La caldera del diablo - Rafael Poveda Mendoza - E-Book

La caldera del diablo E-Book

Rafael Poveda Mendoza

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De las pantallas a los libros: El programa Testigo Directo te lleva más allá de los titulares. Celebra 16 años de investigaciones sin miedo. Estas quince crónicas y reportajes nos sumergirán en las profundidades del universo del narcotráfico y el microtráfico; explorando sus raíces y su devastador impacto en las vidas de aquellos que entran a este oscuro mundo. La verdadera historia tras la fuga de Pablo Escobar de La Catedral. Los últimos instantes en la vida de Rodríguez Gacha, alias el Mexicano. ¿Hasta dónde llega el azote del microtráfico? Esa sombra peligrosa que se extiende por barrios y comunidades, corrompiendo vidas y desgarrando el tejido social. Los recuentos del campanero de El Bronx. La determinación de la madre de Linda Michelle que, vestida de indigente, puso en la cárcel a los asesinos de su hija.Explorar las redes de narcotráfico, que trascienden las fronteras latinoamericanas, nos llevará a entender el panorama actual: El infame Cartel de Sinaloa y Los Chapitos. La violencia desmedida en Ecuador. Este libro ofrece un retrato completo y humano del narcotráfico y su destructiva influencia en nuestras vidas.

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Seitenzahl: 338

Veröffentlichungsjahr: 2024

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LA CALDERA DEL DIABLO

©️ 2024 Testigo Directo

Autores: Rafael Poveda, Daniel Ángel, Alexander Oyola, Erick Camargo Duncan, J. J. Junieles, Isaías Romero Pacheco, Siria Ortiz, Jorge Navarrete.

Reservados todos los derechos

Testigo Directo Editorial S.A.S

Primera Edición Abril 2024

Bogotá, Colombia

Editado por: ©️ Testigo Directo Editorial S.A.S

E-mail: [email protected]

Teléfono: (604) 2888512

Web: www.testigodirectoeditores.com

ISBN: 978-628-96066-8-3

Productor Ejecutivo: Rafael Poveda

Productor General: Jorge E. Nitola C.

Edición: María F. Medrano

Maqueta de cubierta: Mamba Productions

Coordinadora Editorial: Karen Arias

Fotografía: Testigo Directo.

Primera Edición: Colombia 2024

Impreso en Colombia – Printed in Colombia

Hecho el depósito de ley

Todos los derechos reservados:

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño e ilustración de la cubierta ni las ilustraciones internas, puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin previo aviso del editor.

Prólogo

No fueron pocas las cosas que me tocó ver en mis años de servicio en la Policía Nacional de Colombia, una institución que me acogió cuando apenas era un muchacho de diecisiete años que empezaba la carrera y de la que me retiré cuarenta años después con el grado de mayor general. En la lucha que sostuve contra el narcotráfico vi morir a mucha gente, tanto aliados como enemigos; vi cómo los cuerpos se amoldaban para servir de contenedores en el tránsito internacional de drogas; cómo la droga era sacada en cuellos de camisas y biblias de lujo; vi la necesidad de mucha gente que, entre la pobreza y el abandono, por un lado, y el narcotráfico, por el otro, se iban sin pensarlo por este último camino lleno de peligrosos obstáculos.

Cuando les dimos el golpe a los carteles más importantes del país y capturamos a los capos de Cali, recuerdo que en el avión no dejaba que nadie los maltratara. El vuelo era silencioso y yo aprovechaba para preguntarles el porqué de sus acciones, sin ánimo de juzgarlos. El porqué de la insistencia en un negocio que ha regado nuestras tierras con la sangre de tantos que pudieron tener otro destino.

Colombia es un país prodigioso, bendecido por la naturaleza, bañado en las aguas de dos mares y lleno de contrastes que, por eso mismo, terminó convertido en el lugar ideal, el más fértil, para cultivar coca, amapola y marihuana, situación que lo hace único en el mundo. En el campo, estos cultivos empezaron a desplazar la finalidad agrícola de la tierra y, con ella, la tradición centenaria de un campesinado dedicado que se aseguraba de que la comida no faltara en las ciudades. Colombia, en consecuencia, es un país productor en la pirámide de las drogas; hay otros que son de tránsito y luego están los que consumen toda la que acá se produce. Siempre he pensado que no basta con que enfrentemos a los grandes productores –los carteles– y pongamos todos los muertos, si en otros países se sigue consumiendo y demandando con fuerza y –quizá sea importante decirlo– con indiferencia todo lo que acá se produce; en el narcotráfico no hay agentes solitarios, se necesitan aliados internacionales y el problema es universal.

El estigma se quedó en nuestra orilla por ser el territorio de producción, y hay que aceptar, por doloroso que sea, que en el mundo nos llegaron a conocer más por la coca que por el café. Y aunque la lucha contra este flagelo no claudica, el colombiano –el latinoamericano– ha demostrado que puede ser el más inteligente para lo bueno, así como para lo malo.

Y lo cierto es que las consecuencias del narcotráfico son palpables: daños, muertes, familias quebradas y un desprestigio que, siento, es irreparable. A esto hay que sumarle que, históricamente, los países productores terminan siendo consumidores como es el caso de Irak y Afganistán, que llegaron a tener más de un millón de consumidores de opio en su momento.

El panorama de hoy pasa por la llegada del fentanilo y las drogas sintéticas, un peligroso coctel que está cambiando la ecuación: El consumidor enfrenta la posibilidad de morir de sobredosis al poco tiempo de consumir estas sustancias, pequeñísimas dosis pueden ser letales. Las zonas y pueblos en los que se manejaba la coca como moneda de cambio están empezando a sentir el golpe, comienzan a empobrecerse más. Es momento de endurecer las penas, perseguir a los expendedores de estas drogas, cuidar a nuestros jóvenes y hacer campañas masivas en los colegios, porque el daño que ocasionan es gravísimo. Son drogas que degeneran al individuo como ninguna otra antes.

En el plano continental, vemos cómo los carteles se han ido expandiendo; han ido evolucionando y mutando en su forma de actuar. Se apoderaron de las cárceles, como en Venezuela y Ecuador, y mudaron su violencia y su terror a esos países que parecían solo de tránsito.

Un caso notable es el de Ecuador, un país que no estaba preparado para enfrentar la violencia que cargaban los carteles que enfrentamos en Colombia y en México, que hoy vive su noche más oscura. Luchar contra estos grupos tan poderosos y millonarios requerirá una decisión firme de estos Estados, antes de que el agua les llegue al cuello.

Las crónicas que conforman este libro sirven para dar una idea al lector de todo lo que viene asociado al mundo del narcotráfico: el sicariato, la guerra, la sevicia estructural, la venganza infinita como símbolo de poder, la muerte de inocentes y la guerra contra el Estado. Porque hay que aceptar que en un momento de la historia los grandes carteles, como los de Medellín y Cali, tuvieron el poder de desestabilizar al Estado y, desafortunadamente, lograron ‘cartelizarnos’: nos metieron en una lógica de grandes organizaciones con poder bélico, capaces de modificar toda la estructura social.

Recuerdo con tristeza a los amigos que tuve que enterrar en mis años de servicio, algunos asesinados a plena luz del día y delante de sus familias, como mi general Ramírez Gómez o mi paisano, el coronel Valdemar Franklin Quintero. Solamente Pablo Escobar nos mató a 527 policías. O las escenas dantescas de los cuerpos mutilados por las bombas. La zozobra con la que yo mismo me movía durante esa época, con un complejo esquema de seguridad, en los años más intensos de la guerra contra el narcotráfico, cuando generosamente me nombraron como «mejor policía del mundo».

Soy un convencido de que el conflicto que nos tocó vivir por años en Colombia, y que aún no se acaba, no hubiera durado tanto sin el combustible del narcotráfico: todos los actores se beneficiaron y lo siguen haciendo, las guerrillas, los paramilitares y las bandas criminales. Nuestra historia cambió, quizá para siempre, el día en el que los grandes narcotraficantes se dieron cuenta de que podían corromper la política, la justicia y a la misma fuerza pública. La costumbre de hacer dinero fácil no se ha ido desde entonces y cada vez se hace más difícil de erradicar en un país como el nuestro, con permanentes crisis económicas.

Y ni qué decir del daño que les deja a la biodiversidad y los ecosistemas, que solo se recuperarán en cien años. Y las generaciones enteras que perdimos en el camino, tal vez tres o cuatro. Del narcotráfico no queda nada bueno; solo gente muerta, gente en la cárcel, familias señaladas y descompuestas. Más allá de todo esto, estoy convencido de que la resiliencia que nos caracteriza es única; la capacidad de levantarnos de las caídas más estrepitosas es lo que nos ha salvado de nuestros propios demonios. Sigo pensando que razón tenía Gabriel García Márquez cuando me dijo, después de hablar sobre los detalles de la caída del cartel de Cali, que estas historias debían ser contadas. De eso se trata este libro, de seguir contando esas historias de vida, que no son siempre tan evidentes, sobre todo para las generaciones actuales, que quizá no logren dimensionar el terror que vivimos, que tal vez vean con mayor libertad y una óptica distinta las drogas. Quizá para ellos sea tan importante no dejar de contar estos momentos, que uno a uno marcaron la historia de un país, y no para bien.

Este es el viaje que le proponemos ahora a usted, estimado lector.

Mayor general (R) Rosso José Serrano Cadena

Exdirector general de la Policía Nacional

EL NARCOTRÁFICO 
EN COLOMBIA

Lo mío es contar historias. Me gustan esas raras, llenas de aventura. Esa pasión me llevó a ser arrestado en Haití, y luego en Cuba, de donde me deportaron. Fui declarado objetivo militar por las FARC y los Paramilitares ordenaron mi muerte. Todo por andar en busca de esas historias. Por eso, hace dieciséis años, cuando salí de los grandes canales, nace Testigo Directo: Una manera novedosa de escudriñar pasado y presente.

En esta primera parte de La caldera del Diablo le daremos una mirada al narcotráfico en Colombia, a esos grandes Capos, a su maquinaria y a cómo, por ellos, este país es lo que es. Escogimos cuatro de nuestros reportajes –para llevarlos a estas crónicas literarias–, que cuentan visiones diferentes de esos sucesos. Por que la realidad es que un día veíamos los cientos de toneladas que enviaban los carteles de Medellín y Cali a Estados Unidos como si eso no fuera problema nuestro, sino de ‘los gringos’, hasta que la violencia desmedida nos atacó con sus carros bomba, doblegando al pueblo y, peor aún, al Estado. Hoy pagamos la consecuencia del narcotráfico, y la verdad es que mientras tengamos cocaína, nunca tendremos paz.

Rafael Poveda

LAS BONANZAS DE LA MUERTE

Un viaje a vuelo de pájaro por el fenómeno del narcotráfico y sus consecuencias nefastas

Rafael Poveda

El pasaporte que producía desconfianza

Hasta hace unos años, cuando el pasaporte colombiano era verde, llegar a un aeropuerto del mundo levantaba inmediatamente sospechas en los agentes de inmigración, que, como si tuvieran rayos láser, comenzaban a mirar a los pasajeros con profunda desconfianza. Cada colombiano se convertía en sospechoso de ser mula, de estar cargado con drogas. Esto significaba que, cuando notaban cierto nerviosismo, la rutina era llevarnos a los famosos cuarticos para ser interrogados y hasta desnudados.

La cancillería tuvo que cambiar el color de los pasaportes a rojo, para hacerlos parecidos a los de otros países del área. Tener el pasaporte verde era un tormento. Lo mismo ocurre cada vez que un vuelo de Colombia llega al aeropuerto de Miami; las maletas son ubicadas en uno de los dos carruseles más cercanos a una enorme ventana con espejos, donde, sin que nos demos cuenta, hay funcionarios de aduanas mirando con detalle a los pasajeros para determinar comportamientos extraños. Por supuesto, a quienes más nos ponen el ojo encima es a los colombianos.

Recuerdo mi llegada a La Habana en julio de 1992, cuando fui a hacer una serie de reportajes especiales para Telemundo. Cada vez que alguien sabía que yo era colombiano, como por arte de magia mencionaba el nombre de Pablo Escobar. No me relacionaban, por ejemplo, con nuestro nobel Gabriel García Márquez, quien era amigo íntimo del dictador Fidel Castro, ni con ningún otro colombiano sobresaliente; solo yo era reconocido por ser del mismo país del más grande narcotraficante del mundo. Lo mismo me pasó en Estados Unidos y en Centroamérica. Ser colombiano era llevar una marca ignominiosa. Para el resto del mundo –en particular para los estadounidenses– nosotros, como ciudadanos colombianos, estábamos condenados a ser asociados con la producción de cocaína.

Del «plata o plomo» al «hagamos series sobre plomo que produzcan plata»

Claro, debe reconocerse que a medida que han pasado los años, han aparecido otros personajes –como Shakira, Maluma, Carlos Vives o Karol G.– para quitarle algo de protagonismo a Pablo Escobar, un personaje que se niega a desaparecer ayudado, en gran parte, por plataformas digitales como Netflix, en la que encontramos más de una docena de producciones sobre él y otros mafiosos, entre ellas la serie Narcos, que universalizó la famosa frase «plata o plomo», que utilizaba el capo como forma de negociación. Ahora, por ejemplo, en Amazon se vende el licor Plata o Plomo y en YouTube se escucha Plata o plomo de diferentes músicos en reguetón, narcocorridos, y hasta en heavy metal. Pero no es suficiente, porque hay algo peor y es que, aparte de ser estigmatizados en todo el mundo, para nosotros sea normal habernos convertido en los grandes productores y exportadores de cocaína.

Pasamos del «plata o plomo» que pregonaba Pablo Escobar a «series sobre plomo que produzcan plata», alentados por las plataformas digitales de televisión.

Un tema complejo, en todo caso.

Nadie pretende desconocer que el narcotráfico ha estado presente en nuestra realidad, pero sí podemos decir que Colombia no es el único villano de esta película. Vayamos primero a nuestro caso.

El narcotráfico ha sido parte no solo de nuestra economía, sino también de nuestra idiosincrasia, de nuestro diario vivir. Para empezar a hacer algunas cuentas, analistas indican que a nuestro país entran al año, producto del narcotráfico, al menos 20 billones de pesos. Eso es mucho más de lo que recibimos en exportaciones de café, que por años fue nuestro producto estrella, que alcanza los 12 billones de pesos. Este dinero, junto con los 10,5 billones de pesos que recibimos producto de las remesas, se han convertido en un salvavidas de nuestra economía.

Por otro lado, el empleo que produce el narcotráfico supera con creces a las empresas más importantes de Colombia. Según Lucas Marín, investigador de la Universidad de los Andes, el narcotráfico contribuye al sostenimiento de más de doscientas mil familias, la mayoría de ellas en zonas rurales. En México, a donde se exporta gran parte de nuestra cocaína, carteles como el de Jalisco Nueva Generación y el de Sinaloa emplean cerca de 175 000 personas. Según Rafael Prieto, matemático y especialista en el fenómeno del narcotráfico, las mafias mexicanas se posicionan como el quinto empleador más grande de dicho país, por encima de la petrolera nacional Pemex (Petróleos Mexicanos) o la empresa FEMSA (Fomento Económico Mexicano, S. A. B.), que es la que produce Coca-Cola; o Walmart o América Móvil. Pero ¿desde cuándo el tráfico de estupefacientes se convirtió para nuestro país en una gigantesca empresa con varios dueños que alimenta nuestra economía?

Este fenómeno no emergió de la noche a la mañana en la sociedad, hubo un proceso que se ha venido perfeccionando, industrializando y, por decirlo de algún modo, profesionalizando. Muchos hablan de la malicia indígena y de que los latinoamericanos somos «echados para adelante», pero detrás de este negocio hay violencia, muerte e incontables problemas de salud pública e incluso de identidad nacional.

Ahora bien, sin el ánimo de ser condescendientes con los colombianos que se dedican a esta actividad, no debemos perder de vista que el narcotráfico es un monstruo de alcance global. En la cadena interviene mucha gente de diversos países. El «plata o plomo», como frase, se lo inventó Pablo Escobar, pero como realidad es el mandamiento de un credo perverso que se aplica en todos los lugares donde se lleva a cabo este negocio. Y, por otra parte, el «hagamos series sobre plomo que produzcan plata» va mucho más allá de nuestro entorno.

La mala hierba

Para entender el presente, debemos irnos muy atrás. Según el historiador Sáenz Rovner, los primeros alijos de cocaína que cruzaron el Caribe desde Colombia hacia Estados Unidos lo hicieron hace un siglo: fue en la década de 1920, justo antes de la gran depresión. Paradójicamente, no era cocaína producida en las montañas de Suramérica, su origen eran las farmacéuticas europeas, desde donde se enviaba como medicamento a Colombia y por aquí se desviaba para satisfacer la demanda recreativa que surgía en Norteamérica.

El mismo historiador documenta que, veinte años después, se daría la captura de los primeros colombianos que llevaban cocaína ‘Made in Colombia’. En 1944 el sistema judicial internacional se activó para procesar a un par de hermanos antioqueños, quienes serían los pioneros en integrar el procesamiento con el envío de cocaína. Sabemos, gracias a los documentos citados por Sáenz, que el narcotráfico no era un negocio para familias de bajos ingresos ni con un perfil violento; en ese momento, los protagonistas del narcotráfico eran de alto nivel educativo –ingeniero uno, piloto el otro– y miembros de una de las familias empresariales más reconocidas.

Algo que comenzó a marcarnos con fama de mafiosos fue ‘la bonanza marimbera’. A mediados de la década de los sesenta, en la costa Caribe colombiana, especialmente en la Sierra Nevada de Santa Marta, y teniendo como bastión La Guajira, varios hombres del interior del país, que huían de lo que conocemos como la época de La Violencia, se dedicaron al cultivo de la marihuana, que en su período de esplendor alcanzó una cifra de alrededor 119 000 hectáreas sembradas. Muchos jóvenes de la costa se enlazaron de inmediato con los sembradores y empezaron a trabajar como cultivadores, mulas y hasta administradores de las plantaciones, llevando la marimba desde las montañas colombianas hasta las pistas ilegales de aterrizaje a los puertos marítimos.

Este es el punto inicial de las relaciones entre narcotraficantes de Colombia y de Estados Unidos, porque no fueron únicamente los colombianos quienes se beneficiaron de esta transacción.

Hay otra tesis que afirma que luego de la conformación del segundo grupo del Cuerpo de Paz del presidente John F. Kennedy, en 1961, varios estadounidenses que estuvieron en Colombia trabajando en dichos cargos, en la zona de la Sierra Nevada de Santa Marta, se dieron cuenta del poder de la marihuana y de su calidad –la llamaban Colombian gold– y fueron ellos mismos quienes empezaron el sistema de exportación en aviones y en barcos hasta Estados Unidos, con exactitud a Florida. El negocio se solidificó con los años y dejó cuantiosas ganancias, tanto para los norteamericanos como para los colombianos.

En 1978, el entonces presidente de Colombia, Julio César Turbay, declaró una guerra abierta en contra de los marimberos, enviando una tropa de más de diez mil hombres para acabar con los cultivos. Entonces se puso en marcha un plan de choque llamado ‘Operación Fulminante’ y se desató en la región una salvaje e incontenible oleada de violencia que dejó más de tres mil muertos. Los precios de la marihuana subieron y se fortaleció el negocio en los Estados Unidos, lo que fue aprovechado por países como Jamaica.

Lentamente, la bonanza marimbera decayó hasta que solo nos dejó sus sombras, resquicios de una época brillante para los cultivos y la exportación de la marihuana. Pero muchos de los que aprendieron de este proceso: de los métodos de embarque, la exportación, las relaciones con los ‘clientes’ en el exterior, los canales de distribución y demás, emigraron a un producto que había madurado y que dejaba potencialmente más ganancias: la cocaína.

Los tiempos de el Patrón

Y aquí volvemos a Pablo Escobar, el que podemos decir es el colombiano más famoso del mundo. Muchos hemos escuchado decenas de historias sobre cómo empezó, tan rústicamente, en el negocio del narcotráfico, lo que lo llevó a ser uno de los hombres más ricos del planeta. Pues bien, en los orígenes, el Patrón, como era conocido el cabecilla del cartel de Medellín, inició su negocio en solitario y de una manera más bien empírica, con ensayo y error. Según las investigaciones y las entrevistas dadas por él mismo y por sus secuaces, Escobar inició en el narcotráfico luego de una vida delictiva sustanciosa como contrabandista, desvalijador de carros, ladrón de lápidas y hasta secuestrador, para al final convertirse en la mano derecha de Fabio Restrepo, un narco del que poca información se tiene, pero al final de cuentas uno de los primeros narcotraficantes de cocaína de los que se tienen datos en el país.

Pablo Escobar fue designado por Restrepo como su hombre de confianza para transportar la hoja de coca desde las montañas de los Andes a sus laboratorios, ubicados en las zonas selváticas. No obstante, Escobar, al darse cuenta de lo lucrativo del negocio y también de que su jefe estaba perdiendo mucho dinero al ser tan precavido, pues solo distribuía la droga en los países cercanos a Colombia, decidió hacerse cargo del negocio y ordenó su muerte. Así asumió el mando y con la ayuda de Mateo Moreno, alias la Cucaracha, un químico de origen chileno, y de su primo Gustavo Gaviria, levantó su imperio.

Para 1976, Escobar se alió con los hermanos Ochoa y con Carlos Lehder, quien se encargó de abrir las rutas hacia Estados Unidos utilizando como transbordo de la droga a Norman’s Cay, en las Bahamas, una isla ubicada a unos 450 kilómetros de Florida. Podemos imaginar por un momento la cantidad de personas que utilizó el cartel de Medellín para atiborrar las calles de Nueva York, Boston y Filadelfia con su producto, que siempre fue de primera calidad, además de la cantidad de hombres armados con los que contaba el cartel de Medellín para protegerse de la fuerza pública y de los narcos enemigos, como lo fueron los integrantes del cartel de Cali.

El brazo armado del cartel de Medellín estuvo compuesto por más de dos mil jóvenes, muchos de ellos en Medellín y otros en el centro del país, bajo el liderazgo de otro personaje sombrío de la historia nacional, como lo fue Gonzalo Rodríguez Gacha, alias el Mexicano. Y no solo de esa cantidad de hombres requirió el cartel, sino del nivel de organización y de exactitud para que el negocio siguiera andando sobre ruedas. Cobradores aquí y allá, contadores aquí y allá, lavadores de dinero y un sinfín de funciones ejecutadas por cientos y cientos de personas.

Para que Escobar hubiera alcanzado el poder y riqueza de tres mil millones de dólares se necesitaron muchas más personas que aquellas que estaban detrás de las imágenes que presenciamos durante la década de los ochenta, cuando cada noche el Gobierno colombiano ofrecía grandes recompensas por cualquier información sobre su paradero. Pensémoslo por un momento: necesitaba al cultivador de la hoja de coca, la mayoría de ellos jornaleros de las zonas más apartadas y olvidadas por el Estado; también había aventureros, colonos, comerciantes, vendedores ambulantes y hasta estudiantes que se sumaron a este oficio con el fin de ganarse la vida, ante la escasez de empleos decentes. Puede verse este trabajo, el que en Colombia conocemos con el nombre de ‘raspachín’, como una salida a los problemas laborales que enfrentaban en el campo. Tenemos también a los terratenientes, es decir, a aquellos que arrendaban sus tierras para la siembra de la hoja de coca o que simplemente y a nombre propio ponían su negocio. La mayoría de ellos cambiaron sus plantaciones, talaron sus bosques y adecuaron sus tierras para la siembra de la hoja de coca. Estaban los transportadores, los que llevaban la hoja a los laboratorios. Los químicos, que estaban a cargo de la producción, donde se transformaba la hoja en base. Luego tenemos a los transportadores de la coca hasta los lugares de salida del producto, en especial pistas clandestinas y puertos marítimos. A los que pilotaban las avionetas y las lanchas go fast repletas de la droga. A quienes recibían el producto al otro lado y a quienes lo vendían. Y alrededor de todos ellos, ejércitos de hombres armados que custodiaban la mercancía y el dinero, que luego regresaba a Colombia encaletado en maletas y electrodomésticos y debía ser, no ya contado, sino pesado.

Esto sin tener en cuenta los empleos que de manera indirecta empezaron a forjarse alrededor del narcotráfico. Para no irnos tan lejos, los investigadores de la Universidad Nacional de Colombia Jaime Jaramillo, Leonidas Mora y Fernando Cubides dicen que, en 1985, en plena bonanza cocalera, en un poblado como Cartagena del Chairá, que tenía apenas quinientas casas, había más de cuatrocientas prostitutas, sin contar los dueños de las discotecas, bares y otros establecimientos en los que se prestaban distintos servicios de diversión para los ‘raspachines’, transportadores, guardias de seguridad y demás trabajadores.

Las cuentas de la infamia

¿Cómo no va a haber plata o plomo si la plata es mucha, muchísima, y en consecuencia hay que defenderla a balazo limpio?

La cadena del narcotráfico es enorme.

Sus protagonistas no están dispuestos a dejarse arrebatar esas ganancias ultramillonarias. El narcotráfico representa una danza de millones que solo puede defenderse con plomo. Hay demasiados enemigos: los narcos de la competencia (interna y externa), las autoridades de aquí y de allá.

En las grandes ciudades, el cartel de Medellín, el de Cali o el del Norte del Valle se incrustaron en los barrios más pobres y allí reclutaron a los jovencitos que no tenían oportunidades para salir adelante y les ofrecieron grandes salarios, fiestas, motos, mujeres y un ‘fierro’ (el símbolo del poder), para que trabajaran bajo sus órdenes como cobradores, sicarios o guardaespaldas. Por esto en algunos sectores populares de ciudades como Medellín, Pablo Escobar fue venerado: se le vio como alguien que ayudó a los necesitados.

Ahora bien, esta empresa criminal, regida por el miedo y la lealtad enceguecida, necesita de administradores que lleven las cuentas de la producción, de la entrega, de la comercialización, del pago de sobornos y, finalmente, del cobro. De esta última necesidad nació, por ejemplo, una de las Bacrim (banda criminal al servicio del narcotráfico) más peligrosas del país, ya que Pablo Escobar, para quitarse un problema de encima, decidió fundar la Oficina de Envigado: una organización criminal que se encargaba de recaudar, a sangre y fuego, la plata que ciertos acreedores le debían al Patrón.

Ahora tenemos laboratorios que producen más de 17 000 toneladas de cocaína anuales que son distribuidas en Estados Unidos y Europa, en su mayoría. Para el 2022 tenemos cifras, según el SIMCI (Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos), de que más de 230 000 –sí, leyeron bien, más de 230 000– hectáreas están sembradas con hoja de coca sin intenciones de cambiar de negocio, ya que los procesos de sustitución aún son lejanos y desde hace dos años el Gobierno no erradica una sola mata.

El combustible de la violencia

Los expertos en el tema lo han dicho reiteradamente: el narcotráfico es el combustible de la violencia. Con el dinero que produce se financian los grupos alzados en armas.

El narcotráfico es violencia que se autoabastece. Las muertes de hoy generan las de mañana y así sucesivamente.

De todos estos carteles de la droga emergió otro problema sin parangón en nuestra historia reciente: muchos narcotraficantes contrataron grupos guerrilleros para que protegieran las zonas en las que tenían sus laboratorios y sus cultivos cocaleros. Es de conocimiento público que Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha rompieron con las FARC cuando, en 1983, por un desacuerdo entre Gacha y el comandante Jacobo Arenas, la guerrilla destruyó uno de los laboratorios más grandes e importantes del cartel de Medellín, en los Llanos del Yarí, en el departamento del Caquetá. A raíz de esto se desató una oleada de violencia entre la guerrilla y el cartel, además de la financiación, por parte del cartel, de los primeros grupos paramilitares comandados por el paramilitar Vicente Castaño. Por otro lado, hay que recordar que otro de los grupos paramilitares más famosos del país –MAS (Muerte A los Secuestradores)– se conformó con dineros del narcotráfico luego de que el extinto movimiento guerrillero M-19 secuestrara a Marta Nieves Ochoa, una de las hermanas de los Ochoa, miembros fundadores del cartel de Medellín.

Es decir que, además de la violencia que ha generado el narcotráfico con el desplazamiento masivo de los habitantes de las regiones cocaleras y por ende la miseria de estas poblaciones, este fenómeno recrudeció la violencia armada en dichas zonas y los campesinos quedaban en medio del fuego cruzado. Nada igual a cuando las propias guerrillas –ELN (Ejército de Liberación Nacional), FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) o EPL (Ejército Popular de Liberación)– se apropiaron de los cultivos y de los laboratorios y se convirtieron en protagonistas en primera persona de la exportación de coca. Para el 2010, según el laboratorio de ideas InSight Crime, las FARC controlaban más del 60 % de los cultivos de coca del país, negocio que se fortaleció durante los diálogos de paz con el presidente Andrés Pastrana y con la consolidación de la Zona de Despeje: un territorio de 42 000 kilómetros cuadrados que sirvió para que la guerrilla tuviera libre albedrío no solo para cultivar, sino para perfeccionar todas las labores de exportación de la droga. Con este dinero mantuvo a miles de hombres y de mujeres en sus filas, además de que adquirió más armamento.

De acuerdo con todo lo anterior, expertos afirman que el narcotráfico colombiano se convirtió en una enorme empresa multinacional que se ha expandido por el mundo, con un componente muy peligroso: esta gran empresa criminal poco a poco está siendo capturada por los carteles mexicanos. Grupos como el cartel Jalisco Nueva Generación y el cartel de Sinaloa –que tienen una guerra a muerte– han realizado alianzas con el ELN, el Clan del Golfo, las disidencias de las FARC y ya dominan el negocio del narcotráfico en Latinoamérica y Estados Unidos. En otras palabras, los grandes productores colombianos están quedando subordinados a las poderosos mafias mexicanas y estas a su vez alimentan las guerras entre grupos armados en diferentes regiones de Colombia, una especie de ‘divide y vencerás’ con un gran propósito: abastecerse de coca colombiana a mejores precios y sin intermediarios. Antes los carteles mexicanos podían pagar por cada kilo puesto en su país hasta 17 000 dólares, ahora participan de lleno en la cadena de producción, financian a los productores y se ahorran más de la mitad. En un negocio de más de mil toneladas las ganancias son enormes.

Nos basta con mirar por un segundo lo que ha pasado en Ecuador, donde las mafias se hicieron al control de las cárceles y luego, tomando rehenes e intimidando a la población, desafiaron a todo un país. Jamás, en la historia de esa nación, se había visto tal nivel de inclemencia y de penetración de la violencia. Esto se debe a los tentáculos del narcotráfico colombiano que, silenciosamente, comenzó a asentarse a finales del siglo pasado y ahora controlado por los carteles mexicanos se despliega con fuerza y sevicia.

El narcotráfico mexicano canta en otro tono, es más sanguinario que el colombiano, tiene más representatividad y controla el mercado norteamericano y, por lo tanto, tiene más poderío. Miren este dato: según un informe de la ONU, publicado en el 2022, los carteles de droga lavan al año unos 25 000 millones de dólares solo en México. Esto es mucho más de lo que ganan la mayoría de las grandes multinacionales del mundo.

No solo lo anterior es lo preocupante; el narcotráfico y el microtráfico han desembocado en cientos de poderosas organizaciones criminales que han ido adquiriendo más poder en Colombia y Latinoamérica: El Tren de Aragua, La Mara Salvatrucha, Los Rastrojos, Las Águilas Negras, Los Choneros, Los Lobos, El Tren del Llano, Los Chotas. Solo en Colombia operan 196 grupos criminales y en Ecuador 22; cada día aparecen más.

Limpiando el dinero

El general en retiro Óscar Naranjo, quien además es exvicepresidente de Colombia, conoce a fondo este tema, ya que combatió este fenómeno con ardor y mano firme. Entrega, al respecto, un testimonio revelador:

«Parecería haber varios holdings transnacionales del crimen y en el fondo de esa transformación han aparecido nuevas formas de economía criminal; en el pasado, el foco que permitía el crecimiento de esas organizaciones era el narcotráfico a gran escala… hoy es el tráfico de seres humanos, de migrantes; hoy es la explotación a cielo abierto de oro y de minerales; hoy es la deforestación; hoy es el secuestro y la extorsión sistemática. Entonces realmente estamos enfrentando desde el punto de vista criminológico y político en seguridad uno de los más grandes desafíos que ha tenido la historia del crimen». No podemos desconocer que el narcotráfico no se quedó únicamente en los campos donde se siembra la hoja o en los laboratorios en los que se procesa. ¿O alguien cree que a los narcotraficantes les importa la condición social o la pobreza en la que viven los ‘raspachines’ o los cultivadores; o que les interesa la realidad que viven los y las jóvenes consumidoras del mundo; o –mucho menos– que les importan todos los negocios que se desprenden del suyo, como el del robo de gasolina, el tráfico de armas, la trata de blancas; o que les interesa la expansión de bandas transnacionales, como El Tren de Aragua, que se dedican al microtráfico y a la extorsión, problemas que tenemos, incluso, dentro de nuestros hogares; o que en algún momento se han sentido culpables por el tráfico de migrantes en la selva del Darién entre Colombia y Panamá, que en el 2023 generó más de 64 millones de dólares en ganancias ayudando a cruzar a las personas hacia Centroamérica? A ellos, a los narcotraficantes, lo único que les interesa es que su dinero se limpie y que puedan pasar por personas de la alta sociedad».

En todo el mundo hay narcos que, a la vez, son altos ejecutivos de corbata, que se sientan a la mesa de los mejores restaurantes y cenan con las personas más influyentes, sin que nadie los identifique, porque son testaferros o narcos contemporáneos; no son aquellos que pasaban por dueños de haciendas, hoteles o simples comercios, ahora son los propietarios a nombre propio o ajeno de importantes empresas legalmente constituidas. Recordemos a un personaje como Guillermo León Acevedo Giraldo, más conocido como Memo Fantasma, que durante muchos años pasó desapercibido, lo puso en evidencia. Se trata de un bogotano que vivió gran parte de su vida en Madrid (España) y que posó durante largos años como un exitoso empresario hasta que una investigación de InSight Crime lo expuso; según la fiscalía Colombiana, su fortuna provenía del narcotráfico. Antes nadie desconfió o puso el ojo sobre Memo, que incluso llegó a tener negocios con personalidades prestantes de Colombia, entre ellos políticos, actores y empresarios, engañando, timando y convenciendo a todo el mundo con sus buenas maneras. Y casos como el de Memo se cuentan por montones.

La pandemia fue clave para que todo esto se manifestara, según Naranjo, uno de los mayores expertos en el mundo sobre temas de narcotráfico y seguridad; ese problema hoy en día tiene nombre propio: gobernanza criminal. Las mafias no solo quieren ganar dinero, sino ejercer control territorial, imponer reglas de convivencia y hasta apropiarse de dineros públicos.

«Cuando un individuo como el Chapo Guzmán, en plena pandemia, ordena a los miembros de su organización criminal que se vayan a repartir mercados de subsistencia alimentaria y aparece primero que el Estado y dice “aquí estoy yo que sí los estoy apoyando”, está tratando de ejercer gobernanza criminal por la vía de la falsa creación de que ellos están al frente en beneficio de los más desvalidos. Este fenómeno también se dio en Urabá, donde el Clan del Golfo repartió mercados; se dio en Italia, donde la mafia siciliana salió a poblados a auxiliar gente que estaba sufriendo los rigores del aislamiento en pandemia. La gobernanza criminal dejó de ser un mito y hoy por hoy se empieza a ver con manifestaciones reales en varias zonas del mundo entero».

¿Un negocio de nunca acabar?

Está claro que, aunque los hábitos del consumo cambien y se haya notado una caída en los precios de la cocaína –sobre todo en Estados Unidos, donde el Fentanilo ha desplazado a las otras drogas–, se trata de una crisis temporal, tal y como lo explica Adam Isacson, director de Seguridad y Defensa de Wola, desde Washington. En países productores, como Colombia, el problema es mucho más complejo, teniendo en cuenta que este es un oficio del que viven miles de familias.

Nuestros reporteros de Testigo Directo entrevistaron a algunos de los líderes cocaleros de El Tandil, en el Alto Mira y Frontera, en el departamento de Nariño, una región compuesta por 33 veredas en las que diez mil familias dependen del cultivo de la hoja de coca. Los líderes afirman que son víctimas de persecución y estigmatización por parte del Estado. Tan es así que nuestros reporteros debieron recorrer más de 200 kilómetros por carretera, trocha y ríos para llegar al sector, pero para entrar tuvieron que pedir un permiso especial de la comunidad, puesto que desconfían de los visitantes. Los líderes afirman que están dispuestos a dejar la siembra y a someterse al proceso de sustitución, pero no les han dado mayores garantías. Para John Rojas, exgobernador del departamento de Nariño, la política antidrogas ha fracasado ya que la hoja de coca se recoge cada tres meses, a diferencia del cacao, el plátano y el coco, que solo puede hacerse una vez al año. Y entonces, ¿los campesinos se van a morir de hambre por darle gusto al Gobierno? Peor aún con el problema de la caída de los precios de la hoja.

Para el 2023 el precio de la cocaína bajó en un 60 %, una buena noticia para los titulares de prensa o para que los gobiernos saquen pecho e inventen cientos de historias alrededor de este devalúo, el primero en la historia del negocio. Pero cuando se piensa en la inmensa cantidad de familias que dependen de este producto, las sonrisas empiezan a desdibujarse, pues los campesinos se están quedando con la producción guardada, sin nadie que se las compre. Hay varios motivos para que esto esté ocurriendo, como lo expone el político colombiano experto en narcotráfico Daniel Rico: uno de ellos es que hay sobreoferta de hoja de coca, ya que desde la pandemia mucha de la hoja quedó guardada y es la que están usando hoy; otro motivo es que hay cambios en las estructuras de los carteles, debido a la captura de varios de sus líderes; y, finalmente, que muchos de los antiguos narcos descubrieron negocios más rentables y menos peligrosos en la explotación del oro y del platino.

Para no irnos muy lejos, en mayo de 2022 un kilo de hoja de coca costaba un dólar con treinta centavos y un año después estaban pagando por la misma cantidad 52 centavos de dólar, una suma irrisoria que si acaso les alcanzaba para pagarles a los trabajadores, no les alcanzaba para comer decentemente. En Argelia (Cauca), en el cañón del Micay, los campesinos alertaron al país, ya que se encuentran al borde de la hambruna. Se trata de una comunidad cocalera, que lleva más de 45 años sobreviviendo a punta de los cultivos de hoja de coca. Sus líderes explican que en 2021 recibían 70 000 pesos colombianos por 12,5 kilos (una arroba) de hoja y que, en 2023, por la misma cantidad, obtuvieron solo 38 000 pesos, casi la mitad. Lo mismo ocurre con los precios de la pasta base, que en 2021 costaba tres millones cuatrocientos mil pesos el kilo y en el 2023 se redujo a dos millones cuatrocientos mil pesos. Una caída sorprendente.

El fenómeno del fentanilo

Adam Isacson dice que además de la invasión del fentanilo en Estados Unidos, una droga menos llamativa y de más fácil tráfico, también hay otros motivos para esta caída: nuevos países –como Guatemala, Honduras y México– entraron al negocio del cultivo; y que además, con menos hoja de coca, se está produciendo más y mejor cocaína, ya que se está modernizando el proceso. Lo cierto es que miles de campesinos colombianos están al borde del hambre esperando una solución palpable para empezar el proceso de sustitución.

Pero nada ocurre, el mercado de las drogas continúa en pie, quizá con menor ganancia para el campesinado, porque para los capos el negocio sigue siendo fructífero. De lo que sí estamos convencidos es de que, a través de los años, esta industria, en especial en Colombia, se ha fortalecido, se ha profesionalizado y les ha enseñado a sus capos a ser menos visibles, a llevar vidas menos ostentosas, para que les quiten los focos de encima. Un negocio que ha dejado miles y miles de millones de dólares en las distintas esferas del país, pero que también lo ha regado de sangre, de rupturas familiares, de tristeza y de dolor.

En las décadas de los ochenta y noventa, durante el auge de los carteles de Medellín y de Cali, muchos veíamos el narcotráfico como un problema de los gringos, de los consumidores. Se decía: el problema es de ellos, que son quienes consumen; nosotros simplemente producimos y ellos son quienes lo compran.

En ese entonces había tres tipos de países inmersos en el negocio: países consumidores, países de tránsito y países productores. Hoy en día estas fronteras se diluyeron. Ecuador pensó que era solo un punto de tránsito y miren lo que ha sucedido. En esta nueva gobernanza criminal, los países vecinos están advertidos. Los carteles mexicanos están en plena expansión, haciendo alianzas con estructuras criminales que han ido desarrollándose a través de Latinoamérica. Y eso que, gracias a Dios, no ha llegado la pandemia del fentanilo producido por las mafias mexicanas y que cada año mata a más de 70.000 estadounidenses. Así que cuando llegue esta epidemia, ojalá no, las crisis de nuestros sistemas de salud van a ser insostenibles; que Dios nos agarre confesados. Esta es la caldera del diablo, ¿qué vamos a hacer?