Juárez, el impasible - Héctor Pérez Martínez - E-Book

Juárez, el impasible E-Book

Héctor Pérez Martínez

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Beschreibung

En este libro el autor narra los últimos momentos de la vida de don Benito Juárez, quien falleciera en medio de inimaginables sufrimientos y dolores debidos a una angina de pecho. Esta minuciosa reconstrucción de su muerte es un testimonio más de la grandeza, fuerza y carácter que distinguieron a Juárez a lo largo de su vida.

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Seitenzahl: 256

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Juárez,el impasible

Héctor Pérez Martínez

Primera edición, 2006

Primera reimpresión, 2007

Primera edición electrónica, 2010

D. R. © 2006, Fondo de Cultura Económica

Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F.

Empresa certificada ISO 9001:2008

Comentarios:[email protected]

Tel. (55) 5227-4672

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc. son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.

ISBN 978-607-16-0505-4

Hecho en México - Made in Mexico

A mi esposa

Advertencia

La figura de Juárez cobra hoy, no sólo para México, sino para América misma, un valor trascendental. No puede estar ausente el apóstol de la libertad, ni olvidado, en momento en que la propia libertad se recrea y es la causa primera e íntima del hombre.

Él, como nosotros, luchó por afirmar sus principios; combatió una intervención extranjera; levantó la esperanza en una patria insigne y respetable.

Tal actualidad de Juárez ha hecho que al prepararse la nueva edición de este libro, se haya revisado y expurgado de errores de interpretación la vida —que es también la obra— del Benemérito.

Ello hace inútil reproducir la Carta-Prólogo que para la primera edición, en 1934, escribió el doctor José Manuel Puig Casauranc, entonces secretario de Relaciones Exteriores de México.

Héctor Pérez Martínez

1945

Primera parte

I. Elevación

… Y si regir un globo de viento con eminencia triunfa de la admiración, ¿qué será regir con ella un acero, una pluma, una vara, un cetro, una tiara?

Gracián

La mañanita brinca sobre la sierra y rueda al plan; se tiñen los caminos de un azul gaseoso. El cielo descubierto, profundo. Olor de rocío que se levanta de la selva, y en el aire húmedo y quebradizo, el silencio.

Los caminos bajan al valle. Por las mañanas claras se atisba, a lo lejos, un vago perfil de torres. Los caminos suben a la sierra.

La sierra de Ixtlán, en Oaxaca, inextricable, majestuosa. Hacia levante, por leguas, la costa. Hacia dentro, por leguas también, la selva. Los escarpes, las laderas, organizan el paisaje. Y por entre laderas y barrancas, suaves, azules aún, los caminos se inician lentamente.

Por uno de estos caminos, entre San Pablo Guelatao e Ixtlán, una tropa alza polvo de plata. Tres indios: levantados de alas los sombreros de palma; zamarra de manta cruda; blancos calzones anudados a los tobillos. Por la frente descienden, en pequeños chorros, los cabellos negros sobre la piel negra. A la espalda, el machete providencial; en bandolera, un calabazo lleno de agua. Marchan incansables, con ese paso del indio, entre trote y huida.

Atrás se anuncian, por el rojo de las enaguas, las mujeres. Tres mujeres; una de ellas, anciana ya, repite y sostiene el trote. La más joven, sobre la espalda, en medio del paréntesis negro de sus trenzas, carga un bulto movedizo y bullente. Lo lleva amarrado al pecho y a la cintura. Ella se inclina en la carrera y el bulto se hace perpendicular. Silencio. El silencio de los indios se agudiza cuando bajan al pueblo.

En el camino se enfrentan con bandadas de arrieros. Entonces los indios se lanzan hacia la cuneta; sostienen en el filo del camino rápidos equilibrios, y pasan los carros y las recuas entre restallidos de látigos, bárbaras tracciones de las mulas y una canción soez.

Los indios no hablan; los indios no miran; los indios escapan con su trote y su silencio.

Amanecido ya llegan a Ixtlán. Les reciben las calles polvosas y los laureles del atrio parroquial. Una llamada de campanas vuela sobre el caserío. Alguna beata discurre por los callejones empuñando su breviario. Los indios se santiguan, se descubren; las indias se santiguan y se cubren. Blancos calzones y rojas enaguas entran a la casa de Dios. La menor de las indias desata el lienzo que une a su cuerpo el bulto de la espalda; es cuando un llanto incontenible pone azoros en el beaterio y sonrisas indulgentes en el rostro de santo Tomás, patrono de Ixtlán. Los indios respiran el humo del copal y recuerdan, de modo inconsciente, las brutales ceremonias de su culto; ceremonias que vivirán latentes en ellos por los siglos de los siglos. Alguien desgarra un amén en los labios. La iglesia se puebla de rumores. El más anciano de los indios sube al presbiterio y habla tímidas y misteriosas palabras con el sacerdote. Vuelve a poco a su querencia. Y el sacerdote, ido un instante, regresa con su estola y su libro, su cirio y su gravedad. La más joven de las indias deshace el bulto por completo. Un indito negro, un pequeño ídolo abre los ojos y la fuente del llanto. Llora con ese llanto rabioso y sin márgenes de los niños; un lloro que se apaga para reanudarse en una nota más alta; que declina y sube y, de improviso, cesa. El sacerdote baña la mínima testa con el agua de un Jordán ideal; pone en los labios, abiertos por el grito, un poco de sal graciosa; úngelo al fin.

Mágicas palabras aseguran a los indios que el ídolo es ya un cristiano. Y en un revuelo de linos y alpacas, el vicario, acompasado, va a la sacristía. Sobre una página en blanco de su registro, la pluma, meticulosa, rasguea un acta: “En la Igla. Parroquial de Sto. Tomás Ixtlán en veintidós de marzo del año mil ochocientos seis. Yo, Don Ambrosio Puche, vicario de esta Doctrina, buatizé solemnemente a Benito Pablo, hijo de Marcelino Juárez y de Brígida García, indios del Pueblo de Sn. Pablo Guelatao, perteneciente a esta Cabecera; sus abuelos paternos son Pedro Juárez y Justa López; los maternos, Pablo García y María García; fué madrina Apolonia García, india casada con Francisco García, y le advertí su obligación y parentesco espiritual, y para constancia lo firmo con el Sor. Cura. Mariano Cortabarría. Ambrosio Puche”.

Los indios, entretanto, temblorosos y aturdidos, cruzan el atrio, no sin haber reforzado el cepo de las Ánimas con una moneda de plata. Frente a la iglesia está el mercado. Marcelino Juárez compra y envuelve en su pañuelo unos granos de sal. Acaso Josefa Juárez, su hija, hermana mayor de Benito, desee aquellas cuentas verdes. Brígida García, la madre, lleva en sus brazos, dormido, al idolillo negro.

Los callejones en pendiente; el cabo de pueblo: una cruz adornada con papeles y colorines; piedrecillas al pie de la cruz para que el genio de los caminos alivie la andadura. Y la tropa vuelve a remontarse a la sierra.

San Pablo Guelatao los acoge señero, miserable. Nada ha cambiado —nada cambiará— en él. Los caminos, en esta hora, descoloridos, grises. Sobre las montañas las nubes dibujan una caperuza. Aire frío y violento. Un pueblo de indios, un pueblo familiar para los Juárez y los García: mugre en los jacales y hambre en las bocas. Paz. La paz de los pueblos indígenas que esperan la voz de los dioses viejos, rotos, desaparecidos, no olvidados. Los dioses que velan en la sangre.

San Pablo Guelatao, para una descripción sentimental, huele a azahar y tiene cerca una laguna; la “Encantada”; carrizales y patos en el día. Amianto y plata por las noches. San Pablo Guelatao también está en la montaña, y de la montaña Benito será hijo predilecto. La sierra penetra en él; la hosquedad, la abruptez se adueñarán de este niño que no oye nunca una canción, que se despierta en medio de la más auténtica Naturaleza, sin las prerrogativas de su infancia, sucio de pobreza.

La vida se arrastra para el niño en el patio de jacal, en compañía de un perro de orejas mansas, canelo él. Marcelino Juárez rompe primero el alba; desata en el corral su yunta y va tras los bueyes que, sabedores del camino, trepan los senderos del pueblo rumbo a la milpa. Brígida García pone a hervir el maíz, tuesta el café, y a la inminencia del canto de las gallinas, hurga la paja de los nidos, buscando, gambusina, el grande grano de oro dentro del cascarón de los huevos.

Benito pasa así tres años, amparado contra la sierra por el ambiente de su choza; pero una tarde sus ojos sorprenden un drama. Marcelino, que no ha salido con la luz, que permanece quieto sobre los petates, gime con voces opacas. Brígida quema pociones en la lumbre y las comadres cruzan el jacal pronunciando voces de conjuro. Por la noche los hachones dan un tinte sombrío al cuadro. Bajo una estampa de la Guadalupana se consume una velilla. Y al tramontar la noche, los lloros de las mujeres subrayan la presencia de la muerte.

Benito, iniciado ya en la lengua zapoteca, debe haber comprendido el turbión de lamentos de su madre. Las hermanas Josefa y Rosa, empequeñecidas, negras como él, dentro de los huipiles de manta. Brígida enmudece luego, pero acaricia con manos doloridas su vientre abultado.

Después del entierro todo se reanuda igual para el niño. Sólo falta la sombra del indio grande y el roce de sus labios en los cabellos hirsutos del infante.

Vienen los abuelos al jacal. Juárez no adivina el misterio de esos silencios prolongados de sus familiares, ni las miradas angustiosas que dirigen al vientre de su madre. El perro renueva sus saltos.

Otro cuadro, todavía de más miseria, le sorprenderá pronto. Inútil, el niño va con las hermanas por las calles de San Pablo Guelatao en un deambular sin fin, sólo por alejarlo de la casa materna, en donde Brígida está en trance, y al llegar al jacal, esa tarde, en que como ninguna otra el sol mañoso emborronaba de rojo los montes, su abuela, sarmentosa y trágica en sus lágrimas, recibe a los niños en sus brazos. Un vagido anuncia un nuevo ser. El llanto denuncia a un ser menos.

La orfandad de Juárez se inicia con un reparto. Josefa, Rosa y Benito se quedan con los abuelos. María Longinos, la nueva hermana, es entregada a Cecilia García.

“Tuve la desgracia —escribirá Juárez en Apuntespara mis hijos— de no haber conocido a mis padres, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa al cuidado de nuestros abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, indios también de la nación zapoteca. Mi hermana María Longinos, niña recién nacida, pues mi madre murió al darla a luz, quedó a cargo de mi tía materna, Cecilia García. A los pocos años murieron mis abuelos; mi hermana Josefa casó con Tiburcio López, del pueblo de Santa María Tahuiche; mi hermana Rosa casó con José Jiménez, del pueblo de Ixtlán, y yo quedé bajo la tutela de mi tío Bernardino Juárez, porque mis demás tíos: Bonifacio Juárez había muerto, Mariano Juárez vivía por separado con su familia y Pablo Juárez era aún menor de edad.”

Se traza así el destino. Bajo la tutela, Benito se ve compelido a la lucha: “…como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué a las labores del campo”.

Estas labores se concretan al pastoreo. Se arma al niño de un látigo y se le entregan las ovejas serreras. Un perro y el paisaje serán sus amigos hasta que descubra ese instrumento musical, emblema de los pastores: la flauta. Entretanto, en su lengua nativa, subido a un árbol, dirige largos discursos a las bestias y se le abre el corazón a la Naturaleza. Cuando la soledad del llano pesa sobre él, su inteligencia, tan primitiva como realista, buscará algo en qué entretener sus largas evasiones. Y así da con la flauta, y entonces el diálogo ya no se dice en palabras, sino en fugas de notas.

El niño inventa una música de raíces religiosas: un canto a los elementos que presiden su vida; cantos, también, epitalámicos, cuando los borregos acometen a las hembras y el pastor siente lo recio del amor; cantos armoniosos cuando es el sol padre del paisaje, y canciones aromáticas y tristes al declinar la luz.

Juárez utiliza la flauta como un vehículo de expresión más que como a una compañera. Las ovejas le rodean en esos atardeceres que influyen en el indio e imprimen en la música algún ritmo animal, elevado en una línea que parte el aire y se desvanece en él.

Para construir sus flautas, el pastor abandona un día sus ovejas y se acerca al borde de la laguna “Encantada”, donde crecen los carrizos. Corta una caña y se sienta en la tierra húmeda. Con la navaja rompe el barniz del cilindro vegetal y marca luego el sitio en que los agujeros vendrán más tarde a hacer sonoro el aire.

Y así no se da cuenta de cómo el viento baja de la montaña impetuoso. Los carrizales, tejidos en compactas murallas, oponen a la violencia del aire la misma superficie obstinada de un velamen, y una porción de tierra, la misma en que el niño talla su flauta, se desprende de la ribera y se hace lago adentro llevada en las olas como una barca.

El niño acaricia el canuto musical. Lo lleva a los labios y ensaya primero una escala. Sus dedos se despegan para abrir los agujeros, ágilmente. Las notas rompen la ya serena soledad del lago. Los últimos vuelos del aire se llevan, valle arriba, estas notas iniciales, desajustadas, falsas acaso, pero que en los oídos de la Naturaleza acechante cautivan el paisaje.

Entonces el infantil artista ataca sus melodías monorrítmicas. La inspiración le brota no del fondo de la carne, sino del alma de su raza que vela en la profundidad del cuerpo. Es un indio panteísta. Según que su mirada atraviesa las capas de la atmósfera azul, o bien se detiene en los picachos de la sierra, la canción se aligera o brutaliza, se hace diáfana, ondula; notas agudas, casi acuáticas, dicen que el indio vuelve los ojos al lago, y notas desgarradas, sollozantes, anuncian que el niño se cobija en su desgracia.

Cuando el poema musical se agota, el niño se alza y se contempla prisionero de un milagro. El islote está anclado a media laguna. Con la tarde, las ovejas se destacan en el llano, pequeñitas y blancas; y por los cerros, en un vago prestigio de plata, sube la luna, cuando el sol rueda en el horizonte.

El azoro desnuda de sonrisas la boca del niño. La realidad de su situación le hace soltar la flauta, tras la que vuela la mano instantáneamente, tomándola en el mismo gesto de asirse a un amuleto. Los ojos se le entrecierran; el rostro, impasible. Y el niño es testigo de cómo el campo se tiñe en los colores magos de su crepúsculo, cómo las nubes desaparecen, cómo van saliendo las estrellas, cómo la laguna se llena de murmullos, cómo, implacable, adviene la noche.

Benito se lanza sobre la tierra en un abrazo enternecido, pero sin lágrimas; muerde la flauta de tiempo en tiempo, y el aire modula notas aisladas y dramáticas. Tal serenata le adormece. Culmina la noche sensual de las zonas templadas. Los nervios de la Naturaleza estallan en lo negro. En el campo, las ovejas tiemblan de soledad.

Pero la mañana le sorprende. Un vientecillo tempranero impulsa el islote hacia la ribera. Salta el niño a tierra firme, y camino de su hato una alegría desconocida, de libertad primitiva, le inspira una canción al sol, vieja como el mundo.

Ese día Benito prueba la amargura del látigo.

Estas peripecias, sin embargo, no se repiten. El niño acaba por conducir desde temprano sus animales al corral. Después, cuando San Pablo Guelatao no se adormece, gusta de reposar en la puerta de una escuela, escuchando voces en un idioma desconocido por el que siente una intensa curiosidad. El suyo, demasiado simple, no es capaz de esos periodos cadenciosos, de esas palabras que se tiñen de azul para sus oídos abruptos. Díganle a él los ruidos y las voces del campo, tan adivinados, tan comprendidos. El castellano tiene para Benito un significado superior, y esta atracción le lleva a la puerta de la escuela horas y horas. No comprende. No importa. Quizá interpretará esas palabras desconocidas como las voces y los ruidos de su selva.

San Pablo Guelatao, además, es sitio de tránsito; punto en que convergen los caminos por los que el niño no deja aún huellas de sus pies. Por ellos vienen, pesados y escandalosos, unos coches negros que alzan la algazara y el escándalo de los perros campiranos. Montados en caballos chiquitines, los vaqueros de las haciendas vecinas, y en largas caravanas, las puntas de arrieros y las mulas incansables. Los hombres de los coches, los caporales, los arrieros, hablan en el pueblo de la ciudad. Y por los residuos de las conversaciones que de la ciudad se quedan en el pueblo, Benito la adivina.

En ella vive su hermana Josefa. Su matrimonio tal vez no haya sido feliz. Ella dejó la sierra una tarde para ir a la ciudad, y Oaxaca no la ha repudiado. 1818, pero el ambiente es muy siglo XVII. En Oaxaca vive un genovés: Antonio Mazza. El vecindario le dice El Gachupín. Mazza toma en serio el apodo. Con un dedo aplasta una zeta y queda convertido, simplemente, en Maza. Tiene un comercio, hijas blancas. Josefa encuentra en la casona de Maza ardientes las hornillas, perfumadas las miniestras. Cocinera: he aquí otro destino.

Es cuando al niño le entra la pasión por la ciudad. Algunos de sus compañeros de juego han ido con las hermanas al poblado grande y le han traído a Benito una impresión fugitiva, pero colorida. Él, desde su montaña, cuando el día es claro, otea el vago perfil de las torres.

Y unos arrieros deciden la partida: “Era el miércoles 16 de septiembre de 1818. Me encontraba en el campo, como de costumbre, con mi rebaño, cuando acertaron a pasar, como a las once del día, unos arrieros conduciendo unas mulas con rumbo a la sierra. Les pregunté si venían de Oaxaca; me contestaron que sí, describiéndome, a ruego mío, algunas de las cosas que allí vieran, y siguieron luego su camino. Pero he aquí que al examinar mis ovejas me encuentro que me falta una. Triste y abatido estaba cuando llegó junto a mí otro muchacho más grande y de nombre Apolonio Conde. Al saber la causa de mi tristeza, refiriome que él había visto cuando uno de los arrieros se llevó la oveja”. El temor a la brutalidad del tío cerca a Juárez. “Ese temor y mi natural afán de llegar a ser algo me decidieron marchar a Oaxaca.” La fuga se realiza: catorce leguas por terrenos quebrados no intimidan a este niño que sólo lleva como equipaje su “pachón”, una capa hecha con palma. Y una tarde, prófugo del pueblo, Benito llama a la puerta de El Gachupín. Tiene once años.

Josefa le recibe amantísima y le inicia en la vida tranquila de Oaxaca. Mientras ella comprueba en ollas y sartenes el tino de su ingenio, Benito toma asiento en la puerta del patio y escucha los rumores de la ciudad. Nuevas formas y nuevos colores se le revelan ya en la vida externa, ya en el espíritu que intenta contener. Así, sentado, vuelve a su calidad de ídolo, impávido, triste.

Acompaña a Josefa en los mandados, y en la calle toma cuerpo en él la idea de una vida mejor, menos arisca, más ancha; sobre todo, más luminosa.

La familia Maza toma al indito bajo su protección; mima al pequeño y quiere cumplir en él tantos ejemplos anteriores. Hace falta convertir a los herejes, hacer de ellos los propagandistas de esa fe que les ha deparado tan vasto territorio, ahora empavorecido por una guerra.

Benito será cura —dicen—. Benito probará así la difícil disciplina a que son sometidos los neófitos, y para su pequeña alma llena de libertad, este freno no es sino el renacer de la tiranía que lo ató a su sierra.

Pero la familia Maza quiere hacer del indio un ser mejor, y entonces Juárez se encuentra con Salanueva, manso hombre lleno de paz y santidad, tercero descubierto de la orden de san Francisco, quien tiene en el pequeño salvaje un hijo y un aprendiz. Don Antonio de Salanueva mezcla su fe con las prácticas de un oficio: reza y encuaderna libros. Allí Juárez, mientras aprende el español, maneja el engrudo y los cartones. En sus manos los libros son, al principio, una fuerza puramente inerte: papeles. Papeles que los blancos miran y miran, ilustrados con retratos de personas que no han de existir, que no pueden existir; con bosques que no se parecen a los de su sierra magnífica. Poco a poco, sin embargo, un nuevo idioma, más plural que el suyo, va dejándole adivinar nombres que desconoce. Por ejemplo, estos tres que recordará mañana, indeleblemente: Rousseau, Voltaire, Marchena.

Sírvenle de gramática las Vidas de los santos, y tan piadosas lecturas asombran al indio. Éste quizá haya sentido, en su alma limpia, cierto deseo por igualar a esos hombres que hicieron de la vida un enardecido sacrificio, y quizá se haya preparado desde entonces para una ofrenda más trascendental.

Hay, de Salanueva para Juárez, un padrinazgo inaclarado. Padrino lo llamará de niño y de hombre. Padrino de conocimientos, porque Juárez, en poco tiempo, agota todo lo que el franciscano tiene en su caletre. Salanueva habrá sentido el rico orgullo de acariciar a un niño que fue en sus manos dócil materia, plástica, entre sus dedos regordetes.

Y aseguran las crónicas: “…que el padre Salanueva tenía en su casa, en una pieza que daba a la calle, un Señor llevando la cruz a cuestas y cuya imagen salía todos los días en procesión rezándole el santo viacrucis. Vestía Juárez el traje humilde de camisa y calzones, cuyo traje se lo vi siempre muy limpio. Todos los días acompañaba al Señor rezando el viacrucis.

”Era Juárez muy humilde, muy dedicado al estudio; jamás se le veía ocioso, y en sus ratos desocupados estaba siempre con el libro en la mano.”

Esta fiebre de saber culmina en dos posesiones de Juárez: Dios y el castellano. Pero no es suficiente. Para la sed que trae de su montaña no basta la limitada cultura del fraile; para el empuje de su carrera un obstáculo sentimental no será nada. Salanueva adivina la situación de su discípulo, y tras una conferencia con Josefa y don Antonio Maza, Juárez se inscribe en la escuela de don José Domingo González.

He aquí una escuela de abolengo. El antepasado directo de don José Domingo se llamó Dómine Cabra. Los alumnos de su cátedra se reclutan entre los señoritingos de la clase visible de Oaxaca, y entre ellos el indio causa expectación. Descalzo, el pelo negro y rebelde, vestido de manta, pobre, indio, Juárez es el reclamo de la escuela, centro de palmetazos, meta de injurias. Cabra-González cébase en el niño y el niño soporta hasta que su dignidad se interpone. No importa, Juárez sabe ya leer y escribir. En sus visitas cotidianas a Salanueva pasa sus manos y sus ojos por los libros de la encuadernación. Se entretiene, los ratos de la siesta en que su padrino se abandona a su íntima condición de epicúreo, a hojear los libracos. Otro mundo descubierto: el de la imaginación, en contraste con su mente indígena, tan objetiva, tan directa. El mundo de las cosas que nacen a la sola orden de la mente. Antes de ahora, al recordar su pueblo, las ovejas le envuelven, la mugre de los jacales lo detiene, el hambre lo estaciona. Hoy sabe pensar en la “Laguna Encantada”, en el paisaje, en las ligas invisibles que lo unen a los indios que se quedaron arriba.

En la escuela de don José Domingo González, Juárez está en oscilación: pícaro o mártir, Salanueva, alma blanda, ayuda al ahijado, lo conquista, lo induce. El discípulo habla el castellano y el zapoteca. Hará un cura admirable. Y Juárez se inscribe en el Seminario de Oaxaca, en calidad de capense, el 18 de octubre de 1821. Este año se consuma la Independencia de México.

La vida de Juárez no podrá novelase. Lo impide la Historia. Esta vida, día a día, es la historia de México; mejor dicho, la historia trascendente de México. Dos trayectorias que nacen en un mismo fondo y cursan separadas hasta el instante en que se reúnen, indisolubles. Hay una cierta identidad ambiente entre ellas, una cierta igualdad de condición y destinos; de fuerzas que obran sobre las dos y de fuerzas que salen de las dos en pugna sostenida, podría agregarse: biológica.

Si azares tiene una —la real y humana—, no faltan éstos a la otra. Si hay un lapso oscurecido o iluminado en la primera, la segunda los ha recorrido a su vez. Alguien ha tomado a Juárez como el símbolo de esta vida mexicana, un poco mansa a ratos y en otros turbulenta. Demasiado turbulenta mientras el indio zapoteca se incuba en la sierra, baja la montaña y penetra en una cultura extraña que formará su gesto, modelará su carne.

Al través de motines y golpes de Estado, sin la noción de lo que es una nacionalidad integrada; sufriendo los zarpazos de los Estados Unidos que con guerras y coacciones arrebatan e incorporan a su territorio Texas, Nuevo México, la Mesilla y la Alta California; debiendo transigir con Francia y atender a las disensiones internas, mucho más graves que los problemas internacionales, transcurren los primeros y más peligrosos años desde la Independencia. Acaso sólo cuando Gómez Farías ocupa la presidencia es que hay al frente de la nación un sentido más hondo, más completo y definitivo de la realidad nacional, que intenta conducir por cauces severos y objetivos el tumulto, para sacar de él un auténtico país.

Después México se encuentra con Juárez.

II. La política

Benito no ha continuado siendo el indio descalzo y huraño, aprendiz de presbítero en el Seminario Conciliar de Oaxaca. Vémosle, gracias a los sacrificios de Josefa y a las prodigalidades de Salanueva, convertido en un estudiante pobretón. Los hábitos viejos del padrino se convierten, en las manos de Josefa, en unos calzones que vienen denunciando, desde lejos, por el color, su procedencia. El señor Maza coopera a su vez, y de su ropero salen algunas camisas deslustradas que van a enriquecer el cofre de Benito.

Los amigos de El Gachupín, en las tertulias domingueras, cuando el Soconusco se espesa en las jícaras, ven llegar al portal de la casa a un indio adolescente: serena e impenetrable la mirada, la boca en mudez, trajeado entre señorito y arriero, limpio él y oloroso a agua fresca. El adolescente atraviesa el patio de la casa, dirige a la tertulia un “Dios guarde a sus mercedes” y desaparece en la cocina, donde las manos de otra india, ya madura, le acarician las mejillas cobrizas.

—¿Algún nuevo lacayo, mi señor don Antonio?

—Más bien un ahijado, mi señor don José.

Hasta el patio vuelan las palabras que los hermanos Juárez dicen en la cocina; es una charla en lengua zapoteca, rememorativa del pueblo y de sus cosas. Josefa cuenta al hermano menor los incidentes de la vida familiar, difícil y doliente, ignorada por el niño. Y el niño, cuando las palabras de la hermana llegan a los límites de la tragedia, hace un ademán de silencio y éste dice las palabras que no se nombran.

Entretanto, el libro de actas del Seminario Conciliar de Oaxaca se llena de notas que causan la admiración entre el profesorado. En el asiento relativo al año de 1824 se escribe ésta: “Curso de medianos. —Manteísta don Pablo Juárez, fue calificado de excelente. Es de sobresaliente aprovechamiento y de particular aplicación”. En 1825 estudia su primer curso de filosofía; en 1826, el segundo; en 1827, el tercero; en 1828, el primero de teología; ha aprobado con anterioridad aritmética y álgebra, física. El día 8 de mayo de 1828 tuvo un mensual de la segunda cuestión “del tratado de Encarnación por el Angélico Dr. Sto. Tomás”. Y “luego que concluí mi estudio de gramática latina mi padrino manifestó grande interés por que pasase yo a estudiar teología moral para que el año siguiente comenzara a recibir las órdenes sagradas. Esta indicación me fue muy penosa, tanto por la repugnancia que tenía a la carrera eclesiástica, como por la mala idea que se tenía de los sacerdotes que sólo estudiaban gramática latina y teología moral, y a quienes por este motivo se ridiculizaba, llamándolos ‘padres de misa y ollas’, o ‘larragos’, porque sólo estudiaban teología moral por el libro del padre Larraga. Del modo que pude manifesté a mi padrino con franqueza este inconveniente, agregándole que no teniendo yo todavía la edad suficiente para recibir el presbiterio, nada perdía con estudiar el curso de artes. Tuve la fortuna de que le convencieran mis razones y me dejó seguir mi carrera, como yo lo deseaba”.

En el seminario, aquella mente primitiva en la que despunta esa repugnancia por la carrera eclesiástica, ayudará al indio a formarse una religión muy especial. Nada hace esperar en Juárez al librepensador, pero en aquel ambiente saturado de acendrada religiosidad, al lado de Salanueva, que era un furioso practicante, al mismo lado de la imagen de Cristo, que Juárez ha acompañado por las calles de Oaxaca, rezando el viacrucis, el laicismo se incuba, medra. Más tarde, sin embargo, al protestar como gobernador del estado, dirá en la fórmula: “Yo, Benito Juárez, juro por Dios y por los Santos Evangelios, que defenderé y conservaré la religión católica, apostólica y romana, sin permitir otra alguna en el Estado”. Encabezará decretos así: “En el nombre de Dios Todopoderoso, uno en esencia y trino en personas, Creador, Autor y Conservador de la Sociedad…” En sus discursos invocará a la Divina Providencia; a Él. Mas en el fondo Juárez no tiene fe. Observador eficaz y sutil de una sociedad a la que ingresa como extraño, la misma organización de la vida le habrá desencantado. Quién sabe qué ideas y qué actitudes habrá bajado de su montaña; qué repugnancia natural le alzará hasta en la última gota de su sangre ese odio temprano y eterno. Como descreído, Juárez no encaja en la vida del seminario. Se le hacen insoportables el ascetismo y la paz del claustro. Quizá en esta soledad, en este alejamiento se haya engendrado la pasión del indio contra los dioses blancos, o haya sido, meramente, una reacción, una vuelta a las deidades veneradas por la nación zapoteca, la suya.