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INCLUYE CUATRO MAPAS A TODO COLOR En El hueco al final del mundo conocimos Duniya, nuestro planeta dentro de 6.000 años, después de que diversas catástrofes hayan cambiado la forma de los continentes y hayan estado a punto de exterminar a la Humanidad. En estas Crónicas de Duniya descubriremos en detalle la historia de esos seis mil años: veremos alzarse y caer civilizaciones, asistiremos a guerras y a alianzas, contemplaremos migraciones y asentamientos... Y seremos testigos de la Expansión de la Esquirla y el modo en que cambia el mundo una vez más, ahora de un modo sorprendente e imprevisible. Las Crónicas se complementan con un pequeño análisis de la poesía de Alsher Aljiyad y cuatro apéndices (Cronología, Lenguajes, Tecnología, Sociedad) que sirven para ahondar más en el fascinante escenario creado por Rodolfo Martínez para la que es, sin duda, su novela más ambiciosa hasta del momento.
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2024
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RODOLFO MARTÍNEZ
LAS CRÓNICAS DE
DUNIYA
RECORRIENDO EL PASADO DE
«EL HUECO AL FINAL DEL MUNDO»
Primera edición: Setiembre, 2024
© 2024, Sportula por la presente edición
© 2024, Rodolfo Martínez
Diseño e ilustración de cubierta: Spórtula
Ilustraciones interiores: Spórtula
Mapas: Rodolfo Martínez
ISBN (tapa dura): 978-84-18878-56-5
ISBN (rústica): 978-84-18878-57-2
ISBN (ebook): 978-84-18878-58-9
D.L: AS-02532-2024
SPÓRTULA
www.sportula.es
SPÓRTULA y sus logos asociados son marca registrada de Rodolfo Martínez
Prohibida la reproducción sin permiso previo de los titulares de los derechos de autor.
Para obtener más información al respecto, diríjase al editor en
ÍNDICE
LAS CRÓNICAS DE DUNIYA
PRÓLOGO
1 ALMADIN DETASH
2 EL IMPERIO QUE NO FUE
3 LA EXPANSIÓN QANRAMÍ
4 LAS GUERRAS DE LAS REALIDADES
5 DE COMITÉ A ASAMBLEA
6 MAHAT DUI JAHRAM
7 LA EXPANSIÓN DE LA ESQUIRLA
8 comerciantes, mercenarios, artesanos
9 EL ALFABETO DIVINO
10 LOS AMANTES QUE NUNCA FUERON ENEMIGOS
11 el hombre del momento
12 gabat almazar
13 LA MENTE DORMIDA
y el paso elevado
14 LLEGADOS DE NINGUNA PARTE
15 EL PADREÁRBOL DEL MUNDO
16 EL BOSQUE DEL TERROR
17 IREMBE
18 EL HERMANO DÍSCOLO
19 PORTALES VERDUGOS
20 DEMONIOS HAMBRIENTOS
21 LA IGLESIA DEL INEFABLE
22 LA LOTERIA DE DIOS
23 PUKANOKANA
24 AGAR Y DINA
25 EL DESPERTAR DE LA MÁQUINA
EN LA ORILLA DEL VERDE
PRESENTACIÓN
I POEMAS DE JUVENTUD
II POEMAS DE MADUREZ
APÉNDICES
APENDICE A LOS LENGUAJES DE DUNIYA
I ACERCA DE LA TRADUCCIÓN
II SOBRE LA PRONUNCIACIÓN
III CALENDARIOS Y HORAS
IV TEGNEKAR
v TEMBELÍ
Vi QANRAMÍ
Vii TAMASHIL
VIii YAJIMARO
APÉNDICE B LA TECNOLOGÍA DE DUNIYA
I CEREBROS GELIFICADOS
Y MINIATURIZACIÓN
II MENTES ELECTRÓNICAS
Y MINIATURIZACIÓN
III ENERGÍAS EXÓTICAS
IV LA MOLÉCULA DE LA VIDA
V LA BIOLOGÍA DE NABATI-MADI
VI LA EXPANSIÓN DE LA ESQUIRLA Y SUS CONSECUENCIAS
APÉNDICE C LA SOCIEDAD DE DUNIYA
I LOS SISTEMAS POLÍTICOS
II LAS RELIGIONES
III ARTE Y CULTURA
APÉNDICE D CRONOLOGÍA DE DUNIYA
I LOS AÑOS OSCUROS
II DESPUÉS DE LA ESQUIRLA
III EL DESPERTAR
IV EL GRAN AÑO (787)
V TRAS EL HUECO
VI las coordinadoras
del cilindro maestro
MAPAS
No se puede comprender el presente ni enfrentar el futuro sin conocer el pasado. Este hecho obvio ha sido ignorado sistemáticamente a lo largo del tiempo, de modo que a menudo las lecciones del pasado no se han sabido aplicar.
La labor del historiador no es muy distinta de la del detective que, en base a unos pocos indicios, intenta reconstruir no solo lo que ha ocurrido sino por qué sucedió y de qué modo afectó a los implicados. Podríamos decir que los hechos, los acontecimientos desnudos, no son lo más relevante de la historia, sino las causas y las consecuencias de estos.
Cierto es, por otra parte, que resulta imposible conocer con exactitud lo ocurrido en el pasado y que lo mejor que podemos obtener son aproximaciones e interpretaciones de fragmentos inconexos que en ocasiones no se contextualizan del modo adecuado y que siempre van a estar sesgadas, nos guste o no, por nuestros propios prejuicios.
Las técnicas historiográficas se han desarrollado de forma notable en los últimos años, lo que nos permite obtener una imagen más clara y precisa de nuestro pasado… lo que no significa que no esté plagada de errores. Sin duda historiadores futuros corregirán la visión actual y sacarán a la luz nuestros fallos de interpretación… al tiempo que incurren en los suyos.
Estas modestas crónicas no pretenden ser un repaso exhaustivo a la historia de Duniya, siendo esta como es vasta y compleja, sino servir de introducción para quienes, tras haber leído el hueco al final del mundo quieran saber más sobre el lugar en el que viven y de qué modo se llegó, no solo a la situación ahí descrita, sino al presente1.
Existen textos que tratan estas materias más en profundidad y si alguien quiere conocer con más detalle los acontecimientos aquí narrados lo invitamos a que los consulte.
Para el análisis de los diferentes tipos de leyendas de la Era de las Ciudades resulta especialmente interesante el volumen de Shaqial Araq El pasado imaginado. El texto, si bien antiguo, sigue siendo uno de los más perspicaces y amenos ensayos sobre ese tema. Los nuevos descubrimientos y las interpretaciones contemporáneas de ciertos elementos han vuelto obsoletas algunas de sus ideas, pero su sagaz y original acercamiento a los distintos corpus mitolegendarios aún sigue siendo válido en líneas generales y buena parte de sus conclusiones no han sido rebatidas. Sospechamos que no lo serán.
Aunque tedioso, de escritura un tanto morosa y con cierta tendenciosidad, no carece de valor el Tras los Largos Inviernos de Jaqim Daqán. Recomendamossaltarse la mayor parte del voluminoso tomo e ir directamente a su último tercio, donde se realiza un simple recuento de acontecimientos de un modo aséptico y sin apenas comentarios. Aunque algunas de las fechas son discutibles, en general es una guía bastante fiable de lo sucedido en Duniya tras los Largos Inviernos. Nosotros mismos la hemos seguido y consultado a menudo.
Anstred Dérik, en Monstruos y luces, traza un cuadro muy certero de la historia de Elantegnek, con especial atención a Volkenskap, tras la Expansión de la Esquirla. Aunque el libro habla sobre todo de la época de las Guerras Civiles y la llegada de los verjóngers, es un repaso muy interesante de la historia del archipiélago.
Al contrario que otros historiadores tegnekares, que se comportan como si el resto de Duniya no existiera o estuviese deshabitada, Dérik presta atención a lo que ocurre en el mundo, lo cual ayuda a situar en contexto los sucesos de Elantegnek.
Los textos sobre la historia de Almáburaq, Qánram y Alqufar son numerosos y resulta difícil recomendar alguno por encima de los demás.
Sí que nos gustaría mencionar Mientras tanto; una historia de las naciones qanramíes, de la especialista tembelí Haiunapara Kapapire. Puede parecer extraño que recomendemos ese libro por encima de textos de especialistas locales, pero la refrescante mirada de extranjera que arroja Kapapire la permite contemplar de forma desprejuiciada numerosos asuntos y analizarlos con suma ecuanimidad. Es, además, un libro bien documentado, que ha sabido ir a las fuentes, examinarlas a fondo y contrastarlas bien. Por si fuera poco, su tono desenfadado lo convierte en un volumen muy agradable de leer, algo que comparten todos los trabajos de Kapapire.
De la misma autora nos gustaría recomendar su Breve historia de Iratembe, donde analiza el pasado de su propio país con la misma independencia de criterio y mirada crítica con la que examina la historia de las otras naciones.
Encontrar material fiable sobre Yajim es casi imposible incluso en estos tiempos, así queaún hay mucho de esa enigmática nación que permanece en el misterio. Poco a poco, sin embargo, se van abriendo las puertas y la luz va llegando a los rincones oscuros.
Le estamos sumamente agradecidos a nuestra corresponsal Kiuke no Kiyinga por la información que nos ha aportado sobre el pasado de Yajim. Es cierto que buena parte de ella ha resultado imposible de contrastar con otras fuentes, básicamente porque no las hay, pero la trayectoria de honradez y coherencia de la señora Kiuke es de todos conocida, y no dudamos de la veracidad de lo que nos ha contado.
Alqufar desalienta sistemáticamente la investigación sobre Tamashi incluso por los propios tamashiles, así que es difícil encontrar relatos acerca del pasado de esa peculiar región, más allá de ciertas leyendas populares y algún que otro cuento infantil. Hemos sido afortunados por haber tenido acceso al trabajo, aún en curso, de Qial Sharán sobre Tamashi y desde aquí no podemos por menos que loar la valentía de ese estudioso, que ha enfrentado numerosos tabús culturales y trabas legales siempre en busca de la verdad. Excavar en el pasado es a menudo una tarea ingrata, y Sharán es un faro en medio de la noche por su valentía y su elevado compromiso ético.
Si no encontráis lo que buscáis en estos libros, os animamos a que busquéis por su cuenta: explorad, investigad, se arriesgaos. Os aseguramos que merecerá la pena.
Que la Divina Incertidumbre que rige el mundo nos sea propicia a todos.
¡IljáAlyajin!
Son varios los eventos catastróficos que han estado a punto de causar la extinción de la especie humana. El más antiguo que recogen las crónicas, aunque el registro fósil y los escasos restos arqueológicos y paleontológicos indican que hubo otros anteriores2, es conocido como Almadin Detash, el Fin de la Era de las Ciudades, y se calcula que tuvo lugar hace aproximadamente seis milaños.
Apenas sabemos nada de la sociedad humana de esa remota época, de su desarrollo tecnológico o sus costumbres; casi todo su arte y cultura han desaparecido.
Lo que sí han llegado hasta nosotros son numerosas leyendas sobre la Era de las Ciudades y su fin, pero es casi imposible dilucidar cuánto de verdad hay en ellas3.
A partir de las diferentes versiones que desarrolla cada pueblo y mediante el análisis de sus divergencias y elementos comunes se pueden extraer algunas conclusiones y formular varias hipótesis que nos ayudan a establecer los cimientos del edificio que sustentaba ese remoto pasado. Aunque en el fondo seguimos desconociendo su verdadera forma.
La mayoría de las leyendas coinciden en su descripción de la Era de las Ciudades como una Edad de Oro, una época mítica de increíble prosperidad en la que todas las necesidades de la Humanidad estaban cubiertas y el arte, la ciencia y la tecnología alcanzaron cimas nunca igualadas, ni antes ni después. Los detalles concretos sobre esa Edad de Oro varían según quién la describa, adaptándola a sus necesidades y peculiaridades culturales.
Las leyendas desarrolladas en Elantegnek afirman que justo antes del colapso el planeta entero se había unido en una gigantesca megalópolis que se extendía por todos los continentes y hasta había colonizado, bajo el mar, buena parte de las plataformas continentales. Surge así un escenario muy tecnificado, lleno de máquinas imposibles y milagros tecnológicos que, para el ser humano de esa época dorada, eran algo cotidiano y trivial. A menudo se describe en detalle esa sociedad ultratecnológica rebosante de humanidad, se discute su sistema político, el tipo de relaciones amorosas y afectivas, la duración media de la vida, las diferentes clases sociales que la pueblan.
Un subgrupo de leyendas detalla una tecnología de realidad consensuada creada con ayuda de máquinas pensantes autoconscientes donde el ser humano podía descargar su personalidad y correr aventuras sin cuento en escenarios virtuales solo limitados por la imaginación de aquellos que los diseñaban. Incluso se llega a hablar de una suerte de inmortalidad y se describe una humanidad que se ha liberado del mundo físico y ha accedido a nuevos planos de existencia.
Por supuesto, todas las leyendas tegnekares obvian ciertos detalles, como de dónde sacaban los antiguos sus alimentos, cuestión nada baladí teniendo en cuenta que el mundo entero era una única ciudad y en ningún momento se mencionan campos de cultivo, corrales o granjas.
Hay quien afirma que la tecnología de nuestros antepasados era capaz de transformar la materia y producir comida a partir de elementos inorgánicos. La ciencia que conocemos nos dice que eso no es imposible, pero el coste energético que conlleva tal transmutación la hace impracticable.
Tampoco se aborda nunca el problema, nada desdeñable, de la eliminación de desechos. Una sociedad puramente urbana del tamaño de la descrita que abarcase casi todo el planeta sería un sistema cerrado que generaría tal cantidad diaria de basura que en poco tiempo perecería ahogada por sus propios desperdicios. No muy distinto de un cultivo bacteriano que, tras llenar por completo la placa de laboratorio, muere envenenado por sus propios residuos.
Lo más curioso es que estas leyendas son de creación reciente. Todas lo son, ya se ha dicho, pero ese grupo lo es más aún. Si bien es cierto que ya antes de la Expansión de la Esquirla Volkenskap era una ciudad de tamaño considerable, bastante mayor que cualquier otro núcleo urbano de Duniya en la misma época, aún no había alcanzado los grados de urbanización exagerada a la que llegaría con el tiempo. Solo la Volkenskap mastodóntica pudo haber servido de modelo para este grupo de leyendas, así que estas no pudieron nacer hasta al menos setenta años después de la Expansión de la Esquirla. Posiblemente más tarde.
Por fuerza los tegnekares tendrían algún tipo de leyendas previas sobre la Era de las Ciudades, pero la versión de la megalópolis mundial las ha engullido y borrado hasta casi no dejar rastro de ellas. Se pueden ver minúsculas trazas en ciertos relatos, pero están tan soterradas y resultan tan sutiles que es difícil dilucidar hasta qué punto el mitógrafo no está proyectando sus propios deseos sobre el texto legendario y viendo un rastro que no está ahí.
En Qánram y Almáburaq se habla de una Confederación de enormes ciudades rodeadas de inmensos campos de cultivo, conectadas entre sí por amplias carreteras por las que se desplaza todo tipo de tráfico, ya sea sobre ruedas, patines, orugas, colchones de aire o dispositivos de levitación electromagnética. Describen una época movida y dinámica, repleta de conflictos y preñada de romanticismo, que sirve de marco perfecto para alguna de las más trepidantes aventuras de la ficción popular, tanto actual como de antaño. La Era de las Ciudades qanramí suele ser, de hecho, la favorita de la mayoría de los autores cuando quieren ambientar alguna historia en el remoto pasado. No son pocas las leyendas que, en lugar de centrarse en las propias ciudades, lo hace en el complejo sistema de carreteras que las une. Existen sagas enteras sobre clanes nómadas, conocidos como los Señores de la Rueda, que viven, cazan, aman y matan sobre las enormes calzadas, obteniendo cuanto necesitan sobre la marcha, sin detenerse nunca en ninguna ciudad, salvo para rapiñarla.
El parecido más que evidente de las leyendas qanramíes con la propia situación en Almáburaq y su Asamblea de Ciudades Libres, casi siempre en disputa unas con otras, convierte enseguida en sospechoso ese grupo de leyendas.
Son, eso sí, bastante más antiguas que las tegnekares. Se cree que se remontan a la época de prosperidad que tiene lugar tras los Largos Inviernos, unos mil quinientos años antes de la Expansión de la Esquirla, más o menos, poco después de la migración qanramí que colonizaría buena parte del continente. Sin duda los clanes nómadas motorizados de las carreteras míticas son en buena medida una idealización de sus expansivos antepasados y la migración que los llevó por medio mundo.
En Iratembe se habla de una civilización totalmente aérea, un mundo de gigantescas ciudades flotantes que se van desplazando por el cielo y cuyos habitantes descienden a tierra firme solo para cobrar tributo de los pueblos de la superficie. Hay una serie de leyendas que describen el nacimiento de las ciudades áreas, su emancipación de la superficie y la consiguiente guerra entre los Pueblos del Aire y los Pueblos del Suelo; guerra que ganan los primeros. Los habitantes de la superficie se convierten en vasallos de las ciudades del aire, que instauran una dictadura a menudo descrita como ilustrada y benévola, aunque no siempre4.
No hay que ser un experto para reconocer en la idea de las ciudades volantes y la superficie del mundo rindiéndoles vasallaje un paralelismo directo con la situación en Iratembe, concretamente con la posición de hegemonía de la isla de Irembe, que goza de privilegios respecto al resto del territorio y trata a los demás tembelí como ciudadanos de segunda que deben rendirle tributo. Al igual que en Elantegnek y Almáburaq, el tipo de sociedad escogida para reflejar la Era de las Ciudades dice más del pueblo que crea las leyendas que del pasado que estas pretenden describir. Como ocurre con el primer caso, estas leyendas son sin la menor duda de fecha reciente, aunque anteriores a las tegnekares. Irembe empieza a convertirse en hegemónica unos años antes de la Expansión de la Esquirla.
La versión alqufar es una interesante amalgama de los tres grupos principales de leyendas. No está muy claro si toman de Iratembe la idea de las ciudades móviles o son los tembelí quienes se inspiran en los mitos alqufeños. Historiadores y mitógrafos suelen llegar a la conclusión de que se trata del segundo caso, dado que las leyendas alqufeñas parecen ser, en base a ciertos indicios, muy anteriores a las tembelí.
En todo caso, lo que aquí tenemos son ciudades que se desplazan por tierra firme; las urbes son vehículos mastodónticos de tamaño inimaginable en los que se hacinan millones de personas en un ambiente no muy distinto del que describen las leyendas tegnekares. Las continuas luchas y disputas entre estas ciudades a medida que se van moviendo por los diversos territorios recuerdan mucho las luchas que se narran en las leyendas qanramíes. Es una fusión extraña pero que de algún modo funciona y consigue, a nuestro entender, los resultados más interesantes no solo desde el punto de vista puramente mítico, sino del narrativo y el artístico.
Una excepción notable en Alqufar es la región de Tamashi, cuyos habitantes no tienen leyenda alguna sobre la Era de las Ciudades. Sus mitos, al contrario que los del resto de Duniya, son siempre de ambientación marina y se centran en los diversos incidentes de su larga migración oceánica desde el remoto y desconocido oriente. Existen sagas que se prolongan durante generaciones y siempre tienen lugar en las enormes almadías en las que se desplazaban los antepasados de los tamashiles. Se trata de relatos alambicados que se centran en relaciones familiares e interpersonales y que no suelen ser de interés para quien no haya crecido en la cultura de Tamashi.
Existe un pequeño grupo de leyendas que califica la Era de las Ciudades como una Edad del Derroche y traza un cuadro desolador que presenta una parte de la humanidad despreocupada y rapaz, incapaz de pensar en el mañana, que se revuelca en una orgía de sensualidad y hedonismo y conserva sus privilegios a costa de mantener al resto del mundo sumido en la miseria y la pobreza.
Aunque minoritarios, este tipo de relatos aparecen de un modo u otro en las tradiciones de casi todos los pueblos (la excepción sería de nuevo Tamashi) y, al contrario que las historias de la Edad de Oro, son mucho más parecidos entre sí, independientemente de su procedencia y origen. Eso, por supuesto, no los hace más ciertos5, pero no deja de ser un fenómeno curioso. Mientras que cada nación tiene su propia implementación de la Edad de Oro, la descripción que se hace de la Era del Derroche es casi idéntica en todas las culturas.
Ambas versiones tienen sus seguidores, aunque los que sueñan con una Edad de Oro son mucho más numerosos. Por supuesto, los enfrentamientos entre ambos grupos han sido y siguen siendo amargos y en ocasiones violentos.
Nosotros pensamos que ambas ideas son igualmente ciertas y representan distintos aspectos de la Era de la Ciudades, por contradictorio que pueda parecer, lo que sin duda nos convierte en blanco de las iras de las dos facciones.
No podemos terminar este apartado sin mencionar una última leyenda. Esta relata que el colapso se produjo justo cuando la humanidad estaba a punto de encontrar una fuente de energía barata, fiable, infinita y no contaminante, que habría resuelto todos los problemas del mundo y habría ayudado a trasladar a la humanidad a las estrellas. Se trata de una historia trágica que, en su versión más común, termina con un largo lamento por una humanidad atrapada en un destino paradójico, siempre al borde de la grandeza y siempre fracasando por muy poco.
Casi ningún historiador da crédito a esa leyenda y la considera un simple cuento con moraleja. Algo que no ha detenido a los obsesos de las teorías de la conspiración, e incluso ha alimentado sus fantasías paranoicas. Una leyenda como esa encaja demasiado bien con la idea, siempre atractiva por más que carezca de base real, de que los Antiguos habían alcanzado un desarrollo tecnológico infinitamente superior al actual y que gran parte del conocimiento de la Era de las Ciudades se ha perdido. Eso, que puede o no ser cierto, sirve demasiado a menudo de campo abonado en el que crece con exuberancia la paranoia conspirativa que afirma que parte de esas técnicas han sido redescubiertas varias veces en el transcurso del tiempo, pero son mantenidas en secreto, en ocasiones por los gobiernos, en otras por misteriosas sociedades con oscuros propósitos de dominación mundial.
En cualquier caso, la Era de las Ciudades llegó a su fin. Tanto las leyendas como los escasos datos arqueológicos de que disponemos, por no mencionar el registro geológico, apuntan a que el colapso se produjo a causa de la confluencia de dos factores: la excesiva dependencia de los combustibles fósiles por parte de las diferentes sociedades humanas, hasta el extremo de que se hizo físicamente imposible seguir extrayéndolos, y el aumento de la temperatura media global provocado por la emisión de gases de efecto invernadero. Esto último suele achacarse a la proliferación de procesos industriales masivos que los generaban como subproducto, aunque existen otras hipótesis que intentan explicar el fenómeno, si bien con menos éxito.
Los historiadores no se ponen de acuerdo en decidir si se trató de un colapso repentino o de un proceso gradual. Las dos versiones que gozan de más adeptos son las siguientes:
El agotamiento de los combustibles fósiles coincidió con un ciclo repentino de cosechas malogradas por todo el planeta a causa del cambio climático, lo que llevó a un periodo de hambruna, violencia y desórdenes que en muy poco tiempo acabó con la civilización urbana tal como se conocía.El agotamiento de los recursos fue más paulatino y el proceso de decadencia y desgaste tecnológico, social y cultural se prolongó durante casi doscientos años, al final de los cuales las ciudades quedaron vacías.
Hay otras versiones que hablan del choque de un meteorito contra el planeta o incluso de la erupción de una supercaldera volcánica, pero lo cierto es que, aunque se han encontrado rastros geológicos de acontecimientos de ese estilo, ninguno pertenece a la época adecuada.
En lo que sí coinciden ambos grupos es que, fuese catástrofe repentina o decadencia progresiva, solo sobrevivió al proceso el uno por ciento de la población humana. Algunos historiadores afirman que el porcentaje fue incluso menor y que la viabilidad genética de la especie llegó a estar en peligro, teniendo en cuenta lo enormemente dispersos que estaban los diferentes y pequeños núcleos de población.
La historia de los siguientes mil años es la de unas pocas tribus de cazadores-recolectores dispersas por un planeta casi vacío que se recupera de los desmanes de la Era de las Ciudades en un periodo relativamente corto. La mayor parte de las creaciones humanas anteriores al colapso son tragadas por el planeta, hasta el extremo de que, si hubiese desaparecido por completo la especie, en unos pocos cientos de años no habría quedado rastro alguno, al menos visible, de su paso por el mundo6.
El trauma causado por Almadin Detash es tan enorme que la sola idea de construir un asentamiento permanente se convierte en anatema para la mayoría de las religiones que se originan en esa época.
Con el tiempo van surgiendo, pese a todo, pequeños núcleos urbanos. En general nacen y se desarrollan como lugares donde las distintas tribus pueden comerciar unas con otras, intercambiarse noticias o dirimir sus disputas.
Tales enclaves son al principio itinerantes y efímeros; se crean allí donde son necesarios y desaparecen con la misma facilidad. Sin embargo, las distintas tribus no tardan en ver las ventajas de un mercado fijo, estable y permanente, lo que propicia el nacimiento de una nueva casta especializada en la intermediación. Siempre ha habido buhoneros y comerciantes itinerantes que llevan mercancías y noticias de una tribu a otra, pero ahora cuentan con un emplazamiento estable que pueden considerar suyo.
Los historiadores consideran que el detalle que marca la diferencia entre un simple mercado estable y un verdadero núcleo urbano es que una confesión religiosa decida establecer allí un lugar de culto permanente. La religión, como elemento cohesionador de una sociedad, ayuda a darle estabilidad y a definir las costumbres y modos de esta. El establecimiento de un templo es, por tanto, un indicio bastante fiable de que una comunidad de personas ha alcanzado masa crítica suficiente.
El crecimiento de esas ciudades incipientes es, sobre todo al principio, muy lento. Se trata de comunidades abiertas, sin murallas ni defensas, que se consideran innecesarias. Todas las tribus de los alrededores se benefician de la existencia de un mercado permanente y se comprometen en su defensa y estabilidad.
Son enclaves con muy pocos residentes fijos, que pueden pasar de unas docenas de habitantes la mayor parte del año a varios centenares (o poco más de mil, los más grandes) en las temporadas de mercado y reunión de los distintos clanes.
Van derivando muy poco a poco en verdaderos núcleos urbanos y con el tiempo empiezan a verse a sí mismas como entes autónomos, no dependientes de las tribus que las usan y las han creado y en pie de igualdad con ellas. La construcción de ese sentimiento identitario como habitante de la ciudad y por tanto ajeno a la tribu de la que se procede, es un proceso lento y paulatino y a menudo interrumpido con violencia.
La convivencia no siempre es fácil. Y el paso de lugar de encuentro y mercado a auténtica ciudad es con frecuencia traumático y acaba desembocando en algún tipo de guerra. No es raro ver un mercado floreciente que intenta constituirse como ciudad siendo arrasado por aquellos mismos que lo usaban como punto de reunión solo para reconstruirlo algunos años más tarde, ya sea en el mismo emplazamiento, ya sea a algunos quilómetros de distancia.
Pese a todo son varias las ciudades que consiguen salir más o menos ilesas de su fase de formación y resultan lo bastante fuertes y saludables para seguir creciendo. A regañadientes, acaban siendo aceptadas por las diversas tribus que antes las usaban, en parte por lo ideal de su emplazamiento y en parte porque la idea de tener que crear un nuevo punto de reunión cuando ya existe uno se les hace cuesta arriba a la mayoría de los tribeños. Incluso acabarán aceptando el pago de los aranceles que las ciudades empiezan a imponerles por vender sus productos en ellas, iniciando así una fase de domesticación de las tribus que va abriéndose camino hacia una verdadera urbanización del mundo.
Desde la perspectiva actual ninguna de estas ciudades pasan de ser simples villorrios y desde la perspectiva de la Era de las Ciudades apenas se las podría considerar aldeas. Las más grandes tienen poco más de mil habitantes, la mayoría apenas cuenta con varios centenares. Muy separadas unas de otras y sin apenas contactos, cada una se va desarrollando a su manera, creciendo y adaptándose no sin dificultades.
Las comunicaciones entre ellas, por otro lado, son escasas y difíciles. El mundo es amplio y la naturaleza ha vuelto a tomarlo casi por completo en los últimos mil años. No hay muchos caminos y estos son poco seguros.
La excepción a ese lento y paulatino desarrollo urbano es uno de los archipiélagos del extremo oriente, que a veces recibe el nombre de Asahi, donde una incipiente y pujante cultura urbana logra desarrollarse en relativo aislamiento. Se cree que la isla más grande se usa para propósitos estrictamente agrícolas y ganaderos. Sus productos abastecen a las islas más pequeñas y periféricas, que son zonas urbanas en su mayoría7. La sociedad de Asahi nace de la tensión y entre esos dos modos de vida a menudo antagónicos, y crece y se desarrolla en busca de un equilibrio entre lo urbano y lo agrícola que respete a ambos.
La tarea no es fácil ni está exenta de peligros, pero crea una sociedad dinámica y emprendedora que no tarda en situarse a la vanguardia del mundo, aunque este lo desconozca. Las innovaciones técnicas se aplican al ámbitoagrícola y ganadero y ayudan a elevar el nivel de vida del campesinado, proporcionando, tanto a este como a la población urbana, una sensación de orgullo y pertenencia a algo grande y valioso.
Si hay una cultura preparada para convertirse en un imperio estable y longevo que pueda dominar buena parte del mundo conocido es precisamente la desarrollada en las islas Asahi. Su aislamiento del resto del mundo ayuda a que su civilización alcance enseguida la estabilidad y se vaya volviendo progresivamente más compleja.
El aislamiento tiene otra consecuencia. Durante siglos ciertas ideas y comportamientos se van enquistando, ritualizando y quedando fijados en el imaginario colectivo, especialmente el sentimiento de pertenencia a una civilización superior al resto.
Cuando Asahi sale de su aislamiento, se ha convertido en una potencia agresiva y expansionista que da los primeros pasos en el camino hacia el imperio con la construcción de una pequeña flota de guerra y la invasión y ocupación de algunas islas cercanas hasta entonces independientes.
De haber proseguido tal expansión, habría sido difícil de detener. Por una parte, la mayoría de los territorios vecinos cuentan con una población escasa y dispersa, cuando no están directamente deshabitados. Por otro lado, el resto del mundo no tiene la capacidad bélica ni tecnológica para hacer frente a Asahi y las comunicaciones y medios de transporte no permiten la creación de una alianza que pueda detener su conquista.
Pero Asahi se asienta sobre una de las zonas sísmicas y plutónicas más inestables del mundo. De hecho, la propia formación de las islas se debe a la actividad volcánica y numerosos nativos de Asahi adoran a los volcanes como dioses y los creen responsables de la creación del mundo.
Cuando los viejos montes dormidos entran de nuevo en actividad, se produce lo que algunos llaman el Despertar de los Dioses de Fuego, Qastay Zariq Iljá. Es un proceso abrupto y feroz que en menos de un mes convierte el archipiélago en un racimo de pequeñas islas volcánicas no aptas para la vida humana. La civilización de Asahi desaparece apenas trescientos años después de haber nacido; su sueño imperial dura poco más de quince.
De haber ocurrido la catástrofe una o dos décadas más tarde, tal vez Asahi habría tenido tiempo suficiente para colonizar de forma firme y estable algunos de sus vecinos continentales. En ese caso es posible que la pérdida del archipiélago no hubiese herido de muerte al incipiente imperio. No es el caso y lo ocurrido corta de raíz cualquier pretensión expansionista.
Asahi muere como cultura y nada queda de ella, aparte de los escasos restos de algunas de sus crónicas, recogidas en su momento por unos pocos viajeros, y un disperso puñado de supervivientes que se enquistan en sus viejos modos y costumbres; siempre convencidos de su superioridad y sin mezclarse con otros pueblos, incluso cuando viven entre ellos. Algunos historiadores afirman que ese grupúsculo con el tiempo dará origen a la nación de Iratembe; otros, sin embargo, creen que tal identificación surge bien avanzada la civilización tembelí, y que nace del deseo de encontrar una legitimación histórico-legendaria para su identidad nacional.
Qastay Zariq Iljá no se circunscribe solo a Asahi. La actividad volcánica se intensifica en todo el planeta, en una suerte de reacción en cadena plutónica que acaba por afectar a la supercaldera existente en el que entonces es el continente occidental, que entra en erupción y se lleva por delante su mitad norte.
Nubes de polvo ascienden a la parte alta de la atmósfera e interceptan la luz del sol. La temperatura planetaria empieza a descender. Al mismo tiempo, los gases de efecto invernadero liberados por las erupciones mantienen el calor planetario e impiden que el mundo se hiele.
La actividad sísmica y plutónica, el choque entre placas continentales y la fractura de numerosas fallas cambian por completo la forma del mundo.
Continentes enteros desaparecen, otros se ven invadidos por el océano y convertidos en archipiélagos, nuevas tierras se alzan, antiguas montañas quedan bajo el océano y se elevan nuevos picos de las profundidades. Buena parte del mundo conocido hasta entonces queda sumergida; lo que en su día eran los picos de las montañas son ahora pequeñas islas, en muchos casos de naturaleza volcánica y no muy aptas para la vida humana.
El cambio es tan enorme que resulta casi imposible averiguar cuál era la forma anterior del mundo. El estudio de las placas continentales da algunas pistas al respecto y se han creado distintos modelos que muestran la forma de los continentes antes de los cambios, pero tales modelos no son más que aproximaciones groseras.
El mundo habitable se reduce a un continente de tamaño medio en el trópico septentrional, varios pequeños archipiélagos cercanos y una gran isla al oeste de la masa principal de tierra. Se cree que el resto es un océano inmenso salpicado de islas minúsculas en las que, se supone, no hay vida humana. En realidad no se ha llegado a comprobar tal extremo, ya que el mundo nunca se ha explorado por completo o tan siquiera circunnavegado. Solo en los últimos años hemos empezado a examinar con cierta seriedad el océano con ayuda de los aeronavíos tegnekares, pero aún queda mucho trabajo por hacer antes de que el mundo esté por completo cartografiado
En cualquier caso, es en ese momento cuando Duniya, el mundo tal como lo conocemos, nace y toma la forma que tendrá hasta la Expansión de la Esquirla. Cuando se produzca esta, más de cuatro mil años más tarde, traerá nuevos cambios al mundo, pero en lo básico la distribución de tierras y océanos que se conoce como Duniya se crea en esa lejana época.
La actividad sísmica y plutónica altera el clima del mundo de forma radical, creando inviernos desusadamente largos que alternan con periodos igualmente prolongados de clima más benigno y caluroso. Estas megaestaciones duran cerca de mil quinientos años, y se las suele llamar los Largos Inviernos, Alshita Ataui8. Pasados esos mil quinientos años, los Largos Inviernos van desapareciendo paulatinamente y el mundo regresa al habitual ciclo anual de estaciones.
El resultado que tiene todo eso en la fauna y la flora del mundo es indescriptible. Aparecen especies nuevas al tiempo que muchas de las ya existentes son incapaces de adaptarse al cambio y se extinguen. Hay momentos en los que parece que la humana será una de ellas, y que está condenada a desaparecer.
De algún modo la humanidad se las apaña para sobrevivir. Y en verdad podemos describir ese milenio y medio como de pura supervivencia. Los ciclos del clima hacen difícil el desarrollo continuado de una civilización, mucho menos un progreso tecnológico sostenible.
Sin embargo, aunque la mayoría de las ciudades existentes en esa época desaparecen, unas cuantas consiguen sobrevivir a los Largos Inviernos. Agar y Dina siempre han afirmado que su fundación se remonta a una época anterior a estos y los recientes hallazgos arqueológicos en el subsuelo de ambas ciudades han corroborado en buena medida esas afirmaciones, para asombro de numerosos historiadores que nunca las tomaron en consideración.
Si algo parecen enseñarnos tanto la historia como el mito es que no importa cuántas veces se destruya la cultura urbana, antes o después vuelve a aparecer y termina por convertirse en dominante. Así sucedió tras Almadin Detash y volvió a pasar después de los Largos Inviernos. Si bien es cierto que nunca se han vuelto a alcanzar las cotas exageradas de urbanización que creemos características de la Era de las Ciudades.
Lo que nos encontramos tras los Largos Inviernos es de nuevo un mundo de población escasa y dispersa, un gran vacío punteado aquí y allá de asentamientos humanos. Es también un mundo eminentemente rural supeditado a las necesidades de unas pocas ciudades incipientes. En este mundo casi vacío son las amplias superficies cultivables y la ganadería extensiva las que proveen sustento para todos; y es en las ciudades donde se crea la tecnología necesaria para aprovechar y transformar esos recursos y convertir esas materias primas en productos complejos y elaborados. El difícil equilibro entre ambos tipos de sociedades, no siempre estable, es lo que marca los siguientes siglos.
Uno de los fenómenos más sorprendentes de los que se tiene noticia es la rapidísima expansión, aproximadamente mil doscientos años después de los Largos Inviernos, de la cultura qanramí por casi todo el continente, con las notables excepciones de lo que luego serán Yajim e Iratembe.
Se sabe muy poco de cómo ocurre aunque la hipótesis más probable, avalada por los restos arqueológicos, supone que en la parte norte de lo que hoy es Qánram, la población de varias de las ciudades supervivientes a los Largos Inviernos empieza a crecer de un modo extremadamenterápido. Los registros geológicos indican que Qánram es en esa época un lugar muy fértil, de orografía casi llana y sin apenas predadores que puedan hacer frente a una civilización humana en rápida expansión.
Las ciudades qanramíes no tardan en darse cuenta de que es mejor colaborar entre sí y dedicar su excedente de población a la colonización de nuevos territorios. En un periodo de menos de cien años, los qanramíes se extienden por buena parte del continente y llevan con ellos su cultura, su civilización y, por supuesto, su idioma. Tales movimientos migratorios no son siempre pacíficos, pero el continente apenas está poblado y hay sitio y recursos para todos, así que los conflictos no son muchos ni demasiado serios. Los escasos núcleos con población que existen en el norte, como Agar y Dina, terminan siendo asimilados de un modo u otro por la migración qanramí y se incorporan sin problemas a su vital y expansiva cultura.
Todo este movimiento no desemboca en ningún momento en la creación de un imperio. Ni siquiera de algún tipo de confederación unida por intereses comunes. Lo más parecido a eso último, la Asamblea de Ciudades Libres de Almáburaq, se crea mucho tiempo después de que la expansión qanramí llegue a su fin.
Los distintos colonos, una vez encuentran donde asentarse, no mantienen lazos especiales con las ciudades de las que provienen, más allá de los puramente culturales y lingüísticos, y crean sus propias unidades políticas totalmente autónomas.
La expansión termina tan rápido como ha comenzado y unos mil trescientos cincuenta años después de los Largos Inviernos la situación en el continente se estabiliza.
Con las excepciones de Yajim, al extremo sur, protegido por una barrera montañosa difícil de traspasar, y la futura nación de Iratembe, separada de los territorios occidentales por una amplia zona de pantanos y marismas, los qanramíes se extienden por todo el continente.
Algunos historiadores se preguntan por qué no se sigue adelante y se intenta la colonización de Yajim e Iratembe. Lo cierto es que en el momento en que la migración qanramí llega lo bastante cerca de ambos territorios la presión demográfica que la ha provocado se ha reducido y hay terreno más que suficiente para todos; eso, unido a las barreras naturales que frenan el paso a esas zonas son motivos más que suficientes para explicar la carencia de interés en seguir adelante.
El qanramí se convierte en la lengua principal del mundo conocido. Los contactos entre las distintas ciudades, ya sea para comerciar, establecer alianzas o hacerse la guerra, son lo bastante frecuentes para que, más allá de pequeñas variantes locales, se hable prácticamente el mismo lenguaje en todo el continente.
Un lenguaje que, por supuesto va evolucionando con el tiempo. Aunque la imaginación popular asume que lo que hoy denominamos qanramí clásico es el idioma que hablan los colonos qanramíes que se esparcen por el continente, en realidad es una lengua distinta al qanramí de ese periodo, aunque emparentada con ella. Se desarrolla durante la expansión y el periodo posterior de asentamiento como una evolución del qanramí primitivo y tienen abundantes aportaciones de otros idiomas. Gracias a tales aportaciones, que perviven en el qanramí, los paleolingüistas tienen algún atisbo de cómo eran las lenguas que se hablaban originalmente en Alqufar y Uajush, por ejemplo, o cuál es el idioma primitivo de algunas de las ciudades de Almáburaq, como Agar, Aram o Dina.
La primera noticia que tenemos de Iratembe es gracias a algunas crónicas de Almáburaq fechadas unos dos mil años después de los Largos Inviernos que hablan de pequeñas escaramuzas y enfrentamientos con lo que parece ser un país en la gran península que se extienda al este de los territorios hasta entonces explorados.
Que los primeros contactos entre Iratembe y la cultura qanramí sean violentos no es sorprendente, habida cuenta de que ninguna de las partes implicadas habla el idioma de la otra y que la desconfianza unida a la ignorancia a menudo degenera en violencia.
Iratembe aparece en el oriente de Duniya como una sociedad dinámica y agresiva que no tarda en entrar en relaciones, no siempre cordiales, con sus vecinos más cercanos. Lo peculiar de la civilización qanramí, astillada en numerosas ciudades-estado y carente de un verdadero sentimiento nacionalista, le pone a Iratembe las cosas fáciles, aunque eventualmente varias ciudades se acabarán uniendo y poniendo freno a sus ansias expansionistas.
De Elantegnek tenemos noticia unos ciento setenta años más tarde, con las primeras naves exploradoras tegnekares que cruzan el mar y llegan a la costa oeste del continente. Allí establecen contacto con lo que luego se convertirá en Gekerf, aunque en un primer momento se limitan a establecer un par de puestos comerciales en una de las islas menores de ese archipiélago.
En los siguientes siglos ambas van creciendo en poder e influencia hasta convertirse en las principales naciones de su época, cuya política marcará la de sus vecinos, no siempre para bien.
Aunque Elantegnek no parece tener gran interés en expandirse, eso no la impide inmiscuirse en la política del continente, favoreciendo allí donde puede ciertas intrigas y planes. Básicamente intenta impedir que surja, sobre todo en Almáburaq, una verdadera unidad política. Para sus intereses, ya sean políticos, ya económicos, un continente fragmentado es mucho más conveniente.
La imaginación popular, siempre activa y entusiasta, culpa a Elantegnek de cualquier problema surgido en esa época en Almáburaq, ya sea este político, económico, social o incluso una mala cosecha o un periodo de sequía. Tras todos ellos está la mano sutil y artera de algún enviado de Elantegnek o algún sicario a sueldo de esta, siempre trabajando en la sombra y buscando un modo de desestabilizar la región.
