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No es difícil concebir la posibilidad en nuestros días de una tragedia como la que ocurrió hace más de 30 años en el restaurante Pozzetto de Bogotá. Puede que el despliegue violento de Campo Elías Delgado Morales se sienta añejo y hasta distante, pero en realidad es tan actual como nunca. Y es que la de nominada masacre de Pozzetto encapsuló diferentes formas de violencia: contra la mujer y contra el adulto mayor, el maltrato infantil, la violencia sexual y la violencia interpersonal. Reconocer este hecho es, a su vez, ingresar a un oscuro abismo.Nos adentraremos en el averno y poco a poco iremos descendiendo por los círculos del Infierno de Cam po Elías, sus miedos, frustraciones, pensamientos y anhelos, para redescubrir cada uno de sus crímenes, hasta llegar al último nivel, en donde se encuentra el núcleo absoluto de su actuar. Esta parte del viaje no se trata de una exploración del mal, cada círculo es una mirada a Campo Elías y sus acciones, sí, pero al mismo tiempo es una mirada a la violencia cotidiana que nos rodea y de la que, de un modo u otro, hacemos parte
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Seitenzahl: 283
Veröffentlichungsjahr: 2024
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LA MASACRE DE POZZETTO
© 2024, Edwin Orlando Olaya Molina
© 2024, Círculo de Lectores
© 2024, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, mayo de 2024
Edición
Cindy Lorena Roa Devia
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico y producción
David Reyes Navarro
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B - 70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
ISBN
978-958-08-0593-9
Impresión y encuadernación
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso del editor.
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Ante infierno
2024
Primer círculo: Ira
1934
“El incidente de la ventana”
Segundo círculo: Lujuria
1965
Madre e hija
Tercer círculo: Venganza
2002
Sangre y fuego
Cuarto círculo: Violencia
1886
“Muy pronto tendrá muchas noticias mías”
Quinto círculo: Envidia
1986
Desde el pozo
Purgatorio
Cielo
Proceso 1269
Bibliografía
Dedicatoria
A Dios por su bendición en el sendero de la siembra y la cosecha.
A mi madre, Gloria, por su constante apoyo e inmenso amor.
A mi padre, Carlos, allá en la eternidad.
¡ESTO ES UN ASALTO!
¡TODO EL MUNDO AL SUELO!
¡NADIE ME DEBE VER LA CARA!
¡USTEDES NO ME HAN VISTO
NUNCA!
¡ENTREGUEN EL EFECTIVO, NO QUIERO JOYAS!
¡EL EFECTIVO!
¡ESTO ES SOLO NEGOCIOS,
NO LES VA A PASAR NADA!
Acompañaban la proclama los disparos que retumbaban en el restaurante. Para algunos, las detonaciones, cual si fuera una carrera, los lanzaron a correr tan rápido y tan lejos como eran capaces. Unos cuantos alcanzaron en tiempo récord la calle, otros encontraron refugio en la cocina, en los baños, en la bodega, en el parqueadero y en el segundo piso. Para un grupo de comensales, el sonido de los disparos fue suficiente para anclarlos al suelo, ya fuera por el miedo, un sentido de valentía y de protección hacia los demás, o bien por la esperanza de que el hombre tomara el dinero y se fuera sin más.
El hombre del traje gris vociferaba, no tomaba el dinero que algunos le dejaban en el suelo o en la mesa. El hombre de gris solo les disparaba.
Una de las comensales que se había escondido en el baño y que se dio cuenta de lo que pasaba, sacó su teléfono y le envió un mensaje a su esposo: “Amor, están disparando. Cuida a los niños. Te amo”.
Un hombre desde el segundo piso le envió una nota de voz a su papá: “Viejo, hay un problema. Están atracando el restaurante. No se preocupe, todo va a estar bien. Cuando esto termine lo llamo”.
Desde la cocina, alguien atestiguó lo que ocurría. Desde su teléfono abrió Facebook y escribió en su muro: “Un tipo está disparando en el Pozzetto. Nos van a matar. Perdón por todo”.
No fueron los únicos mensajes que se enviaron esa noche.
Un joven que alcanzó la calle también sacó su teléfono y comenzó a grabar. El encuadre era irregular y los movimientos de la cámara eran extremos. El rostro del joven inundó la pantalla y su voz estridente narraba: “Estábamos comiendo en el Pozzetto. Hay un loco que está disparando ahí; nos pidió plata y sigue disparando. Manden ayuda. ¡Oigan, oigan cómo dispara! ¡Llamen a la policía, manden al ejército, a alguien!”. Pequeños corazones empezaron a subir por la pantalla y el número de personas que seguían la transmisión aumentó.
Los anuncios de última hora interrumpieron la cotidianidad televisiva. Los periodistas no tardaron en llegar. Desde una esquina, entre un poste y la camioneta del canal, la periodista describía en tiempo real lo que ocurría, mientras que de forma inconsciente agachaba la cabeza luego de cada disparo que se escuchaba. El camarógrafo se esmeraba por conservar el encuadre para la nota, en tanto lanzaba miradas por encima y alrededor de su compañera para encontrar un mejor ángulo para la grabación.
—Así es, estamos a pocos metros del restaurante Pozzetto, lugar en donde, según los testigos, se está desarrollando un asalto. Tenemos aquí con nosotros a una de las personas que estaba adentro. Señor, ¿cuál es su nombre?
—José.
—Don José, ¿qué es lo que está pasando?
—Un tipo ahí que empezó a disparar. Yo alcancé a salir, pero unos amigos están dentro. Yo sí lo alcancé a ver, yo estaba ahí, cerquitica de él. Está con un vestido como gris.
—Gracias, don José —dijo la periodista al tiempo que giraba su cuerpo—. Señor, señor, ¿cuál es su nombre?
—Mi nombre es Pedro.
—Don Pedro, cuéntenos, ¿cuál es la situación que se está presentando en el restaurante?
—Pues que entró un tipo al restaurante, todos estábamos comiendo tranquilos, bien. Entonces llegó ese tipo y empezó a pedir plata y luego empezó a disparar. Los clientes salimos corriendo, pero todavía hay mucha gente adentro, pero, mire, la policía no hace nada, están ahí quietos.
—Don Pedro, gracias. En efecto, unidades de la policía ya hicieron presencia en el lugar. Algunos efectivos han hecho uso de un megáfono para pedirle al hombre que detenga el tiroteo. Por ahora, se vive una tensa calma. No sabemos con exactitud lo que está ocurriendo. Aún se desconoce el móvil de este hecho. Según lo que nos han dicho algunas de las personas que salieron del restaurante, el individuo solo pidió dinero, pero no ha hecho ninguna otra exigencia. Se desconoce si esta situación pueda estar relacionada con delincuencia común o retaliaciones entre bandas criminales. Esta es una noticia en desarrollo que seguiremos cubriend…
—¡¡Al suelo, al suelo!!
La transmisión de Instagram enfocaba desde el suelo el frente del restaurante. Las luces adentro dejaban ver por momentos los fugaces movimientos de una sombra. El en vivo ya mostraba miles de personas conectadas y los mensajes no dejaban de subir por la pantalla:
“Eres un duro por cubrir ese tiroteo, es como en Estados Unidos”.
“A eso es que estamos, sujetos con este gobierno permisivo”.
“Dios, bendice a esas personas. No permitas que nada les pase”.
“La policía como siempre mamando gallo, bala es que hay que darle a ese tipo”.
“Fijo la pasta no estaba al dente y el vino era de cajita”.
“Váyase de ahí. Irresponsable”.
“Qué horror, Qué impotencia, pobre gente”.
“Ese es un buen shot de adrenalina”.
“Ahí tienen su seguridad. En definitiva la alcaldía no sirvió para nada”.
“Hay locos por todo lado y más en este país. Ese es otro asesino en serie”.
“Ahí si no mandan al ESMAD”.
—¡¡Al suelo, al suelo!!
La transmisión mostró un brusco movimiento y el cielo fue el protagonista. El sonido de disparos fue todo lo que se escuchó. El improvisado Instagramer impuso su voz al tronido de fondo para contar que desde Pozzetto estaban disparando hacia la calle y que la policía había ordenado tirarse al suelo al tiempo que respondían el fuego hacia el restaurante. Los gritos de quienes estaban en la calle no se hicieron esperar: “¡No disparen, no disparen!”, “¡Los van a matar!”, “¡Mamita, noooo!”, “¡Maten ya a ese hijueputa!”.
Días después, uno de los vecinos del sector reconocería a un periodista que estaba tan concentrado viendo una película en Netflix que pensó que las detonaciones no eran más que la pólvora decembrina.
Facebook y, en especial X (antaño Twitter), se llenaron con fotos y videos del restaurante, algunas publicaciones mostraban escenas de otros países y de eventos similares. Los mensajes de solidaridad, oraciones y buenos deseos, no faltaron. Las etiquetas #Pozzetto y #ayudaenpozzetto pronto se convirtieron en tendencia.
Tanto en X, como en su contraparte, Threads, psicólogos, psiquiatras, analistas de seguridad y perfiladores criminales —algunos de los cuales aparecerían como expertos en las emisiones de la mañana y mediodía de noticieros y programas de radio— describían en extensos hilos las similitudes de lo que pasaba con incidentes parecidos en Estados Unidos; sobre el fenómeno de los mass murder y los spree killer; otros hicieron un llamado para centrar esfuerzos en la fragilidad de la salud mental pospandemia; unos cuantos apelaban a la necesidad del control de armas y algunos se enfocaron en criticar la escasez de pie de fuerza policial y más aún de personal entrenado para este tipo de situaciones.
Esa noche, 4 de diciembre, el viento frío recorrió las calles. La periodista aferró con fuerza el micrófono y se dirigió a la cámara:
—Sí, sí, seguimos aquí en el lugar de la noticia. Es una noche dramática para los bogotanos. Este lamentable suceso enluta la temporada de diciembre y se suma al hallazgo de varios cuerpos en un edificio en llamas en el sector de Chapinero. Hace unos instantes la policía rodeó e ingresó al restaurante, y escuchamos un nutrido intercambio de disparos. Una fuente de la policía nos informó que la situación ya fue controlada y que el responsable del tiroteo fue dado de baja. Como vemos, al fondo los heridos están siendo retirados en ambulancias, algunos han sido trasladados en vehículos particulares y patrullas a los diferentes centros asistenciales más cercanos. Nos dicen que hay varias víctimas fatales, por lo que se está en espera de que la Fiscalía llegue al sitio para el levantamiento de los cuerpos sin vida. Será precisamente labor de la Fiscalía establecer la identidad del responsable, quien al parecer respondía al nombre de Campo Elías Delgado Morales, así como los móviles de este trágico suceso. Por lo pronto, seguiremos atentos a esta noticia para mantenerlos informados; sigan ustedes en estudio.
***
Por desgracia, no es difícil concebir la posibilidad en nuestros días de una tragedia como la que ocurrió hace más de 30 años en Bogotá. Puede que el despliegue violento de Campo Elías Delgado Morales se sienta añejo y hasta distante, pero en realidad es tan actual como nunca. Y es que la denominada masacre de Pozzetto encapsuló diferentes formas de violencia: contra la mujer y contra el adulto mayor, el maltrato infantil, la violencia sexual y la violencia interpersonal. Reconocer este hecho es, a su vez, ingresar a un oscuro abismo.
Por esta imagen del abismo, he tomado prestada la genialidad de Dante Alighieri en su Divina Comedia para darle una estructura a este recorrido. Nos adentraremos en el averno y poco a poco iremos descendiendo por los círculos del Infierno de Campo Elías, sus miedos, frustraciones, pensamientos y anhelos, para redescubrir cada uno de sus crímenes, hasta llegar al último nivel, en donde se encuentra el núcleo absoluto de su actuar. Esta parte del viaje no se trata de una exploración del mal, cada círculo es una mirada a Campo Elías y sus acciones, sí, pero al mismo tiempo es una mirada a la violencia cotidiana que nos rodea y de la que, de un modo u otro, hacemos parte. Al final del recorrido, tendremos un breve paso por el Purgatorio y, después de todo, llegaremos al Paraíso. Tras haber dedicado más de 15 años a analizar, revisar y reflexionar sobre este caso apoyándome en los saberes de la perfilación criminológica, la psicología, las ciencias forenses y la exploración de abismos más y menos oscuros que el de Campo Elías Delgado, confío en ser un guía competente para ti que has decidido emprender esta travesía, de por sí compleja y dramática.
***
Este viaje tiene que ver con el impacto, la magnitud y la complejidad de lo sucedido. Por esa razón, acudí no solo a notas periodísticas y su subsecuente proceso de filtrado, sino también al estudio del Proceso 1269, un bloque de papel con centenares de páginas, que me permitió abordar el caso desde la evidencia, y del que puedes conocer un fragmento significativo en el anexo que encuentras al final de este libro. Gracias a los informes periciales, las declaraciones, las fotografías, los planos, además de los relatos de personas cercanas a lo que pasó —y que me han confiado sus experiencias y saberes a cambio del beneficio del anonimato—, el recorrido que vas a realizar está sustentado en certezas, con lo que espero que podamos encarar y desechar los mitos y leyendas que acompañan este caso.
La masacre de Pozzetto dejó profundas heridas, cicatrices incluso, y algunas son sensibles y dolorosas. Por ello he decidido cambiar e incluso omitir algunos nombres o ubicaciones como un acto de respeto a la vida, memoria e intimidad de los sobrevivientes, las víctimas y sus familiares.
***
“Entonces, ¿para qué recuerda la gente? ¿Para restablecer la verdad? ¿La justicia? ¿Para liberarse y olvidar? ¿Porque comprenden que han participado en un acontecimiento grandioso? ¿O porque buscan en el pasado alguna protección? Y todo eso, a sabiendas de que los recuerdos son algo frágil, efímero; no se trata de conocimientos precisos, sino de conjeturas sobre uno mismo”.
Svetlana Alexiévich.Voces de Chernóbil.
Campo Elías está en la fila. Odia estar quieto. Odia la burocracia colombiana. Odia la lentitud de la gente. Mira al frente y nota que ya están a punto de llamarlo. Con un resoplido, avanza cuando el cajero lanza un monocorde “Siguiente”, acompañado del gesto de la mano para que se acerque.
Tras la ventanilla, Campo Elías saluda con su habitual tono seco y le informa al empleado del banco que desea saldar su cuenta de ahorros, la misma que tiene desde 1981, y enseguida le da el número 4352354. El cajero le invita reconsiderar su decisión y le recuerda los beneficios que la entidad bancaría le puede ofrecer. El cliente lo mira fijo, al tiempo que su voz se endurece un poco más, y repite su pequeña proclama: La quiero cerrar, necesito mi dinero.
La suma asciende a 49.896,93 pesos. No puede evitar evocar algunas imágenes de su vida en el ejército. Esa fue otra vida, piensa. Suspira y firma los formularios que le acaba de entregar el cajero. 49.896,93 pesos. Una parte de esa suma es lo que le queda de su pensión de veterano. El cajero se inclina, toma varios billetes y monedas, los cuenta, los vuelve a contar y los pone delante del cliente.
Campo Elías se toma su tiempo. Cuenta primero los billetes, luego las monedas. Los ordena de menor a mayor y vuelve y cuenta. Entonces levanta la voz mientras da un par de golpes secos a la ventanilla. Le exige al cajero que le entregue todo su dinero. El empleado se azora. En un primer momento no entiende el reclamo, piensa en la posibilidad de haber contado mal y la sangre sube a su rostro. Pocas cosas superan la vergüenza del error numérico en un banco.
Al ver la confusión en el rostro del cajero, le aclara la situación: “Me falta plata. Mire lo que me dio. Faltan centavos”. La vergüenza hizo tránsito al enfado. Tomando una gran bocanada de aire, el cajero le explica al cliente que no es posible darle la suma exacta, hay monedas que ya están descontinuadas, así que tuvo que redondear la cifra. Enseguida le ofrece disculpas por la incomodidad.
En la cabeza de Campo Elías el cajero se ve minúsculo, un pobre diablo que cree que puede hacer lo que se le da la gana, qué bueno sería darle una lección… No, no es el momento ni el lugar. “Estoy pidiendo la totalidad de mi dinero. No me interesan redondeos. Ni les voy a dejar mi dinero ni les voy a quedar debiendo, así que aquí espero”. El empleado del banco no puede creerlo, ¡qué tipo tan loco! Se queda mirándolo entre sorprendido, molesto y avergonzado. Sus compañeros se fijan en él y nota una sonrisa socarrona en uno de ellos. “El cliente siempre tiene la razón”, se dice a sí mismo. “Permítame, voy a verificar qué podemos hacer”, le dice a su extraño cliente, mientras este permanece en silencio.
Habla con sus compañeros, rebusca en los escritorios, en las cajas, en los rincones más insospechados del banco, hasta que por fin encuentra el metálico necesario para completar los centavos que estaban faltando. El cajero le ofrece nuevas disculpas al cliente mientras este vuelve a contar el dinero. Después del escándalo solo responde con un seco “Gracias”, junto con una mirada cargada de desprecio, para luego darle la espalda y salir sin más del banco.
Días después, durante una entrevista periodística, el cajero recordaría el incidente de los centavos y a ese señor de más o menos de 170 cm, vestido con camiseta, blue jeans y zapatillas. Era el mismo de Pozzetto.
***
Campo Elías sale del Banco de Bogotá, ubicado en la carrera 13 con calle 61. Siente el sol brillante y picante, típico de diciembre. También siente orgullo, la satisfacción de exigir lo que le pertenecía y haberlo obtenido. Por algo se empezaba y todo iba bien. En su bolsillo tenía el dinero y en su cabeza mil ideas.
Camina hacia el Parque de Lourdes, cada tanto mira por encima de su hombro para fijarse quién está detrás de él. Era un viejo hábito que no pretendía eliminar y que le había salvado la vida en más de una ocasión. Con pasos enérgicos se sumerge en la multitud hasta mimetizarse, a sabiendas de que nadie a su alrededor está a su nivel, nadie será como él.
“Ese muchacho es inteligente. Le falta vivir, pero es pilo”, piensa Campo Elías al recordar al estudiante de literatura con quien ha estado hablando y que le ha prestado material para su proyecto. Su mente viaja del estudiante a Edgar Allan Poe, al increíble talento del escritor para crear personajes complejos como la vida misma, personajes heridos, anómalos, reales, únicos y especiales. En su corazón se asienta la admiración y una espina de envidia.
Tan absorto está en sus pensamientos que apenas se detiene ante el semáforo. De pronto, percibe un aroma desagradable. Se gira y a su lado ve a un sujeto con apariencia descuidada, sucio, que le extiende una mano en espera de que le regale una moneda. Por un instante, su mirada se enturbia, el puño derecho se consume en sí mismo y deja ver las marcas blancas en los nudillos. Por un instante, el deseo de romperle la sucia cara se vuelve placentero. “No hay”, es lo único que le responde al tiempo que cruza la calle cuando el semáforo cambia a verde.
Sabe que algo está pasando y desea que pase. Algo ha cambiado dentro de él. Sabe que ha llegado al límite. En su interior, el miedo y la excitación se mueven en una danza que lo abruma tanto como lo insta a actuar. Se detiene frente al edificio donde vive con esa señora. Mira hacia arriba, hacia el cuarto piso, luego mira a su izquierda, en donde han pegado anuncios de una obra de teatro: Bodas de Sangre. El día da paso a la noche. Día y noche, dijo el estudiante cuando se sentaron a hablar de Jekyll y Hyde. Sabe que él es luz y oscuridad. Cierra los ojos y respira profundo antes de abrir la puerta del edificio. Adentro la penumbra se acentúa y poco a poco comienza a subir las escaleras hasta el cuarto piso.
El 16 de febrero de 1925, el presidente colombiano Pedro Nel Ospina, mediante la Ley 28 de 1925, ordenó la creación de la “fiesta nacional de la Madre”, la cual debería celebrarse “el segundo domingo de mayo”.
Los gritos y quejidos llenaron una de las casas del municipio de Durania en Norte de Santander. Afuera, amparado por la noche estrellada de la luna nueva, Elías Delgado Calle esperaba con ansias. El llanto de un bebé resonó desde el interior de la casa y momentos después salió la partera con la noticia tan anhelada: era un varoncito. Elías, un hombre reconocido por su carácter fuerte y recio, no pudo evitar sonreír al tiempo que hinchaba su pecho como una muestra de orgullo y hombría.
Rita Elisa, a sus veinte años, estaba agotada y adolorida por el parto, pero no por ello dejaba de abrazar al bebé mientras jugueteaba con los dedos del pequeño. “Está grande”, pensó Elías, parado en el marco de la puerta, “es igual que su papá”. Entonces alzó la voz y dijo tanto para sí como para quien lo quisiera escuchar: “Se va a llamar Campo Elías”. Su esposa levantó la mirada, lanzó un profundo suspiro y asintió para dar por sentado que había recibido el mensaje. Rita inclinó la cabeza para perderse en los detalles de la carita arrugada de su hijo, la sangre de su sangre, la razón por la cual, desde ese lunes festivo, 14 de mayo de 1934, día de la ascensión, tendría motivos más que suficientes para celebrar la fiesta de la madre.
La noticia corrió por las calles de Durania y no era para menos. Elías Delgado no era un ciudadano cualquiera, era un reconocido líder cívico que se había granjeado un buen nombre, el reconocimiento y aprecio de la comunidad. A su casa y en las calles no faltaron las felicitaciones por la llegada del primogénito y las saludes a la mamá, todo a lo cual Elías respondía con un ligero asentimiento de la cabeza y, en el mejor de los casos, con un gracias. Cuando Rita estuvo en condiciones, la familia fue a registrar al niño en la notaría, acompañados, como es el rigor, de los respectivos testigos del trámite civil.
Durania debe su nombre al general Justo Leonidas Durán, un notorio revolucionario liberal que luchó en varias guerras de la última parte del siglo XIX. En honor al general también se bautizó el parque central en donde se hallaba un majestuoso árbol de samán, cuya forma de paraguas y sus más de 25 metros de altura lo convirtieron en el orgullo de los lugareños. Ese árbol es el que algunos, forzando la bruma del paso del tiempo y de la memoria, recuerdan como el árbol de la discordia para Elías Delgado.
El compromiso de Elías con la comunidad, la confianza de esta y una que otra gestión política le concedieron a Elías el cargo de personero municipal, así como de presidente de la junta de embellecimiento del municipio. Todo iba bien hasta que Elías consideró que había que cortar el samán. De seguro tuvo sus razones lógicas y sensatas, pero esta postura fue leída por los lugareños como una afrenta no solo contra el municipio, sino también contra la memoria de su héroe local, el general Durán, y, claro, contra el partido liberal.
Para la familia Delgado Morales, Durania había sido su hogar enmarcado con el paisaje y el aroma del café, pero ahora se sentía como un barril de pólvora a punto de estallar; la ira se extendió por las calles. Hubo quienes se acercaron a Elías y le hicieron saber los rumores del pueblo, las voces acerca de su infidelidad con el partido, cosa que en la época del enfrentamiento partidista manifiesto y violento no auguraba nada bueno. Hubo quienes miraron de reojo, otros dibujaron en su rostro una sonrisa despectiva y algunos más se dedicaron al cuchilleo el día en que vieron a Elías Delgado y a su familia, cargando con sus ahorros y las cosas que podían cargar, irse del que fuera su hogar, dejando atrás sus memorias, sus vínculos y afectos, eso sí, con la esperanza de encontrar seguridad y tranquilidad, en resumen, una vida mejor.
Bucaramanga, la ciudad de los parques, fue su destino. A decenas y decenas de kilómetros, la familia Delgado Morales confió en dejar atrás el peligro de la violencia partidista. Los años pasaron y Rita Elisa seguía fiel a su designio cultural: cuidar la casa y cuidar a los hijos. Campo Elías con el tiempo se destacó en el colegio como un estudiante ejemplar, dedicado y de buenas costumbres. Don Elías, pues ya los años se habían acumulado en su calendario de vida, se convirtió en un prestigioso y respetado hombre de negocios, dueño de un almacén de pinturas y del bar El Nevado, en donde su cercanía con el alcohol aumentó.
Aunque Elías Delgado era reconocido por su honestidad y responsabilidad con las obligaciones de su hogar, el concepto cambiaba cuando el alcohol estaba de por medio. Bajo el efecto del licor, Elías se convertía en el martirio de su familia: las agresiones físicas y psicológicas no faltaban, en especial en contra de su esposa, mientras que sus hijos se convertían en testigos y víctimas silentes de una violencia privada, totalmente diferente a aquella que los sacó de Durania.
Los grilletes de la razón y la respetabilidad cedían ante el poder desinhibidor del licor, y aquellas ideas y creencias arraigadas acerca del valor de la mujer, sus capacidades, su rol y su lugar, surgían con encadenados estallidos de violencia. El machismo, muy de su tiempo, pero no por ello menos actual, era la pieza estructural que definía la relación de poder-sumisión, de derechos-deberes entre hombres y mujeres, y tanto Elías como Rita hacían parte de esa estructura.
Sumado a lo que ocurría en las calles y en las veredas sobre los ataques entre fieles seguidores liberales y conservadores, la casa de la familia Delgado se convirtió, por cuenta de Elías, en un microcosmos de agresiones sustentadas en relaciones de desigualdad en las que el golpe o el grito eran las formas adecuadas de imponer la disciplina y corregir aquello que el hombre de la casa estimaba había que corregir.
Rita fue aprendiendo, a fuerza de observación y de pura supervivencia, el valor de la quietud y de la huida. Sus hijos, en especial Campo Elías, aguantaban, resistían y, sin advertirlo, transformaban la manera en que veían y entendían el mundo por cuenta de esa violencia propia y ajena, todo ello sin contar con el impacto de lo que sucedería después y de la decisión de su padre.
Esa tarde de abril de 1948, la droguería no fue santuario suficiente para esconderse de la masa humana que iba tras él. Una vez vencida la reja que lo mantenía a distancia, la turba devoró al hombrecillo y cada insulto, puñetazo, patada y puñalada, fue parte de una dolorosa digestión motivada por la frustración. Era la venganza enmascarada con el rostro de la justicia.
En segundos, la bestia vomitó el cuerpo del hombrecillo. Un despojo maltrecho, estrangulado con corbatas, fracturado y casi desnudo, que fue arrastrado por las calles hasta la reja de la casa presidencial, en donde lo amarraron como una proclama. Allí quedó el cadáver de Juan Roa Sierra, a quien la turba acusó, juzgó y condenó, en un expedito y brutal proceso, como el responsable de disparar con un revólver calibre 32 en contra de Jorge Eliecer Gaitán: la Voz, el Jefe; el hombre que no era un hombre sino un pueblo, y que prometía ser el cambio que centenares de ciudadanos esperaban. El 9 de abril de 1948, con ambas muertes, se abrió un ánfora de Pandora de la que surgió una sombra de violencia multiforme que llevó a la confrontación entre partidos a niveles de crueldad desconocidos hasta ese momento.
Pese a que se ha documentado que el periodo de La Violencia comenzó en 1946, fue desde la muerte de Gaitán que arreció y la ira se convirtió en un peligroso virus para el cual no hubo vacuna que impidiera el contagio. Casas, veredas, caminos de trocha, ríos, lomas, cultivos, o donde fuera, se convirtieron en el lugar adecuado para expresar el odio en grotescas formas para destruir al otro. En Colombia se extendió la ira. La premisa era acabar con el otro, ya fuera azul, rojo o blanco o negro o café o del color que fuera. La sangre de miles corrió por cuenta de ejercicios brutales y básicos de violencia, o de sádicos y morbosamente creativos, como lo fue el corte de corbata, llamado así porque a la víctima se le hacía un corte profundo en el cuello y a través de la herida abierta se le extraía la lengua que quedaba colgando. La muerte, las masacres, la tortura no dejan de ser actos de pura imaginación.
Colombia había cambiado, la realidad había cambiado. Nadie que esté, de forma directa o indirecta, en un conflicto de tal magnitud permanece igual, menos aún si lleva sobre sí el peso de sus propias cargas. En 1949, Elías Delgado recorrió bajo el amparo de la noche las calles de Bucaramanga. Sumido en sus pensamientos y en el alcohol, intentó sin éxito entrar al cementerio, y al no lograrlo, se sentó en las gradas de la puerta principal. Cuentan que eran las cinco de la mañana cuando el disparo resonó y la sangre empezó a fluir de la sien derecha del hombre. Cuentan, también, que antes de ir al cementerio, Elías había dicho que se iba “a visitar a los muertos”. La noticia no tardó en llegar a la casa de los Delgado, de donde un muchacho de catorce años salió corriendo hasta el cementerio. Cuentan que fue el primero en salir corriendo y que fue uno de los primeros en ver lo que había hecho su papá.
El suicidio, aún en nuestros días, pese a las políticas públicas, la investigación científica y los millones de publicaciones en torno a su prevención, todavía conserva el halo de tabú. Para 1949, el tabú y el estigma era inmenso, sobre todo porque el conocimiento sobre el funcionamiento mental y la complejidad del suicidio eran nulos, y lo que prevalecía era la religión y la sentencia del catecismo de la fe católica:
“Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. (…) Somos administradores y no propietarios de la vida que Dios nos ha confiado. No disponemos de ella. (…) El suicidio es contrario al amor de Dios vivo”.
Rita, la mujer un tanto apocada que su esposo había construido, tuvo que sacar fuerzas de la flaqueza y enfrentar su realidad. Las consecuencias de las acciones de Elías Delgado no se hicieron esperar. Por un lado, estaba el efecto emocional sobre sus hijos, Campo Elías se debatía entre el dolor de la pérdida, el descanso por la pérdida y la prohibición de expresar la tormenta que vivía. Los hombres no lloran, le había dicho su papá. Rita se enfrentaba a una fortaleza que difícilmente podría derribar para llegar a su hijo y, tal vez creyendo que ayudaba a su consuelo, acudió a una de las máximas de su esposo cuando este le hablaba al muchacho: usted es el hombre de la casa.
Por otro lado, la mujer de la casa, a sus treinta y cinco años, tuvo que hacer frente al estigma social y la vergüenza de tener a un suicida en su familia, además de resolver el problema relacionado con la prohibición de sepultar el cuerpo de un suicida en un camposanto. No es muy aventurado conjeturar que Rita acudió a los servicios de los cementerios privados para cumplir con el rito de despedida, claro, a un costo especial dadas las circunstancias.
Tras lo ocurrido, los rumores corrieron como pólvora encendida: “Eso fue por una crisis nerviosa, alma bendita”, “lo que pasó es que estaba borracho”, “Don Elías se suicidó —se persigna— porque tenía el patas metido”. Pero hubo un rumor que encendió el escarnio y la imaginación pública, un rumor machista, carente de verdad y cuya naturaleza virulenta y procaz convirtió a Rita Elisa en el chivo expiatorio sin razón alguna y sin derecho a la defensa: “Eso fue que el viejo no aguantó que la mujer le fuera infiel”. En la mente del adolescente los comentarios fueron palabras escritas sobre piedra. Esa señora tenía la culpa. La brecha entre madre e hijo había quedado instaurada. Con todo, Rita Elisa Morales de Delgado debió asumir el control de todo, manejar y enfrentar la nueva normalidad en su dinámica familiar, mientras que Campo Elías Delgado Morales, el hijo de su padre y de su madre, hijo de su país, tuvo que asumir a fuerza el rol del hombre de la casa. Pero no tardaría en sentir que necesitaba un nuevo camino, uno en el que su vida diera un giro, uno donde pudiera respirar, alejarse, librarse de su familia, quizás de paso huir y, sobre todo, revelarse a sí mismo.
La radio suena y la voz nasal de Guillermo Buitrago le pide a su negrita que si la noche está lluviosa no lo espere. Es la música de Navidad en Colombia y doña Rita tararea un poco mientras las agujas de tejer suben, bajan, giran y repiten el patrón. En su cabeza no importa si se trata de una puntada de rombos, espigas, trenzas o de guarnizo, tejer es algo que las manos de la mujer hacen de forma natural.
Concentrada en las notas musicales, en sus recuerdos y en su tarea, escucha a lo lejos el ruido de unas llaves. Ya llegó, piensa. Su cerebro es fiel a la supervivencia y dispara la alarma, la sensación de amenaza es intensa y el miedo recorre todo su cuerpo. Le duelen las piernas y se siente como en otras ocasiones: como un animal acorralado.
Una y otra vez. Así ha sido su historia junto a su hijo. Casi igual que con su esposo. Casi. Ahora los golpes provienen una y otra vez de su propio hijo. Doña Rita frunce un poco el ceño al pensar que su hijo debería respetarla, pero ¿qué más podía hacer? Lo mismo que ha hecho siempre: aguantar el maltrato, tragarse la tristeza y la frustración, y huir y callar, así como callan respetuosamente los vecinos que se han percatado de lo que pasa con su hijo. El sonido de las llaves en la cerradura es la señal suficiente para levantarse y cerrar la puerta de su habitación.
Campo Elías entra al apartamento, avanza unos pasos y gira a la derecha para entrar en su cuarto. Se sienta en el borde de su cama con los antebrazos robustos apoyados en sus muslos. Tiene el tronco inclinado hacia adelante, como si cargara con un gran peso. Levanta la cabeza y mira a la pared, ahí están sus diplomas, el vestigio de lo que fue en otra época. Se pierde un momento en sus memorias hasta que algo lo trae al presente. Esa señora, que le tocó por mamá, acaba de salir de su habitación.
