Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Pocas personas encarnan mejor que Juan Velarde, decano de los economistas españoles, la historia de nuestro país en los últimos 60 años. Y no sólo por su relevante papel en el desarrollo de la economía como disciplina académica en España sino, sobre todo, por haber sido testigo privilegiado del impresionante proceso de modernización de la economía y política nacional así como de la sociedad española en su conjunto. Este libro recoge los recuerdos y memorias del profesor Juan Velarde a través de unas extensas conversaciones con Mikel Buesa y Thomas Baumert, en las que, de forma rigurosa pero distendida, se repasan los principales episodios de su vida y que, en sus propias palabras, "sirven para iluminar lo sucedido en alguno de los episodios más apasionantes de la historia contemporánea de España y, sobre todo, el período que transcurre desde los años 30 a los 70, en el que España experimenta ese `gran cambio` del que pude ser testigo activo y que da título al libro". Todo ello sazonado con numerosas anécdotas --en su mayor parte inéditas-- referidas a personas y sucesos relevantes que harán las delicias de los lectores.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 468
Veröffentlichungsjahr: 2016
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Juan Velarde
Testigo del gran cambio
Conversaciones con Mikel Buesa y Thomas Baumert
© Los autores y Ediciones Encuentro, S. A., Madrid, 2016
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Colección Nuevo Ensayo, nº 6
Fotocomposición: Encuentro-Madrid
ISBN: 978-84-9055-799-0
Para cualquier información sobre las obras publicadas o en programa y para propuestas de nuevas publicaciones, dirigirse a:
Redacción de Ediciones Encuentro
Ramírez de Arellano, 17-10.a - 28043 Madrid - Tel. 915322607
www.ediciones-encuentro.es
Verachtet mir die Meister nicht und ehrt mir ihre Kunst!
[¡No despreciéis a los maestros y honrad su arte!]
Richard Wagner, Meistersinger, 4 acto, aria de Hans Sachs
A sentir, a pensar de ti lo enseñado,
Obra soy tuya y de tu noble ejemplo.
Juan Meléndez Valdés, Epístola II a Jovino [Jovellanos].
El aseguramiento de los nuevos conocimientos no puede
emprenderse más que sobre los cimientos de las viejas
verdades. Y los viejos maestros no sólo son venerables:
ahora como antes, en lo esencial, tienen razón.
Heinrich von Stackelberg, Interés y Dinero.
A Alicia Valiente,
por demostrar que Schumpeter en ocasiones se equivocaba...
Una mañana, estando en mi despacho del Tribunal de Cuentas, llamó a la puerta el inspector de la Policía Nacional al cargo de la seguridad del edificio. Por su expresión supe enseguida que sucedía algo extraño.
—¿Qué ocurre? —inquirí—. ¿Pasa algo?
—Hay un paquete abajo en la entrada que, en el escáner, se ve como una pasta con puntos negros incrustados. Todo apunta a que pudiera ser material explosivo, un paquete-bomba. Se trata de un bulto envuelto en el que sólo figura su nombre. No lleva remite, ha sido entregado por mensajería, y el mensajero se ha dado a la fuga. Es todo muy sospechoso, así que hemos llamado a los TEDAX, que ya están en camino, para que liquiden el paquete, y hemos procedido a acordonar la zona. Por favor, no salga de su despacho.
Mientras me decía esto, podía oír el sonido del helicóptero —intuí que de la Policía— que se acercaba y comenzaba a dar vueltas encima del edificio que alberga el Tribunal de Cuentas. Comenzó entonces a apoderarse de mí una sensación extraña…
* * *
El anterior es sólo uno de los episodios menos conocidos de la vida del profesor Velarde que revela en las páginas de este libro, cuyo origen se encuentra en el encargo a quienes firman estas líneas de realizar una entrevista con él para el volumen La hora de los economistas.[1] Cumplido aquel propósito,[2] pronto descubrimos que la idea original de abarcar en una única sesión todas las cuestiones que nos planteábamos resultaba imposible, de manera que solicitamos a don Juan que nos concediera más tiempo para realizar sendas entrevistas adicionales.[3] Con su habitual disposición a colaborar —encarna como pocos el lema acuñado por Julián Marías: «Por mí que no quede», accedió inmediatamente, y lo volvió a hacer de nuevo cuando le propusimos que, al margen de la entrevista original de veinte páginas para el mencionado libro, pudiéramos preparar todo el material recopilado —cuya transcripción ocupaba casi diez veces más—[4] para una publicación independiente que, en lugar de una síntesis, permitiera dar a conocer de forma extensa y pormenorizada las vivencias del decano de los economistas españoles.
Se gestó así el libro que ahora ofrecemos al público. En él los lectores pueden asistir, de la mano de don Juan, a las clases de Valentín Andrés Álvarez, tienen ocasión de participar en el seminario madrileño impartido por Heinrich von Stackelberg, de pasear por las calles cercanas a la vieja Facultad de Económicas con Luis de Olariaga, de visitar en su casa a Pío Baroja, de entrar en la tienda de campaña de Enrique Fuentes Quintana durante su servicio militar, de acompañar —haciendo de guía turístico— a Simon Kuznets por el viejo Madrid, de salvar para el patrimonio nacional un emblemático cuadro de Goya, de socorrer a un judío perseguido en los años de la Segunda Guerra Mundial, de ver cómo se promovieron el Plan de Estabilización Nacional de 1959 y el Pacto de la Moncloa, y de revelar cómo se gestionó la infiltración de un espía español en Gibraltar.
Los anteriores son únicamente unos pocos ejemplos de la amplia variedad de recuerdos que desfilan por estas páginas, pues Juan Velarde no sólo ha sido y es un intelectual prestigioso, un profesor ocupado en difundir sus amplísimos conocimientos, sino también un economista que ha participado en la gestación de los principales cambios que, en su proceso de desarrollo, ha experimentado España desde los ya lejanos años en los que, allá por 1947, acabara sus estudios —siendo el alumno más joven— en la primera promoción de licenciados de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Comerciales de la entonces Universidad Central de Madrid. Recordando a aquel don Juan aún no veinteañero, su compañero y amigo Enrique Fuentes Quintana escribió:
[…] pronto se ganaría la simpatía de sus compañeros, por la juventud insultante de su apariencia, por la cordialidad de sus gestos y trato y, sobre todo, por la erudición y extensión sorprendente de sus conocimientos […].[5]
Una vida profesional tan dilatada como la del profesor Velarde, incluso para una personalidad bondadosa y desprendida como la suya, podría haber dado lugar a algunos descontentos. Empero no ha sido así; y somos testigos de la amplitud de adhesiones que despierta su figura. Baste recordar —y nos limitamos a un ejemplo entre muchos que cabría citar— que Fabián Estapé, al saber de nuestro propósito de publicar un libro extenso de entrevistas con don Juan, nos solicitó, como favor, el que le permitiéramos contribuir con un prólogo a modo de homenaje a su amigo. Los diversos avatares que han demorado la finalización de este proyecto han hecho que fuera imposible el que pudiera ver cumplido este deseo. Valga, pues, recordar al menos las palabras que en uno de sus escritos biográficos dedicó a Juan Velarde:
[...] de los amigos de juventud conservo algunos economistas, la gente del ramo, entre los que quisiera destacar la figura de Juan Velarde [...]. Es, sin duda, el catedrático que mejor ha analizado los problemas de la economía española. Es el único falangista ilustrado que he conocido en mi vida, y un profesional con un sentido de la honestidad que va más allá de los partidos políticos que gobiernan. Siempre se ha sentido atraído por lo que puede aportar un economista a la resolución de los problemas del país, independientemente del color del gobierno. […] Yo, que estoy tan de acuerdo con muchas de las tesis de Ortega y Gasset, hay un tema en el que discrepo con él: decía que el andaluz es el tipo de español más válido, más selecto. Pues yo puedo decir que al menos en economía se equivocaba. Los mejores economistas son los asturianos, y si no, fijémonos en los ilustrados de finales del XVIII y en el propio Juan Velarde.[6]
Ciertamente, don Juan se inserta —y nos sentimos tentados a decir que culmina— una larga tradición de economistas asturianos de corte liberal, que se inicia con Jovellanos y se extiende hasta Valentín Andrés Álvarez, dos figuras claves —el primero como referente histórico, el segundo como maestro y amigo— en la evolución intelectual de nuestro entrevistado. Y fue precisamente don Valentín quien, con cierto guiño irónico, reprochara a Velarde su «afán enciclopedista»[7] (que, bien sabido, él mismo compartía), que se plasma en esa enorme e insaciable curiosidad por saber que, amén de su vivísima inteligencia, su asombrosa —y en ocasiones abrumadora—[8] capacidad de lectura y el hecho de ser un infatigable trabajador de actividad fecunda, incluso en su senectud, le ha permitido ir añadiendo, como un viejo roble, año tras año, anillo sobre anillo, un acervo de conocimientos lentamente sedimentados, que lo han convertido en uno de los intelectuales españoles más destacados de nuestro tiempo. Muestra de ello son un número ingente de premios, distinciones y condecoraciones que, sin embargo —y a diferencia de muchos otros que apenas cuentan con una fracción de ellas—, don Juan jamás luce sobre su traje ni toga académica. Y es que otra de las características de Velarde es su sincera y profunda humildad.
Humildad que probablemente tenga su origen en que Juan Velarde es persona de profundas convicciones religiosas, aunque nunca ha militado en ningún grupo u organización católica. Tiene igualmente arraigadas ideas políticas que le llevaron primero a la Falange y, ya en la democracia, al Partido Popular, aunque jamás se ha dejado llevar por la disciplina partidaria. Siendo un hombre de derechas —nunca ha ocultado su ideología política, dando preclaro ejemplo de una acrisolada lealtad a sus principios—, exhibe un talante abierto a las ideas que vienen de la izquierda y, sobre todo, a las personas que las expresan no sólo con convicción, sino con racionalidad. Es como si quisiera descubrir en todos aquellos elementos del conocimiento que pueden ayudar a resolver los principales problemas de la economía y la sociedad española, a los que él ha dedicado su vida. En este sentido, no asombra saber que don Juan ha sido siempre un hombre de tertulia, esa añeja institución ibérica forjadora de espíritus tolerantes —que no relativistas— y de talantes auténticamente liberales.
Claro que en don Juan este talante liberal tiene raíces profundas, pues le viene de familia, especialmente de su padre, tal como el lector tendrá ocasión de descubrir en estas páginas; mas también del ambiente asturiano en el que transcurrió su infancia, en el que las lecturas, el manejo de la prensa diaria y su presencia como oyente en una tertulia obrera acabaron modelando un espíritu hasta cierto punto rebelde —pues nunca ha querido conformarse con ver pasar los años sobre los problemas irresueltos de España— aunque supeditado siempre al conocimiento de las cosas y al respeto hacia las instituciones.
Porque Juan Velarde es, ante todo, un científico. Una persona dedicada a estudiar, a descubrir, a desvelar las conexiones entre la economía, las corrientes sociales y la historia para conocer cómo se configuran los fenómenos económicos y, además, para buscar las políticas con las que mejorar su funcionamiento. La obra de don Juan se orienta así hacia la mejor construcción de España, hacia la remoción de los obstáculos que encuentra su desarrollo y, con él, el bienestar de los ciudadanos. Por ello, cuando se contempla desde la perspectiva de una vida volcada sobre el conocimiento —como creemos que podrán hacerlo nuestros lectores en este libro— resuenan en Velarde los consejos que, allá por los años cincuenta, expresara su maestro, Manuel de Torres:
La misión intelectual del economista […] no puede consistir sino en estudiar, investigar y enseñar. Pero aparte de la profesada en las aulas, existe otra enseñanza trascendente: la de adoctrinar a la sociedad, la de mejorarla haciéndola más justa y más estable, más progresiva y equilibrada a la vez.[9]
Y así, hemos visto a Juan Velarde no sólo dedicado a sus publicaciones académicas, sino enfrascado en los dictámenes e informes que le han requerido los gobernantes y en una labor continua de difusión de las ideas desde las columnas periodísticas, la radio o la televisión, las tertulias y las conferencias. Permítanos el lector traer nuevamente a colación las reminiscencias que de su amigo hiciera Enrique Fuentes describiendo una jornada normal en la vida de don Juan y que, a pesar de haber sido escritas hace un cuarto de siglo, apenas se han visto modificadas a fecha de hoy:
Un día de trabajo de Juan Velarde se compone siempre de dos o tres clases, la entrega puntual de un comentario de prensa, la preparación de un trabajo de investigación de vencimiento fijo, la lectura implacable que va de los ensayos de Economía a los libros más actuales o a los escritos del pasado, y que finaliza en la prensa nacional y extranjera.[10]
En similares términos describió su quehacer diario el que fuera otro de sus grandes amigos, Sabino Fernández Campo:
Juan Velarde es un trabajador infatigable y ejemplar. Si llega unos minutos tarde a un almuerzo, a una reunión o a un acto cualquiera es porque viene de presidir un tribunal, de juzgar una tesis doctoral, de dar una clase o de mantener un coloquio en la radio. Y si se va unos minutos antes es porque tiene que emprender un vuelo a un país lejano donde le van a hacer doctor Honoris Causa o concederle un premio destacado. Escribe constantemente artículos, redacta prólogos, presenta libros, pronuncia conferencias y publica obras importantes, de interés muy notable. Es incansable y disfruta con esa actividad desenfrenada que le da tiempo para todo. Como decía Horacio, «el placer que acompaña al trabajo hace que se olvide de la fatiga».[11]
En todos esos ámbitos don Juan ha hecho gala de sus conocimientos, sometiéndolos al debate académico y a la discusión pública, ha exhibido su portentosa memoria y ha hecho fácil para todos el acceso a los hilos conductores de los acontecimientos que se entrelazan sobre los diferentes temas de la economía y la sociedad. Nada mejor que una cita literaria para describir este estilo con el que Velarde ha construido sus principales aportaciones al conocimiento de la economía española:
Una conversación que dice y no dice, alusiva, indescifrable como el revés de un bordado: una maraña de hilos y nudos, y por el otro lado se ven las figuras.[12]
En esa construcción, don Juan no ha dudado nunca en reconocer sus deudas intelectuales, no sólo con quienes fueron sus maestros sino también con quienes han sido sus discípulos o sus colegas en las tareas universitarias, siendo así que se ha considerado siempre —y lo hace aún a fecha de hoy— un «hombre de equipo». En consecuencia, no es infrecuente encontrar en su obra referencias a lo que él suele bautizar como «el efecto de fulanito o de zutanito» en alusión a los logros de cualquiera de los economistas más jóvenes que ha albergado bajo su cátedra. En esto Juan Velarde ha dado muestras siempre de generosidad y de modestia, algo que con demasiada frecuencia está ausente del mundo académico. Y no sólo eso, sino que también se ha implicado para promover a los suyos hacia las cátedras universitarias, ubicándose así en las antípodas de esos profesores engreídos que, para preservar su podercillo académico, no dudan en impedir o dificultar la carrera de los demás. A nadie extrañará, por este motivo, que hoy se cuenten por decenas, quizás por centenares —algunas estimaciones prudentes apuntan a que don Juan «ha hecho» más de cuarenta catedráticos y más de trescientos titulares—,[13] los catedráticos de Economía Aplicada que, de una u otra manera, han encontrado en don Juan el impulso que necesitaban para llegar a su posición.
A este respecto, además, Juan Velarde ha actuado siempre sin la menor restricción ideológica. Entre sus colaboradores, desde el primer momento ha habido personas de todo el espectro ideológico, desde la derecha hasta la izquierda, pues para él, como se verá más adelante en sus recuerdos, lo único que de verdad ha contado son las ganas de trabajar, de investigar, de progresar en el conocimiento. En el que fue su departamento de la Universidad Complutense —a pesar de las mutaciones experimentadas— aún pervive ese espíritu y, por ello, no sorprende que, siendo como es una unidad de tamaño más bien pequeño, se concentre la mayor cantidad de méritos de investigación, evaluados externamente, de la Facultad de Económicas.
A lo anterior se suma que Juan Velarde es una persona que siempre ha entregado generosamente su tiempo, su ayuda, su conocimiento y su afecto. Un ejemplo, en definitiva, de quien, sin restricción ni prejuicio alguno, siempre está dispuesto a compartir su saber con sus compañeros de generación y con las que le han seguido, alguien para quien enseñar no es sólo una profesión o un sustento de vida, sino una verdadera vocación. En este sentido, no cabe duda de que don Juan, quien acostumbra referirse a sus maestros como sus «acreedores preferentes», ha transmitido a manos llenas los créditos intelectuales recibidos, habiéndose convertido a su vez en acreedor de tantos economistas, historiadores y sociólogos de generaciones más jóvenes, que ha saldado con creces la deuda original que con sus maestros pudiera haber contraído. Como dijera de él un conocido maestro de periodistas:
Juan Velarde es un sabio que no sabe que es sabio. Posee y destila saberes depurados y transparentes, pero él mismo es la negación de la pedantería […]. Vive para saber, y lo que sabe lo enseña, en la cátedra, en los periódicos, en los consejos, en las juntas, en las cenas de amigos.[14]
Y es que don Juan ha optado siempre, y sin excepción, por trasmitir la llama viva del saber en lugar de conservarla egoístamente; actitud esta última que —tan frecuente en el mundo académico— inevitablemente acaba con el receloso guardián atesorando solo frías cenizas. Quienes firmamos estas líneas —economistas de dos generaciones diferentes, el uno discípulo del otro, y ambos a su vez de don Juan— estamos agradecidos de haber recibido de él esta llama, y nos sentimos orgullosos de poderla compartir ahora con los lectores, tanto entre quienes ya tienen el privilegio de conocer a don Juan —permitiéndoles recordar alguna historia olvidada y descubrir otras nuevas—, como entre quienes se acerquen a él por primera vez.
Pero Juan Velarde no es sólo un sesudo profesor, un humanista clásico, un pulcro asesor o un apasionado divulgador del conocimiento económico ejemplarmente entregado a su profesión. Es también una persona asequible, cordial, dialogante, dotada de un gran sentido del humor. Y es precisamente esta combinación, la experiencia y madurez del sabio entreverada con la ilusión y curiosidad de un niño, la primera de dos características que, a nuestros ojos, mejor definen la figura de don Juan. Así, sus conversaciones no sólo están jalonadas de numerosas risas —de las que hemos decidido dejar constancia a lo largo del texto a fin de que el lector se pueda hacer una idea de esa alegría y humor tan inherentes a su carácter— sino de numerosos ejemplos de sus extraordinarias dotes como imitador de voces, tal y como ha quedado registrado en nuestras grabaciones. Y es que esas risas, esa alegría, no son sino el reflejo de una desbordante felicidad personal.[15] La segunda característica, vinculada de alguna manera a la anterior, es la de ser una persona intrínsecamente buena, de diligente generosidad, de hombría de bien, entregado a los demás sin pensar en sí mismo.[16] Quizás nadie haya sabido expresar este rasgo de don Juan mejor que Emilio de Diego al escribir:
Juan Velarde es la única persona con la que yo me he encontrado, que antes de que termines de pedirle un favor ya está decidido a hacértelo y, encima, te da las gracias.[17]
Quienes firmamos estas líneas no sólo podemos corroborar por experiencia propia este extremo —y el caso de Juan Falces Elorza rememorado en este texto es un nítido ejemplo de ello—, sino que estaríamos dispuestos a afirmar que don Juan, si está al corriente de alguna necesidad de un conocido u amigo, se las ingeniará para ayudarle antes incluso de que el interesado le llegue a pedir favor alguno. Y es que Juan Velarde hace buena la máxima latina Vir bonus, dicendi peritus —durante siglos la vara de medir a los hombres públicos romanos— en la que Catón dejaba claro que poco vale la destreza técnica y la habilidad profesional si no es precedida de una alta cualidad moral.
Finalmente, y por acabar con una característica algo más frívola del protagonista de este libro, Juan Velarde es una persona increíblemente golosa, hasta el punto de que Sabino Fernández Campo lo calificó como un «trabajador y goloso en perfecta armonía»:[18]
Juan Velarde […] se muere por los excelentes merengues que nos ponen en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas antes de las sesiones […]. Y sabemos que en un trayecto camino de Cantabria se detiene siempre para degustar con deleite unos pasteles típicos casi tan famosos como los «Carajitos del Profesor», clásicos de su pueblo natal.[19]
Sus saberes sobre este asunto son seguramente, por lo que respecta a la geografía española, insuperables, de manera que, de norte a sur, de este a oeste, don Juan es capaz de ubicar los pueblos, los conventos, las pastelerías en las que pueden degustarse los mejores y más variados dulces del país. Esas golosinas no podemos ofrecérselas a los lectores de este libro, pues su dulzor no cabe en la letra impresa; pero aun así, estamos convencidos de que encontrarán en él unas palabras, las de Juan Velarde, que no sólo despertarán su interés, sino que, al igual que aquellos dulces, harán su delicia.
Thomas Baumert
Mikel Buesa
[Th.B.] Antes de iniciar nuestra entrevista creo que deberíamos congratularnos por la casualidad de que precisamente hoy sea el cumpleaños del padre de la ciencia económica, Adam Smith[20]… ¡Vamos a pensar que es señal de buen augurio!
Pues sí…
[Th.B.] Señalaba uno de sus maestros, Valentín Andrés Álvarez[21] —marcado por el hecho de ser hijo de una joven viuda— la importancia del entorno y de la familia en la trayectoria del intelectual. ¿Nos podría evocar sus primeros años de vida y ese trasfondo familiar? ¿Destacaría algún aspecto que hubiese favorecido especialmente su posterior evolución como economista?
Bueno, como economista no lo sé. Mi padrino de pila en el bautismo[22] fue Faustino de la Vallina Argüelles,[23] catedrático de Filosofía de la Universidad de Oviedo, que estaba casado con una hermana de mi padre. No hace mucho descubrí en un ejemplar antiguo de la revista Anales de la Universidad de Oviedo, que mi tío Vicente Velarde Menéndez había sido distinguido por un trabajo que había realizado en el Concejo de Salas acerca de las figuras comunales.[24] Por cierto, este tío mío era muy amigo del autor de A.M.D.G., Ramón Pérez de Ayala.[25]
Por parte materna, mi abuelo era un farmacéutico de Salas que había estudiado en la Universidad de Madrid. En la botica del pueblo siempre había tertulias, y allí estaba mi padre con mi abuelo. Recuerdo que guardaba un ejemplar de la famosa Biblia de Reina-Valera, que había sido traducida por aquellos dos famosos protestantes españoles.[26] También me leí Los tres mosqueteros, que tenía allí en una edición muy original. Éste es el entorno por parte de madre... quien por cierto, según se aprecia en las fotografías de la época, fue una chica muy mona.
En su infancia mi padre fue, entre otros, muy amigo de los hijos de Leopoldo Alas «Clarín».[27] Me contaba cómo iban a ver por una rendija a Clarín trabajar en casa. En una ocasión, le anunciaron los hijos de Clarín que su padre se iba a batir en duelo al día siguiente, así que se fueron allí a la casa, a ver a Clarín entrenarse con el florete[28]… A mí, mi padre me hizo leer La Regenta —tendría yo diez u once años— y me explicó quiénes eran las personas que habían inspirado todos los personajes, aunque desgraciadamente se me han olvidado muchos… Sí recuerdo cómo una tía abuela mía, María Menéndez Suárez-Cantón, cuando hablábamos de La Regenta, me contaba: «¡Uy, las de Cantón éramos muy divertidas! Nos reuníamos en casa y bailábamos lanceros al son del piano. Solía asistir a esos bailes una chica muy guapa de Oviedo, que era muy lista y tenía cultura y en la que se inspiró Clarín para diseñar el personaje de Anita Ozores.[29] Pero aquella chica no tuvo ningún final malo, al contrario. Se casó con un ingeniero de los que vinieron a causa de la Revolución Industrial a Asturias, tuvo sus niños y vivió feliz». Porque Clarín, para crear el drama, tuvo que suprimir en la ficción la Revolución Industrial en Asturias.
Así, en casa se respiraba ese mundo intelectual derivado de la universidad, singularmente de la de Oviedo, ya que tanto mi padre como ese tío mío estudiaron allí. Ése es el ambiente en casa: culto aunque no de altísima cultura, evidentemente.
[M.B.] Podríamos indagar un poco más en la figura de su padre…
Mi padre llegó a ser alcalde de Salas, si bien su trayectoria política no fue lineal. Inició su andadura en el Partido Reformista de Melquíades Álvarez.[30] Posteriormente pasó a ser alcalde, habiendo basado su campaña en la lucha contra el caciquismo (Salas era por aquel entonces un núcleo del Partido Conservador). Sin embargo, a raíz de un lío precisamente con el suegro de Valentín Andrés Álvarez, quien también militaba en el Reformismo, abandonó el partido y se hizo «Joven Maurista».[31]
Mi padre, cuando fue alcalde de Salas por el Partido Conservador, creó la Biblioteca Municipal que sigue existiendo. Más adelante, siendo ya alcalde maurista, montó un colegio de enseñanza media. La particularidad de este colegio radicaba en su sistema de financiación: a los mejores expedientes de las diversas escuelas municipales —siempre que no tuvieran dinero para estudiar bachillerato— les daban una beca que se financiaba con los Montes Comunales del Ayuntamiento. Y esas becas cubrían todos los gastos del colegio. Lo que pagaban los otros chicos por su matrícula se lo repartían en una especie de cooperativa, los profesores del colegio, reservándose el Ayuntamiento únicamente el nombramiento del director. Este hecho tuvo mucha importancia durante la guerra, cuando el colegio se llenó de catedráticos de instituto que, de momento, habían perdido sus cátedras, aunque luego las recuperaron. Y claro, yo tuve la suerte de estudiar con catedráticos de instituto verdaderamente espléndidos. Recuerdo a don Francisco Luque, catedrático de Física, enseñándonos a los críos una tiza —esto era el año 1940—, poniendo en el encerado la ecuación fundamental de Albert Einstein,[32] e=mc2, y diciéndonos: «En esta tiza hay energía para barrer toda Asturias». Probablemente exageraba… [se ríe]. Pero no tardamos en darnos cuenta de que aquello, además del bachillerato, era mucho más... Fue un conjunto de profesores verdaderamente excelentes de los que pudimos disfrutar. Por ejemplo, yo me sabía la tabla periódica por todos los lados. Recuerdo también al catedrático de Filosofía pintándonos en la pizarra el cerebro, aclarando:«Cuando se sueña se baja la censura». Allí, en el colegio de Salas, explicándonos a Freud[33] en el bachillerato… ¡Eso fue una gran suerte! Y aquello era, en parte, como consecuencia del reformismo maurista de mi padre.
[Th.B.] Y ese maurismo, ¿era dominante en su familia?
Veamos… Los Velarde —podemos distinguir dos ramas— llegan a Asturias con mi bisabuelo, que se traslada de Santander con la Revolución Industrial. Monta allí una casa comercial y una fábrica de productos lácteos. «Fundada en 1848» rezaba el letrero que conservamos en casa mucho tiempo después y yo recuerdo haber visto en mi niñez.[34]
Y este Velarde es quien luego se relaciona y entronca con gente de la burguesía de Oviedo. En cuanto a la filiación política, mi abuelo, Ladislao Velarde, era diputado provincial por el Partido Conservador. Mi padre, en ese sentido, salió algo rebelde —levemente rebelde—, pero estas cosas son habituales.
[M.B.] Y el origen familiar, ¿dónde está?
¿El origen de los Velarde? El Boletín de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País publicó hace algún tiempo un texto sobre este tema[35] que yo tengo por cierto.[36] De acuerdo con esta investigación, los vikingos montaron una base de operaciones en Mundaca, desde la cual hacían razias tierras adentro. Alfonso III decidió hacer una incursión en ese territorio para ponerle fin. ¿Y qué quiere decir Velarde en vasco? Pues «campo de hierba» o «el del herbazal».Claro, pastos había por doquier en toda aquella zona, hasta Asturias.
Aclarada la etimología del apellido, ¿cuál es el lema en escudo de los Velarde?: «Éste es Velarde que a la sierpe mató y con la infanta casó». Allí, en la base de Mundaca, el correspondiente rey vikingo (realmente un reyezuelo, porque había cientos de ellos), había mandado concentrar a las mujeres vikingas a fin de ponerlas a salvo de la cristianización. Entonces los cristianos, entre ellos Velarde, asaltaron aquello y «mataron la sierpe», porque los barcos vikingos llevaban como emblema una serpiente de mascarón de proa. Se ve que este Velarde hizo unas barbaridades tremendas,[37] debió asaltar aquello causando estragos. Y lo más probable es que se saliera de la incursión, a modo de «botín», con una de aquellas señoritas que estaban allí. Seguramente se tratara de alguna hija de uno de estos reyezuelos, de ahí lo de «y con la infanta casó».
En cuanto a mi nombre, Juan, el primer Velarde del que hay constancia se llamaba así. Y Juan es el nombre y es el patrón de la familia Velarde. Conservo aún una bonita figurita de madera, de reducido tamaño, del siglo XVIII, que representa a San Juan Bautista. Esa figurita recuerdo que la tenía mi bisabuelo en su oratorio… ¡Y eso es lo que puedo contar en cuanto a la familia!
[Th.B.] Hemos adelantado ya algunas de sus primeras lecturas… Decía Nietzsche[38] que «el futuro de un hombre depende en gran parte de la biblioteca que hubiera habido en su casa paterna». ¿Qué lecturas rememora de aquellos primeros años? Por lo que hemos podido recopilar, cubrían una variedad vastísima, con sólo dos salvedades: El Emilio de Rousseau[39] y el Dáfnis y Cloe de Longo,[40] que su padre había «indexado».
Sí, sí, ésas eran las únicas.
[Th.B.] Esta última me imagino que su padre la tendría en la traducción de Juan Valera...[41]
Exactamente. Éstos eran los dos únicos títulos que tenía prohibidos… ¡Qué cosas! Por lo demás, el primer libro que yo recuerdo haber leído fue en 1934, durante la Revolución de Octubre. Mi madre nos hizo quedarnos en el pasillo de casa, por si había tiros. Finalmente no los hubo, pero entretanto yo leí una edición muy bonita —que aún conservo— de El Quijote, editada en 1905 con motivo del tercer centenario de su publicación.[42] El libro a unos ratos no lo entendía —por ejemplo cuando hace críticas colaterales de los libros de caballería—, pero a otros me apasionaba. Y así me leí por primera vez El Quijote. Es el primer libro que tengo constancia de haber leído seguido, en el año 34, cuando tenía siete años.
[M.B.] Y desde entonces ya no ha parado, llevará unos miles…
[se ríe]. Pues sí, hasta ahora mismo.
[Th.B.] Si no recordamos mal, su padre también le hacía leer todas las mañanas los debates parlamentarios tal y como aparecían en el Ahora. Además, en su casa recibían el ABC, El Debate, el Blanco y Negro, Norte y El Economista. Aunque, curiosamente, parece que este último era el que menos le llamaba la atención…
Nada, ninguna… Era un periódico aburrido que estaba allí y yo ni lo miraba siquiera.
[M.B.] Es que la economía es siempre muy abstracta y para la gente muy joven es muy poco atractiva.
Sí, claro, porque yo estoy hablando de historias a los ocho o nueve años. En casa además había otro periódico, pero no comprado en casa, sino cambiado. Mi padre era muy paseante de los alrededores de Salas. Él salía siempre con ElDebate ya leído, y había una serrería en la cual el dueño le entregaba El Sol y él, a cambio, dejaba El Debate. Así, al final de la jornada, habíamos leído también El Sol. Para mí éstos eran periódicos habituales. El Ahora, que era el periódico republicano, y el ABC, que era monárquico. Y lo que me hacía leer mi padre en voz alta eran los discursos del Ahora, porque quería que me acostumbrara a la correcta dicción…
[M.B.] A la retórica…
Sí, a la retórica, a hablar, a saber pronunciar correctamente.
[Th.B.] Esto le habrá sido útil a la hora de ser profesor…
Sí, de eso estoy seguro, porque eso es un hábito muy positivo que me enseñó. Aunque confieso que me aburría muchísimo tener que leer aquellos debates parlamentarios de la República… Ya ni me acuerdo qué debatían…
[M.B.] De todos modos, los debates parlamentarios en general, sean de la República o de cualquier otra época, son aburridos.
Aburridísimos. Y más para un pobre crío que se lo tenía que leer a su padre en voz alta. Me acuerdo que me hizo aprender de memoria el discurso de Castelar[43] que comenzaba «Grande es Dios en el Sinaí…».[44] ¡Tenía que recitárselo a grito pelado!
[M.B.] Pero bueno, no deja de ser un buen entrenamiento.
Sí, para luego dar clases, sin duda…
[Th.B.] De aquellos años datan también sus primeras colaboraciones periodísticas, que posteriormente continuarían en Arriba, Alcalá, Ya y ABC, por citar sólo algunos. No obstante, parece ser que su «estreno» en este terreno fueron unas crónicas futbolísticas en el diario Región.
Exactamente. La historia es la siguiente: cuando yo tenía doce o trece años, es decir, los años 40 y 41, apenas había medios de locomoción; era una situación tremenda en ese sentido. Sin embargo, los equipos de fútbol sí solían disponer de una furgoneta —lógicamente alquilada— para ir a los partidos de fuera. Al mismo tiempo, solían celebrarse romerías, coincidiendo normalmente con alguna fiesta, y existía la posibilidad de combinar la salida al partido de fútbol con una «mini-excursión» a las romerías. Como consecuencia de esto, uno de mis amigos, que luego se hizo médico —murió hace algunos años— decidió que él tenía que ser el que llevase el botiquín del equipo; y que yo me tenía que hacer cargo de escribir la crónica del partido en cuestión. Así que nos íbamos con el equipo, llegábamos allí, conocíamos a alguna cría y bailábamos con ella en el prado... Luego, ya de noche, el equipo de fútbol se volvía y nosotros con ellos. Y entonces tocaba escribir la crónica...
[M.B.] O sea, que ésos son los prolegómenos de quien acabaría siendo Premio Nacional de Periodismo.[45]
[Se ríe]. Bueno, pues sí. Eso fue lo primero que escribí. Aunque mi auténtica ópera prima fue un artículo que publiqué anónimo en Región. Recuerdo que a su salida yo estaba muy orgulloso porque había escrito «y al final los laureles verdes rodearon las camisetas blancas». A mí aquello me parecía una imagen «pistonuda». Pero bueno, luego ya me daría un palo sobre el uso de las metáforas don Pío Baroja.
[Th.B.] En 1942, su familia se traslada a Madrid. ¿Qué supuso para usted este cambio a la capital? En primer lugar, claro, está el cambio de instituto.
Sí, al Ramiro de Maeztu. Aquello significaba llegar a un instituto «súper excelente» viniendo de una institución de enseñanza media de un pueblo… ¡Pues lo sorprendente es que vi que no había choque! Entonces es cuando descubrí lo importante que había sido tener esos profesores de enseñanza media tan magníficos. Así que no hubo choque, me convertí desde el primer momento en uno más.
En el Ramiro de Maeztu había un «as» en cada cosa. Estaba el as en Latín, que era José María Valverde,[46] futuro catedrático de Estética, gran poeta —yo leí sus primeros manuscritos y vi el nacimiento de su Hombre de Dios—[47]… Se sentaba a mi lado porque nos colocaban por orden alfabético: Valverde, Velarde. Luego estaba el as en Física, que posteriormente fue uno de los que empezaron la Junta de Energía Nuclear, José Ángel Cerrolaza.[48] En Literatura lo era Carballo —murió prematuramente—, con quien todos estaban impresionados cuando estudió filología...
Y yo era el as de Biología. Me acaeció esta anécdota, que sólo se le ocurre hacer a un crío: Estaba don Rafael Ibarra Méndez,[49] que era el catedrático de Ciencias Naturales, en la pizarra explicándonos las Leyes de Mendel. En esto que se equivoca en un paso, se traba y no obtiene los resultados esperados. Dio un paso atrás y se puso a mirar el problema desde cierta distancia, porque, claro, no estaban saliendo los porcentajes que tenían que salir… Entonces me levanto yo y digo: «¡Don Rafael, es que allí cuando puso esto, se equivocó! Ponga esto otro…». Empezó a cambiarlo, pero mal, así que exclamé: «¡Así no sale!». En eso que me arranco, cojo la esponja, borro todo y se lo pongo bien… ¡Pasó a odiarme! ¡Me ponía sólo ochos de calificación! Aquello fue un escándalo monumental.
Sí, yo era el as de Biología. Claro que, a cambio, era el último en Gimnasia [se ríe]. Me acuerdo que en una ocasión, haciendo lanzamiento de peso, éste se me cayó hacia atrás, y me anotaron «Distancia: negativa». Cuando ya terminamos séptimo, el bachillerato para la Reválida, recuerdo que hubo junta de profesores y que el de gimnasia quiso suspenderme… Menos mal que los restantes se opusieron, y al final saqué un cinco en esa asignatura.
[Th.B.] Vamos, que no tenía habilidades deportivas…
¡Ninguna! Allí jugaba al baloncesto, porque en el Ramiro de Maeztu entonces —al igual que ahora— se jugaba mucho al baloncesto. Pero me dio un balonazo el-Mehdi,[50] el hijo del jalifa, que me rompió las gafas, ¡no me dejó tuerto de milagro! Y sin embargo —y ello es buena prueba del compañerismo y amistad que reinaba entre nosotros—, irónicamente, me nombraron delegado de deportes del curso.
[M.B.] Es decir, que la venida a Madrid no le supuso ningún gran cambio y encontró rápidamente amistad.
Sí, exactamente. Fue un cambio de ambiente, de vecinos… Pero en ningún caso resultó una experiencia traumática, puesto que, como ya he dicho, enseguida me integré en mi curso, y trabé amistades —con Samuel Gili, Juan Plaza, los Cerrolaza— muy fuertes y duraderas.
[Th.B.] Como es bien sabido, el impulso para optar por los estudios de economía puede surgir de situaciones extrañas —baste recordar nuevamente a Valentín Andrés y su lectura fortuita del Manual de Wilfredo Pareto—,[51] pero en su caso, la vocación no se debe a Pareto sino… ¡a la actriz Jean Arthur![52]
Es una historia que he contado ya muchas veces. Yo termino el bachillerato en junio, pero no me dejaban hacer la Reválida porque había nacido el 26 de junio de 1927 y, por lo tanto, en el año 43 al terminar la matrícula para la Reválida —que debía ser el día 15— no tenía edad. Es decir, que en la fecha en la que cerraron la matrícula me faltaban unos días para cumplir los dieciséis años. Hice una instancia, pero fue rechazada. Y entonces me pasé todo el santo verano en Salas, en casa de unos tíos, teniendo que revisar todo para la Reválida...
Así que pasé un verano amargo como consecuencia de la historia esta de la Reválida. Siempre me queda el recuerdo de ver, desde donde yo estaba estudiando, a mis amigos poniendo discos y bailando en casa de una prima mía muy guapa —María Cristina Fuertes—, hija de mi tío Severino Fuertes, que tenía un taller mecánico, como mi abuelo. ¡Yo encerrado, estudiando sin tregua y viendo cómo ellos disfrutaban! Pero finalmente me examiné en septiembre y terminé con Premio Extraordinario.
Claro que ese resultado fue en parte debido a la casualidad, porque me tocó en el examen escrito «La Monarquía de la Reconquista». Recuerdo que lo puse todo. Además, por aquel entonces había leído un libro en el que se comparaba el ciclo del rey Arturo con los reyes asturianos, los motivos de por qué unos aparecían en los escritos de la época en tanto que otros no, etcétera. Así que acabé redactando toda una disertación sobre el tema en ese examen escrito.
Me acuerdo ahora también de don Olegario Fernández Baños,[53] que al examinar de Matemáticas hacía siempre unas preguntas muy raras, incluso extravagantes. Por ejemplo, «Como hay una prueba del 9, ¿puede haber la prueba del 7? ¿Cómo montaría usted la prueba del 7?». Entonces yo me volví al instituto como un rayo a hablar con García Rúa,[54] que era catedrático de Matemáticas, y le pregunté por la prueba del 7… Me contestó que ésas eran tonterías de don Olegario, que siempre andaba con esas cosas. Así que me lo preparé muy bien, y cuando me tocó lo planteé diciendo: «Yo haría esto…». —«¡Muy bien! Al fin lo dice alguien» [se ríe].
Luego tocaban las preguntas de Camón Aznar,[55] el catedrático de Historia. Abría un libro escrito en alemán y decía: «¿Ve usted este cuadro? ¿Qué reacción tiene usted ante este cuadro?». Habitualmente la gente se limitaba a describir el tema del cuadro. Pero como yo me había leído Tres horas en el Museo del Prado escudriñaba el texto en alemán, y en cuanto veía el nombre del pintor soltaba todo lo que hubiera leído sobre él en ese libro de Eugenio d’Ors.[56]
[M.B.] Pero eso no es cuestión de fortuna, son los frutos de sus lecturas… que, por cierto, no son nada habituales a esas edades.
Bueno…
[Th.B.] Y es entonces, al aprobar la Reválida, cuando decide cursar la carrera de Economía.
Efectivamente, es en ese momento cuando me planteo: ¿Y qué rayos estudio yo? ¿Estudio una ingeniería? ¿Estudio Derecho? ¿Me hago médico? Las Ciencias Biológicas me apetecían menos, aun gustándome muchísimo la Biología. Y estando cavilando estas historias fui al Cine Callao a ver a Jean Arthur en Buffalo Bill.[57] Estaba sentado al lado un compañero que me preguntó: «¿Y qué vas a estudiar?». Le dije: «Pues no sé…». Y me contestó: «Pues mi padre, que es jefe superior de Administración del Cuerpo Facultativo de Estadística, se va a matricular en una nueva carrera que hay, relacionada con el mundo de las humanidades pero también con el de las ciencias, las matemáticas... Hay que matricularse ahora porque hay una cola muy larga, pero el curso empieza en enero». «Ah, ¿que el curso empieza en enero…?». Así que llegué a casa y solté: «¡Creo que lo que voy a estudiar es Economía!».
Naturalmente, mi decisión provocó cierto disgusto en mis padres. «De ninguna manera vas a esperar a enero, tienes que empezar a estudiar ahora», sentenció mi padre. Entonces hice un pacto con la familia: había una academia de preparación para ser ingeniero, que se llamaba Academia Navarro Alicart.[58] Navarro era el catedrático de Exactas y Alicart era un ingeniero de caminos y catedrático de Matemáticas que había terminado la carrera como número uno. Los cursos eran gratis para quien sacase Premio Extraordinario. Y mi padre, por este motivo, había hablado ya con Alicart y se habían puesto de acuerdo en que yo, por lo pronto, iría a la academia y luego ya veríamos. Y eso sí que me sirvió, porque claro, Alicart, viendo mi escaso talento para el dibujo —hay que reconocerlo, dibujaba fatal—, me dijo: «Bueno, no sigas, mejor déjalo…».
[M.B.] En cambio las Matemáticas…
Claro, ahí lo que estudiaban es álgebra, geometría analítica y cálculo infinitesimal. Y eso me hizo entrar en el mundo de las matemáticas. Recuerdo que la Geometría de Rouché[59] me entusiasmó, era un libro apasionante. Así que iba a la academia, pero lo hacía porque no me quedaba más remedio —ya tenía claro que no pensaba dedicarme a aquello— mientras esperaba a que empezara en enero el curso de Ciencias Económicas.
Como tenía mucho tiempo libre me dediqué también a ir a la Biblioteca Nacional, a investigar en la sección de raros. Por aquel entonces me interesaba averiguar qué había pasado con los benedictinos de Asturias a raíz de la Reforma de Cluny.[60] Y encontré que el Monasterio de [San Salvador de] Cornellana[61] es el más vinculado al Cid porque es el que se negó a entrar en Cluny y no lo hizo hasta muchísimo tiempo después. Recuerdo que los otros usuarios de la biblioteca me miraban con extrañeza, mientras yo leía y leía libros raros —comenzaban todos con la signatura «R»— acerca de la Orden Benedictina. Como tenía el bachillerato, e iba a ser universitario, tenía derecho a consultarlos…
Y fue entonces cuando «salvé» a un judío… es decir, lo «salvé» para la ciencia. Yo, cada cierto tiempo, tenía que renovar el carné de la biblioteca, un carné que recuerdo que era verdoso. En una de estas ocasiones, estando en la cola vi a un señor mayor —en mi recuerdo es canoso y va pobre, aunque correctamente vestido— que discutía con el funcionario de la biblioteca. Aún le oigo decir, en un castellano muy correcto, aunque con un fuerte acento extranjero: «Pero es que yo he huido, salgo esta misma noche para Norteamérica». Pero su interlocutor se mostraba inflexible: «Si no trae usted el pasaporte de su país no le podemos dar el permiso». Y aquel hombre insistiendo: «Es que yo soy judío, me han acogido aquí en España porque me persiguen, y ésta es mi única ocasión para poder consultar unos libros que sólo están aquí en la Biblioteca Nacional, antes de salir hacia los Estados Unidos…». El funcionario no parecía dispuesto a dar su brazo a torcer y le repetía una y otra vez que no era posible obtener un pase sin aportar un pasaporte. «Pero ¿cómo quiere que tenga un pasaporte? Sólo dispongo de estos papeles provisionales». —«Esto no sirve de nada, usted o me da el pasaporte o no hay nada que hacer, puesto que tampoco dispone usted de ningún aval de un español». —«¿El aval de un español? Pero si acabo de llegar a España…». Me daba tanta pena ese hombre que intervine y dije: «Yo avalo a este señor, lo conozco de toda la vida, y firmo donde haga falta». —«Ah, bueno, pues si usted lo firma, perfecto»… Aquel hombre no paraba de darme las gracias una y otra vez… Siempre me ha quedado la curiosidad de saber a quién habré avalado en aquella ocasión, ¿quién sería ese pobre refugiado judío que, en plena huida hacia los Estados Unidos, aprovechaba para consultar materiales en la Biblioteca Nacional? ¿Sería algún investigador destacadísimo? ¿Algún erudito eminente...?[62]
[Th.B.] Y el cambio a la Facultad, ¿qué impacto le causó?
Hay que ser conscientes de que yo al empezar en la Facultad soy chico jovencillo, y de lo que me di inmediatamente cuenta es de que era el único que venía directamente del bachillerato. Los demás alumnos provenían de otras carreras o incluso eran profesionales de alguna otra disciplina. Me llamó especialmente la atención un matrimonio que acudía a clase con su bebé… Cuando se ponía a gritar, la madre salía corriendo y buscaba algún rincón para calmarlo. Y la segunda cosa de la que me percato es de que la economía de la que nos hablan allí poco tenía que ver con la que se comentaba en los medios: allí nos hablaban de los beneficios del libre mercado, de la apertura económica…
[M.B.] Y una vez en la Facultad, ¿le empezó a gustar la economía de manera inmediata o tardó?
¡No, no… No tardé nada! Porque quien nos explicaba entonces Introducción a la Economía era Valentín Andrés Álvarez y era emocionante escucharle, sus clases eran preciosas.
[Th.B.] Le debió influir bastante Valentín Andrés Álvarez...
Sí, Valentín Andrés Álvarez me influyó mucho porque es al que escuché la primera clase de economía «en serio» al comienzo de ese curso del 43-44, pero que en realidad era ya febrero del 44. Desde la primera clase quedé embobado y procuré no faltar a ninguna lección. Y no sólo cuando explicó Introducción a la Economía Política[63] —que era como se llamaba entonces la asignatura—, sino también cuando nos dio Historia de las Doctrinas Económicas, que fueron otras clases preciosas. Y donde yo le escucho explicar por una parte las corrientes de renta —que es lo que los fisiócratas habían aportado— y la microeconomía walrasiana, por otra. Y entonces nos dice: «¿Y no habría alguna manera de que coordináramos en macroeconomía, esto que dicen los fisiócratas que está medio perdido y lo hiciéramos encajar con el modelo walrasiano? Ando yo dándole vueltas a esto». Y claro, cuando después elaboró, dirigiendo el equipo, la tabla input-output de 1954, me acordé de aquello. En algún lugar en casa están los apuntes de las lecciones de Historia, estoy casi seguro de que tomé nota de aquello, de cuando juntó a Quesnay[64] y a Walras[65]… Sería cuestión de buscarlo…
[Th.B.] Proseguimos nuestra conversación evocando las figuras de los economistas que fueron sus maestros, aquellos que ha venido a denominar usted sus «acreedores preferentes»,[66] tomando prestado el término de Ramón Carande.[67] Interrumpimos la conversación hablando de la figura de Valentín Andrés Álvarez, cuyas clases le parecieron extraordinarias a su llegada a la Facultad. ¿Hubo algún tipo de relación especial por el hecho de ser los dos asturianos?
Lo reitero, las clases de Valentín Andrés eran preciosas, verdaderamente preciosas. Y es verdad, al final de la carrera me di cuenta de que don Valentín —basándose en eso de que yo también era asturiano— me tenía un poco bajo su protección. En concreto, me acuerdo del día de mi polémica con Pedro Gual Villalbí,[68] cuya Política de la Producción yo había criticado muy severamente en De Economía [1949],[69] a lo cual Villalbí replicó de forma violentísima, irritadísima, en el mismo número de esa revista. Decidí responderle, y en esto que me encuentro en un pasillo de la facultad con don Valentín, quien me dice: «¿Vas a contestar a Gual Villalbí?». Le indiqué que sí. —«¿Lo tienes escrito?». Volví a afirmar. —«¿Me lo puedes dejar?». En ese momento pensé para mis adentros que lo que quería era aliviar el tema, al igual que había ocurrido con Luis de Olariaga,[70] quien se había mostrado un poco molesto conmigo después de la llamada que había recibido de Gual... Pero no, me dijo: «Muy bien, está perfecto: ¡aunque yo hubiera dicho más…!». Aquello ya era su protección y yo, en ese sentido, la tuve de dos asturianos: la suya y la de Rodrigo Uría,[71] el profesor de Derecho Mercantil.
[M.B.] Pero ese aval a la crítica a un personaje como era Gual Villalbí en aquel momento, debió reforzarle mucho...
Hombre, a mí me tranquilizó mucho psicológicamente. Lo recuerdo muy vivamente —esas cosas se le quedan a uno grabadas—, fue en el edificio de San Bernardo, enfrente de donde estaban entonces los Negociados. Don Valentín salía de dar su clase, me vio y allí mismo mantuvimos la conversación… Se entabló así una relación que duraría ya toda la vida. Posteriormente, yo iba en verano a verlo a Doriga y también en la última parte de cada curso de La Granda me acercaba a tener un rato de tertulia, conversar sobre nuestras lecturas, comentar todo tipo de cuestiones.... Es decir, con don Valentín empezó una relación que termina el día de su muerte. Me acuerdo que tras su entierro, llegados ya a la casa, me encaré a gritos con el párroco porque predicó en el sermón del funeral de don Valentín como podría hablar de cualquier otro, con generalidades del tipo: «Este cristiano que se ha muerto…». Los que me oyeron comentaron enseguida aquello de «¡Ya está aquí Juan Velarde!». Porque todos los que me conocen saben que me salen prontos de ésos…
[Th.B.] ¡Hombre, es que en algunas ocasiones esos prontos, además de razonables, son necesarios!
Sí, pero eso puede que sea de un «gen de los Velarde». Me lo comentó en una ocasión Guillermo Velarde[72]…
[M.B.] ¿El catedrático de Física?
Sí, exacto. Creo que merece la pena contar la anécdota. Me explicó Guillermo Velarde que cuando cayeron las bombas de Palomares,[73] lo enviaron allá, y pudo comprobar que, a consecuencia del silencio mediático, no había trascendido la noticia de que se trataba de plutonio, de manera que los críos jugaban alegremente con los restos de la bomba… Inmediatamente comenzó a dar órdenes e instrucciones al respecto, pero las autoridades locales no reaccionaban. Así que le pide audiencia a Franco, se presenta en El Pardo, y en cuanto entra en el salón comienza a expresarle su indignación… Al cabo de un rato Franco le interrumpe diciendo: «Mire, Velarde, ¡ya está usted con el pronto de los Velarde! ¡Ese pronto que conozco de Ángel Velarde cuando fue gobernador civil general de Asturias![74] Así que tranquilícese, deje ese ‘pronto de los Velarde’, y explíquemelo todo con calma, porque sólo me he enterado a medias…». Cuando me lo contó, pensé: ¡Pues este gen debemos llevarlo nosotros porque de repente estallamos ante un señor por el motivo que sea! [se ríe].
[Th.B.] Aunque no lo cuente usted entre sus «acreedores preferentes», por aquel entonces asistió también al seminario que impartió Heinrich Freiherr von Stackelberg.[75] ¿Qué recuerdo tiene de él?
Asistí a la primera conferencia que dio, que era La ciencia y la práctica de la economía.[76] En aquel momento no nos enteramos de que estaba haciendo una crítica feroz de la política económica nacionalsocialista, además de la del historicismo. En cambio tiempo después, al leerlo, me dije: ¡Caray, qué mensaje estaba dando! La conferencia fue bonita, la dio —aunque con acento alemán— en bastante buen castellano, pues lo había aprendido de su madre, que era argentina. A continuación de la conferencia nos anunciaron que se iba a impartir un curso voluntario —en el que no habría calificación— para estudiar teoría económica con él. Así que me apunté a aquello. Y allí «la estrella» se llamaba José Luis Sampedro.[77] Von Stackelberg, al empezar cada clase, preguntaba: «El día anterior expliqué tal cosa de teoría económica» —venía todo en su libro de teoría económica,[78] que estaba muy bien—, «¿quedó claro, señor Sampedro, lo que dije?». En ocasiones José Luis comentaba: «Cuando usted explicaba tal cosa… yo creo que nos quedó un poco confuso». A lo que von Stackelberg siempre reaccionaba diciendo: «¡Ah!, pues volveré a explicarlo». Porque José Luis Sampedro era al que preguntaba, era el «distinguido», los demás éramos «asistentes»...
Luego vimos que lo que nos explicaba en clase eran los contenidos de los Principios de teoría económica,[79] que aún no se habían editado en español. Era una persona muy afable, muy claro explicando y muy serio. Y fue fundamental —y me imagino que tendremos ocasión de comentarlo más adelante— su reivindicación del papel del empresario. ¡En aquel momento, aquello resultaba verdaderamente inaudito!
Recuerdo una anécdota suya que no tiene nada que ver con la economía: era el día de Santo Tomás de Aquino, por lo que se había celebrado una misa cerca del Paraninfo. Coincidió que nosotros nos habíamos acercado por allí cuando salía de misa el claustro de profesores. En esto que, en mitad del alboroto, oigo a von Stackelberg decirle a su acompañante: «Pero bueno, vamos a ver, yo soy evangélico y allí en Alemania, en la iglesia, cuando toca levantarse se levanta todo el mundo; cuando toca arrodillarse se arrodilla todo el mundo; cuando toca sacar el libro de cantos, todos sacamos a la vez el mismo libro. Pero aquí me van a volver loco ustedes… Yo, por cortesía, trato de hacer lo mismo que todos los demás, porque no domino el rito. ¡Pero es imposible saber qué hay que hacer, porque aquí cada cual hace una cosa diferente: unos se arrodillan, otros se quedan de pie; luego unos se sientan y otros se arrodillan; unos sacan un libro, otros uno diferente…!» [se ríe]. Ésa es la única anécdota que puedo contar sobre von Stackelberg, quien, por lo demás y como ya he señalado, era un profesor muy serio.
[Th.B.] Bueno, a modo de anécdota, yo me siento muy orgulloso de haber «rescatado» de unas cajas que iban destinadas a un librero de lance un rarísimo ejemplar de los Principios de von Stackelberg, en alemán, con dedicatoria autógrafa a Castañeda… Rarísimo no ya por la dedicatoria, sino porque esta edición de 1943 prácticamente ardió entera, tras un bombardeo de la RAF, en el almacén de Berlín en el que se guardaba, con lo que sólo se salvaron los ejemplares del autor. ¡A saber adónde habría ido a parar!
Pues sí, la verdad es que fue una suerte que lo descubriera… ¡Qué cosa que lo desecharan!
