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Siempre es posible vivir como hombres, hacer una experiencia de libertad y verdad, gracias a un encuentro que colma la vida y la vuelve digna de su nombre. En el siglo XX Rusia fue objeto de un trágico experimento de reducción de la persona a ideología, pero también de un extraordinario proceso de resistencia del yo humano a la violencia y al poder. Las historias recogidas en este volumen, pertenecientes a distintos ámbitos sociales y culturales, antes y después de la caída del régimen soviético, nos acercan a la historia rusa a través de personajes que participaron en ella. En la vida de estas personas (la pianista, el sacerdote, la escritora, la madre de familia, el profesor...) palabras como verdad, persona, libertad, exigencias constitutivas del yo, se ven encarnadas.
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Seitenzahl: 242
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Ensayos
GIOVANNA PARRAVICINI
LibresHistorias y testimonios de Rusia
ISBN DIGITAL: 978-84-9920-578-6
Título originalLiberi Storie e testimonianze dalla Russia
© 2008 RCS Libri S.p.A., Milán © 2010 Ediciones Encuentro, S. A., Madrid
Traducción Eduardo Tolosa Ugarte
Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y ss. del Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
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ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
LA LEY DE UN HOMBRE VIVO Padre Alexander Men
EN EL SIGNO DE DOS ESTRELLAS María Yudina
EN VIAJE HACIA LO VERDADERO Eugenia Ginzburg
NUESTROS MAESTROS Sergei Averincev
LA MECANÓGRAFA Y LOS MUCHACHOS DEL «FARO» Vera Laskova
NUESTRO «SOL» LITUANO Padre Stanislovas Dobrovolskis
EL PORQUÉ DE UNA AVENTURA Víctor Popkov
UNA ANTÍGONA DE NUESTROS DÍAS Lidia Golovkova
LOS TRES DESEOS DE LA FARMACÉUTICA Elena Avaliani
BIBLIOGRAFÍA
A Elena, Que hubiera deseado mucho leer este libro y en realidad me ha ayudado a escribirlo desde el Cielo.
Por vez primera puse el pie en Rusia en 1979, oficialmente para asistir a un curso de verano de lengua, pero en realidad para localizar a amigos que de diferentes maneras se habían puesto en contacto con Russia Cristiana1. Recuerdo que a partir del primer momento, mirando desde el autobús que nos llevaba del aeropuerto a la residencia por las calles de Moscú, suntuosa capital soviética donde la ideología se exhibía a cada paso —en las gigantescas pancartas alabando al régimen y sus conquistas, en los edificios de estilo estalinista, en los monumentos del realismo socialista que rezuman retórica—, en mi «ingenuo atrevimiento» estaba segura de una cosa: eso era sólo un decorado, una horripilante puesta en escena. La verdadera Rusia era aquella subyacente, subterránea, que el padre Romano Scalfi nos había enseñado a amar y que conocería en las veladas, en las horas libres tras el programa oficial de los cursos; era una tierra de vivos testimonios en el pasado y que continuaban existiendo incluso ahora, en el presente; era una tierra santa a la que llegaba con ansiedad y de la que esperaba el milagro para mi vida.
Han pasado treinta años, Rusia se ha convertido casi en mi casa y ahora ya puedo decir que la conozco bastante bien, y todavía esta certeza inicial no sólo no me ha abandonado, sino que a través de tantos encuentros y amistades ha sido por el contrario afianzada, llenándome de gratitud por el milagro del que he sido testigo y partícipe. Éste es, en el fondo, el contenido del libro.
En el siglo XX Rusia fue objeto de un impresionante, dramático experimento de reducción de la persona humana a los límites impuestos por la ideología, y, por otra parte, de un extraordinario proceso de resistencia del yo humano ante esta violencia. Una resistencia que nace y se desarrolla a través de las más descabelladas vías, según los períodos históricos, el temperamento y las capacidades de cada uno de sus protagonistas, pero que en el fondo siempre puede ser reconducida hasta el reconocimiento de las exigencias constitutivas del «yo», tal y como lo expresa san Agustín: «Mi corazón está inquieto hasta que no reposa en Ti». Las historias y los testimonios recogidos en este libro documentan verdaderamente, ante todo, que siempre es posible vivir como hombre, hacer una experiencia de libertad y de verdad cualesquiera que sean las circunstancias externas en las que le toca vivir, como resultado de un encuentro que llena la vida y la hace digna de su nombre. Hay quien ha vivido desde pequeño al calor de la comunidad cristiana, como el padre Alexander Men o el padre Stanislovas Dobrovolskis, y quien ha «regresado a casa» solo al final de un tortuoso y atormentado camino; quien ha encontrado una amistad que le ha cambiado la vida desde su juventud, como Vera Laskova o Víctor Popkov, y quien con cincuenta años ha tenido el coraje de hacer frente al desafío comenzando todo de nuevo, como Lidia Golovkova; hay quien ha experimentado en primera persona el testimonio del arte y la cultura, como María Yudina o Sergei Averincev, y quien ha abrazado el Misterio siendo madre de familia y sufriendo una grave discapacidad física.
He tratado de elegir, entre tantos, historias de personas que han conocido, en períodos y contextos sociales diversos, historias que evocan la vida de la comunidad de la Iglesia de las catacumbas, las víctimas y los mártires del Terror 1937-1938, el nacimiento de la disidencia, el encuentro de algunas comunidades juveniles ortodoxas con la experiencia de Comunión y Liberación, y también «la nueva Rusia» con la que nos tenemos que enfrentar hoy, y muchos otros acontecimientos: puestas en fila, una tras otra, en la medida de lo posible en orden cronológico, son como pinceladas del gran cuadro del renacer del «yo» en la Rusia de este último siglo. El padre Alexander Men abre esta galería de retratos, un «genio» revelador de las cimas que puede alcanzar lo humano, un símbolo del renacimiento de la Iglesia en nuestro tiempo, un hombre que nos propone un encuentro desde la profundidad de la unidad que es Cristo «todo en todos». Pero también cada uno de los otros personajes, con los que me había visto en persona o que habían marcado mi historia a través de apasionantes testimonios, es una especie de ventana abierta sobre una gran historia de la que forman parte y desde la que nos ayudan a mirar, haciendo surgir la «invisible ciudad de Kitez», que según una antigua leyenda rusa espera, sumergida en las aguas, la catarsis del último día —símbolo de la humanidad devastada, de la Iglesia destruida brutalmente, que sin embargo conserva, incluso en las épocas más oscuras, intacta su existencia en la profundidad del corazón humano.
Relatar estas historias significa recuperar también el «hilo rojo» de una amistad nacida hace cincuenta años entre don Giussani y el padre Scalfi, florecida milagrosamente a lo largo de estos años a través de encuentros y acontecimientos a menudo imprevistos, que superaban nuestras expectativas quedando en evidencia cada vez la presencia de un proyecto misterioso, de «Otro» que nos hacía protagonistas de una maravillosa aventura porque nos llamaba por nuestro nombre, nos daba un rostro y un corazón, nos regalaba los unos a los otros. Sobre el fondo de los acontecimientos históricos como la caída del telón de acero y el inicio de la libertad religiosa en los países del Este europeo, los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, también la pequeña historia de Russia Cristiana y de Comunión y Liberación en Rusia se encuentran vinculadas en estos años con el renacimiento de la Iglesia rusa. Aparecen en este libro personas con las que hemos compartido un trecho del camino o que han sido particularmente significativas para nuestra historia. Personas muy diferentes entre sí, que como todas no están libres de contradicciones ni exentas de tentaciones, miedos y caídas, y de las que no pretendo relatar la biografía de forma completa: lo que he pretendido reflejar son más bien «momentos personales», «ampliaciones» de aspectos de historias que han tocado y conmocionado mi vida tanto como la de tantos otros, porque a través de ellas, con sus inevitables limitaciones, dejan aparecer a Otro con sus rasgos originales, inconfundibles, dándonos su testimonio en los signos realmente débiles de su existencia.
Acaso es esto lo que conmueve especialmente, lo que permite traer a los labios la palabra «milagro», porque todas estas personas, lejanas o cercanas para nosotros, son «algo que ‘obliga’ a pensar en Dios, que se impone de forma tan potente que no podemos reducirlo a nuestra medida... Jesucristo no es una presencia aislada en la lejanía de la historia... Él es una presencia diez años después de Su muerte, mil años después de Su muerte, hasta hoy, a través de esta humanidad diferente de los santos, una presencia humana imposible de concebir»2.
Mirándole, se descubre que «el problema de la fe concierne no a aquello que no vemos, sino a lo que vemos, lo que tocamos, lo que experimentamos»3, porque de ninguna manera la discusión ideológica permite dominar el horizonte de la vida, en estas historias tan dramáticamente ligadas con las vicisitudes de su país y a menudo con grandes contrastes dolorosamente determinadas por la circunstancias exteriores. Es un placer, un gusto, una humanidad viva, apasionada, que me ha fascinado desde el primer encuentro: se veía de inmediato que debía tratarse de una experiencia irreductible a una serie de ideas, a una visión del mundo o incluso a una concepción cultural (frente a la posibilidad de perder el trabajo, de acabar en un campo de concentración, frente a la enfermedad o a la muerte no se pueden hacer trampas). Tanto es así que esta experiencia que valía en la Rusia soviética es del mismo modo válida en la Rusia actual, «globalizada» y en muchos aspectos plenamente asimilada a Occidente, y sirve también para mí. Relatando cada historia, llegada a cierto punto me he encontrado siempre ante el umbral del corazón, desde el que se divisa el misterio de un relato, de un Tú que da respiro a la existencia, que permite decir, con certeza, en el dolor, en la fatiga y en el riesgo cotidiano de la libertad: «Se puede vivir así». Y esto me hace incluso a mí volver a comenzar.
NOTAS
1 El Centro Russia Cristiana nace en Milán en 1957, por iniciativa del padre Romano Scalfi como un puente entre las experiencias culturales y religiosas de las grandes tradiciones cristianas de Oriente y Occidente. El programa que Russia Cristiana ha desarrollado a lo largo de los años, a través de iniciativas y formas ideadas cada vez según se va modificando la situación política y religiosa, ha sido dictado siempre por el deseo de dar a conocer la riqueza de la tradición litúrgica, artística y filosófica del mundo eslavo, desde la urgencia de dar voz al testimonio de la Iglesia perseguida y de promover publicaciones y campañas de solidaridad en defensa de los derechos humanos, y de trabajar en la medida de las propias fuerzas para colaborar activamente en el renacimiento cristiano en los países de la ex Unión Soviética. Entre los instrumentos promovidos por el Centro Russia Cristiana (que tiene su sede en Seriate), se encuentran la revista bimensual La Nuova Europa, la editorial La Casa di Matriona, la Scuola Iconografica de Seriate, la Biblioteca Betty Ambiveri, el coro. Al comienzo de los años noventa conjuntamente con la Administración Apostólica de Moscú y el Centro ortodoxo Santos Cirilo y Metodio, Russia Cristiana fundó en Moscú el Centro cultural «Biblioteca dello Spirito» que desarrolla una actividad cultural, editorial y de distribución de libros de cara a crear, en el interior de la sociedad rusa actual, oportunidades de diálogo y verificación con la tradición y la identidad del cristianismo.
2 Cf. Julián Carrón, Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe. Ejercicios de la Fraternidad de Comunión y Liberación, Rímini 2008, suplemento de la revista Huellas, n. 6, junio 2008, p. 33.
3 Ib., p. 14.
Años setenta, en Rusia la monotonía de la burocracia brezneviana parece imperar en todos los campos de la vida social; incluso la Iglesia es reducida en buena parte a museo, a un gueto para ancianos e iletrados, probablemente destinado a desaparecer con ellos. Pero en una iglesita a unos cuarenta kilómetros de Moscú, en la aldea de Novaia Derevnia, se asiste al fenómeno contrario. Allí va mucha gente, de la más diversa extracción —intelectuales y gente sencilla, rusos y judíos, jóvenes y ancianos—, atraídos por la personalidad del sacerdote ortodoxo que celebra allí, el padre Alexander Men. Como dice la canción de Alexander Galic —un célebre cantautor ruso que, como tantos otros, había encontrado la fe a través de él—, quien entraba en aquella iglesia sentía «haber vuelto a casa».
Es difícil reflejar en pocas páginas una figura como la suya, imponente, brillante, siempre presente para el interlocutor pero a la vez extendiéndose más allá; un hombre que vivía una profunda armonía interior, una unidad personal llena de paz pero a la vez exigente, porque pedía continuamente una «ruptura», un «salto» a quienes tenía cerca.
Mi encuentro con el padre Alexander se remonta al comienzo de los años ochenta, en el que puede ser el período más duro de su vida. En efecto, hacia el año 1983 era citado casi cotidianamente a la Lubianka, el cuartel general del KGB: la cantidad de personas que se dirigían continuamente a él, el multiplicarse de comunidades de laicos que seguían su método educativo, sus libros (publicados en Occidente bajo seudónimo, que llegaban clandestinamente a Rusia y circulaban en cientos de miles de copias), convertían, a los ojos del poder, en extremadamente peligroso a este hombre, que realmente no había entrado jamás en relación con la política soviética y no se había definido jamás como «disidente». Estando con él, no obstante, aunque corrieran serio peligro la existencia de sus comunidades e incluso su propia vida, se percibía únicamente su alegría, su libertad, su gusto por la vida en todos sus aspectos. Una vez llegados, más o menos aventuradamente, a su iglesita, veías venir a tu encuentro su luminosa sonrisa, como si tú fueras un regalo precioso y él viese en ti alguna cosa que tú mismo no conocías, tus limitaciones no le importaban porque iba directo a tu corazón. Veía lo positivo, la belleza, la simpatía de todos los aspectos de la realidad, la atravesaba con los ojos limpios, curiosos, asombrados, familiarizados con el Misterio.
Y cuando, por medio de los pocos encuentros conmigo y con otros amigos italianos, y con los primeros libros de don Giussani que entonces circulaban en el samizdat, el padre Alexander llegó a conocer la experiencia de Comunión y Liberación, la recibió como una esperada compañía en el camino. No importaba que los encuentros debieran ser necesariamente escasos, muy discretos, no importaba ni siquiera nuestra limitación, nacía inmediatamente una familiaridad impensable... porque era evidente que estábamos en el mismo camino, que «Cristo está entre nosotros», como dice la liturgia oriental.
Después, viendo a decenas, centenares de personas en los sitios más diversos, he descubierto cuánta gente había llevado con él por ese camino: cuando preguntaba cómo habían encontrado la fe oía siempre repetir la misma cantinela: una charla del padre Alexander, un libro del padre Alexander, una comunidad del padre Alexander... Y me he ido haciendo consciente de haber tenido la suerte de haber hablado, reído, rezado junto a un santo. Que un día será reconocido como el apóstol de Rusia en el siglo XX.
En camino hacia la Iglesia...
Los innumerables testimonios concuerdan en describirlo como un hombre íntimamente unido a Cristo; un hombre ardiente ansioso porque todos Le pudieran conocer, porque en Él todos fueran una sola cosa; un hombre que en todo lo que hacía daba gloria a Cristo, realizando a su alrededor una anticipación de Su Reino.
«He sido afortunada: conocí al padre Alexander en el año 1968. En mi vida, era la primera persona con un nivel cultural que creía en Cristo —cuenta Liudmila Ulitskaya, una escritora muy conocida en Rusia e incluso en el extranjero—. En aquella época era una gran peculiaridad: fe y cultura se encontraban raramente... La vida soviética era inaguantable, sofocante... y buscábamos a tientas, escrutando cerca de un libro o una canción que iluminase el horizonte, tirándonos de cabeza en propuestas intelectuales de dudoso valor. Y aquí entre este extravagante público, desgreñado y confuso, aparece de improviso un rostro de la bella raza judía, un hombre culto, agudo, alegre, ¡un sacerdote ortodoxo! Culto, pero dotado de un saber estar que iba bien tanto con las viejitas del campo como con Averincev, Rostropóvich y Solzhenitsyn... Naturalmente, su sabiduría iba bien incluso con nosotros, jóvenes, que considerábamos el cristianismo como una de las muchas concepciones del mundo, fascinante en ciertos aspectos, inaceptable por otros. Teníamos ganas de hablar de cosas inteligentes. Pero aquello que nos propuso destrozaba las ideas que nos habíamos fabricado y vaciaba de sentido nuestras expectativas. El padre Alexander nos sugiere entrar en un espacio nuevo, diferente, en el que sopla el viento del desierto, en el cual judíos extremistas vagan bajo la guía de un hombre balbuciente y acomplejado, en el que un infeliz profeta, que había prometido ofrecer el significado último y la clave universal para resolver los problemas terrenales, sufre una muerte humillante que paradójicamente se transforma en prenda de plenitud y alegría».
«En aquella época todos se quedaban tranquilos, diciendo que lo imposible es imposible. Era evidente —recuerda Sergei Averincev—, revelarlo era una experiencia trágica. Pero ves llegar a un hombre que rechaza aceptar que lo imposible es imposible... El padre Alexander vivía la certeza de que la Iglesia ha sido mandada por su Fundador a salvar a los hombres, los hombres reales. Y así ocurre una cosa nueva: se deshace la mentira que insinuaba que Cristo fuera una cosa lejana, del pasado. Oh no, Él está con nosotros, aquí en el presente. Y nos espera en el futuro. El Misterio rebosante de gozo estaba siempre con él, acaso todavía más cuando se acerca al fin, mientras el presentimiento tácito del final que le esperaba se hacía cada vez más claro, y la plenitud natural de la vida que procedía de su propio temperamento dejaba paso a otra certeza, una certeza ya del otro mundo».
El 9 de septiembre de 1990 es asesinado el padre Alexander Men. Sus asesinos continuarán desconocidos, la larga investigación será muchas veces parada y luego cerrada definitivamente. Es un domingo por la mañana, el padre Alexander sale a celebrar la liturgia, y en el sendero que lleva desde su casa a la estación es asaltado y golpeado hasta la muerte con un hacha. Infinidad de hijos espirituales lo acompañan a la sepultura, los funerales son presididos por el metropolita Juvenal, miembro del Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa.
Comentará el arzobispo Mijaíl Mudiugin, a su vez confesor de la fe del siglo XX: «Era un hombre de una profundidad extraordinaria, su vida ha sido un continuo ascenso que se culminó con el martirio. Pero es por la sangre de los mártires, lo sabemos desde los orígenes, que germinan las semillas del anuncio cristiano, sobre eso crece y se refuerza la Iglesia de Cristo... Cuantos entraban personalmente en contacto con él, y en particular cuantos participaban conjuntamente con él en la liturgia, se hacían conscientes de la libertad interior de su comunión de oración con el Padre celestial, una libertad colmada del Espíritu... Esta libertad interior era el elemento característico de su mentalidad, era aquello que convertía en tan fascinante su ministerio, su predicación y su persona. El padre Alexander ha sido realmente un profeta de nuestros días, un precursor de la evangelización —auténtica respuesta a las necesidades y a las expectativas que urgen en el corazón del pueblo».
La continuidad viva de la Iglesia
El padre Alexander aprende a conocer el Misterio desde niño, en una de las pequeñas comunidades cristianas que en los años treinta se esconden en Rusia en las catacumbas. En los rostros de los «testigos» que lo rodean en los años de la infancia no le resulta difícil vislumbrar el rostro humano de Aquel que ha venido a vivir en medio de nosotros; la historia del padre Alexander es un testimonio vivo de la continuidad de la tradición de la Iglesia, a pesar del régimen soviético. Nace en Moscú el 22 de enero de 1935, de padres judíos. Su nacimiento supone para su madre, Elena, el impulso definitivo para recibir el bautismo: Alik es por tanto acogido y educado en el seno de una comunidad ortodoxa clandestina guiada por el padre Serafín Batiukov.
El muchacho está extraordinariamente sediento de saber; a los diez años, por consejo de su madre, se organiza un programa serio de lecturas y adquiere el hábito de levantarse pronto, mientras todos duermen, para leer sin distracciones en la única estancia que comparte con sus padres, su hermano Pavel y la tía Vera. A los trece años se enfrenta con la lectura de Kant, después casi por casualidad se encuentra con las obras de los pensadores religiosos rusos, desde Chomiakov a Soloviev, Berdiaev, Bulgakov. Se interesa por las cosas más diversas, ama la pintura, la música, la poesía. Está apasionado por el estudio de la naturaleza, de la astronomía, de la biología: «Ya desde niño la contemplación de la naturaleza ha sido mi ‘primera teología’. Entraba en un bosque o en un museo como en un templo. Y también ahora una rama en flor o el vuelo de un pájaro me remiten a Dios por lo menos como un icono. Sin embargo el panteísmo siempre me ha resultado extraño. Siempre he percibido a Dios como una persona que se dirige hacia mí». La grandeza de la razón humana está en aprender a distinguir las huellas de esta Presencia, que es la única que puede saciar la sed de felicidad y de infinito del hombre: será precisamente este descubrimiento —que le estremece desde niño— lo que le hace después tan fascinante a los ojos de millares, millones de personas, en un contexto en el que la ideología soviética anuncia triunfalmente un progreso construido sobre la reducción, sobre la homologación de la persona humana.
Hacia los doce años Alexander siente la llamada al sacerdocio. Precisamente en una tarde veraniega, mientras pasea por Moscú, ve ondear en el cielo una inmensa representación de Stalin colgada de un globo aerostático. Es un signo: entiende que debe ponerse al servicio del verdadero Dios, anunciarlo a cuantos no han tenido el don del encuentro. A los catorce años comienza a servir al altar y a cantar en el coro de la parroquia moscovita de San Juan Bautista, en la calle Presnia.
Durante el bienio de estudios superiores desarrolla por su cuenta el programa del seminario, mientras, tras acabar en la escuela, simultáneamente, en 1953 entra en el Instituto de Biología. La campaña antisemita que había caracterizado los últimos años del régimen estalinista, de hecho, le cierra las puertas de acceso a la universidad. En 1956 se casa con una compañera de estudios, Natalia Grigorenko, con la que tendrá dos hijos, Elena y Mijaíl.
El ambiente estudiantil es el primer banco de pruebas para vivir el testimonio de Cristo en el mundo: los compañeros de Alexander saben perfectamente que es creyente y que frecuenta la Iglesia, sin embargo lo admiran por sus dotes humanas e intelectuales. Quien lo teme es, en cambio, la célula del partido presente en el instituto, que lo ve como un elemento pernicioso por la influencia religiosa que ejerce sobre los estudiantes e incluso sobre algunos profesores. A causa de su declarada pertenencia religiosa, en 1957 Alexander es excluido de repente del examen de Estado y en consecuencia no puede ejercer la profesión de biólogo.
Más tarde el padre Alexander hablará de este momento como uno de los más duros de su vida. Pero lo interpreta también como un signo, la llamada a responder de modo definitivo a la vocación sacerdotal. En 1958 es ordenado diácono, y en 1960 sacerdote.
Por deseo de la Providencia, el ordinario es monseñor Stefan Nikitin, médico y hombre de profunda espiritualidad que había pasado por el campo de concentración y había sido ordenado sacerdote clandestinamente en los años treinta por monseñor Atanasio Sajarov, a su vez guía espiritual del padre Serafín Batiukov y de la comunidad clandestina de Zagorsk que había iniciado en la fe al pequeño Alik. Es como si el padre Alexander recogiese el testimonio de las generaciones de mártires y confesores que le han precedido. También a él, misteriosamente, le será pedido seguir su mismo camino.
Después de la ordenación ejerce su ministerio en varias parroquias en la provincia de Moscú, primero en Akulovo, al suroeste de Moscú, luego en Alabino, a una cincuentena de kilómetros de la capital; en 1964 es bruscamente destinado a Tarasovka, y por fin en 1970 es enviado a Novaia Derevnia, donde ejercerá de vicepárroco el resto de su vida.
Doctor en teología, apologeta y estudioso de la Biblia, el padre Alexander comienza a publicar en 1959 en la revista del Patriarcado de Moscú y en algunos periódicos religiosos a los que Stalin había permitido reabrir en la posguerra. Sin embargo, a causa de la censura existente en la URSS, sea por la industria editorial del Estado o sea por las pocas cabeceras concedidas a la Iglesia ortodoxa, de hecho su vasta producción deberá circular sólo clandestinamente. La característica principal de su actividad teológica y científica es su nexo inseparable con su celo pastoral: en los años de su ministerio sacerdotal escribe numerosos libros de introducción al cristianismo, de historia de las religiones, un diccionario bíblico —todos concebidos como instrumentos de anuncio, nacidos de la provocación de la necesidad humana que el padre Alexander observa a su alrededor, y que le reclama a acompañar y a bautizar a miles de personas.
Trabajador infatigable, también durante los desplazamientos en tren hacia casa, la iglesia y sus trabajos y reuniones en la ciudad constituyen ocasiones para leer, o bien preparar una lección o responder a una carta, apoyándose en su inseparable cartera siempre llena de papeles. Tiene el don de saber expresarse en un lenguaje comprensible a las nuevas generaciones educadas en el ateísmo: no tiene nada de académico en sus escritos, científicamente fundados por otra parte, que son una suerte de prolongación, un extender la mancha de aceite de su testimonio de fe y de su labor misionera. Repite a menudo, con su cautivadora, divertida sonrisa: «Mirad, más que hablar escribo, después el libro se difunde y trabaja por mí —y yo mientras tanto descanso...».
«El Hijo del Hombre»
Esto que el padre Alexander testimonia, con infantil sencillez y conciencia adulta, es «Cristo todo en todos». De aquí surge su libro El Hijo del Hombre, sobre el que trabaja casi cuarenta años y alrededor del cual se ordena su vasta producción.
Ya con catorce años comienza a esbozar un libro sobre Jesús, que continúa durante los estudios superiores: sobresale en él su relación personal con Cristo y a la vez se documenta la historicidad de la figura del Salvador. Pondrá en circulación el texto en el año 1958, para sus feligreses, y concluirá la última redacción —la cuarta— pocos días antes de morir. El Hijo del Hombre se difunde al comienzo a través del samizdat; en 1968 se imprime en Bruselas (bajo el seudónimo de A. Bogoliubov) y después es enviado clandestinamente a la URSS; más tarde, durante la perestroika, será distribuido a través de los canales de distribución de libros, en conjunto más de tres millones de copias.
Alrededor de este tema central, el padre Alexander concibe y desarrolla un gran proyecto editorial en seis volúmenes, que llevan por título En busca del Camino, la Verdad y la Vida, y constituyen una clase de curso de reflexión cristiana sobre la historia de la religiosidad humana, como expresión del sentido religioso innato del hombre que encuentra la última respuesta en la Revelación, en Cristo y en la Iglesia.
«Creo que fue Cristo mismo quien le indicó cómo debía hablar a la gente, Él que había dicho a sus discípulos: ‘A vosotros os ha sido dado conocer los misterios del Reino de Dios, pero a otros sólo en parábolas’ (cf. Lc 8,10) —dirá el arzobispo Mijaíl Mudiugin—. Era esta disponibilidad del Salvador de ponerse al nivel de la gente, de sus exigencias y de sus posibilidades la que el padre Alexander ha imitado, elegido como camino... Comprendía muy bien la importancia de la razón, más allá que la buena voluntad... No basta inflamar los sentimientos de piedad y de entusiasmo: el cristiano debe tender hacia Dios con todas las energías que tiene, luego también con la razón...».
No es casual que el padre Alexander haya dedicado su primer libro El Hijo del Hombre a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Es Cristo la piedra angular de su ministerio y de su creatividad. En sus obras impresiona, sobre todo, la centralidad de Cristo. También cuando no tratan directamente de la doctrina cristiana (por ejemplo los escritos sobre religiones antiguas), están todos impregnados de su visión de la centralidad de Cristo, de los luminosos rayos de Cristo que vivía en él y derramaba la gracia sobre sus lectores, del mismo modo que a cuantos le oíamos hablar... Cada gesto suyo respondía a un único fin, conducir a los hombres al encuentro personal con Cristo, infundir el amor a Cristo.
No resulta difícil entender el entusiasmo del padre Alexander cuando —ya estaba en marcha la perestroika— pudo ver los volúmenes del Curso Básico de Cristianismo de don Giussani, en particular la primera traducción rusa de El sentido religioso, de la que aceptó escribir el prólogo.
