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Premio Ignotus 1996 a la Mejor Novela La primera novela cyberpunk española La estación espacial llamada La Peonza es el silencioso campo de batalla donde varias potencias luchan, por todos los medios a su alcance, por obtener una pieza vital de información. Una malévola inteligencia artificial acabará interfiriendo en el proceso con propósitos desconocidos. Libro imprescindible para comprender la evolución de la ciencia ficción española, La sonrisa del gato es una original mezcla de thriller, cyberpunk y space opera, con personajes inolvidables y un ritmo endiablado; una novela «mestiza» en la que conviven con sorprendente armonía varios géneros distintos. Publicada originalmente en 1995, fue la primera novela de Rodolfo Martínez, pero también la primera novela española cyberpunk: una narración contada con garra y sin miedo a probar nuevos caminos. Veinte años después de su publicación, la historia no ha perdido fuerza y la peripecia sigue siendo fresca y trepidante.
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Seitenzahl: 325
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Rodolfo Martinez
LA SONRISA DEL GATO
Primera edición en ebook: Agosto, 2012
Segunda edición en ebook: Agosto, 2022
Primera edición en rústica: Octubre, 2015
Primera edición en tapa dura: Agosto, 2022
© 2022, Sportula por la presente edición
© 1995, 1996, 2012, Rodolfo Martínez
Ilustración de cubierta: Grandecu
Diseño de cubierta: Sportula
ISBN tapa dura: 978-84-18878-44-2
ISBN ePub: 978-84-18878-43-5
SPORTULA
www.sportula.es
SPORTULA y sus logos asociados son marca registrada de Rodolfo Martínez
Prohibida la reproducción sin permiso previo de los titulares de los derechos de autor. Para obtener más información al respecto, diríjase al editor en [email protected]
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LA SONRISA DEL GATO
1
LOS IRREGULARES DE BAKER STREET
Así que la cagaste.
Confirmo, me pegué al novato que no era, pero cualquier otro en mi situación habría hecho lo mismo. Bajó de la nave adecuada, tenía los aires adecuados y no había ningún otro cerca que se le pareciera. Tenía que ser él. No es culpa mía que llegasen dos naves a la Peonza casi a la vez. Ni que en las dos hubiera un novato que no era lo que aparentaba. Además, tampoco fue precisamente una división por cero. Yo no era el único Irregular que había sido contratado para seguir al sáver y los demás dieron con el gusano correcto y se pegaron a él como pins a un eslot.
Pero tú seguiste a quien no era.
Y podéis estarme agradecidos. De no ser así las cosas habrían ido mucho peor, peri. Así que deja de teclearme; imprimiré el código a mi manera o no habrá código que imprimir. Y no sueñes con obligarme, sabes de sobra que no puedes.
De acuerdo. Sigue.
Eso ya está mejor, peri. Ni errores ni avisos, perfecto. El novato podía no ser un sáver, pero desde luego tampoco era de la Confederación, eso sin la menor duda, cien por cien libre de bichos, ¿confirmas? Aparentemente era un gusano más, un turista despistado acostumbrado a andar por la superficie de un pozo. Su tarjeta de código lo identificaba como un comerciante de chips de personalidad. Buena cobertura: los mejores los frabricamos en la Peonza y ¿a qué otro lugar podía ir un treidinman a buscarlos? No se ajustaba mal a la tapadera: chachareaba como todos, andaba despistado como todos y no hacía nada que estuviera fuera de lugar para un gusano que viene por primera vez a la Peonza. Pero si de algo me sirven todos estos filamentos de memoria es para no perderme detalle. Había cosas en él que no acababan de encajar con el próspero comerciante de Castelganda que decía ser.
Claro, vosotros no lo habríais pillado, podríais haber estado pegados a él durante doscientas traslaciones para acabar pidiéndole disculpas por seguir a quien no era. Pero en cuanto lo vi se me puso la alerta en residente. Era mi novato, era el gusano al que debía seguir, no cabía la menor duda. Por detrás de toda la cobertura estaba ese brillo de desprecio en los ojos, ese aire de superioridad que identificaba a los sáver.
Cómo podía saber yo que mi presa llegaría quince minutos después en otra nave. En cuanto hubo pasado el control de plagas me pegué a él de tal forma que si me hubiera visto habría pensado que era parte de su propio cuerpo. Grabé cada uno de sus gestos, el menor de sus movimientos, hasta las palabras que subvocalizaba sin darse cuenta. No era quien decía ser, pero poco a poco fui viendo que tampoco parecía un sáver. Ya había conocido a otros; algunos, como este, venían a la Peonza bajo una identidas falsa, otros no se molestaban en disimular su condición de ciudadano del Mandato. En parte encajaba con el molde, ya os lo he dicho: el desprecio, la superioridad, eso es típico de los sáver. Pero a sus ojos asomaba algo que jamás había encontrado en otro de su clase: curiosidad.
¿Compilas, peri? Es normal que los novatos se pasen los primeros minutos mirando a su alrededor con la boca abierta, incluso los que vienen del Mandato, pero a estos se les pasa pronto, enseguida dejan de mostrarse interesados, y es lo único que queda en su mirada es el desdén. Mi novato no era así. Parecía deslumbrado ante todo lo que veía. Oh, lo ocultaba bien, desde luego. Para unos ojos no entrenados no había ninguna fisura en su disfraz. Pero hay formas de descubrir esas cosas. Al menos las hay si tienes el hemisferio cerebral izquierdo sustituido por filamentos de memoria y puedes grabar hasta el menor de sus gestos para analizarlos después tan en detalle como quieras. Así que mientras me pegaba a él y lo seguía con los ojos bien abiertos fui examinando todo lo que había hecho desde que bajó de la nave.
La primera vez acabé vomitando; es mareante hasta que te acostumbras, como si tuvieras doble visión. Pero acabas pillándole el truco y con el tiempo te las arreglas bastante bien para distinguir entre lo que sucede en tiempo real y las imágenes enlatadas. Algunos usan un ojo para ver la realidad y el otro para reproducir las grabaciones. Pero no soy partidario de eso: a la larga es peor, acabas perdiendo la estereoscopia y con el tiempo empiezas a no ser capaz de calcular bien las distancias. Lo ves todo en bajorrelieve, sin apenas perspectiva. Preferí aguantar los mareos y las náuseas hasta que pude controlarlos y manejar dos visiones simultáneas sin problemas.
Tu cara revela un intenso interés por lo que te cuento, ¿eh, peri? Sí, ya sé que tengo tendencia a chacharear en exceso, pero ya te lo he dicho, o imprimo las cosas a mi manera o no las imprimo, así que será mejor que finjas que te interesa lo que digo. No es necesario que lo disimules con mucha intensidad. Una expresión de educada expectación será suficiente.
Eso está mejor. Ahora puedo seguir y volver a lo que te interesa, ya verás qué contento te pones.
El novato se pasó toda la mañana dando credibilidad a su tapadera. Contactó con algunos fabricantes y regateó con ellos sin llegar a nada concreto, pero pareció interesado en varios chips y quedó con los fabricantes en la siguiente rotación para fijar un precio definitivo. Es curioso. No sé si eso se ajustaba a su disfraz o el interés del novato era real, pero solo parecía fijarse en chips de personalidades desequilibradas. Hubo uno en concreto que pareció fascinarle: el del caníbal gourmet. Aquello era un fallo en su tapadera, porque fuera de la peonza ese tipo de personalidades no tienen mucha venta. A los gusanos les interesan otras cosas. Pero bueno, eso no es importante. Al mediorrot se fue a su hotel, se metió en su habitación y se quedó en ella el resto de la rotación. Llamé a uno de los chicos para que viniera a relevarme y fui a ver a Con para darle mi informe.
Entonces fue cuando me enteré de, ¿cómo has dicho, peri?, ah, sí, que la había cagado.
Arthur Conan Chandler llevaba diez años viviendo en la Peonza, o según su nombre oficial, en la Estación de Convergencia Número Uno. Aquel era un nombre estúpido, porque no se habían construido más estaciones, y la Peonza llevaba trescientos años girando solitaria alrededor del púlsar del que extraía la energía. Su forma legal de ganarse la vida era la de propietario de un bar llamado Baker Street, pero la policía de la Peonza sabía muy bien (aunque nunca había podido demostrarlo) que la mayor parte de sus ingresos llegaban por medios algo más tortuosos. Los peris nunca habían podido pillarlo en nada ilegal, entre otras cosas porque rara vez se arriesgaba a recoger por sí mismo la información que luego vendía a sus múltiples clientes.
Con el tiempo había llegado a tener un verdadero ejército de ados (a los que llamaba, en sus momentos de humor, los Irregulares de Baker Street) que recorrían la Peonza a sus órdenes, pegándose a los objetivos, metiéndose donde nadie más podía meterse y recogiendo para Chandler cuanto fuera necesario. De ellos, el mejor había sido siempre Memorión, así que era lógico que en aquellos momentos estuviera furioso al ver que su mejor ado la había pifiado hasta el fondo y había seguido a un novato que no tenía nada que ver en el asunto.
—Pero Con —decía el chico—. Era él. Tenía que ser él.
—Memo —respondió Chandler, intentando dominar su furia—, el tipo al que te has pegado no tenía nada que ver con el asunto. Habla con Dedos y lo comprobarás. El verdadero objetivo llegó quince minutos después y Dedos y su grupo lo han estado siguiendo toda la mañana.
—No lo entiendo.
—No tienes por qué entender nada. —Poco a poco, Chandler se fue calmando—. Bien. Quizá podemos salvar algo de este desastre. Muéstrame a tu gusano.
Memo cogió un holoproyector y enchufó el pin de conexión al eslot de su oreja. Chandler contempló intrigado la imagen en tres dimensiones que el chico proyectaba frente a él. En apariencia no había nada raro en aquel individuo. Vestía una larga túnica marrón, una vestimenta que estaba de moda en algunos mundos de la Confederación, y su pelo negro y denso estaba cortado casi al cero. Tenía unos inquietantes ojos azules que nunca parecían parpadear y que habían puesto nerviosos a algunas de las personas con las que había contactado aquella mañana. Chandler carecía de las increíbles capacidades de Memo, pero era un buen observador (tenía que serlo en aquel negocio) así que no tardó en comprender que el error del chico había sido inevitable. El tipo presentaba todos los signos que, a un ojo entrenado, lo revelaban como a un sáver bajo tapadera.
—De acuerdo, Memo. Yo mismo me habría equivocado. Y a lo mejor podemos sacar algo de este.
Memo asintió, complacido. En aquellos momentos, estaba tan deprimido por su pifia y tan aliviado ante la reacción de Chandler, que se sintió impulsado a darle información gratis, algo que en otras circunstancias jamás habría hecho.
—Ese gusano no es un sáver —dijo.
Chandler lo miró con los ojos entrecerrados. Memo podía tener una capacidad de memoria casi total y una habilidad que parecía milagrosa para interrelacionar todo lo que grababa, pero a veces podía comportarse de forma tremendamente miope, como si fuera una especie de sabio idiota. Chandler jamás se lo habría dicho, pero el diminutivo de su nombre era una clara referencia a eso.
—¿Qué quieres decir?
Memo rebobinó la grabación y luego le fue mostrando a Chandler las partes que le interesaban, comentándolas y explicándolas allí donde la sola imagen no era suficiente.
—¿Ves, Con? —dijo, ansioso como un perrillo obediente por recibir un hueso, por pequeño que fuera—. Ningún sáver se sentiría tan fascinado por lo que lo rodea. Es como si nunca en su vida hubiera visto nada igual. Y no hablo de la Peonza en sí, sino de artilugios que también tienen en el Mandato y que deberían resultarle normales. Míralo ante las cabinas de transporte.
—Hmmm. —Chandler se acarició el mentón, cubierto por una dura barba de un par de días—. Sí, es raro. Pero si no es un sáver, ¿qué es?
—Hay algunos pozos en la Confederación que están más desversionados que el resto, ¿confirmas?
—Confirmo. Yo mismo te lo dije. Pero es poco probable que venga de allí si realmente es un comerciante de chips de personalidad.
—¿Y si no lo es?
—De acuerdo, Memo. —Chandler sonrió—. La has cagado, pero has hecho un buen trabajo. Haré que vigilen a tu novato y veremos qué sacamos de él. Pero la presa importante es el sáver. Quiero que esta noche Dedos y tú relevéis a los que están ahora en su hotel y lo sigáis.
—¿Crees que saldrá esta noche?
—Eso espero. Ahora es mejor que descanses un poco. Ah, dame una copia de las grabaciones de tu novato.
Memo se la dio y dejó solo a Chandler, quien se pasó el resto de la tarde proyectando las imágenes y, en ocasiones, congelando y ampliando algunas. Ninguno de sus contactos le había informado de la llegada a la Peonza de alguien así. Que lo ignorasen implicaba que la cosa era más importante de lo que parecía. Y si no lo ignoraban y no le habían pasado la información, el asunto podía ser más grave aún.
Pensó en lo que Memo le había dicho. ¿Un gusano de algún planeta de la Confederación tan atrasado que se mostraba fascinado ante cosas tan prosaicas como una cabina de transporte? No tenía sentido. Si realmente su mundo de origen era tan vetusto, ¿qué podía hacer en la Peonza y cómo se las había arreglado para obtener un código de acceso a ella? No, no acababa de convencerle. Quizá aquel tipo no tenía nada que ver con lo que ahora se traían entre manos, pero era mejor mantenerlo vigilado por si acaso. Tal vez acabase saliendo algo interesante de todo aquello.
El sáver abandonó su hotel a las veintiuna y media, y Memo y Dedos se pegaron a él como si fueran parte de su sombra. Ambos eran buenos en su trabajo, y un observador suspicaz no habría visto en ninguno de los dos nada distinto de un par de adolescentes en busca de juerga. El que parecieran seguir el mismo camino que aquel hombre alto de ceño fruncido y poblada barba castaña no podía ser más que una coincidencia; el tipo se encaminaba hacia los domos, y si los chicos querían divertirse era lógico que fueran en la misma dirección.
El sáver, que se había registrado como Parzeewal M’tune, el mismo nombre que figuraba en su tarjeta de código, se internó en la galería de los domos y pareció deambular por ella sin rumbo fijo. Memo y Dedos, metidos en su papel, lo dejaron seguir mientras se entretenían contemplando alguno de los holoescaparates que había a su paso. Dedos simuló estar especialmente interesado por uno que mostraba a una pareja haciendo el amor en un domo de gravedad cero. Fingió discutir algo con Memo y este negó con la cabeza, no muy convencido. Mientras tanto, su presa casi se había perdido de vista. Finalmente, Dedos se dejó convencer por Memo y se internaron por un pasillo lateral, en una dirección distinta a la que había seguido su objetivo.
Ambos conocían a la perfección tanto esa galería como todas las demás, y acababan de tomar un atajo que los volvería a situar justo a las espaldas de M’tune. Había un mínimo riesgo de que durante el escaso tiempo en que no lo estarían vigilando su presa diera media vuelta y se fuese por donde había venido. Pero era un riesgo calculado.
Regresaron a la galería principal a tiempo para ver a M’tune detenido frente a un holoescaparate en el que se publicitaba un nuevo modelo de androides de placer. El anuncio resultaba sugerente y parecía prometer hacer reales miles de fantasías imposibles. Memo conocía bien el lugar, y sabía que era un sitio cochambroso, con la mayoría de los androides en un estado de funcionalidad mínima y alguno que otro que jamás habría pasado una inspección de calidad. Alguien le había contado que en cierta ocasión uno de ellos se había encallado en mitad del acto, rodeando al cliente con las piernas y apretándolo cada vez más en un cepo mortal. El pobre tipo no había podido ni gritar cuando el androide (que susurraba en un gemido gatuno algo parecido a «dame más, mi amor, dámelo todo») le partió la columna. El dueño se había visto obligado a pagarle al malparado cliente un regeneramiento total de la médula y había conseguido sobornar a duras penas al peri encargado del caso para que no le cerrara el antro.
M’tune, entretanto, había dejado de mirar el escaparate y se dirigía a una de las cabinas de información pública. Entró en ella, introdujo su tarjeta de código en la ranura y al instante quedo rodeado por un cono de aislamiento. Memo hizo un rápido gesto a Dedos y este, sin esperar más, se acercó a la cabina. Los apéndices que le daban el apodo eran tan delgados y flexibles como tentáculos, y mucho más hábiles: apenas necesitó un par de segundos de manipulación en la toma de tierra de la cabina para que una pequeña ventana se abriera en el cono y ambos pudieran atisbar en su interior. M’tune estaba pasando rápidamente el índice, aparentemente sin demasiado interés. Llegó a la marca de acceso restringido y la cruzó sin vacilar. Los códigos de la mayoría de los laboratorios se fueron deslizando ante sus ojos; se detuvo frente a uno de ellos. Memo no podía saber cuál: la holopágina tenía capacidad para media docena de entradas y solo quien la había seleccionado sabía cuál de ellas le interesaba. Finalmente, M’tune asintió y desconectó el terminal. Memo le hizo una nueva seña a Dedos y la ventana desapareció tan rápidó como se había materializado. Los dos retrocedieron unos pasos y fingieron interesarse en uno de los escaparates mientras M’tune salía de la cabina y seguía su camino.
Memo estaba perplejo. La tarjeta de código de M’tune le había dado acceso a las partes más restringidas del índice. Jamás había visto nada parecido en un recién llegado, y mucho menos si este era un fisgón sáver camuflado. Las autoridades de la Peonza eran muy cuidadosas con el nivel de acceso de las tarjetas de código de los novatos: nadie en su primer viaje a la estación podía llegar más allá del nivel B. Sin embargo, M’tune se había aventurado por los recovecos del nivel M como si fuera la cosa más natural del mundo. Inmediatamente se volvió hacia Dedos y le susurró:
—Decántale la tarjeta y bacapéala.
Dedos asintió. Pura rutina. Robarle la tarjeta en un descuido, meterla en el minúsculo lector que llevaba consigo y devolvérsela al novato antes de que tuviera tiempo de echarla en falta. Se acercó a M’tune con indiferencia, de un modo por completo inocente. Sus ágiles dedos hurgaron en los bolsillos del sáver y no tardaron en obtener lo que buscaban. Memo no miraba en su dirección, lo que era una contravención de las normas de seguridad que ambos habían establecido. Acababa de captar por el rabillo del ojo una figura conocida y se había vuelto a mirarla. Dedos, sin prestar atención a lo que hacía su compañero, introdujo la tarjeta en el lector.
Memo dejó de repente de mirar al hombre de la túnica que se paseaba indiferente por la galería y volvió la vista hacia su compañero. Una sirena empezó a aullar y un cono de inmovilidad cayó sobre Dedos. Memo masculló un «mierda» entre dientes y se alejó todo lo que pudo. Desde la relativa seguridad de una esquina vio llegar a los peris, caer sobre Dedos, desconectar el cono de inmovilidad y detenerlo. Poco después llamaban a M’tune y le devolvían la tarjeta, agarraban a Dedos y lo llevaban maniatado a la cabina de transporte más cercana. M’tune los acompañaba, y no parecía muy complacido ante lo que estaba pasando.
De pronto Memo sintió que alguien lo tocaba en el brazo, en un gesto que conocía bien. Se volvió y vio a Ondulante a su lado.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Memo dudó unos segundos. No era asunto suyo, pero antes o después acabaría por enterarse.
—Dedos ha intentado bacapear la tarjeta del novato. Era de máximo nivel.
Ondulante asintió sin que hicieran falta mayores explicaciones.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Memo.
Ondulante señaló con un gesto del mentón a su izquierda. Memo volvió a ver al hombre que había desviado su atención del trabajo de Dedos.
—Mierda —masculló de nuevo.
2
AY DE TI SI FRACASAS
Así que volviste a cagarla.
Peri, estás overfluyendo. Cualquier otro se habría equivocado en mi lugar. ¿Cómo podía saber que un novato tenía una tarjeta de máximo nivel? Solo los góber y algún cienti muy importante pueden hacerse con una. ¿Un novato, por muy espía que sea? No procesable, chico. La tarjeta tenía que ser falsa, o se la había robado a alguien, así que le convenía enredarse con los peris de la Peonza tan poco como a nosotros.
¿Lo seguiste?
Si me llaman Memo es por mi memoria total, no porque sea tan estúpido como vosotros. Claro que no lo seguí. Podían haberse ido a cualquier comisaría, yo no tenía forma de saber cuál.
Además, estaba demasiado nervioso. Íbamos tras dos novatos sospechosos y de pronto los dos estaban en el mismo sitio. Había algo que olía muy mal en aquello, y lo único que podía hacer era volver donde Con y contárselo todo. Ondulante había perdido al de la túnica, así que regresamos a Baker Street.
Chico, parecía que Con acabase de perder hasta su último óscopo. Estaba fuera de sí. Eso me puso la alerta en residente otra vez. Era muy difícil alterar a Con, ¿compilas? Ya había visto fracasar sus operaciones otras veces y nunca había reaccionado así, aunque con algunas de ellas pudiera haber ganado varios megaóscopos. Dos novatos sospechosos que llegaban el mismo día, uno de ellos con una tarjeta de máximo nivel, y Con como una ia ia oh! a la que le quitan el chip de seguridad. Aquello olía peor que el output de un biolabo.
Aguanté la bronca de Con como pude y luego este se fue a hablar con su legalista, a ver qué posibilidades había de sacar a Dedos del talego. Con es así. Nunca deja colgado a uno de los suyos. Y no es por miedo a que canten. Se preocupa por nosotros, ¿compilas, peri? Ná, qué vas a compilar. Me quedé solo en mi habitación, y estaba cagado. Lo que hiciera salirse de sus casillas a Con podía acabar conmigo. Y cuando tengo miedo solo puedo hacer una cosa: enchufarme en la red y tratar de averiguar algo. Otros se ponen a comer como cerdos o a gritar como locos.
¿Y qué averiguaste?
Te gustaría saberlo, ¿eh, peri? Ya lo creo que te gustaría. Averigüé muchas cosas, sí, señor, puedes apostar tu culo gordo de peri a que me enteré de unos cuantos asuntos.
Devaru Yasir ibn al-Sampeyan se sentía presa de dos sentimientos encontrados. Cuanto veía a su alrededor lo llenaba de pavor y repugnancia, pero también de una curiosidad y fascinación casi sin límites. Comprendía que Dios era sabio y que aquello no era más que parte de una prueba, pero a veces dudaba de tener la fortaleza suficiente para superarla.
No era su primera misión en territorio enemigo. Había pasado dos años espiando a la Confederación en su planeta capital, Mundoálbrez, pero aquella experiencia no lo había preparado para enfrentarse con lo que le rodeaba. Aun siendo decadentes y corruptos, los ciudadanos de la Confederación tenían el buen juicio suficiente para imponerse límites. Podían jugar con los genes de otras especies, pero su propio código era tabú; podían construir inteligencias artificiales cercanas a la consciencia, pero la propia consciencia era una barrera que jamás se atrevían a traspasar.
Sin embargo, allí, en aquella Babel, en la Sodoma de Sodomas por la que ahora paseaba, todas las restricciones habían sido eliminadas. Los humanos manipulaban sus propios genes con la misma despreocupación con la que contaban un chiste o se dedicaban al sexo, hacían caso omiso de las restricciones de Herbert-Brin y construían máquinas pensantes conscientes de su propia existencia.
Y peor aún, el maridaje del infierno: la fusión entre humano y máquina. Llevaba dos horas paseando por la Peonza, contactando con los vendedores de chips de personalidad y ya había visto al menos media docena de monstruosidades en las que la carne, el metal y el plástico convivían sin solución de continuidad.
La misma profesión que había elegido como cobertura no podía ser más abominable: traficante de chips de personalidad, minúsculas plaquitas que insertadas en el conector del córtex permitían a su usuario fingir ser quien no era. Uno podía convertirse en atleta, espía, asesino, podía retorcer su sexualidad y atreverse a disfrutar de placeres que jamás habría osado probar sin el chip implantado. Mientras deambulaba por las galerías había musitado la letanía de autoafirmación al menos veinte veces: Solo Dios es Dios. No tendré más Dios que Dios. No imitaré al Creador. Aquel lugar tenía que ser destruido, borrado de la faz de la galaxia. Y algún día lo sería, algún día las Legiones de Dios desencadenarían la Ikrisimesi sobre la galaxia y destruirían las abominaciones a sangre y fuego.
Sin embargo, apenas contenida, la fascinación asomaba a sus ojos. Jamás había visto nada igual; toda esa libertad, toda esa creatividad trabajando sin barreras, aunque fuera al servicio de un propósito obsceno.
Había contactado con cuatro vendedores de chips y se había mostrado interesado por los productos de un par de ellos. Sin saber muy bien por qué, había mostrado cierta predilección por los chips de personalidades desviadas. Cuando uno de los vendedores le enseñó una demo del Caníbal Gourmet apenas logró contener el brillo en sus ojos. Tan inquietante, tan extravagante, tan falto de moralidad y remordimientos. Pese a su repugnancia, no pudo evitar pensar que era una obra de arte.
Mientras volvía al hotel reparó en un adolescente que paseaba no muy lejos de allí. Le parecía haberlo visto antes, aunque teniendo en cuenta su aspecto anodino y carente de rasgos acusados bien podía estar confundiéndolo con cualquier otro. El muchacho deambulaba por la galería sin rumbo fijo, deteniéndose ante los escaparates, sin permanecer demasiado tiempo cerca de ninguno de ellos. Devaru se encogió de hombros y siguió su camino.
Cerca de allí había una cabina de transporte. Se detuvo unos instantes a su lado y luego siguió su camino. Aquella era una obra que el propio Dios habría aprobado: un inteligente aprovechamiento del efecto túnel a nivel macroscópico para abolir las distancias. Por supuesto, el transporte solo era instantáneo en pequeños trayectos, tales como una estación espacial o un planeta. Le habría gustado probar una de las cabinas, pero decidió que no era el momento. Prefería ir caminando, el hotel no estaba muy lejos y todavía tenía que familiarizarse con aquella curiosa estructura llena de infieles.
Llegó al hotel y volvió la cabeza justo cuando estaba a punto de cruzar la puerta. Lo que distinguió fue demasiado rápido y borroso para estar seguro, pero tuvo la sensación de que se trataba del adolescente de las galerías. Probablemente se equivocaba, pero no estaría de más tomar precauciones.
Comió y cenó a solas en su habitación, de forma frugal y sin disfrutar demasiado de la comida. Luego, se arrodilló frente a la cama y le pidió ayuda a Dios. Sabía que Dios solo lo ayudaría si él mismo se ayudaba, pero una vida de hábitos había arraigado demasiado fuertemente en él, y la oración nocturna formaba parte de ella.
Recordó la entrevista con Dios, en Su enorme y vacía sala, poco antes de partir de Nod para sumergirse de nuevo en aquella caótica y degenerada galaxia.
—Me has servido bien en Mundoálbrez —había dicho aquella voz casi sin inflexiones pero tremendamente poderosa que salía de la máscara plateada—. Y espero que Me sirvas aún mejor.
La mano enguantada le tendió una tarjeta de código y una copia impresa de los datos a los que debería ajustarse su nueva tapadera.
—Debes ir a la Convergencia y transitar por la Peonza. Será duro, mucho más duro que tu estancia en la Confederación, pero sé que no fracasarás.
Devaru asintió, incapaz de hablar ante aquella presencia calma y poderosa que parecía llenar la inmensa sala.
—Se va producir un encuentro de vital importancia para Mis planes. Seguirás a una de las partes y, cuando sea el momento, te harás con la información que se van a intercambiar. No dejarás huellas tras de ti.
Todos los que hubieran tenido acceso a la información que Dios buscaba debían morir, comprendió Devaru. Asintió de nuevo.
—Esta será tu prueba más importante, la definitiva. Ay de ti si fracasas. Pero si tienes éxito obtendrás la mayor recompensa a que puede aspirar una de mis criaturas.
Devaru deglutió con esfuerzo. ¡Vería la cara de Dios, si triunfaba vería el rostro de Dios! Salió de la sala exaltado, lleno de vigor, con un ímpetu imparable.
Al recordarlo ahora, fascinación y repugnancia desaparecieron, y solo quedó una ineludible voluntad de triunfo que lo hizo sentirse imparable.
Los datos de Dios sobre el hombre al que tenía que seguir eran precisos, y no le costó mucho dar con él. Deambulaba por las galerías, aparentemente sin rumbo fijo, y Devaru lo imitó. En cierto momento se detuvo frente a una de las cabinas de información y se encerró en el cono de aislamiento que esta generaba. Vio que dos muchachos se acercaban a ella y hacían algo con la toma de tierra. Uno de ellos le resultaba desconocido, pero en el otro reconoció al adolescente de aquella mañana.
Devaru miró a su alrededor. La galería estaba llena de adolescentes que parecían ir a sus propios asuntos, deambulando entre los adultos y, ocasionalmente, dirigiéndose a ellos. ¿Lo seguía alguno? Imposible decirlo. Había estado alerta todo el trayecto, pero sus seguidores podían haber actuado con suficiente pericia para que él no se hubiera dado cuenta.
En ese momento, su presa salió de la cabina y Devaru masculló algo entre dientes. Había perdido demasiado tiempo pensando y no había podido usar el penetrador para ver lo que ocurría dentro. Si ahora su presa usaba una de las cabinas de transporte, Devaru lo perdería. Tenía grabada su configuración física en el rastreador, pero tardaría demasiado en volver a encontrarlo si saltaba y para entonces quizá fuera demasiado tarde.
No, no puedo fracasar, pensó desesperado. Echó a andar hacia él, buscando alguna forma de descubrir adónde se dirigía. Los dos adolescentes también lo seguían, pero si Devaru no hubiera estado sobre aviso jamás lo habría sospechado. Eran hábiles, tremendamente hábiles, y quizá él mismo tuviera otros dos iguales pisándole los talones.
Apenas tuvo tiempo para seguir considerando el asunto. Uno de los jóvenes se acercó a su presa y, con un gesto despreocupado, deslizó la mano en su bolsillo. Cuando la sacó sostenía lo que solo podía ser su tarjeta de código. La introdujo en un aparato no mayor que su mano y tecleó algo en él.
En aquel momento, el infierno se desató y, durante unos instantes, el pánico se apoderó de Devaru. Una sirena empezó a aullar y un cono de inmovilidad cayó sobre el chico. La policía hizo acto de presencia casi enseguida y Devaru se relajó, comprendiendo qué había ocurrido.
El otro adolescente, el que lo había seguido aquella mañana, se alejó del lugar de los hechos mientras la policía se llevaba a su compañero y al individuo que Devaru seguía. Irían a una comisaría, pero ¿a cuál?
Devaru vio que el muchacho que aún estaba en libertad se acercaba a otra persona. Parecía alguien nobín, a juzgar por su estudiada carencia de identificadores externos de género, ya fuese en su aspecto, ya en sus movimientos y gestos.
¿Se trataba de un encuentro casual o le nobín había estado siguiéndolo a él? Por más que intentaba recordar, Devaru no pudo localizar su cara entre las que había visto cuando había mirado a su alrededor.
Sin pararse a pensar, saltó hacia la cabina de transporte más próxima. Tecleó un destino al azar. No era suficiente, quizá tenían medios para seguirlo. Salió de la cabina y echó a correr, perdiéndose en la multitud. Unos metros más allá encontró otra cabina y volvió a saltar al azar.
Se detuvo y miró a su alrededor. El lugar estaba casi vacío y aquello lo convertía en un blanco demasiado evidente. Echó a andar, fingiendo una tranquilidad que no sentía, e intentó que sus pensamientos fluyeran con calma. Tenía que averiguar el paradero de su presa; sin duda había buscado el lugar al que deseaba ir en la cabina de información, y los dos adolescentes lo habían estado espiando. El muchacho que lo seguía debía saber adónde pensaba dirigirse o al menos tendría una idea aproximada.
Devaru sacudió la cabeza. Sí, era arriesgado, pero no podía hacer otra cosa. Volvió a la cabina de la que acaba de salir y marcó la combinación de la galería en la que había estado.
Salió y miró a su alrededor. A lo lejos vio la esbelta espalda de le nobín y, a su lado, más bajo y rechoncho, al muchacho que lo había estado siguiendo. Echó a andar hacia ellos, procurando mantener las distancias, pero lo bastante cerca para seguirlos con comodidad. Si usaban una cabina de transporte los habría perdido, pero era lo único que podía hacer.
Tuvo suerte. Fueron caminando la mayor parte del trayecto y luego usaron una de las cintas de plastifluido para seguir su viaje. Se detuvieron en la zona de los bares, frente a un local en cuya enseña se veía el perfil aguileño de un hombre con una pipa en la boca y, bajo él, las palabras «Baker Street». Los dos jóvenes entraron en el local y le nobín volvió a salir casi enseguida.
Devaru no se atrevió a entrar. Mientras esperaba al muchacho, ajustó su rastreador para captar la configuración específica del joven.
Este salió media hora más tarde. Devaru apuntó el rastreador hacia él y el aparato le lanzó un guiño de luz verde. Lo dejó perderse entre la gente y, guiado por el rastreador, Devaru empezó a seguirlo.
Se detuvo frente a un grupo de viviendas de aspecto no muy próspero y entró en una de ellas. Apostado al otro lado de la calle, Devaru consideró sus opciones. De pronto recordó sus vacilaciones a la hora de probar una cabina de transporte y el modo en luego se había abalanzado sobre una de ellas casi sin pensar. No pudo evitarlo, y una risa sorda y apenas audible sacudió su cuerpo.
Ah, mi Dios, pensó. Eres tan sutil.
3
EL ASUNTO SE LE ESCAPABA DE LAS MANOS
Decidiste investigar a Chandler, ¿no es así?
Tu perspicacia es casi infinita, peri. ¿Qué otra cosa podía hacer? Intentarlo con el sáver era una locura. Si tenía una tarjeta de código de máximo nivel, los hurones de la red me habrían dejado frito en cuanto intentara escarbar un poco por su librería. Con era otra cosa. Tenía una tarjeta oro nueve, un nivel de seguridad alto, pero franqueable. Y lo conocía lo suficiente para poder moverme con cierta comodidad por su vitaespacio. Las trampas del sistema eran pan comido, y las que él hubiera podido instalar no representarían una gran dificultad. Eso creía yo. Demonios, nunca había visto una ouróboros de tal magnitud protegiendo unos datos privados. Ni siquiera los labos tienen algo tan sofisticado y agresivo. Traspasar sus defensas era casi imposible e intentar que dejase de morderse la cola para deslizarse a través del hueco era peor aún; era inútil. No creo que hayáis visto nunca nada igual. Era una ouróboros múltiple y autorreplicante. Pareces muy divertido. ¿Qué te hace tanta gracia, peri?
Nada. Sigue.
He visto esa mirada muchas veces y no me gusta nada, pero confirmo. Seguiré. Me costó toda la rot traspasarla, y cuando lo hice vi que no era más que el primer bastión de sus defensas. Buceé casi mediarrot por el sistema y al final lo que saqué no fueron más que migajas. Quizá no sea un genio, pero tengo el don de la memoria total y conozco todos los trucos de los mejores piratas de la red, especialmente los de Vaquero. No sé quién dijo que la inteligencia era un noventa por ciento de memoria y un diez por ciento de intuición y experiencia (en realidad sí sé quién lo dijo, claro, no te lo voy a dar todo masticado) pero tenía razón. No hay un solo pirata de la red que se me pueda comparar. Ningún sistema de datos se puede resistir a mis manejos. Pero el vitaespacio de Con… ni hablar.
Así que no conseguiste nada.
Oh, te equivocas, claro que conseguí algo. Datos triviales, en su mayoría, pero alguno servía. Conseguí traspasar la ouróboros, al menos en parte, y pude echar un vistazo a alguna de las librerías. Aquello era el caos. No solo estaba randomizado, bastaba que buscases algo en concreto para que fuera lo que menos probabilidades tuviera de aparecer. Así que tuve que conformarme con echar un vistazo al azar. Mucha cháchara, desde luego, mucho blablablá que no llevaba a nada. Pero algún dato interesante, algún pequeño y jugoso bocadito de información. Di con algunas cosas intrigantes, pero nada demasiado importante.
Además, para entonces tenía la sensación de que todo cuanto pudiera encontrar estaría en regla, más o menos, así que no me molesté en mirar muy a fondo. Lo importante no era eso, no eran los datos concretos. Si el dueño de un bar de mala muerte y propietario de una red de husmeaje no muy importante tenía todas aquellas restricciones en su vitaespacio, significaba que no era quien parecía, ni mucho menos. Con era un pez gordo y por algún motivo que yo ignoraba prefería ocultar su verdadera importancia.
Bueno, no podía pasarme toda la noche buceando al azar en espera de que apareciera algo interesante por casualidad, así que decidí cambiar de método. Con era importante, y el sáver tenía que serlo para él, o no habría reaccionado de esa forma ante la pérdida de su rastro.
