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Ruslan Khasbulatov ha sido blanco de críticas tanto de la prensa radical como de la conservadora. Ha sido galardonado con la Medalla del Mérito al Trabajo y es autor de más de una veintena de libros (algunos de los cuales han sido publicados en Austria, Italia o India).La impotencia del Poder permite conocer aspectos de la política contemporánea rusa de la mano de uno de los principales protagonistas de la Rusia que en muy corto espacio de tiempo transitó de la dictadura comunista soviética a la Rusia del liberalismo sin control de la mano de un régimen despótico, como es el de Vladimir Putin.Se incluye un epílogo sobre los sucesos producidos en 2014 en Ucrania que de momento se ha saldado con la reincorporación de Crimea a Rusia y la revuelta de varias localidades del este ucraniano.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Ruslan Khasbulatov
Primera edición, mayo de 2014 © Ruslan Khasbulatov, 2014 © Última línea, S.L., 2014 Luis de Salazar, 5 28002 [email protected]: Pere RománRevisión de textos: Ana Belén López de la Reina García AbadilloDiseño de cubierta: Rafael Aguilar AlvearISBN: 978-84-16159-35-2IBIC: JPHL, JPHV, JPHX, JPS, JPV
Quisiera destacar dos factores en la historia contemporánea de Rusia relacionados con la presidencia del país de Putin. De hecho, Putin ha seguido atendiendo, en lo fundamental, esos dos compromisos en los años siguientes como primer ministro, cuando ha sido el eje fundamental del duunvirato del poder supremo.
En primer lugar, Vladimir Putin puso fin al vertiginoso avance del proceso de desaparición de Rusia como Estado único. Anteriormente, había hecho lo propio en su gestión el Sóviet Supremo, después de agosto de 1991 y hasta fines del terrible año de 1993.
Putin recibió algo que se desintegraba, desmoralizado y que se venía abajo, gravemente enfermo, que adolecía de procesos acelerados de desarrollo feudal, que evidenciaba una terrible similitud con la Alemania de Weimar tras la I Guerra Mundial y él, Putin, fue capaz, con enorme energía, de transformar el «Pseudo Estado de Yeltsin» en el «Estado de Putin» o la Cuarta República.
En segundo lugar, Vladimir Putin puso fin al desarrollo de la lamentable tendencia de constante empeoramiento de la situación de las masas trabajadoras, que tanto se desarrolló en la época de Yeltsin. A fines de su mandato, inicios del año 2000, el nivel de vida de la población había empeorado, en comparación con 1990 el último año del socialismo, en dos veces y media. Y no olvidemos, empero, que la sociedad nos había permitido a nosotros, los entonces dirigentes de Rusia, sustituir al socialismo por el capitalismo (bien es cierto que en su forma «suave», social, sin el enriquecimiento fraudulento de un pequeño estamento de los denominados «nuevos ricos»), convencida de nuestras promesas de que conseguiríamos las modificaciones del Estado y la Sociedad que supondrán tanto mayor justicia social como el bienestar de todos. Es decir, que nosotros íbamos a realizar todo aquello que en el socialismo no eran más que promesas.
Estos dos importantísimos logros imponen, de por sí, un gran respeto por Vladimir Putin, como persona y dirigente de Estado. Lógicamente, sus méritos y los del país hubiesen tenido mayor importancia si Putin hubiese sido capaz de apartarse del callejón sin salida del modelo de la denominada «orientación a las reformas» de Yeltsin, impuesta a inicios de los años noventa por el FMI y el Ministerio de Hacienda de los EEUU (en el marco del «Consenso de Washington»). Es cierto que, probablemente, él no haya sido el responsable de ello, dado que no podía optar por otra política, atendiendo a la existencia de aquel «entorno» que inicialmente ejercía una enorme influencia sobre su política. Ha influido también su flojísima política de personal, su orientación a las personas débiles y de escasa preparación, a los cuales premió de forma generosa y con posibilidades insólitas. De la misma manera que esos «nuevos cuadros» han evidenciado ser incapaces de reformas cualitativas de transformación y no se han convertido en auténticos responsables del Estado, alegando, incluso, que tan sólo son «funcionarios». Si el ministro considera que él es tan sólo un «funcionario», ¿qué necesidad tiene entonces el país de ese ministro? Entretanto, la herencia que recibió Putin fue extraordinariamente grave: el país se encontraba ante un terrible colapso que equivalía a la desintegración total (o el abandono de la civilización). Una prueba de ello es la conocida suspensión de pagos de 1998, que fue no sólo una crisis financiera, sino la crisis de la totalidad del sistema político del Pseudo Estado de Yeltsin.
Mis pronósticos de fines de los años 90 con respecto a las lúgubres perspectivas del futuro próximo de Rusia se basaban en los principales indicadores sintéticos —la totalidad del vector del movimiento de la Rusia «yeltsinista», su orientación política, económica y social, su gestión en el ámbito de las relaciones étnicas, la política internacional— todo ello, en su compleja combinación, creaba, de forma directa e inmediata, procesos dinámicos de desintegración del Pseudo Estado de Yeltsin, de sus mecanismos. La existencia misma de un país como Estado único se hacía imposible. Para el Sistema, un problema irresoluble consistía en la naturaleza artificial del Pseudo Estado de Yeltsin, formado mediante la amputación violenta de las instituciones democráticas, que estuvo acompañada de la violación de la ley interna del Sistema, es decir, el equilibrio y la ausencia de fuerzas opuestas; además, existió la incapacidad de poner en movimiento todos los factores fundamentales de la producción. De ahí, el inicio de un rápido proceso de descomposición y desaparición de la totalidad del Sistema de Yeltsin, que había sido creado de forma exclusiva «para él» y «por debajo de él». Y, consecuentemente, se inició la lógica transformación del Pseudo Estado de Yeltsin en proceso acelerado de autodestrucción del Sistema debido a su degradación interna. De esta manera, a fines de los años 90 del siglo XX, el Pseudo Estado de Yeltsin sufría una enfermedad mortal: su régimen político estaba «muriendo», al igual que su mismo fundador —un anciano obeso, decrépito, que provocaba tan sólo lástima en quienes le veían por televisión—.
La dinámica vivificadora de los factores de la producción se estaba hundiendo rápidamente: la privatización masiva (al igual que en su día la «colectivización masiva») supuso el colapso de la totalidad del enorme complejo económico del país. De esta manera, toda producción se convirtió en algo «irrentable»; los presupuestos estatales apenas superaban los 20 mil millones de dólares (menos que los correspondientes de Finlandia de 1998).
El ministro de Hacienda balbuceaba algo, inútilmente, recurriendo al término de la necesidad de «compartir», dirigiéndose a los oligarcas, que sin vergüenza alguna estaban saqueando el país y se jactaban del presidente, que pensaba que era él quien gobernaba.
La sociedad, que estaba desengañada con el presidente, era indiferente ante todos sus caprichos y, tras haber perdido las esperanzas en sus propias fuerzas, dejó de reaccionar incluso a los acontecimientos que se producían en «lo más alto», inclusive en el Kremlin.
Pero, curiosamente, con la degradación del sistema político de Yeltsin, de forma simultánea comienzan rápidamente a aumentar su poder la burocracia administrativa, el funcionariado policial y militar, así como los diferentes tipos de servicios especiales, que se entrecruzan y duplican. A todos ellos les resultan ventajosos los regímenes de «estado de excepción», los «conflictos militares regionales dominables», las guerras y los ataques terroristas de «no identificados» y de grupos de «determinada identidad étnica», etcétera.
La vida política revestía carácter caótico: partidos de diferente tipo combatían ferozmente entre sí ante la total indiferencia del pueblo, al que le había afectado gravemente el fusilamiento del Parlamento, la guerra entre el Kremlin y Chechenia y la suspensión de pagos de 1998. La pobreza y miseria del 80% de la población: eso es en lo que quedaron todas las promesas de Yeltsin, de las reformas de sus secuaces, la corrupción de los funcionarios adquirió unas dimensiones descomunales y empezó a adquirir carácter sistemático. La delincuencia asoló tanto a las zonas urbanas como a las rurales. Lógicamente, este Pseudo Estado estaba condenado a la desaparición del mapa político del mundo. Para ello, bastaba tan sólo uno o dos años.
Tales eran mis reflexiones, en un momento en el que lo único que podía hacer era sufrir por lo que estaba sucediendo, pero no disponía de fuerzas para hacer algo.
Todos estos y otros indicadores reales de la decrepitud del Sistema de Yeltsin tenían lugar en el trasfondo general de la continua pauperización de la sociedad, de su degradación moral, ética y cultural; en unas condiciones en las que, de forma simultánea, estaban aumentando los gastos de financiación del mantenimiento de la burocracia de palacio y de las fuerzas policiaco-militares y de represión y se reducían rápidamente los destinados a los objetivos sociales. Además, lo cual es de importancia extraordinaria en el contexto de la ya evidente incapacidad del Estado de desempeñar sus funciones titulares (básicas) debido a la falta de la cobertura financiera y de recursos. Ello equivale a la vía directa de destrucción del Estado, dado que parte de sus funciones deben servirle, en particular, para su propio mantenimiento.
La débil sociedad civil, que inició el camino de la autodestrucción, tras apoyar al Kremlin rebelde, se mantenía indiferente respecto al futuro de la Patria en desintegración, que estaba siendo martirizada por los nuevos ricos del régimen político, que atendían los intereses de un desdeñable grupito de mangantes, que consiguieron la «gloriosa victoria» en el otoño de 1993 ante la indiferente «mayoría silenciosa», así como otra «victoria»: la de 1996 (en las cuasi- elecciones presidenciales).
Yo suponía que el proceso de desaparición del Pseudo Estado de Yeltsin (en sus formas más visibles, organizadas) podría iniciarse de forma intensiva a fines del siglo XX e inicios del XXI, es decir, en un plazo posterior de dos o tres años de aquel pronóstico que yo había realizado. El presentimiento de que el fin era próximo era tan perceptible y hasta real que penetró incluso en la mente de la familia del presidente, con una capacidad intelectual reducida. Los sentimientos de pesimismo y desesperación se extendieron, en conjunto, a los círculos dirigentes: se inició entonces una búsqueda febril de «variante» de la solución del «problema», en la cual «nadie vaya a la cárcel» por los graves delitos cometidos. Fue precisamente el convencimiento de que era inevitable el inminente hundimiento del Pseudo Estado de Yeltsin, el que dictó la necesidad de retirar a la nada a Yeltsin el 31 de diciembre de 1999. La burocracia suprema de palacio —el clan familiar de Yeltsin y los oligarcas del Kremlin— en la cual el papel más destacado lo desempeñó la oligarquía, «movieron» como Presidente a Vladimir Putin, tras obtener, previamente, la totalidad de garantías de inmunidad para el anterior gobernante. Se iniciaba la época de Putin.
Tras la «elección» de Yeltsin al segundo mandato presidencial en 1996, la situación en el país empeoró rápidamente. La economía se desplomó definitivamente, la mayor parte de las empresas ni siquiera funcionaba, existía, por todas partes, un creciente afán huelguístico que superaba, con mucho, las dimensiones de los años 1989-1991. El Tesoro Público estaba vacío, dado que los nuevos propietarios no pagaban impuestos, ni tampoco el trabajo de sus empleados, la agricultura estaba devastada. La criminalidad total causaba estragos, en las calles de las ciudades se producían auténticas batallas entre bandas, los grupos de crimen organizado no sólo se apoderaban de fábricas y empresas sino que se «repartían» el poder con la milicia y los alcaldes de las ciudades, «introducían» a «sus personas» en los órganos de poder (incluso en los cargos de gobernadores); se desarrollaron procesos de feudalismo en las regiones. El poder del Kremlin adquiere rasgos ilusorios.
El inolvidable Chubáis, después de todas sus vergonzosas estafas que arruinaron al país y que por entonces era ya vicepresidente primero del gobierno de Chernomyrdin, propone a Yeltsin su nuevo «proyecto de salvación»: entregar las más importantes instalaciones industriales públicas y de otro tipo a los «oligarcas» fieles al Kremlin, que consiguieron la «victoria» de Yeltsin en las elecciones presidenciales en su segunda vuelta (1996). Se trata, como es bien sabido, de Berezovsky, Gusinsky, Jodorkovsky, Wekselberg, Abramovich, Potanin y otros. Se habían quedado con las empresas, inclusive las del sector de la industria de la Defensa (un ejemplo, una fábrica de helicópteros, con todos sus talleres y edificios fue valorada en 200.000 dólares), explotaciones petroleras y refinerías de petróleo, empresas de extracción y transformación de minerales de hierro y de metales no ferrosos, gigantescas empresas industriales con decenas de miles de trabajadores, las fábricas de construcción de maquinaria, electrotécnicas y químicas, los colosales grupos industriales en el Norte y en Siberia, que transforman diferentes tipos de metales no ferrosos y que fueron en su día únicos en el mundo por el volumen de producción y la variedad. De hecho, tomaron literalmente los bancos, los canales de televisión, las emisoras de radio, las revistas y los periódicos. El saqueo de Rusia adquiere enormes dimensiones, empiezan a venir al país aventuristas de todo tipo, procedentes de todo el mundo, ante los cuales se les abren totalmente las puertas a los más altos despachos del poder de Rusia. Los instrumentos de gestión del país pasan a dividirse en los denominados «grupos de influencia» en cuyo centro están los «oligarcas». Y entorno a estos últimos, como en un círculo, se «adhieren» los miembros del gobierno, cargos del Kremlin, generales (del ejército, del Ministerio del Interior y de los servicios especiales), diferente tipo de «politólogos» y otros «grupos de influencia». Todos ellos, a su vez, luchan en competencia por tener «acceso al cuerpo» del Presidente ya caduco (siguen necesitando su firma de decretos, órdenes, etc.). No existía un parlamento que fuese capaz de controlar la situación, el poder en el país, poder que de hecho se le deslizó de la mano a un gobernante enfermo. «La Duma no es un parlamento, sino que tan sólo es ¡una ´duma´!»1.Así señaló acertadamente el enojado ministro del zar, conde Kokovtsev, cuando, invitado a una reunión de la Duma del año 1906, fue asediado con preguntas sarcásticas y observaciones de los miembros de La Duma.
La Duma de los yeltsinistas, se convirtió en lo que dijo el conde Kokovtsev.
La suspensión de pagos de agosto (1998), la pobreza, la miseria, las ancianas maestras de escuela que hurgaban en los puntos de recogida de basura —tales son las imágenes de aquella vida socioeconómica de la Rusia de Yeltsin, que se había hundido hasta caer en lo más bajo, una Rusia con espasmos, que parecía estar agonizando—.
La negativa del gobierno de Kiriyenko (que fue nombrado, al parecer, para poder echarle luego las culpas de los problemas de la crisis del Estado) a pagar las deudas ante los países extranjeros, la vertiginosa fuga del capital del país, la inflación, unos salarios y unas pensiones míseras, millones de adolescentes echados a las calles: todo ello era la demostración real no sólo de lo erróneo del modelo elegido de «reforma», sino de su profunda intención criminal, que conducía a la destrucción de lo que todavía se mantenía del concepto de «Rusia». El profundo abatimiento y el pánico reinaban en los pasillos del poder del gobierno y del Kremlin, que percibía ya, definitivamente, que su desaparición era inminente.
Según testimonia la historia de los Estados en el transcurso de milenios, en los períodos de decadencia, en vísperas de su desaparición en «palacio», las querellas, intrigas, conjuras y mini golpes de Estado son un fenómeno habitual. Se nombran y se destituyen primeros ministros, así «la corte» y «la familia de Yeltsin» echan al presidente del gobierno Primakov, después, a Stepashin y, tras la suspensión de pagos hasta a Kiriyenko, —dado que todos ellos les parecen «insuficientemente fiables», incapaces de asegurar las «garantías» a Yeltsin, al cual evidentemente quieren «cambiar» por otro, capaz de seguir con su «causa»—. Pero esperar hasta las elecciones de junio de 2000 equivaldría a la derrota total y, lo más probable, a la cárcel. «Debemos adelantarnos a los acontecimientos» —así piensan los conspiradores. En tal situación, se emprende el intento de que retorne Chernomyrdin, pero aquí evidenció una inesperada obstinación la Duma Estatal, que se había envalentonado algo en el trasfondo del Kremlin que se caía al precipicio. En la próxima combinación de palacio, surge en primer plano la siguiente «troika»: «Berezovsky, Chubáis, la familia». Proponen a Vladimir Putin como primer ministro. No obstante, aquí resulta sumamente «apropiada» la penetración de la gentuza de Basayev desde el territorio de Chechenia al de Daguestán. Empiezan los combates. Se produce la movilización ideológica de la sociedad de Rusia con las consignas de «¡La Patria está en peligro!». La exhortación del primer ministro, «Acabaremos con todos, aunque se escondan en los retretes», llega a los ánimos de los ciudadanos del país, convirtiéndose, con ello, en el candidato más popular a la presidencia del país. Es, al mismo tiempo, una garantía fiable de la inmunidad del ex Presidente (por los graves delitos cometidos). El 31 de diciembre el dirigente, en estado pesado y obeso, apenas balbuceando, pronuncia desde las pantallas de televisión: «Me voy...». Sea como sea, Yeltsin se fue de forma «voluntaria» y «bella», así lo aseveran sus apologetas. Aunque, tanto por contenido como por forma fue el clásico golpe de Estado de palacio (o «mini golpe de Estado»). De la misma forma «voluntaria» y «bella» se retiró Mijail Gorbachov el 25 de diciembre de 1991. Se iniciaba la época de Vladimir Putin. Significaba el inicio de un nuevo régimen político, aunque sobre la base de la Constitución de Yeltsin.
Temiendo perder las elecciones presidenciales, Yeltsin a fines de 1994 inicia la infame guerra en Chechenia...que perdió. Y en Chechenia llegó al poder gentuza, que inició la guerra contra la propia población y realizaba constantemente todo tipo de provocaciones contra el generalato ruso para que respondiese. La «tregua» duró dos años y antes de su «abandono» Yeltsin inició la «segunda guerra del Cáucaso» con Chechenia, aunque esta vez el motivo concreto lo ofrecieron los pseudo dirigentes de esa república al iniciar una penetración agresiva en la República Hermana de Daguestán. Debemos constatar que los filibusteros daguestaníes y chechenos actuaron de forma conjunta y, hasta el presente no se han aclarado muchos aspectos de esa «incursión» de bandoleros. ¿Concretamente, quién se encargó de autorizarla? En ambas repúblicas está muy difundida la opinión de que los «comandantes» de esa gentuza actuaron no de forma independiente, sino que las introdujeron al «Gran Juego» fuerzas poderosas de Moscú, con la finalidad de influir sobre la situación política. Es difícil decir si fue así o bien esos juicios reflejan las ilusiones que surgen siempre que uno no dispone de información fiable.
En cualquier caso, los hechos son los siguientes: toda la República de Chechenia se convirtió en ruinas, fue enviada a la Edad de Piedra. Hubo bombardeos aéreos, se disparó desde armamento pesado de artillería y de morteros de cohetes, los carros de combate aplastaron las casas. Todo ardió y se quemó en un torbellino metálico de fuego. No se mostró ninguna compasión por la población civil, fue una guerra que se realizó con métodos y medios extremadamente crueles.
El derecho a la deshonra: con él se puede conquistar fácilmente al ruso...Dostoyevsky: «Los diablos». Del monólogo de Piotr Verjovensky
En agosto de 1996, con la firma de unos acuerdos (que no eran los mejores posibles) de una paz sólida, y que pasaron a conocerse como acuerdos de Jasavyurt, entre el general Aleksander Lebed, que por entonces era el Secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, por una parte y por otra, los dirigentes separatistas de la Republica de Chechenia (Ichkeria) finalizó la dura guerra iniciada por Yeltsin en diciembre de 1994. Decenas de miles de muertos, un número mayor de heridos y de personas traumatizadas física y psicológicamente, traumas psicológicos incurables, toda una generación de niños y jóvenes que se educaron en condiciones de tensión y de acciones de guerra, que se embebieron la psicología militar, una economía totalmente destruida de la que en el pasado fue una república rica, el desempleo total: todo eso es lo que ha quedado en lugar de Chechenia. Se destruyó Grozny, una de las más bonitas ciudades del Cáucaso, construida en el ya lejano año 1818 por el general Yermolov.
Es incalculable, asimismo, el daño ecológico causado por las tropas de la invasión. Casi todo el territorio de Chechenia fue minado. En muchos casos, no había mapas de minado y las personas, especialmente los niños, explotaban en ellas diariamente. Fueron destruidos bosques, las carreteras de montaña fueron destrozadas por las orugas de los tanques. Debido a los grandes ataques de bombardeo desde el cielo, en las regiones de alta montaña se iniciaron procesos de desprendimientos. Muchos ríos y lagos están literalmente saturados hasta el presente de restos de proyectiles, y muchos de ellos no detonados. Las tropas de invasión trataron de forma bárbara el medio ambiente, practicaron en casi todo el territorio de la república la típica guerra ecológica...Las poderosas montañas del Cáucaso, conmovidas por las explosiones de bombas pesadas y de proyectiles de artillería, lloraron, lanzando lágrimas de piedra al abismo. Ellas, durante millones de años de vida nunca habían visto cosas tan monstruosamente repugnantes, cometidas por el ser humano. Una vez, en estas montañas, encadenado, miraba al mundo Prometeo...
La guerra dejó heridas terribles, que no cicatrizan, y la pírrica victoria en el campo de batalla suscitó la pregunta inevitable: «¿Cómo es posible que eso haya ocurrido con nosotros, por qué el Kremlin nos ha castigado de forma tan cruel e injusta? ¿Y qué han obtenido los todopoderosos caudillos del Kremlin y los generales, servilmente sumisos a su voluntad, que sembraron la muerte y la destrucción en un magnífico país: gloria, inmortalidad? Han vinculado, eternamente, su nombre al oprobio, a lo que dijese Heróstrato: «El castigo alcanzará a todos aquellos que, de una u otra forma contribuyeron a que en un pequeño país ardiese la guerra y en que sus llamas infernales perecieran miles de personas inocentes».
¿Qué ha obtenido Rusia tras esta guerra de dos años? Miles de soldados y oficiales muertos, así como los destinos mutilados de cientos de miles de jóvenes que combatieron contra el pueblo, muchos de los cuales, sin duda, intentarán utilizar los métodos aprendidos de asesinato en las ciudades rusas, madres llorosas de soldados, unas pérdidas económicas inimaginables, un ejército humillado, la caída del prestigio político del Estado y la evidente incapacidad de sus líderes. El comportamiento anómalo de los titulares del poder, su disposición por las acciones más crueles es la primera conclusión indudable de esa guerra, conclusión que puede producir un gran malestar en cualquier sociedad sana. En Rusia, no obstante, la guerra y sus resultados no produjeron ninguna conmoción, puesto que la sociedad sigue estando enferma; el diagnóstico de esa enfermedad es: psicología de esclavos. Esta conclusión hubiese sido fatal para los líderes de cualquier país normal y de cualquier sociedad normal.
Los líderes de Rusia disponían de enormes posibilidades para evitar la guerra; tras haber erróneamente decidido enviar las tropas a la república, una vez comprendida la equivocación cometida, habrían podido detener la guerra. Finalmente, podrían haberla llevado a cabo en forma civilizada, y no intentar reducir el número de la población e incurrir en su descarada política de genocidio. Llevaron a cabo la guerra de la forma más despiadada, sin temer al juicio de Dios ni al de los hombres, intentado matar al mayor número de personas, incluso a niños pequeños y persiguiendo el objetivo claro de destruir totalmente la economía, los monumentos culturales, la educación y la sanidad de la República.
Ser líder de los pueblos, grandes o pequeños, es siempre complicado. No basta con comprender, hay que sentir la responsabilidad propia de las decisiones que de forma directa o indirecta afectan a las vidas de millones de personas. Esta responsabilidad del liderato ha sido algo incomprensible para los dirigentes estatales de Rusia y no en menor medida para los «caudillos» de la República de Chechenia, dado que tanto unos como otros aspiraban irreflexivamente tan sólo a un fin: la autoafirmación personal sobre un fundamento, forjado con los cadáveres de decenas de miles de personas civiles, asesinadas por sus órdenes criminales. No creo que tengan pesadillas: no es algo propio de los caníbales.
La impunidad del poder, la ausencia de un control popular real de su actividad ha sido una de las razones de las dos guerras ruso-chechenas. Las guerras y sus consecuencias, la ruina económica, la riqueza y el boato de los nuevos ricos y la miseria de la sociedad no es más que el pago lógico por la mudez, la sordera y el silencio de la sociedad, su tolerancia ante los delitos de los funcionarios supremos del Estado, que lo manipularon al antojo de los caprichos del gobernante. Contribuyó, asimismo, a que se desencadenasen ambas guerras el enorme crecimiento de la corrupción total en el sistema de poder, en todos sus eslabones sin excepción, incluyendo el representativo y judicial y del orden público, que disolvía la totalidad del recién creado y aún «tierno» sistema político-administrativo, mientras que el aventurismo negligente, combinado con la ignorancia se convirtieron en el método principal de acción de los «nuevos gestores».
Es indudable que las grandes cantidades de dinero que pisotearon la Consciencia, el Honor, el concepto de Deber, la Fidelidad, la Amistad, el Amor a la Patria, se convirtieron en el verdugo general: desempeñó un importante papel en todas las etapas de la guerra y durante su desarrollo, además para las dos partes enfrentadas en igual medida. Inicialmente, se utilizó el dinero en Checheno-Ingushetia para la perversión de las personas por parte de las autoridades del partido «legales» y de sus protectores en el centro, posteriormente, por quienes los echaron y ocuparon sus lugares: los partidarios de Dudayev. A la fuerza misteriosa de ese dinero, obtenido a través de formas descaradas de robo de bienes del Estado y de la venta de patrimonio popular, la especulación con las armas robadas en antiguos cuarteles soviéticos y repartidas entre los generales de Moscú y los partidarios de Dudayev, estaban subordinadas consignas tan extravagantes como la de «más fervorosos luchadores por la independencia de Chechenia». Es raro, pero hasta el presente no se ha podido esclarecer que del entorno más próximo de Dudayev y Masjadov hubiese una sola persona que actuase sin afán de lucro, sin dejar de tener presente su bienestar personal.
Intentando conservar el poder o hacerse con él, poder que se utilizaba no para el bien común, sino en aras del acceso al metal amarillo del diablo, que cegaba con su omnipotencia, fueron los miserables de alma de los oligarcas los que iniciaron la guerra y la mantuvieron: tal es la razón de que el fin de la primera guerra y la retirada de las tropas rusas no ofreciesen la paz al pueblo de la república y no pusiese fin a la violencia contra las personas. Una vez retiradas las fuerzas armadas de Rusia en 1996, en Chechenia aparecieron nuevos miles de hombres armados, agrupados en grupos de bandidos, que empezaron a aterrorizar a la población local, a dedicarse al secuestro de personas con el objetivo de obtener el rescate de las mismas por parte de sus familiares. Todos estos grupos de bandidos resultaban ser invulnerables y los dirigentes de la resistencia que combatió con éxito a uno de los ejércitos más poderosos del mundo fueron también impotentes. Resulta sorprendente. ¿Tal vez se debió a que los bandidos, con la trata de esclavos, la actividad de los nuevos destacamentos de guerrilleros, absolutamente incomprensibles desde el punto de vista de los intereses de la República de Chechenia estaban también vinculados al sonido del diabólico metal amarillo o bien al frufrú de los billetes verdes? Y este sonido ha destruido a los débiles, su honor, su consciencia y su pertenencia a la alabada nación de la parte montañosa de Chechenia, con todas las costumbres y tradiciones que habían existido durante siglos.
La guerra, por ambas partes, se libró en lo fundamental sobre esta base despreciable del dinero, aunque se enmascarase de forma diferente alegando elevados fines del Estado y principios morales. Pero la tragedia consistía en que en ambas partes combatían y morían personas concretas, muy lejanas de consideraciones financieras, mientras que los primeros, es decir, los promotores de la guerra no sufrieron (a excepción del insensato Dudayev). Al mismo tiempo, la parte más poderosa, que disponía de todos los tipos de armamento militar, destruyó todo lo vivo y lo muerto, sufrieron hasta los ríos, los lagos, el mundo vegetal y animal. Los soldados incluso disparaban contra las águilas de montaña del Cáucaso...
El problema de la guerra y la paz es extraordinariamente complejo, tiene muchas capas y cada una de ellas ha surgido en función de sus «propios» vínculos de causa y efecto. Tiene sus eslabones en los cuales están vinculados entre sí motivos menores, mercantiles, subjetivos de personalidades influyentes y de gran influencia con los profundos intereses políticos y económicos de grupos de empresarios que crece rápidamente; cada vez actúan como enérgicos propietarios del país y exigen autoritariamente la realización no sólo de determinada política, sino también la aplicación de determinadas acciones político-militares e ideológicas. En este ámbito, son importantes las metamorfosis que se han producido en el sistema de poder de Rusia, que están directamente vinculadas tanto a la guerra en Chechenia como a otros aspectos importantes de la vida del Estado; sin aclararlos es imposible entender los mecanismos de realización del proceso político en la Rusia actual, en particular, el inicio de la guerra y los zigzags de la política militar en Chechenia.
Un analista de prensa de la época de Yeltsin escribió, en cierta ocasión, en su periódico que el rasgo más característico del sistema político de Rusia consiste en que quienes hacen la política no pueden detenerse a tiempo. Tras haber vencido a su enemigo u oponente, utilizando para ello todos los medios, incluso los más sucios, intentarán inexorablemente acabar con él, rematarlo, tanto física como moralmente. Una reflexión muy acertada de un observador inteligente y sutil.
Recuerdo con qué cinismo se organizó el tristemente famoso «default» o suspensión de pagos de 1998. Un pequeño grupo de dirigentes de alto nivel aprueba, de repente, a nivel gubernamental decisiones perfectamente comunistas y revolucionarias: Se «restringe» el movimiento de la moneda en el extranjero, se suspenden los pagos (los dividendos) con relación a las obligaciones del Tesoro estatal, el país renuncia a realizar el pago de sus deudas externas, etc. ¿Acaso no parece una barbaridad? ¿O tal vez sea un «crack» consciente de la economía y las finanzas? Cundió el pánico, las bolsas cerraron, los extranjeros se apresuraron a extraer sus ingresos de todas partes, incluso de instalaciones de producción. Los funcionarios del FMI y del Banco Mundial llamaron a alerta: el país se encontraba al borde de la bancarrota total. La denominada clase media de Rusia, de la que tanto se hablaba y escribía, dejó instantáneamente de existir físicamente y se transformó, en una clase de indigentes; las pequeñas empresas fueron engullidas por la gigantesca ola alzada por las insensatas acciones del gobierno. Fue el denominado default ruso, que supuso la vuelta atrás por diez años de los escasos pero positivos avances que estaban teniendo lugar en el país, independientemente de la política del gobierno y gracias al desesperado esfuerzo de los grupos de personas. De hecho, la estafa del default, cometida por el gobierno junto con los oligarcas, supuso la bancarrota del Estado de Yeltsin y dejó en ridículo al mismo Presidente. A juzgar por las declaraciones de éste último, ni siquiera tenía noción de lo que estaba pasando y daba la impresión de que no se había concertado con él las acciones emprendidas por «Kiriyenko-Chubáis-Gaidar» y el Banco Central2. Posteriormente, se aclaró que esta desdichada suspensión de pagos se produjo en un momento en que poco antes de los acontecimientos descritos, el FMI había traspasado a Rusia 4, 88 mil millones de dólares en calidad de enésima (¡o tal vez no!) porción del correspondiente crédito, con arreglo a los acuerdos anteriormente alcanzados. Posteriormente, se buscó con cierta intensidad esa suma gigantesca, pero no llegó a encontrarse. El señor Wolfensohn, director del Banco Mundial se desplazó de forma inmediata a Moscú, intentó, con tenacidad, obtener respuesta de Guerashenko, presidente del Banco Central de Rusia, a la siguiente pregunta: «¿Sabía el Banco Central que el gobierno de Kiriyenko estaba preparando esas medidas?» —pero no obtuvo una respuesta inteligible y directa del pícaro de Guerashenko. Mientras que esa pregunta tenía una importancia capital los influyentes círculos financieros internacionales deseaban esclarecer para sí lo fundamental: ¿Siguen siendo las autoridades de Rusia lo suficientemente capaces como para que se pueda seguir tratando con ellas?
No fue tan sólo una sacudida financiera o una crisis, fue el mismo Pseudo Estado de Yeltsin quien cayó en la bancarrota, poniendo en evidencia su inviabilidad financiero-económica y política.
1 Juego de palabras del ministro con relación a la «Duma», término etimológicamente vinculado al verbo dumat, es decir, pensar. Una Duma no es un parlamento, sino un pensamiento. (N. del T.).
2 Vitali Tretiakov: «Smozhet li Rossiya vystoiat v sjvatke dvuj vlastnij gruppirovok» (¿Podrá Rusia superar la lucha entre los dos grupos de poder? (N. del T.).). Nezavisimaya Gazeta, 1 de junio de 1999.
Vladimir Putin, se convirtió en primer ministro en agosto de 1999, tras la destitución de Stepashin e inmediatamente después del ataque de los guerrilleros a Daguestán. Posteriormente, ganaría las elecciones presidenciales y recibió la herencia del dictador provecto una formación pseudoestatal muy particular: el Pseudo Estado de Yeltsin.Este Pseudo Estado tenía unos rasgos específicos bien marcados, sin análogos con ninguno de los Estados modernos: existía, formalmente, una Constitución al parecer democrática, que se basa en la división de poderes en virtud de la cual el Presidente es el garante de todas las libertades imaginables e inimaginables y es poseedor de un poder dictatorial. Y según esa misma Constitución, existe un parlamento privado de cualquier poder independiente, en particular, del fundamental, el derecho a la actividad de control, que ya Montesquieu consideraba que debía ser la principal función del poder representativo. Así, el régimen político creado estaba construido de forma que las «leyes escritas» disentían de la manera más sorprendente con la práctica, y el resultado es que los funcionarios de la Presidencia siempre estuvieron por encima de las leyes, el parlamento y los jueces.
En el Estado, en provincias, el soborno era omnipresente, el poder tanto anivel federal como provincial, los órganos judiciales, el sistema del Ministerio del Interior estaban absolutamente saturados de corrupción y cohecho. Aumentó de forma gigantesca la burocracia, superando el nivel existente en la URSS a fines de los años 80. Confiere cada vez mayor importancia, dentro del sistema público, a los rasgos típicos del sistema administrativo y burocrático, sobre los cuales he escrito en mis libros, incluso durante los años del socialismo
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