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George C. Marshall no fue un político en el sentido estricto, pero su huella es una de las más profundas del siglo XX. General del Ejército de los Estados Unidos, jefe del Estado Mayor durante la Segunda Guerra Mundial, secretario de Estado, artífice del Plan Marshall, premio Nobel de la Paz... pero, sobre todo, un hombre íntegro, moderado, respetado incluso por sus adversarios. Este libro reúne una antología de sus discursos, cartas y reflexiones más relevantes: desde la gestión del conflicto bélico hasta la visión sobre Europa, la paz y el liderazgo. Textos que no solo revelan su pensamiento, sino que dialogan con los desafíos actuales: polarización, ética pública, geopolítica, sostenibilidad de la democracia. Las palabras de Marshall es un testimonio de humanidad, sensatez y esperanza que merece ser leído en tiempos convulsos.
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Seitenzahl: 91
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Las palabras de George C. Marshall
Prólogo de Javier Solana
Traducción de Pablo Hermida Lazcano
Título original: The words of George C. Marshall
Primera edición en esta colección: noviembre de 2025
© del prólogo, Javier Solana, 2025
© de la traducción del inglés, Pablo Hermida Lazcano, 2025
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 979-13-87813-50-5
Diseño de cubierta: Pilar Eme
Fotocomposición: Grafime, S.L.
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
Prólogo,
de Javier Solana
Introducción
1. Sobre el carácter y la determinación
2. Sobre el liderazgo y la abnegación
3. Sobre la humildad
4. Sobre la eficiencia y la simplicidad
5. Sobre la disciplina y el trabajo en equipo
6. Sobre el cuidado de las tropas y la moral
7. Sobre el deber y el sacrificio
8. Sobre la democracia y la libertad
9. Sobre la política, la opinión pública y la libertad de prensa
10. Sobre el valor de la historia y la educación
11. Sobre la visión, la disposición y la planificación
12. Sobre los ciudadanos soldados y la instrucción militar
13. Sobre la lógica y el pensamiento racional
14. Sobre la acción y la cooperación internacional
15. Sobre la guerra
16. Sobre la paz
17. Sobre la fe y el espíritu
El lugar de Marshall en los acontecimientos mundiales
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Portada
Créditos
Índice
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Colofón
GEORGE C. MARSHALL
31 de diciembre de 1880 – 16 de octubre de 1959
Aceptar el reto de escribir un prólogo sobre los pensamientos de George Marshall, quien fuera figura clave de la II Guerra Mundial y, sobre todo, de los años posteriores, es un riesgo que asumo con agrado porque me ofrece la posibilidad de recuperar y reivindicar una manera de ver las cosas en las relaciones internacionales, que es la que impulsó Marshall desde su puesto como quincuagésimo secretario de Estado de los Estados Unidos, que ocupó entre 1947 y 1949 bajo la presidencia de Harry Truman.
Marshall, que fue nombrado jefe del Estado Mayor de los Estados Unidos el 1 de septiembre de 1939 —el día que las tropas de Hitler invadieron Polonia—, y quien se mantuvo en el cargo hasta finales de 1945, ya acabada la II Guerra Mundial, conocía la importancia de la organización, la planificación y la logística necesaria para derrotar al nazismo. Los campos de batalla eran la materialización del conflicto, pero todos los analistas coinciden en que la guerra la ganó la potencia económica desatada por Estados Unidos y sus aliados junto a la capacidad de sufrimiento y resistencia imbatible de la Unión Soviética.
A George Marshall le tocó poner en pie e impulsar un proyecto que, oficialmente, se denominaba European Recovery Program pero que para la historia ha quedado como el “Plan Marshall”. En esencia era un programa de ayuda económica para los países devastados por la contienda. Se puso en marcha en 1948 y alcanzó los 13.000 millones de dólares de la época. Como siempre sucede, ahora hay analistas e historiadores que rebajan su importancia, critican su orientación hacia el liberalismo económico y la no inclusión de la Unión Soviética, aunque fue esta última quien decidió no participar —ni dejar hacerlo a los países de su órbita de influencia—, bajo el pretexto de no someterse a controles externos. Diré, desde mi experiencia, que ningún plan es perfecto, pero que siempre es necesario tener uno si se quiere avanzar.
Quisiera destacar cómo en aquellos años de una Europa arruinada, Estados Unidos supo entender la necesidad de favorecer la recuperación de la economía y el bienestar de los ciudadanos como bases sólidas para una alianza atlántica. No fue la imposición o la amenaza lo que prevaleció, sino la ayuda. Es cierto que la nación norteamericana se vio beneficiada y la gran mayoría de esos fondos se dedicaron a adquirir materias primas, bienes o servicios en aquel país favoreciendo una industria que estaba en los máximos de su capacidad productiva, pero toda ayuda inteligente debe trabajar en ambas direcciones.
Marshall tuvo además la agudeza de ver que Alemania Occidental no podía quedar fuera de estas ayudas y que, eliminado el III Reich, el nuevo país dividido era capital en la reconstrucción. Las mayores ayudas fueron al Reino Unido, seguido de Francia, quien temía entonces, con el recuerdo de la guerra reciente, una vuelta al sendero de la hegemonía. George Marshall fue capaz de superar esas reticencias y ayudó a cerrar las heridas, que es a lo que, en mi opinión, debe aspirar hoy también un líder internacional.
Hace unas semanas, Miguel Falomir, director del Museo del Prado, me comentaba un artículo del Financial Times en el que se aplicaba la teoría de los juegos a las relaciones internacionales. En esa teoría hay un concepto que ha hecho fortuna y que se denomina juego de suma cero. Según este, lo que uno gana otro lo pierde, es una relación forzosamente conflictiva en la que la pelea por el objetivo es dura e ilimitada. Un ejemplo sería una competición deportiva: solo un equipo puede ganar y eso lleva forzosamente a que el otro tenga que perder. No hay colaboración posible, solo enfrentamiento o confrontación.
El contexto internacional en estos años veinte, tan diferentes de los felices años veinte del siglo XX, se define por un marco cambiante, áspero y volátil. El número de conflictos en el mundo —según el Peace Research Institute de Oslo, fuente que la ONU suele referenciar— alcanzó en 2024 los 61, la cifra más alta desde hace setenta años, que se extienden por un total de 36 países. La guerra de Ucrania, el enfrentamiento de Israel con los palestinos y la guerra civil de Sudán acaparan los titulares, pero hay muchas zonas en tensión que dibujan un horizonte de enfrentamiento generalizado.
En las relaciones internacionales se echa en falta un espíritu constructivo que Marshall demostró poseer incluso en momentos muy complicados. El espíritu bélico ha invadido la política y los medios de comunicación: hablamos de ‘guerra comercial’ mucho más que de ‘acuerdo comercial’ y el libre comercio se ve amenazado por las barreras arancelarias.
Yo siempre defenderé que la colaboración entre los países es el camino y que esta no excluye la defensa de los propios y legítimos intereses. Entender que en la escena internacional hay estrategias colaborativas que ayudan a todos, de las que todos se benefician y cuyo resultado no se obtiene por habérselo arrebatado a nadie, sino por haber conseguido hacer crecer el premio. La Unión Europea es un caso excelente de este tipo de enfoque en el que el saldo final es mayor que la suma de cada una de las partes. Colaborar, construir, mirar al futuro son verbos que Europa supo conjugar en sus horas más difíciles. Déjenme que piense que esos atribulados años son solo un alto momentáneo en el camino de la cooperación multinacional.
Europa no existiría tal como la conocemos hoy si no hubiera habido un Plan Marshall. George Marshall dejó su puesto y volvió a altas responsabilidades en el ejército más poderoso del mundo. Fue hombre del año dos veces por la Revista Time y en 1953 ganó el Premio Nobel de la Paz y muchos otros reconocimientos. Pero, visto con la perspectiva del tiempo, el mejor galardón que ha obtenido —y seguramente no soñó— es que cuando hoy se habla de reconstruir, de corregir necesidades, de ayudar a la población a progresar, siempre se habla de la necesidad de «un nuevo Plan Marshall», un justo homenaje a su figura.
Javier Solana,
político y diplomático español
Uno de los mayores líderes del siglo xx, George Catlett Marshall dejó un récord inigualable de servicio público para su estudio y emulación por parte de las generaciones venideras. El carácter excepcional y los principios del liderazgo de Marshall se ilustran en sus propias palabras intemporales. Confiamos en que todo aquel que lea estas páginas se sienta inspirado por el legado de este gran estadounidense.
La Fundación George C. Marshall, que sirve de repositorio de los documentos de esta insigne figura, proporciona acceso a buena parte del contenido de sus deliberaciones y comunicaciones con los líderes de América y del mundo entero. Durante la primera mitad del siglo xx, Marshall desempeñó un papel crucial en muchos de los acontecimientos que modelaron el curso de la historia. Lo que dijo y lo que escribió ofrecen importantes destellos del hombre y de su época.
La carrera militar de Marshall se inició poco después de su graduación en el Instituto Militar de Virginia en 1901 y culminó en su ascenso al rango de cinco estrellas de general del ejército en 1944. Entre las primeras asignaciones de Marshall figuran las Filipinas, Oklahoma, Kansas, Massachusetts y Nueva York. Sirviendo como ayudante del general de los ejércitos John J. Pershing, Marshall planeó varias operaciones a gran escala al final de la Primera Guerra Mundial. Veintiún años después, como jefe del Estado Mayor del ejército durante la Segunda Guerra Mundial, planeó y supervisó las estrategias militares que condujeron a las victorias aliadas en Europa y el Pacífico. Fue el principal consejero militar de los presidentes Roosevelt y Truman durante la guerra.
Marshall se retiró como jefe del Estado Mayor después de la guerra y, al día siguiente, el presidente Truman lo llamó para que fuese su enviado con el rango personal de embajador para mediar en la guerra civil en China entre los comunistas y los nacionalistas. Regresó para ser secretario de Estado. Desde ese puesto, Marshall encabezó el mayor esfuerzo humanitario de la historia, apropiadamente conocido como el Plan Marshall, por el que recibió el Premio Nobel de la Paz en 1953.
Tras disfrutar de unos pocos meses de bien merecida jubilación en 1949, Marshall respondió a la llamada al servicio del presidente Truman en otras dos ocasiones: primero como presidente de la Cruz Roja Estadounidense y al año siguiente como secretario de Defensa para supervisar los esfuerzos de removilización de Estados Unidos durante el apogeo de la guerra de Corea. Mashall se jubiló definitivamente en 1951, concluyendo más de cincuenta años de abnegado servicio a su nación.
