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El Horizonte de sucesos es un bar perfectamente normal en una ciudad de provincias que no podría ser más anodina. Sin embargo, todas las semanas se abre una puerta a lo desconocido cuando un individuo anónimo de aspecto y ademanes decimonónicos narra una historia (que él asegura verdadera) que trasciende los límites de la ciencia y al mismo tiempo resulta del todo plausible. Científicos que decodifican radiación anterior al Big Bang, personas capaces de recordar el futuro, inventores víctimas de su propia creación... todo eso y más desfila por las historias que el Narrador Inverosímil cuenta a su cautiva audencia. Incluida la última, en la que deja de ser el narrador y se convierte en un personaje más. *** Horizonte de sucesos es el ciclo de relatos de Rodolfo Martínez donde este más se acercó a la ciencia ficción dura (en la que las especulaciones técnico-científicas deben estar basadas en ciencia real) y al mismo tiempo es un homenaje a la literatura oral a la manera de la Taberna del Ciervo Blanco de Clarke o Trafalgar de Angélica Gorodischer. «Castillos en el aire», uno de los relatos que lo forman, ganó el Premio Ignotus 1995 al Mejor Relato.
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Seitenzahl: 167
Veröffentlichungsjahr: 2023
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RODOLFO MARTÍNEZ
HORIZONTE DE
SUCESOS
Primera edición eb ebook: Febrero, 201
Segunda edición en ebook: Abril, 2012
Tercera edición en ebook: Junio, 2023
© 2023, Sportula por la presente edición
© 1992, 2005, 2023, Rodolfo Martínez
© 2023, Santiago L. Moreno por «Viaje a los orígenes»
Ilustración de cubierta: Felicidad Martínez
Diseño de cubierta: Sportula
ISBN (tapa dura): 978-84-18878-84-8
ISBN (ebook): 978-84-18878-86-2
D.L: AS 00351-2023
SPÓRTULA
www.sportula.es
SPÓRTULA y sus logos asociados son marca registrada de Rodolfo Martínez
Prohibida la reproducción sin permiso previo de los titulares de los derechos de autor. Para obtener más información al respecto, diríjase al editor en [email protected]
Viaje a los orígenes
SANTIAGO L. MORENO
Conocí a Rudy antes que a Rodolfo Martínez. Eran los años 90 del siglo xx y las añoradas listas de correo funcionaban a todo trapo. Preludio de lo que posteriormente serían las redes sociales, no tenían mucho que ver, ni en tono ni en calidad de comunicación, con esos campos de labranza para el odio que representan actualmente. Frente a la cultura del zasca, frente al fast food, el clickbait y todos esos anglicismos que son la esencia de plataformas como Twitter, aquellos foros parecen hoy un recuerdo de tiempos de la Ilustración. Eran intercambios epistolares realizados a través de internet, en abierto y con mucho contenido, en su mayoría de índole cultural. Literatura, historia, ciencia y un sinfín de temas daban vida a conversaciones largas y elaboradas, siempre con la ciencia ficción como eje central. Te podías pasar un par de horas redactando tus respuestas. Cuando surgían disensiones, los miembros del fandom, eterno semillero de grandes egos, se batían en duelo con el conocimiento como espada.
En esas listas conocí a Rudy, con su dialéctica, un gran bagaje literario y, sobre todo, una inquebrantable fidelidad a sí mismo. Era una persona con las ideas claras, siempre crítica con la presunta superioridad e incluso existencia de una «alta cultura». Me pareció que Rudy tenía muy claro lo que le divertía, lo que le absorbía, e integraba muy bien las cualidades que encontraba dentro de la cultura popular en su discurso. Tras participar en varios hilos con él, me enteré de que no era un participante cualquiera del foro: había escrito relatos e incluso novelas. El fandom de la ciencia ficción es, quizás, en el que más se da ese fenómeno del lector que se pretende escritor, con independencia de la cantidad y calidad que puedan tener sus creaciones, así que me dispuse a leer algo suyo. Por hacerme una idea, ya saben.
Todos hablaban maravillas de una novela más bien breve que había publicado la editorial Miraguano. La solían incluir entre lo más granado de la ciencia ficción española, así que me hice con ella y la leí. Y, demonios, tuve que reconocer que el tipo sabía escribir. La sonrisa del gato era un gran libro, una mezcla muy entretenida de space opera y ciberpunk. Me gustó, así que poco después me aventuré con otro de mayor longitud. Publicado un año más tarde, tenía un raro título que provocaba cierta chanza cómplice en internet. La acción de Tierra de nadie: Jormungand, que así se titulaba, se desarrollaba también en el universo de Drímar, y me volvió a dejar un buen regusto. Estaba claro que Rodolfo Martínez tenía una gran imaginación, diseñaba buenas tramas y poseía un magnífico sentido de la aventura. Era un buen autor de ciencia ficción, además accesible y, lo mejor, le quedaba mucho por escribir. Como futuro lector suyo adicto a la ciencia ficción me las prometía muy felices, pero, ay, en los años siguientes ocurrió algo que yo no esperaba. Lo cierto es que, conociéndole un poco, debería haberlo previsto.
Si Rudy defendía a capa y espada la cultura popular era porque había crecido a sus pechos, leyendo sus libros y tebeos, viendo sus películas. La escritura era un peldaño más en su afición, una plataforma que le daba un acceso alternativo y complementario a aquellas aventuras que lo habían marcado. Además, el nada baladí asunto de los derechos de autor estaba de su parte. Podía profundizar en los territorios explorados en su infancia y adolescencia, ser partícipe de ellos, ampliarlos, jugar con los juguetes ajenos que le habían divertido tanto. Así que empezó a recorrer su geografía a lomos de sus referentes. Conan Doyle, Fleming, Lovecraft, Howard... Primero fue Sherlock Holmes. Escribió nada menos que cuatro pastiches. Tras la premiada La sabiduría de los muertos, retomó al personaje años más tarde en Sherlock Holmes y las huellas del poeta, Sherlock Holmes y la boca del infierno y Sherlock Holmes y el heredero de Nadie. Me empecé a impacientar en serio cuando reinventó a James Bond en otros cuatro libros de carácter fantástico, dos de ellos en colaboración con la escritora Felicidad Martínez: El adepto de la reina, El jardín de la memoria, Los rostros del pasado y La sombra del adepto.
Me indigné, porque los años pasaban y no publicaba lo mío. No me dejó opción, recuerdo que entre una saga y otra me vi forzado a amenazarle. Le hice llegar una nota anónima en la que le informaba de que, si no volvía a la ciencia ficción, airearía un oscuro secreto literario que yo había descubierto y que le tocaba de cerca. Hizo caso omiso, por supuesto, y siguió a lo suyo. Lo cierto es que, fiel a esa revisitación continua a los referentes de juventud que constituyen su sello de identidad, Rodolfo Martínez volvería a la ciencia ficción y al universo de Drímar años más tarde. Afortunadamente, no tuve que esperar tanto. Logré, bastante antes, obtener lo que buscaba. Y como sucede a menudo, por uno de esos golpes de suerte que vienen a tapar los huecos abiertos en el pasado por la propia ignorancia.
En la HispaCon del año 2003, celebrada en Getafe, tuvieron el bonito detalle de regalar discos compactos con los contenidos de algunas revistas de la década anterior. El más suculento era el de BEM, que junto a Gigamesh había sido la gran publicación de los años 90. En el CD se incluían todos los números de la revista, con sus cuentos y artículos. Como suele ocurrirme con estas cosas, los discos estuvieron perdidos durante años, hasta que en una de mis mudanzas aparecieron escondidos en un cajón en el que no recordaba haberlos metido. Revisándolos por fin, me topé, allá por el número 19, con dos cuentos de Rodolfo Martínez. Se titulaban «Visibilidad nula» y «Por delante de su tiempo».
Obviamente, los leí enseguida.
Stricto sensu, no era lo que yo llevaba esperando años, aunque... aunque quizás, después de todo, sí que lo era. Se trataba de cuentos muy breves. De hecho, apenas aportaban peripecia más allá del novum, ese concepto creado por Darko Suvin para explicar la perspectiva diferencial del género. Los dos cuentos eran muy breves y fueron como un aperitivo; necesitaba más. Estaba el asunto de que en ambos se repetían personajes y localización, por lo que aquello parecía ser una serie. Una serie que me recordaba en varios aspectos a una conocida antología de un famosísimo autor inglés.
Seguí avanzando en el disco y comprobé que entre los números 37 y 41 de la revista BEM se publicaban otros cuatro cuentos de Rodolfo Martínez que compartían escenario y protagonistas: «Dábale arroz a media ele», «Castillos en el aire», «Sintonía previa» y «Donde nadie ha llegado anteriormente». El esquema era el mismo en todos ellos. Unos amigos tomaban unos vinos en el local de reunión habitual y veían interrumpida su conversación por un extraño personaje que se entrometía una y otra vez para aportar lo que siempre pasaba a convertirse en el centro del relato. Los modos y el andamiaje sobre el que estaba levantada la serie eran muy identificables. Y sí, era lo que yo había perseguido, los referentes de ciencia ficción que compartíamos. Arthur C. Clarke ponía el modelo e Isaac Asimov el tono en lo que parecía una versión muy personal de los Cuentos de la taberna del Ciervo Blanco. El personaje central, Harry Purvis, era reconvertido siguiendo el modelo del Trafalgar Medrano de Angélica Gorodischer. El contexto lo daban las propias reuniones semanales de Rudy, las tertulias con los amigos de afición que mantiene un joven escritor en la veintena. A esa edad es muy común escribir sobre esos buenos momentos. Por ejemplo, recuerdo que Rafael Marín incluyó reuniones parecidas para principiar Lágrimas de luz a sus veinte años.
Esos seis cuentos y un séptimo titulado «El largo adiós», que fue publicado posteriormente (y que gracias al retraso con el que yo los había encontrado pude leer al poco) formaban en conjunto una antología seriada que, ya desde el guiño de los propios títulos, me pareció una pequeña delicia. La rapidez con la que se les coge cariño a los personajes, esa complicidad inmediata con su incomodidad inicial e interés posterior ante las intervenciones del Narrador Inverosímil, apodo impuesto al petulante intruso; el suspense que crea el método de narración del testigo, a la vieja manera de Lovecraft; el humor tremendamente efectivo, procedente tanto de los protagonistas como de las propias ideas que conforman el centro de los relatos..., todo ello procuraba una lectura realmente divertida, que disfruté de principio a fin. Lo pasé como un mico leyéndolos, ¿pero saben?, no me quedé satisfecho. Porque resultaba obvio que en la cabeza de Rudy quedaban más cuentos que Rodolfo Martínez debería escribir. Y aquí estamos ahora, tantos años después, prologando Horizonte de sucesos con la esperanza de que, en algún tiempo futuro o pasado, de alguna manera, ese misterioso personaje vestido a la antigua, de bigotes puntiagudos, perilla canosa y cabeza calva, aparezca de nuevo y dé testimonio de nuevas historias inverosímiles y sin embargo ciertas.
Y eso es todo.
Bueno, o casi todo. Espero que me permitan añadir una breve coda final. Decía alguien, hace poco, que algún día debería realizarse un estudio serio sobre el efecto que tuvieron sobre los nuevos aficionados españoles los numerosos prólogos y presentaciones de Isaac Asimov publicados en los años 70 y 80. Aquella presunción impostada que rebosaba ingenio, provocaba complicidad y te introducía en la obra con la sonrisa ya ganada era mucho más que un truco literario, era una potente cepa vírica. Creo, en una apreciación que entiendo muy personal, que Rodolfo Martínez es, en gran parte, uno de los grandes herederos de aquellos prólogos y aquella narrativa. Veo el humor y la inteligencia de Asimov en su estilo, en su obra de ficción y en sus artículos. En los cuentos que van a leer a continuación, ese espíritu ameno y divertido está presente en dosis concentradas, es más nítido que nunca. Recuperando a Clarke y a Asimov en su propio lenguaje, Rodolfo Martínez compone una obra tan equívocamente humilde como fresca. Escrita con la pureza de la juventud, sitúa el punto de partida en la ciencia ficción de ideas y en las reuniones de aficionados y el destino final en la diversión sin prejuicios. De hecho, si hay un valor que brilla sobre los demás en estas historias es ese, el alto nivel de diversión que procuran. Tanto, que cuando todos ustedes cierren las páginas de este libro van a lamentar su brevedad y van a desear, como me ocurre a mí, poder asistir a más reuniones en el Horizonte de sucesos.
HORIZONTE DE SUCESOS
1
VISIBILIDAD NULA
La primera vez que vi el sitio me pareció perfecto. Iba con bastante prisa, pero no pude resistir la tentación de entrar a echarle un vistazo. Por dentro era aún mejor: tranquilo, anticuado, acogedor. En cuanto llegué aquella noche a casa, descolgué el teléfono y llamé a Javi:
—A qué no sabes lo que acabo de descubrir.
—Yo qué sé. Que Cervantes y Joyce eran íntimos.
—Ah no, eso no lo sabía.
—Bueno, qué has descubierto.
—El sitio perfecto para nuestras reuniones.
—¿Y eso?
—Es una especie de tasca, o una taberna, o algo parecido. La encontré por casualidad en una bocacalle de Sueve. Adivina como se llama.
—Y a mí qué me cuentas. ¿Tasca Encontrada por Casualidad en una Bocacalle de Sueve?
—Estás simpático esta noche.
—Yo, siempre. ¿Cómo se llama?
—Horizonte de Sucesos.
—No jodas.
—En serio.
Me preparé para un nuevo chiste telefónico que, por suerte, no llegó nunca. Me pasé los minutos siguientes tratando de convencerlo de que no me estaba quedando con él y luego llamé a Pedro para darle la noticia. Quedamos en vernos allí al sábado siguiente.
Y eso fue lo que hicimos. Durante cerca de dos meses, todos los sábados, de cuatro a ocho, los tres nos reuníamos allí, y nos pasábamos la tarde con una botella de tinto. Nos leíamos, nos criticábamos, comentábamos ideas para nuevos cuentos. Como ya he dicho, el lugar era perfecto: anticuado, mal iluminado, sin televisor ni hilo musical. Perfecto.
Supongo, sin embargo, que era inevitable que, llamándose como se llamaba, acabara pasándonos lo que nos pasó. Menuda frase, pero ya está escrita y es inútil que me lamente.
A mí se me había ocurrido una idea para una historia de ciencia ficción y la estaba comentando con Javi y Pedro.
—Así que un tío que se vuelve invisible —me dijo Javi—. Muy original. Aparte de H. G. Wells, Julio Verne y medio centenar de escritores más, no creo que nadie haya tocado nunca el tema, por no hablar de películas, comics, series de televisión, dibujos animados y supongo que hasta barajas pornográficas sobre la cuestión.
—Vale, ya lo sé. Pero lo que me interesa es el aspecto científico del asunto.
—Ah, ya.
—No en serio. Analiza todo lo que se ha escrito sobre el tema. O bien la cosa de la invisibilidad se soslaya por completo, o bien le dan explicaciones completamente absurdas: un suero que te hace transparente, una capa mágica y otras chorradas por el estilo.
—La magia no es ninguna chorrada —apostrofó Javi, en su vena de gurú de lo desconocido.
—Ya, y el chileno magufo de verdad levita varios centímetros todas las mañanas. Bueno, igual sí, ahora que lo pienso. Que el tío tenga poderes es la única explicación para que haya engañado a peña de talento como Moebius y Giménez para que ilustren sus pajas mentales. —Me di cuenta en ese momento de que Javi y Pedro me miraban con cara de «ya está otra vez«, así que tomé un trago, me aclaré la garganta y traté de reconducir el tema que yo mismo había desviado—. Veréis, quiero tratar la invisibilidad desde un punto de vista estrictamente físico. ¿Cómo se puede conseguir que un cuerpo sea invisible a cualquier espectro de la luz?
—Muy simple. Escóndelo en la leñera —dijo de nuevo Javi. Ahora la vena dominante era la de payaso.
—Ja. Hablo en serio.
—Sí, ya me suponía algo así. Ahora dinos, ¿cuál es tu idea genial para hacer que la invisibilidad sea algo plausible?
—Ahí está el problema, que no tengo ninguna.
—Joder. Acabáramos.
—Oye, si supiera como resolver la cosa no os lo preguntaría, escribiría el cuento y os lo leería.
—Bueno, dentro de lo malo, todavía somos afortunados.
—Que te den.
—¿Y por qué no te olvidas de los aspectos científicos y te vuelcas en los psicológicos? —dijo Pedro—. Por ejemplo, en la película clásica de Claude Rains dirigida por James Whale hay una secuencia...
—Sí, eso de los aspectos psicológicos es muy buena idea —lo interrumpió Javi—. Por ejemplo, un tío que es invisible puede defenestrar a su suegra con toda impunidad. Eso sí es un tema interesante; y nunca se le ha prestado la atención debida. Hmmm.
—Es curioso que hayan comentado la defenestración en relación con la invisibilidad —dijo una voz a nuestras espaldas.
Nos volvimos. En una mesa junto a la nuestra había un individuo maduro de rostro alargado que nos miraba inexpresivo.
—¿Decía usted...? —le preguntó Pedro.
El tipo se levantó. Cuando mi bisabuelo era joven, en la época en la que vino de León a currar aquí en la mina, aquella forma de vestir ya debía de llevar varias generaciones pasadas de moda. Se adornaba el rostro, si es que se puede decir así, con un bigote engominado de puntas ligeramente curvas y lleno de canas. Tenía aspecto de llevar ligas en los calcetines y ponerse una redecilla al irse a dormir todas las noches, aunque esto último no lo necesitaba demasiado, teniendo en cuenta el poco pelo que le quedaba.
—Me disculparán ustedes, pero no he podido evitar escuchar su conversación —dijo, al tiempo que echaba a andar hacia nosotros—. Si no he oído mal, discutían ustedes acerca de la posibilidad física de hacerse invisible. —Sin saber por qué, encontré algo de británico en su forma de expresarse. No tenía ningún acento extranjero que lo pudiera identificar como tal, pero su forma de separar las palabras y la pronunciación remilgada con que hablaba me trajeron enseguida a la mente la idea de un squire inglés. Era de esos individuos que pronuncian las equis como equis y las des finales como des y no como zetas, que es lo que haría cualquiera que no viviera al sur de los Picos de Europa, o sea, que no fuese un bárbaro—. También me ha parecido escuchar algo referente a la defenestración. —Otra cosa más, el amigo nunca decía les oí, sino les he oído; exasperante—. Lo cual, como era inevitable, me ha traído a la cabeza la historia del desgraciado profesor Arístides Iguarán.
No pude evitar una sonrisa al oír aquel nombre, que parecía salido directamente de una novela de García Márquez.
—¿Me permiten que me siente?
Pedro hizo como que no había oído nada y Javi masculló algo que nadie pudo entender; seguramente otro intento fracasado de parecer ingenioso. Yo, intrigado, asentí.
—Verán —nos dijo mientras se sentaba—. El profesor Iguarán resolvió con éxito los problemas de la invisibilidad —aquí se permitió sonreír—, sin necesidad de utilizar sueros decolorantes o capas mágicas. Desde otra perspectiva, bien podríamos decir que precisamente lo que inventó fue una capa, aunque no mágica, desde luego, a no ser que hablemos de magia en el sentido en que lo hace Arthur Clarke cuando afirma que...
—Any sufficiently advanced technology is indistinguishable from magic —citó Pedro con voz monótona y el ligero ceceo que aparecía siempre que se ponía pedante.
—¿Mandelocualo? —preguntó Javi.
—La tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia —traduje.
—Ah, vale.
—Eso es —dijo nuestra más reciente adquisición con un solemne asentimiento—. Me alegra estar entre gente bien informada.
Javi cogió la botella de vino y nos llenó los vasos. Pareció dudar unos momentos y luego miró inquisitivamente a nuestro… invitado.
—Si no les importa, preferiría una copa de brandy.
Javi se encogió de hombros.
—Beba lo que quiera, paga usted.
Pedro le pegó un codazo, pero Javi ni se inmutó. Nuestro amigo, por otra parte, sin dar muestras de haber oído, se dirigió a la barra. Volvió con una copa de coñac en la mano. Se sentó de nuevo, se mojó los labios y nos miró.
—Sí. Un hombre interesante, el amigo Arístides. Lástima que tuviera un fin tan desagradable.
—¿Qué tal si nos lo cuenta desde el principio? —sugerí.
