Jorge Edwards - María del Pilar Vila - E-Book

Jorge Edwards E-Book

María del Pilar Vila

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La historia y la política le dan al escritor chileno Jorge Edwards los materiales necesarios para producir una escritura inscripta en un campo siempre presente en su obra: la memoria. Sus últimos libros apelan a ella de modo privilegiado, constituyéndose en un núcleo medular. La consideración de un grupo de cartas de Edwards, dirigidas a escritores y críticos, permite indagar en cuestiones autobiográficas que son centrales en su proyecto narrativo.

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Seitenzahl: 200

Veröffentlichungsjahr: 2022

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JORGE EDWARDS

La historia y la política le dan al escritor chileno Jorge Edwards los materiales necesarios para producir una escritura inscripta en un campo siempre presente en su obra: la memoria. Sus últimos libros apelan a ella de modo privilegiado, constituyéndose en un núcleo medular. La consideración de un grupo de cartas de Edwards, dirigidas a escritores y críticos, permite indagar en cuestiones autobiográficas que son centrales en su proyecto narrativo.

 

 

María del Pilar Vila es doctora en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Fue profesora regular en la Universidad Nacional del Comahue, sede Viedma (CURZA) hasta su retiro. Su actividad como investigadora está focalizada en literatura latinoamericana, en especial chilena. Es autora de Las máscaras de la decadencia. Jorge Edwards y el medio siglo chileno (2006) y coeditora de Travesías del ensayo latinoamericano del siglo XX (2008). Publicó diversos artículos en libros colectivos y revistas especializadas.

MARÍA DEL PILAR VILA

JORGE EDWARDS

Custodio de la memoria

Índice

CubiertaAcerca de este libroPortadaDedicatoriaAgradecimientosSiglasPresentación, por Roberto HozvenCapítulo 1. Los fantasmas de Jorge Edwards1. Memoria, autobiografía y correspondencia2. Remite Jorge EdwardsCapítulo 2. En busca de Jorge Edwards1. La memoria como “fuente de vida”2. Mirarse en el espejo3. Voces que vuelvenCapítulo 3. Tras los miembros de la tribu1. “Yo ya he estado aquí”2. Esa generación desganada3. Prisioneros de un tiempoCapítulo 4. Los ensayos y las crónicas1. Once again, los escritoresCapítulo 5. Cerrando el cicloAnexo 1. Cartas de escritoresAnexo 2. Cartas de editoriales, instituciones, críticos y escritoresAnexo 3. Cartas familiaresReferencias bibliográficasCréditos

A Vera, por el impulso que le dio a mi vida.

Agradecimientos

Desde el año 2000 estoy abocada al estudio de la obra de Jorge Edwards. La investigación que inicié entonces se constituyó, poco después, en el eje de mi tesis de doctorado, trabajo que dio como resultado la publicación de Las máscaras de la decadencia: la obra de Jorge Edwards y el medio siglo chileno en 2006. Durante un tiempo me alejé de la producción de este escritor chileno pero, ante la aparición de cada libro nuevo, Edwards y su obra volvían a ocupar mi atención. Por otra parte, contaba con una serie de documentos y cartas que habían quedado casi abandonados durante la escritura de mi tesis, pero a los que pensaba volver en algún momento. Susana Zanetti, quien dirigió mi tesis doctoral, siempre me reclamaba la continuación del trabajo con aquellos materiales. Hasta los últimos días de su vida y cada vez que nos comunicábamos o nos encontrábamos me pedía que siguiera con lo que tantas veces habíamos hablado. Susana Zanetti murió en agosto de 2013 sin que yo hubiese empezado lo que ella reclamaba. Como tantos que abrazamos la literatura latinoamericana, conocí la orfandad intelectual y supe que para siempre me faltaría la maestra. Y casi olvidé su pedido. Sin embargo, un día decidí que se lo debía. El resultado es este libro. Durante su escritura extrañé a Susana y sus agudos comentarios. Sin embargo, esa soledad que genera la escritura fue compensada con la lectura generosa de colegas y amigos: Silvina Fazio hizo una temprana lectura cuando esto era apenas un borrador de borradores. Su mirada atenta con respecto a la escritura me permitió realizar muchas correcciones. José Amícola leyó el primer borrador e hizo interesantes sugerencias y aportes; María Celia Vázquez lo hizo con el manuscrito que se aproximaba a la versión final y sus lúcidas observaciones me ayudaron a mejorar tramos del trabajo. A ellos les agradezco profundamente no solo los comentarios sino el tiempo que con gran generosidad destinaron para la lectura. Mi reconocimiento, también, para Alfredo Saldaña de la Universidad de Zaragoza, España, por el envío de un artículo casi inhallable.

Un agradecimiento especial para el Dr. Roberto Hozven Valenzuela, investigador chileno, por haber leído el manuscrito cuando tenía el formato de libro y por compartir el interés por la obra de Jorge Edwards de la que él es un profundo conocedor. Sus atinadas observaciones, sugerencias y advertencias fueron de gran utilidad, al tiempo que generaron un estimulante diálogo que espero continúe por largo tiempo. El Dr. Patricio Lizama Amestica, colega y amigo, me proporcionó importantes datos para poder comunicarme con el escritor Jorge Edwards. Mi reconocimiento por tanta generosidad.

Finalmente, agradezco a Jorge Edwards por haberme autorizado a utilizar y transcribir algunas cartas y por haber tenido la deferencia de llamarme para dar curso a mi solicitud y, a partir de allí, intercambiar comentarios sobre su obra. De igual modo, quiero señalar que su hija, Ximena Edwards, ayudó a resolver inconvenientes informáticos y posibilitó una comunicación fluida con su padre.

El libro gira en torno al valor que Edwards le da a la memoria. Haber trabajado con este concepto y teniendo en cuenta que, como dice Silvia Molloy, la memoria es “fuente de vida”, Susana Zanetti siempre estará presente en mis recorridos por la literatura latinoamericana.

Siglas

CD        La casa de Dostoievsky

CI         Crónicas infiltradas

CM        Los círculos morados

DP        El descubrimiento de la pintura

DT        Diálogos en un tejado

EC        Esclavos de la consigna

IF          El inútil de la familia

MM       La muerte de Montaigne

OC        La otra casa: ensayos sobre escritores chilenos

PI          Prosas infiltradas

UH        La última hermana

Presentación

Roberto Hozven

Pontificia Universidad Católica de Chile

El libro se va solo en la lectura. Lo tomé con reluctancia, y no lo pude soltar. Reluctancia no al manuscrito sino al género epidíctico. La admiración implícita por la literatura de Edwards no la obnubila. Gocé –como buen chileno– el descorrer de tupidos velos con que la autora relee los sentidos atenuados hasta su blanqueamiento; nuestra cortesía. Como Edwards, María del Pilar Vila ensaya la escritura recursiva del buen ensayista: ir del enunciado a los múltiples ángulos implícitos en la enunciación replegada. Y allí rever, reescribir con todas sus letras las obscenidades del libro colectivo enmudecido por la doxa de la tortuosa familia chilena. Nombra las cuestiones escabrosas ante las cuales “la familia en pleno, en armas, en pie de guerra, erigida en tribunal del crimen” castra la literatura y, en ella, nuestro pensar cotidiano. Vila descorre los tupidos velos de la impotencia comprensiva o de las conveniencias coyunturales (dar la puntada, pero con hilo) en que, por cobardía moral, se complace la inteligencia civil del mundo narrado por Edwards.

Un buen texto crítico como este se autoriza por él mismo. Irrumpe sin Sr. Corales o heraldos legitimadores.

 

CAPÍTULO 1 Los fantasmas de Jorge Edwards

¿Por qué la escritura hace que sigamos la pista del escritor? ¿Por qué no podemos dejarle en paz? ¿Por qué no nos basta con los libros?

Julián Barnes

1. Memoria, autobiografía y correspondencia

Jorge Edwards (n. en 1931) avanza con su proyecto literario y el resultado es una sostenida producción que se mantiene en forma continua en los últimos años. Me detendré en las publicaciones generadas a partir de 2003 en función de haber atendido la obra anterior a esa fecha en otra oportunidad (Vila, 2006). No obstante ello, revisité algunos libros puesto que, en ocasiones, los nuevos me obligaban a volver a los anteriores ya que la matriz narrativa y la reiteración de temas así lo exigían y porque, además, se observaban ciertos “aires de familia” en sus cuentos, novelas y crónicas. Lo mismo hice con el prólogo “Cuarenta y tantos años” de Persona non grata (2015) debido a que la revisión –hecha por Edwards– del clima imperante durante la escritura de ese libro, por una parte, y por la otra, de los reposicionamientos políticos y las nuevas vinculaciones con el mundo continental de algunos personajes allí mencionados reaparecían en los libros publicados en los últimos años, en especial en Esclavos de la consigna (2018), título que tiene su preanuncio en el ensayo “Huidobro y los esclavos de la consigna” (OC: 70-77).

Las nuevas publicaciones siguen hablando de los fantasmas que acompañan al chileno desde 1952 cuando publicó El patio. El peso de la tradición, el abandono de su clase y al mismo tiempo el permanecer en ella, su colocación en el campo intelectual chileno, la valoración de la crónica como género que vuelve al narrador en cuanto observador atento, el registro autobiográfico como modo narrativo privilegiado y la tensión entre política y literatura asoman como núcleos medulares de los relatos ficcionales y de las crónicas. Se trata de series fuertemente imbricadas en las que se expresa la tensión y la atracción que estos dos campos generaron en la escritura de Jorge Edwards. Indagar acerca de estas cuestiones a la luz de cambios sociales y políticos producidos en el campo cultural latinoamericano se constituye en uno de los ejes de este libro. Para ello tuve en cuenta no solo las novelas y las crónicas sino también un grupo de cartas que se encuentran depositadas y disponibles para el lector en el Department of Rare Books and Special Collections, Princeton University Libraries, de la University of Princeton, Nueva Jersey, Estados Unidos.1 Al analizar este material, observé que se trataba de un conjunto de misivas que, si bien la mayoría nació para circular por la esfera privada, al ser puestas a disposición de lectores ajenos a ese diálogo, se aceptaba tácitamente la intromisión de un “nuevo destinatario”, pese a no haber participado del pacto epistolar, es decir, habilitaba la condición de voyeur de quien se internara en sus líneas. La disponibilidad de esas cartas por decisión de Jorge Edwards y el uso irrestricto de la mayoría de ellas fue otro aspecto que tuve en cuenta para su uso.2

El acceso a estas misivas e incluso a los borradores de las primeras obras me impulsó a seguir indagando en esta línea aunque, con el avance del trabajo, fueron quedando solamente asociadas con algunas referencias presentes en los textos ficcionales y en algunos casos de modo muy lateral. No obstante ello, entiendo que aportan datos sustantivos básicamente porque el entorno sociocultural que subyace en muchas de ellas explica ciertos posicionamientos de Jorge Edwards en el campo cultural y político. Pese a esta decisión, seguí en la búsqueda de cartas que pudiesen iluminar algunos aspectos de la obra literaria, razón por la cual en 2004 visité la Biblioteca de Catalunya en Barcelona y accedí al archivo Carlos Barral buscando vínculos entre ambos y, eventualmente, con otros escritores españoles, pero en esa ocasión encontré solamente una carta del catalán destinada a Edwards.3 Al momento de la consulta quedaba gran cantidad de material sin clasificar. La carta en cuestión está fechada el 14 de julio de 1964 y fue enviada desde Barcelona a Jorge Edwards, al número 2, Ac. de la Motte-Picquet, es decir, a la sede de la Embajada chilena en París. Una nueva consulta con encargados del sector manuscritos de la mencionada biblioteca realizada a fines de 2017 dio como resultado saber que esa institución había clasificado cuatro cartas de Jorge Edwards destinadas a Carlos Barral fechadas entre 1979 y 1986 (cinco páginas) y un grupo de cartas (fotocopiadas), las que me fueron enviadas digitalmente y que se agregaron a las conseguidas en Princeton. Las depositadas en la Biblioteca de Catalunya se dividen entre las enviadas a Edwards y las que él escribiera y son las siguientes: una no firmada de Carlos Barral a Jorge Edwards (de una página), una de Edwards al editor Jacobo Muchnik de 1979 (de dos páginas), una a Antoni Pujol de 1992 y una de Pujol a Edwards, también de 1992, ambas de una página.4

Sin embargo, es preciso decir que la circunstancia de no contar con cartas que permitan seguir la trayectoria de ellas, es decir envío y respuesta, motivó que algunas fueran empleadas, como anticipé, solamente en función de los materiales literarios. Tomé esta decisión porque entendí que, como sostiene Patrizia Violi (1999: 194), se requiere “una competencia intratextual que más que referirse a un solo texto de carta enriquece el discurso adicional construido sobre el conjunto completo de las cartas que dos personas se escriben entre sí”. En consecuencia, el archivo epistolar de Jorge Edwards del que dispongo fue aprovechado parcialmente. Si bien algunas de sus cartas fueron tratadas en otros trabajos cuya selección se focalizó en la correspondencia que mantuviera con Pablo Neruda, las tendré en cuenta tangencialmente.5 Es decir que el análisis se realizará en función de la relación que tengan con la obra narrativa por cuanto lo autobiográfico es central para el proyecto creador de Edwards, ya que en su escritura se puede observar que toma su propia comprensión como tema relevante y las cartas, en ese sentido, constituyen un reservorio interesante.

La hipótesis de pensar el conjunto de la obra como autobiográfica está presente en este libro. Este concepto me enfrentó con una cuestión compleja ya que se trata de un tema problemático desde el punto de vista teórico. Sin dudas la autobiografía se caracteriza por poder ser analizada desde varios ángulos, tal como lo certifican los distintos posicionamientos de teóricos y críticos, generando, en consecuencia, líneas que se enfrentan. La lectura de las postulaciones de Paul de Man, Philippe Lejeune, junto con los aportes críticos de Sylvia Molloy, Nora Catelli, Leonor Arfuch, Serge Doubrovsky y Manuel Alberca, me guió a revisar los diversos caminos de abordaje al tema autobiográfico. Estas líneas de análisis y crítica pusieron en evidencia coincidencias y discrepancias de algunas categorías, tales como las de autor, narrador y personaje, al igual que la consideración de un concepto que tiene una notable emergencia como es el de la autoficción. No desatendí, además, la relevancia de la inscripción del nombre propio, aspecto que en la obra de Edwards tiene un peso notable, en especial en los aparecidos recientemente, sobre todo porque la inclusión de datos referidos a su vida permiten al lector identificarlo en función de que comparten experiencias de vida.

Por otra parte, la alusión a vínculos entre los sujetos de las historias con sus familias contribuyen a fortalecer el pacto de verosimilitud. En este camino de revisión, me detuve en la consideración de la memoria como rasgo distintivo de la autobiografía dado que, más allá de esta particularidad inequívoca, en el corpus analizado es un soporte fundamental porque saca a la luz lo olvidado u ocultado; quien tiene esa capacidad de recordar y de seleccionar los recuerdos inscribirá su nombre en el texto. No obstante este intento, creo que, al sobreimprimir una vida en aquello que había estado escondido, se crea un espacio autobiográfico “para poder narrar su historia que él (o ella) fue aquello que hoy se escribe” (Catelli, 2007: 219).

En el trayecto emprendido para abordar estas cuestiones siempre prioricé el análisis de la obra de Jorge Edwards puesto que en ella está presente un constante juego entre el desplazamiento de un yo ficcional con un yo producto del autor como sujeto biográfico, hecho que me llevaba a entender que ese yo estaba recuperando recuerdos a través de la escritura y en consecuencia podía mostrar un punto de inflexión entre el dato tomado de la vida de quien firma los libros y el yo nacido de la ficción.

En este recorrido, tal vez un poco ecléctico, trabajé con la autoficción, categoría que sobrevuela el análisis de algunos textos, especialmente en aquellos donde hay un diálogo entre un personaje que, manteniendo su nombre, se piensa a sí mismo como parte de la ficción, es decir, cuando se observa que “el escritor, como centro o héroe de la historia, transfigura su existencia real en una vida irreal, indiferente a la verosimilitud autobiográfica” (Alberca, 2007: 152). En estas ocasiones el autor se siente (y lo expresa) responsable de las afirmaciones que hace en la voz de sus personajes, aserciones que en ocasiones llegan a través de explicaciones protegidas por el uso de los paréntesis, cuestión que quita libertad a quien ficcionalmente está contando una historia y la deposita, en cambio, en el autor de la historia. Al igual que con algunos acontecimientos narrados, los personajes elegidos en ocasiones contribuyen a desdibujar ciertos límites entre la realidad y la ficción, hecho que sostiene la idea de tener en cuenta el concepto de autoficción, básicamente porque se fortalece la presencia de la identidad del autor-narrador-protagonista acompañada por el peso que se le otorga a la sinceridad de los comentarios que se vierten en los relatos (Gasparini, 2012: 181).

Se advierte, asimismo, que Edwards no vacila en hablar de sus “páginas autobiográficas” (CM: 182), lugar desde donde pareciera reclamar ser mirado, razón por la cual la apelación a la memoria, a la autoficción, a la autobiografía irá mostrando el espacio autobiográfico en el que se inscribe la obra del chileno (Arfuch, 2018: 62-63). Esta operación requiere, además, una participación notable del lector en un mundo privado que se impone sobre el público. O, dicho de otro modo, se estará en presencia de una escritura en la que se sobrevalora lo privado porque se abandona el silencio, el oscurecimiento o el ocultamiento, se expone lo subjetivo, y estos aspectos pasan a ocupar un lugar notable en el espacio público; es allí donde lo íntimo deja de serlo y por momentos adquiere un tono confesional. Por otra parte, la memoria es el eje en torno al cual pivotea la autobiografía, es la que da carnadura a ese ejercicio de recordar y develar para que el relato tenga una óptica retrospectiva. Es el mecanismo que va construyendo el texto y va ampliando la mirada de quien trae al presente los recuerdos. Philippe Lejeune (1994: 51), cuando se refiere a los “géneros vecinos”, señala que la memoria no tiene las mismas condiciones requeridas para el texto autobiográfico porque solo comparte la condición de narración en prosa. Creo que en el caso de las memorias de Jorge Edwards –además de esta particularidad– la identidad del autor y la del narrador son fácilmente reconocidas, razón por la cual entiendo que pueden ser consideradas con una fuerte impronta autobiográfica, ya que el eje de su escritura esté focalizado en su vida.

El otro aspecto que me interesa considerar es el del vínculo de Edwards con escritores, críticos y editoriales que se gestó a lo largo de los años. La condición de diplomático y de viajero hizo que la escritura epistolar fuera una práctica frecuente que dejó huellas de sus aproximaciones y alejamientos temporales o definitivos con otros escritores; también muestra sus desplazamientos originados por cuestiones de índole laborales y políticas, hechos que tienen algún tipo de presencia en la obra ficcional. Por su trabajo como diplomático tuvo destinos como Cuba o París, destinos que obedecieron a razones por cierto atípicas. Fue el encargado de reabrir el Consulado chileno en La Habana por decisión de Salvador Allende, pero su posterior expulsión por parte de Fidel Castro lo llevó a recalar en París al amparo de Pablo Neruda. En la Embajada parisina cumplió tareas diplomáticas y acompañó a Neruda tratando de resolver los problemas menores que el vate era incapaz de solucionar y que, en la mayoría de los casos, eran generados por él mismo. En cada uno de estos lugares, su condición de escritor primó sobre la de diplomático, circunstancia que en algunas ocasiones le generó verdaderas complicaciones (Vila, 2006).

Se observa que la mayoría de las cartas con las que trabajé fueron escritas sin cuidar las formas, es decir no pensadas para ser publicadas y, en varias, se advierte una gran familiaridad entre el autor y el interlocutor. Las que evidencian un cuidado por las formas, la ausencia de usos lingüísticos familiares o de algún tipo de ironía jocosa están dirigidas a quienes debían juzgar o comentar sus libros, discutir sobre cuestiones teóricas y críticas, o están vinculadas con posibles publicaciones. Es decir, responden a lo que se llama carta formal con estilo cuidado.

Me interesa señalar que, de los archivos que dispongo, dos son los más extensos: el de Pablo Neruda y el de Mario Vargas Llosa. Se puede pensar inicialmente que el espesor intelectual de ambos corresponsales generó un intercambio de notable significación sin dejar de lado que la amistad que existió con Neruda y con Vargas Llosa agrega a este cruce epistolar un aspecto más a tener en cuenta. Sin embargo, la correspondencia entre los dos chilenos deja a la vista una vinculación desigual debido a que hay un intercambio más bien orientado a cuestiones domésticas o diplomáticas, aunque también en este campo los aspectos cotidianos primaban por sobre los de índole política o literaria. La dispersión temporal y la multiplicidad de temas abordados tangencialmente son la confirmación de que “la carta [es] un texto esencialmente heterodoxo respecto de todo esquema basado en la progresión y el desarrollo narrativo” (Pagés-Rangel, 1997: 13).

Por otra parte, quiero hacer notar que no encuentro en la correspondencia entre los dos chilenos señales de la relación maestro-alumno o indicios que llevaran a suponer que Neruda fuera un manifiesto impulsor de las actividades literarias de Edwards. Pese a esto, no adhiero a la idea sostenida por algunos de que Edwards fue algo así como un “secretario” de Neruda. En general en las cartas no hay comentarios acerca de las novelas o los cuentos de Edwards, con excepción de lo referido a la oportunidad o no de publicar Persona non grata.6 En Confieso que he vivido, Neruda habla de Edwards y marca la pertenencia de este a “la familia más oligárquica y reaccionaria del país”, cuestión que no le impide postularlo para el cargo de consejero en la Embajada chilena en París por considerarlo “uno de sus amigos, diplomático de carrera y escritor de relieve” (Neruda, 1998: 332). De modo que la falta de alusiones específicas a la obra de Edwards no implicaba que Neruda no lo alentara en su actividad de “escritor de relieve”, sino simplemente que hay escasas referencias a temas literarios y estas más bien están asociadas con cuestiones de publicación o traducción o posibles trámites para sostener la candidatura de Edwards para el otorgamiento de premios literarios.

Por el contrario, en la correspondencia que mantuvo con otros escritores se encuentran referencias concretas a la obra de Edwards o a artículos sobre la obra de distintos autores que fueran escritos por él. Por ejemplo, en una enviada por José Donoso el 8 de mayo de 1979 se lee: “Podemos iniciar una correspondencia literaria que después se podrá publicar en un pequeño y elegante volumen, lo que no dejaría de tener gracia”. En otra del 24 de enero de 1980 le agradece el artículo que Edwards escribiera sobre Pájaro (El obsceno pájaro de la noche). Otro ejemplo lo constituye una extensa carta que, desde Caracas, Ángel Rama le manda a Edwards el 28 de junio de 1974. Está centrada en su consideración de Persona non grata. Parte de una contundente afirmación: “Te confieso que nunca me interesó el caso Padilla”, hecho que lo asocia con su rechazo a un “tema obsesivo […] la literatura dentro de la revolución”. Rama hace un análisis que por momentos se desvía de lo literario para hacer foco en cuestiones ideológicas: “[D]ejas un flanco a la crítica […] al no considerar la revolución cubana”, anticipando incluso alguna supuesta respuesta por parte de Edwards: “Dirás que no era ese el tema de tu libro”, para rápidamente argumentar contra ese presunto pensamiento del autor del libro: “De acuerdo; pero tu tema restricto y particular está inserto en un vasto tema que, como sabes bien, no tiene posibles lectores fríos y sobre el cual hubiera yo querido algo más que tus opiniones abstractas” (mi subrayado), reclamando entonces un posicionamiento más firme e incluso discrepando con el enfoque que le dio a la novela. Rama también se posiciona como un testigo privilegiado de los acontecimientos relatados en Persona non grata –“en el 67, en una larga reunión con Fidel que tuvimos los intelectuales extranjeros (Julio, Mario Vargas, David Viñas, etc.) yo llevé la voz cantante en el tema de los campos de la UMAP [Unidad Militar de Ayuda a la Producción] donde habían recogido a los homosexuales”–, otorgándole a sus afirmaciones el peso de la verdad, concepto que se fortalece cuando le aclara, apelando a los protectores paréntesis, que “(disfruté de tu entrevista porque pude chequearla con mis diálogos con él) [Fidel Castro]”. No obstante este uso, la apreciación de Rama se disemina y el empleo de un “yo” –señalado en el verbo– revela el valor que le otorga a su lectura y a su participación directa en los momentos mencionados.