bañó de sangre los sueños de paz del hipismo, hubo un punto de inflexión, pero no fue ni por lejos la primera sombra que cubrió el show business californiano.

Mucho antes, la costa Oeste se había horrorizado con el desmembramiento de la Dalia Negra, con las confesiones sobre adicciones del Drácula fílmico de Bela Lugosi, y había llorado la prematura muerte del galán latino Rodolfo Valentino.

Y por supuesto, los ríos de hemoglobina tiñeron Hollywood Boulevard desde aquellos años hasta nuestros días con muertes accidentales en los sets de filmación o con personajes que funcionaron como una condena para sus intérpretes, o accidentes que culminaron con jóvenes promesas de la pantalla grande y muchas otras y variadas atrocidades, demostrando que la fama también tiene un precio que muchos deben pagar.

En mis reiterados viajes a Los Ángeles he tenido la oportunidad de recorrer las locaciones en donde se desarrollaron algunos de los hechos más atroces de la historia criminal californiana, desde las mansiones de los crímenes Tate/LaBianca, pasando por el descampado en donde fue hallada descuartizada Elizabeth Short. Pero ningún lugar me impresionó más que “El museo de la muerte”, un edificio que contiene la mayor colección de recuerdos y pertenencias de asesinos seriales, mesiánicos suicidas y todo tipo de sangrientos suvenires. Ese recinto, adornado en su entrada por calaveras y cargado en su interior de ataúdes, fotografías explícitas y hasta armas utilizadas en abominables crímenes es, si se quiere, la síntesis de lo que convive en muchas de las trágicas historias de Hollywood: sangre, horror y tickets.

Visitar ese museo fue un disparador para sentarme a escribir estas páginas. Toparme cara a cara con una ensangrentada y embarazada Sharon Tate, con el video de la escena que le costó la vida a Vic Morrow, o el cuchillo de John Gacy, el payaso asesino que inspiró a Stephen King a escribir It, me perturbaron mucho más que cualquier cinta de horror extremo. Por eso, en los sucesivos capítulos encontraran descrito el lado menos luminoso del cine, el que no imaginó ningún guionista y nunca tiene un final feliz.

Compartiré con ustedes muchas de las historias que traspasaron las páginas de un libreto, datos del más turbio de los expedientes policiales, hechos que no se encuentran enmarcados en una sucesión de fotogramas sino que rellenan la ficha de autopsia de una fría morgue y que forman parte de la vida real. Acaso la prueba de que aquellas estrellas del séptimo arte que parecen inalcanzables también pueden tener el destino trágico del más común de los mortales.

1

LA DALIA NEGRA

Era una mañana soleada en Los Ángeles. Hacía 15 días que el año 1947 había iniciado su maratón de 365 jornadas para dar la vuelta al sol. Betty Bersinger y su pequeña hija caminaban por el barrio de Leimert Park contando las baldosas que pisaban. De pronto, algo llamó la atención de la mujer. En una construcción abandonada, entre los pastizales, divisó lo que parecían las dos mitades de un maniquí roto. Presa de la curiosidad, se acercó para ver más de cerca. Lo que descubrió, la espantó y acompañó en su memoria hasta los últimos de sus días. Lo que pensaba que era un muñeco en realidad se trataba del cuerpo grotescamente desmembrado de Elizabeth Short, una joven aspirante a actriz que, a partir de ese momento, sería recordada con el mote de La Dalia Negra.

*

Elizabeth Short había nacido en Massachusetts en 1924. Su infancia no había sido fácil; abandonada por su padre junto con sus cuatro hermanas, debió ser criada en un hogar con carencias, por una madre que pasaba poco tiempo en casa.

Con 19 años, logró contactarse con su progenitor y rearmar una relación que le permitió viajar a Los Ángeles en donde él vivía. Más allá de la intención de revincularse con su padre, Elisabeth sabía que teniendo residencia en LA estaría más cerca de los estudios de cine, lo que le permitiría generar contactos, asistir a audiciones y cumplir con su sueño de ser actriz.

La relación entre padre e hija no prosperó, y Elizabeth pululó durante varios años viviendo en hoteles, albergues o casas de amantes ocasionales.

Mientras intentaba abrirse camino en el mundo del espectáculo se mantenía trabajando de camarera. La mayor parte de su salario lo destinaba a comprarse ropa y maquillaje, albergando siempre la esperanza de estar presentable si se topaba con algún cazatalentos de Hollywood en los clubes nocturnos de moda de la ciudad.

*

Cuando la policía llegó al terreno baldío de la Avenida Norton, entre Coliseum y West 39th se topó con un espectáculo dantesco. Un cuerpo femenino desnudo, cortado por la mitad a la altura de la cintura y sin una gota de sangre en su interior (la que parecía haber sido drenada). El rostro de la víctima presentaba una cicatriz que iba de oreja a oreja por sobre la boca formando una siniestra mueca similar a la del Guasón.

El cadáver descansaba sobre el terreno de manera prolija, componiendo una especie de grotesca obra surrealista. El homicida había pensado en una puesta en escena digna del más espantoso filme de horror. El cuerpo estaba tendido de espaldas con las manos por encima de la cabeza y los codos en forma de L. Algunos órganos internos habían sido extraídos (faltaban el bazo, los intestinos y el corazón). El pezón izquierdo había sido mutilado, también faltaba un trozo de muslo (que en la autopsia fue encontrado introducido en la vagina) y tanto las piernas como la cabeza presentaban fracturas (presuntamente ocasionadas con un bate de béisbol).

Tras la revisión de los forenses, lograron armar una ficha de la mujer asesinada y también descubrir los horrores a los que había sido sometida. Las fuertes marcas en sus tobillos y muñecas eran símbolo inequívoco de un cautiverio de por lo menos tres días, durante los cuales había sido torturada de manera salvaje.

Las huellas dactilares permitieron darle nombre a aquellos restos vejados. Elizabeth Short, joven de tez blanca, pelo oscuro, ojos azules, 1.65 metros de altura y 52 kilos de peso. Tenía al momento de ser asesinada 22 años.

*

Los investigadores estaban desorientados, sabían que Short era aspirante a actriz y que solía tener citas con productores de Hollywood, pero no podían imaginarse qué mente perversa podía haber pergeñado tan sanguinaria muerte. Sí tenían claro que solo un experto, con conocimientos profundos de anatomía, habría sido capaz de dejar el cadáver en el estado en el que quedó. Un simple psicópata no habría podido someter el cuerpo a una hemicorporectomía, es decir, seccionarlo por la mitad a la altura de la espina lumbar, en la única parte que puede ser cortada sin romper ningún hueso.

Los diarios de Los Ángeles se hicieron eco del crimen, publicando incluso fotos muy explícitas sacadas del expediente.

Sin embargo, el mayor avance en la pesquisa se dio 8 días después del hallazgo del cuerpo, cuando el asesino se comunicó telefónicamente con el periódico Los Ángeles Examiner y envió a la redacción un paquete con elementos personales de la víctima, incluyendo una libreta con los contactos de las últimas personas que se habían encontrado con la joven.

La policía interrogó la larga lista de acompañantes que Short había frecuentado los meses anteriores, pero todos tenían una coartada. El último hombre con el qué pasó la noche, Robert Manley, un comerciante casado al que conoció en la calle, se sometió a un detector de mentiras e incluso fue interrogado con pentotal sódico (conocido vulgarmente como el suero de la verdad) y superó ambas pruebas.

Para ese momento, los medios ya habían bautizado a la víctima como La Dalia Negra, haciéndose eco del supuesto gusto de Elizabeth Short por usar atuendos de ese color y como referencia a una película muy popular de 1946 titulada La Dalia Azul, protagonizada por Verónica Lake.

*

El asesinato de Elizabeth Short fue el primer hecho brutal, misógino y sanguinario que conmovió a la sociedad de Los Ángeles. Una ciudad que sería desde entonces testigo de muchos más rituales de sangre.

El crimen fue utilizado por esos días como fábula aleccionadora para aquellas jovencitas que soñaban con triunfar en la Meca del Cine. Como una moderna versión de “Caperucita y el lobo”, fue durante mucho tiempo el ejemplo de cómo la inocencia podía ser pervertida.

Han pasado más de setenta años del homicidio y aún no ha sido resuelto. El hecho inspiró libros, series, películas y cada tanto (al igual que con el caso de Jack el destripador) aparece alguien que dice saber quién fue el asesino de la Short.

El último en sumar nuevas pistas y dudas fue Steve Hodel, un exdetective de homicidios, quien en 2013 aseguraba que su padre, un médico llamado George, había sido el asesino de La Dalia Negra. Según sus propias averiguaciones, su padre era responsable de varios crímenes entre los que se contaba el de la muchacha desmembrada. La policía, a pesar de seguir la pista, nunca logró encontrar pruebas convincentes.

El caso sigue abierto y, aunque pocos recuerdan el contexto, en el Hotel Biltmore (el último lugar en donde se vio con vida a Elizabeth) aún se sirve un cóctel llamado La Dalia Negra que contiene vodka, licor de frambuesa negra y Kahlúa. Quienes lo han probado dicen que es una bebida tan amarga como las últimas horas de existencia de la pobre y desafortunada Short.

2

RODOLFO VALENTINO

Cada generación de espectadores tiene su ídolo de la pantalla. En épocas del cine mudo, compartiendo estrellato con luminarias como Charles Chaplin, Lon Chaney o Douglas Fairbanks, encontramos el nombre del primer latin lover del cine, un nombre que es sinónimo de galán aun hoy en día: Rodolfo Valentino.

Valentino había nacido en Italia en 1895 y, tras un prematuro periplo europeo, siendo un adolescente, llegó a Nueva York en 1913, dispuesto a “hacerse la América”.

Su porte, su rostro delicado, ojos rasgados y acento exótico le valieron muchas conquistas entre las damiselas de la alta sociedad norteamericana. Se casó varias veces, e incluso, ya instalado en Los Ángeles, pasó algunos días preso condenado por bigamia.

Valentino era irresistible, y en una industria en pleno crecimiento como el cine, encontró el lugar en donde mejor moverse y explotar sus encantos.

Fue un estanciero argentino en el drama Los cuatro jinetes del Apocalipsis, el filme que lo lanzó a la fama, antes de convertirse en un caíd en El sheik y hasta en un torero en Sangre y arena.

Las mujeres morían por él y los hombres lo envidiaban con fuerzas. Por aquel entonces, en pleno apogeo, muchos tabloides comenzaron a catalogarlo como “blando y afeminado”, una clara muestra del chauvinismo, discriminación y homofobia reinante en los medios de la época.

Pese al mito, no hay pruebas fehacientes de que Valentino fuera homosexual; de hecho, retó a duelo a un periodista que lo describió en una reseña como “un pompón rosa”.

Al no ser un actor de escuela, con más intuición que oficio, se puede decir que la falta de sonido en las películas benefició la performance de Valentino, quien no poseía un buen inglés y contaba con una voz demasiado aflautada.

*

Todavía faltarían varias décadas antes de que se escuchara la premonitoria frase de James Dean: “Vive rápido, muere joven y deja un cadáver bonito” cuando Rodolfo Valentino cumplió con la premisa.