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Greco Hernández, autor de dos libros de ciencia publicados por Siglo XXI, ahora nos entrega La noche interminable, sobre el movimiento estudiantil, alejado de líderes y protagonistas reconocidos. Si acaso aparece José Revueltas. Su 68 es el del lumpen, el de patio de vecindad, el de Tepito, uno de los barrios populares más peligrosos de México. Greco logra lo que muy pocos consiguen: una historia en que los únicos héroes son los siete hermanos, su madre y su padre, una familia mexicana humilde dispuesta a jugársela con los muchachos. Su recompensa aunque sus padres no la vivan es la extraordinaria vocación científica de este hijo biólogo, quien después de la unam, obtiene su Doctorado en Ciencias en Madrid y se vuelve investigador posdoctoral en el Instituto Max Planck de Biofísica Química en Göttingen, Alemania, e investigador en la Universidad McGill en Montreal. Con los años, regresó al país a trabajar como investigador en el Instituto Nacional de Cancerología. Elena Poniatowska
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Veröffentlichungsjahr: 2018
ÍNDICE
PRESENTACIÓN, por JAIME LABASTIDA
PRÓLOGO
AGRADECIMIENTOS
1. ¡ESTÁN MATANDO A LOS ESTUDIANTES!
EL PAÍS DEL NUNCA JAMÁS; UNA MAREA QUE CRECÍA; “NO ENCONTRAMOS A CUTBERTO”
2. NUNCA PENSÉ QUE FUERA A SER ASÍ
UN CARRO LLENO DE VOLANTES; HOYOS FUNKY, PATAS DE ELEFANTE Y CAMISAS DE TERLENKA; AÑOS DESPUÉS
3. EL PRESO NÚMERO 535
EL NIETO DEL AHUIZOTE; 2 DE OCTUBRE DE 1968; “CONSÍGUEME UN PEDAZO DE PAPEL”; “AQUÍ ESTAMOS”; VIAJE A NICARAGUA
4. ¡TIENEN ORDEN DE TIRAR A MATAR!
EL ADENTRO Y EL AFUERA; LA TARDE Y LA NOCHE ACIAGAS; LA BÚSQUEDA; EL SÍMBOLO SANGRANTE; LO QUE SIGUIÓ
5. NOS IBAN A ESCONDER EN UN PUEBLITO DE OAXACA
PREGUNTAS SIN RESPUESTAS; BALAS EN NUESTRO PATIO; HEMORRAGIAS TERRIBLES
6. DORMÍAMOS ESCONDIDOS DEBAJO DE LA CAMA
UN MIEDO QUE ENFRIABA LOS HUESOS; EL ESCUADRÓN DE LA MUERTE; “SALÍ DE MI GUARIDA”
7. “UNA PALOMITA BLANCA Y LIGERA”
UN RUIDO ATRONADOR; UN RADIO MEDIANITO Y ROJO
historia inmediata
LA NOCHE INTERMINABLE
Tlatelolco 2/10/68
por
GRECO HERNÁNDEZ RAMÍREZ
siglo xxi editores, méxicoCERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310 MÉXICO, DFwww.sigloxxieditores.com.mx
siglo xxi editores, argentinaGUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINAwww.sigloxxieditores.com.ar
anthropos editorialLEPANT 241-243, 08013 BARCELONA, ESPAÑAwww.anthropos-editorial.com
F1235 H47
2018 Hernández Ramírez, Greco
La noche interminable : Tlatelolco 2/10/68 / Greco Hernández Ramírez. —
Cd. de México: Siglo Veintiuno Editores, 2018.
1 recurso digital – (Historia inmediata)
e-ISBN: 978-607-03-0922-9
1. Masacre de Tlatelolco, Ciudad de México, 1968
2. Movimientos estudiantiles – México – Historia – Siglo XX
3. Manifestaciones estudiantiles – México – Tlatelolco
4. México – Política y gobierno – 1946-1970. I. t. II. ser
primera edición, 2018
© siglo xxi editores, s.a. de c.v.
e-ISBN: 978-607-03-0922-9
derechos reservados conforme a la ley
PRESENTACIÓN
El 2 de octubre de 1968 es la culminación de una serie de actos represivos en contra de la cultura realizados por el gobierno de Díaz Ordaz.
Repasemos brevemente los hechos (hechos que nadie debe ignorar):
En 1965, intromisión en la Universidad Nacional Autónoma de México para obligar a renunciar al rector Ignacio Chávez. En el mismo año de 1965 ataque despiadado contra Arnaldo Orfila Reynal, director del Fondo de Cultura Económica para lograr su destitución.
En 1966 invasión armada del ejército en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo; la acción fue dirigida por el general José Hernández Toledo.
En 1967 ocupación de la Universidad Autónoma de Sonora por el ejército; acción que también dirigió el general Hernández Toledo.
Estos hechos culminaron en la noche interminable del 2 de octubre de 1968. El libro de Greco Hernández Ramírez recrea todo el ambiente íntimo de su propia familia. La narración, hecha con un tono lleno de viveza, nos muestra cómo una familia humilde pudo involucrarse en los acontecimientos y de qué manera vivió esa tragedia. Es un testimonio insustituible, realizado con pasión e inteligencia.
JAIME LABASTIDA
Dedico este testimonio a mi hermano Cutberto,
a mi madre y a mi padre, quienes creyeron
en la construcción de un mejor país y por ello,
junto con otras miles de personas,
forjaron con auténtica pasión aquel movimiento.
También se lo dedico a todas las personas
que murieron el 2 de octubre de 1968.
PRÓLOGO
Corría el año 1999 y vivía yo en Alemania. Amanecía un 2 de octubre y al despertar, recordé que ese día se celebraba un aniversario más del movimiento estudiantil y social que originaría una fecha crucial en la historia moderna de México, quizá la más emblemática de todas en cuanto a lucha social se refiere: el 2 de octubre de 1968. Ese día, después de una maraña de meses convulsos, el pueblo sufrió uno de los mayores agravios que registra la historia contemporánea por parte del Estado mexicano. Aquella histórica tarde, mi hermano mayor asistió al mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga en la Plaza de Tlatelolco y sobrevivió a la masacre allí perpetrada por el gobierno.
Año tras año, cuando llegaba esta fecha, me venía una sensación que luego se iba otra vez; una chispita de lumbre provocada por algunos recuerdos que al cabo de un rato se desvanecía pero que, al año siguiente, obsesiva y recurrente, volvía a regresar para luego irse nuevamente. Con el paso de los lustros, mi convencimiento de escribir lo que vivió mi familia aquella noche infausta y los días de esa época ha ido creciendo; como cuando uno se detiene en la orilla del mar y una espuma tibia moja tus pies que, con el caer de la tarde y con el ir y venir de las olas, se torna agua fría que poco a poco crece hasta acabar siendo una ola.
Aquella mañana del 2 de octubre de 1999, de nuevo recordé que durante muchos años, diría que a lo largo de toda mi infancia, había hojeado una y otra vez perplejo las interminables fotografías en blanco y negro de la histórica revista política fundada y dirigida por el periodista Renato Rodríguez Menéndez titulada por qué?, cuyos ejemplares siempre estaban presentes en mi casa. Esa revista de denuncia que, a lo largo de muchos números, mostraba en blanco y negro larguísimas filas de estudiantes detenidos la noche del 2 de octubre de 1968 en la Plaza de Tlatelolco o durante otras protestas a lo ancho de la ciudad; cientos de jóvenes con la mirada aterrorizada y la esperanza atenazada, de pie y con los brazos en la cabeza contra una pared de piedra y muy alta que, después supe, era la iglesia de aquella plaza. Detrás de ellos, soldados apuntándoles con bayonetas o golpeándolos. Otras fotos mostraban en el piso personas sangrando, mutiladas, asesinadas. Y otras más a decenas de estudiantes siendo subidos a las “julias” o “perreras”, como se les llamaba en aquella época a las camionetas policiacas destinadas a las detenciones durante los disturbios callejeros. La tarde y la noche del 2 de octubre de 1968, el Estado mexicano saldría de su cloaca con su faz verdadera para bramar su maldad y descuartizar alevosamente a su prole.
Por muchos años, mi madre me contó que cuando era niña vivía en la colonia Guerrero, a principios de los años treinta y que, por horas y horas, se iba a jugar al jardín de Santiago en Tlatelolco. Me contaba que allí había un enorme y hermoso lago al que gente pobre iba con bolsas llenas de moscos que vaciaban al agua para atraer los cientos de ranas que habitaban en aquel manantial. Era un vital y chispeante ecosistema conformado por cientos de especies, en el que la gente atrapaba las ranas y luego las vendía para obtener algo de dinero. Al paso de los decenios, ese lago se ha evaporado por completo y su existencia pretérita yace ahora enterrada bajo un laberinto de calles grises. En la actualidad es sólo hojarasca y escarcha, mitad viento mitad recuerdo, que el tiempo se ha ido llevando imperceptiblemente para confinarlo en la memoria de sólo unos cuantos. Hoy en día, ya casi nadie lo recuerda. Una tarde de finales de mayo en un cumpleaños de mi madre, descubrí con agrado algunos pasajes sobre este lago en Los bandidos de Río Frio, la excelente novela de Manuel Payno que describe de manera magistral la vida de la Ciudad de México a mediados del siglo XIX.
Años después y ya casada con mi padre, en el año 1947 ambos se mudarían al corazón del barrio de Tepito a tres cuadras de Tlatelolco, primero a un cuartito en la calle Libertad 128 en donde nació mi hermano mayor, Cutberto, y al año siguiente a una vecindad antigua y de gente muy pobre ubicada en la calle Jesús Carranza 30. Ahí vivirían 11 años, y es donde nacerían y pasarían la infancia sus siguientes cinco hijos. A finales de 1960, la familia se mudaría a unas cuadras de ahí, a una casa propia en la calle de Tenochtitlán 84 y también localizada en el centro de este histórico barrio, donde los hermanos menores nacimos y crecimos.
Es por eso que, como familia, viviríamos en primera persona y con gran intensidad aquel año agitado, aquellos días turbulentos, y aquella noche interminable del 2 de octubre de 1968. No sólo por la cercanía de nuestra casa a la Plaza de las Tres Culturas, sino también porque mi padre, mi madre y Cutberto participaron con pasión y vigor en la agitación de aquel movimiento estudiantil y popular que deseaba un México mejor, pero que trágicamente culminó en aquella noche en la que el Estado mexicano babeó irracionalmente su estupidez histórica. La poca preparación escolar de mis padres (ella sólo acabó la primaria y él era completamente analfabeto) no les impidió entender lúcidamente la importancia de aquel movimiento y, con ello, involucrarse de lleno en apoyar su causa. Aquella tarde de otoño, Cutberto protagonizó en el mitin en Tlatelolco justo lo que mostraban las fotos de la revista por qué? leída por mí durante tantos años en mi infancia, ya que fue uno de aquellos jóvenes detenidos y encarcelados esa noche por las fuerzas gubernamentales que reprimieron el mitin.
Decenios después, en una tarde con lluvia mi madre nos contaría a algunos hermanos y a mí su terrible experiencia en esos días de 1968 debido a la aterrada y enloquecida búsqueda de Cutberto en las diferentes morgues, anfiteatros y hospitales de la ciudad. Mi hermano cuate Aníbal y yo teníamos casi tres años de edad, y la única memoria que tenemos de esa época es, justamente, algunas imágenes ya imborrables de lo que pasó en la tarde y la noche del 2 de octubre. Ambos recordamos que caían balas en el patio de nuestra casa, así como el paso de algunos camiones de militares enfrente de nuestro portón; asimismo, recordamos que a los hermanos más pequeños nos metieron debajo de una cama o de una mesa para protegernos. Y que así pasamos muchas noches.
Por todo ello, durante años en mi cabeza ha habitado una idea que con el paso del tiempo ha ido creciendo, como una marea que se agranda con el caer de la tarde. Lo que fue una llamita de fuego ahora es ya un resplandor que enceguece: la necesidad de escribir el testimonio de lo que hace cincuenta años vivimos como familia en aquel año convulso y, en particular, aquella noche otoñal que fue inolvidable, interminable, infinita; porque al llegar el amanecer habían sucedido muchas cosas infaustas, terribles y profundas, tantas que marcaron la historia moderna de nuestro país.
