Las estructuras invisibles - Isabel Roura - E-Book

Las estructuras invisibles E-Book

Isabel Roura

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En este singular libro, Isabel Roura logra hacer convivir elementos del detrás de escena de distintas disciplinas: la arquitectura y la literatura. Pareciera que lo que no se ve —cierta estructura o pensamiento— es justo lo primordial y esencial para que exista aquello que queda a la vista, tanto grandes obras arquitectónicas como textos literarios. A través de relatos construidos a partir de biografías, la autora da relieve a una lista de mujeres arquitectas del siglo XX, narradas junto al descubrimiento que es ese enjambre de ideas previas y decisiones que preceden a la escritura. Un puñado de arquitectas que trabajaron e idearon mundos, pero quedaron escondidas detrás de varones arquitectos portadores de firmas reconocidas, son el eje del diálogo que la autora entabla con sus lecturas sobre la escritura. Las estructuras invisibles pone en primera fila esas biografías de arquitectas que ejercieron su profesión tapadas y a la sombra, incluso, de su propia obra.

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Seitenzahl: 142

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Isabel Roura

Las estructuras invisibles

Roura, Isabel

Las estructuras invisibles : arquitectas y narrativas / Isabel Roura. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6635-95-2

1. Biografías. 2. Relatos Históricos. 3. Narrativa Argentina Contemporánea. I. Título.

CDD A860

© 2025, Isabel Roura

Primera edición, julio 2025

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorialEleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Editoras Sol Dellepiane A. y María Elvira Woinilowicz

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Mariana Gómez Masía y Patricia Jitric

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Libro de edición argentina.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

pampublicaciones.com.ar | [email protected]

Índice

CubiertaPortadaCréditosEpígrafePrólogo. Acaudilla la hazaña una mujer, por Sol Dellepiane A.Palabras preliminares“La mitad de la vista es memoria” Denise Scott Brown“El mundo no es un ángulo recto” Zaha HadidLa estrategia Anne Griswold TyngTexto, tejido y arquitectura Gunta StölzlReconstrucción Lotte Stam-BeeseLa biografía del maestro Lilly Reich“El precio del deseo” Eileen GrayCallar, nombrar y otras operaciones del lenguaje Charlotte PerriandLa cocina del cuentoMargarete Schütte LihotzkyAino Marsio AaltoPelos sueltos Marion Mahony GriffinTransparencias Delfina Gálvez Bunge de Williams“El material grita sus intenciones” Lina Bo BardiJuntar cosas que no se habían juntado antes Filandia PizzulSin referencias Norma Merrick SklarekLa influencia de las hermanas mayores Truus Schröder-SchräderPalabras finalesReferencias bibliográficasLecturas citadas y/o de consultaInstituciones citadasPelículas / Series citadasSobre este libroSobre la autoraTienda PAM

Considerada aisladamente, una pieza de un puzzle no quiere decir nada; es tan solo pregunta imposible, reto opaco; pero no bien logramos, tras varios minutos de pruebas y errores, o en medio segundo prodigiosamente inspirado, conectarla con una de sus vecinas, desaparece, deja de existir como pieza: la intensa dificultad que precedió aquel acercamiento, y que la palabra puzzle —enigma— expresa tan bien en inglés, no solo no tiene ya razón de ser, sino que parece no haberla tenido nunca, hasta tal punto se ha hecho evidencia: las dos piezas milagrosamente reunidas ya solo son una, a su vez fuente de error, de duda, de desazón y de espera.

 

GEORGES PEREC, La vida, instrucciones de uso

Prólogo Acaudilla la hazaña una mujer

Como tantos clásicos, La Eneida es el relato de un viaje. El viaje épico de Eneas, uno de los sobrevivientes de Troya una vez que quienes asediaron la ciudad durante años terminan de conquistarla. Desde aquella ruina humeante en un extremo del Mediterráneo, el piadoso guerrero y su gente navegarán bordeando costas e islas hasta llegar a Roma, donde la profecía le augura a Eneas la fundación de un imperio que prolongará su estirpe regia a través de los siglos. El poema comienza en Cartago, primera parada de la travesía. No más desembarquen, los troyanos quedarán alucinados con la ciudad nueva y pujante que tienen ante sí:

 

“Maravíllase Eneas

de la mole de edificios, antes no más que chozas.

Se maravilla de sus pórticos, del estrépito,

del firme pavimento de sus calles. Bregan enardecidos

los tirios. Unos tienden los muros y alzan la ciudadela,

van rodando a mano enormes piedras.

Eligen otro lugar acomodado a su morada,

trazando un surco en torno. Dictan leyes, designan

magistrados y miembros del senado venerable. Aquí

excavan el puerto, allí echan los cimientos del teatro

y tallan en la roca imponentes columnas, altivo ornato

de la escena un día”.

 

“Acaudilla la hazaña una mujer”, advierte Virgilio refiriéndose a la invención de la ciudad. Habrá que esperar al Canto IV para saber más sobre la mujer de la hazaña, nacida como Elisa de Tiro pero más conocida como Dido. La aparición en escena de la reina traerá el momento sentimental del libro: el encuentro entre ella y Eneas es también el de Oriente y Occidente, y un choque de planetas de amor y química.

Ninguna de las historias sobre el episodio escatimaría detalles sobre la ejemplaridad del héroe, ni sobre su desamor para con Dido (llamado como estaba a un destino inmortal en otro rincón del mar), mucho menos sobre el suicidio de esta última, que es coreográfico, espectacular. Y habría que hurgar todavía un poco más en el mito para enterarnos de que en la antigüedad a Dido se le decía la reina geómetra. Resulta que a la muerte de su padre, Elisa es obligada por su hermano Pigmalión a casarse con el poderoso Siqueo para matarlo y robarle la fortuna. Pero cuando el crimen se consuma, la viuda toma el tesoro, huye de su patria y desembarca en una región del norte africano al mando del rey Jarbas. Decidida a fundar una ciudad, Elisa le pide al rey que le ceda un trozo de tierra. Jarbas le concede “tanta tierra como pueda abarcar con una piel de buey” creyendo que de esa forma acota la demanda. Entonces la ingeniosa mujer hace cortar tiras muy finas de la piel del animal y consigue delimitar un perímetro inmenso. Es sobre esa superficie que edifica la Cartago que va a deslumbrar a Eneas y sus compañeros. Liderazgo y astucia. Otra historia, ¿cierto?

Al paciente lector que llegó hasta aquí le agradezco mucho la confianza en el rodeo. Mi camino como lectora también tuvo sus desvíos y demoras; los clásicos grecolatinos son una estación necesaria a la que llegué bastante tardíamente. Hoy me asombro entendiendo que contienen casi todo lo que vino después, tanto en la literatura como en la vida. Y esta historia, la de Dido y Eneas pero sobre todo la de las lecturas que se han hecho de ellos y la forma en que los personajes cristalizaron en el imaginario occidental, guarda mucho de lo que pienso acerca del libro de Isabel Roura.

 

 

En el origen de Las estructuras invisibles hay una arquitecta. Hay una fuerza interior pulsando por la escritura. Hay una zona de interés. Y hay una perseverancia. Atención: de pronto hay una mujer en una cocina que parece haber encontrado un hilo y teclea hasta la madrugada. Escribe y escribe, y cuando escribe dibuja figuras de mujeres —casi todas arquitectas como ella, algunas diseñadoras de objetos, geometrías o ciudades, como Elisa de Tiro— que, con un nombre más o menos resonante, obtuvieron un reconocimiento decididamente inferior a sus logros. O que, en una variante tibia de la invisibilización, trascendieron por las razones menos significativas. Los perfiles comparten sutileza, estilo y precisión. También los une un extrañamiento. Pero difieren en sus formatos, como si en ese lugar fuera del tiempo que es la escritura, la autora y cada una de las retratadas hubiesen pactado una alianza silenciosa y diseñado juntas una manera particular de narrarlas.

Levantar moradas y edificios, tallar columnas, remover escombros y encontrar verdades enterradas, reordenar elementos, desafiar el blanco del papel, asignarles palabras a las cosas, multiprocesar lecturas. En la acción pura, en la maravillosa duración del verbo, la mujer se encuentra a ella misma. Aunque ya no es la misma. Ahora es escritora.

 

 

SOL DELLEPIANE A.

Palabras preliminares

Mi oficio es la arquitectura. Lo comprendí cuando yo ya era yo y todavía no sabía casi nada sobre mí. Cuando dejé de jugar a ser astronauta, cantante, mujer biónica o mujer maravilla y empecé a coleccionar todo tipo de ladrillitos de plástico para encastrar. Después alguien me hizo notar que en la clase de dibujo todas las consignas me llevaban a pintar casas y siluetas de edificios y manchas de ciudades.

Me siento a gusto diseñando un folleto o un mueble, construyendo un negocio o una casa y hasta una página web, porque también se me dio por incursionar en eso; uso instrumentos que conozco, que me resultan familiares, y siento que los domino. Si hago cualquier otra cosa —hablar en otro idioma, plantar zapallos, cebar mate—, me pregunto cómo lo hacen los demás, siempre me parece que existe una forma de hacer bien las cosas, una técnica que otros conocen y yo no. Me pasa bastante cuando escribo. Me gusta escribir. Lo hago de forma constante desde hace tiempo y sé que voy a escribir hasta que me muera. Cuando no tengo ganas de escribir, me basta con leer a Natalia Ginzburg o a Silvina Ocampo para que me entren las ganas de inmediato. El problema es que, cuando escribo, siempre tengo miedo de estafar al lector con palabras que tomo prestadas o que robo de acá y allá. No exagero si digo que me siento una exiliada. Por eso trato de contarme historias que me hagan sentir que estoy en mi tierra, que voy por caminos que conozco desde la infancia, entre muros y árboles que son míos. Y cuando escribo sobre vidas ajenas, elijo contarme historias de mujeres.

Empecé a escribir un relato que tiene como protagonista a la arquitecta británica Patricia Hopkins. Una mujer exitosa que, apenas se graduó, dirigió su propia oficina de arquitectura durante ocho años y en 1976 fundó Hopkins Architects junto a su marido. La abrumadora cantidad de obras con alta tecnología que construyeron los llevó a sumar, en la oficina central, a seis socios senior y más de ochenta profesionales. Además, tienen una segunda sede en Dubai y oficinas de proyecto en Japón, China y Alemania. De todo lo que podía elegir para escribir sobre ella, me quedé con dos imágenes: en una ella está junto a cinco colegas varones; en la otra, la recortaron y dejaron a los varones. La foto fue tomada en la inauguración de la muestra de 2014 Los británicos que construyeron el mundo moderno, organizada por la Institución Real de Arquitectos Británicos (RIBA). La segunda foto —donde falta ella— es la que usó la BBC como portada de la serie de televisión que se llama igual que la muestra.

Escribí unos cuantos párrafos y descubrí que me hacía falta “algo” del oficio de escritora. No me refiero a la sintaxis ni a la gramática ni a saber usar figuras retóricas. Para mí, el oficio es mucho más que eso: moldea mi forma de estar en el mundo, me ofrece un punto de vista, me aporta una jerga y una determinada manera de decir. Cuando me siento a escribir, siempre tengo una imagen en la cabeza o armo un bosquejo, planteo una estructura —el esqueleto que se teje por debajo de la literalidad— y después le doy forma a la historia. Escribo como pienso, pienso como arquitecta. Por eso leo consejos de escritura (soy una fanática del género), voy en busca de la manera de pensar de los escritores. Quiero descubrir cómo asocian ideas para construir un mundo revelador en pocas páginas; cómo hacen para hablar de cosas cotidianas y lugares comunes —una silla, la correa del perro, una pared—, pero concediéndoles un poder renovado; cómo escriben diálogos capaces de provocar escalofríos usando dos palabras.

Leer a Hebe Uhart siempre me reconcilia. Eso de “no hay escritor, hay personas que escriben” es una palmadita en la espalda. Pero después leo su prosa desnuda, franca como pocas, con esa capacidad para reunir la gracia y la emoción, para mostrar la profundidad de lo aparentemente simple… y me cuesta creer que “el escritor” no exista.

En una entrevista que publicó La Nación, Lorrie Moore dijo que el error es escribir casual, ligeramente. Desde afuera hacia dentro. En vez de hacerlo desde el centro de uno mismo. Uno debe escribir sobre lo que sabe, sobre el mundo y lo que le importa en la vida.

No hay que darle la espalda a eso.

Cuando encuentro ideas como estas, las escribo por ahí. “Por ahí” es un papel que termina adentro de la agenda y lo leo cada vez que busco otra cosa, hasta que me canso de leerlo y lo reemplazo por otro papel. Todavía no lo había reemplazado cuando empecé mi relato sobre Patty Hopkins:

 

Cómo vender una historia

 

Organicen una exposición en el RIBA con maquetas y fotos para publicitar la serie Los británicos que construyeron el mundo moderno. Sí, llamen “serie” a los tres capítulos soporíferos que se van a exhibir en el canal de la BBC.

Envíen un fotógrafo a la inauguración para que retrate a los invitados importantes y elijan la foto más representativa para usar como portada de la serie. Si el fotógrafo no reconoce quiénes son las figuras importantes, digan: no importa, después vemos.

Cuando ciertos colectivos de arquitectos pongan el grito en el cielo, manden a un portavoz a explicar que todo partió de una gran confusión, que el fotógrafo tomó la decisión de recortar a la única mujer de la foto sin consultarlo con nadie, que desde el primer momento el director se reunió con ambos Hopkins para hablar sobre la serie. Aclaren que Patricia eligió el grado de participación que quería tener en la serie. Es importante que el portavoz sea explícito en este punto: ella fue a la inauguración, sonrió para la foto junto a sus colegas y se ubicó en el centro de la imagen, pero en el fondo ella sabía cuál era su lugar.

Si les preguntan por qué eligieron un título que genera tantas expectativas en la audiencia cuando la serie gira en torno de un puñadito de hombres (como esas fiestas familiares donde el tío exitoso acapara toda la atención contando siempre las mismas anécdotas), respondan que la serie no pretendía ser una historia completa de la arquitectura británica de posguerra, sino la de un grupo muy específico de arquitectos unidos por estrechos vínculos, tanto en lo personal como en términos de sus trabajos tempranos.

O mejor no digan nada sobre sus trabajos tempranos, no vaya a ser que les pregunten por qué en la serie se muestran obras del viejo Team4, pero hablan solo dos de los miembros del team (Foster y Rogers) e ignoran a sus ex socias Wendy Cheesman y Su Rogers.

 

Nunca terminé ese texto. Quizá porque no tenía el final. Flannery O’Connor, en El arte del cuento, habla de la escritura como si fuera un acto de descubrimiento; cuenta que ella a menudo no sabe a dónde va cuando se sienta a escribir una historia, un cuento… Y duda de que los escritores sepan realmente a dónde van cuando empiezan un texto. Yo no puedo escribir así. Como si caminara esperando que el objeto se ilumine solo con el andar para dejarme a la vista los fantasmas que articulan el relato. Cuando lo intento, empiezo a imaginar una escena tras otra, pierdo el hilo y me parece que nunca voy a encontrar el final. Me imagino a Patty Hopkins explicándole a su peluquera cómo le gusta que le hagan el brushing, eligiendo con cuidado el rosa exacto de su saquito para el evento, poniéndose frente al espejo el colgante de plata que le regalaron sus hijos o heredó de su mamá. La veo recorriendo la muestra para ver qué lugar les asignaron a sus obras, sonriendo para la foto junto a sus colegas, despidiéndose de todos con una sonrisa antes de ir hacia el auto, donde alguien la está esperando con la puerta abierta para que ocupe el lugar del acompañante. La veo sentada en el living de su casa, al lado de su marido, en un sofá de cuero color chocolate, frente al televisor. Mientras espera que empiece la serie de la BBC donde mostrarán sus obras, toma un sorbo de té y lo deja sobre la mesita de cristal. Su marido tiene los codos apoyados sobre las rodillas y mira fijo la pantalla; él no ve cuando a ella se le desdibuja de repente la sonrisa, se reclina sobre el respaldo, baja la cabeza y se lleva una mano a la frente. Yo sí veo cómo clava la mirada en la alfombra y se queda en silencio. Un silencio que se hace cada vez más hondo y se une con millones de silencios en sillones de otros livings, en escritorios y oficinas, obras en construcción, corralones, aulas, talleres. Un silencio que inunda todo, lo convierte en vacío y me deja sola frente al abismo.

“La mitad de la vista es memoria”

Denise Scott Brown Nkana, Zambia, 1931

Releer un libro que fue importante para mí en épocas pasadas se parece a tenderse en el diván del psicoanalista.

VIVIAN GORNICK,Cuentas pendientes

 

 

Hace unos días me pasó algo parecido a lo que relata Vivian Gornick en Cuentas pendientes