La máquina de impedir - Colette Capriles - E-Book

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Colette Capriles

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Beschreibung

Escribir sobre lo que sucede en Venezuela es una labor de alto riesgo de la que muy pocos salen bien parados. El vértigo de los acontecimientos ha lesionado la capacidad crítica de aquellos que opinan activados por la campana de Pavlov: una declaración incendiaria del presidente, el gesto adulador de alguno de sus ministros, el relanzamiento de una Misión o el nuevo eslogan "revolucionario" que se multiplica viralmente en las vallas de la ciudad. Están también los observadores silenciosos, recelosos del arrebato mediático, que van seccionando nuestra realidad en capas de significados y cuyas opiniones cobran un sentido mayor al cabo de un tiempo, porque su capacidad de discernimiento se despliega como los fragmentos de un "puzzle", que se van concatenando hasta articular la pieza completa. Este es el caso de Colette Capriles y es su excepcional habilidad interpretativa la que convierte este libro en un documento imprescindible para reflexionar sobre el proceso de demolición de la democracia venezolana. No faltarán los lectores admirados por la agudeza con la que la autora supo, en estos años, observar y valorar la profunda transformación social que la Revolución Bolivariana lleva a cabo, pero, sobre todas las cosas, por la exactitud con que Capriles vaticina el vasto daño que se constata hoy en todos los órdenes de nuestra institucionalidad democrática.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Contenido
Prefacio
2004
–Los de adentro y los de afuera
–La mejor oportunidad
–El miedo a la política
–Dejar de hablar de la pobreza
–Abstención: apoteosis del chavismo
–La agenda de los partidos
–Al final de la política, el miedo
2005
–Cesarismo tecnocrático
–Las víctimas de ayer tapan a las de hoy
–La desmesura
–Malos recuerdos
–Hello, Lenin
–Resulta que hablaba en prosa
–Crítica de la ilusión pura
–La enfermedad dinástica
–La importancia de llamarse Plan B
2006
–Dormitando sobre el cuero seco
–Automercado de contrapoderes
–Miedo a la libertad
–Patria o muerte…
–Masificar la calidad
–Clístenes o de la democracia (fragmentos de un diálogo perdido)
–¿Quién manda aquí?
–Más allá del mal y del CNE
–Un nuevo pacto
–La verdad ha muerto, viva la opinión
–El miedo a la democracia
–Al derecho y al revés
–El método no es el mensaje
–María Moñitos
–Agonías
–Salir de la confusión
–Del insulto como una de las bellas artes
–Empoderamientos
–Ithaca y la guerra de encuestas
–El imperio de la incertidumbre
–El desenfreno
–¿Por qué único?
2007
–La hipocresía, fase superior del socialismo
–Gobierno insurgente
–Monstruo bifronte
–Conciencia de enfermedad
–El Estado parapléjico
–Teoría de la opinión
–Los irreversibles
–«Todo lo sólido se desvanece en el aire»
–La revolución es de uno solo
–El heredero
–La paciencia
–La izquierda diría no
–Las palabras y los hechos
–Lujo y capitalismo
–Confederados
–El voto es el mensaje
–El que quiera oír, que oiga
2008
–Transiciones
–Voluntad metafísica
–Eppur si muove
–Así en la guerra como en la paz
–Ángeles caídos
–¡Encuéstame!
–La revolución ha terminado
–«Todos éramos Presidentes»
–El retorno de los brujos
–Odalisca deshonrada
–Ofensiva con yilé
–Dentro de la revolución, todo
–No se rían, que sí van
–Siempre huyendo hacia adelante
–Tormenta perfecta
–La realidad muerde
2009
–«Apenas estornude…»
–La estrategia de la burundanga
–Sagrado y obsceno
–Técnica mata política
–La ilusión de hegemonía
–La máquina de impedir
–El pecado no es la intervención; el pecado es la indiferencia
–Un silencio soviético
–A hacer mercado
–Gorilas y bananas: de la retórica tropical
–«No con un estallido, sino…»
–Vendedores de sofás
–Nudos gordianos
–Tres minutos, veinte años
–El poder no puede dividirse, pero la sociedad sí
2010
–Sobre una política del masoquismo
–Miedo a las masas
–Disputas cortesanas
–Internet: voz y salida
–Transiciología
–¿Qué quieren los venezolanos? (1)
–¿Qué quieren los venezolanos? (2)
–Despertares
–El gato está sobre el felpudo, pero yo no lo creo
–Lecciones de economía política
–Siete tesis sobre la corrupción
–Ni locura ni necromancia
–Crónica de la risa y el olvido
–Una isla es una isla es una isla…
–Diccionario del cambio
–Control de daños
–Cuenta regresiva
–Conciencia de clase
–Sembrando las ruinas del futuro
–Solo
–Todo está claro
Notas
Créditos
La máquina de impedir
Crónicas políticas (2004-2010)

Prefacio

Tout commence en mystique et finit en politique.

CHARLES PÉGUY

En el prólogo al conjunto de ensayos titulado Between Past and Future, Hannah Arendt introduce un asunto que, creo yo, nos toca dolorosamente a nosotros, venezolanos: la pérdida de la tradición y la consecuente dificultad para pensar lo que somos. Arendt se refiere, naturalmente, a la tradición política occidental y cómo el debilitamiento de los nexos con el pasado oscurece la comprensión y la reconciliación con el presente. En nuestra modesta escala doméstica, como tanto de lo que se ha escrito en nuestro país en los últimos años, los artículos que componen este libro podrían también ser considerados como un esfuerzo por reconstruir un pasado mediante el comentario del presente. Es algo paradójico, sin duda, pero al parecer, lo que los venezolanos hemos perdido es, precisamente, un relato común del pasado. Más bien: un lenguaje común. No se trata de que necesitemos una única versión del pasado (por el contrario, seguimos resistiéndonos a ello, por fortuna) sino una gramática común mediante la que las distintas interpretaciones puedan contraponerse, explicarse, vencerse o coexistir según sea el caso.

Pues el desconcierto es general: los venezolanos parecemos estar padeciendo masivamente de la enfermedad del nuevo siglo: déficit de atención (en su versión infantil), o mal de Alzheimer (en su forma madura); nuestra memoria se desvanece, quizás porque irresistiblemente fijamos nuestra atención en la superficie mundana de nuestro estar juntos, siempre tan simpáticos, sin poder nunca posarla sobre nosotros mismos. Y el valor que pueden tener estos textos, escritos en la inmediatez del periodismo de opinión, es devolvernos a nuestra propia experiencia para reconocerla. Debo agradecer a Ulises Milla la apuesta que formula con este libro: la de conservar esta suerte de álbum fotográfico, cuyas páginas podrían hojearse como un film de animación que mostrase esa experiencia.

Con muy contadas excepciones, los artículos reunidos aquí han sido publicados en diarios entre 2004 y 2010, y tienen muchas veces referencias implícitas a eventos o personajes locales que refieren a un contexto bastante específico. He tratado de moderar esto incluyendo algunas notas al pie que pueden ayudar a vencer el vértigo de tantos acontecimientos. Guardo la esperanza, sin embargo, de que la especificidad de la situación venezolana no obstaculice la intención de ofrecer una perspectiva más amplia, la de una experiencia política que puede ser comprendida y compartida desde otras latitudes y otras historias.

Creo, en efecto, que esta historia, la nuestra, muestra las fracturas de esos territorios que las democracias modernas confían en haber conquistado olvidando, a veces, su propia fragilidad. Lo que ha acontecido en Venezuela no es único, aunque muy peculiares pueden haber sido sus circunstancias; quizás haya que leer estos textos como se lee un diario íntimo, con la curiosidad del detalle, a la vez irrelevante e idiosincrático, pero sugestivamente universal.

Una de estas experiencias universales, a mi modo de ver, es la exacerbación del carácter espectacular de la política venezolana durante los últimos años. El espectáculo, la representación, es lo característico de toda política, sin duda; el poder existe en la medida en que es representado, sea cual fuere la «tecnología» de representación, puesto que obedece a la distinción, básica y estrictamente política, entre gobernante y gobernado. Pero en nuestro caso, el espectáculo político ha llegado a ser el único posible. La disputa esencial, si se me permite el término, que divide a los venezolanos es cuán real es el espectáculo, y qué queda fuera de él: dónde está la realidad, nos preguntamos todos los días. En tiempos inquietos como los que vive el mundo hoy, en los que las ampliaciones democráticas se han vuelto cada vez más caras de mantener, o en los que regímenes personalistas y corporativos adoptan las formas democráticas para traicionarlas impúdicamente, la experiencia nuestra, la de un régimen que se sostiene sobre el artificio de su propia voluntad «revolucionaria», ayudado, fundamentalmente, por su sistemática destrucción de las instituciones de intermediación del poder y la consagración personalista de un único «líder«, puede servir de punto de reflexión.

Y, en verdad, el espectáculo tiene una serie de escenas o actos que van puntuándolo; escenas imaginadas como de aclamación perpetua, res-petando, eso sí, la estructura electoral que permite hacerlas plausibles y que, por eso mismo, ha revelado resultados indeseables para el poder. Después de las victorias obtenidas en el referéndum revocatorio de 2004, las elecciones parlamentarias de 2005 y las presidenciales en 2006, el horizonte parecía ilimitado para el despliegue de un proyecto político cada vez más radicalmente ideologizado y concentrado. No obstante, a partir de los resultados adversos del referéndum para la reforma constitucional de 2007 –punto de inflexión que marcó en la conciencia nacional la primera fisura en aquella hubrys– van apareciendo las grietas de este edificio sin cimientos, palafito grandioso mecido por el ir y venir del petróleo que lo baña.

Esta es la historia que se cuenta en estas páginas: la de cómo el espectáculo se convirtió en un aparato de producción de imposibilidades, en una máquina de impedir.

2004

Los de adentro y los de afuera[1]

Se las puede ver fugazmente cuando viene uno del occidente del país y ya va presintiendo lo que las montañas esconden entre sus pliegues. Son unas atalayas apostadas en la frontera exacta entre la velocidad sinuosa de la autopista y la inmovilidad de postal tercermundista que ofrece el barrio. Se trata de unas formas hexagonales alzadas como sobre palafitos y visibles entonces desde muchos puntos del barrio (sirviendo pues de señal, siendo ellas mismas un mensaje acerca de las infinitas intenciones bienhechoras del magnánimo gobierno). En la interfase entre ranchos y autopista se levantan estas sedes de las «misiones» gubernamentales: ahora tienen materialidad, anunciando la permanencia e institucionalización de sus ejecutorias. Allí están, férreas alcabalas que vigilan el tráfico con el mundo exterior, que aseguran que bien «adentro» deben vivir los habitantes del barrio[2].

¿Se perpetuará entonces, pregunto, el destino periférico de los habitantes de esos barrios a los que se les impide encontrarse con el mundo de «afuera»? ¿Estarán los que allí viven condenados a quedarse para siempre «barrio adentro»? ¿Se robustece la táctica de exclusión que el Gobierno ha trazado tan meticulosamente? ¿Seguirán excluidos de la horizontalidad de la trama urbana, viendo al mundo a través de satélites?

En el análisis de las políticas públicas de este régimen tan polisémico hay que distinguir siempre varias dimensiones de significado. Una primera y central es el mensaje de negación del pasado, como si sólo en este presente eterno e inmóvil se hubiera manifestado alguna preocupación por la condición del pobre. Semejante pieza discursiva preside absolutamente todas las emisiones lingüísticas del Gobierno, y está construida sobre el crimen cultural más monstruoso que una oligarquía puede generar: la deformación del pasado y la ruptura de la memoria, es decir, de la identidad.

Sobre ese manto de olvido aparece el segundo eslogan: hay un «adentro» y un «afuera». Hay un «barrio adentro», y hay, al parecer, una «Venezuela adentro». Hay una topología, una ciencia de las superficies, que ha sustituido a «los de arriba y los de abajo». La espacialización de la clientela electoral (y del potencial conflicto social) logra construir dos mundos que no sólo se denuncian como separados, sino que deben seguir separados.

Más allá de un tercer nivel de análisis de las «misiones», que pudiera arrojar datos sobre el cumplimiento de sus presuntos objetivos explícitos (curar, alfabetizar, educar, emplear…), importa detenerse en la carga semántica y política que tienen. Y de lo que se trata es de separar (ahondando en la grieta que la crisis hizo en la tradicional «ilusión de armonía» en la que nos complacíamos los venezolanos), creando identidades cuasiétnicas diferenciales, cuya marca no será la preferencia política sino la pertenencia identitaria a uno u otro grupo.

Amarrados a la culpa innombrable que provoca en todos nosotros la simple mención de la pobreza, se están juntando los ingredientes para profundizar la etnificación de la política que ha venido siendo impulsada tímida pero tenazmente por el régimen. El beneficiario de las «misiones» no será objeto únicamente de una política pública, como en cualquier parte del mundo: estará siendo dotado de una identidad cultural específica, «empoderada», que viene con su maletín histórico prefabricado, del que se extrae toda una narrativa fantástica que dotará al pobre de una genealogía de la opresión y lo entregará para siempre a los brazos de la épica bolivariana, eterno agradecido.

Mientras tanto, la demanda de eficacia y eficiencia, es decir, la necesidad de que las «misiones» cumplan su cometido y de que lo hagan sin el despilfarro y la corrupción monstruosos que las han caracterizado, se hace patente en el discurso del Gobierno. Existe, claramente, la intención de institucionalizarlas transfiriendo a esas nuevas redes las antiguas competencias del sistema de salud o de los subsidios directos tipo PAMI[3]. Es evidente la preocupación por la sostenibilidad de un modelo que nació de la improvisación y al amparo de los grotescos ingresos petroleros.

Pero ¿es sostenible un modelo gestado sobre la sombra de la exclusión? El régimen ha generado un modelo de pobre que debe conformarse con una vida modesta «en el interior» del barrio; un cliente del Gobierno cuyo universo es el de un capitalismo limitado, poblado de entelequias como «cooperativas» o microempresas que subsisten gracias al trueque y las dádivas del patronazgo del Gobierno. Un pobre premoderno. Un feliz buen salvaje precapitalista.

La mejor oportunidad[4]

Nuevamente, como en cada crisis, reaparecen las voces que insisten en considerar a los ciudadanos como menores de edad incapaces de formular juicios razonables. Según esos aficionados a la política, los habitantes de este país no seríamos sino bestezuelas irracionales que hay que azuzar contra los malvados politicastros que nos utilizan para fines ignotos, que negocian a nuestras peludas espaldas mientras nosotros, ciudadanos angelicales, gemimos complacientes, sin ninguna capacidad deliberativa. Sólo seríamos cuerpos habitados por pasiones, que hoy aman y mañana desechan, sin explicaciones, sin reflexión.

Ese retrato populista que persigue ganar puntos en la opinión pública al descargar al ciudadano de su responsabilidad política es un indicio más de la confusión que aquellos que tienen resentimientos con la actividad política han querido sembrar –aliándose con el caudillo que predica lo mismo–. Han creado una narrativa anómica, un cuento según el cual no existe la acción colectiva sino la acción individual de una especie de ciudadano-rey reñida con cualquier intento de institucionalización.

Pareciera que el canto de las sirenas participativas no ha dejado de marear por estas latitudes. Hay quienes creen que es posible el Gobierno sin instituciones, que basta con la voluntad pura del ciudadano para regular la convivencia. Con ellos, sigue estando en su lugar la condición fundamental que permitió el advenimiento del chavismo: la idea de que la democracia representativa es un tipo de arreglo político malogrado. La idea de que hay que volver a una especie de poder en estado puro –incontaminado, inocente–, que se ejerce en forma «directa» por los ciudadanos, en vía hacia la tiranía de la mayoría, sigue apareciendo al trasluz de las quejas que se formulan contra la actuación de la dirigencia política democrática.

Coincido sin embargo con que la organización y funcionalidad de la dirigencia de la oposición debe mejorar. Obvio. No con «nuevos líderes», por cierto. Sí con nuevas ideas y partidos que extirpen el voluntarismo y el pensamiento mágico y que favorezcan la capacidad de organización disciplinada de una militancia bien informada. Es curioso que los que con tanto denuedo luchan contra las organizaciones políticas nos repiten que la «ciudadanía» reclama participación, pero mientras tanto ésta no quiere comprometerse con los valores de la democracia representativa, ni con disciplinas ideológicas, ni con estrategias de largo plazo. Abominan de la militancia partidista mientras militan en la antipolítica.

Las elecciones regionales[5] son la mejor oportunidad para robustecer liderazgos locales, para estimar las fuerzas políticas en su justa medida y para generar nuevos contenidos ideológicos sobre temas muy específicos. No es en nombre de valores genéricos que se va a la contienda, sino en función de ideas y resultados patentes. Con todos los riesgos, que sabemos que los hay, en este contexto de control institucional y político casi total del que se envanece el régimen.

El miedo a la política[6]

Si se acepta que hay legítimas diferencias de intereses entre los seres humanos, debe aceptarse en consecuencia la existencia de conflictos entre ellos. La política es inevitable, en este sentido, y necesaria porque consiste precisamente en un campo discursivo diseñado para el tratamiento del conflicto y la distribución del poder.

Sigue entonces luciendo ridícula la pretensión de algunos opiniatras y figurantes de volver a la Arcadia de la ilusión de armonía que excluyó a la política del debate público identificándola con los intereses egoístas de «los políticos» y cubriéndola con el desprecio que merecen los oficios viles.

Por lo pronto se han saciado en convertir el referéndum revocatorio en una plaza jacobina en la que ruedan cabezas al ritmo trepidante de la guillotina de la opinión. Con ese narcisismo que les impide entender que hay un adversario formidable en el poder, pretenden algunos aficionados a la política desgranar sus reflexiones dominicales como otros tantos proyectiles hacia la misma víctima: bajo la hipótesis del fraude, atribuyen al damnificado toda la responsabilidad de su condición. Naturalizan las maniobras inmorales del régimen, con tal de hallar pista para continuar con la destrucción de los partidos políticos que han venido fortaleciéndose, y mantener en órbita al pequeño rebaño de asteroides de la «sociedad civil» que les garantiza la dosis de populismo clase media que tanto necesitan para continuar en el escenario de la opinión pública.

Un populismo que en nada se diferencia del chavista, pero que sustituye a la categoría «pueblo» por la de «sociedad civil», ofreciendo exactamente la misma promesa de fascismo ordinario: la «participación» y el poder popular. Las llamadas asambleas de ciudadanos, en efecto, recogen ese espantoso espíritu totalitario de la Constitución del 99, según el cual la soberanía no se somete, a fin de cuentas, a ninguna ley o límite, sino que florece como planta salvaje que invade cada intersticio social. Anidadas en la desconfianza hacia las organizaciones políticas, que representan intereses colectivos, las asambleas de ciudadanos se convierten en las herramientas de los intereses particulares y en el reducto de la arbitrariedad y la anomia.

Linda Loaiza no es la culpable de los maltratos que le infligieron[7]. Los errores políticos cometidos por la Coordinadora Democrática no causaron el fraude, si es que hubo tal. Las condiciones políticas en las que se produjo el referéndum no fueron diseñadas por la CD, que sufría presiones inmensas. Nadie se beneficia de una derrota, excepto cuando aprende a verse con más claridad. Y es importante que el «ciudadano» que tanto vocifera en una asamblea de ídem, guarde un momento de silencio y reflexione sobre sus decisiones políticas: ¿querrá seguir formando parte de unos eructos disolutorios de la democracia representativa, bajo la forma de esas asambleas? ¿O se tomará el trabajo de pensar cómo fortalecer a sus representantes políticos?

Dejar de hablar de la pobreza[8]

Lo más increíble de todo este proceso de descomposición institucional y político ha sido la expansión del imaginario chavista, o sea, de esas representaciones grotescas acerca del país que el chavismo cultiva como cuida el dueño de una feria de fenómenos a sus ejemplares: no hay otro tema público que la obsesión con la pobreza, siguiendo un artefacto retórico elaborado por el régimen según el cual el fin de la historia advendrá, para felicidad de todos, cuando exterminemos la pobreza, alfa y omega del malestar de nuestra cultura.

El chavismo se apropió de un tema y de una manera de referirse a ese tema: secuestró a «la pobreza» y generó un vocabulario y una gramática que la convertían en principio y fin de la voluntad colectiva, con la anuencia culposa de no pocos opiniatras. Mejor dicho: inventó una pobrecía a su medida, inflada de resentimiento, que nada tiene que ver con la pobreza real –con las carencias, con las necesidades, o con las aspiraciones–, sino que la metaforiza como una enfermedad del cuerpo social, una afección cuya curación, de manos del milagroso «cirujano de hierro» que nos hemos procurado, inaugurará la infinitez de nuestra bienaventuranza.

La pobreza no es el problema sino su expresión. Y precisamente, no tiene una única causa. Sin detenerme a disertar torpemente sobre la naturaleza de lo que llamamos pobreza (comenzando por su definición, que sigue esquiva, como frecuentemente ocurre con lo que se reputa obvio sin serlo), quiero más bien llamar la atención del lector sobre el modo en que esa gramática médica (como cuando se habla de «erradicarla») con la que se bocetea la pobreza ha penetrado en el discurso público y obstaculiza la confección de una visión alternativa (a la chavista, que es, en general, la populista). La pobreza es, en esencia, el efecto de una suspensión de los derechos básicos. No es el resultado de beneficencias mal distribuidas, sino de la ausencia de instituciones que aseguren los derechos. Y no debe entenderse por derechos la serie de chillonas e imposibles reivindicaciones catalogada en la Constitución del 99, sino el conjunto de enlaces entre la vida privada y el mundo público que hacen posible la vida social y la inserción de cada quien en un horizonte colectivo.

Sustituir el lenguaje de la pobreza por el lenguaje de los derechos luce como la vía para reconectar al ciudadano (pobre o no), en la experiencia de sus carencias o en la esperanza de sus ambiciones, con el armazón institucional que vela por aquéllos, es decir, el Estado. Las menciones a la libertad, a la autodeterminación, al derecho a ser protagonista de la propia vida y no de un guión paternalista, dejan de tener el carácter abstracto que se les atribuye, en la medida en que se adhieren a sus expresiones cotidianas: es la violación del derecho a la propiedad lo que más empobrece al pobre, privándole de empleo y de la posibilidad de acumulación; es la violación de las seguridades elementales, de resguardo a la vida y a la salud, lo que empeora su deteriorada calidad de vida. Y no hay afán redistribucionista que pueda disimularlo.

Abstención: apoteosis del chavismo[9]

Una de las ramas genealógicas del chavismo proviene de una cierta concepción de lo público que con frecuencia se ha llamado antipolítica, precisamente porque abomina de la intermediación institucional en el ejercicio del poder. En especial desprecia a los partidos políticos como instituciones de representación de intereses y se extasía ante la promesa demagógica de la democracia directa, ya sea, en nuestro caso, bajo la forma del círculo devoto del caudillo o bajo la forma de las llamadas asambleas de ciudadanos.

De esa misma familia es el impulso irreflexivo que quiso castigar a los partidos políticos en 1998 (logrando tan sólo castrar a la democracia) y que hoy se pone en juego frente a las elecciones regionales. Los mismos que votaron por Chávez obviando el golpismo del militar con tal de sentenciar a los «políticos» persisten, con su legendaria lucidez, en cultivar la antipolítica llamando a la abstención. Circulan frases en verdad increíbles, como aquellas que sugieren que los políticos «también deben sacrificarse» para poner de bulto la «ilegitimidad» del régimen, como si ocupar un cargo de elección popular fuese un premio o una sinecura, o como si la protección de los espacios políticos de la oposición no fuese una defensa de los derechos democráticos de quienes a ella se adscriben –y de la ciudadanía en general–, sino una mera salvaguardia de prebendas.

La desconfianza básica hacia la política y hacia los políticos es la gran arma del autoritarismo. La abstención, en la circunstancia de hoy, no tiene ningún significado político: apenas sería la expresión de una voluntad de castigar a la dirigencia política de la oposición por el éxito del chavismo. Un éxito que, aliñado con manejos turbios, no deja de tener carne y sangre de muchos votantes muy reales.

La lógica de la antipolítica es en verdad misteriosa, pero como todo misterio, una vez penetrado reluce de pura claridad. La desconfianza en las instituciones políticas supone una concepción unitaria del poder que excluye la diversidad de intereses y su negociación, conciliación o confrontación. Se sustituye la política con verdades inamovibles que provienen de las vísceras del «pueblo» o de los «ciudadanos»: el voto se convierte en mercancía que los ciudadanos canjean por promesas de satisfacción inmediata.

En realidad no es tan sorprendente la persistencia de esta inmadurez política entre nosotros: la visión de la antipolítica nos ha acompañado desde el viejo esplendor del positivismo, que es la filosofía social por excelencia de todo venezolano. La dificultad para comprender la historia e intentar reducir los fenómenos sociales y políticos a determinaciones climáticas, geográficas o raciales, o incluso a predestinaciones cósmicas o seudohistóricas, forma parte de ese espíritu positivista que nunca nos ha abandonado. Vallenilla Lanz[10] sigue entre nosotros.

La agenda de los partidos[11]

Entro a formar parte del coro de propinadores de consejos para quien no los ha pedido. Pero a lo mejor alguno que no pide ni admite consejos lee, y tal vez, quizás, acaso, convenga en que reflexionar puede ser parte del acto de contrición que la oposición se halla oficiando.

Hay dos ejes que cruzan este desierto que el país no chavista debe atravesar. Uno es el asunto de la organicidad de la oposición: cómo va a configurarse la musculatura, el metabolismo y la silueta de su cuerpo político. Es el tema de la unidad. Y el otro es el asunto, ya a estas alturas legendario como lugar común, de que la oposición tiene que relacionarse con la clientela del chavismo, que, según el imaginario cultivado por el propio chavismo, no es sino un lumpen que sólo puede procesar mensajes binarios o eructantes. Es el tema de la relación con las «clases populares», con los «desposeídos», y con el largo etcétera de eufemismos para hablar de una pobrecía que todos ahora, idolatran como el gran elector de nuestro destino colectivo.

El tema de la unidad es un problema porque está mal planteado desde siempre. El kaput que Ramos Allup[12] profirió en sus declaraciones poselectorales para dar por cerrado el capítulo unitario, por más bismarckiano que suene, no resuelve nada. Frente al fracasado criterio pragmático y coyuntural, que sí está kaput, habría que considerar un criterio ideológico y estratégico. Pero esto supone una vasta revisión de los principios ideológicos de las organizaciones políticas, en el adverso entorno de una profundización de la despolitización que el régimen ha propiciado (sí, ha habido, paradójicamente, una despolitización de la política, cada vez más personalizada). Ideologías, formación de cuadros, reingeniería de las estructuras, elecciones internas, democracia desde la base. Una vez marcadas las diferencias ideológicas y políticas, podrán los distintos sectores de la oposición convenir en alianzas estratégicas que no amenacen su identidad y su mercado electoral.

En cuanto a la idea de que «los pobres» como el nuevo mercado de la oposición, se beneficiaría mucho de lo anotado en el párrafo anterior, porque es precisamente la carencia de actividad política la que ha permitido que el estado de necesidad se convierta en el único criterio electoral. El chavismo creció gracias a la demagogia, y de ninguna manera gracias al pretendido «empoderamiento» (que sólo es real cuando saca a la persona de la pobreza, no cuando la convierte en un cliente); su fuerza se mide en dólares petroleros, no en convicción ideológica; su destino está marcado por el de su jefe, no por una dinámica de éxito como gobierno. El chavismo utiliza a los pobres, pero se sostiene sobre bayonetas y sobre una clientela no sólo compuesta por pobres. Frente a ello, sólo con lucidez ideológica puede volver la civilidad.

Al final de la política, el miedo[13]

Las ideologías quedan molidas por el autoritarismo. Y los regímenes autoritarios se definen, precisamente, porque carecen de ideología –justo porque crean un mundo en el que no hay espacio para que pueda imaginarse que las cosas puedan ser diferentes, que tal es la función de la ideología–. Se pueden amparar en cualquier mitología, pero no segregan ideología alguna. Pensará el lector en las imágenes grandilocuentes del nazismo, pero también podría pensarse en la modestia del cañaveral cubano y encontrarse con que la inspiración misma de los ideales de liberación latinoamericana no ha sido sino el progresivo desnudamiento del poder. La predicación del marxismo-leninismo, o cualquier otra variante de las ideologías de izquierda, no ha sido sino el pretexto para la instauración de una autocracia que sobrevive en el mar del pragmatismo y la manipulación y que ha venido a cebarse en el frágil e hinchado narcisismo del presidente de Venezuela, que se presenta como el heredero de ese pragmatismo y el heraldo de una forma autóctona de democracia plebiscitaria.

No estoy defendiendo al marxismo; lo que digo es que no es necesario ser marxista para ser Fidel Castro y «revolucionario». Más bien noto con asombro que el régimen cubano no ha generado ningún modelo ideológico –como no lo es el estalinismo y sí pueden serlo el leninismo, o el maoísmo, por ejemplo–, porque en Cuba, caballero, es la realidad misma, tal como se ordena desde el poder, la que manda. Es el estado de necesidad pura el que manda, no los sueños de un mundo mejor.

Y tiemblo porque lo que veo en Venezuela no es comunismo, marxismo o fundamentalismo. Es el silencio de las ideologías orquestado por el miedo. No el miedo a la persecución, por cierto. O no sólo ese miedo. No el miedo a la retaliación, a la censura, a la tortura. No el miedo a ser disidente.

El Gobierno, habiendo perdido la oportunidad de rectificar su discurso hegemónico iniciando, después del unánime repudio a la muerte de Anderson[14], el reconocimiento de la oposición política, ha por el contrario reiterado su estrategia de clivaje social y partisano. No de clivaje político, porque este régimen carece absolutamente de discurso político; pero sí de fragmentación social. Y lo ha hecho así porque necesita del miedo de sus partidarios. Sí, leyó usted bien: el miedo que el régimen quiere definitivamente instalar no es (sólo) el de una oposición maltrecha y perseguida, sino el miedo de lo que pueda pasar si Chávez deja de ser presidente. El chavista tiene que temer al 2006, cuando unas elecciones vuelvan a tomar la temperatura del país. Porque el chavista sabe que este gobierno no ha gobernado ni puede hacerlo, entendiendo «gobernar» como la instalación de algunos dispositivos de bienestar colectivo y no como mero alarde de los fastos del poder. El chavista sabe que el pueblo puede cansarse. El chavista sabe que tiene que fanatizarlo. El chavista amenaza con la recomposición de antiguas configuraciones de élites supuestamente excluyentes que tendría lugar si pierden las elecciones, y allí encaja la reescritura de la historia del 11 de abril de 2002: de emergencia resulta la maniobra, porque hay que reconstruir el golpismo para nutrir el miedo y lograr los votos que la ineficiencia, la impericia, la incompetencia, la mamarrachada y en definitiva, la crueldad que exhibe el Gobierno, le van a ir restando, porque ya no hay excusas.

2005

Cesarismo tecnocrático[15]

Juan Vicente Gómez, con paciencia de buey, contempló el verdor del país a sus pies durante 27 años gracias a la paz que comienza gloriosamente en 1903, cuando el resto de los caudillos se le rinde en Ciudad Bolívar. El miedo, a la guerra y a la disolución, construyó el espacio político necesario para hacer inevitable la presencia del «Bagre» y justificable su férreo control sobre las instituciones, no ya como caudillo de ejército particular sino como encarnación de la unidad y organicidad de la nación.

Como Leviatán tropical que se erige en garantía de salvaguarda del orden y el progreso, inaugurando la era de la pax gommica como la ha bautizado Manuel Caballero, Gómez construye instituciones con el cuerpo de los súbditos: carreteras que redefinen la geografía patria uniendo lo disyunto; la consolidación de la hacienda pública con la instauración de un sistema moderno de cuentas nacionales; el fortalecimiento del poder del Estado a través del aumento de sus ingresos y la cancelación de la deuda pública; la fundación de un ejército nacional regular. Instituciones que eran como emanaciones del «Gendarme necesario» que Vallenilla Lanz, a su vez, construye como representación de la política posible en estas latitudes acechadas siempre por el espíritu anárquico de unos pueblos en constante pelea consigo mismos. La obra hace al gendarme y éste se forma por vía de agregación democrática.

Vallenilla Lanz se declara ofendido cuando es acusado de apólogo de la dictadura, subrayando que su diagnóstico no es estático, sino que será precisamente la evolución natural de los pueblos la que diseñará su futuro político abriendo las compuertas de verdaderas democracias. Su adversario es el jacobino, como lo llama, que en la incesante generación de utopías ignora la constitución efectiva del sustrato sobre el que quiere voluntaristamente implantar las repúblicas aéreas.

Pero los jacobinos vinieron, a fin de cuentas, a dominar el imaginario político del país y su política real desde la Generación del 28. Pero utilizando, paradójicamente, un andamiaje ideológico del todo importado de las páginas de Cesarismo democrático, con pequeñas variaciones: en donde el texto dice evolución debe leerse desarrollo (o subdesarrollo); y donde se describe al César como el hombre providencial debe leerse la corporación (partidista, de «sociedad civil», empresaria o militar, ad libitum). Poniendo en juego la misma lógica de justificación por la obra, por el hacer, por la construcción de nación que tiene su más perfecta expresión en el encumbramiento de las soluciones técnicas como vía para la armonía social (o la ilusión de armonía).

La ingeniería social o el cesarismo tecnocrático: tal es el sustrato ideológico básico sobre el que se tejen las representaciones de los males nacionales y su curación. La ideología común a gobierno y oposición se compone de la misma convicción de que gobernar es instituir, desde el Estado, la verdad técnica que preconiza incontestablemente ciertas acciones para «resolver» los problemas que técnicamente han sido diagnosticados. Se trata de la tiranía benevolente de la que habla Walzer en su Esferas de justicia: la tiranía del hipercontrol social que define cuáles son los bienes que están mal distribuidos en una sociedad y procura remediarlo, cuando se esperaría que al menos intentara preguntarse con qué criterio valora ciertos bienes y no otros.

Chávez utilizó, en sendas alocuciones el 2 y 3 de febrero, la imagen del gobernante como piloto que la etimología de la palabra conserva. Testimonio de que el Presidente está pensando en cómo precisar su modelo político, por cierto. Definió la política en términos reveladores: «La política es… ¿Saben ustedes lo que es la política? La política es… Tomar decisiones».

Además de confundir la política con gobernar y con mandar, lo singular es el hueso desnudo de la mentalidad tecnocrática: la política involucra tomar decisiones, por supuesto, pero no puede jamás reducirse a definirse así, porque precisamente la pregunta política es: ¿cómo, por qué y para quién se toman esas decisiones y no otras?

Las víctimas de ayer tapan a las de hoy[16]

Ya sea que estemos dominados por la decepción posmoderna, es decir, por el escepticismo que suscita la idea de progreso, o por la recuperación del mito sin tiempo histórico como forma de explicación social (auxiliados por las maniobras retóricas que cambian nombres, mueven fechas, sustituyen elencos y suspenden el tiempo para afirmar que el siglo XX no debió nunca ocurrir, o no ocurrió), parece haber un tácito acuerdo de interpretación del presente en este país: que la lógica del régimen se explica por ciclos de auge y caída, ciclos polibianos de corrupción y renacimiento, cuyo ritmo o frecuencia, cada vez más rápidos, se apresuran los encuestólogos a leer en las variaciones de la opinión.

La historia tiene forma de montaña rusa; y frente a ella, cada uno repite pavlovianamente su arco reflejo: algunas franjas de oposición, en vez de fracturar el destino fatal cambiando su mirada estratégica, se sepultan irreductiblemente en su mundo autista y antipolítico; el Gobierno, por su parte, arranca despavorido en otra huida hacia delante, articulando nuevos carromatos a la cansada locomotora del «todo tiempo pasado fue peor y date con una piedra en los dientes porque ahora te haya tocado Bolívar redivivo».

Las primeras encuentran en los signos del cansancio regimental unas señales de aliento, como si la lógica cíclica premiara su quietismo. En el análisis conductual es lo que llaman «conducta supersticiosa», y consiste en confundir contingencia con causa. Si se alimenta un animal a intervalos aleatorios, se advertirá cómo conserva en su repertorio las conductas más estrafalarias sólo porque su emisión ha coincidido con la administración del alimento. El animal «cree» que su conducta «provoca» el alimento y persistirá en ella. Bajo el manto de la convicción de que el país va entrando en una fase descendente, en una nueva crisis, dicha «oposición» borra igualmente de su memoria la improcedencia de sus ejecutorias y repite sus confusiones, poniendo en juego principios no negociables para enfrentar una situación coyuntural. El proceso electoral, es obvio, está «viciado», como viciada está toda nuestra lamentable vida, la de los 24 millones de personas que sobrevivimos en este siniestro experimento. Viciadas las calles llenas de miserias de todo tipo; viciados los rincones de cada tribunal, viciada la historia, viciada la confianza, viciado el futuro. ¿Qué duda cabe? Pero precisamente por eso, porque es absolutamente necesario preservar los principios y no ponerlos en juego frívolamente, es que hay que votar: para proteger cualquier resquicio de poder y de acción real que aun no se haya teñido de rojo. Unos principios que impulsan a quien los sostiene a no defenderlos políticamente no son buenos principios, definitivamente.

Increíble pero razonablemente, el Gobierno obedece a la misma lógica. Igualmente convencido de que la revolución retorna a su punto de partida (está escrito, es así como funcionan), intenta jugarretas para desplazar ese punto de partida una vez más. Profundiza, cómo no, la discrecionalidad de los repartos y multiplica los ceros a la derecha (las encuestas deberían preguntarle a la gente si sabe lo que significa un billón de bolívares; el dinero es cada vez más cuántico). Pero sobre todo borronea el pasado, todo pasado. El de la emancipación, el del federalismo, el del puntofijismo, y el suyo propio. La revolución no re-evolucionará porque nunca encontrará su origen; será inmortal. La muerte y la impunidad de hoy se empequeñecen y se embellecen inventando una guerra sucia que termina hermanando la lucha contra la guerrilla en los sesenta con el Plan Cóndor. Las víctimas de ayer tapan a las de hoy. Se entroniza al mártir de ayer para enaltecer las elecciones que su hijo organiza. Se escenifican regaños a los cortesanos, centuplicando los chivos expiatorios y licuando, paradójicamente, las responsabilidades. Se impide como sea que la memoria traicione y antes que la comparación entre el aterrador presente y cualquier pasado cuaje, se pervierte el significado de los términos: la democracia, de verdad, es ésta de ahora; los derechos humanos son los de ahora; la felicidad, es ésta de ahora.

Ciertamente, como decía el Don Juan de Carlos Castaneda, la muerte siempre está un metro a la izquierda. La crisis está ahí, acechante. Pero apenas será otro doloroso episodio más mientras los actores repitan el guión una y otra vez.