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La causa principal originaria es un discurso pronunciado por Zeferino González tras ser elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 1873. Zeferino empieza exponiendo su tema sin tapujos: "La causa principal originaria ya que no única, del malestar que esteriliza y detiene la marcha de la sociedad por los caminos del bien, es esa gran negación oculta y encarnada en el principio racionalista, es la negación de Dios, principio generador del mal en todas sus formas." Para luego desarrollar su argumento y hacer un recorrido por la tradución filosófica de Occidente, con énfasis particular en el racionalismo: "Europa atraviesa una crisis profunda y universal: lleva en su seno elementos heterogéneos y opuestos, que determinan en sus entrañas un gran movimiento de fermentación, movimiento que se revela al exterior por amenazantes síntomas y terribles convulsiones. Al lado del principio cristiano y de los elementos evangélicos que le dan fuerza y vida, descúbrense en ella instituciones ateas, ideas materialistas, rebelión satánica de la ciencia y de los hombres contra Dios, al cual se pretende arrojar del mundo y de la sociedad; en una palabra: el principio pagano en todas sus formas, luchando y reaccionando contra el principio cristiano."
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Seitenzahl: 137
Veröffentlichungsjahr: 2010
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Zeferino González
La causa principal originaria
Barcelona 2024
Linkgua-ediciones.com
Créditos
Título original: La causa principal originaria.
© 2024, Red ediciones S.L.
e-mail: [email protected]
Diseño cubierta: Michel Mallard
ISBN rústica: 978-84-9816-290-5.
ISBN ebook: 978-84-9897-434-8.
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Sumario
Créditos 4
Brevísima presentación 7
La vida 7
La causa principal originaria 9
Apéndice 60
Libros a la carta 71
Brevísima presentación
La vida
Zeferino González Diaz de Tuñón (Pola de Laviana, Asturias,1831-1894). España.
Hijo de labradores, en 1844 tomó el hábito dominico en el convento de Ocaña, y se fue a vivir a los dieciocho años a Manila, donde terminó sus estudios. Su salud delicada marcó su dedicación a la academia y no a la misión: en enero de 1862 firmó La Economía política y el Cristianismo, y en 1864 publicó en Manila su obra doctrinal más sólida, los tres volúmenes de Estudios sobre la filosofía de Santo Tomás.
En 1866 es trasladado por su Orden a España y en 1873 fue elegido miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
De 1875 a 1883 ejerce como obispo de Córdoba, donde inició la organización de los Círculos Obreros y adaptó los Seminarios eclesiásticos a las enseñanzas del bachillerato civil. Más tarde fue nombrado arzobispo de Sevilla, y en 1884 fue designado cardenal. Un año más tarde ocupó la Sede Primada de España, se enfrentó al clero toledano y en 1886 prefirió dejar el arzobispado de Toledo y volver al de Sevilla, del que dimitió para jubilarse.
La causa principal originaria
ya que no única, del malestar que esteriliza y detiene la marcha de la sociedad por los caminos del bien, es esa gran negación oculta y encarnada en el principio racionalista, es la negación de Dios, principio generador del mal en todas sus formas.
Discurso del Excmo. e Ilmo señor don Fr. Zeferino González1
Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
Madrid, 3 de junio de 1883
No se me oculta, Señores, que al abrir las puertas de esta ilustre Academia a un hombre que nada vale ni significa en el terreno del saber, habéis querido, pasando por alto su personalidad, honrar en él al ministro de Jesucristo, dando una vez más público testimonio de vuestro acendrado amor y respeto a la santa Religión católica, que ha venido formando y vivificando nuestra grande y gloriosa nacionalidad, a esa Religión tres veces santa, a cuya sombra y en cuyo nombre el pueblo español llevó a cabo empresas y hazañas fabulosas, que transformaron su historia en magnífica epopeya.
Empero si esta consideración me alienta y conforta en la hora presente, abáteme al propio tiempo la idea de mis escasos merecimientos para ocupar un puesto al lado de las eminencias filosóficas, científicas y literarias de esta noble y en otro tiempo poderosa España, que, fatigada y esterilizada hoy por convulsiones políticas, aguarda con ansia tiempos más bonancibles para reanudar la rota cadena de su pasado glorioso, y para demostrar de nuevo al mundo que el genio filosófico y literario todavía cierne sus alas sobre la patria de Séneca y de Marcial, de San Isidoro, de Lulio y de Vives, de Melchor Cano y de Suárez, de Cervantes y de Calderón de la Barca.
Y aquí, Señores, en presencia de esta reflexión, y ante semejantes ideas y recuerdos, permitidme que dirija en derredor una mirada, y al observar la postración de este mismo pueblo, en otro tiempo feliz y poderoso; al distinguir en su frente el signo del dolor y del abatimiento, enlazando con la misión que ejerzo sobre la tierra el objeto que aquí nos tiene congregados, me pregunte y os pregunte: ¿cuál es la causa de tan lamentable decadencia? ¿Será, por ventura, que este pueblo que marchó en otro tiempo a la cabeza de las naciones, ha dejado caer de sus manos el cetro sagrado de la Cruz de Cristo, que hiciera invencible su brazo en Covadonga y las Navas, en Otumba y Lepanto? ¿Será que las producciones de sus filósofos y literatos ya no se hallan informadas por la idea cristiana, que derramó fecundidad inagotable sobre la inteligencia y el corazón de nuestros grandes escritores?
Pero coloquemos el problema en terreno más elevado y más en armonía con el objeto de esta Academia. Indaguemos la razón por qué, no ya la España, sino la Europa toda, en medio y a pesar de su brillante civilización, presenta a los ojos del observador menos reflexivo síntomas innegables de corrupción y de muerte, y se agita, como el moribundo en su lecho, lanzando angustiosa mirada hacia lo porvenir.
Europa atraviesa una crisis profunda y universal: lleva en su seno elementos heterogéneos y opuestos, que determinan en sus entrañas un gran movimiento de fermentación, movimiento que se revela al exterior por amenazantes síntomas y terribles convulsiones. Al lado del principio cristiano y de los elementos evangélicos que le dan fuerza y vida, descúbrense en ella instituciones ateas, ideas materialistas, rebelión satánica de la ciencia y de los hombres contra Dios, al cual se pretende arrojar del mundo y de la sociedad; en una palabra: el principio pagano en todas sus formas, luchando y reaccionando contra el principio cristiano.
Sin desconocer la dificultad de comunicar interés a un tema, que lo es de frecuente discusión, dificultad realzada por su misma importancia y amplitud, tampoco debe olvidarse que se trata aquí de un problema de tal naturaleza, que se presta a indagaciones y soluciones de índole muy diversa; porque, en medio y a pesar de su unidad esencial, es problema muy complejo en sus causas, en sus formas y en sus manifestaciones.
Por otra parte, ¿cómo apartar hoy la vista de ese problema verdaderamente trascendental, en cuyo fondo todo hombre que piensa esfuérzase en vislumbrar el porvenir social y religioso del mundo, y descubre a la vez el origen verdadero y la razón suficiente de esa conjuración gigantesca del hombre contra Dios, que en Italia, Suiza y Alemania arma el brazo de los poderosos de la tierra contra la Iglesia de Cristo y los ungidos del Señor; que en Francia y en España ha hecho correr ríos de sangre y de fuego; que mantiene en la atmósfera que respiramos corrientes, ideas y siniestros presagios que cual losas de plomo pesan sobre las naciones todas y sobre los hombres de buena voluntad?
Por lo demás, al plantear el problema en estos términos, creo haber indicado a la vez su solución; porque, en mi humilde juicio, la causa principal originaria, ya que no única, del malestar que esteriliza y detiene la marcha de la sociedad por los caminos del bien, es esa gran negación oculta y encarnada en el principio racionalista; es la negación de Dios, principio generador del mal en todas sus formas; bien así como la afirmación de Dios es el principio generador del bien; es esa especie de universal ateocracia que, después de arrancar a la sociedad de su natural base y centro, paraliza sus movimientos, agota y consume sus fuerzas vivas. Trabajada por corrientes ateas en sus ciencias, en sus artes, en sus leyes, en sus instituciones y costumbres, esta sociedad no evitará, no puede evitar, los serios peligros que la amenazan, si no abre de nuevo su inteligencia y su corazón a las corrientes vivificantes del teísmo cristiano; si no busca su centro de gravedad y su ley de vida en la grande idea cristiana de Dios, revelada a la humanidad por el Verbo mismo del Padre, desarrollada y conservada en el mundo por la Iglesia católica.
Con el favor del que es apellidado en la Escritura Padre de las luces, y Dios de las ciencias —Deus scientiarum Dominus est—, y guiado por aquella Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, voy a entrar en la demostración de la tesis indicada. Pero antes de hacerlo, séame permitido dedicar honroso, cuanto justo y merecido recuerdo, al hombre distinguido cuya plaza vengo a ocupar en esta ilustre Corporación literaria.
Conocidas son de todos las virtudes cívicas y morales del señor Monlau, y conocidas son también las numerosas obras que atestiguan su incansable laboriosidad,2 y que prueban a la vez que poseía talento flexible, erudición y ciencia nada vulgares. Atento siempre en las diferentes situaciones y circunstancias de la vida a procurar el mejoramiento y bienestar de sus semejantes, con razón puede decirse de él que pasó haciendo bien entre los hombres.
Pagado este tributo a la buena memoria del ilustre Académico, que me precedió en el campo de la vida y de la muerte, ensayaré ahora cumplir la palabra empeñada con respecto a la demostración de mi tesis.
Observando con sintética mirada el vasto campo histórico de la filosofía, no es difícil distinguir y señalar dos grandes corrientes que resumen su larga y compleja marcha a través de los siglos. Hay una corriente que apellidaré esencialmente racionalista, y hay otra corriente que apellidaré esencialmente cristiana.
En fuerza de la ley irresistible de la lógica, la primera es arrastrada fatalmente a la negación de Dios; porque el racionalismo que diviniza al hombre, proclamando la autonomía absoluta de la razón humana y su independencia de la razón divina, lleva en su seno la tesis ateísta. El carácter distintivo de la segunda es la afirmación de Dios; la afirmación de un Dios vivo, personal, omnipotente, creador libre e inteligente del mundo de la naturaleza y del mundo del espíritu, o, como dice el símbolo católico, Hacedor de cielo y tierra, de todas las cosas visibles e invisibles. Si me preguntáis los nombres de los principales representantes de la corriente racionalista, os diré: buscad en la historia de la filosofía a los representantes del idealismo, del materialismo, del panteísmo y del sensualismo, que esos son también los representantes legítimos de esa filosofía racionalista, que gravita con todo su peso hacia la negación de Dios.
Porque la verdad es que si para el materialista no hay más Dios que la materia con su fuerza, para el idealista Dios se convierte en un nombre vano sin realidad objetiva; y si el panteísmo destruye a Dios, convirtiendo la Divinidad en una sustancia cósmica y pretendiendo esenciarla fuera de si en un mundo finito y contingente, el sensualismo no necesita más que dar un paso para llegar al ateísmo. Cuando se ha dicho, en efecto, que el alma del hombre es una colección de sensaciones, no hay derecho para negar que Dios es la colección o generalización de los fenómenos de la naturaleza; para el sensualismo, el alma y Dios son dos abstracciones.
¿Queréis saber ahora quiénes son los representantes de la corriente filosófico-cristiana? Pues recordad los nombres de Clemente de Alejandría y Tertuliano, de Orígenes y San Agustín, de San Anselmo y Santo Tomás, de Alberto Magno y San Buenaventura, de Lulio, Vives, Suárez, Leibnitz, Bossuet, Balmes y Rosmini; y desde un punto de vista parcial pertenecen también a esta grande escuela Campanella y Bacon, Mallebranche y Pascal, Newton y Galileo, Maine de Biran y Gioberti y hasta los dos grandes filósofos de la antigüedad pagana; porque la ciencia de estos dos grandes genios reconoce y profesa la inferioridad y subordinación de la razón humana respecto de la razón divina, a la vez que la necesidad de que la filosofía marche en armonía con la tradición religiosa,3 lo cual constituye como el carácter distintivo de la filosofía cristiana. Si el gran apologista africano pudo decir con profunda verdad que el alma es naturalmente cristiana —testimonium animae naturaliter christianae— bien puede decirse también que cuando la razón humana no se halla inficionada por el espíritu de la soberbia y de la rebelión contra Dios, gravita espontáneamente y se aproxima a la verdad cristiana, como se aproximó la razón de Platón y de Aristóteles, aun antes de que se dejara ver sobre la tierra aquel Logos eterno, presentido y esperado por el gran discípulo de Sócrates, y a pesar también del vacío inmenso producido en la filosofía antigua por la ausencia de la idea luminosa de creación, sin la cual no es posible resolver con acierto el problema cosmológico.
He dicho que la corriente filosófico-racionalista lleva en su seno la tesis ateísta, como último y espontáneo término de su evolución, a través de sus formas o manifestaciones principales; y esta indicación se halla en perfecta consonancia con la ley lógica. El término de una evolución, y de una evolución filosófico-científica, debe estar, no puede menos de estar en relación y armonía con el punto de partida y con el criterium general de esa misma evolución. Ahora bien: ¿cuál es el punto de partida, cuál es el criterium general de la filosofía racionalista? No otro, ciertamente, sino la autonomía absoluta de la razón humana, su independencia de la razón divina, y el consiguiente movimiento de separación primero, y de hostilidad después, con respecto a la tradición religiosa, como órgano de la razón y de la voluntad de Dios.
Tarde o temprano, la razón que se proclama autonómica arroja lejos de sí a la razón divina, incompatible con esa independencia absoluta; y el Dios verdadero llega a ser invisible para el filósofo que desconoce la inferioridad y la impotencia relativa del humano entendimiento. Si la inteligencia humana lo puede todo, no hay razón para negarle la infinidad del ser: la independencia absoluta en el orden inteligible es inseparable de la necesidad esencial del ser; envuelve lo que la teología cristiana apellida aseidad, atributo fundamental y característico de Dios.
Por otra parte, la verdad y exactitud de esta filiación lógica entre la filosofía racionalista y la negación de Dios, encuentra en la historia de la filosofía moderna una brillante contraprueba en su favor, porque la historia de la filosofía, de tres siglos a esta parte, es la historia del principio racionalista, que, a través de formas y evoluciones varias, viene finalmente a concentrarse y revelarse en la tesis ateísta. Echemos si no una rápida ojeada sobre ese período filosófico.
Hay en la historia de la moderna filosofía un nombre que, al lado de algunos servicios a esta ciencia prestados, representa funestísima influencia para la misma, y consiguientemente para la Religión y la sociedad. «Gracias a Descartes, exclamaba no ha mucho años el racionalismo,4 somos todos protestantes en filosofía, de la misma manera que, gracias a Lutero, somos todos filósofos en religión.» Esta palabra, demasiado exacta por desgracia, os revela el nombre del filósofo a que aludo, y os revela también el origen y la razón suficiente de esa funestísima influencia por él ejercida en el terreno de la ciencia filosófica. ¿Será necesario recordar que la libertad absoluta del pensamiento en filosofía, libertad que constituye la base esencial del racionalismo, constituye también el carácter distintivo del cartesianismo? Si a esto se añade la duda universal y el espíritu de innovación y hasta de hostilidad que contra la tradición filosófico-cristiana fermenta, y estalla, y se manifiesta en la filosofía cartesiana, se reconocerá fácilmente que ésta entrañaba las bases todas y los caracteres fundamentales de la escuela racionalista. Que si esto no bastara para reconocer la estrecha afinidad que existe entre la filosofía cartesiana y la racionalista, bastaría ciertamente ese concierto unánime de alabanzas, que el racionalismo entona ante el pedestal de Descartes por boca de críticos, de filósofos y de historiadores,5 los cuales, todos a porfía, reconocen que el mérito principal y casi único de la filosofía cartesiana consiste en su fondo y en sus tendencias racionalistas. Y la verdad es que no se engañaba el genio previsor de Bossuet cuando decía: «Veo prepararse un gran combate contra la Iglesia bajo el nombre de filosofía cartesiana».
El tiempo y la lógica, inflexible en sus leyes, se encargaron de desarrollar el principio racionalista entrañado en la filosofía cartesiana, de formular sus consecuencias y de establecer sus aplicaciones.
Rota la cadena de la tradición filosófico-cristiana, proclamado el principio de la duda universal, de la libertad del pensamiento, y la independencia de la razón humana, la filosofía, que hasta entonces había marchado al lado de la teología y de la Religión, como ciencia realmente distinta de éstas, pero en armonía con las mismas y recibiendo sus inspiraciones, comenzó a separarse de la ciencia cristiana, movimiento de separación que degeneró bien pronto en oposición declarada y hostilidad abierta contra la Iglesia y la verdad revelada. Evocados y atraídos por el principio racionalista que palpita en el fondo del cartesianismo, reaparecieron en la escena todos los grandes errores de la filosofía pagana, acumulados a otros nuevos, que hicieron desaparecer la fundamental unidad científica que la filosofía cristiana había iniciado. A la sombra y bajo la salvaguardia de la filosofía cartesiana, Espinosa6 inaugura esa larga serie de sistemas panteístas que vienen deshonrando a la filosofía moderna, por más que revelen asombroso genio en algunos de sus autores. Mallebranche niega la causalidad del mundo externo, hace vacilar la libertad humana, renueva y exagera el ontologismo de Platón, y se entrega a peligrosos ensueños sobre la visión de los objetos en Dios. Berkeley proclama el idealismo; Hume marcha en pos del escepticismo, y Hobbes, en unión con Locke, echa los cimientos del materialismo, y hasta del ateísmo. Condillac desenvuelve el sensismo, al paso que los enciclopedistas, sus contemporáneos y compatriotas, bien así como los sucesores de Locke en Inglaterra,7
