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Vuelve Eduardo Berti con un homenaje singular al mito, la memoria y el fútbol como forma secreta de poesía. Una novela en forma de documental sobre el jugador más prodigioso —y desconocido— de la historia del balompié argentino. Existe una leyenda apenas susurrada en la historia del fútbol argentino. Un nombre que no figura en los rankings ni en las grabaciones de archivo. Un talento sobrenatural que jamás pisó un estadio de primera división y del que nunca hablaron los periódicos de Buenos Aires. Se llamaba Eliseo Alegre y fue, para quienes lo vieron jugar, el mejor futbolista de todos los tiempos. En un pueblo olvidado de la Patagonia, Alegre tejió su mito a la sombra de los Andes, sobre campos de tierra dura y viento constante. Nunca quiso ser profesional, ni salir del país, ni siquiera de su pueblo. Jugaba porque no tenía más remedio. Porque se lo pedían sus amigos, sus vecinos, su madre. Llegó al fútbol casi por error, pero su destreza desafiaba el destino, la razón y su propia voluntad. «Éramos veintiún futbolistas. Y luego estaba él, jugando a otro deporte». Décadas después de su muerte, un grupo de familiares, excompañeros, rivales ocasionales, periodistas, teóricos del fútbol y testigos silenciosos se reúnen para reconstruir esa figura en fuga. A partir de grabaciones caseras y recuerdos entrecortados, fragmentan una memoria coral, contradictoria, entrañable, que dibuja la silueta de un hombre que fue genio sin buscarlo, estrella sin ambición y héroe trágico por elección. CRÍTICA «Berti es uno de los novelistas más originales y dotados de todos cuantos escriben en español.» —Alberto Manguel, El País «El firme talento y la chispa de Eduardo Berti resultan totalmente indiscutibles» —Antón Castro, ABC «Un autor con una imaginación apabullante y una capacidad insólita para sorprender al lector y robarle una sonrisa.» —Javier Yuste, El Cultural «Desde su primer libro, Berti se ha dedicado a perseguir lo extraordinario allí donde daría la impresión de que no se encuentra.» —Patricio Pron, El País «Los textos de Eduardo Berti están llenos de encanto y de ingenio.» —Luis Alemany, El Mundo «Eduardo Berti convierte lo certero en universal gracias a su monumental ingenio y aplomo.» —Antonio J. Ubero, La Opinión «Un escritor inclasificable, excelente.» —Frédéric Vitoux, Le Nouvel Observateur «Eduardo Berti posee un verdadero talento innovador.» —Paul Bailey, Daily Telegraph «La imaginación de Berti discurre libremente por los territorios que realmente importan.» —Ernesto Schoo, La Nación «Si en algo es experto Berti, gran inventor del campo literario, es en encarar cada proyecto que inicia como una tierra incógnita a descubrir y conquistar.» —Mónica L. Ocón, Diario Tiempo Argentino «No hay género literario o trabajo con la palabra en el que Berti no haya incursionado con calidad y talento.» —Hinde Pomeraniec, Infobae
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2025
parábola do homem comum roçando o céu
«O futebol», Chico Buarque
… se limitó a menear la cabeza y a preguntarse:
¿esta es la vida en la que va a transformarse la mía?
El hombre sin atributos, Robert Musil
Rogelio Samir, amigo de infancia
El 29 de junio de 1986 yo miraba el partido, como todo el mundo. Fue impresionante, una cosa de locos. No se veía una mosca… ¿Cómo se dice? No se oía volar una mosca. Todos con la televisión, con la radio o las dos cosas a la vez: la televisión a propósito sin sonido, más la radio a todo volumen, hice yo. En cuanto nos empataron, sentí un pinchazo. Algo muy feo. Les juro, como una puntada acá (se toca el pecho), como una especie de fuego que baja por todo el cuerpo. Y un temblor. Una locura. Nunca había sentido algo así. Y me asusté. Me dije que el fanatismo puede ser muy peligroso. Ahora entiendo, patente, lo que pasó. Pensé que perdíamos la copa, fíjense mi confusión. Pero vino el tercer gol. Y, de golpe, sonó el teléfono. En medio de la final, ¡alguien que llama por teléfono! Así y todo, me levanto. Voy y atiendo. Es el Gordo, Horacio Magliano. «No me digas que querés comentar los goles», le digo. «Dale, che, dejame en paz.» Pero Horacio parece inquieto y, ¿cómo se dice?, agitado. «Se murió Eliseo», me anuncia. Casi me caigo redondo. Lo cuento hoy y siento de nuevo el mareo. Y ese dolor. Todavía, treinta…, casi cuarenta años después, me cuesta creerlo. Lo más fuerte fue cuando el Gordo me explicó dónde lo habían encontrado. ¿Cómo? Entonces, ¿Eliseo estaba de vuelta, era verdad? ¿Desde cuándo? ¿Y no había llamado a nadie? ¿O acaso algunos sabían y no me lo habían dicho a mí? Terminé de ver la final como si jugara China contra Jamaica y me importara un pepino el resultado. Bueno, claro que me alegré con el gol de Burruchaga. Pero, si quieren la verdad, miré el partido como si fuera una repetición. Como si se hubiera jugado dos meses, dos siglos atrás. Mientras tanto, no paraba de pensar en el momento que había elegido Eliseo… O, mejor dicho, el momento que había elegido la muerte para llevárselo a él. Qué ironía. O qué acierto más terrible, digo yo.
Esta es la frase inicial, no tengo dudas. Cuando hagas el montaje, querido Vasco, no la llenes de imágenes del mundial de México. Que el deporte se evoque en un segundo plano, sin eclipsar la historia de Eliseo Alegre.
Primera tanda de títulos, cortos y simples. Yo sé que a Talpone le gustan los grandes fuegos de artificios. Por favor, no. Te mando también la música que nos grabó Rufino. Me gusta la pista 2 para esta parte.
Abel Meijía, periodista radial de Los Pozos
Cuando se habla de fútbol en nuestro pueblo o en esta zona del país, a los nombres inevitables de los cracks internacionales (Pelé, Messi o Maradona), nosotros siempre añadimos el nombre de Eliseo Alegre. Con toda naturalidad, como si fuera uno más en esa lista de elegidos, pero también con el orgullo de haber sido los testigos privilegiados de un genio. En fin, de un genio secreto. (sonríe, pausa. dejarlo, ¿no?) Por supuesto, el mito creció con el tiempo, y la leyenda hoy reemplaza a los datos ciertos. Pero a nosotros, que lo conocimos de veras, como futbolista y como persona, nos encanta hablar de él. Recordarlo y poner, de paso, las cosas en su lugar.
Acá, el título principal. El que señala el inicio. Lo que quiere poner Talpone («La triste leyenda de Alegre») no me gusta: triste-alegre, una obviedad.
Creo que convencí a Talpone de no usar una voz en off, de prescindir de un locutor. Vamos a usar, en cambio, «segmentos de imágenes»: separadores con fotos, videos o ilustraciones para apuntalar el relato. Para que el relato respire.
En este caso, por ejemplo: fotos de la trayectoria de Eliseo Alegre. No las gastes todas, no hay muchas.
Jacinto Mena, amigo de infancia
La primera vez que vi a Alegre fue en marzo de 1952. En la prehistoria. (se ríe) Teníamos, él y yo, seis años. Corría el primer día de clases, estábamos todos formados en el patio, al aire libre, y la señorita Monsalvo, nuestra maestra de segundo grado, apareció trayendo a un pibe paliducho y con cara de asustado. «Se llama Eliseo —nos dijo—, es un nuevo compañero desde hoy.»
Ermindo Heredia, amigo de infancia
A mí me impactó saber que Eliseo venía de lejos y, sobre todo, que venía de una gran ciudad. No de un pueblo chico como este, ¿verdad? Por supuesto, en la escuela corrió el rumor de que era de Buenos Aires. Eso hizo que todo el mundo enseguida hablara de él. Pero ese malentendido no lo ayudó. Porque después, días después, cuando supimos que no, que en verdad venía de Mendoza y ni siquiera del centro de Mendoza, sino de un barrio alejado que era idéntico a nuestro pueblo, cuando supimos estas cosas, se produjo una especie de decepción. Y del interés inicial pasamos todos, de golpe, a una mezcla de indiferencia y desprecio.
Imágenes de Los Pozos. Fotos viejas y filmaciones actuales. El pueblo cambió tan poco (se agrandó, adquirió otra escala, pero se ve casi igual) que las imágenes podrían encadenarse como si fueran todas de una misma época.
No olvides, en el armado, poner el cartel de la entrada, con LOS POZOS en letras negras. Hay dos carteles, por cierto. Prefiero el que tiene la primera O de POZOS oxidada.
María Celia de Pedro, historiadora de Los Pozos
Lo digo con todo el respeto y todo el cariño del mundo: en esos años nuestro pueblo era un pueblito. Y, en verdad, lo sigue siendo. Alguna vez, pero hace mucho, estuvo a punto de contar con una estación de tren. Finalmente, la estación fue construida ochenta y dos kilómetros más al norte, en otro pueblo, que desde entonces es nuestro «gran enemigo»: Coronel Cruz. Pero si usted sigue en un mapa el trazado ferroviario, verá lo extraña que es la curva a nuestra altura. La curva que apunta al norte y pasa por Coronel Cruz. El desvío es tan antojadizo, tan artificial, que solo pudo deberse a algún turbio negociado.
A partir de este desplante, si puedo llamarlo así, nuestro pueblo quedó marcado para siempre. Coronel Cruz, usted sabe, se volvió una gran ciudad, con las ventajas y los problemas que supone algo así. Mientras tanto, acá, en Los Pozos, se conservaron mejor ciertas costumbres… Sin hablar de los recuerdos colectivos, impregnados de nostalgia. Somos, me lo repito a veces, un montón de pasajeros en una estación que no existe, a la espera de un tren que nunca vendrá.
Irene Mayer, dueña de la más antigua inmobiliaria de Los Pozos
De las tres mil casas que hoy conforman el pueblo, unas quinientas no existían cuando la familia Alegre llegó para establecerse en 1951. O a principios de 1952. Es sencillo distinguir las casas viejas de las más recientes. Las primeras presentan cualquier estilo: ladrillos rojos a la vista o todas blancas, construcciones de uno o dos pisos, con terrazas o con techos a dos aguas. En las más nuevas, en cambio, vemos el peor ejemplo de uniformidad, como si los muchos estilos de las casas más antiguas hubieran sido un banco de pruebas hasta crear un modelo oficial.
Carmen Bonfanti, intendente de Los Pozos desde 2019
La «casa gris», le dicen todos a la casa donde creció Eliseo Alegre, en la calle Tucumán, casi esquina con Belgrano. Una de las más singulares de Los Pozos.
Horacio Magliano, amigo de infancia
La visité varias veces, sobre todo cuando íbamos a la escuela. La recuerdo todavía como una casa mal amueblada… Me refiero a la sensación de que los muebles eran muchos, o eran pocos, qué sé yo, pero estaban donde no tenían que estar. Como si alguien tuviese que aparecer para ponerlos en orden.
Teresa Scarpi, vecina de Los Pozos
Un gran portón. Unas rejas. La fachada gris, con manchas de humedad. La casa llevaba cinco años sin que nadie viviese en ella. Porque había ocurrido un drama allí, querido. Un crimen entre esas paredes. Y nadie quería saber nada. Ay, nadie quería vivir ahí.
Sergio Polito, periodista, autor de la única biografía de Eliseo Alegre
La llegada de los Alegre puso fin a esa especie de… Al ostracismo, digamos, de aquella casa. Todo por culpa del miedo y de la superstición.
Irene Mayer, dueña de la más antigua inmobiliaria de Los Pozos
Si cierta casa había sido escenario de una tragedia, nadie quería vivir en ella por diez años. Nadie debía vivir en ella… A menos que se quisiera correr el riesgo, por audacia o falta de opciones.
Imágenes de la casa, medio en ruinas. Parece que hace unos años alguien la quiso demoler (un promotor inmobiliario, nos comentó Irene Mayer) y, justo a tiempo, los más viejos de Los Pozos lo impidieron. Solo una parte quedó medio destruida; el resto, dicen, se ve igual. ¿Quizá podríamos presentarla en dos etapas? Al principio (primer armado) sin mostrar los daños aún. Podrías hacer un armado en blanco y negro, con los ángulos intactos. Más tarde, sí, vemos el paso del tiempo, las partes rotas, ¿en color esta vez?
Patricia Alegre, hermana
Algo me dice que el agente inmobiliario que convenció a mamá de las bondades de la «casa gris» no tuvo la honestidad de contarle lo ocurrido con la familia anterior. O tal vez se lo contó y le explicó que, por eso mismo, el alquiler era barato… Como sea, a mamá le convino en un momento tan duro.
María Celia de Pedro, historiadora de Los Pozos
Por entonces era inusual que se radicara en el pueblo una familia venida, como usted sabe, de muy lejos… Mucho menos una familia desprovista de la figura de un padre.
Sergio Polito, autor de la biografía
La señora Alegre había tenido a sus dos hijos con su único hermano. Su hermano mayor era el padre, quiero decir. De la historia de los hermanos, de Braulio y Elena Alegre, sabemos, incluso hoy, bastante poco. Al parecer, su hermano la tenía encerrada en una casa de campo, en las afueras de Mendoza. Lo cierto es que la señora Alegre escapó y logró llevarse a sus hijos: Eliseo, que era un bebé, y Patricia, que tenía menos de tres años.
Patricia Alegre, hermana
Al principio, mamá se instaló en el centro de Mendoza. Allá había unos primos nuestros. Pasamos unos cinco años en Mendoza capital, sin ver más a nuestro padre. O quizá mamá lo veía, pero muy de vez en cuando. Esto nunca lo entendí. El asunto es que ella tomó distancia. Y apostó a que sus primos la apoyarían, la defenderían de él. Es decir, de nuestro padre. Apostó a que tomarían partido por ella de modo incondicional, pero no fue como mamá se lo esperaba.
Sergio Polito, autor de la biografía
La señora Alegre no se sentía a salvo. Quería proteger a sus hijos. Protegerse. Eso en Mendoza, cerca de su hermano Braulio, era una empresa irrealizable. Así que resolvió mudarse nuevamente. Lejos, lo más lejos posible. A un pueblo de esos que, digamos, no aparecen en ningún mapa. Lo hizo sin avisar a nadie, ni a sus primos. Lo hizo, me consta, cortando de cuajo con todo.
Patricia Alegre, hermana
Para venir a Los Pozos tuvimos que viajar casi mil quinientos kilómetros. Mamá tenía un Renault 4 azul que hacía unos ruidos espantosos. Recuerdo que me pasé el viaje tapándome los oídos. (se lleva las manos a las orejas) Yo tenía nueve años, creo. Entre ocho y nueve tenía, y no me gustaba nada la idea de irme. Mis amigas vivían todas en Mendoza. Pero Eliseo era más chico. Tenía siete años, apenas. Creo que sufrió la mudanza menos que yo, aunque con él no había forma de saber lo que pensaba. Siempre fue muy reservado.
Sergio Polito, autor de la biografía
Una vez en la casa gris, la señora Alegre se puso en acción. ¿El escribano buscaba una secretaria, el farmacéutico buscaba una asistente? Bueno, ella se presentaba. Pero no había tantos empleos disponibles en un pueblo así de pequeño. Y además tuvo mala suerte, al parecer. Porque en su segunda entrevista laboral, a ver si la tomaban como vendedora en una tienda, en la única mercería de todo el pueblo a comienzos de los cincuenta, resultó que el dueño de esta mercería tenía una mujer que, digamos, y esto aparece en mi libro, era la más indiscreta de aquel lugar. Así que cuando Elena Alegre acudió para la entrevista, bien peinada, algo apretada en su vestido más caro y más elegante (un vestido, cuenta su hija, que empezaba a quedarle un poco ajustado), la mujer se aprovechó…
Patricia Alegre, hermana
La esposa del dueño de la mercería, al corriente de la entrevista que va a pasar mamá, le escribe a su marido, en un papelito, cada una de las preguntas que ella y sus amigas se hacían acerca de nosotros tres… Mamá se niega a responder. O, más bien, responde a medias. Pero el dueño de la tienda, que al final no la contrata, consigue echarle una veloz mirada a la libreta civil. El tipo pide ver sus documentos, lo pide con falsas promesas. Algo que no se hace, no. Y así supo que mamá tenía veinticinco años, que había nacido en Mendoza y que no se había casado. Que era soltera, qué horror. (sonrisa sarcástica)
La hermana de Alegre nos permitió filmar el documento de la madre. Sería perfecto insertarlo en este último testimonio. Hay más fotos de Elena Alegre e imágenes familiares. En cambio, como verás, ninguna foto del padre.
Sergio Polito, autor de la biografía
La noticia pronto fue de puerta en puerta. Lo mismo que los rumores acerca del padre ausente. La señora lo notó por las miradas en la calle. Por las razones que esgrimían para no darle un trabajo.
Patricia Alegre, hermana
Al final, obtuvo un empleo en otro pueblo, Cerro Alto, que queda muy cerca de acá y donde nadie hacía preguntas. Fue la mejor solución, vivir con un pie en cada pueblo. En realidad, barajó que nos mudáramos allá. Pero mi hermano y yo empezábamos las clases, con nuestros nuevos compañeros, y mamá quiso evitarnos un cambio más. Aparte, Cerro Alto era muy pequeñito. La mitad o incluso menos de la mitad de Los Pozos. Si nos mudábamos ahí, seguramente empezarían a circular tantos chismes como acá. O más aún.
Teresa Scarpi, vecina de Los Pozos
Yo vivía al lado, querido. Al lado de la casa gris de los Alegre. Y mi mamá y mi papá me pedían que, por favor, no fuera a la casa vecina, que no me juntara con ellos. Esto te da una clara idea de la mentalidad que había. De cómo los recibieron… Yo les decía que sí a mis padres, pero iba de todas maneras. Ojo, la señora Alegre… Elena era muy amable conmigo. Era amorosa. Una vez me preguntó si mis papás sabían que yo iba tan seguido a verla. Yo era muy chiquita y, bueno, no alcanzaba a darme cuenta de las cosas. Mejor así, pienso hoy. Porque, con toda mi inocencia, me hice amiga, muy amiga de Patricia y de Eliseo. No sé, me entendía con ellos, como si los conociera de otra vida.
Benito Escalante, amigo de infancia
Nuestra escuela era la mejor de la zona. No lo digo para mandarme la parte. Era muy buena, en eso Eliseo tuvo suerte. Pero también hay que decir, ¿viste?, las cosas como son: era una escuela medio, medio… (se toca la punta de la nariz con un dedo y se ríe) Medio pituca, qué sé yo. La escuela de la gente rica. Y el pobre Eliseo no la pasó nada bien en los comienzos. Él y yo éramos dos sapos de otro pozo, acá en Los Pozos. (se ríe)
Patricia Alegre, hermana
¿Por qué Los Pozos? ¿Por qué mamá eligió este pueblo y no otro? Se lo pregunté dos veces. Y las dos veces, recuerdo, se encogió de hombros y meneó la cabeza así.
María Celia de Pedro, historiadora de Los Pozos
La elección de nuestro pueblo me parece comprensible, por lo lejano e ignoto. Lo que la señora Alegre no había previsto era la recepción glacial y desconfiada que le brindaron las mujeres del lugar. Nuestra idiosincrasia, usted sabe, fue siempre conservadora. La señora Alegre intentó quebrar el hielo en más de una ocasión. Ser una mujer sola, madre de dos hijos, no ayudaba. De haber mentido…, de haber dicho, por ejemplo, que era viuda, las cosas habrían sido acaso más sencillas. Pero ella no mintió. No quiso. O no pudo porque, al buscar un trabajo para alimentar a sus hijos, debió dar demasiadas informaciones.
Patricia Alegre, hermana
«Con el tiempo van a aceptarme», imagino que se consolaba mamá. O a lo mejor esperaba que mi hermano y yo hiciéramos amigos en el colegio y así obtuviésemos eso que a ella le resultaba imposible en el reino de los adultos: tender puentes, ablandar las resistencias y los prejuicios.
Teresa Scarpi, vecina de Los Pozos
Después de la escuela, Patricia y Eliseo pasaban las tardes juntos, a solas, en la casa gris. Elena volvía de trabajar por la noche. Empecé a pasar las tardes ahí con ellos. Estábamos los tres a solas. Sí, querido, muchas veces. Pero también veía a Patricia en nuestra escuela, que era toda de mujeres. Ella era un año mayor que yo. No tenía muchas amigas, salvo Olga Paz y otra chica llamada…, llamada Sandra, pero se hacía respetar. Siempre tuvo mucha personalidad. En cambio, a Eliseo, ay, recuerdo, no le gustaba ir a la escuela. Pienso que lo pasaba mal. Sé que muchos al principio le pegaban, se burlaban.
Benito Escalante, amigo de infancia
La escuela de las mujeres, donde iba la hermana de él, quedaba cerca de la nuestra. Muy cerca. Y Patricia, que al principio venía a buscar a su hermano y lo esperaba en la puerta, un día intervino, ¿entendés? Vio que unos pibes se burlaban de Eliseo y les paró el carro, si vieras. Les dijo de todo ella. Era brava, era tremenda. Pero eso fue peor para él. Porque al día siguiente todos le dijeron: tuvo que salvarte tu hermana, ¿no sabés defenderte solo? Conclusión: Patricia no vino más. Seguro que él se lo pidió.
Acta de nacimiento de Eliseo Alegre. Pero un atisbo, sin que se vean aún los nombres de los padres ni la fecha en la que nació. Tan solo el lugar. Y su nombre y apellido. Ya vas a entender por qué…
Horacio Magliano, amigo de infancia
Sin ser un buen alumno, porque era del montón, Eliseo actuaba como si fuese el mejor de todos: limpito, distante, serio… Misterioso, incluso. Y, sobre todo, algo triste. Cuando nuestros padres se referían a él, dejaban caer palabras como «pobrecito», acompañadas de críticas a la señora Alegre y de graves suspiros por la hija. Nosotros no entendíamos a qué venía eso de «pobrecito». Pero veíamos a Eliseo como una especie de intruso. Como alguien que, a pesar de su aspecto infantil, mostraba gestos o actitudes de persona grande, ¿sí? De todos nuestros compañeros, era el único que no jugaba al fútbol, que no devolvía los golpes, que no se sumaba a la ronda de chistes llenos de doble sentido. Era lo opuesto a un chico travieso o a un chico deportista. Siempre encorvado, a la sombra, en un rincón. O mirando al vacío, perdido, con los ojos como en blanco.
Benito Escalante, amigo de infancia
El juego de robar manzanas, de perseguir animales, de esconderse, de cazar, de trepar a los árboles, de enrollarse con una cuerda y colgar como un embutido, de conseguir un revólver y disparar a las botellas o, qué sé yo, de beber vino o cerveza en secreto, ¿entendés? Me acuerdo de todo eso y no aparece Eliseo. Él no jugaba con nosotros a estas cosas. Las competencias de insultos o de ruidos asquerosos (tose y se ríe), las carreras de bicicletas, las peleas imitando a los boxeadores… No, Eliseo nunca, pero nunca, participaba.
Jacinto Mena, amigo de infancia
Cualquier adulto habría sentido lástima, digo yo. En cambio, nosotros, a esa edad… ¿Cómo no caer, de golpe, en las burlas o en el desprecio? ¿Cómo no mirarlo un poco desde arriba?
Horacio Magliano, amigo de infancia
Más de una vez quisimos obligarlo a jugar al fútbol. Íbamos, después de clases, al campito. Me refiero a un terreno medio baldío. Enfrente, casi enfrente de la plaza Alberdi… Un lugar que ya no existe. Íbamos todos al campito, salvo Eliseo. Él se negaba, muchachos. Un día nos dijo, a Tito y a mí, que los médicos le habían detectado una enfermedad. Una enfermedad nerviosa. Nos dijo que le habían prohibido todo esfuerzo. Es verdad que, algunas veces, le temblaban las manos ligeramente. Pero intuyo que era por nervios.
Rogelio Samir, amigo de infancia
Años después supimos que esto era un chamuyo. Que nunca habían existido el médico ni la enfermedad. O sea, una cosa de locos. Y, la verdad, digo yo, es que podría haberme avivado. Porque Eliseo venía a las clases de gimnasia con nosotros… Hablo de las clases de gimnasia en la escuela, unas clases obligatorias.
Imágenes de la escuela. Viejas y actuales. La directora se negó a hablar. Dice que es medio tartamuda y no le gusta aparecer en cámara, pero filmamos a los chicos en el patio. Vos sabés que odio las «reconstrucciones de época», así que registramos a los chicos de hoy, vestidos con las ropas que usan en la actualidad. Apuesto a que Talpone va a insistir para que volvamos y los filmemos con los viejos uniformes.
En cualquier caso, pongamos unas imágenes del campo deportivo de la escuela, que queda al lado y está igual, según nos dijeron los amigos de Alegre.
Ermindo Heredia, amigo de infancia
