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Mientras huye de la guardia de la ciudad zamoria en la que ha estado robando, el joven Conan se encuentra con las ruinas de una extraña ciudad. Osado, ambicioso y aún inexperto en los vericuetos del mundo civilizado, se interna en la ciudad en busca de fortuna, ignorando que no está solo y que quizá lo que aceche en ella sea algo letal. En este relato, y como anticipo de su próxima novela de Conan Bajo la enseña de la Tigresa, Rodolfo Martínez toma la sinopsis de un relato que Howard nunca llegó a desarrollar y da su propia versión de la historia, como otros hicieron antes que él.
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Seitenzahl: 57
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Rodolfo Martínez
Robert E. Howard
POLVO ENTRE
LOS DEDOS
Primera edición: Setiembre, 2023
© 2023, Spórtula, por la presente edición
© 2023, Rodolfo Martínez, por el texto
© 2023, Rodolfo Martínez por la traducción de la sinopsis sin título de Robert E. Howard
Diseño e ilustración de cubierta: Sportula
ISBN: 978-84-127494-4-1
SPÓRTULA
www.sportula.es
SPÓRTULA y sus logos asociados son marca registrada de Rodolfo Martínez
Prohibida la reproducción sin permiso previo de los titulares de los derechos de autor. Para obtener más información al respecto, diríjase al editor en [email protected]
POLVO ENTRE LOS DEDOS
1
La muerte golpea dos veces
Las antorchas trazaban caminos caprichosos entre la alta hierba del fondo de la garganta, como si sus portadores recorrieran un laberinto invisible. Altos farallones de piedra se alzaban a los lados, iluminados por la luz distante y burlona de la luna.
Néstor alzó la tea mientras volvía la vista para contemplar los puntos de luz a sus espaldas, que la hierba convertía en fantasmas indecisos. Maldijo una vez más su suerte por haber estado de guardia aquella noche, apretó los dientes y siguió adelante. No le gustaba aquel lugar; lo hacía sentirse atrapado, y tenía la sensación de que se adentraban en una ratonera que se cerraría sobre ellos cuando menos lo esperasen.
Añoraba los espacios abiertos de su Gunderia natal, aunque procuraba no pensar en ello. Había abandonado su tierra siete años atrás llevado por un ansía que en aquel momento no había comprendido y que incluso ahora le resultaba difícil definir. Como fuera, sus años de vagabundeos lo habían acabado llevando a la ciudad zamoria de Mirasha y allí había encontrado inesperadamente un empleo estable y, en general, satisfactorio.
A veces se decía que se estaba volviendo blando, que la vida en la guarnición de la ciudad, ocupándose de trifulcas de borrachos, hurtos menores y riñas domésticas, lo estaba convirtiendo en un pelele acomodaticio. Antes o después, se decía, tendría que sacudirse el polvo de los hombros y volver a ponerse en camino.
Mejor si era antes que después. Aunque no iba a ser esa noche, eso parecía bastante claro.
Miró de nuevo hacia lo alto. Las paredes de la garganta se estaban estrechando, y el cielo se convertía en una fina rendija cuajada de estrellas por la que asomaba un extremo de la luna.
No conocía aquella zona, al este de la ciudad, lo que no lo ayudaba a sentirse más tranquilo. Aunque había explorado los alrededores de Mirasha en alguna ocasión, sus pasos nunca lo habían llevado hasta allí. Según sus hombres, la garganta desembocaba en un valle en el que se podían ver las ruinas de una antigua ciudad; tan vieja que ni siquiera recordaban el nombre ni quién la había erigido.
Como él mismo, casi todos los guardias eran extranjeros, procedentes de media docena de naciones distintas, pero había unos pocos zamorios, que se habían intercambiado miradas de soslayo al hablar de la ciudad. Néstor renunció a interrogarlos, acostumbrado al carácter reservado de los naturales de Zamora, pero supuso que había algo turbio relacionado con las ruinas, seguramente alguna leyenda o superstición local.
Vio que no estaban muy lejos del borde de la garganta y redobló el paso. Si Mitra los favorecía no tardarían en capturar al ladrón. Cuanto antes dieran con él, mucho mejor para todos. Volverían a los barracones y dejarían que los magistrados de la ciudad decidieran el destino del prisionero.
Dio un nuevo paso y rozó con el pie algo tendido sobre el suelo. Intentó frenar, pero era demasiado tarde. Su otro pie tropezó a su vez y, antes de poder evitarlo, caía de bruces. Soltó la antorcha y agitó los brazos, tratando de aminorar la caída mientras se preguntaba por qué demonios había una cuerda tendida en el suelo. El golpe contra la tierra cubierta de hierba lo dejó sin aliento un instante. Oyó un rugido lejano, como si las paredes del desfiladero se estuvieran quejando por su torpeza; luego le llegaron los gritos de sus hombres y comprendió que había activado algún tipo de trampa y que se les venía encima un desprendimiento. Luchó por ponerse en pie. Lo consiguió al segundo intento y echó a correr.
Ignoró los gritos que oía a su espalda. Esquivó un peñasco que pasó justo sobre él, solo para que una roca más pequeña rebotase contra el yelmo y lo abollase. El mundo se convirtió en algo borroso que insistía en no quedarse quieto. Parpadeó, confuso, pero no aminoró la carrera. Dio gracias a Mitra por el yelmo y apretó los dientes, luchando contra la urgencia de volver la vista.
Sintió tras él un rugido sordo y retumbante y comprendió que de haber sido un poco menos rápido ahora mismo estaría aplastado bajo un peñasco.
Una lluvia de guijarros le cayó encima, lacerándole los antebrazos desnudos. Una piedra le golpeó el costado y la cota de malla nemedia absorbió cuanto pudo del impacto, aunque le hizo perder el aliento unos segundos preciosos.
Tropezó otra vez. Se las arregló para no caer y siguió corriendo tan rápido como pudo.
No fue consciente de en qué momento dejó de oír el bramido feroz que lo había acompañado durante toda la carrera. El silencio a su alrededor era ahora completo. Sin detenerse, se arriesgó a volver la vista y contempló el desfiladero… o lo que quedaba de él. El polvo se aposentaba poco a poco sobre una improvisada muralla de peñascos y resplandecía aquí y allá a la luz de la luna.
La avalancha había terminado. Había logrado salir. Seguía vivo.
Le costó parar; aminoró poco a poco la carrera y al fin se detuvo. Se inclinó y apoyó las manos en los muslos mientras trataba de recuperar el resuello. Su respiración fue volviendo a la normalidad. El silencio seguía siendo casi total. A lo lejos, un búho ululó de repente como si se quejara de algo y con él regresó el zumbido de los insectos
Al parecer, era el único que había sobrevivido. Además, claro, del condenado ladrón al que perseguían y que sin duda había tendido la trampa que había estado a punto de costarle la vida.
Miró por segunda vez lo que había sido un estrecho desfiladero y se había convertido en un muro de aspecto inestable y amenazante. Volver por donde había venido estaba fuera de cuestión. No le quedaba otra alternativa que seguir adelante.
Se tomó unos segundos para examinarse en busca de alguna herida importante. Tenía los brazos y las piernas llenos de pequeños cortes y arañazos, sentía un intenso dolor en las costillas del costado izquierdo y algo sordo y molesto le martilleaba en la cabeza, pero aparte de eso, estaba ileso.
Desenvainó la espada, contempló una última vez el lugar por el que había venido y, tras dar media vuelta, echo a andar a paso a vivo en dirección al valle que se abría frente a él bajo la mirada distante e indiferente de la luna.
