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En 1967, después de una sesión con un psiquiatra al que nunca había visto antes, Susanna Kaysen, de dieciocho años, fue internada en el Hospital McLean. Pasó la mayor parte de los dos años siguientes en la sala de chicas de un hospital psiquiátrico muy reconocido por haber tenido entre sus pacientes a celebridades como Sylvia Plath, Robert Lowell, James Taylor y Ray Charles. Las memorias de Kaysen nos ofrecen un retrato vívido de un grupo de jóvenes que han sido internadas debido a diferentes dolencias psíquicas. Lúcida e irónica, la autora cuestiona los procedimientos de diagnóstico y curación, contraponiendo la complejidad de su propia experiencia con el agarrotamiento cultural de un sistema que muchas veces actúa como percutor del sufrimiento psicológico. Traducido por primera vez al español, «Inocencia interrumpida» propone una mirada inteligente, piadosa y no exenta de humor sobre la fragilidad del espíritu y la borrosa frontera entre cordura y locura.
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Seitenzahl: 165
Veröffentlichungsjahr: 2022
Agradecimientos
Hacia una topografía del universo paralelo
El taxi
Etiología
Fuego
Libertad
El secreto de la vida
Política
Si vivieras aquí, ya estarías en casa
Mi suicidio
Topografía elemental
Topografía aplicada
El preludio a un helado
Helado
Controles
Punzantes
Otra Lisa
Jaque mate
¿Le crees a él o me crees a mí?
Velocidad o viscosidad
Malla de seguridad
Los guardianes
Mil novecientos sesenta y ocho
Huesos desnudos
Salud dental
Calais quedó grabada en mi corazón
La sombra de lo real
Estigmatografía
Nuevas fronteras de la salud dental
Topografía del futuro
Mente o cerebro
Trastorno límite de personalidad
Mi diagnóstico
Más adelante, por el camino, me acompañarás
Una joven interrumpida
Susanna Kaysen (Estados Unidos, 1948)
Nació y creció en Cambridge, Massachusetts. Estudió en la Commonwealth School de Boston y en la Cambridge School antes de ser enviada al McLean Hospital en 1967 para recibir tratamiento psiquiátrico por depresión. Allí se le diagnosticó un trastorno límite de la personalidad. Fue dada de alta después de dieciocho meses. Es hija del economista Carl Kaysen, profesor del MIT y antiguo asesor del presidente John F. Kennedy. Su madre, Annette Neutra Kaysen, era hermana del arquitecto Richard Neutra. Es autora de los libros The Camera My Mother Gave Me, Far Afield y Asa, As I Knew Him, entre otros.
Foto: Michael Lionstar
Inocencia Interrumpida
Susanna Kaysen
Traducción de Sandra Caula
Para Ingrid y SanJord
A Jill Ker Corway, Maxime Kumin y Susan Ware, quienes me alentaron desde el comienzo; a Gerald Berlin por su ayuda legal y a Julie Grau por su entusiasmo y sus buenos cuidados del libro y de la autora.
Agradezco mucho a Robin Becker, Robin Desser, Michael Downing, Lyda Kuth y Jonathan Matson por sus ideas, su humor y su amistad verdadera.
Expediente del caso
La gente te pregunta: ¿cómo llegaste allí? Lo que realmente quieren saber es si también podrían acabar como tú. No puedo responder a la verdadera pregunta. Lo que puedo decirte es que es fácil.
Y es fácil deslizarse a un universo paralelo. Hay muchos: mundos de locos, de criminales, de lisiados, de moribundos, quizá hasta de muertos. Estos mundos existen a los lados de este y se le parecen, pero no están adentro.
Georgina, mi compañera de habitación, se dio cuenta rápido y completamente en su primer año en Vassar1. Estaba en el cine viendo una película cuando un maremoto de negrura se abatió sobre su cabeza. El mundo entero desapareció durante unos minutos. Supo que se había vuelto loca. Miró a su alrededor para ver si les había pasado a todos, pero los demás estaban absortos en la película. Salió corriendo, porque la oscuridad del cine era demasiada, sumada a la oscuridad de su cabeza.
—¿Y luego? —le pregunté.
—Mucha oscuridad —dijo.
Pero la mayoría de la gente pasa de forma gradual, va perforando la membrana entre el aquí y el allá hasta que hace un agujero. Y quién puede resistirse a un agujero.
En el universo paralelo las leyes de la física quedan suspendidas. Lo que sube no siempre baja; un cuerpo en reposo no tiende a permanecer en reposo, y no se puede contar con que toda acción provoque una reacción igual y opuesta. El tiempo también es diferente. Puede correr en círculos, fluir hacia atrás, saltar de ahora a entonces. La propia disposición de las moléculas es fluida: las mesas pueden ser relojes, rostros, flores.
Estos, sin embargo, son hechos que tú descubres luego.
Otra extraña característica del universo paralelo es que, aunque es invisible desde este lado, una vez que estás en él logras ver con facilidad el mundo de donde has llegado. A veces, ese mundo te parece enorme y amenazante, y tiembla como un gran montón de gelatina; otras, es una miniatura atractiva que gira y brilla en su órbita. Comoquiera que sea, no puede descartarse.
Todas las ventanas de Alcatraz tienen vista a San Francisco.
—Tienes un grano —dijo el doctor.
Esperaba que nadie lo notara.
—Te lo has pellizcado —continuó.
Cuando me desperté temprano esa mañana, para llegar a esa cita, el grano había llegado a ese punto de fuerte expectación en el que pide que lo saquen. Cuando lo liberé de su pequeña cúpula blanca, presionando hasta que salió sangre, tuve una sensación de logro: había hecho todo lo que se podía hacer por ese grano.
—Te lo has estado pellizcando —insistió el doctor.
Dije que sí con la cabeza. Iba a seguir repitiéndolo hasta que le diera la razón, así que asentí.
—¿Tienes novio? —preguntó.
También asentí.
—¿Problemas con tu novio? —en realidad no era una pregunta; ahora él decía que sí con la cabeza—. Te lo has pellizcado —repitió—. Salió detrás de su escritorio y se lanzó hacia mí. Era un hombre gordo y macizo, de barriga tensa y moreno.
—Necesitas descansar —sentenció.
Necesitaba descansar, en particular esa mañana, porque me había levantado muy temprano para ir a ver a ese doctor, que vivía en los suburbios. Había cambiado de tren dos veces. Y tendría que volver sobre mis pasos para llegar a mi trabajo. Solo de pensarlo me cansaba.
—¿No te parece? —seguía de pie delante de mí—. ¿No crees que necesitas un descanso?
—Sí —contesté.
Fue a la habitación contigua, desde donde pude oírlo hablar por teléfono.
He recordado a menudo los siguientes diez minutos, mis últimos diez minutos. Tuve el impulso, una vez, de levantarme y salir por la puerta por la que había entrado, de caminar las varias manzanas hasta la parada del tranvía y esperar el que me llevaría de regreso con mi novio problemático, a mi trabajo en la tienda de artículos de cocina. Pero estaba demasiado cansada.
Volvió a entrar en la habitación, animado y satisfecho de sí mismo.
—Tengo una cama para ti —dijo—. Será un descanso. Solo por un par de semanas, ¿de acuerdo? —sonaba conciliador, o suplicaba, y yo estaba asustada.
—Iré el viernes —contesté. Era martes; tal vez el viernes no querría ir.
Su barriga se inclinó sobre mí.
—No. Vas ahora.
Pensé que no era razonable.
—Tengo una cita para almorzar —dije.
—Olvídalo —contestó—. No vas a ir a almorzar. Vas al hospital —parecía triunfante.
Eran muy silenciosos los suburbios antes de las ocho de la mañana. Y ninguno de los dos tenía nada más que decir. Escuché el taxi que se detuvo en la entrada del consultorio.
Me tomó por el codo, me lo estrujó con sus dedos largos y gruesos, y me condujo hacia afuera. Sin dejar de sujetarme, abrió la puerta trasera del taxi y me empujó hacia adentro. Su gran cabeza estuvo conmigo en el asiento trasero durante un momento. Luego cerró la puerta de golpe.
El conductor bajó su ventanilla hasta la mitad.
—¿Adónde?
Sin abrigo, a pesar de la fría mañana, y plantado sobre sus robustas piernas en la entrada de su casa, el doctor levantó un brazo para señalarme.
—Llévala a McLean —ordenó—, y no la dejes salir hasta que esté allá.
Dejé caer la cabeza contra el asiento y cerré los ojos. Me alegraba ir en taxi en lugar de tener que esperar el tren.
Formulario de admisión
Esta persona (seleccione una):
1. hace un viaje peligroso del que podemos aprender mucho cuando regrese;
2. está poseída por (seleccione una):
a) los dioses,
b) Dios (es decir, un profeta),
c) espíritus malos, demonios o diablos,
d) el diablo;
3. es una bruja;
4. está embrujada (variante de 2);
5. es mala, y se la debe aislar y castigar;
6. está enferma, y se la debe aislar y tratar mediante (seleccione una):
a) depuraciones y sanguijuelas,
b) extirpación del útero, si la persona tiene uno,
c) electrochoque en el cerebro,
d) sábanas frías vendando todo el cuerpo,
e) Thorazina o Stelazine;
7. está enferma y debe pasar los próximos siete años hablando de ello;
8. es víctima de la escasa tolerancia de la sociedad hacia el comportamiento desviado;
9. es una persona sana en un mundo demente;
10. hace un viaje peligroso del que tal vez nunca pueda regresar.
Memorando interno
Una chica que estaba con nosotrasse había prendido fuego. Usó gasolina. Era demasiado joven para conducir en ese momento. Me preguntaba cómo la había conseguido. ¿Habría ido a la gasolinera de su barrio y les habría dicho que el coche de su padre se había quedado sin combustible? No podía mirarla sin pensarlo.
Creo que la gasolina se había depositado en sus clavículas, formando unos charcos allí junto a sus hombros, porque su cuello y sus mejillas eran los que tenían más marcas. Sus cicatrices eran carnosidades gruesas, que alternaban el rosa brillante y el blanco, en franjas ascendentes desde el cuello. Eran tan duras y tan anchas que no podía girar la cabeza, sino que tenía que torcer toda la parte superior del torso si quería ver a una persona que estuviera a su lado.
El tejido cicatrizado no tiene carácter. No es como la piel. No muestra la edad, la enfermedad, la palidez ni el bronceado. No tiene poros, ni pelos, ni arrugas. Es como una funda. Protege y disimula lo que hay debajo. Por eso lo cultivamos; tenemos algo que ocultar.
Su nombre era Polly. Ese nombre debió parecerle ridículo durante los días —o meses— en los que planeaba prenderse fuego, pero le sentaba bien en su vida de superviviente enfundada. Nunca estaba triste. Era amable y reconfortaba a quienes se sentían mal. Nunca se quejaba. Siempre tenía tiempo para escuchar las quejas de los demás. Era intachable, en su impermeable y apretada envoltura rosa y blanca. Algo la impulsó, le susurró “¡Muere!” en su oído antes perfecto y ahora deforme, y ella se había inmolado.
¿Por qué? Ninguna lo sabía. Ninguna se atrevió a preguntarlo. Pero, ¡qué coraje! ¿Quién tenía el valor de quemarse a sí mismo? Veinte aspirinas, un pequeño corte en las venas del brazo, tal vez un mal rato durante media hora de pie en un tejado: todos los hemos tenido. Y cosas un poco más peligrosas, como meterse una pistola en la boca. Pero la pones ahí, la saboreas, está fría y grasosa, tienes tu dedo en el gatillo, y descubres que todo un mundo se interpone entre ese momento y el que habías planeado, cuando te decidirías a apretar el gatillo. Ese mundo te vence. Vuelves a guardar la pistola en el cajón. Tendrás que encontrar otra vía.
¿Cómo fue ese momento para ella? El momento en que encendió la cerilla. ¿Ya había probado con techos, pistolas y aspirinas? ¿O fue solo un arrebato?
Tuve un arrebato una vez. Me levanté una mañana y supe que tenía que tragarme cincuenta aspirinas. Era mi tarea: mi trabajo del día. Las puse en fila en mi escritorio y las tomé una a una, contando. Pero no es lo mismo. Podría haberme detenido a las diez o a las treinta. Y podría haber hecho lo que hice, que fue salir a la calle y desmayarme. Cincuenta aspirinas son muchas aspirinas, pero salir a la calle y desmayarse es como volver a meter la pistola en el cajón.
Ella encendió la cerilla.
¿Dónde? ¿En el garaje de su casa, donde no podría quemar nada más? ¿Afuera, en el campo? ¿En el gimnasio del instituto? ¿En una piscina vacía?
Alguien la encontró, pero no enseguida.
¿Quién besaría a alguien así, una persona sin piel?
Cumplió dieciocho años antes de que se le ocurriera pensarlo. Había pasado un año con nosotras. Otras personas se enfurecían y gritaban, se agazapaban y lloraban; Polly miraba y sonreía. Se sentaba junto a personas asustadas y su presencia las calmaba. Su sonrisa no era maliciosa, era comprensiva. La vida era un infierno, ella lo sabía. Pero su sonrisa daba a entender que lo había quemado fuera de sí misma. Su sonrisa era un poco de superioridad: nosotras no tendríamos el coraje de quemarnos, y ella podía comprenderlo. Cada quien es como es. La gente hace lo que puede.
Una mañana alguien lloraba, pero las mañanas solían ser ruidosas: luchas para despertarnos a tiempo y quejas por las pesadillas. Polly era tan silenciosa, una presencia tan discreta que no nos dimos cuenta de que no estaba en el desayuno. Después de desayunar, seguíamos oyendo llantos.
—¿Quién llora?
Nadie sabía.
Y en el almuerzo, aún se escuchaba el llanto.
—Es Polly —dijo Lisa, que lo sabía todo.
—¿Por qué?
Pero ni Lisa sabía por qué.
Al anochecer, el llanto se convirtió en gritos. El atardecer es un momento peligroso. Al principio gritaba “¡Aaaaay!” y “¡Aaaaah!”. Luego empezó a gritar palabras.
—¡Mi cara! ¡Mi cara! ¡Mi cara!
Podíamos oír otras voces que la calmaban, murmurando consuelo, pero ella siguió gritando las dos palabras durante toda la noche.
—Bueno, hacía tiempo que esperaba esto —dijo Lisa.
Y creo que, entonces, todas nos dimos cuenta de cuán necias habíamos sido.
Nosotras podríamos salir algún día, pero ella estaba encerrada para siempre en ese cuerpo.
Lisa se había escapado de nuevo. Estábamos tristes, porque ella nos levantaba el ánimo. Era divertida. ¡Lisa! No puedo pensar en ella sin sonreír, ni siquiera ahora.
Lo peor era que siempre la atrapaban y la arrastraban de vuelta, sucia, con ojos salvajes que habían visto la libertad. Maldecía a sus captores y hasta los veteranos más duros tenían que reírse de los nombres que les inventaba: “¡Coño macarra!”. Y otro favorito: “¡Tú, murciélago esquizofrénico!”.
Solían encontrarla en un día. No podía ir muy lejos a pie, sin dinero. Pero esta vez parecía haber tenido suerte. Al tercer día oí a alguien en la estación de enfermeras decir por teléfono “ADB”: “Aviso de búsqueda”.
No sería difícil identificar a Lisa. Rara vez comía y nunca dormía, por lo que estaba delgada y amarilla, como se pone la gente cuando no come, y con enormes bolsas bajo los ojos. Llevaba una larga melena oscura y sin brillo que se sujetaba con una pinza plateada. Tenía los dedos más largos que jamás he visto.
Esta vez, cuando la trajeron, estaban casi tan enfadados como ella. Dos hombres grandes la agarraban por los brazos y un tercero por el pelo, tirando de tal manera que a Lisa se le salían los ojos. Todo el mundo estaba callado, incluida Lisa. La llevaron hasta el final del pasillo, a reclusión, mientras nosotras mirábamos.
Habíamos visto muchas cosas.
Habíamos visto a Cynthia volver llorando del electrochoque una vez a la semana. Habíamos visto a Polly temblar después de que la envolvieron en sábanas heladas. Pero de las peores fue haber visto a Lisa salir de reclusión dos días después.
Para empezar, le habían cortado las uñas al ras. Tenía unas uñas preciosas, que cuidaba puliéndolas, dándoles forma. Dijeron que sus uñas eran “afiladas”.
Y le habían quitado el cinturón. Lisa siempre llevaba un cinturón de cuentas barato, de los que hacen los indígenas en las reservas. Era verde, con triángulos rojos, y había sido de su hermano Jonas, el único de su familia con quien tenía contacto. Su madre y su padre no la visitaban porque era una sociópata, o eso decía Lisa. Le quitaron el cinturón para que no pudiera ahorcarse.
No comprendían que Lisa nunca se colgaría.
La dejaron salir de su reclusión, le devolvieron el cinturón y sus uñas empezaron a crecer de nuevo, pero Lisa no volvió. Se sentó a ver la televisión con las peores de nosotras. Lisa nunca había visto la televisión. No sentía más que desprecio por quienes lo hacían. “Es mierda —gritaba, metiendo la cabeza en la sala de televisión—. Ya sois como robots. Esto os está empeorando”. A veces apagaba el aparato y se plantaba delante de él, desafiando a ver si alguien lo encendía. Pero la audiencia de la televisión era en su mayoría catatónica y depresiva, y ninguna tenía ánimo de moverse. Después de cinco minutos, que era el tiempo que podía permanecer quieta, Lisa seguía con otro proyecto y, cuando la cuidadora regresaba, encendía de nuevo el televisor.
Como Lisa nunca había dormido en los dos años que llevaba con nosotras, las enfermeras habían renunciado a decirle que se fuera a la cama. En su lugar, tenía una silla propia en el pasillo, igual que el personal de noche, donde se sentaba a arreglarse las uñas. Preparaba cacao con leche y, a las tres de la mañana, llevaba cacao al personal de noche y a cualquiera que estuviera despierto. Estaba más tranquila a esas horas.
Una vez le pregunté:
—Lisa, ¿cómo es que no andas a toda leche ni gritas por las noches?
—Yo también necesito descansar —dijo—. Que no duerma no significa que no descanse.
Lisa siempre sabía lo que necesitaba. Decía: “Necesito unas vacaciones de este lugar”, y luego se escapaba. Cuando volvía, le preguntábamos cómo era el mundo.
—Es infame —decía. Siempre se alegraba de estar de vuelta—. No hay nadie que cuide de ti allá afuera.
Esta vez no dijo nada. Pasaba todo el tiempo en la sala de televisión. Veía las oraciones, la señal de ajuste, horas y horas de programas de entrevistas nocturnas y las noticias de la mañana. Su silla en el salón estaba desocupada y nadie bebía cacao.
—¿Le están dando algo a Lisa? —pregunté a la persona que nos cuidaba.
—Sabes que no podemos hablar de la medicación con los pacientes.
Le pregunté a la enfermera jefe. La conocía desde hacía tiempo, desde antes de ser la enfermera jefe.
Pero respondió como correspondía a una enfermera jefe.
—No podemos hablar sobre la medicación, ya lo sabes.
—¿Por qué molestarse en preguntar? —dijo Georgina—. Está completamente borracha. Claro que le están dando algo.
Cynthia pensaba que no.
—Todavía camina bien —observó.
—Yo no —dijo Polly. Y era cierto. Caminaba con los brazos extendidos por delante, las manos rojas y blancas caídas de las muñecas y arrastrando los pies por el suelo. Las compresas frías no habían funcionado; seguía gritando todas las noches hasta que le daban algo.
—Pero no te pasó de inmediato —señalé—. Cuando empezaron a medicarte caminabas bien.
—Ahora no —dijo Polly—. Se miró las manos.
Le pregunté a Lisa si le estaban dando algo, pero no me miró.
Y así pasamos todos un mes o dos, Lisa y los catatónicos en la sala de televisión, Polly caminando como un cadáver motorizado, Cynthia llorando después del electrochoque (“No estoy triste —me explicó—, pero no puedo evitar llorar”) y Georgina y yo en nuestra habitación doble. Nos consideraban las más sanas.
Cuando la primavera llegó, Lisa empezó a pasar un poco más de tiempo fuera de la sala de televisión. Lo pasaba en el baño, para ser exactos, pero al menos era un cambio.
—¿Qué hace en el baño? —le pregunté a la persona que nos cuidaba. Era nueva.
—¿Se supone que también tengo que abrir las puertas del baño?
Hice lo que acostumbrábamos con la gente nueva.
—¡Alguien podría colgarse ahí adentro en un minuto! Igual, ¿dónde te crees que estás? ¿En un internado? —Entonces acerqué mucho mi cara a la suya. No les gustaba eso, hacer contacto con nosotras.
Me di cuenta de que Lisa iba a un baño diferente cada vez. Había cuatro, y ella hacía el circuito diariamente. No tenía buen aspecto. El cinturón le colgaba y parecía más amarilla que de costumbre.
—Quizá tenga disentería —le dije a Georgina. Pero Georgina pensaba que solo estaba borracha.
Una mañana de mayo estábamos desayunando cuando oímos un portazo. Entonces apareció Lisa en la cocina.
—Más tarde a la televisión —dijo.
Se sirvió una gran taza de café, como solía hacer por las mañanas, y se sentó a la mesa. Nos sonrió, y nosotras le devolvimos la sonrisa.
—Esperad —señaló.
Oímos pies que corrían y voces que decían: “Demonios...” y “Cómo diablos...”. Entonces la enfermera jefe entró en la cocina.
—Fuiste tú —le dijo a Lisa.
Fuimos a ver qué pasaba.
Había envuelto en papel higiénico todos los muebles, algunos hasta con los catatónicos, y el televisor y el sistema de rociadores del techo. Metros y metros de papel higiénico flotaban y colgaban, se amontonaban y cubrían todo, en todas partes. Era magnífico.
—No estaba borracha —le comenté a Georgina—. Lo estaba planeando.
Pasamos un buen verano, y Lisa nos contó muchas historias sobre lo que había hecho esos tres días que estuvo libre.
Un día tuve una visita. Estaba en la sala de televisión observando a Lisa mirar la televisión, cuando una enfermera entró a decirme:
—Tienes una visita. Un hombre.
No era mi novio problemático. En primer lugar, ya no era mi novio. ¿Cómo podía tener novio una persona encerrada? En cualquier caso, no soportaría venir a verme aquí. Resultó que su madre también había estado en un manicomio y no toleraba que se lo recordaran.
No era mi padre; estaba ocupado.
No era mi profesor de Inglés del instituto; lo habían despedido y se había mudado a Carolina del Norte.
Fui a ver quién era.
